Por qué adoro Los detectives salvajes

Por Martín Cristal

Le he dedicado varios artículos a 2666 simplemente porque es una gran novela y tiene mucha tela para cortar, pero mi favorita entre las novelas de Roberto Bolaño sigue siendo Los detectives salvajes.

A mediados de 2001, yo ya llevaba en México DF casi tres años; había publicado mi primera novela, tenía un buen trabajo y acababa de mudarme a la calle Bucareli. Una fiebre me tumbó en la cama de ese departamento, enorme y vacío; falté al trabajo y me animé con el único libro que me quedaba sin leer: Los detectives salvajes. Lo había comprado junto con otros libros, por recomendación de Mónica Maristain (quien tiempo más tarde le haría a Bolaño su última entrevista). De esos libros, Los detectives salvajes había quedado al final, quizás por su mayor volumen. De inmediato me sorprendió que la historia escrita por un chileno que vivía cerca de Barcelona iniciara, no ya en el DF, sino precisamente en la misma calle a la que yo me había mudado.

Me sedujeron, claro, el dominio de un lenguaje mexicano con el que por entonces yo convivía, la evocación de un México mítico elegido como un territorio fecundo para disparar la imaginación… pero lo que más me atrapó fue la desmesura (que no es meramente extensión): una novela de seiscientas y tantas páginas, sí, pero cuya acción transcurre en un lapso de veinte años, en muchas ciudades diferentes, con más de cincuenta narradores distintos (algunos de ellos tomados de la vida real), con una gran cantidad de historias y voces… Imposible no impresionarse.

Bolaño narra vidas completas: registra todo el “ancho de banda” de la vida. En esto se opone diametralmente a Borges, cuya estrategia era cifrar el destino de un hombre en un momento de la vida de ese hombre, como si narrando ese único momento diera cuenta de la vida entera de esa persona. Bolaño no le saca el cuerpo a los pormenores, a las idas y vueltas, y así la vida en sus relatos se parece, efectivamente, a la vida: caprichosa, llena de meandros e incertidumbres, con tiempos muertos, pausas, vértigo, cambios, traslados… No se trata de que Borges sólo haya escrito cuentos y entonces, por una cuestión de síntesis, haya preferido aquella estrategia, mientras que Bolaño puede desarrollar más porque escribe largas novelas: no es eso, digo, ya que Bolaño no lo hace sólo en las novelas; también se da el lujo de lograr esa impresión en muchos de sus cuentos, como por ejemplo en “Vida de Anne Moore” (en Llamadas telefónicas).

Con Los detectives… Bolaño se ubica en la genealogía de Rayuela de Cortázar (1963), novela que le debe mucho al Adán Buenosayres de Marechal (1948), que a su vez desciende de dos líneas entrelazadas, el Ulises de Joyce (1922) y la Comedia de Dante (siglo XIV), y por ende de Virgilio y de Homero. Una línea genealógica en la que reconozco diversos placeres que me definen como lector.

Audacia, desmesura; narración coral; emociones alternadas, no pura tristeza, tampoco pura alegría; humor, a veces absurdo, con frecuencia irónico o lúdico, muy pocas veces simple; prosa sin ornamentos innecesarios, con períodos largos, y cadencias atractivas, de poeta con calle, que no reniega de la oralidad; metáforas desbordadas, hiperdesarrolladas; cierto riesgo estructural (estructuras abiertas); descripciones disyuntivas —del tipo “en la habitación había tal cosa, o quizás tal otra, o quizás no había nada”— que construyen una atmósfera, no meros inventarios; un buen equilibrio entre lo vital y lo metaliterario; la digresión como estrategia y un poder de fabulación enorme, una gran concatenación de anécdotas pequeñas y grandes: todo eso encontré en Los detectives salvajes.

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Eso me sorprendió desde el arte; en un plano más íntimo, la novela me conmovió con sus personajes nómades, cuya vida parece triste porque no consigue enraizarse en ninguna parte. Ése era exactamente el sentimiento que comenzaba a surgir en mí por aquellos años (yo viviría aún dos más en el DF). El viaje como búsqueda. La vida lejos del lugar que te vio nacer. Ulteriormente, ese sentimiento creció y pesó mucho en la decisión de volver a la Argentina, luego de un paso muy breve por Europa. De vuelta, lo primero que publiqué fue Mapamundi (2005), un librito con siete cuentos que, en distintos tonos, querían tocar esa fibra. Hoy sé que la vida no para en ningún lado porque está en todas partes.

