Vidas perpendiculares, de Álvaro Enrigue

Por Martín Cristal

Una versión más corta del presente artículo se publicó en el número 2 de la revista Ciudad X.

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En sus Vidas paralelas, Plutarco comparaba —con fines didácticos— a algún griego famoso con su equivalente romano; los hilos de ambas biografías se tensaban, cercanos pero sin tocarse. En Vidas perpendiculares de Álvaro Enrigue (México, 1969), los hilos biográficos se entrecruzan con un fin narrativo: producir una trama.

Esa trama arranca en 1936, narrando con tono irónico y divertido la saga de una familia de Jalisco. Sólo que, apenas veinte páginas después, la novela cambia drásticamente: primera señal de una estructura compleja, basada en el concepto hindú de la transmigración de las almas (la esencia de ese concepto se sintetiza en un epígrafe inicial, con versos del Bhagavad Gita). La saga de los Rodríguez Loera se irá barajando con las memorias de personas de distintas épocas y lugares del mundo; progresivamente, esas memorias dispersas se reconocerán como la autobiografía “precoz y milenaria” de una misma alma reencarnada varias veces.

Esta novela —elogiada por Carlos Fuentes (¿a esta altura será eso bueno o malo?)— me hizo pensar en las depuradas estructuras narrativas de Ítalo Calvino; en “El inmortal” de Borges; en la “flor amarilla” de Cortázar; en “Memoria de paso”, de Fogwill (que remite a su vez al Orlando, de Virginia Woolf), y también en el duradero escarabajo de Mujica Láinez, que pasaba de mano en mano (es decir, de cuerpo en cuerpo) para contarnos todas las épocas de la humanidad.

Son (una y) siete las vidas que se intercalan aquí, primero, como capítulos; después, se empiezan a entrelazar al interior de cada capítulo; luego se entremezclan dentro de algún párrafo, y más tarde incluso dentro de una misma oración. En este proceso, la prosa nunca pierde su gracia natural. Enrigue posee una retórica elocuente, a veces algo recargada, pero con un humor que mantiene fresca a una novela que hubiera podido volverse rancia de tanto comercio con la Historia.

Los personajes secundarios también traslucen vidas pasadas. Hay, por ejemplo, una nana, intemporal como Mort Cinder, a la que se apoda la Fenicia; hay un jardinero mexicanísimo, al que sin embargo —una sola vez, y muy al pasar— se lo reconoce como “el egipcio”. Mientras, en el centro de la acción, hay un triángulo amoroso, freudiano y eterno, que se calca incesantemente sobre sí mismo. Si, en la Comedia del Dante, Francesca y Paolo terminaban en el Infierno, eternizados por su adulterio, en esta novela los amantes se mudan al módico pero efectivo infierno de un nuevo pellejo, para encarar una vita nuova en la que inevitablemente habrán de reencontrarse.

Hay un asesino en cada hombre o mujer porque ¿quién no ha matado antes? Sólo basta con hacer memoria. La memoria (un “animal incontrolable”, definido como “el conocimiento del acecho constante de la muerte”) es la clave del libro. Ella es la que deja o no deja ver qué historias se esconden tras la última carnadura de un hombre. Cualquier detalle —unos ojos verdes, por ejemplo— puede provocar el memorioso latigazo de las existencias anteriores.

Estas Vidas perpendiculares “serían infinitas si fueran honestas y quisieran ser completas”. Enrigue no aprovecha la afirmación para darnos un final deshilachado. No: aquí todo cierra, aunque sepamos que estos mismos hilos podrían seguir tramándose por siempre.
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Vidas perpendiculares, de Álvaro Enrigue. Anagrama, 2008.

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4 pensamientos en “Vidas perpendiculares, de Álvaro Enrigue

  1. No entendí….¿a qué te refieres con esto?: “serían infinitas si fueran honestas y quisieran ser completas”. Enrigue no aprovecha la afirmación para darnos un final deshilachado.
    ¿La recomiendas? A mí, no se me ha antojado mucho, tal vez por eso de los personajes historicos…no sé…una novela con personajes como Fenicia o el egipcio no me atrae…pero seguro me equivoco…

  2. Tayde: La novela se basa en la reencarnación. Seguimos a una misma alma, saltando de un punto del tiempo a otro. Enrigue toma siete vidas del mismo personaje, pero sabemos que, si el alma es eterna, entonces ese personaje ha vivido más vidas que esas siete… por eso el narrador dice que, de aspirar a ser exhaustivo, estas memorias tendrían que ser infinitas… o por lo menos mucho más extensas.

    Lo que yo intentaba decir a partir de eso es que una afirmación así podría ser la excusa perfecta del autor para cortar el relato en cualquier parte. Podría argumentar: “si no podemos ser exhaustivos, sólo queda ser posmodernos, fragmentarios…”. “Corte directo y adiós, es imposible buscarle un final a algo que no lo tiene”. “Los conflictos dramáticos del alma reencarnada son interminables… “. Etcétera.

    Enrigue no opta por estas salidas y corta la historia en un momento justo, donde se la comprende cabalmente y donde el núcleo dramático que define las relaciones de los personajes queda claramente delineado.

    De los personajes históricos en la novela: los hay, pero “fenicia”o “egipcio” son sólo dichos al pasar… No te vas a encontrar algo al estilo Mika Waltari. Los personajes históricos que sí aparecen, en todo caso, son más concretos y conocidos: Francisco de Quevedo, Pablo de Tarso.

    En cuanto a si la recomiendo: sí, claro. De hecho —no tenías por qué saberlo—, este texto lo escribí para una sección de la revista Ciudad X, sección cuyo título es, precisamente, “libro recomendado”.

    Te mando un beso, espero que andes bien.

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