Formas de leer

Por Martín Cristal

Los amigos siempre creen que uno lee más de lo que realmente lee, y uno los deja creer eso. En la intimidad, en cambio, no tiene caso engañarse: aunque uno lee todo lo que puede, nunca lee todo lo que quisiera (no podría hacerlo de ningún modo).

Muchas veces he hecho planes para dedicarle más tiempo a la lectura, pero nunca se sostienen por más de dos meses. El motivo es uno sólo, siempre el mismo: la vida. (Conviene releer el cuento “El paraíso”, de Augusto Monterroso, incluido en Movimiento perpetuo [1972]). Por suerte es así: tampoco quisiera ser un ratón de biblioteca. A veces creo que lo que habría que lograr sería leer más rápido en el mismo tiempo diario que uno ya le destina a la lectura; sin embargo, a la larga, jugar este tipo de carreras tampoco tiene mucho sentido porque uno puede terminar como el chiste de Woody Allen: “Hice un curso de lectura rápida y leí Guerra y Paz en veinte minutos. Creo que decía algo sobre Rusia”.

allenlibros

Mi manera de leer fue cambiando a lo largo del tiempo. Cuando era un veinteañero recién estrenado, yo creía que un libro, si se empezaba, debía terminarse sí o sí. “¿Cómo juzgar un libro si no se lo ha leído íntegramente?”, decía yo. “Podría suceder que un libro con un comienzo malo mejore más adelante, o que la clave para entender el libro esté en el final”. También creía que no debían leerse dos libros a la vez; lo veía como una falta de respeto a ambos autores. El resultado de estas dos premisas fue que un libro que no me agradaba se eternizaba en mi mesa de luz esperando ser terminado y taponando la llegada de otros libros nuevos y buenos. Resultado: dejaba de leer. Esto también me hacía ser muy melindroso a la hora de elegir el siguiente libro, no fuera a pasarme lo mismo.

Ambas normas —ingenuas y supersticiosas, restrictivas sin objeto— fueron desgastándose hasta perderse: hoy puedo dejar un libro en cualquier parte de su lectura, y eso hace que tenga una pila de libros sin terminar, pasibles de ser retomados en cualquier momento. También leo varios libros a la vez: los gruesos, en casa; los livianos, van en la mochila y se leen en los tiempos muertos de la vida cotidiana (ómnibus, bares, salas de espera…), momentos que si bien no suelen ser extensos, ofrecen el valor de su regularidad: suman. El resultado es que leo muchísimo más, y que al favorecer con más lecturas el fortalecimiento de un gusto personal, aumentó la proporción de libros buenos.

Otra norma de lectura surgió al poco tiempo de empezar a escribir: me prohibí leer demasiados libros seguidos de un mismo autor, porque noté que enseguida estaba escribiendo a la manera de ese autor. Reconocí que una secuencia de lecturas surtida —distintos autores, de distintos países, de distintas épocas— oxigenaba mi creatividad. Entonces, aunque un autor me gustara, el siguiente libro tenía que ser de otro; podía volver al primer autor luego de un tiempo. A diferencia de las otras normas autoimpuestas, ésta fue totalmente necesaria en su momento, aunque a mi mayor seguridad actual le parezca un poco tonta.

Hoy reconozco dos tipos de lecturas: por placer y por saber. En las primeras creo que es totalmente válido abandonar el libro en cualquier momento si el placer —que es algo que uno puede reconocer rápidamente— no se manifiesta de acuerdo a nuestras expectativas. Quizás volvamos a él en otro momento, quizás nunca. En las lecturas por saber, en cambio, si el libro se vuelve un poco cuesta arriba, creo que uno como lector debe esforzarse y tratar de seguir adelante, puesto que el objetivo es otro: alcanzar un conocimiento que puede ser complejo. No hablo sólo de libros de estudio; uno puede leer el Ulises de Joyce por placer (en cuyo caso seguramente nueve de cada diez lectores lo dejará) o bien por saber, por aprehender el libro en tanto hito literario.

Para paladear cabalmente a un nuevo autor es muy importante descubrir por cuál puerta —por cuál libro— nos conviene entrar a su universo. La obra completa de un autor es un cosmos, una pequeña galaxia llena de estrellas: algunas centrales, otras periféricas; algunas brillantes, otras menos; posee planetas extraños, alguno inhabitable, alguno más hospitalario, otros que aún no han sido descubiertos… No da igual leer por primera vez a un autor entrando por su obra cumbre, que por la excéntrica, que por las de juventud, que por la póstuma. No es lo mismo “más famosa”, que “más influyente” o “mejor” (esto último exige declarar un criterio previo). No es lo mismo “iniciática” que “más representativa”, “de ruptura” o “de transición”. Nuestra percepción de ese autor y sus obras variará también de acuerdo al orden en que abordemos la lectura de esas obras. Para ello creo que no debemos hacer un ranking de las obras del autor que pretendemos leer, sino hacer un mapa: comprender sus interrelaciones, su posición relativa dentro de la obra total del autor.

Fuera de tratar de obtener esa información previa (para lo cual Internet puede resultar muy útil), y ser conciente de mis inclinaciones literarias para buscar libros que se acercan a los campos de mi interés (descartando otros que, aunque buenos en lo suyo, caen fuera de esas áreas —literarias, humanas— que me interesan), no me pongo otras restricciones a la hora de leer.

