Contraluz, de Thomas Pynchon (III)

Por Martín Cristal

Tercer post de la serie sobre Contraluz (Against the Day), la novela de Thomas Pynchon.

Anteriores:
I: Personajes principales
II: Parodias, temas, recurrencias

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Una novela larga siempre tiene altibajos

Entonces, ¿es aburrido o divertido, este libro? Como toda novela intensa y larga, Contraluz tiene muchos altibajos —de los que daremos el debido detalle más adelante— si bien, al menos en las tres primeras partes, el tapiz de Pynchon siempre consigue que alguno de sus hilos sostenga el interés del lector. En cambio, la cuarta parte (titulada, ahora sí, “Contra el día”) se enmaraña con los indescifrables conflictos balcánicos previos a la primera guerra mundial. Lo que hasta ahí parecía una saludable e irrefrenable expansión narrativa —esa valiente desmesura que siempre elogiaremos y que definimos técnicamente como “irse al carajo”—, aquí ya huele a pura dispersión sin gobierno. Metas vagas, misiones abortadas apenas se llega al lugar acordado, espías, contraespías… una madeja en la que es fácil perderse y aburrirse.

En ese punto las motivaciones de los personajes se diluyen. Más todavía: ellos mismos se declaran perdidos. “Nunca comprenderé los motivos del CRETINO…”, dice Cyprian sobre la sociedad secreta que le encargó una misión en la otra punta del globo (p. 1008), y la verdad es que, a esa altura de las cosas, nosotros tampoco los comprendemos (ni nos importan ya). Más tarde el personaje descubrirá que su misión era falsa… “En el oficio [de Cyprian] las expectativas frustradas eran la norma” (p. 1070). Así que, para colmo, esos trabajosos periplos pierden sentido ni bien iniciados.

La historia en esta cuarta parte se disgrega en misiones siempre incumplidas para amos invisibles (al dicho mexicano de “nadie sabe para quién trabaja”, los personajes de Pynchon podrían tatuárselo en la frente). Por momentos, Pynchon incluso parece creer que la prolija relación de itinerarios y traslados es un buen sustituto para la invención de nuevas historias que contar. Al igual que el caos geopolítico de preguerra, aquí el caos argumental parece no tener remedio. Aparecen algunos personajes nuevos que sin embargo duran poco y no generan empatía, porque a esta altura nos conformamos con seguir las historias de los que venimos acompañando hace ya más de mil páginas.

En suma, la cuarta parte es la más aburrida (quizás este lector llegó a ella con el caballo cansado, también). Las idas y vueltas de Cyprian son agotadoras. Se rescatan, eso sí, los estrafalarios efectos de una misteriosa (y real) explosión en Siberia; ciertos pasajes de novela erótica y libertina en Venecia; la breve levitación de Ruperta Chirpingdon-Groin, que la deja cambiada para siempre; el paso al modo novela negra con Lew Basnight; el cameo de un vidente que puede “leer” inodoros; una fraternidad de chicas eteronautas; y el Integroscope, una máquina para animar fotografías. Es mucho, parece, pero no tanto si se lo compara con lo que antes ya ha dado Pynchon. Contraluz es como una droga que marea un poco en la Parte I, luego tiene sus picos altos en II y III, y por fin decae inevitablemente (aunque con uno que otro buen flashback) en la IV. La Parte V, el epílogo titulado “Rue du Départ”, asegura una salida suave.

Pasados los efectos de esta droga, no da hambre, pero sí muchas ganas de buscar otra cosa que leer. Hay quien se fanatiza con este autor; son los encantos de una obra autorreferencial, llena de chistes y guiños para los lectores fieles (y vaya si Pynchon los tiene: hasta han creado su propia PynchonWiki). En mi caso, creo que ya tengo suficiente Pynchon para una vida, aunque quién sabe…

La sensación exacta que me deja este libro al terminarlo es precisamente la de haber leído sus 1337 páginas a través de un fragmento de espato de Islandia. La ambigua transparencia de este mineral birrefringente me hace sentir que no he leído una novela, sino dos en paralelo: una, genial y admirable, maravillosa; la otra, agobiadora y hartante, aborrecible. Quisiera recomendar sólo la primera, pero parece que en el combo vienen juntas.

[Continuará…]

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12 pensamientos en “Contraluz, de Thomas Pynchon (III)

  1. LMdT: Sí, el último párrafo es una de mis conclusiones generales sobre el libro, de ahí que pueda parecer el final de esta serie de posts…

    Pero no es así: efectivamente continuará con otros pormenores de la novela, y se extenderá, creo, a unos diez posts. Podés pegar el que quieras en tu blog (incluso toda la serie), siempre que salgan enteros, con el linkeado y crédito correspondiente, y las demás condiciones de la licencia Creative Commons, que supongo conocés.

    Desde ya, te agradezco mucho el interés. Saludos.

  2. Gracias a ti por el esfuerzo de …. ¿¡¡10 entradas?!! Cielos, te mereces un especial. La idea sí, efectivamente era pegarlos enteros con referencias y créditos pero ahora que sé cuantos son estoy empezando a acojonarme.

    Esperaré a que acabes y luego ya veré como lo hago. Prometo consultarlo contigo si se me ocurre algo que no sea una simple reproducción.

    Un abrazo,

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