Abril 15, 2008...20:11
Borges y el Quijote (I): un error
Por Martín Cristal
En el Capítulo 6 de la Primera Parte del Quijote, el cura y el barbero examinan los libros de caballería que han enloquecido a Alonso Quijano para ver cuáles quemarán; creen que eso contribuirá a sanarlo. Entre esos libros figura uno de Cervantes, La Galatea. El cura pregunta:
“[…] ¿Pero qué libro es ese que está junto a él?—La Galatea de Miguel de Cervantes, dijo el barbero.
—Muchos años ha que es gran amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención, propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega, y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
—Que me place, respondió el barbero […]”.
Así, el libro de Cervantes queda entre los pocos que se salvan del fuego. (Al final del Prólogo de la Segunda Parte, Cervantes anuncia que la continuación de La Galatea está próxima a concretarse).
Jorge Luis Borges hace referencia a este capítulo en dos de sus textos: “Magias parciales del Quijote” (Otras inquisiciones, 1952) y “El acto del libro” (La cifra, 1981). En ambos textos, Borges afirma que el barbero era un amigo personal de Cervantes: “uno de los libros examinados es La Galatea de Cervantes, y resulta que el barbero es amigo suyo”, dice Borges en el ensayo; “la famosa conflagración que ordenaron un cura y un barbero, amigo personal del soldado [Cervantes], como se lee en el capítulo sexto”, dice en el texto breve de La cifra.
Sin embargo, si se relee el pasaje antes citado, se advierte claramente que el amigo de Cervantes no es el barbero, como dice Borges en ambos casos, sino el cura. Borges comete el mismo desliz dos veces, con treinta años de diferencia entre una vez y otra.
Todo el mundo se equivoca (hasta Cervantes…). Se dirá que la confusión reseñada aquí es insignificante, pero sirve como un ejemplo más para confrontar a los fanáticos que creen que Borges era infalible: al sostener semejante cosa, ellos también se equivocan. Los fanáticos suelen molestarse ante cualquier señalamiento que se le haga a la obra borgeana. A modo de ejemplo, se pueden leer los comentarios a un artículo de Gabriel Zaid (publicado en la revista Letras Libres); Zaid no sólo descubre que la famosa frase de Borges (que en realidad es una cita de Gibbon) acerca de que no hay camellos en el Corán es errónea, sino que precisa la cantidad de veces que se menciona a ese animal en el libro sagrado del Islam: hay diecinueve camellos en sus páginas.
Como no hay dos sin tres, mencionemos de paso el epígrafe del famoso cuento de Borges titulado “La intrusa”: Emir Rodríguez Monegal nos avisa —en su antología Ficcionario (FCE)— que la referencia “II Reyes 1, 26” es errónea: dicho versículo bíblico no existe. Monegal indica que debe tratarse de II Samuel 1, 26, donde David exalta el amor de su hermano Jonatán por encima del de las mujeres, lo cual coincide con el espíritu del cuento.
Por cierto, estas imprecisiones se transmiten por la vía de la intertextualidad: en “Alucinantes caracoles”, la reescritura que Gustavo Nielsen hizo de “La intrusa” (en Playa quemada, 1994), figura como epígrafe el mismo versículo falso, aunque ahí tiene otra función: es una manera de preanunciarle al lector la apropiación del argumento borgeano. Otro caso: yo mismo, en mi cuento “Ilana, desde cero” (Mapamundi, 2005), empecé el relato citando aquello de que no hay camellos en el Corán. Nadie se salva…
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Imagen: Don Quijote, según lo imaginó Orson Welles.

2 comentarios
Julio 8, 2008 a las 23:18
Hola Martín, me llama la atención este errorcillo que le pescaste a Borges…yo también le pesqué algunos errorcitos, o imprecisiones rayanas en el error, en algunas citas en alemán, y en una conferencia que bajé por youtube, donde cita frases en alemán.
Su obra es genial y única, fuera de toda duda, pero ¿será tan erudito y políglota como parece? ¿no habrá aplicado en más de una ocasión la vieja técnica periodística del dropping name o dropping words?
Tal vez.
Muy interesante tu página.
Con respecto al “!Ulises”, una anécdota: leían las galeradas del Ulises, Virginia Woolf y Katherine Mansfield (en las oficinas de la editorial de Woolf) y burlaban por lo que consideraban un snobismo y una afectación exagerada, pero de pronto, K. Mansfield se puso seria y le dijo a Woolf: “Sin embargo, aquí HAY algo, HAY algo…”
Un abrazo.
Julio 10, 2008 a las 10:22
Rosanna:
Nadie es infalible ni lo sabe todo (al menos eso nosotros lo sabemos bien, y no nos equivocamos al afirmarlo). En el caso de Borges, lo interesante es pensar —tal como lo hacés vos— de qué manera construyó esa imagen de infalibilidad y de erudición total. Según Saer [en La Narración-objeto], “la impresión de que Borges lo ha leído todo se desvanece después de relecturas sucesivas: se diría que sus mecanismos de apropiación dejan de funcionar, cuando mucho, alrededor de 1940″.
Lo que decís del dropping name/words era de seguro una técnica entre otras, tales como intercalar citas falsas entre las verdaderas, declarar “he leído más de lo que he vivido”, o “me enorgullezco más de lo que he leído que de lo que he escrito”, sugerir que leyó enciclopedias de corrido (”la letra D me deparó la sorpresa de las palabras druida, druso…”), etcétera. [Cito de memoria].
Estaría bueno —si querés— que compartieras aquí cuáles son esos otros deslices de Borges que encontraste.
Sobre la opinión de Woolf respecto del Ulises: no sabía lo de su risa, pero en todo caso debe de haber sido sólo una reacción inicial; conozco un texto de Woolf ["La narrativa moderna"] donde ella elogia el libro de Joyce…
Me alegro de que la página te haya resultado de interés. Saludos.
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