Los topos, de Félix Bruzzone

Por Martín Cristal

Un hijo de desaparecidos se separa de su pareja embarazada y, al poco tiempo, se enamora de un travesti. En plena democracia, el travesti también desaparece, o peor dicho (pero más precisamente): es desaparecido. El protagonista sale en su busca.

Regada de paranoia, esta primera novela de Félix Bruzzone (Buenos Aires, 1976) transita sobre los ejes venganza/justicia y amor/odio, este último marcado ya desde el epígrafe: “tantos odios para curar / tanto amor descartable”. Cabe recordar que esa canción de Virus empieza diciendo “encontrarte en algún lugar…”. Eso también podría haber figurado en el epígrafe, porque la novela de Bruzzone evoluciona también sobre el tópico de la búsqueda. Una búsqueda del padre, disfrazada (o trasvestida) en la búsqueda de Maira, el travesti. Si el padre, en un sentido kafkiano, es la Ley, la Autoridad, buscar al padre puede ser como buscar Justicia, o por lo menos, a un Juez que se haga cargo de lo que pasa (el mismo narrador es un padre que no se hizo cargo de su propia paternidad). El padre que encuentra el narrador, sin embargo, resulta más bien un padrote: el Alemán.

El tránsito de estos ejes le depara al narrador una crisis de identidad. Él se “transforma” en eso que busca —en su caso, un travesti—, y esa transformación dilata indefinidamente su encuentro. Lo que le pasaba a la abuela del narrador —que quedaba atrapada en la lógica de buscar a su hija desaparecida, pero en un contexto en el que casi no se puede hacer nada— es lo que de a poco va pasándole al narrador respecto de Maira.

El tono va desde lo realista, casual, pasa por lo almodovariano y deriva hacia algo mucho más sórdido. En muchos momentos tendí a leer Los topos como una alegoría difusa, un poco como si cada personaje representara algo —al modo de El fiord, de Lamborghini—; en ese caso, pensaba al leer, ¿quién sería el personaje del Alemán, ese líder violento y facho? Es un Poder que promete (“cuando quieras, vamos y la buscamos”), y que con su fuerza y sus promesas, inmoviliza. Por supuesto, es un error pensar que la novela se limita a ser alegórica.

A veces los hechos de la novela me resultaron demasiado vertiginosos. El narrador asume todas sus interpretaciones como ciertas con mucha rapidez. En sólo tres o cuatro páginas, por ejemplo, el personaje de Mariano se transforma: de un tipo equilibrado, con ideas propias, en un fanático religioso, místico y piromaníaco. Lo mismo cuando el narrador pierde todas sus pertenencias materiales: sin ser un resumen, todo sucede como acelerado. Si hay algo que no me cerró del texto es que el autor aproveche esa velocidad para deshacerse fácilmente de los personajes que ya no necesita. Tampoco que el relato tense tanto el verosímil de las casualidades: hay demasiadas, el mundo parece demasiado chico. Todos se reencuentran, en Buenos Aires, en Bariloche…

Fuera de estos detalles (menores, cuestiones técnicas al fin), creo que lo mejor de Bruzzone en esta novela es el haberse permitido que la historia se desboque, que lleve al lector y al tema a lugares insospechados; que no parezca —aunque lo sea— el fruto de un plan preconcebido y seguido paso a paso. También, por supuesto, el enfoque no convencional del tema de los desaparecidos. El final no concluyente ayuda a que la discusión del tema y del texto se instale en la mente del lector al terminar el libro.

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Los topos, de Felix Bruzzone. Buenos Aires. Mondadori, 2008.

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