Bolaño y 2666: el misterio del título

Por Martín Cristal

Aproveché una semana de vacaciones para leer 2666, la —gran— novela póstuma de Roberto Bolaño. En realidad son cinco novelas, hiladas en un solo volumen. Si se hubieran publicado tal como lo planeó su autor, es decir, una al año a partir de la fecha de su muerte, la última de estas novelas se hubiera publicado apenas el año pasado.

Para decirlo pronto: 2666 no es mejor que Los detectives salvajes, la cual sigue siendo mi favorita. Sin embargo, y pese a que el autor no logró pulirla del todo, 2666 es una novela enorme, y no sólo por sus 1120 páginas, sino sobre todo por los riesgos que afronta, más allá de los resultados obtenidos en el proceso, trunco a raíz de la muerte de Bolaño.

Me propongo hacer un recorrido de la novela, parte por parte, en una serie —discontinua— de posts. Antes de empezar esa serie, quiero referirme al título de la novela.

No hay prácticamente nada en el texto de la novela que explique el porqué de la elección de ese año futuro, 2666, como su título. En su “Nota a la primera edición”, el crítico Ignacio Echevarría indica que dicha fecha ya se mencionaba en la novela Amuleto (1999). La narradora, Auxilio Lacouture, nos cuenta de una caminata por el DF con Arturo Belano y Ernesto San Epifanio:


“…y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprisa que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975
[fecha en la que se dicta el relato de Auxilio Lacouture], sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo” (pp. 76-77).

Echevarría afirma que 2666 sería una fecha que “actúa como punto de fuga en el que se ordenan las diferentes partes de la novela. Sin este punto de fuga, la perspectiva del conjunto quedaría coja, irresuelta, suspendida en la nada”. Y eso está bien pero, ¿una perspectiva que fluye hacia qué? ¿Apocalipsis, conflagración, o redención, liberación? ¿Hacia un infierno o un paraíso? Echevarría —y la contratapa del libro— se quedan con la imagen del “cementerio” futuro.

Creo que hay una respuesta diferente disimulada en Los detectives salvajes. En la segunda parte de esa novela (en el Capítulo 21), Amadeo Salvatierra rememora una conversación con Cesárea Tinajero, la poeta que Arturo Belano y Ulises Lima quieren encontrar:


“…y después nos pusimos a hablar de política, que era un tema que a Cesárea le gustaba aunque cada vez menos, como si la política y ella hubieran enloquecido juntas, tenía ideas raras al respecto, decía, por ejemplo, que la Revolución Mexicana iba a llegar en el siglo XXII, un disparate incapaz de proporcionarle consuelo a nadie, ¿verdad?”

El siglo XXII todavía está lejos del año 2666… pero sucede que luego, en la tercera parte de Los detectives salvajes, el diario de García Madero registra —en su entrada del 29 de enero de 1976— el relato de una maestra que evoca una conversación posterior con Cesárea Tinajero, en la cual se entrevé que el tema de la revolución seguía en su cabeza, aunque la fecha ya era otra…


“Y entonces la maestra […] tuvo la entereza de preguntarle por qué razón había dibujado el plano de la fábrica. Y Cesárea dijo algo sobre los tiempos que se avecinaban, aunque la maestra suponía que si Cesárea se había entretenido en la confección de aquel plano sin sentido no era por otra razón que por la soledad en la que vivía. Pero Cesárea habló de los tiempos que iban a venir y la maestra, por cambiar de tema, le preguntó qué tiempos eran aquéllos y cuándo. Y Cesárea apuntó una fecha: allá por el año 2600. Dos mil seiscientos y pico. Y luego, ante la risa que provocó en la maestra una fecha tan peregrina, risita sofocada que apenas se escuchaba, Cesárea volvió a reírse, aunque esta vez el estruendo de su risa se mantuvo en los límites de su propia habitación.”

Ahora bien: en la cuarta parte de 2666 aparece un personaje llamado Lalo Cura (homónimo del protagonista de un cuento de Putas asesinas; no se trata del mismo personaje). De la madre de Lalo Cura se nos cuenta que, en 1976, se encontró con dos jóvenes “estudiantes del DF” que parecen estar huyendo de algo.  Por el desierto de Sonora. En un auto, que podría ser un Camaro. Dos jóvenes del DF. ¿“Estudiantes”? Lo dudo. Huelen a detectives salvajes…

camaro76sonora

Si asumimos que esos jóvenes son Belano y Lima, de regreso de su aventura por Sonora, se fortalece la posibilidad de que eso que Cesárea advierte que puede ocurrir por el año “dos mil seiscientos y pico” es —en el horizonte imaginario de Bolaño— una nueva revolución, ya que de eso conversaban incesantemente esos dos jóvenes en el desierto: según la madre de Lalo, ellos no paraban de hablar sobre “una revolución invisible que ya se estaba gestando pero que tardaría en salir a las calles al menos cincuenta años más. O quinientos. O cinco mil”.

