La Mona, la biografía de Carlitos Jiménez

por Martín Cristal

Cierta vez que tomaba mate en México con un grupo de cordobeses (una forma común de la añoranza), uno de mis amigos dijo: “la Mona Jiménez es la única diva de Córdoba”. Enseguida todos buscamos otro nombre que pudiera eclipsarlo; nadie arrimó ninguno. Córdoba está llena de músicos y artistas de gran nivel pero, a la distancia, con la ciudad reducida a un puntito en el Google Earth, la estrella más brillante y representativa de esa constelación era la Mona. Nos gustara el cuarteto o no.

Para hablar de La Mona, la biografía de Carlitos Jiménez, uno podría seguir por esta vía pero, si se quiere hablar de este libro —y solamente del libro, del texto en sí— creo que primero que nada hay que evitar al personaje que lo provoca. Puede parecer paradójico tratándose de una biografía, pero es que la Mona Jiménez concita tantas simpatías y rechazos en Córdoba, que en la mayoría de los comentarios sobre el libro se termina hablando de él, del cantante estrella del cuarteto cordobés, de su fenómeno en general. Y así se deja a un lado el libro en sí.

Creo entonces que también hay que evitar:

  1. El hecho de que, según se dice, ya sea el best-seller indiscutido de la Feria del Libro de Córdoba, dato que no nos parece extraordinario, sino más bien bastante previsible, considerando la cantidad de seguidores del cantante. Si editorialmente hay algún mérito en eso, es únicamente el olfato comercial; esto no se critica ni se envidia ni se desprecia en la medida que esos ingresos le permitan al editor publicar otras obras de valía literaria que quizás no cuentan con la garantía de un retorno rápido. Tomo la condición de best-seller de La Mona como un aspecto exterior al libro en sí.
    .
  2. El hecho (que no se oculta) de que el libro fue escrito por un periodista —con gran llegada mediática y que a la vez funge como editor y titular del copyright— y no por el propio Jiménez, lo que impide que sea del todo una autobiografía, aunque la firme la estrella del cuarteto con su propio nombre y aunque el relato remede “su voz”, desgrabada de entrevistas. Es un procedimiento bastante frecuente en este tipo de material, por lo que no debe producir escándalo ni nada parecido.
    .
  3. Evitar la tentación de abordar este libro como una obra “literaria” (ya sea para hacer un chiste o una travesura snob). Más que un error, sería tener mala leche, porque implicaría buscar algo que de entrada —por las mismas condiciones en que fue producido— este libro no puede tener hoy. Hacerlo para señalar luego que no se encontró esa faceta que uno buscaba sería ridículo o artero, según la intención que se escondiera detrás. En síntesis: no pedirle peras al olmo.
    .
  4. Evitar la estúpida y reaccionaria posición de los que relacionan la palabra “libro” exclusivamente con la “alta cultura”, y que por eso se escandalizan —por ejemplo, en los comentarios en sitios web como los de La Voz o de Cadena 3— porque este “negro” escribió un libro, que dicen cosas como “me da muchísima vergüenza y mucho asco que se identifique a la supuesta cultura docta cordobesa con esto”, o “totalmente desagradable ver gente no sólo leyendo, sino pagando por un ejemplar de La Mona“, o a los que les parece “una falta de respeto” que el libro se haya presentado en el Teatro San Martín. El libro es sólo un soporte, y no una garantía de altura artística, moral o intelectual. No hay ningún tema que no pueda ser tratado en forma de libro. (Y al margen: que un libro, en sus páginas, contenga literatura, es harina de otro costal; de hecho, el 90% de los libros que pueblan las librerías no contienen literatura).
    .
  5. Evitar hacer una relación entre el libro y el gusto que uno tenga o no tenga por el cuarteto. Descalificar o alabar el libro sobre la vida de Jiménez sólo porque a uno no le gusta la música que hace Jiménez, o porque le fascina, es un non sequitur que no necesitaría de este apartado si no fuera que (en los comentarios citados en 4) también abundan silogismos así de maltrechos.

