Ilíada: apuntes del Canto XV

Por Martín Cristal

Contraataque troyano

En el Canto XV, los troyanos contraatacan, con la ayuda de Apolo. Así llega la peor hora de los griegos, acorralados ahora contra sus propios barcos. Se destaca la defensa titánica de Áyax Telamonio.

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Ilíada: apuntes del Canto XIV

Por Martín Cristal

Los griegos reaccionan

La situación parece empeorar para los griegos. Se encuentran atrapados entre las espadas de Troya y el mar. Muchos de sus guerreros principales están heridos. Sin embargo, el dios Zeus —que apoya a los troyanos— es engañado por Hera y el Sueño, y entonces los griegos consiguen rechazar al enemigo. Héctor es herido de una pedrada y salvado por sus hombres. Áyax Oileo persigue, hiere y mata a muchos de los que se retiran.

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Ilíada: apuntes del Canto XIII

Por Martín Cristal

Dentro del campamento griego

En el Canto XIII, los troyanos han atravesado la muralla griega y pelean en la playa, junto a las naves griegas. Si logran prenderles fuego a esos barcos, nueve años de guerra llegarán a su fin y el invasor será expulsado. El combate en este canto es complejo. Entre los hijos de Príamo, se destacan las acciones de Deífobo. Entre los griegos que defienden el campamento se lucen Idomeneo de Creta y su escudero, Meriones. [En el esquema, la acción comienza donde está la estrella roja]:

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El tedio del Paraíso

Por Martín Cristal

El paraíso de la Divina comedia es una especie de cebolla celestial donde un cielo se superpone a otro, con la Tierra en el centro. Con la ayuda del programa Swift 3D hice un corte de los cielos del Paraíso, los cuales se organizan de la siguiente manera:

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Ampliar la imagen para ver en detalle la estructura del Paraíso de la Divina comedia.
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Dante asciende a través de cada uno de estos cielos —administrados por las diferentes categorías angélicas— y va conversando con una multitud de personajes. Por ejemplo, en el cielo de Marte, donde están las almas militantes, Dante se encuentra con su abuelo Cacciaguda (¿por qué Dante nunca se pregunta dónde está su padre? Se refiere a Virgilio como su “dulce padre”, pero no le dedica ni un pensamiento a su padre verdadero…). En cierto momento —XVII, 128—, su abuelo lo conmina a poner de manifiesto lo que ha visto en este viaje, es decir, a que escriba la Comedia

Así, conversando, Dante llega al Empíreo, el gran finale (XXVIII, 109-111), el lugar donde se alcanza a ver a Dios. La Belleza divina resulta insoportable para los mortales (Paraíso, XXI). Esto, que es razonable para el pensamiento teológico, exime a Dante de pintarnos los cielos: todo es luz, nada vemos… Luego (en XXIII, 61-69), el poeta se excusa abiertamente sobre la imposibilidad de describir lo que ve; lo mismo hace después (en XXIV, 25-27), cuando dice:


Y así salta mi pluma y no lo escribo:
Pues la imaginativa, a tales pliegues,
No ya el lenguaje, tiene un color burdo.

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Però salta la penna e non lo scrivo:
ché l’imagine nostra a cotai pieghe,
non che ‘l parlare, è troppo color vivo.

Gracias a esto, el Paraíso resulta bastante más desvaído que el Infierno, mucho menos vívido. A quien me pidiera mi resumen valorativo de la Divina comedia, le diría: el Infierno es impresionante; el Purgatorio, interesante; y el Paraíso, un tedio insufrible.

Incluso Borges, que ponía a la Comedia entre las obras cumbres de la humanidad y le dedicó un libro entero de ensayos, dijo de ella, en una de las conferencias de Siete noches (1980):


“Carlyle y otros críticos han comentado que la intensidad es la característica más notable de Dante. Y si pensamos en los cien cantos del poema parece realmente un milagro que esa intensidad no decaiga, salvo en algunos lugares del Paraíso que para el poeta fueron luz y para nosotros sombra”.

Para mí, esas “sombras” ocupan casi toda la tercera cantiga… lo cual le restó potencia a mi lectura. Sé que a algunos puede sonarle a blasfemia el que yo fuera perdiendo interés conforme nos íbamos acercando a Dios… pero así sucedió conmigo.

En lo personal, de la Divina comedia me resulta más atractivo el nivel estructural que el poético (sin desmerecerlo, claro); sucede que, en general, a mí lo narrativo me atrae más que lo lírico. En cuanto a los personajes, mi interés, de menor a mayor, los ordena así: contemporáneos de Dante (güelfos, gibelinos…); otros personajes históricos de la antigüedad; personajes bíblicos y personajes mitológicos. La articulación que Dante consigue entre estas dos últimas categorías, me parece un puente fascinante.

