Soundtrack de Se está haciendo tarde (final en laguna), de José Agustín

Una relectura musical

Cuando viví en México, leí con placer la novela de José Agustín Se está haciendo tarde (final en laguna); lo hice en la edición de 2001 de Joaquín Mortiz. Disfruté de la frescura del texto, intacta a partir de su manejo del lenguaje coloquial. Admiré la representación epocal y generacional, manifiesta no sólo en esas formas del habla mexicana, sino también en la manera de expresar la diversión (las vicisitudes del consumo de drogas, el “reventón”); también la libertad de los juegos tipográficos y la ambición joyceana de seguir el adentro/afuera de los personajes a lo largo de un solo día, estructurado en escenas casi teatrales. Y por supuesto me divertí con su sentido del humor, que aparece aquí y allá y es capaz de convivir con el azoramiento, la tristeza y el puro malviaje.

Al volver a la Argentina, no me traje el ejemplar: craso error. Por suerte, hace un par de años, en la Feria del Libro de Córdoba, pude conseguir la edición conmemorativa de Nitro/Press (México, 2017), la cual incluye valiosos materiales adicionales. Pensaba leer sólo esa sección de extras, pero terminé releyendo la novela completa.

En la relectura del libro el placer fue aún mayor, en parte por el reencuentro con su propia variante de la lengua mexicana (la juvenil-rockera de los años sesenta/setenta) y en parte porque ahora, con Google, pude bucear sin demora en las abundantísimas referencias musicales de la novela respecto del rock de aquellos años. Son tantas las menciones de bandas, discos, canciones y letras que pensé que podría confeccionarse un verdadero soundtrack para las aventuras de Rafael, Virgilio y sus amigos.

Las bandas de rock que José Agustín menciona son anteriores a mi propia existencia (nací en 1972, seis meses después de que él terminase este libro). A algunas las conocía, pero a varias nunca las había escuchado hasta ahora. Buscarlas en YouTube y escucharlas, sólo eso, ya me significó una gran ganancia. Por cierto, mi disco favorito entre los nuevos que escuché —nuevos para mí se entiende— es It’s a Beautiful Day (1969), de la banda homónima. Precioso.

Infografía: recorrido geográfico y musical de Se está haciendo tarde (final en laguna)

Así que, por las puras ganas de hacerla, terminé diseñando la siguiente infografía. Me ayudé con Google Maps; no conozco tanto Acapulco, donde he estado sólo un par de veces (y, claro, nunca a principios de los setenta). Las referencias, entonces, son aproximadas.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo en detalle.

 

Posdata sobre el tiempo de la acción

La acción de Se está haciendo tarde… transcurre en un día, desde las 6:00 de la mañana hasta el anochecer. El texto no especifica mes o año exacto; sólo dice, en la primera página, “a principios de los años setenta”.

Al relevar la discografía, descubrí que los álbumes más recientes que aparecen en el texto son de 1970. Salvo error u omisión de mi parte, no hay ninguno de 1971 ni de 1972, aunque el autor dató el cierre del proceso de escritura a fines de abril de 1972.

Pero resulta que aparece un disco de 1973: Wilson Pickett’s Greatest Hits. Así, la acción de la novela tendría que transcurrir, como muy temprano, en 1973. Sin embargo, eso sería un año después de que José Agustín terminó de escribirla… lo cual resulta por lo menos extraño. ¿Habrá sido agregado más tarde, ese disco? Tras consultar la discografía de Pickett en Wikipedia me inclino a pensar que José Agustín tal vez incluyó ese compilado del músico pensando en otro anterior, que tiene un nombre bastante parecido: The Best of Wilson Pickett, de 1967. Por cierto, en ambos compilados se incluye el tema “Funky Broadway”, mencionado en la novela.

Si este último fuera el caso, entonces podría decirse que la acción transcurre, más lógicamente, en 1970… pero, atención: el más reciente de los discos de ese año mencionados en el texto es The Worst of Jefferson Airplane, una recopilación publicada en noviembre de 1970. Así que, o bien la acción tiene lugar en noviembre/diciembre de 1970, con el disco de Jefferson Airplane recién salido del horno, o —más holgadamente— todo sucede a principios de 1971, cuando los personajes todavía no han adquirido discos o cassettes aparecidos en ese mismo año.

(Por cierto: creo detectar otro posible desliz en la atribución del álbum Atmosphères a Édgar Varèse, el cual no conseguí ubicar vía Google. Se me ocurre que quizás se trata de una confusión con uno de György Ligeti, muy conocido en los sesenta porque Stanley Kubrick lo usó en parte para su película 2001: Una odisea espacial. Si alguien puede aclararme este punto, se lo agradeceré).

Y si alguien ya hizo (o se anima a hacer) una lista de Spotify o de YouTube con el soundtrack completo, se agradecerá mucho que comparta el enlace en los comentarios.

Mapas literarios. Tierras imaginarias de los escritores, por Huw Lewis-Jones (ed.)

Por Martín Cristal

Locos por los mapas

La edición de Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores es lujosa: trae 167 ilustraciones a color en un señor papel de 21 x 30 cm, con tapas enteladas y sobrecubierta. Puede resultar muy cara para el pauperizado bolsillo argentino; sin embargo, a quienes les fascinen los mapas de tierras imaginarias (o reales pero no del todo exploradas) sin duda este libro les parecerá irresistible.

Su compilador es Huw Lewis-Jones (Inglaterra, 1980), historiador de la exploración y doctor por la Universidad de Cambridge. También es director de arte, editor y autor de otros libros relacionados con la exploración del Ártico, el Everest y la Antártida.

Dos docenas de autores —incluido él mismo— aportan ensayos histórico-filosóficos, crónicas y memorias personales sobre el asunto de los mapas. Están, entre otros, David Mitchell (El atlas de las nubes), Cressida Cowell (Cómo entrenar a tu dragón), Philip Pullman (La materia oscura, trilogía base para la película La brújula dorada) y Brian Selznick (La invención de Hugo Cabret). También diseñadores como Miraphora Mina o Daniel Reeve, responsables de los mapas en las películas de Harry Potter o El hobbit, respectivamente.

Mapa de la Tierra Media para la película de El señor de los anillos. Daniel Reeve hizo un pequeño cambio respecto del original de los libros: “El golfo de Lune, en Eriador, ahora guarda un ligero parecido con el puerto de Wellington, en Nueva Zelanda”, país donde se filmó la película (Reeve es neozelandés) [pág. 164 del libro].

No es un tratado exhaustivo sobre la cartografía; el conjunto de los textos resulta más variopinto que sistemático (por ejemplo hay algunos conceptos que se repiten a lo largo del libro). La ventaja es que así el lector circula por sus páginas con total libertad, zigzagueando entre los artículos, salteándose alguno según su curiosidad o hilando la lectura desde la exploración preliminar de las ilustraciones.

Porque, por muy interesante que sean algunos textos (o descubrir que aquella idea borgeana del mapa en escala 1:1 ya estaba en la última novela de Lewis Carroll), la verdadera gloria de este libro son los mapas. Entre los ficcionales muestra un grabado de 1518 con la isla Utopía, de Tomás Moro. Hay un corte de los círculos dantescos pintado en pergamino por Botticelli. Están la isla de Crusoe, tal como apareció en la edición de 1720, y el mapa del tesoro de Stevenson y el que Rider Haggard incluyó en Las minas del rey Salomón. El condado de Yoknapatawpha dibujado por Faulkner, y el plano del estanque Walden, de Thoreau. La hojita de una libreta en la que Jack Kerouac dibujó los viajes de En el camino. El bosque de Winnie The Pooh (¡creado en 1926!), la Neverland de Peter Pan, el reino de Oz y el mapa que abría las historietas de Astérix.

Y Terramar, de Úrsula K. Le Guin. Y los Siete Reinos de George R. R. Martin. Y muchas versiones de Ásgard, de Narnia y de la Tierra Media de Tolkien. Y dos portentosas infografías sobre Moby Dick y Huckleberry Finn. Incluso los mapas de juegos de rol como el primigenio Calabozos y dragones tienen su lugar en este libro, en la medida en que también son ficciones (interactivas).

