Grupo de lectura: ocho cuentistas contemporáneas norteamericanas

Este grupo de lectura funciona como una degustación de ocho autoras norteamericanas contemporáneas. Para descubrirlas o conocerlas un poco mejor. Las autoras que leeremos son Lucia Berlin (1936-2004), Edith Pearlman (1936), Joyce Carol Oates (1938), Joy Williams (1944), Amy Hempel (1951), Lorrie Moore (1957), Kelly Link (1969) y Karen Russell (1981).

Cuándo: El ciclo dura ocho encuentros (los jueves de 18 a 19:30 horas); inicia el 9 de mayo y finaliza el 27 de junio.

Dónde: En el entrepiso de la librería El Espejo: Deán Funes 163, Local 4, Paseo Santa Catalina, Córdoba (Centro).

Costo: $ 900 por mes. Duración: 2 meses.

Informes e inscripciones: en la librería, de lunes a viernes de 9:30 a 19:30; y los sábados, de 9:30 a 13:30 hs. Teléfono: (0351) 4242420.

Inscripciones abiertas. Sólo en Córdoba (Argentina). Cupos limitados.

El hombre imposible, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Mientras que en Fiebre de guerra nos impresionaban sobre todo tres relatos por la forma en que estaban estructuradas sus respectivas narraciones, en El hombre imposible —colección de cuentos que data de 1966— lo que prevalece es la calidad del estilo. (La traducción de Marcial Souto sin duda colabora en esta apreciación). El libro en su conjunto quizás sea menos impactante, pero la prosa de Ballard ya demuestra poseer esa capacidad para volver vívido cualquier paisaje mental, por más árida o difícil que pueda parecer su elucubración. El del estilo es, sin duda, uno de los factores principales por los que el autor terminó por fusionar esas panorámicas terminales y desoladoras con el nuevo adjetivo que ahora las abarca, el cual deriva de su propio nombre: lo ballardiano.

Los relatos agrupados son ocho (en la edición —Minotauro, 1972—, el título del segundo cuento falta del índice). Abre el conjunto “El gigante ahogado”, que narra el hallazgo del cadáver de un gigante en la playa cercana a una ciudad costera.


Yacía de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en una actitud de reposo, como si estuviese dormido sobre el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le reflejaba en el agua y el cuerpo resplandecía a la clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave marina.

En este cuento, tan cerca del fantástico como de la ciencia ficción, Ballard supera con timón firme todas las previsiones del lector, esa lista que siempre empieza por los lugares comunes que uno ruega que el texto no transite. Así, el gigante no revive para temor de los pobladores que curiosean sobre su cuerpo tendido, ni éstos terminan siendo los habitantes de Lilliput (ni el muerto, Gulliver). El cuerpo muerto simplemente se va volviendo parte del paisaje al paso tranquilo de una prosa exquisita.

La playa es uno de los paisajes favoritos de Ballard. Esto se verifica en el cuento “El parque temático más grande del mundo” (en Fiebre de guerra), o en Playa terminal, colección de cuentos anterior a El hombre imposible; y también en el segundo cuento de este libro, titulado “La jaula de los reptiles”, menos impactante que el primero. En este relato, una pareja de viejos toma sol en una playa atestada de gente a más no poder, mientras una vaga amenaza cobra cuerpo en el cielo.

Las aves se vuelven peligrosas (y enormes) en “Pájaro de tormentas, soñador de tormentas”. Aunque el contexto del relato es muy diferente, cuesta no pensar en Los pájaros de Hitchcock, estrenada tres años antes de la publicación de este libro. En “La Gioconda del mediodía crepuscular” también aparecen unas gaviotas que alteran la paz de Richard Maitland, quien acaba de ser operado de la vista. Con sus ojos vendados y en una casa aislada, Maitland experimentará una de esas extrañas bilocaciones que Cortázar supo explotar en cuentos como “Lejana” o “La noche boca arriba”.

El ritmo del libro decae con El delta en el crepúsculo —con su arqueólogo herido, celoso y loco—, y más todavía en “El día eterno” que —tal cual— se hace interminable. Este cuento transcurre en una ciudad abandonada en África, donde el tiempo casi se ha detenido para favorecer un crepúsculo sin fin, y donde los sueños y la realidad parecen tener un punto de contacto firme. La sensación de cuento que quiere ser novela pero no termina de decidirse, es la misma que en “Memorias de la era espacial”, uno de los cuentos más largos de Fiebre de guerra, el cual también transcurre en una geografía dañada, con el paso del tiempo empantado casi por completo.

“Tiempo de pasaje” es uno de los mejores cuentos del libro, a pesar de que su idea central es un juego con el tiempo que resulta algo trillado: narrar la vida de un hombre de la tumba a la cuna, como si ése fuera el flujo normal de la existencia. El primer indicio de extrañeza es, en la primera página, una lápida con las fechas invertidas: James Falkman, 1963-1901. Si esta biografía en rewind resulta memorable y uno de los mejores cuentos del libro (junto con el del gigante) es por su ajustada ejecución.

Cierra el libro el cuento que le da título, “El hombre imposible”, que reflexiona sobre la cirugía reparadora, los transplantes, la donación de órganos, la prolongación artificial de la vida y la relación entre cuerpo y espíritu. Si somos cuerpo y alma, ¿qué o cuánto dejamos de ser al reemplazar una o más partes de nuestro cuerpo por las de otra persona? A su modo, Ballard aplica la paradoja del Barco de Teseo al cuerpo humano. El título del cuento adelanta una pista acerca de por qué la población anciana, poco a poco, va prefiriendo no prolongar su vida con transplantes.

