El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (II)

Por Martín Cristal

[Leer el post anterior: “1. Sobre el autor”]

2. Sobre los relatos

Para este primer libro, Liu no seleccionó sólo sus textos más famosos, sino también otros que pasaron desapercibidos pero que, sumados al conjunto, dan como resultado “una muestra acertada y representativa” de sus “intereses, obsesiones y objetivos creativos”.

El gran eje temático del libro son las dificultades de adaptación ante un gran cambio geográfico o histórico: la transculturación, muchas veces considerando la inmigración china en Norteamérica, pero no exclusivamente en esa variante. A veces también se trata de las fricciones producidas por el paso de un estadio evolutivo al siguiente, por un marcado cambio de época o incluso por una mudanza de planeta o galaxia.

Sobre su pertenencia o no al género de la ciencia ficción, dice el mismo autor (en el prefacio del libro):

“No presto demasiada atención a la distinción entre fantasía y ciencia ficción —ni, ya puestos, entre ‘obras de género’ y ‘literatura generalista’—. Para mí, la esencia de la ficción es que en ella se prioriza la lógica que rige las metáforas —que es la lógica que rige las narraciones en general— por delante de la realidad, que es irremediablemente aleatoria y carente de sentido”.

 

Los relatos, uno por uno

[Atención: spoilers]

La nave insignia del libro es “El zoo de papel” (“The Paper Menagerie”, que conocimos en castellano gracias a la antología Terra Nova, de Mariano Villareal y Luis Pestarini; Sportula, 2012). Este cuento es la primera ficción, de cualquier extensión, en ganar los premios más importantes del género: el Nebula, el Hugo y el World Fantasy.

Su narrador es Jack, un joven que recapitula su niñez en Estados Unidos como hijo de un americano y una mujer china. Al convertirse en adolescente, las típicas desavenencias entre hijos y padres cobrarán en Jack la forma de una creciente “vergüenza de los orígenes” de su madre, un desprecio especialmente centrado en su lengua materna. La idea que impulsa al cuento —más mágico o sobrenatural que propiamente de CF— recae en unas figuras de animales hechas con papel plegado: piezas de origami a las que la madre de Jack era capaz de insuflarles vida para que su pequeño hijo jugase con ellas.

(Por cierto, la brecha generacional también aparece en un cuento de Liu que NO fue seleccionado para este libro, pero que está online en castellano: “Quedarse atrás” [Staying Behind]. Tan conmovedor como el “El zoo…”, quizás quedó fuera por no mostrar tan claramente el tema que marcamos como eje de esta antología. No presenta rastros de la transculturación china-norteamericana, aunque sí hay un traspaso: del mundo finito de la carne a la vida eterna de los soportes digitales, tema sobre el que también varió Martín Felipe Castagnet en su novela Los cuerpos del verano).

Los dos cuentos con títulos más largos y estrafalarios son Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies (The Bookmaking Habits of Select Species) y “Manual comparativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados” (An Advanced Reader’s Picture Book of Comparative Cognition).

Ambos incorporan la forma del catálogo: el primero (que abre el libro), es una breve enciclopedia de la manera en que las especies de distintos planetas se las arreglan para hacer “libros”. Claro que esos “libros” no se parecen en nada a los nuestros, ya que los órganos perceptivos, los cerebros y la memoria de esas especies son muy diferentes… Éste es el cuento más borgeano del libro, y se integra a la tradición de esos que funcionan como un compendio de las costumbres exóticas de otras especies y lugares (todos los cuales parecen fundarse, como mínimo, en Swift y Los viajes de Gulliver).

Si el primer cuento se centra en la escritura, el otro lo hace en la lectura, en un sentido amplio: las distintas formas de percibir e interpretar. En “Manual…”, un catálogo del modo en que distintas especies registran los estímulos que perciben sus sentidos, se intercala con la historia concreta de una familia de padre-madre-hija que se resquebraja ante una oportunidad única, ansiada por la madre: la de salir de viaje entre las estrellas, sin retorno, para intentar contactarse con otras formas de vida. A la vez tratado y memoria familiar fragmentaria (rasgo éste que recuerda al cuento “La historia de tu vida”, de Ted Chiang), el relato se publica por primera vez en este volumen.

“Cambio de estado” (State Change) es el que mejor representa la idea de tomar una metáfora y volverla literal, para así crear un personaje o un argumento narrativo. En el cuento, el alma de las personas al nacer se materializa como un objeto concreto, diferente para cada quien. Cada uno deberá tenerlo cerca durante el resto de su existencia. Los rasgos de ese objeto gravitan sobre la personalidad del sujeto; la destrucción del objeto es el fin de la vida. En el caso de la apocada Rina, su alma es un frágil cubito de hielo, que ella debe cuidar y llevar, refrigerado, a todas partes. Uno de los mejores cuentos del libro, en mi opinión.

“Como anillo al dedo” (The Perfect Match) incorpora elementos tecnológicos a lo Black Mirror. Tilly es una aplicación de asistencia personal (similar a Siri); su relación con Sai, el usuario-protagonista, recuerda un poco la película Her, de Spike Jonze. Sin embargo el relato no deriva hacia el enamoramiento hombre-software, sino hacia el tema de la cibervigilancia y la guerra por el conocimiento y el tráfico de la información que libran una megaempresa a lo Google y algunas guerrillas cibernéticas. Las preguntas de fondo son: ¿qué posición vas a tomar en esa batalla? ¿De qué lado estás?

“Buena caza” (Good Hunting) es otro de los mejores relatos del libro. Inicia en un universo legendario, de fábula china, con la aparición nocturna de seres sobrenaturales que no podrán mantener por mucho tiempo su reinado de magia y misterio: los tiempos cambian, se avecina la era del vapor y el iluminismo científico. Los seres mágicos deberán adaptarse a los adelantos tecnológicos para sobrevivir en un mundo que desdeña la magia y ya no tiene vuelta atrás. Claro que, como dijo Arthur C. Clarke, “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”… La acción de este cuento abarca décadas, en un convincente degradé que hilvana la leyenda mitológica con el imaginario steampunk. Es, además, otro relato centrado en un problema de adaptación.

Le siguen “Simulacro” (Simulacrum) y “Regulada” (The Regular), tal vez los menos memorables del conjunto. El primero, ya desde el título, muestra cierta pátina dickiana: Paul Larimore ha inventado un proyector que puede reproducir personas por breves instantes. Son figuras móviles en 3D con las que se puede interactuar (incluso sexualmente); se las llama “simulacros”. El cuento extrapola nuestra obsesión por registrarlo todo en fotografías y videos; se articula en retrospectiva, con los testimonios alternados del famoso Larimore y los de su hija Anna. Ella dice conocer al “verdadero Paul Larimore”; su padre no es el prohombre que el mundo cree conocer. También sostiene que el mundo estaría mejor sin esos simulacros. ¿Juzga Anna demasiado duramente a su padre?

El segundo es un relato largo y de género negro (pero en el sentido en que dicho género fue procesado por el cyberpunk). Inicia con el asesinato de una prostituta que usaba un implante ocular para registrar sus encuentros con los clientes, con la previsible finalidad de chantajearlos. La detective encargada del caso también tiene un cuerpo mejorado a lo cyborg, con implantes biotecnológicos y drogas que la potencian. Pero no siempre es fácil vivir así.

“Las olas” (The Waves) y Mono no aware siguen en el índice a “Manual…”, muy posiblemente por su continuidad temática: los tres comparten el tópico de los viajes interestelares. En el primero —sin relación aparente con la novela de Virginia Woolf—, la dilatadísima extensión temporal del viaje implica cambios evolutivos en la raza humana, puntos de inflexión que los individuos discuten y que no siempre están dispuestos a asimilar dócilmente. Aunque los sucesivos cambios casi deshacen por completo la idea que hoy tenemos de “ser humano”, las relaciones afectivas consiguen mantenerse vigentes, en parte por la pasión de nuestra raza por compartir sus historias y las leyendas fundacionales del universo.

En el segundo —con protagonista japonés, no chino—, la nave interestelar que lleva a los últimos sobrevivientes de la Tierra sufre una avería grave. Se intercala el relato de los últimos días de nuestro planeta (condenado por la llegada de un enorme meteorito) con el de la acción heroica necesaria para tratar de salvar a la nave. En ambos relatos se trenzan el amor, el sacrificio y la conciencia de nuestra finitud. El título en japonés refiere a “la sensación de fugacidad de todas las cosas en la vida”.

“Todos los sabores” (All The Flavours) y “El literomante” (The Literomancer) se enfocan en el choque cultural entre chinos y estadounidenses, intentos de integración no siempre exitosos. Con aliento a western, el primero podría ser una novela corta (tiene 100 páginas); se basa en la historia de los inmigrantes chinos afincados en la zona de Idaho durante el siglo XIX, con todos sus esfuerzos y rechazos; esto último recuerda el comienzo de Sueños de trenes, de Denis Johnson. Lily, una joven americana, entabla amistad con uno de ellos, Lao Guan (o “Logan”), quien a su vez le enseña a jugar al go y le cuenta leyendas de la antigua China. El protagonista de estas leyendas es Guan Yu, el dios chino de la guerra. La estructura que intercala ambos niveles narrativos es la de las “novelas dentro de la novela” que conocemos desde el Quijote.

El segundo relato de este par invierte los términos geográficos y culturales: sigue a una familia de americanos afincada en Oriente, en 1961. La hija es Lilly, una niña que no se lleva bien con sus compañeras americanas de la escuela a la que asiste, en la base militar estadounidense en Taiwán. Sus problemas de adaptación parecen mejorar con su acercamiento casual con Kan Chen-hua, de oficio “literomante”: un anciano que “le dice la buenaventura a la gente basándose en los caracteres de su nombre y en los caracteres que eligen”. (Liu también utiliza el recurso narrativo de poetizar sobre la caligrafía en “Mono no aware”, salvo que en ese caso son caracteres japoneses). El encanto de ese oficio y la bondad del viejo parecen propiciar un acercamiento cultural, salvo que en el camino florecerá la tragedia, cuando Lilly descubra cuál es el verdadero trabajo de su propio padre en Taiwán.

Por su indagación histórica y su dimensión política, este relato está en contacto también con los tres que cierran el libro. En ellos, el individuo se planta y reivindica su dignidad ante los huracanados abusos de la Historia.

“Breve historia del túnel transpacífico” (A Brief History of The Trans-Pacific Tunnel) es una ucronía. Su punto de divergencia es 1929: el inicio de la construcción de un túnel submarino entre Japón y Estados Unidos mejora las relaciones entre Oriente y Occidente; ésta y otras circunstancias históricas alternativas evitan la Segunda Guerra Mundial y sus atrocidades, aunque eso no quiere decir que en adelante todo vaya a ser color de rosa para la humanidad: el lector lo irá descubriendo por el relato en retrospectiva que ofrece el narrador, un nativo de la isla de Formosa (Taiwán) que participó activamente en la construcción de esa monumental obra, superior —en esfuerzo y dimensiones— a la Gran Muralla China.