Infografía (portrait map) sobre la novela Moby Dick, de Herman Melville. Diseño de Everett Henry realizado en 1956 para “una imprenta que deseaba presumir de sus tintas de alta calidad”. Ese mismo año se había estrenado la versión fílmica de la novela, con Gregory Peck como el Capitán Ahab [pp. 30-31 del libro].

Todos estos mapas ficcionales —algunos no incluidos en las ediciones de los libros, sino tomados de los cuadernos donde los autores pergeñaron sus obras— se alternan con otros históricos, de territorios verdaderos. Esa intercalación evidencia como el mapa imaginario intenta pasar por real —de ahí que haya autores de ficción que basan sus territorios fantasy en mapas carreteros actuales—, pero también cómo los mapas reales siempre incorporaron elementos imaginarios, al menos antes de arribar a la frialdad práctica del GPS y Google Maps. El mundo se exploraba sobre el terreno, sin satélites y paso a paso; siempre quedaban zonas por descubrir. ¿Qué dibujar ahí?

Según Aldo Leopold, “para aquellos que no tienen imaginación, un lugar en blanco en el mapa es un desperdicio; para los demás es la parte más valiosa”. Una palabra que rima con “misteriosa”, pero también con “peligrosa”.

Así, en su mapamundi del siglo XVI, Abraham Ortelius escribe, sobre todo el continente blanco del sur: terra australis nondum cognita (“tierra austral todavía no conocida”).

Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelius (1570). Uno de los mapas más conocidos del siglo XVI. “En el sur hay un continente enorme basado en mitos y rumores” [pp. 24-25 del libro].

Ortelius también rodea a su volcánica Islandia con monstruos marinos amenazantes, basándose en historias danesas y cuentos tradicionales. La leyenda “aquí hay dragones” (hic sunt dracones) se consignaba en esas zonas misteriosas de los mapas antiguos para decir: cuidado, este lugar está inexplorado. De él sólo tenemos mitos y leyendas.

Con el título original de The Writer’s Map, este deslumbrante compendio de Lewis-Jones se editó simultáneamente en varios idiomas. No debe ser confundido con otro libro vistoso para la mesita del living. Mapas literarios es un viaje fascinante por los territorios de la abstracción y por la abstracción de los territorios.

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Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores, edición de Huw Lewis-Jones. Blume, 2018. 256 páginas. Con una versión más corta del presente artículo, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 24 de febrero de 2019).

Lo mejor que leí en 2018

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2018:

  • El cuento de la criada, de Margaret Atwood.
  • Moronga, de Horacio Castellanos Moya.
  • Francamente, Frank, de Richard Ford.
  • El hijo judío, de Daniel Guebel.
  • Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem.
  • Mapas literarios. Tierras imaginarias de los escritores, de AA.VV. (edición de Huw Lewis-Jones).
  • Nana, de Chuck Palahniuk.
  • Una casa junto al Tragadero, de Mariano Quirós.
  • Los sordos, de Rodrigo Rey Rosa.
  • El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.
  • Lincoln en el Bardo, de George Saunders [leer reseña].
  • Frankenstein, o El moderno Prometeo, de Mary W. Shelley (con prólogo de Alberto Manguel).
  • Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran [leer reseña].
  • Paisaje con grano de arena, antología de Wislawa Szymborska.
  • 1280 almas, de Jim Thompson.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Por Martín Cristal

La noche de los muertos vivientes

George Saunders (Texas, 1958) ya era reconocido como uno de esos cuentistas que en cada relato varían las formas narrativas, poniendo a prueba sus límites y desafiando al lector. Algunos de esos experimentos pueden leerse en libros como Guerracivilandia en ruinas, Pastoralia o Diez de diciembre.

Cerca de sus sesenta años, Saunders —que enseña escritura creativa en la Universidad de Syracusa, Nueva York, donde en su momento fue alumno de Tobias Wolff— se probó al fin en el terreno de la novela con Lincoln en el Bardo. En 2017, el libro ganó el prestigioso premio Booker (a la mejor novela escrita en inglés y publicada en Inglaterra).

Saunders basa su libro en un hecho histórico, sobre el que agrega capas y capas de imaginación. El hecho: la muerte, con sólo 11 años, del hijo de Abraham Lincoln, justo cuando el presidente norteamericano enfrenta la Guerra Civil. Abrumado por la pena, Lincoln visita la tumba de su hijo a solas, en una noche de febrero de 1862.

Pero el “Lincoln” del título no es Abraham, sino su hijo, Willie; y el “bardo” en el que se encuentra no refiere a ningún quilombo (ni a ninguna otra de las acepciones que en la Argentina le damos a esa palabra), sino a un concepto del budismo tibetano: el Bardo es el estado astral intermedio del alma entre su muerte y su reencarnación.

Dicho concepto, mezclado con la cosmovisión cristiana —imposible no pensar en el Limbo dantesco—, resulta en un relato coral cautivante, que opera en un “más allá” con reglas propias.

La novela intercala dos planos narrativos: por un lado, los hechos terrenales, históricos, agrupados mediante un collage de citas bibliográficas (verdaderas e inventadas); y, por otro lado, los relatos de ese más allá en el que Willie ahora escucha las historias de otras almas. Son muertos que no admiten su condición de tales, y cuyas voces se alternan como en un texto teatral (salvo que se indica quién habla al final de cada parlamento, y no al principio).

En 108 capítulos breves y brevísimos, Saunders ensambla cientos de parlamentos. Algunos son torrenciales; otros, no van más allá de un tweet. Esa alternancia de voces muertas hace de Lincoln en el Bardo una actualización de la centenaria Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Aquí el cementerio es el de Oak Hill, en Washington.

Una especulación metafísica, pero también las pérdidas, el luto, los anhelos que duran más que las vidas truncas; el maltrato que nos prodigamos entre los seres humanos; el amor paterno-filial; la vida pública y privada de un hombre público, sus responsabilidades entreveradas en los dos ámbitos; las infinitas versiones que compondrán, luego, la biografía de ese gran hombre y la historia de su país… esos y otros temas transita esta novela, llena de compasión y ternura por sus personajes, al punto de resultar conmovedora (sin por eso estar exenta de humor).

Dos planos de la existencia y una sola noche —¿con luna o sin ella?—, le bastan a Saunders para ofrecernos un hermoso alarde de inventiva y fabulación.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders. Seix Barral, 2018. Novela, 440 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 4 de noviembre de 2018).

Sin segundo nombre, de Lee Child

Por Martín Cristal

Una vida en busca de problemas

En 2017, Blatt & Ríos publicó Noche caliente, primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina. Traía dos historias cortas del héroe infalible que protagoniza todos los best-sellers mundiales de Child: el ex policía militar —y actual vagabundo en busca de problemas— llamado Jack Reacher.

Si se suman Noche caliente y el flamante Sin segundo nombre (con diez historias más, traducidas con igual eficacia por Aldo Giacometti) se obtienen los cuentos completos de Child-Reacher. Relatos de corta y mediana extensión que husmean en los intersticios de la vida del personaje: anécdotas que no se cuentan en las 23 novelas que abarcan sus aventuras (dos de ellas fueron llevadas al cine, con Reacher dentro del cuerpo —demasiado escaso— de Tom Cruise).

Quizás Child sea un mago de sólo dos trucos, pero no son dos trucos menores, y él los maneja muy bien: 1) el uso del suspenso y la intriga; 2) un estilo telegráfico que impulsa la acción —y la lectura— a máxima velocidad. Resultado: entretenimiento puro.

A grandes rasgos, la vida del duro Reacher se puede dividir en tres etapas: su niñez y juventud que, como hijo de un marine, transcurrieron en distintas bases militares del mundo (de hecho él nació en Berlín, en 1960); luego sus 13 años de servicio como policía militar, entre 1983 y 1996; y de ahí hasta el presente, su larga etapa como vagabundo libérrimo, que recorre Estados Unidos en ómnibus —sólo ocasionalmente vuela sobre los océanos—, sin más equipaje que un cepillo de dientes y sin más destino que los problemas.

