2666: La parte de Archimboldi

Por Martín Cristal

Ya hablamos del título, y también de las otras partes de 2666. Aquí el final de nuestro recorrido por la gran novela póstuma de Roberto Bolaño. La quinta y última sección de la novela: “La parte de Archimboldi”.

5. “La parte de Archimboldi”

La prosa de Bolaño abandona el camuflaje forense de “La parte de los crímenes” y vuelve con su fuerza narrativa y su ironía habituales para desplegar la biografía de Benno von Archimboldi (seudónimo de Hans Reiter): niño-alga adorador de la fauna y flora submarinas, luego soldado temerario o suicida en el frente soviético, que irá desarrollándose lentamente como persona y como escritor.

La digresión vuelve a ser la estrategia para multiplicar los derroteros del relato, en el que se van intercalando —entre las hazañas de guerra o una noche de sexo en el castillo del conde Drácula— las lecturas iniciáticas de Reiter: primero un libro de divulgación sobre animales y plantas del litoral europeo; luego llega la gran literatura, cuando un amigo pone en sus manos el Parsifal de Wolfram von Eschenbach (la diferencia entre un libro divulgativo y uno literario, le explica su amigo Halder, consistía “en la belleza, en la belleza de la historia que se contaba y en la belleza de las palabras con que se contaba esa historia”); y más tarde, durante la guerra, el diario de un judío ruso: Boris Ansky, lectura crucial que se lleva varias páginas de esta parte.

Bolaño aprovecha el diario de Ansky para colar la historia del escritor ruso Efraim Ivánov, la cual ironiza sobre las ansias de éxito, la fama, el arribismo y el coqueteo de los escritores con el poder (en este caso, el poder soviético):


Para Ivánov un escritor de verdad, un artista y un creador de verdad era básicamente una persona responsable y con cierto grado de madurez. Un escritor de verdad tenía que saber escuchar y saber actuar en el momento justo. Tenía que ser razonablemente oportunista y razonablemente culto. La cultura excesiva despierta recelos y rencores. El oportunismo excesivo despierta sospechas. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonablemente tranquilo, un hombre con sentido común. Ni hablar demasiado alto ni provocar polémicas. Tenía que ser razonablemente simpático y tenía que saber no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo, no alzar la voz, a menos que todos los demás la alzaran. Un escritor de verdad tenía que saber que detrás de él está la Asociación de Escritores, el Sindicato de Artistas, la Confederación de Trabajadores de la Literatura, la Casa del Poeta. ¿Qué es lo primero que hace uno cuando entra en una iglesia?, se preguntaba Efraim Ivánov. Se quita el sombrero. Admitamos que no se santigüe. De acuerdo, que no se santigüe. Somos modernos. ¡Pero lo menos que puede hacer es descubrirse la cabeza! Los escritores adolescentes, por el contrario, entraban en una iglesia y no se quitaban el sombrero ni aunque los molieran a palos, que era, lamentablemente, lo que al final pasaba. Y no sólo no se quitaban el sombrero: se reían, bostezaban, hacían mariconadas, se tiraban flatulencias. Algunos incluso aplaudían.
(p. 892).

La muerte del judío Ansky conmueve al soldado alemán Hans Reiter, quien sin embargo no se lleva el diario consigo: lo deja donde lo encontró para “que ahora lo encuentre otro”. También lo conmueve, pero en un sentido más violento, la historia que le cuenta un tal Sammer en el campamento de prisioneros donde cae Reiter al finalizar la guerra. La historia de Sammer también involucra el exterminio de los judíos, otra de las crueldades de las que da cuenta 2666.

La posguerra es la época de la vida en pareja y del inicio como escritor: alquila una máquina de escribir, escribe su primera novela, elige su seudónimo y busca (y encuentra) un editor, Bubis, que confía en el talento de Archimboldi aunque al principio sus libros no se vendan o los críticos no sepan qué decir sobre su obra. Aquí vuelven las consideraciones explícitas sobre literatura que abundaban en “La parte de los críticos”. Por ejemplo, sobre la secreta relación entre las obras menores y las mayores:

“Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba […]. Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un escritor de obras maestras… (p. 982-983).

El juego y la equivocación son la venda y son el impulso de los escritores menores. También: son la promesa de su felicidad futura. Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas, y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes), y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es inevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja.

¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. (p. 985)

Jesús es la obra maestra. Los ladrones son las obras menores. ¿Por qué están allí? No para realzar la crucifixión, como algunas almas cándidas creen, sino para ocultarla. (p. 989)

A ésta se le suman otras consideraciones sobre la fama y sobre el progreso del escritor, su trabajo, su concepción siempre particular de la literatura. Y también el cortejo al editor, y el de éste a los críticos. Y los adelantos. Y un jocoso catálogo de erratas famosas (lapsus cálami). Y una alegoría sobre el destino común de los escritores ocultos. Y otra sobre cómo los intelectuales ignoran qué parte de su trabajo será la que trascienda (quizás sólo sea la receta para un helado, y no el resto de la obra escrita). Y también, entre todo esto, la vida, la muerte y los motivos por los que un Archimboldi de casi ochenta años de edad decide viajar a Santa Teresa.