“El maestro de litigios y el Rey Mono” (The Litigation Master and The Monkey King) se remonta a la China del siglo XVIII. Tian Haoli se gana la vida como asesor legal de los pobres, quienes recurren a él cuando tienen problemas en los tribunales imperiales. Los jueces, volubles y sesgados por la lealtad al emperador, se irritan por las ya famosas estratagemas de Tian. Él las discute —¿sólo en su mente o en contacto con el más allá?— con una figura mítica: el Rey Mono (cuya personalidad revolucionaria conocemos gracias a la genial historieta de Milo Manara). La dignidad moral y la resistencia del tramposo Tian serán puestas a prueba cuando este hombre corriente tenga que enfrentarse a una elección extraordinaria, en aras de preservar una verdad histórica para las futuras generaciones.

A “El hombre que puso fin a la Historia: documental” (The Man Who Ended History: A Documentary) lo conocíamos de la antología Terra Nova, Vol. 2 (Villareal y Pestarini; Sportula, 2013). Liu admite que tomó su forma de un excelente relato de Ted Chiang: “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Su contenido, sin embargo, es totalmente diferente: el relato inicia dando cuenta de un avance técnico de concepción deslumbrante, el cual permite revisar el pasado. No viajar al pasado ni modificarlo, pero sí atestiguar sus hechos. La posibilidad material de dicha constatación modifica el estudio de la Historia como tal, pero también pone en cuestión las leyes y el Derecho, al permitir que eventos históricos atroces —en los que los derechos humanos fueron pisoteados, como en el caso de infame Escuadrón 731— sean revisitados con una objetividad nueva, basada en esclarecedores testimonios a posteriori. Sinuoso y algo largo, este relato de Liu vale, sin embargo, por la excelente idea que lo dispara, y por las discusiones y reflexiones que prodiga en su transcurso.

 

En síntesis

Como ya destacamos al referirnos a los mejores cuentos de la antología 25 minutos en el futuro, Liu nunca se queda sólo en el alarde expositivo de la idea-motor del cada relato (más o menos brillante según cada caso, pero siempre presentada de entrada y con sencillez), sino que busca trascender ese anzuelo inicial para llevar al lector al terreno de lo afectivo. Las ideas que motorizan cada relato no están ahí para su propio lucimiento, sino para propiciar una narración que cobra valor en su emotividad, en el sustrato de las relaciones intrafamiliares y en el drama de esas relaciones cuando se manifiestan durante los momentos más oscuros y difíciles de la historia de la humanidad.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu. Runas (Alianza Editorial), Barcelona, 2017. 544 páginas.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (I)

Por Martín Cristal

1. Sobre el autor

En la Argentina es frecuente que un autor joven se dé a conocer, por ejemplo, con un libro de cuentos inéditos. El libro sale porque fue premiado en un concurso, o publicado por un editor que le tiene fe (un kamikaze independiente, casi siempre) o costeado por el mismo escritor. A lo sumo puede que algunos de esos cuentos hayan aparecido antes, sueltos y sin remunerar en blogs u otros medios digitales; incluso así, el autor joven empieza a hacer su camino verdadero recién con la circulación de ese primer libro.

El sistema editorial norteamericano, en cambio, ofrece a los autores jóvenes —en especial a los afines a la literatura de género— la posibilidad de ir mostrando sus primeros textos en un sólido entramado de publicaciones especializadas (algunas de larga data). La selección que hacen esas publicaciones suele ser rigurosa; abundan las cartas de rechazo, pero si aceptan un relato, éste sale publicado y al autor se lo pagan.

Así, un cuentista estadounidense joven —de ciencia ficción, por ejemplo— puede ir publicando relatos por goteo en distintos medios de forma “profesional”, lo cual a su vez le abre la posibilidad de que sea nominado en distintos certámenes anuales (que no premian material inédito, como en la mayoría de los concursos argentinos, sino material ya publicado).

Tras años de hacerse un nombre de esta forma, el autor suele encontrar al fin ese editor que publique una selección de sus mejores relatos. Esa selección será el primer libro del autor, que cuando salga a la venta ya tendrá un público preformado.

Esto es un poco lo que ha sucedido con Ken Liu. Nacido en China, en 1976, emigró a los Estados Unidos cuando tenía once años. Es programador, abogado y traductor del chino al inglés (ha traducido por ejemplo El problema de los tres cuerpos, novela de ciencia ficción de Liu Cixin). También es autor de una abundante producción cuentística, que fue apareciendo en revistas de fantasía y ciencia ficción, y en múltiples antologías de “lo mejor del año”. Varios cuentos de Liu fueron nominados y galardonados en los premios más prestigiosos del género en su país y en otras partes del mundo.

En abril de 2017 apareció por fin El zoo de papel y otros relatos, la esperada selección de Liu, en versión castellana de María Pilar San Román. Esta antología —“con visos de retrospectiva”, según el propio Liu—, compila 15 relatos de mediana y larga extensión (en promedio, 35 páginas cada uno). Sólo uno de ellos era previamente inédito.

Antes de reseñar este extraordinario libro, quizás convenga saber que no es lo único que el autor lleva publicado hasta la fecha.

 

Las novelas de Liu

Aunque se inició como cuentista, actualmente Liu está enfocado en el desarrollo de una saga de novelas en plan fantasy, a lo George R. R. Martin. La de Liu está situada en un archipiélago ficcional con fuertes reminiscencias de la cultura china antigua. En lo que a tecnología se refiere, se basa también en un concepto distinto: el llamado silkpunk. Explica Liu (en el sitio de io9):

“Como el steampunk, el silkpunk es una mezcla de ciencia ficción y fantasía. Mientras que el steampunk toma como inspiración la estética de la tecnología de cromo-latón-vidrio de la era victoriana, el silkpunk se inspira en la antigüedad clásica de Asia oriental. Mi novela está llena de tecnologías como los cometas de batalla, que se remontan para elevar duelistas por el aire, aeronaves de bambú y seda impulsadas ​​por remos de plumas gigantes, submarinos que nadan como ballenas conducidas por primitivos motores de vapor y máquinas de excavación de túneles mejoradas mediante la herbología, así como elementos fantásticos como dioses que bromean y manipulan, libros mágicos que nos dicen lo que está en nuestros corazones, bestias acuáticas gigantes que traen tormentas y guían a los marineros a la seguridad de las costas, e ilusionistas que manejan humo para curiosear en las mentes de sus adversarios.

“El vocabulario de la tecnología silkpunk se basa en materiales orgánicos históricamente importantes para el Asia Oriental (bambú, papel, seda) y las culturas marítimas del Pacífico (coco, plumas, coral), y la gramática de la tecnología sigue principios biomecánicos como las invenciones del Romance de los tres reinos. La estética general es de elasticidad y flexibilidad, expresiva de las culturas que habitan las islas”.

La saga se titula La dinastía del diente de león (The Dandelion Dinasty), e incluye guerras fronterizas, rebeliones e intrigas (y, como corresponde al género, también un mapita en las primeras páginas). Lleva publicados dos tomos: el primero se titula La gracia de los reyes y fue finalista del Nebula en 2016. Ya salió en castellano al igual que el segundo volumen, El muro de las tormentas. Liu ya tiene vendidos los derechos de la saga para su traslado a la pantalla (los compró DMG, el estudio que produjo Iron Man 3 y Looper).

El futuro de este autor es ancho como el horizonte completo. Seguramente para muchos se hará conocido, primero, por su saga fantasy. Yo sólo espero que, con el previsible éxito masivo de esas novelas, Liu no deje de seguir escribiendo relatos tan buenos como los de El zoo de papel, los cuales comentaré uno por uno en el próximo post.

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PD. Como curiosidad, recientemente Liu también fue contratado para escribir uno de los muchos spin-offs —en formato de libro— programados por Disney para el universo de Star Wars; cada una de dichas novelas se centrará en un personaje diferente. A Liu le tocó (¿o eligió?) nada menos que Luke Skywalker. The Legends of Luke Skywalker saldrá este mismo año.

Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet

Por Martín Cristal

Las almas muertas 2.0

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En 2012, el prestigioso jurado del VII Premio a la Joven Literatura Latinoamericana eligió por unanimidad a Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet (La Plata, 1986). El narrador de esta novela breve es Ramiro: un difunto que tras décadas “en flotación” digital se reincorpora para buscar a su descendencia y concretar una venganza. “Es bueno tener otra vez cuerpo”, nos dice al principio, “aunque sea este cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere, y salir a caminar por la vereda para sentir la rugosidad del mundo”.

¿Qué se almacenaría en Internet? ¿El alma, la psiquis, la memoria, la personalidad? Con acierto, Castagnet no lo define ni se enreda en disquisiciones filosóficas. A los fines narrativos basta con saber que lo digitalizado es la integridad de lo “no corpóreo”; la identidad, la persona, aunque “persona” implique “máscara”, y más en un mundo donde ya es posible disfrazarla con cuerpos diferentes.

Sorprende la fluidez de la prosa, más aun tratándose de una primera novela. Impera un pulso firme que no deja de narrar, es decir, de contestar incesantemente la pregunta “¿y entonces qué pasó?” (ese motor secreto que adoramos desde niños). Los cuerpos del verano nunca deja de incentivar al lector con nuevos descubrimientos a lo largo de su centenar de páginas.

Él único extrañamiento que ofrece el lenguaje (a diferencia de, por ejemplo, los cada vez más insistentes neologismos del futuro que prodiga Marcelo Cohen) es el de los nombres propios de algunos personajes, excentricidades que sugieren un tiempo con registros civiles más permisivos que en el presente.

Si en algún punto se vuelve necesario explicar en lugar de mostrar (algo que suele señalarse como pecado, pero que las narraciones que coquetean con la ciencia ficción siempre se ven arrinconadas a hacer, tarde o temprano, para allanar su legibilidad), Castagnet lo resuelve en pocas líneas, siempre sintéticas e inteligentes, y casi siempre por necesidad interna del relato. Incluso las reflexiones más interesantes son siempre concisas:

“La tecnología no es racional; con suerte, es un caballo desbocado que echa espuma por la boca e intenta desbarrancarse cada vez que puede. Nuestro problema es que la cultura está enganchada a ese caballo”.

(El eco simbólico de esta cita vuelve a oírse en los hechos finales de la novela).

La ciencia ficción tiene predilección por ciertos temas (el contacto con extraterrestres o los viajes en el tiempo son quizás los ejemplos más conocidos). Todo autor que lo intente sabe que su aporte no revolucionará el género ni el subgénero, sino que —con suerte— quizás le aporte una variante que faltaba al tratamiento de ese tema. En este sentido, Los cuerpos del verano podría intercalarse entre las obras de ciencia ficción (o adyacentes) que extrapolan nuestro presente digital, tanto como entre aquellas que exploran el umbral de la muerte y el más allá.