Con esas coordenadas, el lector puede ubicar los cuentos de Sin segundo nombre aun sin conocer la biografía detallada de Reacher. Se encontrará con una de las primeras escaramuzas de su niñez, en una base de Okinawa; el chico tiene 13 años pero ya habla como el adulto que sus fans conocen (esta cualidad inalterable del personaje puede no gustar, pero fuera de eso el cuento es bueno). Otras derivas —encarcelamientos injustos, operativos contra espías, problemas en bares con mafiosos o secuestradores, la calculada asistencia a un fugitivo o la desinteresada a otros que lo pasan mal bajo la nieve— lo llevan por Maine, Nueva York, Washington, California, e incluso hasta Essex, Inglaterra. No faltan las peleas cuerpo a cuerpo ni las deducciones instantáneas y (casi) infalibles.

En un cuento le preguntan: “¿Es usted una persona ética, señor Reacher?”. “Hago lo que puedo”, responde él. En otro alguien lo tilda de psicópata: “¿Te refieres a si creo que me parece bien hacer lo que hago y después no sentir remordimientos? […] Entonces sí. Soy medio psicópata”. “Los viejos hábitos son duros de matar”, asegura en otra historia. Reacher nunca abandona el café ni la observación paranoica de quienes lo rodean.

En otros relatos dice que “cada día trae algo nuevo” y que “una cosa lleva a la otra”. Estas frases resumen la filosofía de un aventurero fuerte y confiado, con habilidades naturales o aprendidas, pero siempre bien dispuesto a enfrentar todo lo que el camino le depare.

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Sin segundo nombre. 10 historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2018. Relatos, 392 páginas. Traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de septiembre de 2018).

Cameron, de Hernán Ronsino

Por Martín Cristal

La voz de un viejo cuchillo

En una entrevista que le hice en 2013, Hernán Ronsino ya lo anunciaba: la novela que seguiría a las tres que ya había publicado —La descomposición, Glaxo y Lumbre, las cuales comparten personajes y una clara unidad de lugar— escaparía de ese “ciclo pampeano”. “Mi próxima novela”, decía, “tiene la intención de abrir una búsqueda distinta. Ésa es la idea. Aunque, después, uno se da cuenta que escribe siempre alrededor de los mismos temas”.

En Cameron, Ronsino (Chivilcoy, 1975) despunta esa intención y, a la vez, patentiza su propia advertencia sobre las repeticiones temáticas.

Distinta, sí, pero no radicalmente distinta, esta nouvelle propone el monólogo de Julio Cameron, las rutinas y sorpresas de su vejez en una ciudad ficcional. En su relato y en las infidencias de su inconsciente, se entrevé un pasado lleno de iniquidades.

Lo nuevo es que esa ciudad de fondo ya no es Chivilcoy. Sin nombrarse, al principio parece europea (influye el dato de que Ronsino terminó Cameron en Suiza, en una residencia para escritores). Sin embargo, la toponimia del lugar se enrarece hasta un cosmopolitismo que lo vuelve ilocalizable. ¿Austria, Alemania, la Patagonia?

Lo recurrente es cómo emergen, en la aparente tranquilidad de la trama, ciertos crímenes imbricados con los vaivenes de la Historia (la indefinición geográfica impide aseverar que sea la historia argentina, pero se le parece).

“Descubrir una idea, cristalizada o sostenida por un buen ritmo, me despierta el deseo furioso de contar”, dice Cameron; uno sospecha que es el autor quien así cuela su propia concepción del oficio narrativo. Para Ronsino el ritmo es fundamental. Son pocas las oraciones largas (o incluso las subordinadas) que se intercalan en su habitual corriente de oraciones breves, unimembres. Salvo alguna excepción no tan lograda, a Ronsino ese ritmo le funciona bien: le provee fluidez, mientras apuntala un estilo propio.

El inconsciente de Cameron se abre a lo inconfesable con la ingesta de pastillas. Los delirios o sueños —que en otros autores no aportan mucho a la trama— en esta nouvelle son centrales: señalan, con plasticidad, un pasado y una culpa. En ellos también reaparece un personaje anterior: Pajarito Lernú (cuya muerte era el disparador de Lumbre). Transfigurado, casi que aquí sólo presta su nombre a una figura difusa, sin conexión con el Lernú de las novelas anteriores. Este non sequitur —apenas validado por el onirismo de esas escenas— puede resultarle caprichoso al lector que venga siguiendo la obra de Ronsino.

Por internet circula una viñeta, firmada por Eneko, que dice: “La herida quiere que se recuerde” (aquello que la provocó); y enseguida, “El cuchillo quiere que se olvide” (que esa cicatriz la hizo él). Una dialéctica que liga a criminales y víctimas, al binomio “olvido-impunidad” con la dupla “memoria-castigo”. En Cameron, Ronsino ha elegido narrar con la  voz de un viejo cuchillo: Julio Cameron también “es de esos que quieren, de una vez por todas, dar vuelta la página de la historia y seguir adelante, mirar hacia el futuro y no hacia el pasado”. Y no por la sana filosofía spinetteana de que “mañana es mejor”, sino por pura conveniencia personal.

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Cameron, de Hernán Ronsino. Novela breve. Eterna Cadencia, 2018. 80 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 26 de agosto de 2018).

Personal, de Lee Child

Por Martín Cristal

Más aventuras para un héroe infalible

En 2017, cuando Blatt & Ríos publicó Noche caliente —el primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina—, vaticinamos que el grupo editorial que tenía los derechos del resto de Child seguramente aprovecharía esa iniciativa independiente —que para muchos lectores argentinos fue la entrada al universo del duro vagabundo y ex policía militar Jack Reacher— y mandaría desde España otros títulos protagonizados por este mismo personaje. Allá varios ya estaban traducidos al castellano, pero hasta entonces por acá sólo era posible conseguirlos en saldos o por internet.

El pronóstico se cumplió: muy poco después aterrizaron en nuestras librerías Zona peligrosa, Morir en el intento y Trampa mortal, las tres novelas inaugurales de la “Serie Jack Reacher”. Llegaron como recién salidas del horno, aunque lo cierto es que, en España, algunas se habían editado tiempo antes.

Ahora es el turno de Personal, con lo cual saltamos a la novela número 19 de la serie; Child (Inglaterra, 1954) ya lleva publicadas veintidós con este mismo personaje, cuya popularidad lo llevó al cine en el pellejo de Tom Cruise (un casting que no agradó mucho a los fans). En rigor, Personal fue editada en España en 2014; ganó el Premio RBA de Novela Negra de ese año.

En sus páginas, Reacher ya lleva veinte años retirado del ejército estadounidense. De pronto lo recontactan (“Tú puedes abandonar el Ejército, pero él a ti no te abandona. No del todo”). Quieren que le dé caza a un francotirador que amenaza una cumbre del G8, ya que Reacher lo conoce bien de cuando todavía era policía militar.

Personal es otro thriller que no da respiro. Child vuelve a esos dos o tres trucos fundamentales que conoce y le funcionan tan bien, set de talentos que incluye el dominio del suspenso, la intriga y un estilo cortante que hace fluir la acción a toda velocidad (excepto durante las peleas: ahí Child narra en cámara lenta, exprimiendo al máximo la tensión del momento). Esa velocidad narrativa es verificable en estas líneas del comienzo:

“Empezaron a buscarme dos días después del atentado contra el presidente de Francia. Lo había leído en el periódico. Un intento a larga distancia con un fusil. En París. No tuve nada que ver. Me encontraba a más de nueve mil quinientos kilómetros, en California, con una chica que había conocido en el autobús. Quería ser actriz. Yo no. Así que, después de cuarenta y ocho horas en Los Ángeles, ella se fue por su lado y yo por el mío”.

Como se ve en en fragmento, otro atractivo es la vuelta a la primera persona, tal como arrancó la serie (la mayoría de las siguientes novelas de Reacher están narradas en tercera). En buena parte de esta aventura, el héroe recorre un paisaje inusual para él: Europa. Además se descubren algunos detalles sobre su parentela. Y se lo ve confrontar a un villano inolvidable, una suerte de Kingpin inglés con una mansión hecha a su medida.

Personal califica alto entre las novelas de Reacher que conozco (mi favorita sigue siendo Mala suerte, de 2007). Es una buena noticia que se encuentre en librerías. Otra buena: pronto llegan los cuentos de Child. El título del volumen será Sin segundo nombre; son diez relatos de Jack Reacher en unas 300 páginas. Lo publicará Blatt & Ríos.