Así que, evitando todo eso, ¿qué queda? No mucho, aunque sí algo que no es menor: queda leer el libro y hablar sólo de las impresiones que produjo la lectura.

Lo leí en una sola tarde, el mes pasado, antes de que comenzara la Feria. La voz narrativa está compuesta por expresiones coloquiales, nombres propios precedidos por artículos (el Tito, el Yiye), localismos, algo de jerga cuartetera (muy poca, en realidad) y hasta algunas “malas palabras” regadas aquí o allá. Por lo demás está pasteurizada con una ortografía y una gramática correctas, que a veces tienen nexos inverosímiles para la oralidad que uno le atribuye al narrador (expresiones que articulan un discurso que huele a prestado, como “por el contrario”, etc.).

El resultado es una prosa simple, utilitaria y funcional —“fácil viene y fácil se va”—, que acelera la lectura mediante anzuelos típicos del folletín, tan trillados como efectivos. Nos lleva en un orden casi siempre cronológico hacia un epílogo donde la voz cambia al tono con que se redondea todo en el último bloque de un documental de TV. Dicho cierre resulta un tanto artificioso si se lo compara con la fluidez lograda en todo lo anterior.

Simple, simple, simple. Por supuesto, se puede argumentar que es una escritura que sirve al anunciado destino de best-seller que tiene el libro. Es legítimo preguntarse cuánto de cálculo hubo en esa prosa, pero dijimos (en 1) que tomaríamos a la cuestión de las ventas como algo exterior y posterior al texto. Así que, dando eso por descontado, cabe pensar: ¿qué hay de malo en que un libro como éste sea fácil de leer? De hecho, no hay otra opción: que fuera intencionalmente difícil de leer sería un despropósito. El tema es que, aun queriendo que un libro sea fácil de leer, puede salirte mal (los he visto). En ese objetivo de simplicidad, este libro no falla.

El planteo general del libro en tanto narración sigue la conocida receta de los relatos sobre la vida de músicos populares; recordemos, del cine, Ray, sobre Ray Charles, o Johnny & June, sobre Johnny Cash. Ingredientes: la familia y una niñez con traumas simplificados, que forjan taras y obsesiones simplificadas; la discriminación y la incomprensión iniciales; los duros comienzos, el golpe de suerte; los excesos, los peligros del ambiente, el desgaste; los problemas financieros, maritales y de salud; el nacimiento de algún hit; algún escándalo; la salvación por el arte, la conquista de la fama y el éxito final, entendido como una seguidilla de reconocimientos que el relato ya no necesita contar, porque se sobreentiende después de la última página.

Llama la atención que, entre los políticos cuyo trato se describe suscintamente, no aparezcan De la Sota ni Kammerath. (De paso: de la famosa deuda al Banco Social, que muchos le reclaman al cantante, el libro dice que la pagó completa). Hay otro nombre que también brilla por su ausencia: Rodrigo.

Fuera de estas llamativas omisiones, hay de todo a lo largo de 220 páginas fugaces en las que se descubre por qué nuestro James Brown cuartetero nunca tocaría la guitarra; quién lo inició en la noche y las drogas, cómo se relacionó con ladrones y prostitutas; cuántas veces estuvieron a punto de matarlo —todas escenas de película—; cómo fue el accidente que dejó tartamudo a un cantante que siguió cantando; cómo se censuró al cuarteto durante la dictadura; cómo los que se repartían el negocio del cuarteto en Córdoba hicieron lo posible para que Jiménez no creciera; cómo a pesar de eso logró convertirse en el ícono que hoy es; cómo fue su debut frente al público punk de Buenos Aires (sí, punk: en Cemento); por qué según él no le hace falta ni le conviene mejorar técnicamente su voz; y, también, cuáles fueron los desprecios y las discriminaciones que sufrió y que —a juzgar por las reacciones que levanta la publicación de este libro— todavía sufre una de las estrellas más grandes de Córdoba… nos guste el cuarteto o no. .
La Mona, de Juan Carlos Jiménez Rufino. Biografía. Raíz de Dos, 2010.
Fotos: gentileza F. D.