Umami, de Laia Jufresa

Por Martín Cristal

Vidas privadas

Umami, de Laia Jufresa (México, 1983), es una novela coral cuyos personajes son vecinos en una privada de la Ciudad de México.

Las viviendas en la privada Campanario están identificadas con “los cinco sabores que puede reconocer la lengua humana”. A las casas Dulce y Salado las ocupa la familia de Ana, hija de músicos de la Sinfónica que quiere sembrar una milpa en el patio; su hermana menor se ahogó tres años antes en un lago de los Estados Unidos.

En Amargo vive la xalapeña Marina, pintora y estudiante de diseño, muy sensible a los colores, pero frágil psicológica y emocionalmente.

El dueño de la privada, el antropólogo retirado Alfonso Semitiel, vive en Umami (quinto sabor con el que los japoneses definen a “lo delicioso”). Gran conocedor de los cultivos prehispánicos, Alfonso es viudo y pasa sus días escribiendo sobre su mujer, Noelia, cardióloga michoacana que falleció por las mismas fechas en que se ahogó la hermanita de Ana.

Estos duelos simultáneos y las estrategias para sobrellevarlos trazan lazos de afecto entre estos vecinos. Las voces y puntos de vista, alternados desde cinco años distintos (y con las mujeres siempre en primer plano), abarcan también el de la niña ahogada, Luz, que narra el presente previo al accidente en el fatídico 2001; y el de una amiga de Ana, Pina, que vive con su padre en la casa Ácido, y cuya madre la abandonó en 2000.

La prosa de Jufresa es fresca, vital, llena de humor y de particularidades en los sobreentendidos y las expresiones de los personajes. Y sobre todo, es también mexicana hasta las cachas (aunque la autora viva actualmente en España).

“Todo lo sabemos entre todos”, dice Alfonso Reyes en el epígrafe. Como suele ocurrir con los buenos relatos corales, el lector de Umami tiene una perspectiva privilegiada al poder superponer todos los puntos de vista narrativos alternados, y así tejer una visión completa de su cotidianeidad, de sus mitologías privadas y de su manera de sobrellevar las pérdidas y el paso del tiempo.

 

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Umami, de Laia Jufresa. Novela. Literatura Random House, 2014. 240 páginas.

La masacre de Kruguer, de Luciano Lamberti

Por Martín Cristal

Las fuerzas extrañas

Kruguer se parece un poco a La Cumbrecita, aunque con nieve garantizada en cada invierno. En 1987 el pueblo está listo para su tradicional Fiesta de la Nieve, pero ese 26 de junio brota una misteriosa psicosis colectiva: en pocas horas, sus casi cien habitantes se matarán entre sí con un perturbador surtido de crueldades.

“El hielo de nuestra cordura es fino y frágil”, dirá un comisario ante lo insoluble del caso. “Acá pasó algo que no puede explicarse en términos racionales”, afirmará un parapsicólogo (mucho más en su salsa que el otro).

Los lectores de La masacre de Kruguer tienen una ventaja sobre estos personajes en lo referido a la develación del misterio; se las otorga el autor, Luciano Lamberti (San Francisco, Córdoba, 1978) al iniciar la novela narrando la pretérita —y desconocida— caída de un meteorito en la región.

Este disparador suma al libro de Lamberti a la “lluvia de meteoritos” de la literatura argentina reciente (junto con Quedate conmigo, de Inés Acevedo, y Campo del cielo, de Mariano Quirós). La probada eficacia del recurso permite imaginar fuerzas extrañas que operen sin tener que explicarlas demasiado. Esa materia desconocida que llega del espacio puede ser una mancha voraz y gelatinosa (The Blob), o “eso” que se alimenta del miedo y suele adoptar la forma de un payaso maléfico (It, de Stephen King), o un “color que cayó del cielo” (otro meteorito, pero de H. P. Lovecraft). Es más raro, pero también podría ser un bien, la llegada de la vida misma, como en la teoría de la panspermia.

En Kruguer, lo que trae es un influjo de muerte, irradiado, sin forma (o apenas como una voz). En desorden cronológico bien concertado, Lamberti narra los efectos de esa anomalía. No hay contrato social que contenga los violentos impulsos desatados por esa interferencia sobrenatural. Las instituciones —la policía, los bomberos, los medios de comunicación— resultan inútiles.

La prosa es ligera, coloquial, con destellos de ironía y humor negro. En lo formal, ese “misterio de fondo” —que aúna las vidas de un pueblito idílico, mostradas de a poco— recuerda a El misterio de Crantock, de Sergio Aguirre (limpiando varios hectolitros de sangre, claro). Aunque hay dos diferencias radicales: donde Aguirre se reserva para el final un “misterio de misterios”, Lamberti nos muestra “el núcleo del disturbio” —Samanta Schweblin dixit— desde el principio (por eso contar acá lo del meteorito no es un spoiler). Y mientras Crantock es parejita y episódica, ensartando enigmas dispersos que finalizarán en una resolución conjunta, en Kruguer hay un elogiable “batido” de elementos varios: los capítulos en tercera persona se alternan con otros que compilan “testimonios” en primera (como hace Bolaño en Los detectives salvajes); como Puig, Lamberti también intercala materiales de códigos heterogéneos (fragmentos de un guión de telenovela, descripciones de fotos, la cronología del pueblo y hasta una cita del Facundo de Sarmiento). Así completa la trama y el ambiente, o brinda un alivio cómico. Esta decisión novelística me parece destacable.

El parapsicólogo —autor de un libro sobre la masacre— dice algo que resuena como si el propio Lamberti hablara de su novela: “Mi libro gira en torno a la idea de misterio. De esa parte de la experiencia humana para la que no hay palabras. Del misterio, la locura y la oscuridad en la que vivimos”. Y también, podría agregarse, del largo tiempo que lleva construir un pueblo, una familia —cualquier vínculo humano—, y de lo poco que cuesta reducirlos a cenizas.

 

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La masacre de Kruguer, de Luciano Lamberti. Novela. Literatura Random House, 2019. 208 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 18 de noviembre de 2019).

Breves respuestas a las grandes preguntas, de Stephen Hawking

Por Martín Cristal

Vuelta por el universo

“Para mis colegas, solo soy otro físico, pero para el público en general me convertí posiblemente en el científico más conocido del mundo. Esto se debe en parte a que los científicos, salvo Einstein, no son tan conocidos como las estrellas de rock, y en parte porque encajo en el estereotipo de un genio discapacitado”. Con esa claridad acerca de su propio rol como ícono de la cultura, Stephen Hawking (Inglaterra, 1942-2018) se presenta a sí mismo en su libro Breves respuestas a las grandes preguntas.