La intersección de Einstein, de Samuel R. Delany

Por Martín Cristal

Al referirme a El juego de Ender, comentaba que uno pronto aprende a relativizar la importancia de algunos premios famosos, sobre todo de aquellos basados en recortes temporales periódicos: éstos siempre proyectan un cono de sombra en el que se hunden obras valiosas. No hay que olvidar que cada entrega de cualquier premio anual siempre deja en segundo o tercer lugar —sin premio— a obras que pueden ser mucho mejores que las premiadas en años anteriores (y viceversa: la obra premiada en algún año de cosecha particularmente floja puede y suele ser peor que la del segundo o tercer puesto de un año en el que el azar haya concentrado muchas obras de gran calidad). La intersección de Einstein, de Samuel R. Delany, ganó el premio Nebula en 1967.

Lo del Nebula habrá sido por lo “nebuloso” de su planteo, digo yo. La novela propone una fantasía de a ratos vívida, pero que a mi juicio no se construye sobre el cimiento de una idea nueva y estimulante, como quería Philip K. Dick para la buena ciencia ficción.

Dicho mal y pronto: el libro no garpa.

El anterior es el juicio de un lector que quizás leyó la obra con expectativas equivocadas, de punta a punta sin averiguar nada antes; un lector que ni se tomó el trabajo de contextualizarla en su época de aparición. (Ahora veo que decir esto tal vez implica la sospecha subyacente de que el libro, con todo y su lirismo, haya envejecido mal).

En todo caso, el anterior es el tipo de juicios personales que, pasada ya la experiencia de lectura, se fijan, inamovibles, más allá de las pacientes explicaciones posteriores que uno pueda recibir. Conclusiones íntimas de lector que de paso también relativizan a futuro ciertas recomendaciones de terceros. Como la de Neil Gaiman, por ejemplo, que suele alabar La intersección de Einstein (y hasta ha prologado alguna de sus ediciones).

Incluso una sinopsis del libro terminaría siendo vaga como su argumento general. Sinteticemos al menos el inicio: en un mundo postapocalíptico, sin que se especifique por qué catástrofe, los humanos son cosa del pasado. Hay una variada paleta de mutantes semifantásticos que intentan seguir adelante con sus vidas, tratando de diferenciarlas en todo lo posible de la de los humanos anteriores. Muchos son deformes, muchos subnormales, muchos tienen algún don. Entre estos mutantes hay un pastor de cuatro manos, Lobey, enamorado de una chica llamada Friza. Cuando Friza muere asesinada, Lobey sale tras el posible asesino, en un relato que a su retorcida manera intentará remedar el mito de Orfeo —quien bajaba a los Infiernos en busca de su amada Eurídice—, narración que sólo se quedará en “una oscuridad deforme y fabulosa”.

Por increíble que pueda parecer, ése era el título original que Delany pretendía ponerle a la novela: A Fabulous, Formless Darkness. Un sincericidio. Desde un punto de vista estrictamente editorial, quien lo convenció de que desistiese de ese título merece una medalla. Aunque The Einstein Intersection, la verdad, se pasa para el otro lado de tan pedante y pretencioso.

Einstein no tiene nada que hacer en esta historia, más que como un marco teórico muy lejano y sostenido con alfileres durante un par de páginas. (En todo caso, el que podría haber figurado en el título era Gödel, a quien también se nombra en esas dos páginas). Pareciera que, con ese título, Delany y sus editores hubieran querido inscribir a esta novela en la corriente de la ciencia ficción más pura y dura, como queriendo disimular la fantasía desbocada y el pastiche reelaborador de mitos que en realidad propone el texto. Lobey y sus camaradas quisieran reinventar sus propios mitos desde cero, no reescribir los mitos humanos… pero se dan cuenta de a poco de que esto no es posible: la vida siempre “se escribe” y se basa en una reelaboración de pasados remotos.

Los diálogos son elusivos, entrecortados y, por momentos, directamente insufribles. Las motivaciones de los personajes son endebles. Exceptuando la búsqueda del asesino de Friza —que va perdiendo sentido cuando vemos que la muerta revive, y muere otra vez, y mejor no sigo porque me rechinan los dientes—, Lobey termina haciendo todo lo que le dicen que haga, sin cuestionarlo:


—Baja allí; busca la bestia, y mátala.
—¡No!
—Es por Friza.
— ¿Cómo? —dije.
Halcón se encogió de hombros. —La Dira sabe. Tienes que aprender a cazar, y a cazar bien. —Y lo dijo de nuevo.
—Estoy dispuesto a probar que soy un hombre y esas cosas. Pero…
— La razón es otra, Lobey.
—Pero…
—Lobey. —La voz de Lo Halcón era débil, aunque firme—. Soy más viejo que tú, y de esto sé más que tú. Toma la espada y la ballesta y baja a la cueva, Lobey. Anda.
[p. 27-28].

Y el boludobey va y lo hace: se mete en una cueva, sin que le hayan dado ni una puta buena razón, por la pura insistencia del otro, para tratar de matar a un enorme toro mutante (ante el personaje llamado Araña, Lobey reacciona con sumisión similar). En el centro de la cueva, de paso, encontrará una antigua computadora parlante. La combinación de minotauros, dragones y computadoras en un mismo espacio y tiempo es difícil de fraguar.

Como si no fuera poco, las copiosas citas que abren cada capítulo sacan al lector de esa fantasía en la que trataba de seguir a Lobey (por más irritante que éste haya podido volverse). En especial, resultan disruptivas y molestas las citas del diario de viaje del propio autor (!), que mientras recorre parte de Europa nos cuenta, cual comentarista de fútbol, cómo le va en la escritura del libro que estamos leyendo. Lejos de parecerme una desobediencia genial, un rasgo de originalidad o algo así, encuentro el recurso torpe y sin sentido. Veinte páginas construyendo una época y un paisaje imaginarios, con dragones y mutantes y minotauros, para tirarlos abajo cada tanto con quince o veinte renglones metaficcionales que no vienen a cuento. Un exceso autoindulgente.