Mis razones para volver de México a la Argentina fueron muchas, y no todas muy claras al momento de volver, por eso me pregunto: ¿cuánto habrá tenido que ver la lectura de Roberto Bolaño en esa decisión? Quizás leer a Bolaño tuvo algo que ver también porque ¿qué hubiera podido seguir escribiendo en el DF, qué historia personal hubiera podido narrar o inventar allá luego de que ya había hecho mi pequeña “novela de extranjero en México” (Bares vacíos, 2001) y luego de haber leído algo como Los detectives salvajes? ¿Seguir con otras historias de exilio o extranjería? ¿Adoptar el lenguaje mexicano ya no como un juego, sino como algo propio? Quizás era hora de volver, de descubrir mi verdadero lugar, y tal vez leer a Bolaño me ayudó a darme cuenta de eso.

Roberto Bolaño murió el 14 de julio de 2003. Hoy se cumplen seis inviernos. Este pequeño artículo no surge del mero deseo de hacer un homenaje, sino de la más pura gratitud.

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37 pensamientos en “Por qué adoro Los detectives salvajes

  1. Un placer leerte, Martín, como siempre. Anduve de link en link, viajando dentro de tu blog.
    Leo, en una de esas ventanas:

    “Quizás los motivos de esto sean más comerciales de lo que en primera instancia parece: un ensayo disfrazado de novela tiene hoy más posibilidades de venderse que un ensayo propiamente dicho”.

    Pienso que, quizás, sea nomás que algunas reflexiones sólo son posibles a través de la ficción, como dijo alguna vez Pablo De Santis.
    Quizás.

  2. Estrella: sí, quizás sea así como decís en algunos casos. Creo que, cuando no parece justificarse del todo el cruce de géneros es que hay un problema en las proporciones/relaciones establecidas entre uno y otro género (un poco de eso, de las proporciones que prefiero, iba el post del que citabas el fragmento).

    Por ejemplo: en Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, aunque hay páginas enteras que se parecen más a un ensayo científico-sociológico que a una novela, uno nunca pierde la noción de que esas reflexiones son vitales para la historia que se cuenta. Esta proporción (o relación) —las reflexiones al servicio de lo narrado— me agrada.

    En cambio, en El péndulo de Foucault de Umberto Eco, creo que ese balance se pierde en el tercio central de la novela, porque Eco desborda de erudición; la acción se pierde de vista y la novela pasa a ser un ensayo histórico excesivo sobre los templarios. Fascinante, si te gustan los templarios… y pesado para quien quiere saber cómo sigue la historia. El mismo Eco sienta en una mesa a tres personajes a conversar sobre los benditos templarios y hasta se olvida de acotar quién habla y quien responde… (En el fondo, a Eco la acción no le importa).

    Una vez más, gracias por leer. Saludos.

  3. Yo estoy releyendo en estos días Los detectives… Bolaño es, pésele a quien le pese, la voz más poderosa de la literatura latinoamericana contemporánea. ¡Imagínate que siguiera escribiendo!

    Pd. Nostromo 2 está al aire (puedes checar acá [revistanostromo.net] el índice de este número). Estamos viendo la manera de enviarles su ejemplar impreso a todos los autores (a todo esto, ¿llegó el número 1?). Mientras, si gustas te puedo enviar el pdf de impresión. Un saludo.

  4. fabricadepolvo: sí, Bolaño tiene una voz muy potente, aunque es imposible saber qué pasaría hoy con él si todavía estuviera escribiendo… Entre los factores que —en la experiencia de vida— condicionan los textos de un escritor, la enfermedad prolongada y la amenaza de la muerte deben de ser dos de los más fuertes. ¿Cuánto de la urgencia y la vitalidad que hay en la prosa que nos dejó Bolaño se deberá a la proximidad de la muerte?

    Nostromo Nº1 no llegó nunca, aunque no me queda muy claro por qué canal debía hacerlo. Espero poder verlo, igual que al Nº2. Para matar la ansiedad, acepto la propuesta del pdf. ¡Saludos!

  5. llegué acá hoy por primera vez por medio de Hablando del asunto (www.hablandodelasunto.com.ar) y me encontré una más que grata sorpresa.

    A esta hora, y cuando uno no tiene mucha paciencia para leer en internet, tu post transcurrió armónica y sabrosamente por mi atención. Muchas gracias.