En un archivo personal, Hawking conservaba sus respuestas a las preguntas más frecuentes que recibía en intercambios y apariciones públicas. De ahí sale este libro póstumo que, según el editor, estaba en desarrollo cuando Hawking murió, y fue completado junto con colegas académicos, su familia y los administradores de su legado.

Como destaca Kip S. Thorne en la introducción, seis de las diez preguntas que compila el libro están “profundamente enraizadas” en el trabajo científico de Hawking (quien, entre otros hitos, contribuyó a la teoría del Big Bang y a la comprensión de los agujeros negros). Esas seis preguntas son las siguientes: ¿Hay un Dios? ¿Cómo empezó todo? ¿Podemos predecir el futuro? ¿Qué hay dentro de los agujeros negros? ¿Es posible viajar en el tiempo? ¿Cómo damos forma al futuro?

Las otras cuatro —¿sobreviviremos en la Tierra? ¿Hay más vida inteligente en el universo? ¿Deberíamos colonizar el espacio? ¿Seremos sobrepasados por la inteligencia artificial?— se alejan de las especialidades de Hawking, pero resultan igualmente interesantes (en especial la última de ellas). O incluso más, porque en las respuestas que les da Hawking se hace palpable su preocupación por el futuro de la humanidad.

El libro también trae un prólogo —completamente prescindible— firmado por el actor Eddie Redmayne (quien interpretara a Hawking en la película La teoría del todo); y un epílogo —más personal e intimista— escrito por Lucy Hawking, la hija del físico.

Sacando ese 20% de materiales adicionales, el resto es puro Hawking en modo “apto para todo público”. Los temas que, por su amplitud, parecen más difíciles de abarcar, el físico los desbroza con la mayor sencillez (el asunto de Dios, por ejemplo); mientras que en temas más específicos (como los posibles viajes en el tiempo) sus respuestas pueden resultar más difíciles de comprender.

En su decidida amenidad, y en el empeño de evitar fórmulas matemáticas que espantarían al lector no especializado, se percibe la auténtica vocación divulgativa del libro; tal vez no aporte demasiado a quienes ya seguían las publicaciones de Hawking, pero de seguro resultará delicioso para curiosos y recién llegados.

La edición se completa con un índice analítico que, en un libro como éste —con conceptos repetidos entre capítulos, y con temas cuyas fronteras se superponen—, resulta muy útil. Apurados por nuestra agendita semanal y enfrascados en nuestras minucias cotidianas, puede que no nos hagamos el espacio-tiempo mental para explorar estas grandes cuestiones. Acercarse a Hawking es una excelente oportunidad para reparar esa carencia.

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Breves respuestas a las grandes preguntas, de Stephen Hawking. Divulgación científica. Ed. Crítica, 2019. Traducido por David Jou Mirabent. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 20 de octubre de 2019).

The Power, de Naomi Alderman

Por Martín Cristal

The Power es una novela de ciencia ficción con mirada feminista. En un futuro lejano, alguien (un varón, irónicamente) escribe una novela histórico-documental sobre un pasado lejano… que sería casi nuestro presente, aunque alterado por un cambio radical: en las mujeres jóvenes ha aparecido el poder de irradiar electricidad. Los que parecen casos aislados de un fenómeno (¿evolución, mutación genética, recuperación de una capacidad dormida?) son sólo la avanzada de un cambio biológico masivo a nivel global.

No será fácil que las mujeres aprendan a controlar ese “power“, pero lo cierto es que ahora tienen tanta energía interior como para matar… si quisieran. Con la mujer convertida ahora en “el sexo fuerte”, la revolución femenina se desencadena y acelera; sin embargo sus matices siguen siendo tan complejos (hay religión y política y ejércitos en formación y células terroristas y machismos que se resisten y nuevas abusadoras y teorías conspirativas y criminales de todo tipo y fanáticos/as de distintos bandos…) que el conflicto pronto muestra aristas peligrosas para la supervivencia de la humanidad toda, sin distinción de género.

Amadrinada por la gran Margaret Atwood (dentro del Programa Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative), Alderman escalona la acción de este cisma histórico a lo largo de una década de cambios radicales. La prosa es ágil y sintética para comunicar un argumento concertado en saltos temporales que mantienen la intriga sobre cuál será el resultado de este “shock eléctrico” global.

La traducción, ibérica, es de Ana Guelbenzu. El título del libro se mantuvo en inglés, intuyo que para no perder el doble sentido de “poder” (político) y la “corriente o energía” (eléctrica). Esto es crucial, ya que Alderman establece una analogía permanente entre la ramificación de fenómenos naturales como los rayos eléctricos y la de la difusión de las manifestaciones y los cambios sociales.

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PD. Según noticias de este mismo año, Amazon ya ha dado luz verde para convertir este libro en una serie de diez episodios.

Fabricar historias [Building Stories], de Chris Ware

Por Martín Cristal

Rompecabezas de una vida ordinaria

Por sus dimensiones, la caja de Fabricar historias parece la de un juego de mesa. Incluso una de las piezas gráficas que contiene es un tríptico en cartoné forrado, similar al de un tablero de juego… pero no es eso, sino otro engranaje en una maquinaria narrativa apabullante: una historieta madura, de altísima complejidad, que se expande en 14 cuadernillos, revistas, diarios y folletos de distintos formatos. Esa abundancia de lujos impresos provoca tal excitación al abrir la caja que, en YouTube, pueden verse videos de fans que se filmaron a sí mismos en ese preciso momento. Por ejemplo:

Su autor integral, Chris Ware (EE.UU., 1967), es a la narrativa historietística lo que James Joyce a la literatura: un experimentador formal y un explorador de la naturaleza humana. Aunque para los amantes de las historietas Ware sea ineludible, se entiende que todavía no sea del todo conocido para el público (argentino) en general: sus libros, importados desde España, son caros y llegan en poca cantidad.

“Fabricar historias” es sólo un sentido del título original, Building Stories; otro sería “pisos de un edificio”. Eso —un viejo edificio de Chicago— estructura uno de los cuadernos, que podría tomarse por el inicio de la historia, aunque nada obliga a empezar por ahí. Vemos sus tres pisos en una perspectiva isométrica; los espiamos por las ventanas, o gracias a toda una pared ausente, que —como la “cuarta pared” teatral— nos deja atestiguar cómo viven sus habitantes. Una anciana (la dueña); una pareja que oscila entre la pelea y la reconciliación; y una chica con una prótesis en una pierna: el personaje principal.

