Cinco policiales nórdicos (I)

Por Martín Cristal

En los grupos de lectura que coordino, el último trimestre se dedica a la lectura de libros abarcados por un recorte determinado previamente por los participantes (puede ser un recorte geográfico, genérico, epocal, autoral, temático…). En uno de los grupos de este año, optamos por leer novelas policiales de autores nórdicos.

Cada participante propuso títulos de su interés, con la condición adicional de que hubieran sido publicados en los últimos veinticinco años; luego trajo sus argumentos a la reunión. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país nórdico diferente. A continuación mi comentario de cada novela, en el orden en que las fuimos leyendo. [*]

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NORUEGA

El ojo de Eva, de Karin Fossum
(Sandefjord, 1954)

Publicada en 1995, es la primera novela de la saga del inspector Konrad Sejer. La segunda novela de la saga, No mires atrás (1996), encumbraría a la autora en virtud de ciertos premios y reconocimientos obtenidos.

 

El caso: Las páginas iniciales se traman con tres falsos arranques. El primero es un yeite que descubriríamos habitual en thrillers policiales: narrar primero una escena muy breve, ambigua y ominosa, cuyos personajes son apenas delineados en forma elusiva y vaga. Suele tener aire a flashback temprano; en rigor es un teaser, eso que, en una película o en los episodios de una serie, iría incluso antes de los créditos iniciales.

De este modo el lector no puede todavía situar esa acción en la cronología del arco argumental, aunque se barrunte que es un vistazo a la escena del crimen o a algún momento de la vida del asesino. Tal vez su infancia, alguna escena crucial para que se convirtiera en lo que hoy es… (Ninguna de estas variantes será la verdadera en la novela de Fossum).

El segundo arranque se sitúa en la comisaría donde trabaja Sejer. El inspector está a punto de interrogar a la Eva del título.

El tercero es el más interesante: narra el hallazgo del cadáver de un hombre, a la vera de un río que cruza una ciudad (ésta no se nombra, pero por referencias sería Drammen). Al cuerpo lo encuentran Eva y su hija, Emma. Eva se mete a una cabina telefónica, para dar aviso a las autoridades; Emma queda fuera de la cabina y no puede escuchar que su madre, en realidad, no está llamando a la policía como acaba de decirle… Tras la llamada, la madre lleva a la hija a comer a un McDonald’s, como si nada.

Será otro transeúnte el que más tarde llame a la policía. Enviarán a Sejer, quien pronto ve que no se trata de un nuevo caso, sino de la continuación de uno anterior: el cadáver es el de un hombre al que habían dado por desaparecido hace meses.

A partir de este punto el libro va trenzando dos puntos de vista: el de Sejer y su investigación; y el de Eva, su vida como madre y sufrida artista plástica.

Si hubiera tenido a mi cargo escribir la contratapa, contaría sólo hasta aquí (un 5% del libro). Lamentablemente, la contratapa en castellano se va de la lengua y adelanta hechos que aparecen casi a la mitad del libro, lo cual hace que la lectura, en lugar de ser un camino de descubrimientos, se vuelva un mero acto de corroboración.

 

El investigador: “Sejer estaba hecho de un material muy sólido. Iba a cumplir cuarenta y nueve años, […] tenía los rasgos muy marcados y el rostro anguloso, los hombros rectos y anchos y la piel curtida pero bien conservada. Su cabello era hirsuto y de color acero, casi metálico, y muy corto. Tenía los ojos grandes y claros y el iris del color de pizarra mojada”.

Hasta ahí, lo físico. Los rasgos que reflejan su personalidad son algo remanidos: el policía viudo, solitario y melancólico, que vive solo (o con Kollberg, un enorme leonberger), encariñado con sus costumbres: prefiere su viejo Peugeot 604 a las patrullas del Departamento de Policía, fuma un único cigarrillo armado y se toma su whisky Famous Grouse antes de irse a dormir. Un tipo bonachón, tierno con su hija y con su nieto, aunque también sea capaz de acorralar y presionar a sus interrogados para que “canten”.

Hay que considerar que ésta es una serie de libros que Fossum planeó de entrada: sobre el último quinto de la novela ya aparecen puntas de un próximo caso, que queda abierto y por resolverse en la siguiente novela. Por ende, es casi seguro que el personaje de Sejer no muestre en esta primera novela todas las características que lo particularizan, sino que Fossum haya pensado en dosificarlas a lo largo de las siguientes entregas.

Otros rasgos de Sejer: odia aparecer en público; padece de eccema; toma helados de frutilla. Le gusta saltar en paracaídas. No es un gran cocinero. Y cree (¡qué sorpresa en un policía!) que la mayor parte de la gente es buena.

Lo que más me gustó de Sejer es que no afloja y que sabe improvisar sobre la marcha. No es tanto un deductivo-intelectual, sino un laburante que insiste, que repregunta, que sabe que con sólo estar presente ya se transforma en una fuente de presión para testigos e implicados (a los que a veces, sólo para verlos reaccionar, les brinda demasiada información sobre el caso). Sejer está atento a cualquier cambio en ellos. Si no puede seguir una línea investigativa, con tal de no permanecer ocioso abre otras que no parecen importantes; le funciona como quien se traba en una esquina de un gran rompecabezas y entonces decide tratar de armar la esquina opuesta, sabiendo que, a la larga, ambos sectores tendrán que conectarse.

 

El contexto socio-geográfico: Los datos sociales en la novela son pocos y están dispersos. Algunos dichos indican al pasar un creciente tráfico de drogas (aunque la novela no explore ese submundo): “La heroína se había apoderado seriamente de la ciudad, vistas las posibilidades de ese frío lugar barrido por el viento”; “Esta ciudad está llena de chiflados por el tema de la heroína”; “esto parecerá pronto Estados Unidos, y la culpa de todo la tiene la droga”.

Aparecen algunas cuestiones económicas que matizan ese paraíso social escandinavo que imaginamos desde Sudamérica: “A todo el mundo le hace falta dinero”, dice una mujer; un desempleado vende su auto porque dice que el dinero del seguro social no le alcanza para la gasolina. Tampoco puede pagarse el carnet.

Fuera de esto, Noruega no aparece muy particularizada; al contrario, se la da por sabida (como dije, ni siquiera se menciona en qué ciudad se desarrolla la acción, aunque sí se la describe y se habla de su tamaño mediano y de su baja tasa de crímenes).

Calificación del grupo: 7/10.

[Continúa en el siguiente post].

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[*] En el otro grupo de 2017 también leímos policiales, pero de distintas partes del mundo: cada miembro eligió un autor de un país diferente. Se estableció así un rico intercambio de información sobre el policial contemporáneo, que sirvió además como un modesto recorrido por el mundo, observado mediante la “lengua franca” del género. Los autores que comentamos —además de los cinco nórdicos que leí yo— fueron Jonathan Black (Irlanda), Petros Márkaris (Grecia), Keigo Higashino (Japón), Leonardo Padura (Cuba), Peter Temple (Australia), Louise Penny (Canadá), Abasse Ndione (Senegal), Roberto Ampuero (Chile), Michael Connelly (EE.UU.), Simon Beckett (Inglaterra) y Qiu Xiaolong (China-EE.UU.).

En las reuniones cada participante comentaba su experiencia de lectura ciñéndose a tres ejes: a) el caso (la trama); b) el investigador (el protagonista); y c) el contexto socio-geográfico, aquello que pudiera captarse del país en cuestión a través del libro. Con ese mismo esquema estructuré la presente serie de posts.

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