En ese degradé de ficciones —donde también están “Quedarse atrás” de Ken Liu o “San Junipero” de Black Mirror—, la novela de Castagnet podría ocupar un lugar entre Cero K de Don DeLillo (que especula sobre cómo mantener congelados los cuerpos y las mentes mientras la tecnología encuentra una forma de burlar a la muerte) y un clásico del manga: Ghost in the Shell (a punto de ser revivido en la pantalla grande con Scarlett Johansson en el protagónico).

En este universo cyberpunk creado por Masamune Shirow, muchas personas ya tienen implantes mecánicos o digitales; son cyborgs, y por ende sus memorias y sus almas —o sus “fantasmas”: eso que no es cuerpo ni hardware— son tan susceptibles de ser hackeadas como cualquier otro software.

La tecnología que esperan los personajes de DeLillo ya existe en la ficción de Castagnet, quien a partir de ella desarrolla consecuencias de todo tipo… excepto esa que motoriza a Ghost in the Shell: la posibilidad de que esas almas “en flotación” sean hackeadas. Porque podría haber secuestros virtuales de difuntos, desapariciones, modificaciones, eliminaciones y copias de seguridad para evitarlas… Pero, claro, un relato no puede ser infinito. Castagnet limita las premisas del suyo para dejar que la imaginación del lector siga ramificándose, como sucede con la mejor ciencia ficción.

La lectura de Los cuerpos del verano nos hace esperar ansiosos la próxima novela de Castagnet: Los mantras modernos, anunciada ya por la editorial porteña Sigilo.

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Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. Factotum Ediciones, Buenos Aires, 2016 [2012]. 112 páginas. Con una versión más breve de este texto, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 26 de febrero de 2017).

Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (II)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futgosduro-Rojo-BEF-TapaContinúo relevando los cuentos de 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef.

En el post anterior comenté los cuentos que más me gustaron. En menor medida, también me agradaron los que siguen a continuación. [Atención: spoilers]:

Chris N. Brown, “El sol también explota” [2008]: Basado en Fiesta de Hemingway, el cuento aplica ideas de corte cyberpunk a las prácticas artísticas avanzadas. El argumento se centra en Nathaniel, un land artist —impotente y transformado en cyborg tras recibir heridas en el frente de guerra—, quien traba relación con la bioartista Elkin, “una surrealista genómica que mezcla biología hardcore con caprichos de niña  rica para crear esculturas vivas”. Elkin busca en Nathaniel algo más que una colaboración artística en igualdad de condiciones.

Cory Doctorow, “El juego de Anda” [2004]: Con una atmósfera que me recordó la de Ready Player One, de Ernest Cline, el autor explora el universo de los juegos online. El juego se convierte en algo más que eso cuando se revela un correlato entre los combates entre avatares de ese universo virtual y cierta realidad sociale oscura y desoladora. El juego pasa a tener consecuencias concretas en el mundo real, y así la protagonista experimenta un verdadero “cambio de nivel”. El título es una variación de El juego de Ender, pero el cuento es muy diferente.

Eileen Gunn, “Estrategias estables para la gerencia intermedia” [1988]: Una naturalización socialmente aceptada de La metamorfosis kafkiana, aplicada al mundo laboral contemporáneo. Los ejecutivos de una empresa se ofrecen voluntariamente para una alteración genética que les provea mutaciones animales que —según la misma compañía, que promueve los cambios— serán útiles para su futuro trabajo.

John Kessel, “El último americano” [2007]: En Masterpieces ya habíamos admirado su breve cuento “Una huida perfecta”; la expectativa era alta y Kessel sale bien parado con este cuento más largo, el más político del libro. Narra la vida de Andrew Steele, un personaje que en sus aspiraciones mesiánicas y megalómanas recuerda a algunos de Ballard. El contenido del cuento es difícil de resumir; lo memorable es la forma en que se expone: el relato es la reseña de una biografía “recreada”. Contiene citas de obras que Steele escribió en distintos momentos —como líder militar, religioso, político—, seguidas del comentario del reseñista sobre las “recreaciones en la Cognósfera” realizadas por la biógrafa, Fiona 13. Esas recreaciones virtuales nos permiten atestiguar  en primera persona algunas escenas clave de la vida de Steele.

Conney Willis, “Incluso la reina” [1992]: Un cuento futurista (y lleno de humor) en el que abuela, madre e hijas hacen una junta familiar para discutir el caso de una de éstas últimas, ausente en la reunión: tiene veintidós años y ha elegido unirse a “un grupo feminista preliberación” que propone devolver a las mujeres a las costumbres que tenían antes de la igualdad lograda mediante un implante tecnológico, el shunt. Se discuten conceptos de matriarcado y patriarcado y de pronto [spoiler!] surge el descubrimiento, por parte de las hijas, de un sobreentendido que nadie mencionaba: una de las consecuencias de dejar el shunt será volver a menstruar, proceso biológico olvidado hace tiempo, cuyas molestias ellas desconoce por completo. La abuela tiene un par de cosas que decir al respecto.

Don Webb, “Cuaderno de Tamarii” [1998]: Un cuento que participa de la tradición de aquellos relatos “antropológicos” (o “biológicos”, o incluso “xenobiológicos”) en los que se acumula el registro de las extrañas costumbres de un pueblo exótico, una especie rara o una raza extraterrestre (tradición que atraviesa todo Olaf Stapledon y se remonta por lo menos hasta Swift y Los viajes de Gulliver, y que tiene otros exponentes famosos en “Kappa” de Akutagawa o “El informe de Brodie” de Borges, entre otros cuentos).

Margaret Atwood, “Aterrizajes en casa” [1989]: La idea de referirse a una especie extrañando sus características, de manera que sospechemos que se trata de nosotros mismos pero vistos de otro modo, la sentí un poco transitada (por ejemplo, nada menos que por Kurt Vonnegut). Este cuento era lo primero que leía de Atwood y, sin que me haya disgustado, me resultó un tanto simplón.

Kij Johnson, “Spar” [2009]: Un cuento de sexo con aliens. Ni más ni menos. Empieza así: “En el pequeño salvavidas, ella y el alienígena cogían sin detenerse, sin cesar”… y sin espacio para otra cosa.

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Godzilla in a scene from the film 'Godzilla VS. The Smog Monster', 1971. Toho/Getty Images

La variedad es la impronta de una antología como ésta; por ende sería difícil (y hasta sospechoso) que un lector gustara de todos los cuentos, incluso de la mayoría. En mi caso, tras la lectura creo reconocer que es la idea que vertebra cada relato lo que me seduce primero en aquéllos que terminan gustándome más; pero también, casi enseguida, la capacidad de cada autor para trascender esa idea, para no quedarse estancados en su mero lucimiento e ir más allá, desnudando la complejidad de las relaciones humanas —afectadas por todas las implicancias de esa idea disparadora— al punto de conseguir mi emoción como lector. Los que logran todo eso son los que más me gustan.

En cambio, resultaron lejanos a mis intereses los cuentos que ensayan variaciones de personajes-ícono, autores o motivos conocidos, como por ejemplo el de Joe R. Lansdale, “El programa en doce pasos de Godzilla” [1994], casi un chiste sobre el famoso monstruo japonés; el de Will Clarke, “El orfanato pentecostal para niños voladores” [2008], una parodia del mundo de los superhéroes en un pueblito tipo Smallville; o, en un tono completamente distinto, el de Rudi Rucker, “Rutinas de Tánger” [2012], que busca remedar el estilo de William Burroughs (del que no soy muy fan). Las excepciones al respecto fueron las reescrituras mencionadas de Shepard y Brown.

También me resultaron refractarios los que centran su idea en juegos del lenguaje más que en la idea o la trama (Catherynne M. Valente y su autorreferente “13 maneras de observar el espacio/tiempo” [2010]; o el de Christopher Rowe, “El estado voluntario” [1992]). Y directamente no soporté el reencuentro con la densa jerga cyberpunk de “Mente distribuida” [1995], de Paul di Filippo, autor al que ya había leído en Mirroshades; éste y el de Rucker fueron los únicos cuentos que directamente abandoné. El breve cuento de Charlie Jane Anders (“La última persona joven del mundo escribe sus memorias” [2007]) tampoco me resultó especialmente atractivo o interesante.

Cierra el libro el cuento más reciente, del antólogo de Mirrorshades, Bruce Sterling: “Antes y después de México” [2013]. Tiene la virtud de intentar algo diferente, que se sale del espectro temático/ambiental esperable para uno de los padrinos del cyberpunk. Sterling lleva su relato cerca del indigenismo postapocalítico de Plop —la novela de Rafael Pinedo—, salvo que no es tan extremo como el autor argentino en su presentación de las costumbres y de la aridez del paisaje. Escapar de los encasillamientos es algo que siempre me parece loable, pero a este cuento de Sterling lo sentí largo, basado más en el ambiente que en una idea realmente estimulante o atractiva.

* * *

Más allá de la consideración de cada cuento, siempre muy personal, esta bella edición de Almadía (apenas opacada por algunas erratas) me resultó de gran provecho para actualizar la paleta temática y de recursos formales que el género es capaz de exponer hoy.

También confirmó la percepción —que ya tenía gracias a Gibson y Ballard, amén de una serie televisiva como Black Mirror— de que el “futuro” de la ciencia ficción se ha aproximado a nosotros, que el género hoy tiende a interesarse más en la exploración del futuro cercano, un “casi presente” alterado por el frenesí de los cambios tecnológicos. Los siguientes veinticinco minutos hoy nos importan más que los próximos mil años.

Finalmente, el libro me aportó los nombres de algunos autores que hoy tengo interés en seguir leyendo, como Bacigalupi, Saunders, Shepard o Liu, a quien ya venía explorando.

Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (I)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futuro-Rojo-BEF-SobrecubiertaTras haber relevado un panorama temporal amplio de la ciencia ficción con la lectura de la antología Masterpieces —la cual trae cuentos de la década de 1930 a la de 2000—, y después de recorrer otro específico de la vertiente cyberpunk como el de la famosa antología Mirroshades, me interesó mucho la actualización propuesta por 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández (alias Bef).

El libro ofrece relatos de ciencia ficción de Estados Unidos y Canadá publicados en los últimos veinticinco años. Salió en 2013 y nunca me crucé con él en las librerías locales, aunque este año tuve la suerte de encontrarlo en la Feria del Libro de Buenos Aires (a precio de oro en el stand del distribuidor de Almadía en Argentina).

Sin contar a “un par de autores que fue imposible convocar”, y a otros muy difundidos en castellano —William Gibson, Kim Stanley Robinson— que los antologadores eligieron dejar fuera para darles espacio a autores menos conocidos, el volumen reúne veinticinco historias muy eclécticas, incluso cuando todas pueden ser contenidas por la etiqueta “ciencia ficción”, lo cual demuestra la amplitud que puede alcanzar el perímetro genérico.