Este primer cuaderno pudo leerse por entregas, los domingos de 2005 y 2006, en The New York Times (otros fragmentos de la obra aparecieron también en prestigiosas publicaciones como The New Yorker, McSweeney’s, o The Chicago Reader). El resto de la caja profundiza en la vida de esa chica anónima. “¿No puede haber [un libro] sobre gente normal, con vidas corrientes?”, se pregunta ella en un cuadrito donde Ware justifica sus propios intereses.

El estilo es el que el autor ha depurado para todas sus historietas: colores casi sin degradés, trazo limpio y línea cerrada, obediente de la síntesis geométrica. Ésta se extrema en los dos cuadernillos dedicados a las fábulas de una abejita: Branford, personaje infantil y alivio cómico cuya “historia dentro de la historia” no comparte del todo el tono del material restante.

La hondura del tratamiento temático, los layouts —variables, a veces cercanos al diagrama infográfico— y el pequeñísimo cuerpo que puede adoptar la tipografía obligan a una lectura detenida, cercana. Detalles como un prendedor pueden reaparecer, cargados de sentido y fatalidad, muchas páginas después. Esto —y los saltos temporales, y las ramificaciones de la trama— hacen que el término “novela gráfica” (que no preferimos sobre “historieta”) resulte, a pesar de todo, muy útil para definir este trabajo de Ware.

Una página muestra a la protagonista bastante mayor, contándole a su hija sobre un sueño en el que se veía a sí misma con “su libro”, que alguien había publicado:

“Lo tenía todo… mis diarios, los relatos de mis cursos de escritura, incluso cosas que no sabía que había escrito…”. […] “Todas las ilustraciones […] eran tan precisas y nítidas que era como si las hubiese dibujado un arquitecto… eran tan coloridas e intrincadas…”. “Y no era, no sé, tampoco era un libro en realidad, sino… trozos, como si cayeran libros de un cartón…”.

Más que un juego de mesa, entonces, Fabricar historias de Chris Ware es un rompecabezas: el de la vida de una chica sin nombre y sin media pierna, que apela a la introspección para capear sus inseguridades, sus insatisfacciones y el temporal grisáceo de una soledad muy parecida a la de todos nosotros.

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Fabricar historias, de Chris Ware. Historieta. Penguin Random House (Reservoir Books), 2014 [2012]. Caja con 14 cuadernillos de diversos formatos. Recomendamos este libro-objeto en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 11 de agosto de 2019).

Doscientos canguros, de Diego Muzzio

Por Martín Cristal

Cuesta hablar de lo que más nos duele

No sólo hay doscientos canguros en el libro homónimo de Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969). En sus siete cuentos también desfilan leones, tortugas, ballenas… Los animales aportan su presencia concreta, pero también ofrecen un símbolo enigmático, o encarnan una fantasía infantil, o dan pie para el absurdo.

El absurdo, precisamente, prevalece en “El Hombre Neutral”, donde una invasión de conejos inutiliza una pista de aterrizaje; la situación reaparecerá de soslayo en otros cuentos, como un divertido cruce argumental. Cabe advertir que, por su atmósfera enrarecida, quizás este cuento no sea el más representativo del conjunto. Arriesgo que en la decisión de ponerlo primero gravitó la transparencia con que muestra el tema recurrente del libro: las relaciones paterno-filiales (y también las fraternales, pero siempre como secuela de las otras).

Ese tema se confirma en “Los discípulos de Buda”; de sesenta páginas y corte realista, tal vez sea el mejor cuento del libro. Una familia se resquebraja por el enloquecedor talento ajedrecístico de uno de los hijos, y por la ambición paterna de aprovecharse de ese talento, y por las arbitrariedades más tenebrosas de la historia argentina. Con cameos de Bobby Fischer y Miguel Najdorf, el cuento sigue dos líneas temporales en una trama casi cinematográfica, que gambetea todo lo previsible. Lo sigue “El caza Zero”, una variación más acotada de “Los discípulos…”. Su encierro inicial lo propician una tintorería esclavizadora y la represión emocional de una familia japonesa.

“El cielo de las tortugas” amplia el juego. Primero, en lo formal: en vez de un narrador único, el cuento alterna monólogos que componen un dilema moral alrededor de la enfermedad terminal de una niña. Y segundo, en lo temático: porque en ese coro aparece una madre que equilibra la preeminencia paterna, tan marcada en los cuentos anteriores, donde ellas estaban casi elididas.

Otro cuento memorable, “Caballo en llamas”, articula una historia de amor y la Guerra de Malvinas. Aquí un padre que buscaba perjudicar a su hijo, lo empuja por un camino peligroso, que sin embargo el hijo, con los años, agradece, aunque no sin pagar un alto precio.

El cuento “Doscientos canguros” abre con una cita de Murakami cuya fuente parafrasea a Salinger; la lectura íntegra del relato reafirma la sospecha de que Salinger sería su verdadero modelo tutelar. La escena de una madre (en una casa junto a un lago) tratando de averiguar por qué está enfurruñada su hija recuerda aquella otra de “En el bote”, salvo que aquí la ternura materna nunca llega para aliviar el disturbio emocional. A su modo, la niña —una vez más— le endosará esa frustración a su hermana.

Cierra otro relato coral, “La estructura de los mamíferos”, cuyas primeras diez líneas constituyen uno de los inicios más potentes de la cuentística argentina reciente (y, de paso, nos presentan a la madre más patética de todo el libro).

La cohesión temática, la fluidez del estilo, su lenguaje contemporáneo y una buena paleta de recursos narrativos hacen de Doscientos canguros una experiencia de lectura más que recomendable.

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Doscientos canguros, de Diego Muzzio. Cuentos. Entropía, 2019. 232 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de junio de 2019).

Soundtrack de Se está haciendo tarde (final en laguna), de José Agustín

Una relectura musical

Cuando viví en México, leí con placer la novela de José Agustín Se está haciendo tarde (final en laguna); lo hice en la edición de 2001 de Joaquín Mortiz. Disfruté de la frescura del texto, intacta a partir de su manejo del lenguaje coloquial. Admiré la representación epocal y generacional, manifiesta no sólo en esas formas del habla mexicana, sino también en la manera de expresar la diversión (las vicisitudes del consumo de drogas, el “reventón”); también la libertad de los juegos tipográficos y la ambición joyceana de seguir el adentro/afuera de los personajes a lo largo de un solo día, estructurado en escenas casi teatrales. Y por supuesto me divertí con su sentido del humor, que aparece aquí y allá y es capaz de convivir con el azoramiento, la tristeza y el puro malviaje.