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Ver además:
Esquema del Infierno.
Esquema del
Purgatorio.
Esquema integral.

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Ilíada: apuntes del Canto XII

Por Martín Cristal

En la muralla griega

Canto XII: Los troyanos tienen a los griegos acorralados contra la muralla de su campamento, en la playa. Los griegos Polipetes y Leonteo se destacan en la defensa de una de las puertas pero, en otra parte de la muralla, el licio Sarpedón abre una brecha. Héctor consigue vencer en otra de las entradas e irrumpe en el campamento con sus hombres.

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Don Quijote versus Don Quijote

Por Martín Cristal

Sobre el final de la Primera Parte del Quijote, Cervantes adelantó que la siguiente excursión de su personaje tendría como destino Zaragoza. Como es sabido, a partir de ese dato el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda fraguó una Segunda Parte apócrifa del Quijote, en 1614. Fue un primitivo robo de propiedad intelectual (antes de que ésta fuera inventada).

Cervantes se venga en su Segunda Parte —la verdadera—, la cual publica al año siguiente; no para de criticar al Quijote falso hasta el mismísimo capítulo final de la novela. Hay ejemplos de esto en el Capítulo LIX (en el que don Quijote decide no ir jamás a Zaragoza: “…y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán de ver las gentes, como yo no soy el don Quijote que él dice”); y también en los capítulos LXII y LXX.

El combate de los dos Quijotes

Cervantes llega al punto de introducir en su Quijote personajes del Quijote falso. En el Capítulo LXXII aparece un tal Álvaro Tarfe; al verlo, don Quijote dice de él: “cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia, me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro Tarfe”.

En efecto, se trata de ese mismo Tarfe, el cual declara más tarde que él conoció en persona al don Quijote que protagoniza el libro de Avellaneda: “fue grandísimo amigo mío”, dice. Sancho y don Quijote le explican que eso no puede ser; le revelan que los verdaderos héroes son ellos (“yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquel que vuestra merced conoció”). Tarfe, sin más pruebas que las buenas maneras y el lenguaje con que se dirigen a él, les cree y termina declarando (¡ante escribano público!) “como [él, Tarfe] no conocía a don Quijote, que estaba allí presente; y que no era aquel que andaba impreso” en la obra del licenciado de Tordesillas.

La idea es simpatiquísima: tenemos a un personaje del Quijote apócrifo que está dispuesto a testimoniar la falsedad de aquella obra que le dio cuna, así como la verdad del personaje central de Cervantes. Tarfe es un personaje que traiciona a su autor, se evade de su novela y se pasa al bando de Cervantes por artificio de éste.

Más divertida aún es otra idea que se desprende de la anterior: tal vez sin querer, al incluir en la trama al personaje “don Quijote” del licenciado de Tordesillas, Cervantes lo subió al mismo plano de realidad que su propio don Quijote. Hasta este punto de la novela, el “falso don Quijote” estaba en un plano inferior que el don Quijote original: no cumplía otro rol que el de ser el personaje de una novela leída por algunos personajes de la novela de Cervantes (tal como Anselmo o Lotario lo son en la Novela del curioso impertinente; I, 23). Pero si al don Quijote de Cervantes se le permite encontrarse con Álvaro Tarfe; y si Tarfe asegura haber conocido al otro don Quijote, al falso; entonces, por carácter transitivo, los tres están en el mismo plano de realidad. Esto permitiría suponer que mientras nuestro don Quijote andaba por los caminos de España, había alguien que cabalgaba por las mismas tierras haciéndose pasar por él. Cierto: Álvaro Tarfe ha jurado que el otro don Quijote es un impostor y que el verdadero es el de Cervantes; pero ha declarado la falsedad del otro, no su inexistencia, aun cuando luego él quiera creer que todo lo que vio y pasó fue obra de un encantamiento.

