Ilíada: Bodycount

Por Martín Cristal

Al hacer los esquemas de la Ilíada, los cuales he ido presentando a lo largo de un año en El pez volador, contabilicé las bajas de ambos ejércitos. Si no me equivoco en mis cálculos, en el texto se detallan (dando el número certero o incluso el nombre y apellido del guerrero muerto) 45 bajas griegas. Las bajas troyanas son 231.

¿Quiénes son los guerreros más letales? Aquí los resultados de cada bando. Primero los griegos principales:

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No cabe duda de que los mirmidones eran los más duros de todos. Si Patroclo se lleva la palma es sólo porque de Aquiles no se especifican siempre las cantidades (de él se dice varias veces que “mato a muchos”, pero no a cuántos exactamente). Otro que estaba cabrón era Diómedes Tidida. Áyax Telamonio y Odiseo Laertíada siempre anduvieron parejos, como lo demuestran estos números y también el resultado de su lucha en los juegos del funeral de Patroclo. De las fuerzas parejas de ambos se puede deducir el carácter de “desafío y desempate” que tuvo su enfrentamiento final, luego de la muerte de Aquiles, cuando ambos héroes se trenzaron para dirimir quién se quedaría con las armas del semidiós. El desenlace de esa contienda lo cuenta Sófocles en su drama Áyax.

Otros griegos, no tan importantes en el relato de la Ilíada, también suman a la hora de los bifes. Es el caso de uno de los hijos de Néstor, Antíloco, o del escudero Meriones, que en los números resulta tan mortífero como su amo, Idomeneo de Creta:

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Los números de los troyanos, más escasos, dejan ver claramente que éstos eran muy “Héctor-dependientes”. Mientras que el ejército griego se reparte las bajas entre varios de sus héroes, la mitad de las bajas conseguidas por los troyanos se le adjudican a Héctor (Eneas queda en un lejano segundo puesto):

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Con esta entrada termina la serie de esquemas que hice sobre la Ilíada a modo de apuntes que pudieran dar cuenta de la progresión del combate más famoso de todos los tiempos. Estos esquemas no pretenden sustituir la lectura del texto, sino quizás funcionar como apoyos adicionales para la relectura. Aquí una entrada que funciona a modo de índice para todos los esquemas.

Ilíada: apuntes del Canto XXIII

Por Martín Cristal

Juegos en honor de Patroclo

Las exequias de Patroclo incluyen competencias: carreras en carro y a pie, combates armados y a mano limpia, pruebas de fuerza… Aquí los resultados:

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Iliada-Canto-XXIII

En la próxima entrega cerramos la serie de esquemas sobre la Ilíada con el bodycount final: quiénes son los guerreros más mortíferos de cada bando. A no perdérselo…

Resonancias

Por Martín Cristal

El Canto III de la Comedia es la base para el poema The Hollow Men, de T. S. Eliot. El poeta recuerda a esos hombres pusilánimes a los que ni siquiera se les permite entrar al Infierno porque nunca tomaron partido por nada. Quedan en el Anteinfierno para siempre, molestados por avispas. Elliot les da voz cuando dice [según la traducción de Jaime Augusto Shelley]:


Somos los hombres huecos
Los hombres rellenos de aserrín
Que se apoyan unos contra otros
Con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
Ásperas nuestras voces, cuando
Susurramos juntos
Quedas, sin sentido
Como viento sobre hierba seca
O el trotar de ratas sobre vidrios rotos
En los sótanos secos

Contornos sin forma, sombras sin color,
Paralizada fuerza, ademán inmóvil;
Aquellos que han cruzado
Con los ojos fijos, al otro Reino de la muerte
Nos recuerdan —si acaso—
No como almas perdidas y violentas

Sino, tan sólo, como hombres huecos
Hombres rellenos de aserrín.

Pero no sólo aquellos del anteinfierno, sino todos nosotros, en tanto lectores, somos hombres huecos. No todos estamos rellenos de aserrín —queremos creer que no, al menos— pero sí somos huecos como la madera escarbada de los tambores. Lo que leemos entra en nosotros como un sonido, como ritmo o como música, y queda rebotando dentro de la madera, resonando. ¿Cuánto tiempo? Eso depende de la potencia del golpe inicial. Del texto.

Dante resonó durante siglos hasta alcanzar a Elliot. Leemos a Elliot y escuchamos, como un eco lejano, a Dante. Creo que un texto se vuelve clásico cuando su resonancia se traslada de una madera a otra, resistiendo el paso del tiempo, recobrando su fuerza inicial a cada transformación. Porque el texto muta, a veces incluso deja de ser un texto, pero el relato sigue ahí, cada vez más cerca del mito. La medida de un clásico es su resonancia.

En el mismo canto, justo sobre la entrada del Infierno y luego de otras sentencias graves, se lee el famoso verso (Infierno, III, 9):


Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza.

Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.

En inglés este verso se ha traducido Abandon all hope, you who enter here. Ahora, ésa también es la primera frase de American Psycho de Bret Easton Ellis: desde un auto, el yuppie Patrick Bateman ve la frase pintada con aerosol en una pared de Nueva York.

Grabado => Graffiti; Infierno => Nueva York: transformaciones, resonancia (influencia). Así llega la vieja historia hasta nosotros. Por eso sabemos tanto de los clásicos incluso antes de leerlos: porque sus ecos llegan por otros caminos que no siempre son la lectura directa del texto. (Para algunos, esto basta para no tener que leerlos…).

Sonidos de Dante que llegan todavía más cerca de nosotros: el poema de Elliot dio origen a una canción del primer disco de Divididos (Cuarenta dibujos ahí en el piso; 1989). El tema se llama “Los hombres huecos” y su letra es la adaptación que Ricardo Mollo hizo de un fragmento del poema de Elliot.


Divididos (en vivo)

Medley: “Qué tal” (desde 0:00) / “Los hombres huecos” (desde 1:26) /
“Azulejo” (desde 3:57).

Somos los hombres huecos (x 4)
Ésta es tierra muerta
tierra de cactus
si ves bien, son todas imágenes de piedra
Pero vos no ves
porque no hay ojos acá, no hay ojos acá
Es un valle hueco, y nosotros somos
los hombres huecos

Un texto dura mientras sus palabras suenan en nuestro entendimiento, es decir, mientras se lo está leyendo (“este libro está muy bueno, no quiero que se acabe”); pero su relato perdura sólo si resuena en nosotros mucho después de que hemos cerrado el libro. Sólo lo que se transforma está vivo todavía: lo que tiene resonancia puede soportar cualquier transformación, y así perdurar quizás hasta que sea el mundo el que se agote, not with a bang but a whimper.

El Quijote: un resumen

Por Martín Cristal

Ayer fue el segundo cumpleaños de El pez volador. Para celebrar, va de regalo un resumen del Quijote dedicado a todos los espíritus pragmáticos que llegan a este blog mediante los motores de búsqueda con palabras como “quijote“, “resumen” “síntesis” y “breve”.