Al volver a la Argentina, no me traje el ejemplar: craso error. Por suerte, hace un par de años, en la Feria del Libro de Córdoba, pude conseguir la edición conmemorativa de Nitro/Press (México, 2017), la cual incluye valiosos materiales adicionales. Pensaba leer sólo esa sección de extras, pero terminé releyendo la novela completa.

En la relectura del libro el placer fue aún mayor, en parte por el reencuentro con su propia variante de la lengua mexicana (la juvenil-rockera de los años sesenta/setenta) y en parte porque ahora, con Google, pude bucear sin demora en las abundantísimas referencias musicales de la novela respecto del rock de aquellos años. Son tantas las menciones de bandas, discos, canciones y letras que pensé que podría confeccionarse un verdadero soundtrack para las aventuras de Rafael, Virgilio y sus amigos.

Las bandas de rock que José Agustín menciona son anteriores a mi propia existencia (nací en 1972, seis meses después de que él terminase este libro). A algunas las conocía, pero a varias nunca las había escuchado hasta ahora. Buscarlas en YouTube y escucharlas, sólo eso, ya me significó una gran ganancia. Por cierto, mi disco favorito entre los nuevos que escuché —nuevos para mí se entiende— es It’s a Beautiful Day (1969), de la banda homónima. Precioso.

Infografía: recorrido geográfico y musical de Se está haciendo tarde (final en laguna)

Así que, por las puras ganas de hacerla, terminé diseñando la siguiente infografía. Me ayudé con Google Maps; no conozco tanto Acapulco, donde he estado sólo un par de veces (y, claro, nunca a principios de los setenta). Las referencias, entonces, son aproximadas.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo en detalle.

 

Posdata sobre el tiempo de la acción

La acción de Se está haciendo tarde… transcurre en un día, desde las 6:00 de la mañana hasta el anochecer. El texto no especifica mes o año exacto; sólo dice, en la primera página, “a principios de los años setenta”.

Al relevar la discografía, descubrí que los álbumes más recientes que aparecen en el texto son de 1970. Salvo error u omisión de mi parte, no hay ninguno de 1971 ni de 1972, aunque el autor dató el cierre del proceso de escritura a fines de abril de 1972.

Pero resulta que aparece un disco de 1973: Wilson Pickett’s Greatest Hits. Así, la acción de la novela tendría que transcurrir, como muy temprano, en 1973. Sin embargo, eso sería un año después de que José Agustín terminó de escribirla… lo cual resulta por lo menos extraño. ¿Habrá sido agregado más tarde, ese disco? Tras consultar la discografía de Pickett en Wikipedia me inclino a pensar que José Agustín tal vez incluyó ese compilado del músico pensando en otro anterior, que tiene un nombre bastante parecido: The Best of Wilson Pickett, de 1967. Por cierto, en ambos compilados se incluye el tema “Funky Broadway”, mencionado en la novela.

Si este último fuera el caso, entonces podría decirse que la acción transcurre, más lógicamente, en 1970… pero, atención: el más reciente de los discos de ese año mencionados en el texto es The Worst of Jefferson Airplane, una recopilación publicada en noviembre de 1970. Así que, o bien la acción tiene lugar en noviembre/diciembre de 1970, con el disco de Jefferson Airplane recién salido del horno, o —más holgadamente— todo sucede a principios de 1971, cuando los personajes todavía no han adquirido discos o cassettes aparecidos en ese mismo año.

(Por cierto: creo detectar otro posible desliz en la atribución del álbum Atmosphères a Édgar Varèse, el cual no conseguí ubicar vía Google. Se me ocurre que quizás se trata de una confusión con uno de György Ligeti, muy conocido en los sesenta porque Stanley Kubrick lo usó en parte para su película 2001: Una odisea espacial. Si alguien puede aclararme este punto, se lo agradeceré).

Y si alguien ya hizo (o se anima a hacer) una lista de Spotify o de YouTube con el soundtrack completo, se agradecerá mucho que comparta el enlace en los comentarios.

Actualización del 13/7/19: Isaac Meléndez se animó ¡y creó la lista de Spotify! Pueden escucharla en este enlace.

Mapas literarios. Tierras imaginarias de los escritores, por Huw Lewis-Jones (ed.)

Por Martín Cristal

Locos por los mapas

La edición de Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores es lujosa: trae 167 ilustraciones a color en un señor papel de 21 x 30 cm, con tapas enteladas y sobrecubierta. Puede resultar muy cara para el pauperizado bolsillo argentino; sin embargo, a quienes les fascinen los mapas de tierras imaginarias (o reales pero no del todo exploradas) sin duda este libro les parecerá irresistible.

Su compilador es Huw Lewis-Jones (Inglaterra, 1980), historiador de la exploración y doctor por la Universidad de Cambridge. También es director de arte, editor y autor de otros libros relacionados con la exploración del Ártico, el Everest y la Antártida.

Dos docenas de autores —incluido él mismo— aportan ensayos histórico-filosóficos, crónicas y memorias personales sobre el asunto de los mapas. Están, entre otros, David Mitchell (El atlas de las nubes), Cressida Cowell (Cómo entrenar a tu dragón), Philip Pullman (La materia oscura, trilogía base para la película La brújula dorada) y Brian Selznick (La invención de Hugo Cabret). También diseñadores como Miraphora Mina o Daniel Reeve, responsables de los mapas en las películas de Harry Potter o El hobbit, respectivamente.

Mapa de la Tierra Media para la película de El señor de los anillos. Daniel Reeve hizo un pequeño cambio respecto del original de los libros: “El golfo de Lune, en Eriador, ahora guarda un ligero parecido con el puerto de Wellington, en Nueva Zelanda”, país donde se filmó la película (Reeve es neozelandés) [pág. 164 del libro].

No es un tratado exhaustivo sobre la cartografía; el conjunto de los textos resulta más variopinto que sistemático (por ejemplo hay algunos conceptos que se repiten a lo largo del libro). La ventaja es que así el lector circula por sus páginas con total libertad, zigzagueando entre los artículos, salteándose alguno según su curiosidad o hilando la lectura desde la exploración preliminar de las ilustraciones.