Dicho encantamiento no sería plausible. En la Odisea, por ejemplo, cuando Homero nos dice que Palas Atenea transfiguró temporalmente a Ulises en un anciano para que nadie lo reconociera al regresar a Ítaca, aceptamos ese encantamiento —al igual que los otros que pueblan la obra— porque ninguno de los personajes ni el narrador niega o pone en duda la posibilidad de esa magia; así queda establecido que la magia divina es un hecho corriente en el cosmos del relato homérico. En cambio, en el Quijote, aunque se habla de encantamientos aquí y allá, no podemos creer en ninguno de ellos porque siempre hay personajes que no creen en esa magia, la niegan o la ponen en duda —cuando de plano no la descarta el propio narrador al indicarnos que todo es un artificio—; los lectores siempre sabemos que todos los encantamientos no son más que autoengaños de don Quijote, o “industrias” de terceros. Así, aunque Tarfe pueda creer que el pasado que recuerda es obra de un encantamiento, los lectores no podemos aceptar esa versión, porque eso sería creer que éste es un encantamiento verdadero, el único en toda la novela de Cervantes (y por ende, deberíamos creer además en la existencia del mentado encantador, y de un móvil para sus actos mágicos…).

Lo divertido del asunto es que podríamos imaginar un azaroso encuentro entre don Quijote y su émulo. ¿Quién estaría más loco: el loco famoso o el impostor que se hace pasar por ese mismo loco famoso? ¿Qué diálogo y qué picnic departirían los dos escuderos? Y si batallaran los caballeros, ¿quién vencería? Yo quisiera que el de Cervantes, porque me cae mejor su tierna demencia que la impostura del otro.

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Ver además:
Don Quijote en Nueva York

Imprecisiones del Quijote

Borges y el Quijote: un error
Borges y el Quijote: una solución

Ilíada: apuntes del Canto XI

Por Martín Cristal

Hazañas de Agamenón

Así como Diómedes se luce guerreando en el Canto V, en el Canto XI lo hace Agamenón, aunque en menor medida. Paris hiere a muchos a flechazos, entre ellos a Diómedes, que se retira. Odiseo también se destaca, hasta que es herido y, en retirada, salvado por Menelao. Aunque se mencionan muchas bajas troyanas y actos valerosos de los griegos, en general en este canto los que avanzan son los troyanos; los griegos retroceden hacia la playa, donde está su campamento.

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Ilíada: apuntes del Canto X

Por Martín Cristal

Misión nocturna (Dolonía)

Cesa la batalla por la llegada de la noche. Después de un Canto IX muy conversado por parte de los griegos, Odiseo y Diómedes salen del campamento en misión nocturna (Canto X). Encuentran a un espía troyano, Dolón, y lo liquidan. Luego encuentran a doce tracios que duermen y los matan (en esto hay un tufo de viveza y cobardía). La misión culmina exitosamente para los griegos, con la muerte de un príncipe tracio y el botín de varios caballos.

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Ilíada: apuntes del Canto VIII

Por Martín Cristal

Combate interrumpido

El combate es interrumpido por Zeus, que arroja una centella al campo de batalla. Los griegos, intimidados, retroceden; luego se plantan y defienden su campamento del avance troyano. Entre los griegos se destaca la dupla del arquero Teucro Telamonio con su hermano Áyax: mientras éste lo defiende con su gran escudo, Teucro mata a flechazos a muchos troyanos, hasta que Héctor lo frena de una pedrada.

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Ilíada: apuntes de los Cantos VI y VII

Por Martín Cristal

La batalla continúa. Duelo Héctor-Áyax

Canto VI: Sigue el combate. Glauco y Diómedes están en distintos bandos pero son viejos conocidos, por lo que acuerdan no enfrentarse, e intercambian armaduras. Entre Menelao y Agamenón matan a Adrasto. Otros enfrentamientos. En el Canto VII, otro duelo trunco, esta vez entre Áyax y Héctor.

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Edgar Allan Poe: 200 años

Por Martín Cristal

El jueves 15 de enero de 2009, La Voz del Interior publicó una nota por los 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe. La escribió Rogelio Demarchi, quien además realizó una encuesta sobre Poe a diez escritores cordobeses.

El cuestionario consistía en sólo dos preguntas. A continuación, van mis respuestas. Las de los otros escritores —Cristina Bajo, Sergio Aguirre, Diego Tatián, Fernando López, María Teresa Andruetto, Andrea Guiu, Esteban Llamosas, Sergio Gaiteri y Carlos Dámaso Martínez— pueden leerse aquí.
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1. ¿Qué valor le asignás a la obra de Poe
en el desarrollo del cuento moderno?

Muchos lo señalan como el padre del cuento, y sí, tiene el valor de lo primigenio, sumado a una gran potencia de deslumbramiento inicial que todavía provoca que los lectores jóvenes se acerquen al género y también que muchos escritores principiantes quieran probarse en él. Es un autor que no puede evitarse: es el maestro de tus maestros, quienquiera que estos sean, y le debemos algunos relatos inolvidables. Sin embargo, conviene no estancarse en Poe (ni en nadie): las estructuras que proponen sus cuentos, por muy difíciles que sean de lograr, o placenteras de leer, ya han sido largamente probadas e incluso superadas por muchos otros cuentistas excelentes: Chéjov, Kafka, Borges, Hemingway, Rulfo, Salinger, Cheever, Carver, Lispector o Levrero, por mencionar sólo algunos.