“Hasta los jóvenes, que en teoría son la esperanza del cambio, se están convirtiendo en unos motos y en unos puteros. Esto no tiene arreglo, esto sólo se arregla con la revolución”, decía Joaquín Font en Los detectives salvajes. En mi opinión, 2666 sería una fecha tan arbitraria como posible para una revolución imaginada por Bolaño como contrapeso para las iniquidades del presente, narradas con tanta abundancia en su novela póstuma.

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28 pensamientos en “Bolaño y 2666: el misterio del título

  1. ¿La leíste en una semana?
    Yo estoy en plena lectura, voy por la página 300, más o menos. Se me complica sostener el libro, es demasiado pesado; la letra es muy chica y no lo puedo llevar en la cartera.

    Así y todo, me tiene atrapada. Espero comentarios de la primera parte.

    Saludos!

  2. Estrella: fue una semana de no hacer prácticamente nada más que leer esa novela…

    Lo que decís de no poder llevar 2666 en la cartera me recordó algo que leí en un libro de Vlady Kociancich, La raza de los nerviosos (Seix Barral, 2006). Por si no lo viste, te pego el fragmento, que reencontré en internet buscando el nombre de la autora y la palabra “bicicleta”:

    “Mi padre me enseñó que hay una literatura liviana y una literatura de peso (…) De lunes a viernes, cuando iba al trabajo, se llevaba un libro y leía en el camino. Esa costumbre no me hubiera llamado la atención si el medio de transporte hubiera sido el tren o el ómnibus, pero mi padre andaba en bicicleta. (…) Nunca pude leer en bicicleta pero me jacto de haberlo hecho en el colectivo 39 de las ocho de la mañana y quien tome el 39 a esa hora sabrá cuánta concentración y tono muscular se necesitan para sostener el libro y dar vueltas las páginas entre frenadas en la curvas y aceleradas ante semáforos en rojo. Todavía hoy, en otros colectivos o en el subte, cargo ‘literatura liviana’ (…) Llevo un libro de poco tamaño, jamás una novela (las buenas matan la noción de distancia y uno se baja en otro barrio), muchas veces poesía que repito en voz alta con la ilusión de corregir una memoria rebelde a los versos, o ensayos, que recomiendo por su agradable ubicuidad en la histeria del tránsito porteño”.

    En mi caso sería: los pesados en la hamaca, los livianos en la mochila. Saludos.

  3. Muy buen post, y muy original la deducción. Yo creo haber leído, además de en “Amuleto” una referencia al año 2666 (o algo que me hizo pensar en ese número) en “La Universidad Desconocida”, el problema es que ese libro me lo prestaron y ahora me es imposible consultarlo.En Argentina es imposible conseguir “Putas Asesinas”, es el único libro de cuentos que me falta leer de Bolaño, pero había oído (o leído) por ahí respecto de la aparición de Lalo Cura en ese libro.
    Lo de punto de fuga cierra bien, es decir, las historias no terminan, van a parar a un vacío, postergan su desenlace hasta quien sabe cuando, probablemente para siempre, que hoy, en el año 2009 , es lo mismo que decir 2666. Es un símbolo del infinito, un punto de fuga, arbitrario sí, pero incuestionable.
    Coincido también en que a pesar de la enormidad literaria de 2666, “Los Detectives Salvajes” es la mejor novela de Bolaño.
    buen blog, volveré.

  4. Maguila: Gracias por pasar. No leí La universidad desconocida. En cuanto a Putas asesinas, si lo conseguís (revisá tu correo, por las dudas) te recomiendo sobre todo el cuento “Últimos atardeceres en la Tierra”. Entre los que leí de Bolaño, es el cuento que más me gusta.

    Volvé cuando quieras. ¡Saludos!

  5. Excelente obra aunque me quedo una sensacion de incertidumbre, porque me muestra una realidad cruda sobre las emociones de los seres humanos en soledad donde la compañia se ve como un horizonte lejano y un pasado nostalgico, es una obra que no es oscura al contrario es iluminada con sol pero de un desierto, como narran unas lineas de la parte de fate, un sol que esta muy cercano, un sol que quema……

  6. El 666 es el número del diablo. A lo mejor por eso lo usó Bolaño. En México hace algunos años había un ungüento 666 que solía anunciarse en las esquinas con una pequeña placa metálica. En “Bajo el volcán”, que es un viaje al infierno, el consul cada vez que encontraba una placa del ungüento 666 tomaba por ese camino.

  7. Octavio: Puede ser. Más sabiendo que Lowry es una referencia obligada para un escritor extranjero en México. Incluso el epígrafe que Bolaño eligió para Los detectives salvajes es una cita de Lowry…

    Te mando un abrazo (y a ver si me mandás por mail alguna muestra de lo que estás haciendo ahora…).

  8. Todos los relatos de Amuleto están incluidos en La Universidad desconocida, digo esto para que no le pasen lo mismo que a mí.
    Quiero leer 2666, pero en la edición de lujo. En Argentina está agotado. Envié un mail a Anagrama. Me contestaron que sí, que tienen esa edición. En euros, claro. Sale una fortuna. No me queda otra que esperar.