Sin pedirle peras al olmo, los que los lectores deben saber es que los libros de Lee Child son entretenimiento puro. Nada más. Nada menos.

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Personal, de Lee Child. RBA, 2014. Novela, 424 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 18 de marzo de 2018).

Lo mejor que leí en 2017

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2017:

  • Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet [leer reseña].
  • Éste es el mar, de Mariana Enriquez.
  • Vivir en la salina. Cuentos completos, de Elvio E. Gandolfo.
  • La voz, de Arnaldur Indridason [leer reseña].
  • Todo oscuro, sin estrellas, de Stephen King.
  • El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (en castellano; lo había empezado el año anterior en inglés) [leer reseña].
  • Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola [leer reseña].
  • La luz mala dentro de mí, de Mariano Quirós.
  • Las furias, de Renzo Rossello [leer reseña].
  • Stoner, de John Williams.

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Cinco policiales nórdicos (V)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason
De Dinamarca: Los chicos que cayeron en la trampa, de Jussi Adler-Olsen

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FINLANDIA

El hombre con cara de asesino,
de Matti Rönkä (Carelia del Norte, 1959)*

Novela publicada en 2002, primera de las del detective privado Víktor Kärppä, quien —a diferencia de otros investigadores relevados aquí— no está 100% del lado de la ley…

El caso: El señor Larsson le encarga a Kärppä que encuentre a su esposa Sirje, desaparecida. Sirje resulta ser hermana del mafioso estonio Jaak Lillepuu, lo cual lo hace todo más peligroso. Pero Kärppä está acostumbrado a lidiar con gente de esa calaña: ahí está su relación personal con el traficante ruso Ryzhkov, que contrabandea de todo a ambos lados de la frontera.

Mientras, un policía finlandés —Korhonen—, presiona cada tanto a Kärppä en busca de información sobre negocios turbios. Para colmo, reaparece una vieja amiga de Víktor: la KGB, con una misión a la que él no podrá rehusarse, aun cuando se creía eximido de esos servicios. En medio de todo, también peligrará la salud de su madre, qie todavía vive del lado ruso.

Un panorama complicado para un solo hombre, que sin embargo todavía tiene tiempo para conocer a una chica, Marja, y enamorarse de ella, por qué no.

El tono del personaje-narrador es convincente y fluido, aunque las escenas de acción parecen narradas un poco a las corridas y —hundido entre tantas subtramas— el caso no avanza nada durante el 80% del libro. De a poco se ve que es el típico policial en que el detective investiga un caso menor sin ver que lo están involucrando en un crimen mayor.

 

El investigador: “Yo tengo cara de decente”, dice de sí mismo Víktor; sin embargo, cuando todavía usaba su apellido ruso —Gornostáyev (que, como Kärppä en finés, también significa “armiño”)—, en el ejército le decían que era un “hombre que tenía cara de asesino”.

Existe una serie televisiva homónima, de producción finlandesa (hecha con menos recursos económicos que aquellas a las que nos tienen acostumbrados HBO o Netflix). La acción de este libro cubre sólo los dos primeros capítulos de la temporada inicial. El Kärppä de la serie no tiene mucha cara de asesino que digamos, aunque sí es bastante inexpresivo, no sabemos si por impericia actoral o por todo lo contrario: la inexpresividad ante el peligro es, precisamente, el rasgo principal de Kärppä.

Nacido y criado en la Unión Soviética, Kärppä es ingrio por parte de padre y finlandés por parte de madre, “ya que la familia de ésta escapó a la Unión Soviética tras la Guerra Civil Finlandesa de 1918”. Víktor ahora vive en Helsinki y no se mete en negocios ilegales, “al menos no por gusto o por un salario de mierda”.

Lo cierto es que, además de detective —oficio que ejerce desde una oficina que había pertenecido a un sindicato, del que además se agenció varios muebles—, Kärppä tiene sus otros curros. Él se justifica así: “Mi madre probablemente tendría menos canas y estaría mejor del corazón si yo fuera un ingeniero de Nokia, o granjero en Carelia. Pero no lo conseguí. Ni en Leningrado, ni en Sortavala, ni aquí en Finlandia. […] Pero tampoco me voy a pasar diez años trabajando en una alcantarilla sólo para merecer humildemente el derecho a ser finlandés”.

No por eso Kärppä carece de una ética: “Yo no mato, ni maltrato, ni robo, pero si me ofrecen que eche una mano en algún asunto a resultas del cual un Estado o un rico van a acabar teniendo menos, y yo voy a ganarme el pan, entonces lo hago. Y no me quita el sueño”.

 

El contexto socio-geográfico: marca permanentes diferencias y prejuicios entre finlandeses y rusos.

“Casi todos me contestaron con aspereza, creyendo seguramente que yo era ruso”, dice Kärppä, que además sabe que hablar finés con acento ruso amedrenta a los finlandeses: “Primero me dirigí a él en ruso, para después cambiar al finés, marcando el acento ruso: —Oiye, chafall, ¿tiyenes algúñ prrrobliyema? —el pobre tipo se aturulló intentando aclararme que había sido sin querer. Asunto zanjado”.

En otra parte, le dicen a Víktor: “Le creía en posesión de la tenacidad y entereza de los finlandeses, pero veo que es usted un flojo, como todos los rusos”. También en una fiesta, un finlandés hostiga a Kärppä: “Sí que fue una decisión extraña la del presidente Koivisto. Me refiero a esa sobre el estatus de los emigrantes retornados ingrios. Ahora los hay a miles y los problemas no hacen más que amontonarse. Y la Carelia rusa vacía, claro, porque los espabilados, que son los de origen finlandés —cómo no— se han venido todos para acá”. Al contexto histórico para comprender este comentario insidioso, Rönkä se ve obligado a explicarlo en un prefacio (con mapa y todo), que resulta ameno y de gran provecho para el lector.

Las diferencias entre unos y otros también son económicas. A una zona del barrio de Pakila se la llama “Pakila Dólar”; “a la otra zona del barrio, menos burguesa, la llamaban ‘Pakila Rublo’, aunque a mis ojos ambas zonas eran el vivo ejemplo de refugio idílico de la clase media finlandesa: casas de madera construidas originalmente en la posguerra, con tejados a dos aguas, y ampliaciones que sus sucesivos dueños les habían ido añadiendo, frondosos jardines y, entre ellos, apretujados en angostos solares, edificios multidimensionales de ladrillo y chalés adosados”. Por el contrario, el aspecto de los edificios del lado ruso se lo achaca al “realismo postsoviético, cuyo elemento característico es lo inacabado”.

Kärppä cruza varias veces la frontera Finlandia-Rusia. “A la aduana finlandesa no le interesaba demasiado quién viajaba a Rusia. Del otro lado, en el puesto fronterizo de mi Carelia natal, iba y venía la consabida manada de soldados serios y amodorrados con sus ametralladoras colgando, funcionarios de aduanas de uniforme azul, guardias fronterizos de verde y las habituales fulanas pintarrajeadas de aspecto descuidado”. Al regresar al lado finlandés, “el paisaje experimentó un cambio: todo era más limpio y más brillante, y hasta la primavera parecía estar más avanzada”.

En otro lado, declara: “No sabes la risa que me dio una vez cuando leí que el mayor abismo entre ricos y pobres se encuentra en la frontera entre México y California. ¡Una mierda!… El mayor abismo está en la frontera entre Finlandia y Rusia, en Värtsilä, en cuanto la pasas y llegas a Ruskeala”.

Calificación personal: 7/10.

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[*] En realidad, el grupo de lectura eligió la novela El sanador, de Antti Tuomainen, la cual, tras la lectura —con su mezcla de policial light incrustado en un contexto de CF postapocalítica light—, me dejó en un perfecto ni fu ni fa. Por esta razón, después, por mi cuenta, elegí leer esta novela de Rönkä, decisión a la que se plegaría el segundo grupo de lectura.

Cinco policiales nórdicos (IV)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason

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DINAMARCA

Los chicos que cayeron en la trampa,
de Jussi Adler-Olsen (Copenhague, 1950)

De 2008, es la segunda novela de la saga de Carl Mørck, la cabeza del Departamento Q: una unidad especial de la policía, dedicada a casos no resueltos.