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2. ¿Qué lugar ocupa o ha ocupado la obra de Poe
en tu biblioteca personal?

En mi iniciación, un lugar casi central. De Poe aprendí que cuando el narrador dice “no puedo describir el horror que sentí en ese momento”, y abre dos puntos, a continuación viene la descripción puntual y detallada del horror que sintió en ese momento. Poe y sus seguidores (¿como defecto o virtud?) también me dejaron la necesidad de un final impactante, un “clic” justo a tiempo. Más tarde, las lecturas de otros cuentistas me fueron enseñando que uno no está obligado a eso si antes ha sabido entregar un buen clímax, o una forma novedosa, una voz hipnótica, un secreto de fondo, una atmósfera extraña, un instante de pureza emotiva… Así, a medida que mi biblioteca se ampliaba y me enseñaba, Poe fue resignando su reinado en ella para dar paso a una democracia plural en la que el mejor estante es siempre el que alberga a los autores más disímiles.

Ilíada: apuntes del Canto V

Por Martín Cristal

Las hazañas de Diómedes

En el bando de los griegos, Diómedes Tidida se muestra imparable: aunque es herido un par de veces, no deja de eliminar troyanos. Eneas no puede detenerlo. Diómedes lo hiere, y también a la diosa Afrodita, que ha intervenido para salvar a Eneas. Diómedes está en llamas, inspiradísimo para la lucha: sobre el final llega a herir en combate al propio Ares, el dios de la guerra. No cualquiera…

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Ilíada: apuntes de los Cantos III y IV

Por Martín Cristal

Duelo Paris-Menelao. Inicio de la batalla

En el Canto III, Paris y Menelao se disponen a resolver mano a mano el conflicto que el primero ha iniciado al raptar a Helena, la bella mujer del segundo. Sin embargo, el duelo quedará trunco. Ante esa irresolución, en el Canto IV comienza entonces la batalla, la cual se desarrollará a lo largo de los cantos restantes.

En todos los esquemas que hice sobre la progresión de la batalla —y que iré subiendo a lo largo de 2009 en El pez volador—, siempre aparecen avanzando desde la izquierda, con uniforme liso, los troyanos; y desde la derecha, con uniforme a rayas, los griegos.

Cada línea punteada sigue el derrotero de un personaje destacado; sobre la línea se marcan los enemigos que ese personaje hiere o mata, entre otros eventos.

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Ilíada: apuntes del Canto II (cont.)

Por Martín Cristal

Canto II. Los aliados de los troyanos

En el artículo anterior presenté un esquema que resume el catálogo de las naves griegas. Ante el ataque de los pueblos de la Hélade, muchos vecinos de los troyanos se resolvieron a defenderlos. El Canto II también nos explica cuáles son esos pueblos y quiénes sus líderes (aunque no hace el inventario detallado de esas fuerzas).

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Reviso el texto, haciendo una cuenta rápida, y —salvo error de mi parte— descubro que, de los 27 líderes de la defensa:

Sobreviven (o al menos no se menciona que mueran): Eneas (el héroe cuya historia continuará Virgilio en la Eneida); Anfio; Pillo e Hipotoo; Eufemo; Epístrofo; Cromis; Ascanio; Ántifo, hijo de Tálemenes (al que no hay que confundir con otro Ántifo, que es hijo de Príamo) y su hermano Mestles; Nastes; y Glauco (éste último con actuación destacada en la batalla).

Mueren: Héctor (en el inmortal Canto XXII); Acamante Antenórida (XVI, aunque no figura su linaje, sólo el nombre, por lo que puede que no se trate de él sino de un homónimo); Arquéloco Antenórida (XIV); Pándaro (V); Adrasto (en el VI, o en el XVI; el nombre se repite); Asío Hirtácida (XII); el tracio Acamante (VI); Piroo (IV); el peonio Pirecmes (XVI); Pilémenes (V); Odio (V); Énomo (XXI, en el río); Forcis (si es que es el mismo “hijo de Fénope” del Canto XVII); Anfímaco (XXI, en el río); y el licio Sarpedón (XVI).