Miguel de Cervantes Saavedra es el autor de una novela llamada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la cual se publicó en dos partes: la primera en 1604, aunque el impresor consignó 1605, y la segunda en 1615. Dentro de esa obra, un narrador, cuyo nombre nunca se dice que sea Miguel de Cervantes Saavedra, contrata a un traductor anónimo para que vierta al castellano cierto texto escrito por el sabio árabe Cide Hamete Benengeli, quien a su vez lo había compuesto basándose en dos fuentes: ciertos “autores que de esto escriben” y la “memoria de la Mancha”, la cual registra muchos hechos famosos de un tal Alonso Quijano, un hidalgo que de tanto leer libros de caballería terminó loco, y quiso convertirse en caballero andante. Dos amigos de Quijano —un barbero que a veces usa barbas falsas y un cura amigo de Miguel de Cervantes—, quieren salvar al hidalgo de su locura y para ello queman muchos de sus libros; se salva de la hoguera uno titulado La Galatea, obra del género pastoril cuyo autor es Miguel de Cervantes Saavedra, escritor nacido en el siglo XVI que en el prólogo de la segunda parte de su novela más famosa, asegura que está a punto de acabar la segunda parte de otra obra suya: La Galatea. El mismo cura quemalibros leerá más tarde la Novela del curioso impertinente, texto que un ventero encontró en una valija olvidada; en esa misma valija se encontró también el manuscrito de la Novela de Rinconete y Cortadillo, obra que cierto autor español, Miguel de Cervantes Saavedra, publicó en 1613. Éste es el mismo Miguel de Cervantes que de joven fue soldado y estuvo preso durante un lustro en Argel; mucho después, a los 55 años de edad, se encontró preso nuevamente en España y, para matar el tiempo, escribió la primera parte de una novela que titularía El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Esta obra trata de la locura de uno que se cree caballero y de la necedad de quien le sirve de escudero, un tal Sancho Panza, aunque el cronista original (un moro) no siempre los sigue de cerca y cada tanto presenta ciertas digresiones y desvíos, como la Novela del curioso impertinente o el relato de Ruy Pérez de Viedma, un capitán que narra cómo logro escapar de su prisión de Argel, donde sufrió casi tanto como “un tal de Saavedra”, un soldado manco que allá conoció y de quien se dice que permaneció preso en África por cinco años, durante los cuales se especula que habría concebido —aunque no escrito todavía— una novela que más tarde sería considerada como la primera de concepción moderna en la literatura universal: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cuya segunda parte sería publicada en 1614 por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas. No duró mucho el embuste de esta secuela falsa, porque ese largo seudónimo no alcanzaba para ocultar lo evidente: que el autor de esa segunda parte no era Miguel de Cervantes Saavedra, el genial creador de un loco caballero que —en la verdadera Segunda Parte, publicada por Cervantes un año después de la falsa— se entera de que se ha impreso la Primera Parte de sus aventuras, lo cual como caballero lo pone muy contento, aunque después, cuando conoce que también se imprimió en Tarragona una Segunda Parte falsa, se ofusca tanto como su escudero, Sancho Panza, quien también es difamado en esa obra apócrifa, por más que antes el señor Hamete Benengeli se había esmerado en detallar que a veces el escudero podía decir cosas discretas. Esos arrebatos sanchescos siempre le resultaron sospechosos al traductor anónimo de la historia, quien a veces se rehúsa a creer lo que traduce. Pero no por esto él debería dejar partes sin traducir, porque es un traductor y no un censor, y porque para algo le paga el “autor segundo desta historia”: le paga para que traduzca punto por punto lo escrito por Cide Hamete Benengeli, el “autor primero”, sabio moro que en su momento puso en boca de Sancho un nuevo apodo para su amo: el Caballero de la Triste Figura, que así llama el escudero a don Quijote de la Mancha, personaje principal de la novela cumbre de la lengua castellana, idioma en el que nunca son vertidos los epitafios mal conservados de los personajes, que Cide Hamete entregó a un académico para que dilucidase su sentido por conjeturas. Pero nada se supo del académico; y así sólo se tradujeron al castellano los pocos epitafios que el sabio moro pudo encontrar gracias a un médico. Entre esos epitafios está el de la bella Dulcinea del Toboso, bella dama que en realidad se llamaba Aldonza Lorenzo y no era más que una labradora de pelo en pecho, conocida de oídas por el escudero y jamás vista por el caballero cuyas andanzas recogió Cide Hamete; éste, para evitar que cualquier otro Fernández de Avellaneda, o quizás el mismo, intentara robarse de nuevo el personaje y la historia, terminó de narrar la muerte de Alonso Quijano y luego le pidió a su pluma que por favor no escribiera más ni se dejara usar por nadie, y que en especial se cuidara del licenciado tordesillesco, a quien debía insultar de arriba abajo si lo veía. Se aseguró así Benengeli de que la historia de don Quijote quedase irremisiblemente terminada, agregando además que si él no había querido decir de qué villa era don Quijote, lo había hecho para que todas las villas de la Mancha se lo disputasen, y que por eso dijo desde un principio que el pobre loco aquel era de un lugar de la Mancha de cuyo nombre él —Cide Hamete— no quería acordarse. Y si todos nos acordamos de esa primera línea aun sin entenderla del todo, eso es porque El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra (cuya cuna también se disputaron varias ciudades de España y cuyo nombre, edad y heridas de guerra fueron menospreciados por el falsario de Tordesillas, a quien casi nadie recuerda ya), es una obra memorable, tal como tú, prudente letor, comprobarías si intentaras leerla directamente de sus páginas en lugar de leer estos resúmenes, que al fin y al cabo nunca se sabe muy bien por quién fueron escritos ni con qué intenciones.

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Ilíada: apuntes del Canto XXII

Por Martín Cristal

Muerte de Héctor

Los troyanos, en franca retirada desde el regreso de Aquiles, han vuelto corriendo a refugiarse dentro de las murallas de Ilión (Troya). El último en llegar de vuelta es, lógicamente, quien a la ida había sido el primero: Héctor. No alcanza a entrar en la ciudad ni pide que le abran las puertas. Aquiles lo encuentra afuera y comienza la famosa persecución alrededor de la muralla… Engañado por los dioses y alcanzado por Aquiles, Héctor lucha y muere. Aquiles humilla su cadáver y se lo lleva. Más tarde, el rey Príamo se arriesgará en territorio enemigo para rogarle a Aquiles la devolución del cadáver de su hijo Héctor. Aquiles, conmovido, accederá a devolvérselo.

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Iliada-Canto-XXII

¿Por qué es inmortal el relato de esta lucha despareja entre un hombre y un semidiós? Porque en esa desigualdad están cifrados el valor y la libertad del hombre, cosas que nos emocionan a todos, desde Homero hasta los que vivimos en el siglo XXI. Esa emoción nos lleva a contar este combate una y otra vez.

En Ética para Amador, Fernando Savater utiliza una sencilla comparación para arribar al concepto de libertad (esencial para comprender el de ética). El primer término de esa comparación vienen a ser las termitas, que al ver su hormiguero destruido por alguna causa externa, salen automáticamente a defenderlo: las termitas-obrero reconstruyen la brecha abierta en la tierra, mientras que las termitas-soldado defienden el nido de otras hormigas enemigas, mucho más corpulentas, que aprovechan la ocasión para atacarlo. Sobre las termitas-soldado, Savater se pregunta: “¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes?”. En seguida, el filósofo pasa al segundo término de su comparación: la lucha de…


…Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia y a sus conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termitas-soldado, cuya gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?

Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come a la mosca). Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan, él siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor.

Lo interesante al leer el Canto XXII de la Ilíada es que efectivamente vemos que muchas de las motivaciones de Héctor para enfrentar a Aquiles provienen de la presión social, y no tanto de un mero “sentido heroico incorporado” en el guerrero troyano:


Y gimiendo, a su magnánimo espíritu
[Héctor] le decía: —¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme reproches será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche en que Aquiles decidió volver a la pelea. Pero yo no me dejé persuadir —mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo—, y ahora que he causado la ruina del ejército con mi imprudencia, temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: “Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas”.

Así hablarán; y preferible fuera volver a la población después de matar a Aquiles, o morir gloriosamente ante la misma. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuentro de Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a Ilión en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene; y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?

… Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como a una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es conversar con él desde lo alto de una encina o de una roca, como un mancebo y una doncella: sí, como un mancebo y una doncella suelen conversar. Mejor será empezar el combate, para que veamos pronto a quién el Olímpico concede la victoria. (Ilíada, XXII, 98-130).

Incluso en esto, el gran Héctor no deja nunca de ser un hombre: lleno de dudas y debilidades, vulnerable al punto de pensar en el qué dirán y perderse en cálculos mezquinos antes de asumir lo que finalmente hará. El héroe es de carne y hueso: esto es lo que me emociona. Si se comparan estos motivos para pelear contra una fuerza superior y los motivos iniciales de Aquiles para no pelear contra los troyanos, los de Aquiles nos parecen el berrinche de un niño caprichoso; no son nada junto a la respetable resolución de un hombre valiente que sale a enfrentarse con su destino.

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El libre albedrío (de Dante a Burgess)

Por Martín Cristal

El libre albedrío es la clave para que pueda realizarse la clasificación dantesca de Infierno, Purgatorio y Paraíso. El sistema de premios y castigos en la afterlife no puede funcionar si al individuo no se lo considera responsable de su propio comportamiento en vida.

Por supuesto, ésta no es la única concepción posible para una obra literaria. En Un descanso verdadero, Amos Oz pone en boca de uno de sus personajes —Azarías Gitlin— ciertos refranes de rima ridícula que sin embargo devienen del pensamiento de Spinoza: “El destino determina y el caballo camina”, “Lucha el cochero para avanzar y llega el destino para hacia atrás empujar”, entre otros. El personaje de Oz sostiene que no hay casualidades, que todo está regido por leyes muy precisas. (Entonces, ¿decidimos por nosotros o está todo predeterminado? En lo personal, yo necesito creer en el libre albedrío, aunque comprenda y acepte que mis decisiones están imbricadas en una red que las condiciona).

Todos los caminos y preguntas de la Comedia descienden (¿o ascienden? Bueno, también) hasta el tema del libre albedrío. En Purgatorio, XVI, 67 y ss., Dante pone el asunto sobre la mesa y explica sus teorías al respecto:


Cualquier causa achacáis los que estáis vivos
al cielo, igual que si moviese todas
las cosas él obligatoriamente.

Destruido sería así en vosotros
el libre arbitrio, y no sería justo
dar la alegría al bien, y al mal dar luto.

El cielo inicia vuestros movimientos;
no digo todos, mas aunque lo diga,
una luz para el bien o el mal os dieron,

Y libre voluntad; que si se cansa
en el primer combate contra el cielo,
luego lo vence si bien se sustenta.

A mayor fuerza y a mejor natura
libres estáis sujetos; y ella cría
vuestra mente, en que el cielo nada puede.

Lo humano se define por la conciencia y el ejercicio de esa libertad. Sin el libre albedrío, el hombre sería una marioneta que no podría más que obedecer condicionamientos preestablecidos. Una máquina, tal como le sucede a Alex, el personaje de La naranja mecánica (1962), luego de ser sometido al cruel experimento ideado por Anthony Burgess.

Al respecto, Burgess dice (en una introducción escrita en 1986):


…por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral.

Obligado a ver escenas de violencia hasta la náusea, a Alex quiere extirpársele su tendencia natural a la violencia, al mal. Se consigue, pero el costo es anularlo como ser humano. Y, como efecto secundario, que también genere un rechazo a la música que acompañaba a esas imágenes violentas: Beethoven, música que antes era la favorita de Alex, y que ahora lo atormenta hasta el vómito.

Con desnuda ironía, en Francia apodaron “Beethoven” a un aparato de ultrasonido que ahuyenta a los jóvenes mediante el uso de frecuencias que sólo ellos pueden oír. El objetivo del “Beethoven Antijóvenes” es evitar el merodeo o las concentraciones de jóvenes en espacios públicos (o semipúblicos). El año pasado, un juez prohibió su uso. La perfecta paradoja de vivir en libertad: tener que aplicar una prohibición para que esa libertad no se vea coartada.

La novela de Burgess fue editada en dos versiones: la americana, cuyo final coincide con el de la película de Kubrick (1971), y la inglesa, en la que hay un capítulo más (el 21); en esa versión más larga, el personaje logra regenerarse. En la introducción antes citada, el autor ofrece en reedición la “versión completa” del libro para el público norteamericano, apelando al libre albedrío de los lectores:


Los lectores del capítulo veintiuno deben decidir por sí mismos si mejora el libro que presumiblemente conocen o realmente se trata de un miembro prescindible. Mi intención era que el libro concluyese de esta manera, pero tal vez mi juicio estético no era correcto. Los escritores raras veces son sus mejores críticos, y tampoco son críticos.
Quod scripsi scripsi, dijo Poncio Pilatos cuando hizo a Jesucristo rey de los judíos. «Lo que he escrito, escrito está». Podemos destruir lo que hemos escrito, pero no podemos borrarlo. Con lo que el doctor Johnson llamaba fría indiferencia expondré lo escrito al juicio de ese 0,00000001 de la población norteamericana al que le importan esas cuestiones. Coman esta porción dulce o escúpanla. Son libres.

Ilíada: apuntes del Canto XXI

Por Martín Cristal

Combate en el río

En el Canto XXI, Aquiles avanza hacia el río Escamandro (o Janto), próximo a la ciudad de Ilión (Troya); toma algunos prisioneros para inmolar en el funeral de Patroclo y luego inicia una matanza en las mismas aguas del río. Sólo un guerrero —Asteropeo, el ambidiestro— consigue herirlo en un brazo al arrojarle dos lanzas a la vez; sin embargo, Aquiles lo liquida al instante. El dios del río, furioso porque la parva de cadáveres es tan grande que ha desviado el curso del agua, persigue a Aquiles. Otros dioses que favorecen al héroe lo salvan de la furia del río. El canto prosigue con otra escaramuza entre los dioses del Olimpo y el engaño con el que Apolo logra distraer a Aquiles para que los guerreros troyanos, en franca retirada, tengan tiempo de refugiarse tras las murallas de Troya.