 

El caso: A priori, nos interesaba la vueltita lógica del Departamento Q: no se trata aquí de resolver un caso actual, sino de revisar uno pasado. Hay que encontrar errores procedimentales (o corrupción, o encubrimientos, o falsas pistas) y recién entonces, con una nueva hipótesis, encarar una nueva investigación que esta vez sí consiga resolver el asunto.

Como Fossum, Theorin e Indridason, Adler-Olsen también empieza su novela con un teaser. Un hombre corre por un bosque; lleva las manos atadas detrás de la espalda y los ojos vendados con cinta adhesiva. Apenas consigue ver, pero corre lo más rápido que puede, porque sabe que otros hombres vienen a cazarlo.

La investigación en sí se inicia cuando en el escritorio de Carl Mørck aparecen los archivos de un caso de veinte años antes. El misterio es doble: a) ¿Quién (y por qué) dejó esa carpeta ahí?; y b) ¿Por qué a simple vista saltan tantas irregularidades en esa investigación original? ¿Cómo es que nadie la puso en duda?

Esa investigación original se retrotrae a 1987. En una cabaña, dos hermanos adolescentes fueron asesinados brutalmente. Los culpables podrían hallarse entre un grupo de jóvenes patricios, exitosos, ricos, prepotentes. Cuando uno de los sospechosos se entregó y confesó el crimen, el caso se dio por cerrado. Mørck activa su curiosidad y empieza a husmear por ahí; encuentra más pistas plantadas. Alguien quiere que ese caso se reabra sin importar que ya se haya dictado una condena al respecto.

En paralelo, la novela desarrolla dos líneas argumentales más: una que sigue el presente próspero de aquellos sospechosos que hace veinte años eran compañeros de un internado muy exclusivo, y que ahora son empresarios omnipotentes (exceptuando al que se culpó del crimen, quien todavía purga su condena en la cárcel); y otra que sigue la vida de una chica, que también integró aquel grupo de adolescentes, pero que ahora es una vagabunda que roba y se esconde en las inmediaciones de la estación de tren de Copenhague.

Leyendo el 10% inicial, se comprende que aquellos jóvenes (que recuerdan la relación riqueza-poder-aburrimiento-violencia-locura del American Psycho, de Bret Easton Ellis) no sólo son responsables del crimen de 1987, sino también de otros actos de violencia nunca esclarecidos; y que aun hoy todos ellos satisfacen su sadismo de distintas maneras, a excepción de Kimmie, la chica: si ella lleva años escondida en las calles de Copenhague, es porque sabe demasiado sobre ellos…

A diferencia de otras novelas en las que seguimos solamente al investigador mientras éste devela las zonas oscuras del caso hasta dar con un culpable, esta novela de Adler-Olsen se estructura como una partida de ajedrez: el lector es testigo de entrada de los movimientos de ambos contendientes. A medida que avanza, sigue los esfuerzos de una parte por resolver el caso, y de la otra, por evitar esa resolución.

Esta dinámica abierta de protagonista-antagonistas —que el guionismo hollywoodense ha sabido explotar muy bien— aquí tiene la contra de que a veces el lector sabe de antemano hechos que al policía le llevará muchas páginas corroborar: no hay ninguna sorpresa cuando por fin logra hacerlo, y así hay minucias que se dilatan. El principal defecto de la novela —sin contar el de ofrecer unos villanos sin matices— termina siendo éste: sus 512 páginas terminan resultando farragosas (la traducción tampoco ayuda). Un final que se pretende a toda orquesta no alcanza para disimularlo.

 

El investigador: El rasgo principal del subcomisario Carl Mørck es la ironía. Casi no hay diálogo que fluya solamente con los parlamentos de los hablantes; en todos, Mørck tiene que intercalar sus pensamientos sarcásticos off the record.

Como consecuencia de la novela anterior, sabemos que un compañero de Mørck terminó muerto en un tiroteo; otro, Hardy Henningsen, quedó paralítico en un hospital, cosa que mortifica al subcomisario. Una psicóloga de la policía, Mona, lo asiste al respecto; ella es el amor secreto de Mørck.

De carrera en la policía danesa desde que era un joven agente en las calles de Copenhague, Mørck ahora dirige el Departamento Q, cuya oficina queda en un sótano, y el cual tiene una seria escasez de personal.

Sólo dos personas colaboran con Mørck. En la calle, su asistente, el sirio Assad, que no es policía; no se entiende bien cuál sería su relación contractual con la fuerza, pero sí que muchas de sus intervenciones están construidas por Adler-Olsen como un comic relief, estrategia que se extiende también a un nuevo personaje que se introduce al Departamento Q en este libro: el de una nueva colaboradora interna, Rose, una pesada a quien nadie quiere en otras secciones de la policía, pero que puede ser eficiente cuando se lo propone.

Mørck es un tipo alto, que Rose describe sarcásticamente como “un tipo con un cinturón de cuero marrón, los quesos metidos en unos zapatones negros del cuarenta y cinco y pinta de no ser ni fu ni fa”, que además tiene “una calva con forma de culo en la coronilla”.

 

El contexto socio-geográfico: Algunos subrayados en tal sentido:

  1. “En comida no gastaba demasiado, pero gracias al Gobierno de la llamada conciencia sanitaria, el alcohol ya no era tan caro. Ahora destrozarse el hígado salía a mitad de precio, qué gran país”.
  2. “…puede permitirse comprar lo que le dé la gana. Armas incluidas. No tiene más que patear un poco el adoquinado de Copenhague para encontrar una amplia oferta, me consta”.
  3. “Carl no había visto semejante arrebato de indignación desde que el primer ministro reaccionara ante las acusaciones de la prensa con respecto a la intervención indirecta de los soldados daneses en varios casos de tortura en Afganistán”.
  4. Una noticia en la radio: “la amenaza del presidente de la derecha de acabar con el sistema de regiones que él mismo había exigido que se creara”.
  5. Mørck se burla de una delegación de noruegos que viene a conocer el Departamento Q. Para él son “un hatajo de desaboridos del país de los fiordos”; se ríe también de su idioma: “¿Cómo demonios era capaz de extraer una frase tan coherente de semejantes gorjeos?”. A su vez, los noruegos “estaban admirados de la sobriedad danesa y de que los resultados siempre fueran muy por delante de sus recursos y beneficios personales”.

Calificación del grupo: 6/10.

[Termina en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (III)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin

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ISLANDIA

La voz, de Arnaldur Indridason
(Reikiavik, 1961)

Publicada en 2002, es la quinta novela de la serie del inspector Erlendur Sveinsson.

 

El caso: En Reikiavik, en un hotel de doscientas habitaciones, encuentran —pocos días antes de Navidad— el cadáver de un portero. Gulli vivía desde hacía veinte años en un cuchitril perdido en el sótano del hotel; contratado por una administración anterior, ninguno de los trabajadores actuales del hotel lo conocía bien. Apenas sabían que se daba maña para arreglar lo que se rompía y que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades. Con ese mismo disfraz hallan el cadáver en su cuartucho, salvo que tiene los pantalones bajados, un preservativo puesto y una cuchillada en el corazón.

Ante la perspectiva de otra Navidad solitaria en casa, el inspector Sveinsson decide alojarse en el hotel, en plena temporada alta, para averiguar quién ha cometido el crimen. Esto incomoda a más de uno entre el personal, empezando por el gerente, que no quiere ahuyentar a los turistas.

La acción del libro va descubriendo distintos planos temporales: el presente de la investigación en el hotel, donde además Sveinsson se encuentra varias veces con su hija, Eva Lind; el pasado de Gulli, el drama de su niñez, narrado en retrospectiva (a este plano corresponde el teaser inicial de la novela); la niñez del propio Sveinsson, el recuerdo de una tragedia que forjó su personalidad; y un caso en paralelo —un niño presuntamente golpeado por su padre—, del que se nos informa en forma intermitente, y que es llevado adelante por una ayudante del inspector, Elínborg.

Todos estos planos, que inicialmente parecen inconexos, se van apuntalando mutuamente por proximidad temática: las relaciones filiales y fraternales resultan ser la columna fuerte de la novela.