A lo largo del viaje de Lobey, el tono alegórico que emana de la reescritura de mitos superpuestos se vuelve más y más fuerte. Esto lleva al lector a “cálculos de representación”: Niño-Muerte, ¿será algo así como el Diablo? ¿Ojo-Verde podría representar a un Cristo? ¿Araña cumple el rol de Judas? Paloma = Espíritu, ¿o tal vez es el Deseo? Enredados en estas especulaciones paralelas a la historia, el destino del personaje principal nos importa cada vez menos.

Estimo que, con el tiempo, sólo me quedarán la bronca y algunos detalles de color: un machete que es al mismo tiempo una flauta; o el poder de Lobey de adivinar, en cualquier momento, qué canciones suenan en las mentes ajenas. Por lo demás, yo no conseguí adivinar qué canción sonaba en la cabeza de Samuel Delany cuando escribió este libro.

Fiebre de guerra, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Fiebre de guerra es el último libro de cuentos de J. G. Ballard (1930-2009). Se publicó en 1990, pero se tradujo al castellano recién un año antes de la muerte del autor. Quienes solemos padecer las traducciones españolas, agradecemos la buena factura de Javier Fernández y David Cruz en esta primera edición.

Entre estos catorce cuentos hay tres que se destacan por su forma, sin que ésta sea su único atractivo. “Respuestas a un cuestionario” dosifica cien respuestas a un interrogatorio policial, cuyas preguntas no figuran; infiriéndolas, se deduce el relato de un crimen y una catástrofe nacional. “El índice” nos informa del extravío de la autobiografía de H. R. Hamilton, un megalómano impresentable. Lo único que queda de esa autobiografía es su índice analítico; el cuento no es más que ese listado alfabético de nombres, hechos y lugares, pero con él puede reconstruirse la vida entera de Hamilton  (de hecho, “megalómano” e “impresentable” son rasgos que se desprenden de esa reconstrucción). En “Notas hacia un colapso mental”, un paciente psiquiátrico sólo alcanza a escribir el título de una declaración sobre el asesinato de su mujer; enseguida ese título es analizado palabra por palabra, en notas que desovillan una trama enfermiza.

Mente prodigiosa para un género en el que la imaginación es central, Ballard también le aportó a la ciencia ficción una pluma de gran calidad. Sólo unos pocos cuentos —como “Amor en un clima más frío” (sobre el sexo obligatorio en una época post-sida) o “El parque temático más grande del mundo” (el cual vuelve a la playa, uno de los paisajes predilectos del autor)— resultan demasiado expositivos en su manera de presentar sus ideas-fuerza, y se pasan rápidamente porque no proponen la vivacidad y el juego inteligente de los otros.

Salvando esa minoría, el libro rebosa de situaciones provocativas. En el cuento “Fiebre de guerra”, ensaya una inversión de roles (como la de los bomberos incendiarios de Bradbury): los Cascos Azules de la ONU alientan un combate interminable en una Beirut de laboratorio. “La historia secreta de la Tercera Guerra Mundial” es el testimonio del único ciudadano que logró apartarse de la TV y atestiguar un intercambio nuclear entre EE.UU. y la URSS: una guerra que no superó los cinco minutos de duración. “El espacio enorme” y —sobre todo— “Informe sobre una estación espacial no identificada” trabajan sobre los conceptos de Infinito y Universo, un poco como Borges en “La biblioteca de Babel”. En “Cargamento de sueños”, un barco derrama desechos tóxicos en una islita del Caribe: el efecto principal es una extrañísima mutación de fauna y flora; el secundario, un cuento alucinante (literalmente).

Encuentro entre Ballard y Borges en los años setenta. Foto de Sophie Baker.
Fuente: www.cccb.org.

Un lindo detalle de la edición de Berenice: arriba del pie de imprenta aparece la definición de “ballardiano” según el Collins English Dictionary. El término aglutina una modernidad distópica, paisajes desoladores creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo social, tecnológico o ambiental. Ésos son exactamente los síntomas de la fiebre que contagia este libro, a los que podríamos sumarles también el condimento de dos o tres locos mesiánicos que siempre se las arreglan para conseguir seguidores.

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Con una versión más corta de la presente reseña, recomendamos este libro en el número 16 de la revista Ciudad X (octubre de 2011).

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

1. El espacio exterior: las tapas

Hay algo fascinante en el diseño de una buena portada para un libro de ciencia ficción. Intuyo que, una vez conceptualizada la imagen (su contenido), si se quiere acertar en lo formal, primero habría que resolver una ecuación equilibrada entre a) ese futuro o mundo alterno, distorsionado, fantástico o extraño que se querrá sugerir (pero no revelar completamente) con una imagen o una tipografía; b) la estética del presente, esa que impera en el diseño de los otros libros que hoy mismo están en las vidrieras de las librerías, para que el nuestro se destaque pero siempre dentro de un parámetro de actualidad; y c) la amenaza permanente del pasado: tratar de demorar esa obsolescencia corrosiva, capaz de convertir al libro, en un abrir y cerrar de ojos, en un objeto vintage que hace flamear una bandera retrofuturista. Supongo que la complejidad del ejercicio bien vale el intento de llevarlo adelante.