  9. El mejor cuento de Bolaño, para mí, es Sensini. Es primer relato de Llamadas telefónicas. Puedo justificar el porqué. Pero sería extenderme demasiado.

  10. Fernando: sí, “Sensini” es un muy buen cuento también (todos los de la primera parte de Llamadas… me gustan). No entiendo lo que decís de la relación entre los libros Amuleto y La universidad desconocida: el primero es una novela, el segundo poesía, ¿qué “relatos” podrían estar “repetidos”? ¿No será que están enfocados de otra manera, con otra luz, bajo los lineamientos de un género diferente? Pregunto porque no leí todavía La universidad…

    En cuanto a 2666, bueno, querés la edición de lujo pero no querés pagarla… Si llega a la Argentina esa edición, te va a costar lo mismo pero en pesos (menos el envío, claro). La única forma de que cueste menos es que el libro se imprima acá, cosa que por lo pronto no parece que vaya a ocurrir. Yo que vos compraría la edición de bolsillo, la cual excepcionalmente viene con tapas duras y un tamaño de letra muy aceptable. Cuesta cara también, pero no tanto.

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  13. aclaro que me gusta mucho bolaño, y que no leí 2666 por falta de coraje, porque la tengo en un estante.

    Pero mi viejo si la leyó, y según sus teorías (es matemático) Bolaño pensaba en una novela revolucionaria en el sentido de que no pudiera haberla escrito alguien hace 50 años. Esa revolución (siempre según mi viejo) es la aparición del procesador de textos, y la computadora. (copy paste, etc)

    Bueno, en google que alguien ponga 2666, y entre alguna cita o blog con bolaño, aparecerán quichicientas ofertas de procesadores de 2666 Mhz.

    ¿Rebuscado?

  14. Bestial: no sé si es rebuscada, pero es una teoría divertida. Desde la exterioridad del texto, eso sí, porque —que yo sepa— no hay pistas ni insinuaciones acerca de eso en 2666.

  15. bueno, siempre repitiendo como loro, mi viejo dice que las iteraciones de la parte de los crímenes es algo parecido al bajo continuo en el barroco (musical), y que bolaño no podría escribir algo parecido en épocas de la escritura a máquina.

    saludos!

  16. Bestial: Quién sabe qué hubiera podido escribir Bolaño sin compu… Lo cierto es que escribió mucho tiempo sin una. Según un artículo de La Vanguardia (7/3/2009), Bolaño “solía escribir primero a mano y después pasaba el texto a máquina. En 1995 se compró su primer ordenador…”.

    Por lo demás —iteraciones, barroco, bajo continuo—, acuerdo total. Decile a tu viejo que es un capo.

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  20. jajajajja yo que quería hacer un hallazgo con esas citas que pusiste!!! chin
    lo de la fecha de Cesárea para mí es bonita porque ese día cumplo años y por eso siempre lo tenía presente mientras leía 2666

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  26. Yo he leído 2666 recién ahora, en 2017, es decir, un tiempo prolongado después de su primera edición, y realmente me quedé pensando varios días acerca del título que daba nombre a la obra póstuma de Bolaño y de lo que habría querido significar éste con el mismo; y lo que llegué a figurarme finalmente (aclaro lo de figuración ─personal─ debido a que es un desenlace propio sobre este supuesto que muchos manejan, acerca de la presente denominación de la obra) fue que tiene que ver con algo caótico, en primer lugar, que por otra parte se ve en cada segmento de la novela donde el caos, de una u otra manera, sobrevuela las páginas a cada momento, caos que tiende a mostrar el desarrollo del mundo contemporáneo, y hacia donde va dirigido su rumbo a partir ─y en continuación─ de todo lo que sucede en un presente desencadenado de un pasado no menos tortuoso y mortuorio de la humanidad, toda, se ubiquen donde se ubiquen sus protagonistas temporales ─Rusia, México, París, Alemania, EE.UU, etc.─, todo esto por un lado; y además, por otro lado, al hecho de apuntar decididamente a desconectar al lector de la premisa tan inherente a cada lectura de la asociación continua a un epíteto con respecto a una obra, algo que debería olvidarse al momento de comenzar a transitar una narración para otorgarle el sentido a lo leído, desprendido de cualquier idea preconcebida que podamos hacernos a partir de algo tan efímero como una denominación. En definitiva, el título deberá volar en la imaginación de cada lector que, en teoría, se encontrará en el mismo lugar ─al momento de pensarlo y significarlo─ del comienzo (antes de abrir el libro) cuando termine la novela. Eso fue Bolaño, precisamente, entre tantas cosas más, por supuesto, a mi humilde entender; marcador de parámetros a seguir que renueven el acto de leer y de quedarse con una historia dentro de uno, partiendo y terminando ─y continuando─ con su título, tan intrascendente, en esencia, y a la vez tan absoluto.

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