 

El investigador: A Sveinsson no se lo describe físicamente; quizás, siendo el quinto libro de una serie, el autor ya da por conocidos los rasgos del héroe por cierta masa de lectores fieles. Por los diálogos —muy fluidos— podemos colegir que es un tipo pragmático, que no carece de sentido del humor, si bien el trasfondo de su vida es de corte trágico: una familia destrozada, en parte, por su propia indiferencia. Su ex mujer, Halldóra, lo odia; de su hijo (que no aparece en esta novela) se dice que es alcohólico; su hija, drogadicta en recuperación, abortó a una bebé hace algunos meses.

En la fragilidad de su condición emocional, Eva Lind parece buscar apoyo en su padre —y va a verlo muchas veces al hotel—, aunque cada vez que se encuentra con Sveinsson no puede evitar recriminarle el abandono con que casi la hundió en el olvido total durante años. En un intento por explicar(se) esta actitud distante, Erlendur le cuenta a su hija un episodio traumático de su niñez que no le ha confesado a nadie.

Como detective, Sveinsson es tenaz e insistente a la hora de las preguntas, a veces apilándoselas una sobre otra a los interrogados, casi sin dejarlos contestar. Al contrario del noruego Sejer, Sveinsson no les da información de más a los interrogados (“¿Cómo lo mataron?”, le pregunta uno; “es mejor decir lo menos posible”, contesta él). Algunos detalles se le escapan ingenuamente (demora mucho en pensar que en el hotel podría haber cámaras de seguridad, por ejemplo) y, si puede, evita esposar o detener por la fuerza a una persona para llevarla a la comisaría: les ofrece interrogarlas por las buenas, en el mismo hotel, sin escándalo, aunque eso no siempre es posible.

 

El contexto socio-geográfico: A Islandia se lo presenta como un país pequeño, marginal y provinciano, incluso con algunos complejos de inferioridad: “En este país tendemos a hacer una enormidad de cualquier minucia, y ahora más que en cualquier otro momento de nuestra historia; es como una costumbre de esta nación que jamás ha conseguido ser la primera en nada”. “En este país de enanos, nadie tiene derecho a destacar”, dice Elínborg, “nadie puede ser diferente en ningún sentido”. Otro personaje asegura que “Aquí todo tiene que ser nuevo. Todo lo viejo es basura. Nada merece la pena guardarse”.

Por otro lado, también se habla de una época en la que “la vida era imposible para los homosexuales en Islandia. La mayoría se marchaban del país”.

El turismo es una de sus principales fuentes de ingresos; los turistas llegan “extasiados por la belleza del lugar, aunque los precios de bares y restaurantes de la capital les parecían astronómicos”. Los productos de las tiendas para turistas cuestan “lo que ganaba él [Sveinsson] en un mes”.

En cuanto a la criminalidad, también va en aumento: “los delitos se han vuelto más violentos”; “siempre se está oyendo algo sobre el mundo de la droga y los matones, y cómo agreden a los jóvenes que deben dinero por la droga”. Sin embargo, cuando una turista pregunta “[Do] You have murders in Iceland?”, Erlendur le responde: “Rarely”.

Como curiosidad: las pruebas de ADN deben mandarse a hacer fuera del país.

Calificación del grupo: 8/10.

[Continúa en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (II)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anterior:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum

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SUECIA

La hora de las sombras, de Johan Theorin
(Gotemburgo, 1963)

Primera novela del autor, publicada en 2007. Abre “el cuarteto de Öland”, una serie de libros ambientados en esta isla sueca. Cada uno desarrolla su acción en una estación del año diferente; el primero de los cuatro corresponde al otoño. La frase “la hora de las sombras” hace referencia a la caída de la tarde, “el momento de contar historias espantosas”.

 

El caso: Como Fossum en El ojo de Eva, Theorin también inicia con un prólogo que funciona como flashback temprano, salvo que aquí está fechado: estamos en 1972. La acción es transparente, aunque no por eso unívoca: mientras su abuela duerme la siesta y su abuelo trabaja en unas redes de pesca, un niño de seis años aprovecha para escaparse de la casa. Ni bien sale a campo abierto, el pequeño Jens se pierde: ese día una densa niebla cubre la isla. Desorientado y en medio de la nada, Jens se encuentra con un hombre llamado Nils Kant.

En el siguiente capítulo nos enteramos que el niño jamás volvió a ser encontrado. Se lo dio por muerto, ahogado. Su madre, Julia, se culpa por a sí misma por haberlo dejado con los abuelos, y también los culpa a ellos por el descuido. Destrozada, vive en Gotemburgo y no volvería jamás a Öland, de no ser porque Gerlof, el abuelo del niño, la llama por teléfono desde un geriátrico, veinte años después, para contarle que alguien acaba de enviarle por correo una de las sandalias del chico.

(Como curiosidad: en mi relevamiento de policiales nórdicos para proponerle al grupo de lectura, me di con que los niños o jóvenes desaparecidos son recurrentes. Los hay en Sacrificio a Mólek, de Åsa Larsson; en Sin culpa, de Viveca Sten; en Elegidas, de Kristina Ohlsson…).

Hasta acá, el 5% inicial. A continuación La hora de las sombras se trama con dos líneas cronológicas entrelazadas: el presente de Julia y Gerlof en Öland, circa 1992; y el pasado: la vida de Nils Kant, desde su niñez en los años treinta.

 

El investigador: No hay un protagonista-detective o investigador de la policía (si bien un policía local se involucrará en el asunto). El rol central de la pesquisa lo lleva Gerlof, marino retirado y abuelo de Jens, en parte para reducir su propia culpa por la desaparición del chico, y en parte como una forma de rehacer el vínculo con su hija Julia. Junto con algún amigo tan viejo como él, Gerlof tiene sus teorías sobre lo que pudo haber pasado con Jens. Y quiere compartilas con Julia, pero…

Aquí aparece el más notable defecto de la novela: la manera en que Gerlof le difiere cierta información crucial a su hija. Resulta inverosímil. Por ejemplo, la manda al cementerio a ver una tumba, pero sin querer explicarle antes de quién es. ¡Que lo descubra ella (junto con el lector) cuando llegue allí!

Otro ejemplo, quizás más claro. Cito: “—¿Vais por algo relacionado con Nils Kant? —preguntó Julia. —Puede ser —dijo Gerlof—. Ya veremos. —Julia asintió con la cabeza: si su padre no quería darle más detalles no insistiría”.

El timing narrativo regula el suspenso; éste tiene como destinatario al lector. En esta novela es mucho mejor manejado cuando está a cargo del narrador (en tercera) de Theorin. En cambio, cuando lo pone en labios del propio personaje, éste le retiene información crucial no sólo al lector, sino sobre todo a su propia hija: le genera un misterio innecesario a ella. En lugar de mitigarle un dolor de años, Gerlof la hace sufrir más demorándole su conocimiento o sus sospechas sobre el desarrollo del caso.

Ocurre más de una vez con el mismo esquema: “Vamos a hacer tal cosa”, le dice él; “¿Por qué?” pregunta ella; “Ah, ya vas a ver”, contesta él, haciéndose el misterioso inútilmente. Este comportamiento no se corresponde con las motivaciones de reconciliación del personaje ni con sus sentimientos para con su hija.

Esta recurrencia llega a un punto tal que Theorin no puede evitar que el personaje de Julia le reclame a su padre sobre esos misterios con los que la mantiene en una nebulosa. Y entonces Gerlof declara: “Sólo creo que es mejor contar las historias a su ritmo. Antes la gente se tomaba tiempo para narrar historias, ahora todo tiene que ser deprisa y corriendo”. Lo cual es, otra vez, el autor hablando por boca de su personaje.

Hay otras chapucerías de la verosimilitud, como por ejemplo la difusión de cierto rumor por la isla (que involucra a unos soldados alemanes) sin que haya posibilidad de que eso pueda haberse difundido así; para justificar que haya pasado, Theorin recurre a la vaguedad multiuso del “por alguna razón” (“por alguna razón, se difundió un rumor acerca de…” Ajá). En otra ocasión, para sostener una hipótesis, Gerlof recurre al viscoso “lo presiento”, tan débil como argumento que apenas lo dice, Theorin agrega que enseguida “se dio cuenta de lo estúpido que sonaba”.