Porque, por muy interesante que sean algunos textos (o descubrir que aquella idea borgeana del mapa en escala 1:1 ya estaba en la última novela de Lewis Carroll), la verdadera gloria de este libro son los mapas. Entre los ficcionales muestra un grabado de 1518 con la isla Utopía, de Tomás Moro. Hay un corte de los círculos dantescos pintado en pergamino por Botticelli. Están la isla de Crusoe, tal como apareció en la edición de 1720, y el mapa del tesoro de Stevenson y el que Rider Haggard incluyó en Las minas del rey Salomón. El condado de Yoknapatawpha dibujado por Faulkner, y el plano del estanque Walden, de Thoreau. La hojita de una libreta en la que Jack Kerouac dibujó los viajes de En el camino. El bosque de Winnie The Pooh (¡creado en 1926!), la Neverland de Peter Pan, el reino de Oz y el mapa que abría las historietas de Astérix.

Y Terramar, de Úrsula K. Le Guin. Y los Siete Reinos de George R. R. Martin. Y muchas versiones de Ásgard, de Narnia y de la Tierra Media de Tolkien. Y dos portentosas infografías sobre Moby Dick y Huckleberry Finn. Incluso los mapas de juegos de rol como el primigenio Calabozos y dragones tienen su lugar en este libro, en la medida en que también son ficciones (interactivas).

Infografía (portrait map) sobre la novela Moby Dick, de Herman Melville. Diseño de Everett Henry realizado en 1956 para “una imprenta que deseaba presumir de sus tintas de alta calidad”. Ese mismo año se había estrenado la versión fílmica de la novela, con Gregory Peck como el Capitán Ahab [pp. 30-31 del libro].

Todos estos mapas ficcionales —algunos no incluidos en las ediciones de los libros, sino tomados de los cuadernos donde los autores pergeñaron sus obras— se alternan con otros históricos, de territorios verdaderos. Esa intercalación evidencia como el mapa imaginario intenta pasar por real —de ahí que haya autores de ficción que basan sus territorios fantasy en mapas carreteros actuales—, pero también cómo los mapas reales siempre incorporaron elementos imaginarios, al menos antes de arribar a la frialdad práctica del GPS y Google Maps. El mundo se exploraba sobre el terreno, sin satélites y paso a paso; siempre quedaban zonas por descubrir. ¿Qué dibujar ahí?

Según Aldo Leopold, “para aquellos que no tienen imaginación, un lugar en blanco en el mapa es un desperdicio; para los demás es la parte más valiosa”. Una palabra que rima con “misteriosa”, pero también con “peligrosa”.

Así, en su mapamundi del siglo XVI, Abraham Ortelius escribe, sobre todo el continente blanco del sur: terra australis nondum cognita (“tierra austral todavía no conocida”).

Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelius (1570). Uno de los mapas más conocidos del siglo XVI. “En el sur hay un continente enorme basado en mitos y rumores” [pp. 24-25 del libro].

Ortelius también rodea a su volcánica Islandia con monstruos marinos amenazantes, basándose en historias danesas y cuentos tradicionales. La leyenda “aquí hay dragones” (hic sunt dracones) se consignaba en esas zonas misteriosas de los mapas antiguos para decir: cuidado, este lugar está inexplorado. De él sólo tenemos mitos y leyendas.

Con el título original de The Writer’s Map, este deslumbrante compendio de Lewis-Jones se editó simultáneamente en varios idiomas. No debe ser confundido con otro libro vistoso para la mesita del living. Mapas literarios es un viaje fascinante por los territorios de la abstracción y por la abstracción de los territorios.

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Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores, edición de Huw Lewis-Jones. Blume, 2018. 256 páginas. Con una versión más corta del presente artículo, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 24 de febrero de 2019).

Lo mejor que leí en 2018

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2018:

  • El cuento de la criada, de Margaret Atwood.
  • Moronga, de Horacio Castellanos Moya.
  • Francamente, Frank, de Richard Ford.
  • El hijo judío, de Daniel Guebel.
  • Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem.
  • Mapas literarios. Tierras imaginarias de los escritores, de AA.VV. (edición de Huw Lewis-Jones).
  • Nana, de Chuck Palahniuk.
  • Una casa junto al Tragadero, de Mariano Quirós.
  • Los sordos, de Rodrigo Rey Rosa.
  • El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks.
  • Lincoln en el Bardo, de George Saunders [leer reseña].
  • Frankenstein, o El moderno Prometeo, de Mary W. Shelley (con prólogo de Alberto Manguel).
  • Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran [leer reseña].
  • Paisaje con grano de arena, antología de Wislawa Szymborska.
  • 1280 almas, de Jim Thompson.

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[Ver lo mejor de 2017 | 2016 | 2015 | 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Por Martín Cristal

La noche de los muertos vivientes

George Saunders (Texas, 1958) ya era reconocido como uno de esos cuentistas que en cada relato varían las formas narrativas, poniendo a prueba sus límites y desafiando al lector. Algunos de esos experimentos pueden leerse en libros como Guerracivilandia en ruinas, Pastoralia o Diez de diciembre.

Cerca de sus sesenta años, Saunders —que enseña escritura creativa en la Universidad de Syracusa, Nueva York, donde en su momento fue alumno de Tobias Wolff— se probó al fin en el terreno de la novela con Lincoln en el Bardo. En 2017, el libro ganó el prestigioso premio Booker (a la mejor novela escrita en inglés y publicada en Inglaterra).

Saunders basa su libro en un hecho histórico, sobre el que agrega capas y capas de imaginación. El hecho: la muerte, con sólo 11 años, del hijo de Abraham Lincoln, justo cuando el presidente norteamericano enfrenta la Guerra Civil. Abrumado por la pena, Lincoln visita la tumba de su hijo a solas, en una noche de febrero de 1862.

Pero el “Lincoln” del título no es Abraham, sino su hijo, Willie; y el “bardo” en el que se encuentra no refiere a ningún quilombo (ni a ninguna otra de las acepciones que en la Argentina le damos a esa palabra), sino a un concepto del budismo tibetano: el Bardo es el estado astral intermedio del alma entre su muerte y su reencarnación.

Dicho concepto, mezclado con la cosmovisión cristiana —imposible no pensar en el Limbo dantesco—, resulta en un relato coral cautivante, que opera en un “más allá” con reglas propias.

La novela intercala dos planos narrativos: por un lado, los hechos terrenales, históricos, agrupados mediante un collage de citas bibliográficas (verdaderas e inventadas); y, por otro lado, los relatos de ese más allá en el que Willie ahora escucha las historias de otras almas. Son muertos que no admiten su condición de tales, y cuyas voces se alternan como en un texto teatral (salvo que se indica quién habla al final de cada parlamento, y no al principio).

