Cinco policiales nórdicos (III)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin

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ISLANDIA

La voz, de Arnaldur Indridason
(Reikiavik, 1961)

Publicada en 2002, es la quinta novela de la serie del inspector Erlendur Sveinsson.

 

El caso: En Reikiavik, en un hotel de doscientas habitaciones, encuentran —pocos días antes de Navidad— el cadáver de un portero. Gulli vivía desde hacía veinte años en un cuchitril perdido en el sótano del hotel; contratado por una administración anterior, ninguno de los trabajadores actuales del hotel lo conocía bien. Apenas sabían que se daba maña para arreglar lo que se rompía y que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades. Con ese mismo disfraz hallan el cadáver en su cuartucho, salvo que tiene los pantalones bajados, un preservativo puesto y una cuchillada en el corazón.

Ante la perspectiva de otra Navidad solitaria en casa, el inspector Sveinsson decide alojarse en el hotel, en plena temporada alta, para averiguar quién ha cometido el crimen. Esto incomoda a más de uno entre el personal, empezando por el gerente, que no quiere ahuyentar a los turistas.

La acción del libro va descubriendo distintos planos temporales: el presente de la investigación en el hotel, donde además Sveinsson se encuentra varias veces con su hija, Eva Lind; el pasado de Gulli, el drama de su niñez, narrado en retrospectiva (a este plano corresponde el teaser inicial de la novela); la niñez del propio Sveinsson, el recuerdo de una tragedia que forjó su personalidad; y un caso en paralelo —un niño presuntamente golpeado por su padre—, del que se nos informa en forma intermitente, y que es llevado adelante por una ayudante del inspector, Elínborg.

Todos estos planos, que inicialmente parecen inconexos, se van apuntalando mutuamente por proximidad temática: las relaciones filiales y fraternales resultan ser la columna fuerte de la novela.

 

El investigador: A Sveinsson no se lo describe físicamente; quizás, siendo el quinto libro de una serie, el autor ya da por conocidos los rasgos del héroe por cierta masa de lectores fieles. Por los diálogos —muy fluidos— podemos colegir que es un tipo pragmático, que no carece de sentido del humor, si bien el trasfondo de su vida es de corte trágico: una familia destrozada, en parte, por su propia indiferencia. Su ex mujer, Halldóra, lo odia; de su hijo (que no aparece en esta novela) se dice que es alcohólico; su hija, drogadicta en recuperación, abortó a una bebé hace algunos meses.

En la fragilidad de su condición emocional, Eva Lind parece buscar apoyo en su padre —y va a verlo muchas veces al hotel—, aunque cada vez que se encuentra con Sveinsson no puede evitar recriminarle el abandono con que casi la hundió en el olvido total durante años. En un intento por explicar(se) esta actitud distante, Erlendur le cuenta a su hija un episodio traumático de su niñez que no le ha confesado a nadie.

Como detective, Sveinsson es tenaz e insistente a la hora de las preguntas, a veces apilándoselas una sobre otra a los interrogados, casi sin dejarlos contestar. Al contrario del noruego Sejer, Sveinsson no les da información de más a los interrogados (“¿Cómo lo mataron?”, le pregunta uno; “es mejor decir lo menos posible”, contesta él). Algunos detalles se le escapan ingenuamente (demora mucho en pensar que en el hotel podría haber cámaras de seguridad, por ejemplo) y, si puede, evita esposar o detener por la fuerza a una persona para llevarla a la comisaría: les ofrece interrogarlas por las buenas, en el mismo hotel, sin escándalo, aunque eso no siempre es posible.

 

El contexto socio-geográfico: A Islandia se lo presenta como un país pequeño, marginal y provinciano, incluso con algunos complejos de inferioridad: “En este país tendemos a hacer una enormidad de cualquier minucia, y ahora más que en cualquier otro momento de nuestra historia; es como una costumbre de esta nación que jamás ha conseguido ser la primera en nada”. “En este país de enanos, nadie tiene derecho a destacar”, dice Elínborg, “nadie puede ser diferente en ningún sentido”. Otro personaje asegura que “Aquí todo tiene que ser nuevo. Todo lo viejo es basura. Nada merece la pena guardarse”.

Por otro lado, también se habla de una época en la que “la vida era imposible para los homosexuales en Islandia. La mayoría se marchaban del país”.

El turismo es una de sus principales fuentes de ingresos; los turistas llegan “extasiados por la belleza del lugar, aunque los precios de bares y restaurantes de la capital les parecían astronómicos”. Los productos de las tiendas para turistas cuestan “lo que ganaba él [Sveinsson] en un mes”.

En cuanto a la criminalidad, también va en aumento: “los delitos se han vuelto más violentos”; “siempre se está oyendo algo sobre el mundo de la droga y los matones, y cómo agreden a los jóvenes que deben dinero por la droga”. Sin embargo, cuando una turista pregunta “[Do] You have murders in Iceland?”, Erlendur le responde: “Rarely”.

Como curiosidad: las pruebas de ADN deben mandarse a hacer fuera del país.

[Continúa en el siguiente post].

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2 pensamientos en “Cinco policiales nórdicos (III)

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