En general, hoy pienso que uno debe ponerse la menor cantidad posible de reglas para leer (esto descarta en primer lugar a las lecturas obligatorias de la escuela: no está bueno leer por obligación). Lo que conviene es alejarse de todo “deber ser” y expandir una espontaneidad libre de culpa a la hora de empezar, dejar, retomar, releer o demorarse en un libro.

Anuncios

15 pensamientos en “Formas de leer

  1. Los derechos del lector, según Daniel Pennac:
    1. El derecho a no leer.
    2. El derecho a saltarnos las páginas.
    3. El derecho a no terminar un libro.
    4. El derecho a releer.
    5. El derecho a leer cualquier cosa.
    6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).
    7. El derecho a leer en cualquier sitio.
    8. El derecho a hojear.
    9. El derecho a leer en voz alta.
    10. El derecho a callarnos.

    .

  2. Estrella: Está bueno el decálogo de Pennac. ¿Y no estaría bueno también agregarle el derecho a marcar, rayar y subrayar los libros, si es que son de uno? Ahí también hay una superstición sarmientina…

  3. Sí, claro, soy experta en subrayados y marcas, con lápiz, birome o lo que sea.
    Y releer aquello marcado por nosotros en una primera y lejana lectura, es un gran placer y todo un desafío.

  4. Lo siento… no soy de ese equipo. Cada quien con sus excentricidades.

    Jamás subrayo, marco, rayo los libros, salvo que esté completamente seguro que no volveré a leerlo. En los casos de literatura, por lo general, no ando con el resaltador, y cuando algo me gusta simplemente lo transcribo en mi cuaderno de turno. Cuando leo filosofía, que es lo que más leo (o psicoanálisis), en mucho casos voy saltando, en otros engullo, en otros digiero, pero nunca marco, porque soy de aquellos que necesitan estudiar cada vez, lo que me hace volver muchas veces a los mismo libros; encontrarlos subrayados significaría legitimarle una voz a mi entendimiento pasado y quizás caduco, como si al leer alguien me soplara al oído: esto es importante… mirá qué bueno esto otro… lo cual cerraría el camino hacia nuevos descubrimientos y sorpresas. Me pasa muy a menudo con los libros de mi suegro, prácticamente mutilados, me cuesta mucho leer sin imaginarlo sobre mi hombro, hablando y hablando de lo que le pareció el libro.

    Las veces que he caído en ese pecado, al volver, muchas veces no recuerdo por qué subrayé, lo cual también es traumático, pues me revela que quizás he olvidado algo esencial… muy de obsesivo, dirían algunos.

    Obvio que tiene sus contras, muchas veces deseo encontrar algo que había leído y no cuento con referencias. Me consuelo con que muchas veces recuerdo la imagen del párrafo, lo que me otorga cierto poder de ubicación; pero también me ha pasado de perder la cita para siempre (o quién sabe hasta cuando) sobre todo en tomos como El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer o Filosofía de la historia del ineludible Hegel, los que no siempre permiten re-lecturas pacientes, pues son casi como grandes emprendimientos inmobiliarios.

    Se ve que el texto me invitó a opinar bastante. Es un buen texto, como siempre, amigo Cristal

    Que andes bien
    toty

  5. Toty: OK, pero ojo que hablábamos del subrayar como un derecho; nadie lo proponía como un deber. Si quiero, lo hago, sin someterme a aquel “no se debe” que nos encajaban en la escuela.

    Es cierto que al reencontrar el libro subrayado hay que dialogar con una voz —ajena, o propia pero pasada— que tercia entre el texto y yo, pero no creo que esto deba ser necesariamente traumático para todos los lectores (en tu caso, el problema quizás sea que esa voz es la de tu suegro…).

    Por otra parte, hay otras maneras de marcar fragmentos de nuestro interés: por ejemplo, usando las últimas páginas blancas del libro, donde consignás el número de página de la cita en cuestión y alguna palabra clave para volver a ella. Así el libro queda “trabajado” pero sin marcas sobre el texto, lo cual no interfiere en las futuras lecturas, propias o de terceros.

    Saludos y gracias por el interés.

  6. Revelador!!!
    jamás se me ocurrió semejante cosa… esto de escribir la última página, es buena. Yo suelo dejar fichas, pero implica agregar papel.

    Que se trata de la voz de mi suegro es una posibilidad, aunque mis voces pasadas siempre son mucho más mediocres que las presentes, creo que las aguanto menos aún.

  7. ah… me olvidaba
    …y con respecto al derecho… creo que el derecho es otra forma de obligación con horizonte en el deber ser, en el ideal del yo.

    El derecho te dice: debes ser más que un masoquista.

    Pero, ¿tenemos derecho de ser sometidos?, aunque ese derecho también es un sometimiento, finalmente, el orden-lenguaje es obligatorio, salvo que elijas el autismo, o la muerte súbita.

  8. No elijo el autismo ni la muerte súbita. Sí hacer con mis libros lo que se me dé la gana, aunque en el horizonte las paralelas “derecho” y “deber” se junten, lo cual es enteramente otra discusión…

  9. Pingback: Sumario #2 « El pez volador

  10. Pingback: Tiempo recobrado (I) « El pez volador

  11. Pingback: Interrupciones cotidianas | El pez volador

  12. Me gusta lo que escribe Martín Cristal…agradezco su generosidad, su blog es interesante, instructivo, creo que lo que quiero decir es que su bondad nace de una auténtica libertad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s