En 108 capítulos breves y brevísimos, Saunders ensambla cientos de parlamentos. Algunos son torrenciales; otros, no van más allá de un tweet. Esa alternancia de voces muertas hace de Lincoln en el Bardo una actualización de la centenaria Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Aquí el cementerio es el de Oak Hill, en Washington.

Una especulación metafísica, pero también las pérdidas, el luto, los anhelos que duran más que las vidas truncas; el maltrato que nos prodigamos entre los seres humanos; el amor paterno-filial; la vida pública y privada de un hombre público, sus responsabilidades entreveradas en los dos ámbitos; las infinitas versiones que compondrán, luego, la biografía de ese gran hombre y la historia de su país… esos y otros temas transita esta novela, llena de compasión y ternura por sus personajes, al punto de resultar conmovedora (sin por eso estar exenta de humor).

Dos planos de la existencia y una sola noche —¿con luna o sin ella?—, le bastan a Saunders para ofrecernos un hermoso alarde de inventiva y fabulación.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders. Seix Barral, 2018. Novela, 440 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 4 de noviembre de 2018).

Sin segundo nombre, de Lee Child

Por Martín Cristal

Una vida en busca de problemas

En 2017, Blatt & Ríos publicó Noche caliente, primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina. Traía dos historias cortas del héroe infalible que protagoniza todos los best-sellers mundiales de Child: el ex policía militar —y actual vagabundo en busca de problemas— llamado Jack Reacher.

Si se suman Noche caliente y el flamante Sin segundo nombre (con diez historias más, traducidas con igual eficacia por Aldo Giacometti) se obtienen los cuentos completos de Child-Reacher. Relatos de corta y mediana extensión que husmean en los intersticios de la vida del personaje: anécdotas que no se cuentan en las 23 novelas que abarcan sus aventuras (dos de ellas fueron llevadas al cine, con Reacher dentro del cuerpo —demasiado escaso— de Tom Cruise).

Quizás Child sea un mago de sólo dos trucos, pero no son dos trucos menores, y él los maneja muy bien: 1) el uso del suspenso y la intriga; 2) un estilo telegráfico que impulsa la acción —y la lectura— a máxima velocidad. Resultado: entretenimiento puro.

A grandes rasgos, la vida del duro Reacher se puede dividir en tres etapas: su niñez y juventud que, como hijo de un marine, transcurrieron en distintas bases militares del mundo (de hecho él nació en Berlín, en 1960); luego sus 13 años de servicio como policía militar, entre 1983 y 1996; y de ahí hasta el presente, su larga etapa como vagabundo libérrimo, que recorre Estados Unidos en ómnibus —sólo ocasionalmente vuela sobre los océanos—, sin más equipaje que un cepillo de dientes y sin más destino que los problemas.

Con esas coordenadas, el lector puede ubicar los cuentos de Sin segundo nombre aun sin conocer la biografía detallada de Reacher. Se encontrará con una de las primeras escaramuzas de su niñez, en una base de Okinawa; el chico tiene 13 años pero ya habla como el adulto que sus fans conocen (esta cualidad inalterable del personaje puede no gustar, pero fuera de eso el cuento es bueno). Otras derivas —encarcelamientos injustos, operativos contra espías, problemas en bares con mafiosos o secuestradores, la calculada asistencia a un fugitivo o la desinteresada a otros que lo pasan mal bajo la nieve— lo llevan por Maine, Nueva York, Washington, California, e incluso hasta Essex, Inglaterra. No faltan las peleas cuerpo a cuerpo ni las deducciones instantáneas y (casi) infalibles.

En un cuento le preguntan: “¿Es usted una persona ética, señor Reacher?”. “Hago lo que puedo”, responde él. En otro alguien lo tilda de psicópata: “¿Te refieres a si creo que me parece bien hacer lo que hago y después no sentir remordimientos? […] Entonces sí. Soy medio psicópata”. “Los viejos hábitos son duros de matar”, asegura en otra historia. Reacher nunca abandona el café ni la observación paranoica de quienes lo rodean.

En otros relatos dice que “cada día trae algo nuevo” y que “una cosa lleva a la otra”. Estas frases resumen la filosofía de un aventurero fuerte y confiado, con habilidades naturales o aprendidas, pero siempre bien dispuesto a enfrentar todo lo que el camino le depare.

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Sin segundo nombre. 10 historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2018. Relatos, 392 páginas. Traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de septiembre de 2018).

Cameron, de Hernán Ronsino

Por Martín Cristal

La voz de un viejo cuchillo

En una entrevista que le hice en 2013, Hernán Ronsino ya lo anunciaba: la novela que seguiría a las tres que ya había publicado —La descomposición, Glaxo y Lumbre, las cuales comparten personajes y una clara unidad de lugar— escaparía de ese “ciclo pampeano”. “Mi próxima novela”, decía, “tiene la intención de abrir una búsqueda distinta. Ésa es la idea. Aunque, después, uno se da cuenta que escribe siempre alrededor de los mismos temas”.

En Cameron, Ronsino (Chivilcoy, 1975) despunta esa intención y, a la vez, patentiza su propia advertencia sobre las repeticiones temáticas.

Distinta, sí, pero no radicalmente distinta, esta nouvelle propone el monólogo de Julio Cameron, las rutinas y sorpresas de su vejez en una ciudad ficcional. En su relato y en las infidencias de su inconsciente, se entrevé un pasado lleno de iniquidades.

Lo nuevo es que esa ciudad de fondo ya no es Chivilcoy. Sin nombrarse, al principio parece europea (influye el dato de que Ronsino terminó Cameron en Suiza, en una residencia para escritores). Sin embargo, la toponimia del lugar se enrarece hasta un cosmopolitismo que lo vuelve ilocalizable. ¿Austria, Alemania, la Patagonia?

Lo recurrente es cómo emergen, en la aparente tranquilidad de la trama, ciertos crímenes imbricados con los vaivenes de la Historia (la indefinición geográfica impide aseverar que sea la historia argentina, pero se le parece).

“Descubrir una idea, cristalizada o sostenida por un buen ritmo, me despierta el deseo furioso de contar”, dice Cameron; uno sospecha que es el autor quien así cuela su propia concepción del oficio narrativo. Para Ronsino el ritmo es fundamental. Son pocas las oraciones largas (o incluso las subordinadas) que se intercalan en su habitual corriente de oraciones breves, unimembres. Salvo alguna excepción no tan lograda, a Ronsino ese ritmo le funciona bien: le provee fluidez, mientras apuntala un estilo propio.