Los relatos fueron traducidos por Rojo y Bef, y también por Alberto Chimal, Gerardo Sifuentes y Alberto Calvo. La traducción está pensada sobre todo para los lectores mexicanos. Al respecto, dicen los antologadores: “Si el libro cae en las manos de lectores de otros países hispanoparlantes, les pedimos una disculpa por el saborcillo local, pero era parte de la misión”. El que avisa no es traidor, y si bien ese “saborcillo” se percibe ya desde ese mismo diminutivo, nunca interfiere negativamente en la lectura.

 

Los cuentos

De los relatos seleccionados en estas 736 páginas, sólo conocía dos: el brillante “La historia de tu vida”, de Ted Chiang (que había leído en el extraordinario libro homónimo, la única colección de relatos de Chiang hasta la fecha); y la cruza fantástico-cheeveriana “Los osos descubren el fuego”, de Terry Bisson (que mencionamos al comentar la “generación mediática” en Masterpieces). Me quedaban veintitrés relatos para descubrir y disfrutar.

[Atención: spoilers]

Los que más me gustaron fueron los siguientes:

Paolo Bacigalupi, “El apostador” [2008]: Si el mundo de la televisión alcanzó en menos de cien años de existencia la histeria de los ratings minuto a minuto, el mundo de internet, con todas las herramientas de medición instantánea de las que dispone, llegó mucho más allá en menos tiempo. Bacigalupi extrema esa obsesión corporativa por la cacería de clics mediante esta historia en la que un inmigrante del sudeste asiático trabaja generando contenidos para una compañía norteamericana de noticias en la red. La visualización en directo del tráfico digital se combina con el eterno dilema entre la popularidad de los contenidos y su calidad (es decir, con la discusión sobre su relevancia).

La competencia es feroz y exige una tasa de viralización y masificación que algunos contenidos de calidad no podrán alcanzar por muy buenos que sean; la decisión de seguir publicándolos termina siendo de orden político. El protagonista del cuento puede darse cuenta de esto gracias a que lo ve todo con la distancia del que no pertenece a la sociedad con la que ahora convive; él contrasta sus decisiones con los valores heredados de su padre en su tierra de origen: Laos. El personaje está muy bien construido, y el final del cuento resulta conmovedor.

ADN

Greg Bear, “Música en la sangre” [1983]: Es el único cuento de la antología que escapa al rango temporal 1988-2013 predefinido por los antologadores; resulta curioso que sea el primero del libro, porque así el volumen arranca con una excepción. Rojo y Bef afirman en el prólogo que “la importancia del cuento justifica la decisión”. Tras la lectura no se puede más que agradecer la licencia: el de Bear es sin duda uno de los mejores cuentos del volumen. En el relato, la nanotecnología se presenta tan desarrollada que es capaz de interactuar dentro del cuerpo humano, con su ADN, para así transformar al hombre. Por otros medios, el cuento llega a la misma pregunta-conclusión que Soy leyenda de Richard Matheson: esta mutación, ¿implica la destrucción de la raza humana o sólo su evolución en otra cosa?

George Saunders, “93390” [2000]: Un cuento escrito con la fría objetividad de un informe acerca de “un estudio de toxicidad aguda de diez días”, cuyos sujetos son veinte monos; se los observa mientras se los somete a un envenenamiento controlado. Con el lenguaje frío y objetivo de la ciencia, Saunders consigue desnudar el nivel de crueldad que el ansia de conocimiento puede alcanzar en lo referido al uso de animales vivos en experimentos. A un tiempo, este breve relato eriza la piel y lleva a reflexionar sobre el tema.

Ken Liu, “Los algoritmos del amor” [2004]: Descubrí a este autor muy poco antes, en otra antología —Terra Nova—, y ya estoy encantado leyendo su primera colección de relatos, publicada en 2016: The Paper Menagerie. Liu no incluyó “Los algoritmos del amor” en dicha colección, y en efecto puede que éste no sea uno de sus mejores cuentos; sin embargo, destaca en el conjunto de los veinticinco seleccionados aquí.

Elena hace carrera en el diseño de muñecas animadas, autómatas capaces de interactuar con los humanos. La ilusión de inteligencia es cada vez mayor, Elena hace sus muñecas cada vez más sofisticadas. Cuando la tragedia llegue a las vidas de Elena y su pareja, Brad, ellos harán uso de esos conocimientos tecnológicos para sobrellevarla. El precio a pagar por Elena es que todos sus avances en inteligencia artificial ponen en cuestión la inteligencia humana y la realidad de las interacciones sociales.

A juzgar por éste y otros cuentos que llevo leídos de Liu, la marca del autor parece ser la combinación de buenas ideas con el don de lograr la emoción del lector.

Lucius Shepard, “Kirikh’quru Krokundor” (2009): Shepard falleció en 2014 y hasta aquí no había leído nada de él (sí sobre él: precisamente la necrológica de Martín Pérez en Página/12). Rojo y Bef informan que este cuento se publicó originalmente en una antología por el bicentenario de Edgar Allan Poe; como los demás relatos de aquel libro, el de Shepard es una reelaboración de un cuento de Poe (en su caso “El dominio de Arnheim”).

En el relato, un grupo de académicos y estudiantes va a explorar Saint Gotthard, un asentamiento “establecido en 1863 en un valle andino en Venezuela por una secta morava disidente que hasta entonces tenía su sede en Suiza”. El motivo del viaje es realizar una investigación sobre esta secta, que de pie a un futuro libro a medio camino entre lo académico y lo sensacionalista.

Este largo relato impone un ritmo de novela corta. Tras la presentación de los personajes y los motivos del viaje, llegamos a las ruinas del aislado y solitario asentamiento: su atmósfera de misterio es vívida, muy bien lograda, tanto en el paisaje —cuyas descripciones son fundamentales— como en lo referido a la tensión creciente entre los exploradores, que perciben que algo en el lugar los amenaza e influye fuertemente en sus pulsiones sexuales.

Jeff VanderMeer, “Variaciones de la cabra” [2009]: Notable explotación de las posibilidades cuánticas de un acontecimiento como el atentado a las Torres Gemelas en 2001. La visita del presidente de los Estados Unidos a una escuela parece, en principio, un calco del momento en que George W. Bush fuera informado sobre el ataque (momento que Michael Moore inmortalizara en Fahrenheit 9/11), salvo que aquí las cosas son aún más complejas: una máquina del tiempo le ha permitido al presidente revisitar variaciones del mismo momento una y otra vez en forma superpuesta, otorgándole así distintos matices a la tragedia, y un peso agobiador a sus variantes.

Nancy Kress, “Margen de error” [1994]: Breve y efectivo. Karen es una madre ocupada con sus hijos pequeños. Una noche viene a hacerle una consulta profesional Paula, su hermana y ex colega de un proyecto de ingeniería genética. Algo no anda bien en el proyecto, y Paula viene a pedir ayuda. Pero Karen dejó de trabajar ahí hace años, cuando se convirtió en madre; fue apartada del proyecto por maniobras de la propia Paula. Surgen viejos resentimientos y se va afilando una revancha en curso.

[Continuará en el siguiente post].

La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin

Por Martín Cristal

Ursula-K-Le-Guin-La-rueda-celesteThe Lathe of Heaven es literalmente “El torno del cielo”; el traductor, Rubén Masera, adaptó el título como La rueda celeste. Publicada en 1971, esta novela de Ursula K. Le Guin (California, 1929) resulta amena y fluida, en parte gracias a una prosa con menos arabescos que la que antes encontré en otra famosa obra de Le Guin: La mano izquierda de la oscuridad (1969).

La autora —quien, además de muchos premios, también tiene en su curriculum el haber traducido al inglés la novela Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer— propone en La rueda celeste un argumento de claro corte dickiano.

[Atención: spoilers].

George Orr es un habitante de una Portland futura y sobrepoblada. Es un hombre rabiosamente promedio, que no se destaca en ningún aspecto salvo en uno íntimo: cada tanto, tiene sueños “efectivos”, esto es, capaces de alterar la realidad.

No vaticinan el futuro, sino que, al despertar, ya han modificado el continuum de Orr. Así, por ejemplo, el sueño de la muerte de una tía con la que Orr no se llevaba bien termina con el descubrimiento, al despertar, de que (ahora) esa tía está muerta desde hace ya varios años. Todos recuerdan el accidente que la mató. Sólo Orr recuerda ambas líneas temporales: la actual (tía muerta) y la anterior (tía viva hasta ayer mismo).

Con sentimientos de culpa, Orr empieza a tomar drogas que le eviten soñar. Demasiadas: descubierto y estigmatizado como adicto por un distópico Estado controlador, es enviado a Terapia Voluntaria con el doctor Haber. El terapeuta descubre el secreto de Orr y, con la ayuda combinada de la hipnosis y una máquina —el Incrementador, que potencia las ondas mentales del paciente—, logra inducir los sueños de Orr sin demora, en el mismo consultorio. Pronto Haber los manipulará para ir mejorando su situación personal y también la del mundo… todo con las mejores intenciones, aunque esos cambios traerán aparejados, cada vez, problemas mayores a la humanidad.

La situación planteada se lee bajo una óptica doble: Haber “sabía que los sueños de Orr cambiaban la realidad y los empleaba con ese fin” pero, al mismo tiempo, “utilizaba hipnoterapia y liberación onírica para tratar a un paciente esquizofrénico que creía que sus sueños cambiaban la realidad” [p. 113].

Aunque no se tratan de sueños oraculares, el mecanismo ficcional es similar a de “la profecía”: se señala lo que va a suceder (es decir, Haber da las instrucciones sobre lo que Orr debe soñar para cambiar la realidad) pero siempre expresándolo con un punto ciego o una falta de precisión verbal que permitan que ocurra una cosa distinta de la que Haber espera.

Orr en inglés podría remitir (además de a Orwell) a “or”, es decir nuestra “o”: la conjunción que “sirve fundamentalmente para relacionar dos posibilidades expresando que solamente una de ellas se realiza” (María Moliner). El diagnóstico de la esquizofrenia —las dos o más realidades superpuestas que el sujeto entiende estar viviendo— también relaciona esta novela con La afirmación de Christopher Priest.

En el camino, Orr intenta zafar del abuso de Haber mediante la ayuda de una abogada mestiza, Heather Lelache, con quién irá enamorándose. Ante la progresiva superposición de realidades diferentes en la vida de Orr, éste descubre que lo que importa no es cuán utópico o catastrófico sea el continuo temporal en el que le toque vivir: en tanto no conduzca a la aniquilación de la raza humana, todo lo demás es soportable si en esa línea de tiempo todavía se está junto a la persona amada.