  6. Martín, gracias por tus amables comentarios en mi blog. Significan mucho viniendo de ti.

    ¿Llegaste a ir a Sonora alguna vez? Yo no lo hecho y no me quedan ganas, pero después de un viaje de 12 horas en auto a Monterrey, por el desierto, como de rebote, disfruté más de Los detectives salvajes. Es muy curioso, porque los lugares de la novela son mis lugares (Bucareli, la Facultad de Filosofía) pero muchos años antes.

    Y paso al asunto central de este comentario:

    Édgar Adrián Mora me dijo que estaban tus libros mexicanos en Ghandi en los saldos y corrí a comprarlos. Llego a mi casa, empiezo a leer Bares vacíos y de pronto, cual si fuera Si una noche de invierno un viajero, me encuentro con una página en blanco. Sigo leyendo y al poco otras dos páginas vacías. Y así. Como soy muy muy pobre hoy, no puedo ir a comprar otro (y abrirlo en la tienda para ver si está completo).Pero como la historia me está gustando mucho, me invento lo que hay en medio o busco en la biblioteca lo que quizá aparezca en los comentarios lingüísticos de la novela que quedan a la mitad y anotando mis conjeturas en los espacios en blanco.

    Viene a cuento por la entrada que vinculas arriba sobre los textos metaficcionales y vivenciales. Y al menos mi ejemplar de Bares Vacíos se volvió un poco más metaficcional que vivencial. O quizá no haya tanta diferencia después de todo.

    (El Manual si está completo, gracias a dios.)

    Saludos cordiales,

    René López

  7. René: Y, sí, son los riesgos de la mesa de saldos. Hace varios años me pasó algo parecido con una novela de ciencia ficción editada por Minotauro: El fondo del pozo, de Eduardo Abel Giménez. Es la historia de unos exploradores que se descuelgan por el cráter de un volcán… Imaginate mi desencanto cuando me encontré con el último pliego del libro —el fondo del pozo— totalmente en blanco… Volví a la librería: todos los ejemplares que les quedaban estaban igual. Jamás leí el final de la historia. Desde entonces, reviso los libros antes de llevármelos de la librería.

    Igual es divertido el uso que le has dado a esas páginas, y me recuerda lo siguiente:

    En 2001 le di a Eusebio Ruvalcaba un ejemplar recién impreso de Bares vacíos y le pregunté si tendría la amabilidad de ser uno de los presentadores de la novela. En principio, Eusebio accedió a leerla. Días más tarde me dijo que ya la había terminado y que sí la presentaría. Muy serio, agregó que le parecía “un libro para escritores”. Por supuesto, yo no pensaba eso de mi novela; le pregunté por qué le había dado esa impresión. Entonces él hojeó el libro en mis narices y me mostró todas las páginas en blanco que tenía el ejemplar que yo le había dado sin revisarlo previamente. En esas páginas falladas Eusebio había anotado todas sus observaciones sobre la novela, cosa que le había resultado comodísima. Un libro para escritores…

    Abrazo.

  8. Pingback: Una lectura de Mantra, de Rodrigo Fresán « El pez volador

  9. mi comentario también será de gratitud
    me hiciste recordar que al terminar de leer los detectives decidí ciertas cosas (entre otras divorciarme)
    pensé también en qué libro es el favorito entre los de Bolaño, quizá por los personajes y la historia: Una novelita lumpen, pero todo surgió en los salvajes

  10. costasinmar: Todavía no leí Una novelita… Quizás la encare con mi nuevo hallazgo, el TTS (Text To Speech). Del divorcio no te digo nada porque de eso uno nunca sabe si felicitar o condolerse. Saludos.

  11. Pingback: Sumario #3 « El pez volador

  12. Pingback: Lo mejor que leí en 2009 (1/3) « El pez volador

  13. Acabo de leer “Los detectives salvajes”. Me he quedado delante de la ventana difusa un rato. He entrado en google para ver si alguien me ayudaba a “cerrar” la novela. Ya he visto que no puede cerrarse. ¿La novela? Me ha gustado, me ha aburrido, me ha interesado, me ha llevado con la lengua fuera, otras veces seguí por pura disciplina. El título fue fundamental para no dejarla a medias. De cada diez historias, me interesaban un par de ellas muchísimo, otras cuatro me llamaron la atención, y un par de ellas o tres me resultaron o prescindibles o insoportables.
    Esta es la reacción de un lector normal, al que le gusta leer y escribir.
    Si he de ser sincero, he de afirmar, paladinamente, que “Rayuela” (con la que tantas comparaciones se han hecho) me gustó muchísimo más. Al menos, de momento: quién sabé qué puede pasar dentro de algunos años.