Por todo esto lamento la tapa de la edición de Edhasa Nebulae para la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. Para empezar, detesto cuando a un libro (del género que sea), después de haberlo adaptado al cine, le cambian el diseño de tapa en sus siguientes ediciones incorporándole el afiche o algún fotograma de la película. Es una artimaña comercial efectiva, seguramente, pero en lo artístico resulta facilista y de pésimo gusto.

Ni hablar entonces cuando, además de poner a Harrison Ford y buena parte del elenco de Blade Runner en la tapa, los editores no tienen ningún problema en poner el título de la película en letras grandes, como si fuera el título del libro, mientras que el título verdadero queda más abajo, en una faja, como una tagline. Me jode tanto que a mi ejemplar le tuve que hacer una sobrecubierta de cartón para no ver más ese esperpento.

Esa clase de decisiones editoriales pareciera subordinar un objeto artístico al otro, cuando para la imaginación lo mejor es que funcionen en forma independiente. En especial en este caso, donde la escasa relación entre la película y el libro se hace más y más evidente a lo largo de la lectura. La película de Scott está basada sólo en algunas ideas sueltas de este libro de Dick, quien —tal como descubrí con Ubik— suele cruzar varias en una misma obra y no sólo una o dos, si bien todas quedan contenidas en sus grandes temas generales: el simulacro y la paranoia.

2. ¿Sueñan los lectores con películas clásicas?

La imagen de portada sesgó mi lectura desde el principio en lo que por momentos se convirtió en una especie demencial del juego de las siete diferencias entre el libro y la peli (no en vano J. D. Salinger abominaba las imágenes en las tapas, en especial las que dotan de rostro a los personajes de la obra en cuestión). Me forcé a ponerle otra cara a los protagonistas, aunque ya no pude inventarlas yo, sino que las terminé tomando de actores de cine muy conocidos: Rick Deckard finalmente fue Bruce Willis (aunque Ford peleó como un león para no irse), J. R. Isidore fue Paul Giamatti, Roy Baty fue Dolph Lundgren… Sólo a Rachel Rosen no pude cambiarla nunca: siguió representada por una hermosa y gélida Sean Young, modelo 1982.
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A pesar de estos “inconvenientes técnicos en la transmisión”, la novela terminó comiéndose a la película gracias a su proliferación de buenas ideas. [Ojo: aquí vienen los spóilers].

Donde la película se resume en “un detective especializado en la identificación y eliminación de androides clandestinos debe liquidar a cuatro que se esconden entre los habitantes de una megalópolis del año 2019”, la novela propone esto mismo —si bien con variantes: el detective es más bien un cazarrecompensas, los “andrillos” a retirar son seis, etc.—, pero además incluye el desarrollo de:

  • El estado postapocalítico de las cosas: el polvo radioactivo en el aire, producto de la Guerra Mundial Terminal, afecta a muchos humanos, reduciendo sus capacidades (son “especiales”, un eufemismo para matizar su desventajosa situación);
  • la consecuente emigración de gran parte de la humanidad sana, que viaja a otros planetas acompañados de sirvientes androides. En algunos casos éstos se rebelan y vuelven clandestinamente a la Tierra, donde están proscriptos;
  • la extinción parcial o total de muchas especies animales, lo que explica la nueva y desenfrenada afición humana por las mascotas (si hay dinero, serán reales, un símbolo de status; si no hay dinero, tendrán que ser eléctricas, pero que nadie se entere);
  • un culto religioso, el Mercerismo, cuya liturgia opera a través de una máquina que conecta a todos los creyentes con un espacio virtual en el que entran en comunión mutua, al sentir como propio el dolor y la pasión de Mercer, su personal Jesus;
  • un programa de radio y televisión, el de “el amigo Buster”, que con su entretenimiento rabioso se plantea como la  alternativa antagónica del Mercerismo;
  • otros detalles como el de la máquina que interviene en la divertida discusión de Deckard con su mujer, en el primer capítulo (sí: aquí Deckard está casado).

Como se ve, la riqueza de la novela supera en mucho la del relato lineal de la película, cuyos méritos ahora encuentro más centrados en su faz visual, muchas veces elogiada y catalogada como antecedente estético del cyberpunk. Incluso escenas que sí se llevaron a la pantalla son más complejas en el libro, como por ejemplo los diálogos durante los tests de Voigt-Kampff, infinitamente más cargados de paranoia y negociación; es en esos tests cruzados donde aparecen las primeras dudas acerca de la naturaleza humana o androide del mismo Deckard, interrogante que en la película se plantea hacia el final (y sólo en una de las versiones del filme).

A la duda creciente sobre la autenticidad de hombres o animales se le suma la presión de dos mundos virtuales o falsos —el de Mercer y el de Buster— que luchan por dominar el mundo verdadero. Aunque, hablando de Philip Dick, quizás “verdadero” sea sólo una expresión de deseo. Así son sus simulacros: vienen a tergiversarlo todo para que quedemos sin más certezas que una corazonada, tan fuera de lugar como un anfibio hallado en medio del desierto.

El juego de Ender, de Orson Scott Card

Por Martín Cristal

Orson Scott Card publicó El juego de Ender en 1985 y pronto se alzó con dos premios importantes del género: el Nebula del mismo año y el Hugo de 1986. Estos premios parecen ser una referencia crucial para los fans de la ciencia ficción (o para su industria editorial), pero uno pronto aprende a relativizar su garantía: basta con clavarse alguna vez con una obra premiada que no sea de nuestro agrado (como me pasó por ejemplo con La intersección de Einstein).

