Cinco policiales nórdicos (II)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anterior:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum

_______

 

SUECIA

La hora de las sombras, de Johan Theorin
(Gotemburgo, 1963)

Primera novela del autor, publicada en 2007. Abre “el cuarteto de Öland”, una serie de libros ambientados en esta isla sueca. Cada uno desarrolla su acción en una estación del año diferente; el primero de los cuatro corresponde al otoño. La frase “la hora de las sombras” hace referencia a la caída de la tarde, “el momento de contar historias espantosas”.

 

El caso: Como Fossum en El ojo de Eva, Theorin también inicia con un prólogo que funciona como flashback temprano, salvo que aquí está fechado: estamos en 1972. La acción es transparente, aunque no por eso unívoca: mientras su abuela duerme la siesta y su abuelo trabaja en unas redes de pesca, un niño de seis años aprovecha para escaparse de la casa. Ni bien sale a campo abierto, el pequeño Jens se pierde: ese día una densa niebla cubre la isla. Desorientado y en medio de la nada, Jens se encuentra con un hombre llamado Nils Kant.

En el siguiente capítulo nos enteramos que el niño jamás volvió a ser encontrado. Se lo dio por muerto, ahogado. Su madre, Julia, se culpa por a sí misma por haberlo dejado con los abuelos, y también los culpa a ellos por el descuido. Destrozada, vive en Gotemburgo y no volvería jamás a Öland, de no ser porque Gerlof, el abuelo del niño, la llama por teléfono desde un geriátrico, veinte años después, para contarle que alguien acaba de enviarle por correo una de las sandalias del chico.

(Como curiosidad: en mi relevamiento de policiales nórdicos para proponerle al grupo de lectura, me di con que los niños o jóvenes desaparecidos son recurrentes. Los hay en Sacrificio a Mólek, de Åsa Larsson; en Sin culpa, de Viveca Sten; en Elegidas, de Kristina Ohlsson…).

Hasta acá, el 5% inicial. A continuación La hora de las sombras se trama con dos líneas cronológicas entrelazadas: el presente de Julia y Gerlof en Öland, circa 1992; y el pasado: la vida de Nils Kant, desde su niñez en los años treinta.

 

El investigador: No hay un protagonista-detective o investigador de la policía (si bien un policía local se involucrará en el asunto). El rol central de la pesquisa lo lleva Gerlof, marino retirado y abuelo de Jens, en parte para reducir su propia culpa por la desaparición del chico, y en parte como una forma de rehacer el vínculo con su hija Julia. Junto con algún amigo tan viejo como él, Gerlof tiene sus teorías sobre lo que pudo haber pasado con Jens. Y quiere compartilas con Julia, pero…

Aquí aparece el más notable defecto de la novela: la manera en que Gerlof le difiere cierta información crucial a su hija. Resulta inverosímil. Por ejemplo, la manda al cementerio a ver una tumba, pero sin querer explicarle antes de quién es. ¡Que lo descubra ella (junto con el lector) cuando llegue allí!

Otro ejemplo, quizás más claro. Cito: “—¿Vais por algo relacionado con Nils Kant? —preguntó Julia. —Puede ser —dijo Gerlof—. Ya veremos. —Julia asintió con la cabeza: si su padre no quería darle más detalles no insistiría”.

El timing narrativo regula el suspenso; éste tiene como destinatario al lector. En esta novela es mucho mejor manejado cuando está a cargo del narrador (en tercera) de Theorin. En cambio, cuando lo pone en labios del propio personaje, éste le retiene información crucial no sólo al lector, sino sobre todo a su propia hija: le genera un misterio innecesario a ella. En lugar de mitigarle un dolor de años, Gerlof la hace sufrir más demorándole su conocimiento o sus sospechas sobre el desarrollo del caso.

Ocurre más de una vez con el mismo esquema: “Vamos a hacer tal cosa”, le dice él; “¿Por qué?” pregunta ella; “Ah, ya vas a ver”, contesta él, haciéndose el misterioso inútilmente. Este comportamiento no se corresponde con las motivaciones de reconciliación del personaje ni con sus sentimientos para con su hija.

Esta recurrencia llega a un punto tal que Theorin no puede evitar que el personaje de Julia le reclame a su padre sobre esos misterios con los que la mantiene en una nebulosa. Y entonces Gerlof declara: “Sólo creo que es mejor contar las historias a su ritmo. Antes la gente se tomaba tiempo para narrar historias, ahora todo tiene que ser deprisa y corriendo”. Lo cual es, otra vez, el autor hablando por boca de su personaje.

Hay otras chapucerías de la verosimilitud, como por ejemplo la difusión de cierto rumor por la isla (que involucra a unos soldados alemanes) sin que haya posibilidad de que eso pueda haberse difundido así; para justificar que haya pasado, Theorin recurre a la vaguedad multiuso del “por alguna razón” (“por alguna razón, se difundió un rumor acerca de…” Ajá). En otra ocasión, para sostener una hipótesis, Gerlof recurre al viscoso “lo presiento”, tan débil como argumento que apenas lo dice, Theorin agrega que enseguida “se dio cuenta de lo estúpido que sonaba”.

Me extiendo sobre estos detalles por mi interés en la factura narrativa, pero —en líneas generales— la novela atrapa y cumple su cometido de intrigar en un ambiente solitario y ominoso, para conducir al lector hacia un clímax thrilleresco que es todo un page turner, y que ofrece más que el epílogo que lo sucede.

 

El contexto socio-geográfico: Sin abrumar al lector con descripciones extensas, Theorin logra pormenorizar el paisaje de la isla: su soledad otoñal, su viento helado, sus playas regadas de piedras, sus pircas, las casas rústicas, los enebros y abedules, los bosques talados, el gran puente que comunica a los ölandeses con tierra firme…

En la traducción al castellano, algunos términos específicos como cantil o lapiaz (“la llanura de caliza estéril cubierta de hierba que ocupaba gran parte de Öland”) también contribuyen a la sintonía fina con ese paisaje particular, central para la novela.

En los casi sesenta años que transita la historia se deja ver el paso de una economía (decadente) de pescadores y marinos al de otra basada en el inevitable ciclo del turismo de cabotaje. La isla es desoladora en temporada baja, y el crimen de Jens no está desligado de este contexto económico general.

Calificación del grupo: 8/10.

[Continúa en el siguiente post].

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