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Iliada-Canto-XXI

Ilíada: apuntes del Canto XX

Por Martín Cristal

Duelos entre dioses, semidioses y hombres

a) Duelos entre dioses: El enfrentamiento entre los hombres depende del enfrentamiento entre los dioses. En el Canto XX hay combates individuales entre ellos. En el esquema se ven, del lado izquierdo, los que favorecen a los troyanos; y, del derecho, a los griegos.

b y c) Duelo Eneas-Aquiles; Aquiles vuelve a la batalla:
Eneas se le anima al semidios Aquiles; éste, luego de la muerte de Patroclo, ha olvidado su enojo y ha vuelto a la batalla con armas nuevas (esto se cuenta en los Cantos XVIII y XIX). Eneas y Aquiles pelean mano a mano; Eneas moriría de no ser por la intervención de uno de los dioses. La furia de Aquiles se desata: aunque todavía no le es permitido enfrentarse a Héctor, Aquiles mata a muchos troyanos.

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Iliada-Canto-XX

Lo mejor que leí en 2009 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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En busca del tiempo perdido:
Por el camino de Swann
, de Marcel Proust

Texto a audio (TTS). Novela.

Mi deseo de probar la tecnología de “Texto a audio” (TTS) me llevó a hacer el experimento de escuchar en mi reproductor de mp3 este clásico que había relegado por otras lecturas. Los preparativos de la experiencia, aquí; los apuntes sobre la experiencia, aquí; y algunas relaciones de la experiencia y el texto proustiano, aquí.

El famoso estilo de Proust —minucioso y dilatado, prolijo, lleno de meandros y digresiones— queda a contrapelo de lo que la mayoría de los escritores de mi edad hace hoy. Y aunque es cierto que a veces harta (sobre todo cuando el tema de tal o cuál parte no nos importa demasiado: qué me importan a mí todos los detalles arquitectónicos de la iglesia de San Hilario en Combray, por ejemplo), en otras ocasiones, cuando trata alguna debilidad humana o pinta la forma de ser de un personaje, me resultó paradójicamente refrescante leer a un autor que hace justo lo que hoy nadie hace (o lo que en general no se hace, porque algunos autores sí escriben con períodos largos, sin miedo a las subordinadas o parentéticas: en Argentina, Juan José Saer lo hacía, y Alan Pauls lo hace; en México, me dicen, Daniel Sada también se anima).

Cabe reflexionar entonces si un escritor debe amoldarse al gusto de su época en aras de ser un hombre de su tiempo o, por el contrario, rebelarse contra ese gusto para ser personal, cualquiera sea su suerte a partir de esa decisión. Estimo más lo segundo, aunque en cierto porcentaje no deba descuidarse del todo lo primero.

Proust también resulta un maestro del símil: los párrafos más convincentes están organizados para establecer un paralelo. Se detiene mucho en el paisaje, quizás demasiado para nuestro gusto contemporáneo (“a nadie le interesa más el paisaje”, dice —palabras más o menos— Jorge Barón Biza en El desierto y su semilla).

En la segunda parte, el amor de Swann se hace más dramático cuando aparece el ingrediente de los celos. La mayor incidencia de lo social (que obliga al texto a discurrir por los puteríos de los salones parisinos) hizo que esta parte me interesase menos que la pureza de la primera parte, donde el narrador evoca Combray y su infancia. El comienzo de la tercera parte —donde el narrador juega a adivinar cómo son las ciudades que desconoce a partir de lo que le sugieren sus nombres— me recordó a Shakespeare y su famoso “¿Qué hay en un nombre?” (Romeo y Julieta).

En general, este tomo gira en torno de la evocación de un pasado irrecuperable y el funcionamiento de la memoria; la infancia; los usos sociales de la clase alta francesa de fin de siglo XIX y principios del XX; el contraste entre la vida en París y la de provincia; el paisaje; interesantes pasajes sobre la lectura, la escritura y otras artes (sobre todo pintura y música); y reflexiones minuciosas sobre la naturaleza de los seres humanos, ya sean generales o particularizadas a través de un personaje. Una novela que lo contiene todo, y que nos permite entrar y salir de ella mientras llevamos adelante otras lecturas.

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Tratado de los vientos, de Gastón Sironi

Viento de fondo, 2007. Poesía.

Un autor de Córdoba, ¿puede escribir sobre los mares y las naves que los surcan y —especialmente— sobre los vientos que impulsan o desbaratan a esas naves? Gastón Sironi (1967) sí puede. Un aire marino recorre los versos de este Tratado. Aunque para el poeta las imágenes no provengan sólo de los océanos, sino también de los lagos serranos, para nosotros la mayor parte de la lectura transcurrió en el mar… Hay sal, hay mástiles y amarras, hay un olor a motor dos tiempos, hay algo que desborda o amaina…

Destaca la prolija enumeración poética de los vientos del mundo, cuyos nombres no repito aquí para no robarle sorpresa a esos versos. ¿Cómo nombrar al viento? Y sin embargo, cuántos vientos se pueden nombrar… Algunos nombres nos resultan conocidos; otros los sabíamos y los habíamos olvidado. Y otros resultan extraños, pero todos ellos se escuchan de una forma nueva al ser engarzados en la cadencia del poema —dan ganas de leer en voz alta—, y también al ampliarse su significado mediante la incorporación lírica de las etimologías.

Cabe destacar lo exquisito de la edición: formato horizontal y tapas duras; páginas de guarda negras; papel color marfil; una clásica y elegante Garamond en buen cuerpo; la mayoría de los poemas en cajas justificadas, con diagonales separando los versos; y el cuidado de interiores que todo libro merece y la mayoría no tiene.

Después de leer el libro de Sironi, descubrí su blog, Viento de fondo.

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Jimmy Corrigan, el chico más listo
del mundo
, de Chris Ware

Planeta-De Agostini, 2003. Historieta.

Una gran historieta, y una gran historia, también. Ware es un narrador extraordinario. Algunas razones concretas para afirmarlo, aquí.
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Una mujer en Jerusalem,
de A. B. Yehoshúa

Anagrama, 2008. Novela.

Atentado suicida en Jerusalem; entre las víctimas, una mujer. Pasan días sin que nadie reclame su cuerpo y no lleva otra identificación que un recibo de sueldo. Un periodista inescrupuloso decide hacer una nota criticando a la empresa en que esta mujer trabajaba. ¿Cómo no notaron su ausencia en tanto tiempo? El dueño de la empresa, preocupado por su reputación, le encarga al director de recursos humanos que averigüe cómo ha sido posible una cosa así, quién era la mujer, en qué puesto trabajaba, qué se puede hacer para responder a esa nota de prensa, cómo podrían compensar semejante descuido… y todo lo antes posible.

En esta parábola, con una fuerte carga moral que hubiéramos preferido quizás más matizada, Yehoshúa (1936) parte de la situación del Israel contemporáneo, presa del terror y la violencia, para explorar la responsabilidad social de las empresas en la vida actual —las cuales a veces suplantan el rol del núcleo familiar— y también la frialdad en su trato a los trabajadores, por más que para ellos exista un departamento “de personal” al que, cosméticamente, se haya renombrado “de recursos humanos”.