El libro de Card es muy popular, como lo demuestra su constante inclusión entre los primeros puestos de varias listas armadas, en todo o en parte, por el voto de fanáticos del género. [Aquí dos ejemplos: el de las Peter Sykes’ Sci-Fi Lists y el de la NPR’s Top 100 Science-Fiction and Fantasy Survey, en los que el libro de Card figura en los puestos 1 y 3, respectivamente]. En literatura no suelo ser muy afecto a los rankings, pero creo que, tratándose de un género específico, el dato es válido y no es menor.

Ahora bien: “popular”, “muy leído” o incluso “muy querido” no implican que las ideas de Card en el libro sean realmente voladoras de cabezas. El motivo de la popularidad de este libro, creo, no se basa tanto en presentar ideas novedosas (o “estimulantes”, como quería Philip Dick), sino más bien en otros dos aspectos: el sobrado empuje de la línea argumental inicial, que ha probado ser potente para una gran masa de lectores, y la estructura posterior con que se escalonan los desafíos que enfrentará Andrew “Ender” Wiggin.

Veamos primero lo del arranque argumental. Las primeras cien páginas de El juego de Ender se pueden resumir en la siguiente sinopsis:


Un niño que vive en el seno de una familia no muy normal, tiene ciertas condiciones especiales por las que es reclutado para ir a una exigente academia militar. Entre sus pares hace amigos y enemigos, mientras sus mentores intentan sacar lo mejor de él. El niño enfrenta una serie de desafíos crecientes mientras se forma como soldado espacial.

Ahora reemplacemos “academia militar” por “academia de magia” y “soldado espacial” por “mago”. ¿A qué otro libro popular nos recuerda?

No hablo de plagio ni de “inspiración”, claro, ya que Harry Potter es muy posterior. Sólo propongo esta comparación para que el lector actual reconozca cuál puede ser el rasgo argumental empático que hizo que El juego de Ender sea tan popular.

A ese comienzo tan cautivador (todos fuimos niños alguna vez, todos fuimos discriminados por algunos de nuestros pares, todos fantaseamos que se descubriera en nosotros alguna virtud especial) se le suma la estructura de la novela de Card: una estructura que tiene muy presente el sistema de niveles de los videojuegos. No me extrañaría que se hiciera una adaptación de Ender’s Game a videojuego (al parecer hubo un intento de hacerlo). A su vez, dentro de la acción de la novela, Ender juega un videojuego en sus ratos libres.

Este sistema escalonado de desafíos funciona por la acumulación de esa clase de narraciones que suelen apuntar a un final disyuntivo, del tipo: “¿logrará/no logrará el protagonista [x cosa]?”. Esta estrategia es muy frecuente, por ejemplo, en los cuentos de Jack London; recordemos “Prender un fuego”, “El mexicano” o “Un buen bistec”. El lector no puede parar de leerlos porque prevé para el cierre de la historia sólo dos posibilidades —victoria o derrota— y la curiosidad humana no puede permitirse ignorar el resultado de una alternativa así. En el caso de Ender, lo que queremos saber es si superará la presión constante a la que es sometido en la Escuela de Batalla, y cuál será su performance posterior en la guerra espacial contra la raza alienígena enemiga, los Insectores (Buggers).
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Hay que señalar que el libro entero está repleto de basura militarista, con un intento final de redención que no alcanza para mandarla abajo de la alfombra. Abundan los ejemplos: la eterna disputa entre el Honor y la Victoria (“Yo no luché con honor […], luché para vencer”); la necesidad de la violencia como justificativo que borre cualquier prurito moral ante el asesinato (“el poder de causar dolor es el único poder que importa […] si no eres capaz de matar entonces siempre estás sometido a los que sí son capaces, y nada ni nadie te salvará”); el “conoce a tu enemigo” de Sun Tzu, que lleva a Ender a estudiar videos de viejos combates contra los Insectores; sentencias como “no hay más maestro que el enemigo”…, entre muchos otros.

“Pero la historia transcurre en una academia militar, ¿qué esperabas?”. De acuerdo, es sólo que por momentos se hace insoportable volver a esos clichés de subordinación y valor: el “superior-cabrón-severo-y-exigente-aunque-noble-y-justo”, el “soldado-que-aquí-no-vale-ni-mierda-pero-que-igual-se-gana-su-lugar-a-base-de-esfuerzo-lealtad-y-hablar-sólo-cuando-le-preguntan”… estereotipos vistos mil veces en películas yanquis sobre la entrada a las fuerzas armadas. Por momentos el libro de Card parece una guía espiritual para sobrellevar la conscripción; y en efecto, según aseguran aquí, El juego de Ender integra las lecturas sugeridas para los marines norteamericanos, dato que no lo vuelve muy simpático ante mis ojos (por suerte, lo supe después de terminado el libro). Imposible evitar las suspicacias ni dejar de preguntarse por la relación entre publicar un libro así en la era Reagan y recibir tantos premios.

En síntesis, aunque por momentos cuesta imaginar a Ender y a sus hermanos, de tan corta edad, en el rol que Card les asigna —el de líderes militar, intelectual y político del planeta entero—, El juego de Ender es una lectura muy fluida y por momentos atrapante, en buena parte gracias a un comienzo de probada efectividad y a su posterior estructura de videojuego. Si bien las ideas de Card no son particularmente nuevas ni atractivas, el argumento persuade y en las últimas páginas tiene un par de giros que sorprenden, lo cual hace que valga la pena leer el libro hasta el final.

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PD. En el sitio de Oscar Chichoni puede corroborarse que la ilustración de esta portada de Ediciones B (Zeta Bolsillo-Nova) había sido concebida inicialmente por el ilustrador argentino para una edición (de Minotauro) de la novela Neuromante, de William Gibson.

¿Son o se hacen?

Por Martín Cristal

¿Son o se hacen parecidos, los escritores?