Los hackers en la ficción

Por Martín Cristal

El cracker homérico

En la Ilíada, Ulises quiebra las defensas de Troya escondiendo soldados en el caballo de madera que los griegos ofrecen como regalo. A ciertos softwares maliciosos que se infiltran en las computadoras (generalmente para controlarlas a distancia), hoy se les llama “troyanos”. No son estrictamente virus, cuya finalidad es un ataque destructivo, aunque en el caso del Caballo de Troya sabemos que ése era, en efecto, su objetivo final.

Pekka-Himanen-La-etica-del-hacker-y-el-espiritu-de-la-era-de-la-informacionSi Ulises fuera un genio actual de las computadoras, ¿sería su ardid algo propio de un hacker? Según las definiciones propuestas por La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, del finlandés Pekka Himanen (Barcelona: Destino, 2002), Ulises sería más bien un cracker: “aquel que rompe la seguridad de un sistema”. El término fue creado hacia 1985 por los mismos hackers “a fin de defenderse de la tergiversación periodística”: no toleraban que los medios de comunicación los mezclaran con criminales informáticos.

Según Himanen, el verdadero hacker sería quien “programa de forma entusiasta”, un apasionado que comparte su propia pericia y, entre otras cosas, elabora software gratuito, abierto (al estilo de Linux y al contrario de los programas que venden corporaciones como Microsoft o Apple). El hacker detecta vulnerabilidades, sí, pero facilita el acceso a la información y a los recursos tanto como sea posible; es un revolucionario digital que tiende a la anarquía. Valora su tiempo, desprecia las corporaciones y el trabajo por dinero. Su capital es el respeto de los pares.

Ante un conflicto informático entre griegos y troyanos, un verdadero hacker aplicaría su talento en solucionarlo sin caballos tramposos ni virus. Colectivamente y sin mala fe, buscaría una solución creativa: clonar a Helena, tal vez, copiando su data genética para almacenarla en un disco duro compartido por Paris y Menelao. Y también por el resto de los mortales, incluidos otros hackers que podrían mejorar los resultados de esa misma solución, o incluso “retocar” la belleza de la propia Helena.

 

Antihéroes tecno-románticos

Muchos usamos la tecnología, pero la mayoría no comprendemos ni siquiera una pequeña parte de su metalenguaje. Saberlo todo sobre la tecnología lleva tiempo, concentración, aislamiento; el precio de ese conocimiento muchas veces es sufrir la inadaptación social, haber experimentado la marginación, el rechazo de los felices ignorantes.

El hacker —al menos en la ficción— siempre se presenta con un minicomponente de fracaso social y, por ende, tiene bastante de antihéroe. Ante el rechazo, se rehace a sí mismo en un mundo marginal donde prima un saber-hacer que le granjea respeto, le cura algunas heridas sociales y le devuelve la autoestima, le confiere una identidad, un poder y un propósito superior.

¿Anarquistas informáticos? ¿Nerds vengativos? ¿Justicieros marginales? ¿Exhibicionistas del código que, tras conseguir notoriedad, venden sus habilidades a las corporaciones? ¿Freaks, criminales, piratas? ¿Revolucionarios? ¿Un poco de todo? Hoy los hackers son nuestros antihéroes tecno-románticos. Pero, ¿románticos como caballeros andantes que ayudan a damas en apuros, o como piratas que las secuestran?

 

El hacker de Mr. Robot

El límite es dudoso porque, en cierto punto, las prácticas ideales de los hackers se superponen con las acciones criminales de los crackers. La serie Mr. Robot es un buen ejemplo de ese dilema ético, otra variante de la eterna discusión sobre si “el fin justifica los medios”. Queda claro que las categorías finalmente dependen del lado en que está cada quien (al fin y al cabo, Ulises también fue un héroe, aunque no para los troyanos).

Mr-Robot

[Atención: spoilers]. En el guión de Mr. Robot, el uso del actual contexto tecnológico y sus posibles aplicaciones me resultó infinitamente más interesante que el recurso del “narrador-no-confiable-porque-está-mentalmente-alterado” (éste, por demasiado visto y conocido desde El club de la pelea, hace que esa parte de la trama se vuelva previsible ya desde el tercer episodio).

Y sí, además de ése la serie tiene otros robos —V de Vendetta, American Psycho—, pero aun así creo que todos esos rip-offs están bien concertados entre sí para que digamos: ok, adelante, sigo mirando porque el asunto es interesante, róbame mi dinero (qué dinero, si la bajé).

Rami Malek realiza un trabajo impecable en la caracterización del protagonista, y la fotografía aporta al rectángulo de la TV varias composiciones que caen fuera de lo común.

 

Whitehats, blackhats y otros hackers del cine

Esa moral tan volátil y malinterpretable que se les atribuye a los hackers resulta en extremo seductora para incorporarlos a la ficción. La escala que los gradúa según sus intenciones va desde los de “sombrero blanco” —whitehats, cercanos al virtuosismo que planteaba Himanen en su libro—, hasta el extremo criminal de los crackers, o hackers de “sombrero negro” (blackhats).

Precisamente la última película de Michael Mann se titula Blackhat. En ella, Chris Hemsworth es un hacker convicto al que sacan de prisión para que ayude a desbaratar una red mundial de cibercriminales. La trama deriva hacia el thriller y Hemsworth —más conocido como Thor— está más cerca del héroe que del antihéroe tecno-romántico que todo hacker es; no logra incorporar el componente específico de inadaptación social del hacker tan bien como, por ejemplo, Noomi Rapace y Rooney Mara en sus respectivas interpretaciones de Lisbeth Salander, la inflamable protagonista de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson.

Noomi-Rapace-como-Lisbeth-Salander

En un vano intento de actualización, Duro de matar 4.0 introdujo a un joven hacker que realzaba a John McClane como héroe de acción de la vieja escuela: cero tecnología y puños. Uno que sabe y otro(s) que ignora(n): con la misma división, y si se amplía el rango de fantasía tecnológica, también pueden considerarse Matrix y Ghost in the Shell dentro del grupo de ficciones con hackers, o cuyos argumentos se basan en la lógica informática.

Entre los documentales, hay que mencionar al menos dos. We Are Legion (2012), sobre el trabajo y las creencias del colectivo “hacktivista” Anonymous; y el oscarizado e imperdible de Laura Poitras sobre Edward Snowden, Citizenfour (2014), un verdadero documento histórico sobre el espionaje informático en nuestros días.

 

Computer jockeys

Otra de ficción, clásica: Juegos de guerra. El personaje de Matthew Broderick no era estrictamente un hacker, sino un chico talentoso que lograba ingresar al sistema de una computadora militar; creyendo que era un videojuego, casi detonaba una tercera guerra mundial.

Broderick-Juegos-de-guerra-War-games

La película es de 1983, y rezuma el espíritu de su época: no sólo por la amenaza de la guerra fría, sino también porque, por esas fechas pero en literatura, la figura del hacker y sus potencialidades se agigantaban con el arribo de la corriente cyberpunk a la ciencia ficción.

William-Gibson-Neuromante-Minotauro-tapa-duraFue sobre todo por William Gibson y su novela Neuromante (1985) que el hacker/cracker se coló al centro del imaginario ficcional del mundo. En Neuromante, Case es un computer jockey, un humano con implantes tecnológicos que le permiten conectarse directamente a la computadora y así ver el universo de datos como un paisaje. Fue en esta novela donde Gibson acuñó el término “ciberespacio”; el autor ensancharía este universo ficcional en Conde Cero y Mona Lisa acelerada.

Otro relato gibsoniano, “Johnny mnemónico”, pasó al cine con Keanu Reeves en el papel de un tipo que se alquila como disco duro externo: almacena data digital de la mafia japonesa en un implante cerebral. El relato está compilado en Quemando cromo (1986); el cuento que da título a ese libro también tiene por protagonistas a dos hackers: uno representa el software, y el otro —un cyborg—, el hardware.

Haruki-Murakami-El-fin-del-mundo-y-un-despiadado-pais-de-las-maravillasTambién en 1985, pero en un registro menos tecno —mucho más ligero, fofo y fantástico—, Haruki Murakami publicaba El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Una de las dos líneas argumentales entrelazadas en esta abultada novela tiene por narrador a un informático que (oh casualidad) almacena datos ajenos en su inconsciente. Será víctima de la lucha entre el “Sistema” estatal y el grupo clandestino de los “Semióticos”.

Un digno heredero de Gibson es Neal Stephenson. En 1999 publicó una novela considerada de culto para los hackers: Criptonomicón. Menos futurista que de actualidad tecnológica (deslizamiento en el que Gibson también fue pionero), sus 918 páginas abarcan buena parte de la historia de la criptografía, trenzando dos líneas temporales: una arranca en la Segunda Guerra Mundial, con hechos que hoy se han difundido gracias a El código Enigma, la película sobre Alan Turing; y la otra, en el presente, cuando unos jóvenes tecno-empresarios intentan crear un gigantesco reservorio de datos y dinero digitales en una isla cercana a las Filipinas. En castellano, la novela salió en tres tomos, cada uno con el nombre de un código: Enigma, Pontifex y Aretusa.

Neal-Stephenson-Criptonomicon-castellano-spanish

Aunque didáctico, el libro es exigente: muchas veces Stephenson no resiste la tentación de escribir “en difícil” (y no me refiero sólo a la terminología técnica).

Pola-Oloixarac-Las-constelaciones-oscurasAlgo parecido sucede en Las constelaciones oscuras (2015), de la argentina Pola Oloixarac: exploradores en 1882; hackers en desarrollo, nacidos en 1983; y por fin el año 2024, cuando se lleva a cabo desde Bariloche el proyecto de informatizar el ADN de millones de personas, con la posibilidad de trazar derroteros de vida y realizar un control total sobre la población. Con una prosa rebuscada que entrecruza jergas y referencias cultas, este tardío revival ciberpunk puede resultar tan interesante como agotador.

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Una versión corta de este artículo se publicó en La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2015).

Las redes invisibles, de Sebastián Robles

Por Martín Cristal

Atlas imaginario de un presente virtual

Sebastian-Robles-Las-redes-invisibles-OKSi en su clásico Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino proponía un delicioso viaje por exóticas ciudades imaginarias —descriptas por un igualmente imaginario Marco Polo—, lo que Sebastián Robles (Villa Ballester, 1979) ofrece en Las redes invisibles son diez relatos, sin una historia-marco que los contenga, pero ensartados por un claro concepto unificador: todos ellos parten de la descripción de redes sociales imaginarias.

El libro abre con una cita de Calvino sobre el infierno “social” de nuestra existencia diaria y algunas formas de sobrellevarlo; es este epígrafe el que señala la relación intencional entre los títulos de ambos libros que, por lo demás, tienen estilos marcadamente diferentes.

A los relatos de Robles se les puede aplicar sin inconvenientes la vieja y conocida sentencia de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. Cierto que el medio ahora es un libro, pero algunos de estos relatos fueron publicados previamente en internet; en cualquier caso, la constante es que el mensaje de cada relato es un medio: una nueva red social imaginada por el autor, quien suele abordar su descripción con cierto tono de arqueólogo que escribe para una revista especializada.