El director de esa área, de quien nunca sabemos el nombre (sólo el cargo), se vuelve el protagonista de una historia que transita por dos tópicos: primero, el misterio, la intriga; y después, el viaje, en el que este hombre —improvisado detective y viajero— aprenderá a ganarse el valor de la palabra “humano” que ostentaba su cargo, para así comprender mejor su trabajo y también las circunstancias de su problemática vida familiar.

Lamento el título cambiado para la versión en castellano, Una mujer en Jerusalén (no soporto la castellanización de “Jerusalem”, como tampoco ver escrito “México” con J, error en el que yo también supe caer antes de vivir por allá). El título original en hebreo es Shlijutó shel ha-memuné al mashavei ehosh: La misión del director de recursos humanos. Se entiende que el reemplazo se deba a que es un título que podría desorientar la clasificación del libro en librerías —un misleading title que podría llevar a esta novela al estante de los libros de management—, pero nos hace perder el doble sentido que Yehoshúa quiere que descubramos en esa frase.

Aquí termina la serie de los mejores libros que leí en 2009. Una síntesis —¡y ahora nos lo dice!— salió en el especial “Lecturas de 2009” de la revista digital HermanoCerdo.

Lo mejor que leí en 2009 (2/3)

Por Martín Cristal

Segunda parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
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La gaviota | El jardín de los cerezos,
de Antón P. Chéjov

Planeta-Biblioteca La Nación, 2000. Teatro.

Si a los clásicos, como quería Borges, se los aborda con un “previo fervor”, también cabe decir que muchas veces se llega a ellos con demasiada información anticipada, lo cual puede provocar una “previa desconfianza” o también un “previo desgano”. Si la obra no se expande más allá de todo eso que ya sabemos de ella, la “misteriosa lealtad” borgeana puede convertirse en una nada misteriosa decepción. Conmigo, La gaviota (1896) superó esta dificultad.

El joven Trepliov pide: “Hacen falta nuevas formas. Nuevas formas hacen falta, y si no se encuentran, mejor es nada”. El artista en ciernes, el escritor wannabe que reclama lo Nuevo para el Arte, enfrentado al artista que ya goza de tal nombre en base a una trayectoria sólida y reconocida que, paradójicamente, ya no le aporta al Arte más que repeticiones aprendidas, fue el conflicto que sostuvo mi interés a lo largo de la lectura. ¿Aceptar madrinas o padrinos artísticos, ir en busca de su apoyo o su consejo, o bien criticarlos, rebelarse contra ellos desde el principio, sin aceptar nada de sus manos? A la relación Trepliov-Trigorin (escritor joven vs. escritor consagrado, si bien no genial) se ofrece como contraste la de Nina con la madre de Trepliov (actriz principiante que busca ser como su admirada actriz famosa). Estas tensiones se exacerban por el entrecruzamiento de las relaciones personales entre las partes. El amor tiñe la admiración y el desprecio, e incluso la percepción del talento ajeno. A veces es al revés: el talento, el desprecio o la admiración contaminan el amor…

¿Qué pasa cuando, años después de haber reclamado “lo nuevo”, el escritor descubre que él mismo recae en sus propias y rutinarias formas, que más importante que las formas era escribir lo que fluyera del alma, y que aprender todo esto le ha costado el derrumbe del amor y las relaciones humanas a su alrededor? La contundente respuesta de Trepliov —empujada también por su irremediable teen spirit— llega con la caída del telón.

El jardín de los cerezos (1903) narra la decadencia de una aristocracia incapaz de reconocer el momento histórico que le toca vivir. De esta otra obra sabía más antes de leerla, por lo que tenía cierto desgano al empezar, pero tuve suerte: justo en esos días, la Comedia Cordobesa estrenó su adaptación para el Festival Internacional de Teatro Mercosur, dirigida por Luciano Delprato. Pudimos verla poco después. No estaba ambientada en la Rusia del cambio de siglo, sino en la Argentina de los sesenta; la invención de Chéjov no se resintió en absoluto. La escenografía sesentera nos pareció brillante, y la decisión de presentar las indicaciones iniciales de cada acto en la forma de canciones, un acierto y un hallazgo.

El prólogo de Enrique Llovet pone a la figura del propio Chéjov en un lugar tan querible que me llevó a leer “Tres rosas amarillas“, de Raymond Carver, donde éste imagina los últimos días del dramaturgo ruso.

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Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff

Biblioteca Nacional-Colihue, Colección Los raros, 2007. Relatos.

Publicada en 1910, en el espíritu del Centenario, esta colección de estampas de la vida rural de los inmigrantes judíos en Argentina, oficia —según explica Perla Sneh en el excelente estudio introductorio— “de vía de acceso de la comunidad judía a una sociedad no siempre hospitalaria”. El título fue impugnado por Borges en su cuento “El indigno”, en el que su protagonista, judío, dice: “Gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y chacareros”.

El propio Gerchunoff, en la página que introduce la obra, explicita su propósito de integrar a los judíos al festejo del Centenario de la Argentina, cuando dice: “Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos […], digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd mortales…”. También lo hace en el primero de los relatos, “Génesis”: “Por eso, cuando el rabí Zadock-Kahn me anunció la emigración a la Argentina, olvidé en mi regocijo la emigración a Jerusalem, y vino a mi memoria el pasaje de Jehuda Halevi: ‘Sión está allí donde reina la alegría y la paz’”.

El libro se compone de escenas de la vida rural en Entre Ríos (el arado, el ordeñe, la trilla, la langosta); relatos sobre la tiranteces entre tradición y asimilación (raptos y bodas frustradas) o sobre el sincretismo de las nuevas supersticiones (historias de brujas y aparecidos); narraciones costumbristas; muestras de los acercamientos amistosos con el resto de la población (“La visita”), de algunas incomprensiones mutuas o, en algún caso, de un abierto antisemitismo (“Historia de un caballo robado”).

La prosa de Gerchunoff es dulce y poética, bucólica, tierna, aunque en ella hoy resulta un tanto arcaico el uso del “vosotros”. Los gauchos judíos es una oportuna lectura de cara al Bicentenario, como un punto de partida para pensar qué pasó en estos segundos cien años entre la comunidad judía y la Argentina.

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Un descanso verdadero, de Amos Oz

Siruela-Debolsillo, 2008. Novela.

A esta novela, publicada originalmente en 1982, me la había recomendado Mónica Maristain cuando yo todavía vivía en México. Pero me dejé estar y, de vuelta a la Argentina, cuando quise comprarla, la edición de Siruela me resultaba carísima, como todos los libros importados luego de la crisis de 2001. Por suerte este año encontré una edición económica en Eterna Cadencia. El estilo de Oz me fascinó, por lo que este año le dediqué un artículo en El pez volador.

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Leer parte 3 de 3

Tiempo recobrado (III)

Por Martín Cristal

Lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Tercera y última parte: algunas relaciones entre esta experiencia de audio y el texto de Proust.