El inconsciente de Cameron se abre a lo inconfesable con la ingesta de pastillas. Los delirios o sueños —que en otros autores no aportan mucho a la trama— en esta nouvelle son centrales: señalan, con plasticidad, un pasado y una culpa. En ellos también reaparece un personaje anterior: Pajarito Lernú (cuya muerte era el disparador de Lumbre). Transfigurado, casi que aquí sólo presta su nombre a una figura difusa, sin conexión con el Lernú de las novelas anteriores. Este non sequitur —apenas validado por el onirismo de esas escenas— puede resultarle caprichoso al lector que venga siguiendo la obra de Ronsino.

Por internet circula una viñeta, firmada por Eneko, que dice: “La herida quiere que se recuerde” (aquello que la provocó); y enseguida, “El cuchillo quiere que se olvide” (que esa cicatriz la hizo él). Una dialéctica que liga a criminales y víctimas, al binomio “olvido-impunidad” con la dupla “memoria-castigo”. En Cameron, Ronsino ha elegido narrar con la  voz de un viejo cuchillo: Julio Cameron también “es de esos que quieren, de una vez por todas, dar vuelta la página de la historia y seguir adelante, mirar hacia el futuro y no hacia el pasado”. Y no por la sana filosofía spinetteana de que “mañana es mejor”, sino por pura conveniencia personal.

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Cameron, de Hernán Ronsino. Novela breve. Eterna Cadencia, 2018. 80 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 26 de agosto de 2018).

Personal, de Lee Child

Por Martín Cristal

Más aventuras para un héroe infalible

En 2017, cuando Blatt & Ríos publicó Noche caliente —el primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina—, vaticinamos que el grupo editorial que tenía los derechos del resto de Child seguramente aprovecharía esa iniciativa independiente —que para muchos lectores argentinos fue la entrada al universo del duro vagabundo y ex policía militar Jack Reacher— y mandaría desde España otros títulos protagonizados por este mismo personaje. Allá varios ya estaban traducidos al castellano, pero hasta entonces por acá sólo era posible conseguirlos en saldos o por internet.

El pronóstico se cumplió: muy poco después aterrizaron en nuestras librerías Zona peligrosa, Morir en el intento y Trampa mortal, las tres novelas inaugurales de la “Serie Jack Reacher”. Llegaron como recién salidas del horno, aunque lo cierto es que, en España, algunas se habían editado tiempo antes.

Ahora es el turno de Personal, con lo cual saltamos a la novela número 19 de la serie; Child (Inglaterra, 1954) ya lleva publicadas veintidós con este mismo personaje, cuya popularidad lo llevó al cine en el pellejo de Tom Cruise (un casting que no agradó mucho a los fans). En rigor, Personal fue editada en España en 2014; ganó el Premio RBA de Novela Negra de ese año.

En sus páginas, Reacher ya lleva veinte años retirado del ejército estadounidense. De pronto lo recontactan (“Tú puedes abandonar el Ejército, pero él a ti no te abandona. No del todo”). Quieren que le dé caza a un francotirador que amenaza una cumbre del G8, ya que Reacher lo conoce bien de cuando todavía era policía militar.

Personal es otro thriller que no da respiro. Child vuelve a esos dos o tres trucos fundamentales que conoce y le funcionan tan bien, set de talentos que incluye el dominio del suspenso, la intriga y un estilo cortante que hace fluir la acción a toda velocidad (excepto durante las peleas: ahí Child narra en cámara lenta, exprimiendo al máximo la tensión del momento). Esa velocidad narrativa es verificable en estas líneas del comienzo:

“Empezaron a buscarme dos días después del atentado contra el presidente de Francia. Lo había leído en el periódico. Un intento a larga distancia con un fusil. En París. No tuve nada que ver. Me encontraba a más de nueve mil quinientos kilómetros, en California, con una chica que había conocido en el autobús. Quería ser actriz. Yo no. Así que, después de cuarenta y ocho horas en Los Ángeles, ella se fue por su lado y yo por el mío”.

Como se ve en en fragmento, otro atractivo es la vuelta a la primera persona, tal como arrancó la serie (la mayoría de las siguientes novelas de Reacher están narradas en tercera). En buena parte de esta aventura, el héroe recorre un paisaje inusual para él: Europa. Además se descubren algunos detalles sobre su parentela. Y se lo ve confrontar a un villano inolvidable, una suerte de Kingpin inglés con una mansión hecha a su medida.

Personal califica alto entre las novelas de Reacher que conozco (mi favorita sigue siendo Mala suerte, de 2007). Es una buena noticia que se encuentre en librerías. Otra buena: pronto llegan los cuentos de Child. El título del volumen será Sin segundo nombre; son diez relatos de Jack Reacher en unas 300 páginas. Lo publicará Blatt & Ríos.

Sin pedirle peras al olmo, los que los lectores deben saber es que los libros de Lee Child son entretenimiento puro. Nada más. Nada menos.

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Personal, de Lee Child. RBA, 2014. Novela, 424 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 18 de marzo de 2018).

Lo mejor que leí en 2017

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2017:

  • Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet [leer reseña].
  • Éste es el mar, de Mariana Enriquez.
  • Vivir en la salina. Cuentos completos, de Elvio E. Gandolfo.
  • La voz, de Arnaldur Indridason [leer reseña].
  • Todo oscuro, sin estrellas, de Stephen King.
  • El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (en castellano; lo había empezado el año anterior en inglés) [leer reseña].
  • Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola [leer reseña].
  • La luz mala dentro de mí, de Mariano Quirós.
  • Las furias, de Renzo Rossello [leer reseña].
  • Stoner, de John Williams.

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[Ver lo mejor de 2016 | 2015 | 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Cinco policiales nórdicos (V)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason
De Dinamarca: Los chicos que cayeron en la trampa, de Jussi Adler-Olsen

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FINLANDIA

El hombre con cara de asesino,
de Matti Rönkä (Carelia del Norte, 1959)*

Novela publicada en 2002, primera de las del detective privado Víktor Kärppä, quien —a diferencia de otros investigadores relevados aquí— no está 100% del lado de la ley…

El caso: El señor Larsson le encarga a Kärppä que encuentre a su esposa Sirje, desaparecida. Sirje resulta ser hermana del mafioso estonio Jaak Lillepuu, lo cual lo hace todo más peligroso. Pero Kärppä está acostumbrado a lidiar con gente de esa calaña: ahí está su relación personal con el traficante ruso Ryzhkov, que contrabandea de todo a ambos lados de la frontera.