Robles pone a prueba su imaginación diez veces, con ímpetu parejo y suerte disímil. Los mejores cuentos del libro quizás sean aquellos en los que el autor se suelta a narrar una historia que se desprende y crece más allá de la mera descripción inicial de una red hipotética, de sus reglas y su funcionamiento. Mientras cuentos como “Mon Amour” (sobre una red social para encontrar parejas mediante un algoritmo infalible) se circunscriben casi solamente a un ejercicio puramente descriptivo, los mejores cuentos delinean personajes y desarrollan su participación con esas redes; desde ahí desatan una peripecia interesante como consecuencia de dicha participación.

Son ejemplos de esto “Tod” (el primer relato, sobre una red tipo Facebook pero que aglutina sólo a enfermos terminales que ya cuenten con un plazo de vida acreditado); “Mamushka” (el de un foro casi abstracto, con niveles sin aparente propósito, pero en los que resulta importante diferenciar el discurso propio para así subir de nivel); o “Cthulhu” (relato con centro en un blog semiabandonado, que desemboca en una actualización de la mitología lovecraftiana al reinsertar sus deidades oscuras en la deep web). Además de Lovecraft, otros referentes literarios que Robles deja ver son Philip K. Dick, con su influencia de conspiraciones paranoicas en el cuento “Hospital”; Jorge Luis Borges, en el cuento “Tlön”; y el valioso catálogo de la editorial Minotauro, mencionado por el autor en los agradecimientos del libro.

En algunos cuentos es el humor —irónico— lo que lleva adelante el relato: sucede así en “Balzac”, que narra una red social de escritores realistas (no hace falta calcular mucho para darse cuenta que, con un libro como éste, Robles se ríe de ellos parado desde la vereda de enfrente); “Animalia”, una actualización de la Rebelión en la granja de Orwell, donde la red social que aglutina a los animales no es otra que el puro lenguaje, adquirido tecnológicamente. También “Crítica”, una historia de la literatura argentina presentada como si fuera una red social.

Más allá de la valoración puntual de cada cuento (que, como siempre sucede con los libros de cuentos, seguramente variará de lector en lector), el libro se aprecia por su invitación a pensar el presente y por lo que de seguro dejará en la memoria: el sabor del concepto sencillo y atractivo que lo aglutina. Como la más interesante ciencia ficción, Las redes invisibles se preocupa menos por la prosa que por dejar servido un mapa de posibles ramificaciones mentales que prosigan en la cabeza del lector tras haber dado cuenta de la última página: el cálculo de otras implicancias que se desprendan de sus extrapolaciones. Las redes invisibles invita a imaginar otras redes sociales posibles que puedan volverse una realidad (¿o virtualidad?) cotidiana más temprano que tarde, al menos hasta que la siguiente novedad digital las hunda en el olvido.

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Las redes invisibles, de Sebastián Robles. Relatos. Momofuku, 2014. 212 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de agosto de 2015).

Perpetua en Eribea: novela de ciencia ficción, online

Leer el primer episodio
Uno es lo que come, dicen. Y también podría decirse que uno escribe lo que lee. Desde que me entró el berretín de volver a leer ciencia ficción, me empezó a dar vueltas en la cabeza una idea para una novela breve del género.

Encaré el texto con un seudónimo. No para ocultarme tras él, sino para separar bien este proyecto genérico de la tetralogía novelística que empecé con Las ostras (obras realistas, en las que todavía trabajo, y que no tienen nada que ver con la CF). Me pareció divertido seguir el modelo de John Banville/Benjamin Black (salvando las distancias, claro): el primero escribe literatura sin condicionamientos de género, mientras que su alias sí se enmarca en uno.
Y todos saben que los dos son el mismo, y no hay escándalo por eso.

Mi nom de guerre es Ari Epstein (a quien se puede seguir por Facebook).
La novela se llama Perpetua en Eribea. Se publicará por entregas,
todos los miércoles, en el website de PALP Series.

Acá ya se puede leer el primer episodio.

Ojalá les guste.

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La ilustración es del gran maestro Burda (Alejandro Burdisio), que tuvo la gentileza de hacerla especialmente para esta novela.

Antología: Relatos selectos de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

I. El libro

Selected-Stories-Philip-K-DickTras leer algunas novelas de Philip K. Dick, quise pasar a sus relatos. Descubrí que sus Cuentos completos son casi imposibles de conseguir en Córdoba: sólo vi los cinco tomos juntos una vez, en una comiquería (donde, dicho sea de paso, también se consigue la revista Palp). Editados por Minotauro e importados desde España, resultaban más caros que un e-reader. Por supuesto, compré el e-reader, y después conseguí los cinco tomos en versión electrónica (también un sexto con algunos inéditos compilados por fans de Dick).

Como ya había podido comprobar, con el e-reader pasamos del problema de la escasez al de la abundancia. Ahora que los tenía, ¿realmente quería leer cinco tomos de Dick? Los volúmenes “completos” de cualquier autor siempre nos reservan zonas tediosas o poco interesantes, porque en su afán de exhaustividad esos libros necesariamente incluyen intentos fallidos, tanteos, variantes no muy logradas o etapas no tan atractivas de la obra del escritor en cuestión.

La solución fue guglear alguna antología autorizada. Encontré una que salió a veinte años de la muerte del autor y titulada Selected Stories of Philip K. Dick (Pantheon Books, NY, 2002; reeditada por Houghton Mifflin Harcourt, NY, 2013). Aunque no estaba en castellano, podía extractar los veintiún relatos seleccionados de las versiones electrónicas que ya había encontrado traducidas en la red. Sólo tendría que leer en inglés la introducción —muy provechosa, de Jonathan Lethem—, texto que hallé en Google Books.
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II. Los cuentos

Cada vez me convenzo más de que la ciencia ficción se disfruta al máximo en textos de mediana extensión (sin duda más que en esas novelas hoy infladas por la moda del best-seller). Los mejores relatos de esta antología me parecieron:

“Sobre la desolada Tierra”, un relato nada tecno, sino más bien religioso: Silvia es una chica especial que —como los santos o los mártires— percibe ciertas apariciones angélicas que deambulan por nuestro planeta. Desoyendo a su familia y a su novio Rick, Silvia quiere irse con esos ángeles flamígeros, pasar al otro lado. Pero la cosa puede salir mal… ¿vale arrepentirse después? ¿Se puede volver del más allá sin alterar el equilibrio del universo?

“La fe de nuestros padres”: Chien es un integrante del Partido en una China que ya domina el mundo. Tiene una ascendente carrera por delante porque sabe callar sus pensamientos. Justo cuando su fidelidad y sus capacidades son puestas a prueba por el mismísimo Líder del Partido, Chien se mete (no tan) accidentalmente una droga que lo enfrenta a una verdad aterradora: el Líder no sería lo que aparenta ser (no sería humano). ¿Está drogado ahora, Chien, o en realidad lo estaba antes, cuando veía al Líder con su apariencia habitual? Podrá averiguarlo esta noche, en la recepción del Partido donde por fin podrá conocer al Líder en persona. Un relato genial.

“Algo para nosotros temponautas”: Una paradoja temporal. Así como alguna vez hubo una “carrera espacial” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora hay otra por dominar el viaje en el tiempo. El apuro por ser los primeros lleva a errores en el lanzamiento: un poco como el Eternauta de Oesterheld, los temponautas de Dick quedan atrapados fuera y dentro de nuestro mundo, fantasmas superpuestos en un loop temporal interminable que los agobia, y que —según calculan— sólo podrán romper de una forma.

“Quisiera llegar pronto”: Mi favorito del libro. Víctor Kemmings, embarcado en un viaje interplanetario, sufre un accidente: la criogenia no alcanza la temperatura correcta y, aunque su cuerpo viaja congelado como corresponde, su conciencia queda despierta. La computadora de la nave detecta el inconveniente; calcula que si Kemmings no recibe estimulación sensorial, tras los diez años de viaje llegará en estado vegetativo. Para salvar la situación, la computadora —que se dirige a Kemmings oralmente, como la HAL 9000 de Kubrick pero con mejor leche— decide bombardear a Kemmings con realidades virtuales construidas a partir de sus propios recuerdos.

Y también cuatro que ya conocía parcialmente, por sus adaptaciones al cine: “La paga” (Paycheck, con Ben Affleck); “Equipo de ajuste” (The Adjustment Bureau, con Matt Damon, película que expurga la faceta religiosa del cuento original); “El informe de la minoría” (Minority Report, con el insufrible Tom Cruise); y “Podemos recordarlo todo por usted” (Total Recall, en su primera versión, con Arnold Schwarzenegger, en la que se amplificaba el componente de aventuras).

Esta antología vino a redondear mi percepción de la obra dickiana, ofreciendo toda clase de variantes en la configuración de los temas y motivos habituales del autor. Estos temas eran de esperar, ya que de la lectura de sus novelas habíamos mensurado ya el perímetro de sus obsesiones: simulacros, paranoia… Para captar de un vistazo esas superposiciones, hice la siguiente tabla (click para ampliarla):

Cuentos-de-Dick-935px

Si ya me eran familiares estos temas filosóficos o especulativos en la obra de Dick —y también los agentes que los provocan: robots o máquinas, aliens, drogas, extrañas deidades—, todavía me faltaba asimilar un “segundo juego de motivos” superpuesto en la estética del autor. Me lo hizo ver mejor Lethem en la introducción del libro:

“El segundo juego de motivos empleado por Dick es más prosaico: una obsesión perfectamente típica de los cincuenta por las imágenes de los suburbios, el consumidor, el burócrata, y con la situación de hombres pequeños debatiéndose bajo los imperativos del capitalismo. Si Dick, como un barbudo tomador de drogas californiano, puede haber parecido un candidato para integrar el círculo beat (y de hecho se juntaba con los poetas de San Francisco), su persistente compromiso con los principales materiales de su cultura lo preservaron de irse flotando hacia ensueños de escape. Lo relaciona en cambio con escritores como Richard Yates, John Cheever y Arthur Miller…”.

Tambien según Lethem (todo un fan, que hasta tiene tatuado el aerosol de Ubik en el brazo), “el gran logro de Dick […] fue el de convertir los materiales de la ciencia ficción norteamericana de estilo pulp en un vocabulario para una notable visión personal de la paranoia y la dislocación.” Sin ánimo completista, siento que tras estas lecturas ya he comprendido bien ese logro. Me queda como pendiente la exploración del Dick tardío, ese iluminado que, de la invención de diversas formas de la paranoia, pasó directamente a su mistificación.

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La isla de cemento, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Ballard-La-isla-de-cemento—Maitland, viejo, estás aquí varado como Crusoe. Si no te cuidas, te quedarás en esta isla para siempre.

Según la edición de Minotauro, La isla de cemento (Concrete Island, 1974), conforma una trilogía “urbana” junto con la novela anterior de Ballard, Crash, y la posterior Rascacielos.