[Leer la primera parte: motivos y preparativos]
[Leer la segunda parte: apuntes sobre la experiencia]

Proust versus iProust

En la segunda parte de esta serie consigné algunos apuntes acerca de escuchar a Proust en la voz monocorde de un sintetizador. Aunque la experiencia me ha demostrado que ésta es una forma de “leer” perfectamente practicable, qué impersonal resulta ser si se la compara con la manera en que, en la novela, Proust accede a las obras de George Sand: cuando niño, y a través de la voz experta de su madre…


Si mi madre no era una lectora fiel, lo era en cambio admirable para aquellas obras en que veía el acento de un sentimiento sincero, por el respeto y la sencillez de la interpretación y por la hermosura y suavidad de su tono. […] Asimismo, cuando leía la prosa de George Sand,
[…] atenta a desterrar de su voz toda pequeñez y afectación que pudieran poner obstáculo a la ola potente del sentimiento, revestía de toda la natural ternura y de toda la amplia suavidad que exigían a estas frases que parecían escritas para su voz y que, por decirlo así, entraban cabalmente en el registro de su sensibilidad. Para iniciarlas en el tono que es menester encontraba ese acento cordial que existió antes que ellas y que las dictó, pero que las palabras no indican; y gracias a ese acento amortiguaba al pasar toda crudeza en los tiempos de los verbos, daba al imperfecto y al perfecto la dulzura que hay en lo bondadoso y la melancolía que hay en la ternura, encaminaba la frase que se estaba acabando hacia la que iba a empezar, acelerando o conteniendo la marcha de las sílabas para que entraran todas, aunque fueran de diferente cantidad, en un ritmo uniforme, e infundía a esa prosa tan corriente una especie de vida sentimental e incesante.

Nada de esto logra la pobre voz de “Jorge” en mi reproductor de mp3. No me quejo: bastante bien lo hace para ser una máquina. Esto me hace creer que para la ficción el audiolibro es superior al TTS, siempre que quien lo graba sepa desterrar de su voz esa afectación que sí sabía eludir la madre de Proust cuando leía.

iProust

En otro pasaje de la novela, el niño Proust lee un libro en el jardín; lo lee con tanta atención que se pierde de oír algunas de las campanadas que marcan las horas desde la iglesia de Combray:


Y algunas veces, esa hora prematura sonaba con dos campanadas más que la última; había, pues, una que se me escapó, y algo que había ocurrido, no había ocurrido para mí; el interés de la lectura, mágico como un profundo sueño, había engañado a mis alucinados oídos, borrando la áurea campana de la azulada superficie del silencio.

Mientras usamos la vista para leer, el oído se abstrae del entorno. Por el contrario, al usar mis oídos para seguir el relato de Proust, mi vista —desacostumbrada a adoptar un rol secundario— no quiere dejar de registrar lo que sucede alrededor. Por eso me resulta más factible distraerme del relato al oírlo que al leerlo. Si oigo una historia mientras circulo por el espacio público, otras funciones siguen operando en forma paralela (debo mirar, caminar sin tropezar, etc. Muy pocas veces estoy en situación de poder cerrar los ojos).

Para que la escucha de un relato en mi reproductor de mp3 gane algo de esa abstracción natural que se produce al leer un libro, tengo que reconfigurar los mecanismos de mi atención. Sólo así las “capas de conciencia” que separan la experiencia interior de la lectura y el mundo exterior no terminarán cambiadas tal como están cambiados mis sentidos en esta nueva experiencia.

Para que esas capas no se trastoquen, intento que los sentidos se reconfiguren; así, esas “capas de conciencia” vuelven a funcionar en un orden natural que bien puede ser el que analiza Proust en el mismo fragmento en que recuerda sus lecturas en el jardín de Combray:


En aquella especie de pantalla coloreada por diversos estados, que mientras que yo leía, iba desplegando, simultáneamente mi conciencia, y cuya escala empezaba en las aspiraciones más hondamente ocultas en mi interior, y acababa en la visión totalmente externa del horizonte que tenía al final del jardín, delante de los ojos, lo primero y más íntimo que yo sentía […] era mi creencia en la riqueza filosófica y la belleza del libro que estaba leyendo, y mi deseo de apropiármelas […]

Tras esta creencia central, que durante mi lectura ejecutaba incesantes movimientos de adentro afuera, en busca de la verdad, venían las emociones que me inspiraba la acción en la que yo participaba […]. Eran los sucesos ocurridos en el libro que leía […].

[…] Venía luego, proyectado a medias ante mí, y ya menos interior a mi cuerpo que la vida de aquellos personajes, el paisaje que servía de fondo a la acción y que influía sobre mi pensamiento más poderosamente que el otro, aquel que yo tenía a la vista, cuando alzaba los ojos del libro. […]

[…] al ir siguiendo de dentro afuera los estados simultáneamente yuxtapuestos en mi conciencia, y antes de llegar al horizonte real que los envolvía, me encuentro con placeres de otra clase: sentirme cómodamente sentado, percibir el buen olor del aire; no verme molesto por ninguna visita, y cuando daba la una en el campanario de San Hilario, ver caer trozo a trozo aquella parte ya consumada de la tarde, hasta que oía la última campanada…

Con mi mp3, claro, la cosa es bien distinta. El oído, que al leer se cierra al mundo exterior, casi como si dejase de funcionar, aquí debe estar atento al interior; y la vista, que al leer se consagra al mundo ficcional del relato, aquí se queda fuera, de guardia en una frontera donde, si bien no cesa de funcionar, se mantiene firme en stand by: un vigilante del mundo exterior, desde donde provienen la mayoría de las distracciones. De éstas no se libran los que escuchan ni los que leen. Ni siquiera Proust, que nos confiesa: A veces, arrancábame de mi lectura, desde mediada la tarde, la hija del jardinero, que corría como una loca…

El TTS y otras herramientas electrónicas de lectura

Ninguna de las herramientas electrónicas de las que disponemos hoy para leer —algunas de las cuales ya abordé al referirme a la lectura del Ulises— parece desbancar por sí sola a la lectura en papel, pero todas en su conjunto resultan ser muy poderosas.

La tecnología TTS es muy útil como complemento. Sin duda será más potente cuando mejoren las condiciones de las máquinas (memoria RAM, etc.). Si en vez de grabar sílabas se introducen a su diccionario más palabras completas (hoy hay sólo algunas), el audio será cada vez más fluido. Para eso, claro, hará falta un programa que se vaya acercando a la lógica de Funes el Memorioso: cada vez menos combinatoria de bloques básicos, y cada vez más pregrabación de bloques complejos.

En lo personal, pienso seguir usando esta tecnología. Admito que no con Proust (a quien seguramente volveré en papel), sino con novelas breves con un estilo más conciso y seco, o bien con textos ensayísticos o teóricos, lecturas “por saber” a las que también quisiera tener acceso sin restarle tiempo a las lecturas “por placer”, ésas que todavía prefiero encarar en mi casa, tirado en una hamaca, descalzo y con un vaso de algo a mano.

Tiempo recobrado (II)

Por Martín Cristal

Lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Segunda parte: apuntes sobre la experiencia.

[Leer la primera parte: motivos y preparativos]

Duración

Comencé la escucha el 15 de junio de este año; la terminé el 30 de agosto. En esos dos meses y medio repartí las 18 horas de audio de “Por el camino de Swann”. Creo que leer el mismo libro en papel me hubiera tomado menos tiempo, pero seguramente no hubiera podido hacerlo en el lugar y las condiciones en que lo escuché: parado, apretujado o casi a oscuras en un ómnibus de la línea T. Fueron 18 horas ganadas al tiempo muerto de esos viajes. Tiempo recobrado para la literatura.