Me extiendo sobre estos detalles por mi interés en la factura narrativa, pero —en líneas generales— la novela atrapa y cumple su cometido de intrigar en un ambiente solitario y ominoso, para conducir al lector hacia un clímax thrilleresco que es todo un page turner, y que ofrece más que el epílogo que lo sucede.

 

El contexto socio-geográfico: Sin abrumar al lector con descripciones extensas, Theorin logra pormenorizar el paisaje de la isla: su soledad otoñal, su viento helado, sus playas regadas de piedras, sus pircas, las casas rústicas, los enebros y abedules, los bosques talados, el gran puente que comunica a los ölandeses con tierra firme…

En la traducción al castellano, algunos términos específicos como cantil o lapiaz (“la llanura de caliza estéril cubierta de hierba que ocupaba gran parte de Öland”) también contribuyen a la sintonía fina con ese paisaje particular, central para la novela.

En los casi sesenta años que transita la historia se deja ver el paso de una economía (decadente) de pescadores y marinos al de otra basada en el inevitable ciclo del turismo de cabotaje. La isla es desoladora en temporada baja, y el crimen de Jens no está desligado de este contexto económico general.

Calificación del grupo: 8/10.

[Continúa en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (I)

Por Martín Cristal

En los grupos de lectura que coordino, el último trimestre se dedica a la lectura de libros abarcados por un recorte determinado previamente por los participantes (puede ser un recorte geográfico, genérico, epocal, autoral, temático…). En uno de los grupos de este año, optamos por leer novelas policiales de autores nórdicos.

Cada participante propuso títulos de su interés, con la condición adicional de que hubieran sido publicados en los últimos veinticinco años; luego trajo sus argumentos a la reunión. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país nórdico diferente. A continuación mi comentario de cada novela, en el orden en que las fuimos leyendo. [*]

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NORUEGA

El ojo de Eva, de Karin Fossum
(Sandefjord, 1954)

Publicada en 1995, es la primera novela de la saga del inspector Konrad Sejer. La segunda novela de la saga, No mires atrás (1996), encumbraría a la autora en virtud de ciertos premios y reconocimientos obtenidos.

 

El caso: Las páginas iniciales se traman con tres falsos arranques. El primero es un yeite que descubriríamos habitual en thrillers policiales: narrar primero una escena muy breve, ambigua y ominosa, cuyos personajes son apenas delineados en forma elusiva y vaga. Suele tener aire a flashback temprano; en rigor es un teaser, eso que, en una película o en los episodios de una serie, iría incluso antes de los créditos iniciales.

De este modo el lector no puede todavía situar esa acción en la cronología del arco argumental, aunque se barrunte que es un vistazo a la escena del crimen o a algún momento de la vida del asesino. Tal vez su infancia, alguna escena crucial para que se convirtiera en lo que hoy es… (Ninguna de estas variantes será la verdadera en la novela de Fossum).

El segundo arranque se sitúa en la comisaría donde trabaja Sejer. El inspector está a punto de interrogar a la Eva del título.

El tercero es el más interesante: narra el hallazgo del cadáver de un hombre, a la vera de un río que cruza una ciudad (ésta no se nombra, pero por referencias sería Drammen). Al cuerpo lo encuentran Eva y su hija, Emma. Eva se mete a una cabina telefónica, para dar aviso a las autoridades; Emma queda fuera de la cabina y no puede escuchar que su madre, en realidad, no está llamando a la policía como acaba de decirle… Tras la llamada, la madre lleva a la hija a comer a un McDonald’s, como si nada.

Será otro transeúnte el que más tarde llame a la policía. Enviarán a Sejer, quien pronto ve que no se trata de un nuevo caso, sino de la continuación de uno anterior: el cadáver es el de un hombre al que habían dado por desaparecido hace meses.

A partir de este punto el libro va trenzando dos puntos de vista: el de Sejer y su investigación; y el de Eva, su vida como madre y sufrida artista plástica.

Si hubiera tenido a mi cargo escribir la contratapa, contaría sólo hasta aquí (un 5% del libro). Lamentablemente, la contratapa en castellano se va de la lengua y adelanta hechos que aparecen casi a la mitad del libro, lo cual hace que la lectura, en lugar de ser un camino de descubrimientos, se vuelva un mero acto de corroboración.

 

El investigador: “Sejer estaba hecho de un material muy sólido. Iba a cumplir cuarenta y nueve años, […] tenía los rasgos muy marcados y el rostro anguloso, los hombros rectos y anchos y la piel curtida pero bien conservada. Su cabello era hirsuto y de color acero, casi metálico, y muy corto. Tenía los ojos grandes y claros y el iris del color de pizarra mojada”.

Hasta ahí, lo físico. Los rasgos que reflejan su personalidad son algo remanidos: el policía viudo, solitario y melancólico, que vive solo (o con Kollberg, un enorme leonberger), encariñado con sus costumbres: prefiere su viejo Peugeot 604 a las patrullas del Departamento de Policía, fuma un único cigarrillo armado y se toma su whisky Famous Grouse antes de irse a dormir. Un tipo bonachón, tierno con su hija y con su nieto, aunque también sea capaz de acorralar y presionar a sus interrogados para que “canten”.

Hay que considerar que ésta es una serie de libros que Fossum planeó de entrada: sobre el último quinto de la novela ya aparecen puntas de un próximo caso, que queda abierto y por resolverse en la siguiente novela. Por ende, es casi seguro que el personaje de Sejer no muestre en esta primera novela todas las características que lo particularizan, sino que Fossum haya pensado en dosificarlas a lo largo de las siguientes entregas.

Otros rasgos de Sejer: odia aparecer en público; padece de eccema; toma helados de frutilla. Le gusta saltar en paracaídas. No es un gran cocinero. Y cree (¡qué sorpresa en un policía!) que la mayor parte de la gente es buena.

Lo que más me gustó de Sejer es que no afloja y que sabe improvisar sobre la marcha. No es tanto un deductivo-intelectual, sino un laburante que insiste, que repregunta, que sabe que con sólo estar presente ya se transforma en una fuente de presión para testigos e implicados (a los que a veces, sólo para verlos reaccionar, les brinda demasiada información sobre el caso). Sejer está atento a cualquier cambio en ellos. Si no puede seguir una línea investigativa, con tal de no permanecer ocioso abre otras que no parecen importantes; le funciona como quien se traba en una esquina de un gran rompecabezas y entonces decide tratar de armar la esquina opuesta, sabiendo que, a la larga, ambos sectores tendrán que conectarse.

 

El contexto socio-geográfico: Los datos sociales en la novela son pocos y están dispersos. Algunos dichos indican al pasar un creciente tráfico de drogas (aunque la novela no explore ese submundo): “La heroína se había apoderado seriamente de la ciudad, vistas las posibilidades de ese frío lugar barrido por el viento”; “Esta ciudad está llena de chiflados por el tema de la heroína”; “esto parecerá pronto Estados Unidos, y la culpa de todo la tiene la droga”.

Aparecen algunas cuestiones económicas que matizan ese paraíso social escandinavo que imaginamos desde Sudamérica: “A todo el mundo le hace falta dinero”, dice una mujer; un desempleado vende su auto porque dice que el dinero del seguro social no le alcanza para la gasolina. Tampoco puede pagarse el carnet.

Fuera de esto, Noruega no aparece muy particularizada; al contrario, se la da por sabida (como dije, ni siquiera se menciona en qué ciudad se desarrolla la acción, aunque sí se la describe y se habla de su tamaño mediano y de su baja tasa de crímenes).

Calificación del grupo: 7/10.

[Continúa en el siguiente post].

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[*] En el otro grupo de 2017 también leímos policiales, pero de distintas partes del mundo: cada miembro eligió un autor de un país diferente. Se estableció así un rico intercambio de información sobre el policial contemporáneo, que sirvió además como un modesto recorrido por el mundo, observado mediante la “lengua franca” del género. Los autores que comentamos —además de los cinco nórdicos que leí yo— fueron Jonathan Black (Irlanda), Petros Márkaris (Grecia), Keigo Higashino (Japón), Leonardo Padura (Cuba), Peter Temple (Australia), Louise Penny (Canadá), Abasse Ndione (Senegal), Roberto Ampuero (Chile), Michael Connelly (EE.UU.), Simon Beckett (Inglaterra) y Qiu Xiaolong (China-EE.UU.).