Mientras, un policía finlandés —Korhonen—, presiona cada tanto a Kärppä en busca de información sobre negocios turbios. Para colmo, reaparece una vieja amiga de Víktor: la KGB, con una misión a la que él no podrá rehusarse, aun cuando se creía eximido de esos servicios. En medio de todo, también peligrará la salud de su madre, qie todavía vive del lado ruso.

Un panorama complicado para un solo hombre, que sin embargo todavía tiene tiempo para conocer a una chica, Marja, y enamorarse de ella, por qué no.

El tono del personaje-narrador es convincente y fluido, aunque las escenas de acción parecen narradas un poco a las corridas y —hundido entre tantas subtramas— el caso no avanza nada durante el 80% del libro. De a poco se ve que es el típico policial en que el detective investiga un caso menor sin ver que lo están involucrando en un crimen mayor.

 

El investigador: “Yo tengo cara de decente”, dice de sí mismo Víktor; sin embargo, cuando todavía usaba su apellido ruso —Gornostáyev (que, como Kärppä en finés, también significa “armiño”)—, en el ejército le decían que era un “hombre que tenía cara de asesino”.

Existe una serie televisiva homónima, de producción finlandesa (hecha con menos recursos económicos que aquellas a las que nos tienen acostumbrados HBO o Netflix). La acción de este libro cubre sólo los dos primeros capítulos de la temporada inicial. El Kärppä de la serie no tiene mucha cara de asesino que digamos, aunque sí es bastante inexpresivo, no sabemos si por impericia actoral o por todo lo contrario: la inexpresividad ante el peligro es, precisamente, el rasgo principal de Kärppä.

Nacido y criado en la Unión Soviética, Kärppä es ingrio por parte de padre y finlandés por parte de madre, “ya que la familia de ésta escapó a la Unión Soviética tras la Guerra Civil Finlandesa de 1918”. Víktor ahora vive en Helsinki y no se mete en negocios ilegales, “al menos no por gusto o por un salario de mierda”.

Lo cierto es que, además de detective —oficio que ejerce desde una oficina que había pertenecido a un sindicato, del que además se agenció varios muebles—, Kärppä tiene sus otros curros. Él se justifica así: “Mi madre probablemente tendría menos canas y estaría mejor del corazón si yo fuera un ingeniero de Nokia, o granjero en Carelia. Pero no lo conseguí. Ni en Leningrado, ni en Sortavala, ni aquí en Finlandia. […] Pero tampoco me voy a pasar diez años trabajando en una alcantarilla sólo para merecer humildemente el derecho a ser finlandés”.

No por eso Kärppä carece de una ética: “Yo no mato, ni maltrato, ni robo, pero si me ofrecen que eche una mano en algún asunto a resultas del cual un Estado o un rico van a acabar teniendo menos, y yo voy a ganarme el pan, entonces lo hago. Y no me quita el sueño”.

 

El contexto socio-geográfico: marca permanentes diferencias y prejuicios entre finlandeses y rusos.

“Casi todos me contestaron con aspereza, creyendo seguramente que yo era ruso”, dice Kärppä, que además sabe que hablar finés con acento ruso amedrenta a los finlandeses: “Primero me dirigí a él en ruso, para después cambiar al finés, marcando el acento ruso: —Oiye, chafall, ¿tiyenes algúñ prrrobliyema? —el pobre tipo se aturulló intentando aclararme que había sido sin querer. Asunto zanjado”.

En otra parte, le dicen a Víktor: “Le creía en posesión de la tenacidad y entereza de los finlandeses, pero veo que es usted un flojo, como todos los rusos”. También en una fiesta, un finlandés hostiga a Kärppä: “Sí que fue una decisión extraña la del presidente Koivisto. Me refiero a esa sobre el estatus de los emigrantes retornados ingrios. Ahora los hay a miles y los problemas no hacen más que amontonarse. Y la Carelia rusa vacía, claro, porque los espabilados, que son los de origen finlandés —cómo no— se han venido todos para acá”. Al contexto histórico para comprender este comentario insidioso, Rönkä se ve obligado a explicarlo en un prefacio (con mapa y todo), que resulta ameno y de gran provecho para el lector.

Las diferencias entre unos y otros también son económicas. A una zona del barrio de Pakila se la llama “Pakila Dólar”; “a la otra zona del barrio, menos burguesa, la llamaban ‘Pakila Rublo’, aunque a mis ojos ambas zonas eran el vivo ejemplo de refugio idílico de la clase media finlandesa: casas de madera construidas originalmente en la posguerra, con tejados a dos aguas, y ampliaciones que sus sucesivos dueños les habían ido añadiendo, frondosos jardines y, entre ellos, apretujados en angostos solares, edificios multidimensionales de ladrillo y chalés adosados”. Por el contrario, el aspecto de los edificios del lado ruso se lo achaca al “realismo postsoviético, cuyo elemento característico es lo inacabado”.

Kärppä cruza varias veces la frontera Finlandia-Rusia. “A la aduana finlandesa no le interesaba demasiado quién viajaba a Rusia. Del otro lado, en el puesto fronterizo de mi Carelia natal, iba y venía la consabida manada de soldados serios y amodorrados con sus ametralladoras colgando, funcionarios de aduanas de uniforme azul, guardias fronterizos de verde y las habituales fulanas pintarrajeadas de aspecto descuidado”. Al regresar al lado finlandés, “el paisaje experimentó un cambio: todo era más limpio y más brillante, y hasta la primavera parecía estar más avanzada”.

En otro lado, declara: “No sabes la risa que me dio una vez cuando leí que el mayor abismo entre ricos y pobres se encuentra en la frontera entre México y California. ¡Una mierda!… El mayor abismo está en la frontera entre Finlandia y Rusia, en Värtsilä, en cuanto la pasas y llegas a Ruskeala”.

Calificación personal: 7/10.

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[*] En realidad, el grupo de lectura eligió la novela El sanador, de Antti Tuomainen, la cual, tras la lectura —con su mezcla de policial light incrustado en un contexto de CF postapocalítica light—, me dejó en un perfecto ni fu ni fa. Por esta razón, después, por mi cuenta, elegí leer esta novela de Rönkä, decisión a la que se plegaría el segundo grupo de lectura.