Robert Maitland es un arquitecto inglés al que encontramos en el preciso instante de tener un accidente: mientras conduce a exceso de velocidad, su Jaguar pincha un neumático. Maitland pierde el control del auto, que vuela por sobre el borde de la autopista elevada y cae a un espacio baldío, mucho más abajo: un triángulo yermo entre tres autopistas de cemento, el único espacio urbano no planificado entre esas modernas vías de comunicación.

“Ese terreno abandonado en la conjunción de las tres autopistas era literalmente una isla desierta”, explica Ballard, que así actualiza al náufrago clásico de Daniel Defoe, llevándolo al terreno de sus intereses: el paisaje distópico.

Con todo y lo buena que es la idea —el ciudadano que no puede escapar de una isla desierta enclavada en el corazón de su propia civilización moderna (pero previa a los teléfonos móviles, que hoy hubieran resuelto el problema enseguida)—, hay que decir que los esfuerzos de Ballard por verosimilizar la situación resulta un tanto ampulosos y notorios. Demasiadas casualidades juntas impiden que el machucado Maitland escape de su isla, al menos en los sucesivos intentos que se llevan la primera mitad de la novela.

Jaguar-Concrete-Island

[Atención: spoilers].

Es cierto que estos fracasos mueven al lector a sospechar que, inconscientemente, Maitland no quiere volver a su vida de siempre. En efecto, veremos una transformación en el alienado arquitecto, un sinceramiento con su lado salvaje, que conecta con la metamorfosis social de Rascacielos, aunque en esta novela Ballard no sea tan sutil en la gradación del proceso.

Los móviles de lectura más comunes en las historias de náufragos suelen ser los medios de supervivencia y el rescate (intrigas: ¿cómo se las ingeniará X para sobrevivir? ¿Podrá escapar de la isla desierta?). En parte, de eso van Robinson Crusoe, y la peli Náufrago con Tom Hanks, y Lost, y muchas otras propuestas con situaciones extremas aisladas. En cierto punto de la novela, Ballard pone sobre las mesa ambas premisas, y altera las prioridades del náufrago: es ahí cuando Maitland reconoce que “esta voluntad de sobrevivir, de dominar la isla y aprovechar sus escasos recursos, era ahora un objetivo más importante que el de escapar”.

Con las intenciones trastocadas, Maitland llega a decirse, en voz alta: “Yo soy la isla”. Hasta aquí la novela parece sólo un cuento algo inflado, de progresión previsible. A mitad del libro, sin embargo, Ballard introduce un Viernes, unos Otros de los que es mejor no agregar más. Valga decir que la historia mejora, y que la ambigüedad del protagonista respecto de escapar o no de la isla se ahonda y persiste más allá de este punto.

En lo personal, de este trío ballardiano, antes que La isla de cemento me quedo con Rascacielos, e intuyo que también preferiré Crash, al menos a juzgar por la imaginería que David Cronenberg pudo destilar de esa novela.

Rascacielos, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal
Rascacielos-J.G.Ballard

“Más tarde, mientras estaba sentado en el balcón, comiéndose el perro, el doctor Robert Laing recordó otra vez los hechos insólitos que habían ocurrido en este enorme edificio de apartamentos en los últimos tres meses”.

Con esa poderosa línea inicial arranca Rascacielos (High-Rise, 1975). El edificio donde transcurre la acción de esta novela de J. G. Ballard tiene cuarenta pisos, veinte ascensores y mil departamentos. Dos plantas —la décima y la trigésima— albergan supermercados, shoppings, servicios, escuelas y las infaltables piletas de natación (siempre siniestras y desoladoras en Ballard). Aunque todos los habitantes son profesionales exitosos, los pisos más altos gozan de un lujo superior al de los pisos inferiores. Un enorme estacionamiento rodea al edificio, y también un lago artificial a medio construir: un desolador óvalo de doscientos metros de diámetro, hecho de puro concreto, sin agua todavía. El paisaje es suburbano, muy en las afueras de una Londres ya insoportable; el edificio más cercano es idéntico, pero está a cuatrocientos metros de distancia.

Los “hechos insólitos” que recordará Laing estructuran la novela en un gradiente de primitivización que va transformando a los habitantes del edificio. En sólo tres meses se produce “un nuevo orden social” generado por la propia arquitectura psicotizante de esa mole de cemento.

Lo de psicotizante es literal y manifiesto: los vecinos van sintiendo un “creciente desdén por la realidad” exterior. Todos se preocupan por mantener las apariencias hacia fuera, mientras en los pasillos del edificio los conflictos sociales son cada vez más violentos y encarnizados.

Las clases enfrentadas son las típicas baja, media y alta, representadas en tres tramos del edificio —pisos inferiores, medios y superiores— y en un habitante/protagonista por cada uno de esos estratos: en el Piso 2, el periodista de TV Richard Wilder (wilder = más salvaje, tendencia que irá revelando el personaje a lo largo de la novela); en el Piso 25 vive el citado doctor Laing; y en el piso 40, con lujoso ático y todo, el mismísimo arquitecto del edificio, el prepotente Anthony Royal (royal = de la realeza, lo que indica la posición social del personaje, contrapuesta a la de Wilder y apenas tolerante respecto de la de Laing, al menos inicialmente).

El edificio es equiparado con una cárcel, con un zoológico, con una pajarera. La violencia de sus entrañas paradójicamente se transforma en una “valiosa forma de cohesión social”. Surgen atavismos: clanes, tribus, demarcaciones territoriales, incluso mediante olores. Las obsesiones son tres: comida, seguridad y sexo. Sin embargo, cuando el lector ya ha aceptado esa idea de regresión social que rige el libro, Ballard ofrece (sin disimulos narrativos) otra interpretación, de corte psicológico. La pone en boca de un vecino de Laing, el homosexual Adrian Talbot:

No es cierto que vayamos todos hacia un estado de primitivismo feliz. Aquí el modelo no es tanto el yo salvaje como el yo postfreudiano sin inocencia, dañado por una excesiva indulgencia en el entrenamiento de las funciones del cuerpo, un destete tardío, y padres afectuosos… Sin duda una mezcla más peligrosa que aquellas que nuestros antepasados victorianos tuvieron que soportar. Todos los de aquí han tenido infancias felices, sin excepción, y sin embargo están furiosos. Quizás no les dieron oportunidad de ser perversos… [154]

La figura del arquitecto Anthony Royal, frecuentemente “de pie en una de sus poses mesiánicas en el parapeto del ático”, recuerda la arrogancia de otro arquitecto parado en las cumbres de sus construcciones: el Howard Roark de las líneas finales de El manantial. Tomando esta similitud como punto de apoyo, se puede decir que en Rascacielos Ballard extrapola las consecuencias de una doctrina egoísta como la de la autora de El manantial, Ayn Rand.

La maestría de Ballard en Rascacielos consiste, primero, en optar por ese inicio in medias res, y luego en desarrollar un perfecto degradado de violencia —en el sentido de imperceptible degradé, pero también de inexorable degradación—, un minucioso crescendo en el que cada hecho en principio no parece mucho más terrible que el inmediato anterior (aunque cada tanto, sí, haya un hito que sacuda la historia del conflicto de clases que va derruyendo el edificio). El disfrute de la lectura se produce en el inteligentísimo continuum con que Ballard conduce este procedimiento: cuando los vecinos y el lector se quieren dar cuenta, el edificio ya es un sistema de cavernas oscuras, un laberinto vertical graffiteado y peligroso. Un espacio inhóspito en el que cada departamento se ve como una cueva en un acantilado, en la segunda mitad del siglo XX, pero enfrentándose a “un futuro que había llegado ya, un futuro agotado”.

Solaris, de Stanislaw Lem

Por Martín Cristal

Soledad Solaris

Stanislaw-Lem-Solaris Casi todas las traducciones de Solaris, novela publicada en 1961, habían sido hechas a partir de su versión francesa y no del original escrito por Stanisław Lem (1921-2006). Finalmente, la editorial española Impedimenta reeditó la novela en traducción directa del polaco, a cargo de Joanna Orzechowska. Hay varias razones para agradecer esta reedición: por la exquisitez de su factura editorial; porque —en los últimos años y por estas pampas— las ediciones anteriores sólo podían conseguirse a duras penas en librerías de usados; por la informada y entusiasta introducción de Jesús Palacios; y, sobre todo, porque es una excelente excusa para leer una gran novela, o para releerla, o bien para cotejar el texto con sus adaptaciones cinematográficas: la muy rusa y muy sesuda de Andréi Tarkovski (1972), o la muy yanqui y más liviana de Steven Soderbergh (2002).

El siguiente párrafo de la novela sintetiza bien su concepto central: “El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas”. Sobre esa tensión funciona Solaris. Buscando comprender un planeta del espacio exterior, los personajes —el solarista Gibarian, el cibernético Snaut, el físico Sartorius y el psicólogo Kelvin, protagonista de la novela— acaban asomándose a los abismos de sus propias existencias: las miserias y la oscuridad de su interior.

Solaris-Lem-Tarkovski

El carácter de la novela deviene del trenzado genial de dos posibles ángulos de lectura: por un lado, si se la lee desde dentro del género, se trata de una novela de esas que la ciencia ficción llama “de primer contacto” (con seres extraterrestres), aunque más bien postule la imposibilidad de lograr dicho contacto con cualquier ser que nuestro entendimiento humano no pueda antropomorfizar. Por otro lado, desmarcándose ya de la Ciencia Ficción, es una novela psicológica, que explora las relaciones humanas, el amor, la culpa, el peso del pasado, la angustia del porvenir, la amenaza permanente de la locura, el miedo a la soledad: nuestra contextura espiritual más profunda.

El fanático de la CF dura disfrutará los cálculos y las especulaciones sobre el planeta, las descripciones casi abstractas de sus fenómenos y, sin duda, también una interesantísima prueba empírica a la que Kelvin se somete para demostrarse a sí mismo que la pesadilla que está viviendo no es tal, sino una tortura psicológica perteneciente al mundo real, en lo que podríamos leer entrelíneas como una refutación del solipsismo, o un “Test-Anti-Philip-Dick”. (Todos estos aspectos son los menos explotados por las dos películas basadas en la novela). Por su parte, los menos adeptos a las ciencias duras seguramente preferirán concentrarse en los personajes y enredarse en los vericuetos de sus almas, ya desde el plano sentimental (como Soderbergh) o desde una perspectiva más intelectual (como Tarkovski).

Solaris-Lem-Soderbergh

Hay una tercera manera de pensar este libro. Si —como decíamos acá— Richard Matheson en Soy leyenda (1954) actualizó el Drácula de Stoker al tomar los miedos típicos que suscitaba el vampiro victoriano y superponerlos a los miedos típicos de un siglo XX posnuclear (fusionando así “terror” con “ciencia ficción”), podríamos decir, en un sentido igual de amplio, que Lem hace lo propio en Solaris con las historias de fantasmas: las saca de aquellas mansiones embrujadas y góticas para ponerlas en órbita, superpuestas a los miedos de una década del sesenta ya en plena carrera espacial. Lem hace deambular a esos fantasmas dentro de una nave claustrofóbica en la que, si el chico de la película Sexto sentido llegara de visita para decir “veo gente muerta”, todos los demás tripulantes le responderían: “chocolate por la noticia”.