  14. Miguel: Perdón por la demora en contestar, estaba de vacaciones.

    Lo que importa —creo yo—, igual que con Rayuela, es la más o menos honda impresión que pueda haberte dejado el conjunto de la novela de Bolaño. Eso es lo que permanecerá, aunque los pormenores del relato se vayan desdibujando. Por otra parte, es casi imposible que una obra de cerca de 600 páginas mantenga una intensidad constante. Necesariamente alguna parte queda relegada por el gusto que nos causa otra.

    A mí me gustaron más historias que a vos, por lo visto, porque sólo recuerdo una, muy larga, que no me gustó, o que me pareció que podía quitarse. Por supuesto, ya me olvidé de qué va.

    Y qué sorpresa lo que me decís del título como un motivo para seguir leyendo… porque a mí el título de esta novela no me gusta demasiado (creo que desorienta respecto del tipo de novela de que se trata, aunque sabemos que a Bolaño la figura del detective lo atraía mucho).

    Respecto de la comparación con Rayuela… Lo importante creo que no es compararlas, sino reconocer cierto tipo de filiación, ubicar a una en la línea genealógica de la otra, línea que puede extenderse a Marechal (y su ruta hacia arriba).

    Gracias por el comentario. Saludos.

  15. Pingback: Bolaño y 2666: el misterio del título « El pez volador

  16. Buen artículo, Martín. Curioso que Internet me haya depositado en el blog de un conciudadano. Por cierto, estaba en busca de un libro (Los detectives…), y ahora parece que me llevo dos (Adán Buenosayres), gracias por eso.

    ¡Saludos!

  17. Luciano: Qué bueno que llegaste acá. Maravillas de la red. Creo que Adán… te puede gustar aunque tiene más de cincuenta años, y no sé qué comparaciones podría generar el hecho de leerlo muy próximo a Los detectives… En todo caso: yo leí los dos libros en México, y disfruté mucho ambos, si bien por distintas razones.

    Saludos.

  18. Addendum de agosto de 2010:

    Leo en Perfil un artículo de Fabián Casas sobre Verano, de J. M. Coetzee. Hay un párrafo donde Casas se concentra en la forma de esta novela. Me llamó la atención porque podría aplicarse perfectamente a la forma de la segunda parte de Los detectives salvajes. Dice Casas:

    En Verano, el fin de la saga autobiográfica, Coetzee mueve las caras del cubo y cambia la estrategia narrativa. En vez de un narrador en primera o en tercera, tenemos a un joven biógrafo inglés que se encarga de hacer reportajes a varias personas que fueron importantes en la vida de John Coetzee, el escritor que acaba de morir. […] Coetzee logra convencernos de que esas voces son ciertas, de que existieron y de que hablaban de esa manera. Mientras le relatan al biógrafo sus relaciones con el escritor, dejan hendijas por donde podemos vislumbrar sus propias vidas. Parece una trampa, queremos escuchar sobre Coetzee, pero nos alimentamos también de los infortunios de sus amigos y amantes.

    Así sucede, creo, con Arturo Belano y Ulises Lima. Es como un huecograbado, donde la figura de la que se nos habla se dibuja en nuestra mente no por su relieve, sino por su bajorrelieve, por su ausencia. Son otras las voces que se entrecruzan y se superponen para dejar, sin embargo, un centro vacío en el cruce de sus hilos: ese centro es la silueta de Belano y Lima.

  19. Pingback: La Limonada Bolaño (¿del hielo al sinsabor?) | El pez volador

  20. Los detectives salvajes y Rayuela han sido parte del giro inesperado (pero necesario) que le estoy dando a mi vida. Buen artículo, saludos.

  21. Pingback: Las palmeras salvajes, de William Faulkner (I): interrupción | El pez volador

  22. Pingback: La conquista de la singularidad (segundo movimiento) | El pez volador

  23. Terminé hace poco de leerlo, y quedé marcando ocupado…comparto los comentarios de Miguel (sigo viendo la ventanita…)

    Solo una consulta… he revisado y revisado el libro ya que no me cuadra la fecha de la visita de los protagonistas a Amadeo (que es en Enero 1976) ya que el mismo mes en que escaparon a sonora en el auto de Quim y pasaron buscando el mes completo a Cesárea… existe ahí un error o hay alguna explicación?