Concentración/dispersión

Estoy esperando el bondi y pasa un amigo en auto. No sólo no se ofrece a llevarme, sino que encima me saluda alegremente. Le devuelvo el saludo y, distraído con estas cosas, me doy cuenta de que el narrador ha seguido adelante con el relato. Debo rebobinar para retomarlo donde me quedé. Esto es molesto (rebobinar es esperar, así que ahora espero por partida doble: al narrador y al bondi), pero en lo referente a la mera distracción, esto no es muy diferente de distraernos mientras leemos un libro.

En otras oportunidades, rebobino tres veces un mismo fragmento, y me distraigo otras tantas en el mismo punto del relato; así me doy cuenta de que mi atención no está bien dispuesta. Entonces cambio de carpeta en el reproductor y me pongo a escuchar música; volveré al texto otro día. Es lo mismo que pasa con un libro al reconocer que nuestros ojos cansados ya han repasado dos o tres veces la misma página sin poder extraerle un sentido.

También es frecuente que, al surgir una reflexión para estos mismos apuntes, deje de concentrarme en el texto de Proust; así pasan varias frases, que luego debo rebobinar.

Hay una diferencia crucial entre leer y escuchar un texto. Dejarnos llevar por los pensamientos que genera la lectura de un libro es algo muy común y disfrutable. Eso no es distraerse; al contrario, es pensar más hondo, discurrir por caminos insospechados con la lectura como pretexto. Un narrador que nos habla al oído sin detenerse no nos deja espacio para eso: o lo seguimos a él o nos vamos detrás de nuestros pensamientos. Sí, podríamos andar con el dedo listo sobre las teclas Pausa o Stop, pero eso seguiría teniendo la desventaja de ser un movimiento consciente, una burocrática aduana entre el texto y nuestra potencial divagación.

Sin subrayados

Resulta lamentable la imposibilidad de subrayar. A veces escucho un fragmento que me maravilla —el famoso de la magdalena, entre muchos otros— y deseo marcarlo de alguna manera para volver a escucharlo luego. Puedo hacerlo de inmediato, rebobinando (todavía decimos así, aunque en la era digital ya no haya bobina alguna), pero más tarde ya no podré ubicar ese fragmento sin ponerme a renegar con el rewind y el fast forward. Al final, cuando llego a casa termino subrayando lo que me interesa en el archivo de Word… pero a eso ya tengo que hacerlo en un tiempo que estaba destinado a otra actividad.

La voz

La traducción de Pedro Salinas, demasiado castiza para mi gusto, milagrosamente coincide con la voz de “Jorge”, cuyo acento es ibérico, por lo que cada una de estas cosas resulta tolerable gracias a la asistencia de la otra. Poco a poco me voy encariñando con la voz como si fuera la verdadera de ese narrador proustiano. ¿Qué va a pasar cuando use el programa para escuchar otro texto con la misma voz? ¿Voy a pensar que me lo lee Marcel? Puede que no: la sintaxis hace milagros.

ProustOye

En otros ámbitos

Voy acostumbrándome. Aunque a veces estoy en un lugar donde podría leer algo en papel, siento que tengo ganas de ponerme los auriculares y seguir con Proust. Mérito de Marcel más que del sistema de audio, sin duda, pero al menos eso prueba que el sistema no es necesariamente un obstáculo para el disfrute.

Empiezo a probarlo en otras partes. Por ejemplo: a pie, apenas anochece, por un camino que conozco bien —de mi trabajo a lo de mis padres o de la parada del ómnibus a mi casa— puedo abstraerme un poco del entorno, en penumbras y ya visto mil veces, y así escuchar mejor el relato. Muchas veces mis distracciones no son fugas del texto a la realidad, sino en el sentido opuesto, desentendiéndome de la realidad debido al texto; al descubrirme en tal estado, cruzando calles como un zombie, me da miedo de que me atropellen. Voy con el dedo sobre el botón de Pausa, para poder cortar el sonido de inmediato ante cualquier emergencia.

Estoy en un bar: quiero leer un libro de papel, pero el televisor está prendido en un programa de chismes de la farándula. Está con el volumen a mil y el bar es chiquito. Dejo el libro, me pongo los auriculares y sigo con Proust, que me cuenta sobre su amigo Bloch. Mientras, miro por la ventana. Ya bajó el sol, la gente cruza una esquina céntrica, vuelve a sus casas. Puedo verlo todo, aun siguiendo el relato, como si alguien me lo contara desde el otro lado de la mesa. Pero, si mi atención es convocada por un culo llamativo o una cara conocida (o viceversa), entonces… a rebobinar. [Más sobre estas distracciones en la tercera parte de esta serie.]

Pequeños accidentes

Con el peso de la mano dentro del bolsillo de la campera, vuelvo sin querer hasta el minuto cero del fragmento que estoy escuchando. Entonces, para volver al punto en que estaba, tengo que apretar el botón de fast forward, haciendo una parada cada tanto para escuchar por dónde voy. En esas paradas reconozco no sólo los párrafos que ya he oído antes, sino que también vuelven, como un flashback, los lugares por donde yo andaba cuando escuché esos párrafos la primera vez. El efecto es, irremediablemente, proustiano.

Otro: termino el fragmento 19 y el reproductor, en el que no he cargado la novela completa, recomienza con el fragmento 10, que ya he escuchado hace días, pero que no reconozco desde las primeras líneas porque, casualmente, dicho fragmento comienza con un “Pero”, lo cual le añade cierta continuidad con la última oración del anterior. Cuando me doy cuenta del error me veo forzado a admitir que en realidad no he estado escuchando con total atención; me siento como si un maestro me retara en la clase por haberme descubierto mirando por la ventana.

Defectos

Hay problemas con los nombres propios en otros idiomas: el programa los castellaniza y muchos suenan mal. Si hay algo mal tipeado o mal puntuado en el texto, esto se refleja en una pronunciación o un pausado defectuosos, que pueden resultar molestos. También hay algunos fragmentos breves que se han grabado entrecortadamente; se los entiende, pero se oyen como en los casettes cuando la cinta estaba mordida.

Utilidad

Quizás la tecnología TTS resulta mejor para textos ensayísticos, periodísticos o académicos que para un texto narrativo. Con todo y lo mejoradas que están las voces, la cadencia de la lectura es, a la larga, demasiado mecánica. [Más sobre esto en la tercera parte.]

El recurso quizás funciona mejor con textos que tienen enunciados no demasiado largos, por lo que hay que reconocer que Proust no era lo más indicado para arrancar… Lo probé con algunos de los artículos de Mario Vargas Llosa recopilados en su libro La verdad de las mentiras, y la experiencia resultó bastante satisfactoria. También con el primer capítulo de Una introducción a la teoría literaria, de Terry Eagleton, aunque aquí los enunciados sí eran largos, y los nombres propios en inglés quedaban deformados. Para la poesía creo que este recurso no sirve de mucho, salvo que quisiera usárselo de forma experimental.

También sirve en casa, para no tener que leer tanto en pantalla: un texto bajado de internet, un trabajo para la facultad, un artículo periodístico… No hace falta ser ciego para recurrir a esta tecnología; podemos usarla justamente para no quedarnos ciegos.