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Solaris, de Stanisław Lem. Novela. Traducción de Joanna Orzechowska; introducción de Jesús Palacios. Impedimenta, 2011 [1961]. 292 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1 de agosto de 2013).

Las playas del espacio, de Richard Matheson

Por Martín Cristal

Richard-Matheson-Las-Playas-Del-EspacioHay quienes no han escuchado un disco de Bob Dylan en su vida pero conocen sus canciones —al menos las más famosas— gracias a versiones hechas por otros músicos. Covers: ése parece ser el caso de Richard Matheson, un escritor de imaginación fértil para la ciencia ficción, la fantasía y el terror, del que conocemos muchas de sus historias indirectamente, por adaptaciones de todo tipo, algunas más afortunadas que otras.

Matheson murió el mes pasado, a los ochenta y siete años. Lo único que había leído de él era quizás su obra más famosa, Soy leyenda, llevada al cine varias veces (la última de ellas, con Will Smith en Niles-Brown-Soy-Leyenda-Historietael papel de Robert Neville; me gustó más la primera mitad de la peli que la segunda). Pero no llegué a la novela por ese cover cinematográfico, sino por otro anterior: una adaptación para historieta, hecha por Steve Niles y Elman Brown. Como historieta resulta demasiado dependiente del texto original: lo transcribe largamente en algunas páginas. Sin embargo, y por eso mismo, resulta interesante si uno quiere acercarse al texto pero no lo consigue en librerías, como era mi caso. Creo que así como el Drácula de Stoker daba en el centro de los terrores de la época victoriana, Soy leyenda consiguió actualizar al vampiro al envolverlo con los renovados terrores del siglo XX: la soledad y la alienación, las epidemias globales, la autodestrucción del género humano y el tema del fin del mundo (o de la humanidad, más presente que nunca tras la invención de la bomba atómica).

Soy-Leyenda-Comic
Un par de meses antes de la muerte de Matheson, en la liquidación de una hermosa biblioteca privada —la crónica del asunto se puede leer aquí—, conseguí un libro con cuentos suyos: Las playas del espacio. Trece cuentos publicados originalmente en 1957 como The Shores of Space, aquí en edición de Sudamericana (colección Nebulae, de 1978). Confieso que lo había dejado para después, debajo de una pila de Ballards, Dicks y Vonneguts conseguidos a buen precio en ese misma compra. Y no por jerarquizar de entrada a Matheson como un autor menor frente a aquellos otros (grandes) nombres, sino porque la edición, barata, trae una letra minúscula, que no invitaba mucho a leer.

Sin embargo, durante un fin de semana volví a abrirlo, y ya no pude más que devorarlo. El libro ofrece una variedad de historias de género equiparable a la de series como La dimensión desconocida (The Twilight Zone, a la que Matheson proveyó de guiones para algunos de sus capítulos). Hay alienígenas informes y hambrientos, invasores infiltrados entre nosotros, monstruos fúnebres, vampiros vocacionales, robots de pelea, muñecos antropomorfos, angustias apocalípticas y supervivencias postapocalípticas, viajes en el tiempo, pasadizos a otras dimensiones…

El disparador de cada uno de los cuentos, sin spoilers, puede leerse aquí (también el texto íntegro de uno de los mejores relatos del libro, “Hijo de sangre”,  aunque lamentablemente transcripto sin sus puntos y aparte). Me limito entonces a algunos comentarios generales:

“Acero” es otra historia de Matheson famosa por un cover: el cuento ofreció la idea inicial para la peli Gigantes de acero (Real Steel, 2011). Sólo la idea: la historia original de Matheson no tiene mucho más que ver con el guión de la peli protagonizada por Hugh Jackman. De hecho, si se soslaya el tema de los robots, el cuento está más lejos del blockbuster para niños que de los boxeadores heroicos de Jack London. En cierto momento, incluso se lee (en lo que para mí es una abierta referencia a un famoso cuento de London):

—¿Y con qué vamos a comer?

—Después de la pelea estaremos bien provistos —prometió Kelly—. Te pagaré un bistec bien grande.

• “El oficio de escribir” puede leerse literalmente pero también simbólicamente, con la escritura de ficciones como forma de superar la soledad y las grandes catástrofes de la vida y de la historia.

• El planteo de “El invasor” se basa en que el protagonista, David, no pueda creerle a su esposa Ann lo que el carpintero José sí le creyó a su mujer María: que había quedado embarazada del aire, sin haber practicado el coito con nadie (o, al menos, no con él). Hay que reconocer que la reacción de David es la más creíble de las dos, aunque la credulidad de José haya cambiado el curso de la historia mundial… Por supuesto, el ser que Ann carga en sus entrañas no parece que quiera redimir a la humanidad; más bien, todo lo contrario.

Es interesante comprobar que la idea que sostiene a este y otros cuentos del volumen suele presentarse como su resolución, su sorpresa final (el misterio develado); vale decir que el cuento no se construye sobre la idea en sí, sino sobre un corolario de ella. Lo que se desarrollan primero son las consecuencias de la idea, la cual se revelará —más o menos llanamente— hacia el final.

• “El compañero de juegos” me recordó —por el tema— a un cuento de Pablo Dema, “Jimmy”, incluido en la antología de narradores de Córdoba Diez bajistas.

• “El niño curioso”: para mí el mejor cuento del libro. Como el autor es Matheson, uno espera la resolución sobrenatural o fantástica para eso que en principio parece un episodio de Alzheimer acelerado, sufrido por una especie de Pete Campbell a mediados de los años cincuenta. Así como en “Acero”, si uno abstrae los robots, lo que queda es un cuento de Jack London, aquí, si se omite el giro genérico, el sustrato restante podría ser tranquilamente un cuento de John Cheever.

Richard-Matheson-200pxLa sensación general que deja el libro es la de un abanico imaginativo desplegado a todo el ancho del espectro genérico de la fantasía y la ciencia ficción. Reina la idea. Una de las cosas que la narrativa debería hacer siempre —según sostiene Padgett Powell—, es garpar. No cabe duda que estos cuentos de Richard Matheson buscan eso: pagar, recompensar al lector, ofrecerle una resolución. La gran mayoría lo consigue, en especial si el lector colabora con una cuota de amor por las vertientes más clásicas de estos géneros.

August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser

Por Martín Cristal

Instrumentos de precisión fantástica

Steven-Millhauser

Puede que hoy sea más rápido ubicar a Steven Millhauser (Nueva York, 1943) por ser el autor del relato en el que se basó la película El ilusionista que por trabajos anteriores como su novela Martin Dressler —ganadora del Pulitzer— o el tríptico Pequeños reinos (ambos libros publicados en castellano por la editorial Andrés Bello). Si se lo busca actualmente por las librerías argentinas, pueden encontrarse al menos dos obras más: la novela breve August Eschenburg (Interzona, 2005) y los cuentos de Risas peligrosas (Circe, 2010).

Steven-Millhauser-August-Eschenburg Millhauser sitúa muchas de sus historias en el salto del siglo XIX al XX. El fervor cientificista y los recursos técnicos de esa época le permiten imaginar toda clase de invenciones de corte steampunk (como se le llama a la corriente de la ciencia ficción cuyo imaginario se despliega desde esa “era del vapor”). August Eschenburg, por ejemplo, es la historia de un alemán de esos años que sobresale por la construcción de muñecos mecánicos, autómatas capaces de movimientos cada vez más delicados. Su habilidad sorprende al público,
al menos mientras éste no se distrae con las otras novedades que ofrece la época. Con bella precisión, Millhauser nos hace meditar sobre las diferencias entre arte y artesanía, sobre lo efímero del interés social dispensado a ciertas prácticas, sobre el gusto estético como una construcción colectiva y mutante, prisionera de su tiempo, y también sobre la amenaza permanente del fracaso y el sinsentido vital. El libro integra la colección Línea C, dirigida por Marcelo Cohen, quien también se ocupó de traducirlo.

Steven-Millhauser-Risas-PeligrosasSi bien es más reciente, Risas peligrosas quizás sea más difícil de conseguir. Abre con “El ratón y el gato”, un cuento muy distinto del resto; en él, Millhauser le inyecta un hálito reflexivo a las habituales rencillas entre Tom y Jerry. La Parte II, “Actos de desaparición”, reúne cuatro historias que transcurren en la actualidad. La más memorable es “La desaparición de Elaine Coleman”. Apartado del triste y ominoso sentido histórico que la palabra “desaparición” tiene en la Argentina, el cuento propone que la presencia de los otros es una construcción de la que todos somos responsables: nuestra pertinaz indiferencia podría erosionar la existencia de una persona. También se destacan el cuento que titula al conjunto, donde la potencia de la risa es explorada como una moda pasajera entre adolescentes, y el impecable “Historia de un trastorno”, que desnuda lo inútil del lenguaje para dar cuenta de la profunda vastedad de lo real, un poco como lo hacía el Funes borgeano.

Borges y también Calvino sobrevuelan la Parte III, “Arquitecturas imposibles”. La pueblan los extremos de lo enorme (cúpulas que cubren ciudades enteras, o torres babélicas construidas por varias generaciones de obreros)[*] y de lo pequeño (las obras infinitesimales del maestro miniaturista de un antiguo reino, o los ínfimos detalles que cuidan unos “duplicadores” que, a diario, reproducen los cambios de una ciudad entera en otra cercana e idéntica).

La última parte, “Historias heréticas”, vuelve al siglo XIX y a personajes como Eschenburg: miembros de una Sociedad Histórica que intentan conservar cada bagatela del presente en aras de su futuro estudio; un precursor del cine que no consigue el movimiento mediante la fotografía, sino con la pintura; un grupo de científicos que intenta perfeccionar una máquina que reproduzca hasta las sensaciones táctiles más finas…

Es el amor por los detalles lo que caracteriza la prosa de Steven Millhauser. Esa atención por lo preciso y lo exacto incluso se vuelve su tema en aquellos relatos donde los personajes destilan una obsesión similar por la minucia trabajada y pulida hasta la locura, aunque luego descubran que sus empresas conducen a callejones sin salida.

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Risas peligrosas, de Steven Millhauser. Relatos. Circe, 2010. 288 páginas. | August Eschenburg, de Steven Millhauser. Nouvelle. Interzona (Línea C), 2005. 98 páginas. | Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de junio de 2013).

 

[*] Este cuento, “La torre”, nos recordó inevitablemente a otro cuento de Ted Chiang, “La torre de Babilonia” , el cual preferimos sobre el de Millhauser.