PD: En este plan de parecerse los unos a los otros, hay muchos que terminan saramaguizados

Juguete nuevo

Por Martín Cristal

Navidad y Reyes = juguetes nuevos.

En esta ocasión, el juguete se llama Books Ngram Viewer y no llega en renos ni camellos, sino vía Google. Ingresás una o varias palabras (separadas por comas) y te muestra gráficos donde se puede ver con cuánta frecuencia aparece/n esa/s palabra/s —en un período de tiempo dado— en algún corpus de Google Books (puede ser en el de “libros en español”, “en francés”, “ficción en inglés”,  etc.).

A modo de muestra, aquí van un par de experimentos buscando nombres propios, siempre en el corpus de libros en español (clic en los gráficos para ampliarlos):

Boom latinoamericano


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Exponentes de la literatura argentina
del siglo XX

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Lo descubrí hace unos diez días a través del FB de Pablo Toledo. Si quieren, pueden hacer sus propios experimentos y (una vez que les dé el gráfico) compartir el link en los comentarios de este post.

Interrupciones cotidianas

Por Martín Cristal

En casa tengo empezada Contraluz. Ya leí unas 150 de sus 1300 páginas. Esa novela sólo puedo leerla en casa: el libro es un ladrillo intransportable. (Osteópata, revisándome la espalda: “¿Hace algún tipo de actividad física?”. Yo: “Sí, estoy leyendo a Thomas Pynchon”).

Para el morral reservo libros más delgados: por ejemplo, Esta historia, de Alessandro Baricco. Me lo regaló mi hermana y es ligero en todo sentido. Refrescante y liviano. (Al hecho de que hay libros que da para llevarlos en la mochila y otros que no, ya lo habíamos comentado).

Mi “sintaxis” de lectura, entonces, podría ser

Pynch[Baricco]on

Diez años atrás no hubiera podido —ni me hubiera permitido— leer de esta forma. Pero hoy estas “subrutinas” me resultan bastante frecuentes. A veces claro, esto no es más que una excusa para inconclusiones del tipo

Pynch[Baricco]… [otros autores]

A principios de diciembre, fui al centro a cortarme el pelo. Tenía que caminar diez cuadras y no tenía apuro. Entonces, lo de siempre: “¿qué habrá de nuevo en las librerías?”. (Las librerías más importantes de Córdoba se encuentran en un conveniente cuadrado de tres por tres manzanas).

Así que, de camino a lo del peluquero, hice el tour por las librerías. Pero sucede que me avergüenza comprar libros con más rapidez de lo que puedo leerlos (releer a Monterroso y su cuento “Cómo me deshice de quinientos libros”). Cuando me descubro a punto de hacer eso, me freno: entonces miro vidrieras, pero no entro. Lo que sí me permito es pasar por las librerías de usados: el hallazgo de una oportunidad que no hay que dejar escapar justifica la compra más allá de mis eventuales sentimientos de culpa por mi acumulación burguesa.

Entré en Macao y no paré hasta descubrir esa oferta corleonesca que no podía rechazar: Inolvidables veladas, de Marcelo Cohen. Un Minotauro en tapa dura, editado en Barcelona, por sólo $15 (unos 3,75 dólares). Una ganga. Por supuesto, al salir de la librería, en vez de seguir a lo del peluquero, me desvié a un café para leerlo.

Hacía calor, así que elegí un café que tiene sus mesas afuera, en la nueva zona peatonal de Caseros. Y empecé a leer, con lo cual la fórmula ya era

Pynch[Bari[Cohen]cco]on

…y esto sólo si a la fórmula no le incorporamos las otras procrastinaciones extraliterarias, lo cual esa tarde hubiera dado

Pynch[Bari[Pelu[Ca[Cohen]fé]quería]cco]on

Pedí un café con leche y dos medialunas. El mozo —muy lookeado y algo amaneradón— volvió con el pedido a los diez minutos. No tenía bandeja: traía la taza en una mano (el platito tomado desde abajo como con una garra) y las medialunas, el azúcar y el vasito de soda amontonados en la otra mano: un asco. Para colmo cuando llegó a la mesa, se distrajo con un pibe que, rosa en mano, trataba de sacarle un billete al macho de la parejita de al lado. Molesto porque el mangazo era insistente y se producía en su área de cobertura, el mozo terminó volcando medio café con leche sobre la mesa.

Se disculpó, limpió y volvió con otro café con leche. Y entonces, como para socializar, me preguntó qué estaba leyendo. Le mostré la tapa del libro (en la que hay un personaje cabizbajo sentado a una mesa con un vaso enfrente, tal como estaba yo en ese momento). Entonces el mozo me dijo: “Enseguida te vas a llevar una sorpresa. Pasate a la otra silla”.

Me cambié a la silla de enfrente. Ahí descubrí que, a espaldas de mi silla anterior, habían puesto un silloncito con una especie de pareo colorido encima, junto a una mesita baja y una vela muy coqueta. Miré esa escenografía durante dos minutos, con la creciente molestia de reconocer que había obedecido al mozo de inmediato, como un corderito. No, no, no: me volví a mi silla anterior (un rebelde con delay). Leí algunas páginas más y disfruté medio café, cuando del bar salió un violinista rastafari para tocar y pasearse entre las mesas.

Cuando el violinista de Hamelín capturó la atención de todos, la condujo hasta el silloncito en el que se instaló una chica con el pelo recogido y anteojos de marco negro. El violín se calló —no así la ciudad alrededor del violín— y la chica, sin micrófono y sin mediar presentación alguna, empezó a leer. (Tuve que volver a la silla que me había sugerido el mozo).