En las reuniones cada participante comentaba su experiencia de lectura ciñéndose a tres ejes: a) el caso (la trama); b) el investigador (el protagonista); y c) el contexto socio-geográfico, aquello que pudiera captarse del país en cuestión a través del libro. Con ese mismo esquema estructuré la presente serie de posts.

Las furias, de Renzo Rossello

Por Martín Cristal

Cronista del futuro terrestre

Las furias no se muestra exteriormente como un libro de ciencia ficción, ni es publicado por una editorial especializada; sin embargo, su lectura devela pronto que entreteje motivos propios de ese género. Según Elvio Gandolfo en la contratapa, se trata de “un registro del todo nuevo” en la obra de Renzo Rossello (Montevideo, 1960), autor usualmente centrado en el género policial.

¿Novela o libro de cuentos? Respuesta corta: ambas cosas a la vez.

Para una respuesta más larga y precisa, recurramos a un concepto de la ciencia ficción: el de fix up. Según Miquel Barceló (en Ciencia ficción: Nueva guía de lectura), un fix up consiste en el “montaje de diversos relatos interrelacionados formando un único volumen, para lo cual, si hace falta, el autor ‘rellena’ los huecos que deja el material disponible con algunas historias escritas precisamente para ese fin”.


Con esos “arreglos” a la medida solía venderse mejor un ramillete de cuentos publicados previamente en revistas, aunque luego el procedimiento también pudiera aplicarse a inéditos (como en el caso que nos ocupa). Un ejemplo famoso de fix up es Crónicas marcianas; Ray Bradbury contaba que al presentarle el libro al que sería su editor, éste le preguntó: “¿Tienes más material con el que podamos hacerle creer a la gente que está leyendo una novela?” (Resultó que Bradbury sí tenía: en esa misma oportunidad también le vendió a la editorial El hombre ilustrado, otro fix up).

Las furias presenta diez relatos ensartados por los apuntes de viaje de un periodista sueco, Gunnar Ejbert. A la vez, esos diez se encuentran enmarcados por otros dos: el inicial, “La desaparición de Will Hudson”, cuyo asunto queda claro desde el título (Hudson es un periodista conocido de Ejbert); y el de cierre, “Diario de las furias”, donde un militar deja testimonio del caos desatado tras el hallazgo de una puerta colosal en la ladera de un monte groenlandés (el Gunnbjorn, en el que Hudson había estado antes de desaparecer).

Esos misterios impulsan al lector a atravesar las demás historias. La estructura episódica permite considerarlas en forma independiente: Ejbert recopila relatos como “La noche de Antón”, sobre el impiadoso exterminio de unos mutantes; “La cura”, acerca de un operativo gubernamental obsesionado con la profilaxis de enfermedades cardíacas; el conmovedor “El hundimiento del edificio Excélsior”, acerca de la manifestación de los malestares espirituales de un viejo edificio; o el ciberpunk “Toda la verdad sobre el proyecto Kurtz”, donde se explica (¿demasiado?) cómo una nueva tecnología reconfigura el espionaje internacional. Otros destacables son “Mientras llueve sobre Ciudad Gótica” y “Juicio al monstruo nonato”.

Unas “Notas al pie del futuro reciente” revisan, al cierre del libro, su paleta temática. La adenda no aporta narrativamente; parecen apuntes del autor, ofrecidos (como decía Cortázar sobre los libros VI y VII de Adán Buenosayres) “un poco como las notas que […] incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero”.

Por lo demás, el conjunto funciona bien porque su ilación plantea cierta intriga (un aspecto menospreciado hoy por cierta narrativa que se autopercibe “exquisita”); también porque Rossello narra casi siempre con imágenes, como quería Mario Levrero; y porque el formato elegido lo ubica en un punto de equilibrio respecto de la habitual dicotomía “variedad/unidad”, dilema habitual en los volúmenes de cuentos.

La voluntad lectora se renueva ante cada relato, mientras la forma alienta un interés general. Esto hace que Las furias proponga una experiencia de lectura muy entretenida.

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Las furias, de Renzo Rossello. Estuario Editora, 2012. 152 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 5 de noviembre de 2017).

Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola

Por Martín Cristal

Hacia el hondo bajo fondo

Por su constancia, y por la claridad conceptual de su propuesta, Leonardo Oyola (La Matanza, 1973) se ha ganado un lugar propio entre los narradores que mixturan géneros populares. Más específicamente —y como bien lo define la solapa del libro Sultanes del ritmo—, Oyola “escribe policiales y le guiña un ojo a lo fantástico”.

En su obra, el término “fantástico” también abarca lo sobrenatural (estirándose hasta los superhéroes, como en Kryptonita, su novela llevada al cine por Nicanor Loreti); y “policiales” no contemplaría sólo a los relatos detectivescos, sino sobre todo a las perspectivas delincuenciales del género negro (como por ejemplo en la recientemente reeditada Chamamé).

En los ocho cuentos de Sultanes del ritmo, basta listar la “ocupación” de los protagonistas/narradores para relevar los puntos de vista predilectos del autor:

En “Matador” tenemos a un preso gay (aunque, para autodefinirse, él mismo usa la palabra “puto”); en “Oxidado”, a un viejo malandra que sale de la cárcel para atestiguar que el mundo de hoy no lo recibe con los brazos abiertos.

En “El fantasma y la oscuridad” —quizás el mejor relato del libro—, narra un montonero tucumano, circa 1976, cuando se la ve venir negra entre los cañaverales; en “Animétal”, un coreano que, junto a un linyera amigo, prende un fueguito para calentarse debajo de una autopista porteña.

En “De caravana”, hay un adicto al paco, con amigos tan adictos y sacados como él; en “Diablo III”, un asesino serial; y un secuestrador en “Estocolmo” (cuento que, como adelanto, también fuera publicado en la revista Palp). Sólo en “Rick Astley” —donde Oyola hace gala de su sentido del humor— tenemos por protagonista a un policía. Para más datos, pelirrojo. Y harto de su apodo.

Queda de manifiesto la intención de explorar los márgenes y el bajo fondo, el suburbio y la criminalidad. Oyola distingue muy bien la Ley de los códigos, y se centra especialmente en estos últimos (que entre los criminales abundan, al menos entre los de la ficción).

Para cada cuento, Oyola elige un léxico particular. Busca (o inventa) expresiones que delimiten el ámbito de la acción: eufemismos carcelarios, la jerga del hampa, el habla de un barrio o una claseEsa oralidad, crucial en su estilo, estructura la deriva de cada narración y contribuye a verosimilizarla (aunque la percepción sobre ese verosímil dependerá de lo que cada lector ya conozca sobre los ámbitos citados).

Esas voces y sus sociolectos particularizan cada relato, y les dan, a todos, un ritmo arrollador: los vuelven unos verdaderos “sultanes del ritmo” (esto, más allá de los juegos de palabras con canciones de Dire Straits, mediante los cuales Oyola justifica el título en los agradecimientos del libro). Otro ingrediente, habitual en el autor, son las referencias de la cultura popular —el rock, el cine—, que todo el tiempo saltan desde la página como pop corn recién hecho.

Es elogiable que Oyola busque finales contundentes. Estos cuentos piensan en el lector y quieren garpar —como aconsejaba Padgett Powell—; un afán evidente, más allá de que a cada lector luego le parezca que lo logren o no. En otras palabras: no tenemos aquí esos cuentos —tan frecuentes en cierta literatura argentina de hoy— que, aunque “bonitos” por su prosa, no pasan de contar una escenita sensible pero inconducente, o peor: que se truncan de repente con un final que se declara “abierto” —por no decir irresuelto— y que quiere pasar por “sugerente”. Abrir una historia, la abre cualquiera; convencer con su cierre es bastante más difícil (OK, it’s just my opinion).

Sultanes del ritmo va por su segunda edición; integra la colección “Cosecha Roja”, editada por el sello uruguayo Estuario, el cual —al reanudar su distribución en la Argentina— vuelve a ocupar un lugar en las librerías cordobesas tras algunos años de ausencia.

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Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola. Cuentos. Estuario Editora, Montevideo, 2016 [2013]. 120 páginas. Con un texto algo más breve, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 20 de agosto de 2017).