A 2666 se la presenta como una novela “inacabada” debido a la muerte de Bolaño, pero no es ése el sabor que me quedó después de tan prolongada lectura. Creo que 2666 es una gran novela; puede que no del todo pulida aquí o allá, pero completa, de ningún modo inacabada. Aunque entre las obras de Bolaño mi favorita siga siendo Los detectives salvajes, la lectura de 2666 es altamente recomendable; quizás no como puerta de ingreso al universo del autor, pero sí como una larga compañía que —luego de haber descubierto ese universo— nos consuele un poco por la pérdida de un talento tan grande.

rbolano

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11 pensamientos en “2666: La parte de Archimboldi

  1. Confieso que abandoné la lectura de 2666 después de terminar la primera parte. Ahora que leo esto me dan ganas de seguir, pero miro el mamotreto y me acobardo. ¿Por qué no en tres o cuatro tomos? Sería más fácil de sostener entre las manos… ¡se me cae, es tan pesado…!

  2. Estrella: leídas las partes de 2666 como libros independientes, yo creo que la de Archimboldi es la más bella de las cinco. Ejerciendo el segundo de los derechos del lector de Daniel Pennac, que aportabas en un comentario anterior, podrías leerla independientemente del resto; aunque el efecto quizás no sea el mismo, podría valer la pena hacerlo.

    En un comentario anterior te decía por qué me parece que esta obra de Bolaño no se editó en distintos tomos… todavía. ¡Saludos!

  3. Pingback: Sumario #2 « El pez volador

  4. Estoy leyendo un libro que puede gustarte:
    “La verdad de las mentiras” de Vargas Llosa.
    Un abrazo.
    C.

  5. Pingback: Lo mejor que leí en 2009 (1/3) « El pez volador

  6. Coincido plenamente contigo Martin, esta parte de la novela es la que deguste con mayor avidez, desde el inicio todos queremos saber quièn es Archimboldi, ese misterioso escritor, al final Bolaño hace una novela que reflexiona sobre el oficio, de esta manera se conecta muy bien lo que dijo Bolaño en una entrevista a veces no basta con escribir bie, ni con escribir muy bien , ni con ser un genio, ser escritor es meter la cabeza en dónde nadie se atreve, salir del castillo de marfil, y aquí entra esta manera de ver al arte cómo una milicia. Archimboldi lleva acuestas la segunda guerra mundial el horror de las dos Alemanias divididas, es por eso que Archimboldi al final de la novela va a Santa Teresa, Un gigante se acerca.

  7. Buen blog, buen analisis. Gracias por compartirlo. Bolaño es un maestro y una gran perdida para nosotros los lectores… pero también y más que nada una gran gran ganancia

  8. Pingback: Mr Gwyn, de Alessandro Baricco | El pez volador

  9. Pingback: A una década de la muerte de Roberto Bolaño | El pez volador

  10. Interesante análisis, resumen, recomendación o lo que sea que haya leído. Sólo quisiera agregar lo que creo es lo importante de la parte de Archimboldi.
    Primero está el pseudónimo, que para nada es casual, ya que Bolaño toma el nombre de uno de los pintores italianos más exóticos, misteriosos y eclécticos de todos los tiempos.
    Segundo está la biografía de Hans Reiter, ese niño prusiano que era incapaz de querer a la raza humana, que amaba solo las algas, los paisajes y flotar en el mar. En fin, un niño que le importaba un carajo todo lo que había a su alrededor que no fuera lo antes antes mencionado. El mismo niño crece y se convierte en un militar nazi, luego en asesino, luego escritor, en resumen, fue un hombre profundamente consecuente.
    Tercero, y he aquí una primicia de un cuento que estoy por publicar, que si mi editor sabe que estoy escribiendo esto me cuelga de un árbol, me tira un escupitajo en la cara y me trata pero de lo que trataron al otro Benito fascista. En fin, de todos modos soy un escritor menor y me puedo conceder ciertos beneficios de libertad. La tercera es una teoría, una insidiosa y macabra teoría. A lo largo de todo el libro, vemos la búsqueda de un escritor invisible, de un fantasma que vaga por quien sabe que país y que incluso algunos dicen haberlo visto en México. Vivió en diferentes ciudades europeas, entre ellas Venecia, donde trabajó como jardineror y más tarde su rastro se pedería hasta la completa disolución. Tanto es así que ni siquiera su hermana sabía de su paradero. El factor que Archimboldi sea un escritor fantasma, el factor que sea un escritor de culto buscado por unos críticos europeos y sobre todo por el gran éxito que todo esto le ha acarreado a su carrera literaria, me hace pensar en lo siguiente: ¿Será que Bolaño fue tan extremadamente inteligente, como para saber que su carrera literaria haría un monumental giro hacia la cima cuando el muriera, que se retiró del mundo, de la fama y dio paso al mito Bolaño? ¿Será 2666 un grito delirante y a la vez tácito, que nos jala del cuello de la chaqueta y nos dice que debemos buscarlo hasta encontrarlo en un lugar desértico del desierto de la frontera mexicana.
    Como sea, el sólo hecho de pensar en esto y en la sonrisa siniestra de un vencedor Bolaño frente a la crítica, frente a la literatura y sobre todo al “éxito literario” que algunos darían su alma por obtener, me empuja a seguir escribiendo el cuento que me tiene empeñado y sin dormir estos últimos meses.

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