La chica tenía acento español. Y leía poemas. Que quizás eran tan lindos como ese acento, no sé: aunque quise, no pude concentrarme, porque mi fórmula de lectura ya había hecho metástasis a

Pynch[Bari[Pelu[Ca[Coh[PoetaDesconocida]en]fé]quería]cco]on

El día se me estaba complicando: pedí la cuenta y huí. Me apuré en las siguientes cinco cuadras, pero llegué tarde: estaban cerrando. Por ahora sigo con el pelo largo.

La expectativa ante el relato

Por Martín Cristal

Croce creía que no hay géneros; yo creo que sí, que los hay
en el sentido de que hay una expectativa en el lector. Si una
persona lee un cuento, lo lee de un modo distinto de su modo
de leer cuando busca un artículo en una enciclopedia o cuando
lee una novela, o cuando lee un poema. Los textos pueden no
ser distintos pero cambian según el lector, según la expectativa.

Jorge Luis Borges

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El último domingo de mayo salí a caminar y pasé de casualidad por la puerta del Cineclub Municipal. El lugar cuida mucho el diseño gráfico de sus afiches y programas, motivo por el que siempre me llamó la atención que la cartelera exterior no sea más que un par de hojitas A4 impresas en mayúsculas, en tipografía Arial (o, con suerte, Helvética). Por lo demás, el Cineclub me encanta: ahí se puede ver todo que no se proyecta en las salas comerciales de Córdoba.

Había un ciclo dedicado al nuevo cine tailandés. La siguiente película empezaba en diez minutos; se llamaba Wonderful Town. No tenía la menor idea de qué trataba. No sé nada del cine tailandés, nuevo o viejo. Cero expectativa. No sabía si seguir paseando durante el resto de la tarde o si meterme en el cine.

Opté por buscar más información, aunque sin pasarme: demasiada información previa puede menoscabar el disfrute posterior. En el hall del cine encontré el programa del ciclo, con esta sinopsis de Wonderful Town:


Takua Pa, pequeña aldea costera que se repone del tsunami que acabó con la vida de varios miles de personas. Tom, un arquitecto de Bangkok, se traslada hasta allí para supervisar las obras de reconstrucción de un hotel en la playa. Instalado en el único edificio que queda en pie, su interés por Na, la joven propietaria del establecimiento, despertará la desaprobación de los pocos habitantes del pueblo, que no conciben que allí pueda florecer la esperanza.

Me interesó, o me pareció más tolerable que mi próxima y segura depresión findominical. Era mejor capear el atardecer dentro del cine y volver a la calle cuando ya fuera de noche. Así que entré corriendo para no perderme el comienzo de la peli, que fue el siguiente:

Interior de un despacho con ventanales a una gran ciudad. El jefe de una empresa le explica a una docena de empleadas que está obligado a echar a tres de ellas; como no se atreve a decidir a cuáles, lo hará por sorteo. Las empleadas van sacando palitos numerados de un vaso, mientras yo me pregunto cuál de ellas será la del pueblo arrasado por el tsunami. El jefe, que ya tiene la decisión escrita en un papel, les dice al fin que las despedidas son las empleadas con los números tal, tal y tal. La primera se desmaya; la segunda se lamenta; la tercera será la protagonista de la película. Al terminar la escena, aparecen los títulos iniciales.

Sólo en ese punto confirmé que no estaba viendo Wonderful Town, sino otra peli: 69 (o 6ixtynin9, o Ruang talok 69). Espié en la penumbra: en la sala había, como mucho, quince personas. Ninguna parecía sorprendida por el cambiazo. Nadie se quejaba. Me pregunté si —como yo— tenían vergüenza de preguntarle a otro qué pasaba. O si —en su falta de expectativas— les daba lo mismo una u otra película.

Tum, la joven desempleada de 69, encuentra en la puerta de su departamento una caja llena de dinero. Pronto descubrirá que es dinero sucio, con el que se arreglan peleas de Muay Thai. Han dejado un pago en su puerta por error. Tum decide quedarse la plata. Así se ve envuelta por el odio mutuo que se profesan dos bandas rivales.

Si yo hubiera notado que —con astucia y en su propio beneficio— Tum tensaba la cuerda entre ambas bandas, hubiera sabido qué esperar: algo al estilo de Cosecha roja de Dashiell Hammett (y sus derivaciones en el cine: Yojimbo, de Kurosawa, Por un puñado de dólares, de Leone, o la menos trascendente Last Man Standing, de Walter Hill). Pero Tum resulta ser una chica desvalida y hasta un poco boba; no es calculadora ni tiene la fría dureza de Mifune, Eastwood o Willis. A Tum los cadáveres de ambos bandos se le van acumulando en el depto casi de casualidad, debido a enfrentamientos que siempre resultan algo ridículos. Y es que 69 arranca como peli de realismo social, pasa por el thriller y termina revelándose enseguida como lo que es: una comedia de humor negro, con deudas u “homenajes” a Quentin Tarantino y algunos toques medio pavos de vodevil (puertitas, equívocos, etcétera).

Cero tsunami. Cero historia de amor, reconstrucción y esperanza (¿esperanza = expectativa?). Esa tarde no hubiera entrado ni loco a ver una película basada en la trillada premisa “alguien encuentra algo que pertenece a la mafia y decide quedárselo” (ni aunque hubiera sido No Country for Old Men). Y sin embargo, ahí estaba.