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En el artículo siguiente termino la serie con algunas relaciones entre el texto de Proust y esta experiencia de audio.

Ilíada: apuntes del Canto XVII

Por Martín Cristal

Lucha por el cadáver de Patroclo

En el canto anterior, la lucha era por el cadáver de Sarpedón. En el XVII sucede lo mismo, pero en torno del cadáver de Patroclo. Menelao y los dos Áyaces defienden el cadáver de Patroclo y lo rescatan de las manos troyanas, aunque desarmado: Héctor ya lo ha despojado de sus armas (las cuales en realidad pertenecen a Aquiles).

Ampliar esquema para verlo en detalle.

Iliada-Canto-XVII

Tiempo recobrado (I)

Por Martín Cristal

Un experimento: lectura del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust mediante la tecnología Text to Speech (“Texto a audio”). Primera parte: Motivos y preparativos.

1. Motivos

En un artículo anterior me preguntaba cómo destinarle más tiempo diario a la lectura. Una posibilidad es aprovechar los viajes en transporte público. Siempre llevo conmigo un libro para esos tiempos muertos; sin embargo, las condiciones para leer en colectivos, trenes o subterráneos muchas veces no son favorables. Aunque uno ya se haya acostumbrado al ruido hasta abstraerse de él, lo cierto es que no siempre hay espacio o buena luz para leer. A raíz de esto, en junio se me ocurrió iniciar el experimento que detallo a continuación.

2. Herramientas

Supe de los programas de Text To Speech —“Texto a Audio”; TTS por sus siglas en inglés— más o menos desde que las Mac incorporaron el panel de control “Speech” a mediados de los noventa. Poco después Radiohead utilizaría ese recurso para el tema “fitter happier” de su álbum OK Computer (1997).

Estos programas interpretan los caracteres de un archivo de texto para que un sintetizador de voz los transforme en los fonemas correspondientes. De un archivo de texto (.doc, .rtf, .txt…) se obtiene un archivo de audio (.mp3, .wav…). En la época de OK Computer las voces eran muy robóticas: entrecortadas, metálicas, monocordes. Hoy se han humanizado bastante al incorporar algunos matices según la puntuación. Además hay voces de hombre o de mujer, con pronunciaciones y acentos diferentes… El resultado dista de ser perfecto, pero su grado de avance sorprende cuando uno las escucha por primera vez.

Decidí probar esta tecnología —que también se usa en el software para personas ciegas— con algún libro digital de los miles que pueden conseguirse en Internet. Ya que se trataba de recuperar un tiempo muerto de mi vida, me pareció que el texto indicado podía ser En busca del tiempo perdido, una obra cuya lectura había ido posponiendo por diversos motivos (diversos libros). Sería como superponerle, a la búsqueda introspectiva de Proust, mi propio empeño por recobrar un tiempo de mi vida que siento perdido de antemano cada día.

Una experiencia demasiado larga podía resultar desgastante, así que limité esta prueba al primero de los siete famosos tomos de Proust. Escucharía “Por el camino de Swann” con mi reproductor de mp3 en el ómnibus en el que vuelvo a casa cada día, después del trabajo.

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3. Preparativos

El texto. Busqué en Internet el libro de Proust en formato digital (.doc). En la versión que encontré no figura el crédito del traductor; mucho más tarde cotejé algunas partes con una edición en papel, por lo que estimo que se trata de la primera traducción, hecha por Pedro Salinas. [Hay otras más actuales].

Las voces. Probé en el sitio de Loquendo las distintas voces disponibles. En castellano, las hay con acento español, mexicano, chileno, argentino y americano (neutro). Cada voz es un programa en sí mismo, identificado con un nombre de persona. Las voces pueden aplicarse a un texto dado por medio de distintos programas conversores de texto a audio. Aunque en la prueba de internet todas las voces se oyen bien, luego en el funcionamiento real con el conversor no todas andan igual. Opté por bajar las voces de “Diego” (acento argentino), “Francisca” (chileno) y “Jorge” (español).

El programa. Bajé algunos conversores de texto a audio para probarlos. El programa HAL Text To Speech Reader funcionaba bien “en vivo” en mi computadora, pero algo fallaba al querer convertir los archivos a mp3. Finalmente llevé adelante el experimento con un demo del programa Alive Text To Speech. El Text To Speech Maker también funciona, aunque no es tan eficiente.

Pruebas. Hice algunos experimentos cortos variando las voces, las velocidades de lectura y las calidades de audio. Finalmente elegí la voz de “Jorge”: aunque su acento no era el que más me convencía, resultó ser la que funcionaba con mayor fluidez. Para la conversión a audio, determiné una velocidad de lectura intermedia y una calidad de 320 Kbps (alta), en formato mp3. Aquí un minuto de muestra (aunque en menor calidad: 192 Kbps):

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Extensión. Tomé fragmentos de aproximadamente 17.000 caracteres con espacios (17 Kb: casi 9 páginas A4, si tipeadas en cuerpo 12 y a doble espacio). Al convertirlos a audio, quedaban archivos mp3 de unos 45 Mb; cada fragmento rondaría los 20 minutos de duración. Todo el primer tomo de Proust quedaría comprendido en 54 archivos de audio: casi 18 horas de duración total.

Conversión. La fragmentación del texto tuve que hacerla en forma manual, copiando y pegando en distintos archivos txt, lo cual me llevó casi 50 minutos de mi tiempo (perdido). Hecho esto, el resto de la conversión lo realizó la computadora por sí sola, en forma subordinada (es decir, incluso mientras yo ocupaba la máquina en otras tareas). Alive Text To Speech tardó unas cuatro horas y media para convertir todo el primer tomo de Proust.

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Leer la segunda parte, con los apuntes sobre la experiencia propiamente dicha…

Ilíada: apuntes del Canto XVI

Por Martín Cristal

Gloria y muerte de Patroclo

En el Canto XVI hay dos momentos, a saber:

a) Patroclo rechaza al enemigo: Los troyanos quieren incendiar los barcos griegos, para poner fin a nueve años de guerra, y de hecho Héctor consigue prenderle fuego a una de las naves. Éste es el punto en que Troya está más cerca que nunca de una victoria que jamás conseguirá, porque así lo dispone Zeus y porque Patroclo, líder de los mirmidones ante la ausencia de Aquiles, decide portar las armas de éste y defender a sus camaradas griegos. Patroclo apaga el fuego e inicia una matanza de troyanos. Entre los caídos se cuenta a Sarpedón, el líder licio, aliado de Troya.

b) Muerte de Patroclo: El combate se traslada alrededor del cadáver de Sarpedón. Cuando un héroe muere, el enemigo quiere quitarle las armas para quedárselas como botín de guerra, y también llevarse el cadáver para que los compatriotas del caído no puedan enterrarlo con honores; por eso el combate es duro en torno del líder licio. Patroclo viene hecho una máquina de matar, pero el dios Apolo lo desarma; luego Euforbo lo hiere, y por fin Héctor lo remata. Apolo salva el cadáver de Sarpedón.

Ampliar esquema para verlo en detalle.

Iliada-Canto-XVI