    Agradecería alguna respuesta o “iluminación” al respecto,
    Muchas Gracias.

  24. Luis: perdón por la demora en contestar, estaba de vacaciones. Lamento no poder ayudarte en tu consulta, leí el libro hace 10 años… No recuerdo con precisión el dato que buscas, y no tengo un ejemplar a mano aquí. Supongo que releyendo con paciencia se descubre si es error de autor o de lector. Saludos.

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  26. Pingback: ¡Poeta García Madero! » Combi de medianoche

  27. Hace un año descubrí a Bolaño, y me lamento por la tardanza. Leí primero 2666 y luego Los detectives salvajes, y coincido con don Miguel, en que hay algunas historias fascinantes, que uno deseara que continuaran desarrollandose, y otras que no logran, en mi caso, el interés adecuado, pero esto se encuentra presente en toda creación artística, y creo que coincidimos en que estamos ante un escritor fabuloso. En lo personal, el final del libro fue como estar en medio de una tormenta, buscando refugio, buscando participar realmente en el desenlace de la novela, me sentí participe activo de los hechos, y deseaba tomar un lapiz y meterme vivo dentro de las páginas.
    Eso es, simplemente, la literatura. Gracias a Bolaño por lo que su novela despierta en nosotros, y a usted, Martin, por sus artículos.

  28. Jorge: Como dicen, nunca es tarde si la dicha es buena. O algo así. Yo también creo que toda gran obra, si es voluminosa, no puede más que tener algunas partes que brillen menos que esa impresión general que deja el conjunto. Gracias por tu gentil comentario.

  29. Luis: Al responderle a Jorge, he vuelto a leer tu comentario. La curiosidad me encontró esta vez cerca de mi ejemplar de la novela, así que, atendiendo tu duda, he revisado el tema de las fechas. La explicación del asunto es sencilla.

    En las partes I y III, el fechado corresponde al diario de Juan García Madero. El lapso entre lo sucedido en la vida de JGM y el instante en que éste lo consigna por escrito es de horas, o a lo sumo, de pocos días (ve por ejemplo lo que él mismo explica al comenzar la parte III, y también en la entrada del 2 de febrero de esa misma parte).

    En cambio, en la parte II, el lapso entre cada testimonio y los hechos evocados es mucho mayor (y muy variable). Amadeo Salvatierra nos cuenta a nosotros (o “a cámara”, como si fuera parte de un documental) sobre su encuentro con Belano y Lima en su casa del DF. Nos lo cuenta, sí, en enero de 1976; pero ese encuentro narrado tuvo lugar mucho antes de la medianoche del 31 de diciembre de 1975, que es cuando Arturo y Ulises (junto con Lupita y JGM) salen del DF rumbo al norte de México.

    Lo que se te confunde, entonces, es la fecha de los hechos en relación con la fecha en que se brinda el testimonio de esos hechos (ésta es la que figura en negritas al comienzo de cada sección de la parte II). Un ejemplo claro: en II 6, Rafael Barrios narra sentado en el café Quito, en 1977, pero lo que narra no sucede en ese lugar ni en esa fecha, sino que sucedió mucho antes, porque es “qué hicimos los real visceralistas cuando se marcharon Ulises Lima y Arturo Belano…”.

    Espero que haya quedado claro. ¡Saludos!

  30. Acabo de terminar de leer la novela y me surgió la misma duda que a mi tocayo Luis. Desafortunadamente, la explicación que ofrece Martín no me deja satisfecho ya que Amadeo Salvatierra parece estar narrando mientras que “los muchachos” están ahí con él.
    No sé, dudo que algo de este tipo se le haya escapado a Bolaño, seguro habrá una explicación (posiblemente lo que has dicho, Martín, es lo correcto). Sinceramente ahora mismo me encuentro algo cansado por la frenética lectura que he hecho todo este día para terminar la novela, así que la dejaré enfriar un poco y más tarde trataré de averiguar qué pasa allí.
    Excelsa novela, por cierto.
    Un saludo.

  31. No pude deshacerme de la duda y volví al libro después de 20 minutos. Tienes toda la razón, Martín. Lo que me confundió quizás fue la manera en que está narrado el último testimonio de Amadeo, un poco en duermevela, ya que dicha narración se siente más cercana, más en el presente. Pero sí, al regresar al primer testimonio de Amadeo, el que da inicio a la 2a parte, el uso del pretérito hace más obvio cómo Amadeo cuenta algo que ha sucedido con anterioridad.

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