Más de la mitad de los caudillos de la defensa muere en ese decisivo noveno año de guerra (salvo que me haya confundido algún nombre que se repita para guerreros distintos). No es entonces sólo la muerte del líder principal, Héctor, lo que inclinará la balanza en contra de los troyanos.

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Ilíada: apuntes del Canto II

Por Martín Cristal

Introducción

Cuando emprendí mi viaje por México, en 1999, llevaba la Odisea en la mochila. A pesar de la grata y honda impresión que me dejó, tuvieron que pasar varios años hasta abordar la lectura de su obra hermana, la Ilíada. Más feeling con los viajes que con las guerras, supongo. Leí algunos cantos en la edición (horrible) de Porrúa, con prólogo de Alfonso Reyes; completé la lectura mucho después, de vuelta en Argentina, con una edición de Terramar (La Plata, 2004).

Si tuviera que recomendar en qué orden leer estas obras, díría que la Odisea es una lectura más amigable para arrancar. Las aventuras de Ulises de vuelta a su casa son más variadas que los pormenores bélicos del noveno año de la guerra en Troya. La Ilíada exige una lectura más atenta para no perdernos en su maraña de nombres propios, sus vaivenes —ataques y defensas, retiradas y contrataques, duelos mano a mano— las acciones tramposas de dioses con voluntades contrapuestas y la tracalada de botines de guerra y heridas mortales que el texto describe con minuciosidad.

También juega en contra de la Ilíada el hecho de que la verdadera batalla no comience sino hasta bastante entrado el relato. El lector debe tener paciencia y pasar primero por la explicación del contexto general de ese noveno año de guerra (el Canto I, donde se nos explica el enojo de Aquiles y sus motivos para dejar de pelear) y luego por el inventario de las armas griegas y de los pueblos aliados de los troyanos, el tedioso Canto II. El Canto III provee alguna acción con el duelo entre Paris y Menelao, pero el verdadero combate entre los ejércitos arranca recién al llegar al Canto IV. Así, mientras que en la Ilíada —historia de combate— el combate se demora en empezar, en la Odisea —historia de viaje— el viaje ha comenzado mucho antes que su propio relato: el clásico comienzo in medias res nos pone de inmediato “en medio de las cosas”, nos sumerge enseguida en la materia de la narración, la cual irá completando con flashbacks todo lo que nos haga falta saber para comprenderla mejor.

Como una manera de tomar apuntes, en su momento realicé una serie de esquemas de aquellos cantos de la Ilíada que dan cuenta de la progresión del combate. Iré publicando esos esquemas en El pez volador a lo largo de 2009, con el espíritu de compartirlos con quienes quieran repasar la guerra más famosa de todos los tiempos; a mí me sirvieron para descubrir algunas relaciones que no había notado a la primera lectura del texto.

Canto II. El catálogo de las naves

El siguiente esquema resume el inventario completo de las armas griegas. Al leer ese catálogo tan temprano en el relato, muchos nombres propios no nos dicen gran cosa, pero luego algunos de ellos cobrarán dimensión humana y los veremos luchar, vencer o morir. En el gráfico, para cada líder griego se indica su procedencia, el nombre de su pueblo (si se especifica en el texto), cuántos barcos traía y, a veces también cuántos hombres venían en cada barco.

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Uno tiende a pasar rápido por este capítulo; sin embargo aquí se explican algunas cosas importantes. Por ejemplo, por qué Agamenón es el líder griego aunque en la práctica no sea un guerrero tan temible (a fin de cuentas, en el bodycount final, Aquiles, Diómedes, Patroclo, Áyax Telamonio, Odiseo y Teucro matan más troyanos que él). Agamenón es quien lleva más hombres y más barcos: un centenar de naves, lo cual refleja su poder. Lo sigue el viejo Néstor, que aporta noventa (y uno sospecha de que también por eso —y no sólo por su “experiencia”— es tan apreciada la opinión de Néstor en las reuniones de los comandantes). Agamenón incluso le presta barcos a los pueblos de tierra adentro, para que se unan en su campaña.

Los aportes de cada líder griego se ordenan de esta manera:

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Al contrario que lo que sucede con Néstor, no se puede dudar de que la opinión de Odiseo es apreciada netamente por la inteligencia y audacia de éste, y no tanto por el aporte de tropas que él hace (apenas doce barcos).

Según los números que ofrece el texto, calculo un mínimo estimado para el ejército griego de casi 60.000 hombres: la cantidad de personas que entran en un concierto en el estadio de River Plate.

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Durante enero nos vamos de vacaciones, pero quedan programados tres artículos que continúan a éste. ¡Feliz 2009!

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