A media película, una mujer se levantó y se fue, rezongando. En su queja alcancé a distinguir las palabras “estupidez” y “morbo”. Yo vi la peli entera, incluso me reí en algunos momentos, aunque una parte de mí divagaba: pensaba, por ejemplo, en La expectativa de Damián Tabarovsky, una novela que no leí (¿hablará de estas cosas?); o miraba a dos de los matones que, en plan buddy-movie, desgranaban sus gags mientras revisaban la casa de Tum, aunque mientras tanto yo pensaba en Alejandro Alvarado, un reportero que conocí en México: uno de los matones se le parecía un poco. OK, tailandés en lugar de mexicano, pero moreno y de bigote finito: de tener un saco de pachuco —como los que Alejandro solía usar— podría haber sido un copycat asiático de Tin Tan.

La comparación tiene que haberse disparado porque, en México, Alejandro se había dedicado durante un buen tiempo a las artes marciales. Incluso tenía escritas varias novelitas cortas y bizarras con un mismo héroe, Eder Mondragón, un peleador de Muay Thai. Esas novelitas, autoeditadas, salían gracias a la publicidad de gimnasios de artes marciales, impresas en las solapas o la contratapa: algo que uno no espera ver en un libro.

Tampoco esperaba recordar a Alvarado en esa tarde de domingo. No esperaba, sí esperaba: el espectador es un esperador (expectativa, del latín exspectātum: “mirado, visto”). En mi divague paralelo también recordé que una vez Gerardo Repetto nos contó de ciertas ideas que Gabriel Orozco materializó en la forma de una caja de zapatos vacía, la cual expuso en la Bienal de Venecia. Algo así como una búsqueda consciente de la decepción, para desactivar toda noción de “lo esperable” en el arte. Dice Orozco [lo tomo de Letras Libres]:


[Debe haber] aceptación de la decepción: no esperar nada, no ser espectadores, sino realizadores de accidentes. Así, el artista no trabaja para el público que ya sabe lo que debería de ser el arte: trabaja para el individuo que se pregunta cuáles son las razones para las que existe el arte.

Y este arte no puede ser espectacular, como la realidad no lo es […]. El espectáculo como intención está hecho para el público que espera, y el artista no trabaja para ese público. Además, no es posible convencer al público de que está formado de individualidades a través del espectáculo. Cuando el arte se realiza es cuando el individuo se realiza con él, aunque sea por un momento.

Cuando salí del cine, ya era de noche (la noche no me decepciona nunca). Volví a mirar el cartelito de la entrada y entendí: era el del día anterior. Los del Cineclub se habían olvidado de cambiarlo por el del domingo.

Aproveché la vuelta para pasar por lo de mi dealer y buscar la temporada final de Lost. Tuve que esperarlo diez minutos en la puerta. En ese rato seguí pensando en todo esto mientras tarareaba una canción de Lou Reed en la que él también espera a “su hombre” para que le dé su droga, generando así sus propias expectativas: un único origen para todas las decepciones y para todas las sorpresas.

Nivel medio, de Sergio Gaiteri

Por Martín Cristal

Éste es el texto que escribí para la presentación de Nivel medio, la primera novela de Sergio Gaiteri (editorial Raíz de Dos).

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En 2008, cuando Sergio Gaiteri obtuvo la primera mención en el Premio Clarín por Nivel medio, ese diario —con la sucinta frialdad que se suele destinar a las menciones— la resumió como una obra que trata sobre “la ambigüedad de las relaciones humanas”. A mí, esa frase me suena a un slogan que no va más allá de indicar otra ambigüedad: la de jurados y periodistas a la hora de tipificar una novela que ofrece mucha más tela para cortar.

A primera vista, Nivel medio podría parecer un título que deja una puerta demasiado abierta a la ironía de algún crítico haragán. Lo que ese título indica, en realidad, es el nivel educativo en el que se desempeña Claudio, el primer narrador de la novela: un joven profesor de Literatura en una escuela secundaria. El título también sugiere el nivel en que Claudio se encuentra en tanto aspirante a escritor: está justo a medio camino entre Alfio (su alumno rebelde y talentoso) y Locasio (el escritor consagrado que le despedaza un cuento a fuerza de correcciones en rojo). Medio también es el nivel socioeconómico del segundo narrador de la novela: el odontólogo Julio. Y en medio de ambos protagonistas está Cecilia: futura ex mujer de Claudio y amante de Julio. Con ese triángulo, el arranque de la novela queda servido.

Nivel medio nace de la ampliación de un cuento homónimo incluido en Certificado de convivencia, un libro que ya contenía algunos cuentos que parecían novelas condensadas (por ejemplo, “El metal más duro”). Más que ampliación debería decirse continuación: el cuento “Nivel medio” no fue inflado —en una especie de inversión de la famosa táctica borgeana— de un argumento que podía exponerse en unos pocos minutos a un libro de 220 páginas. No: lo que Sergio hizo fue continuar esa historia con otras que la suceden, y que tienen por protagonistas a los mismos personajes.

Así como, hace algunos años, Hernán Arias presentaba a Los invitados como un libro de cuentos, aunque al terminar de leerlo uno tranquilamente podía pensar que acababa de leer una novela, con Nivel medio uno puede asomarse al revés de esa misma estrategia: Sergio Gaiteri nos presenta a Nivel medio como una novela —y en definitiva eso es—, pero al terminarla uno tranquilamente podría pensar que acaba de leer un muy buen libro de cuentos. Esto es así porque la estructura de esta novela está concebida como una serie de relatos ensartados al modo de un collar de perlas, todos ellos con el estilo lacónico y austero que ya es la marca de Gaiteri. Aquí no hay —como en las novelas más comunes y corrientes— un conflicto central que se desarrolla mientras a su alrededor se organizan otras subtramas; aquí el avance de la trama se da en forma episódica, ampliando una atmósfera o un tapiz. En su propio beneficio, Gaiteri no se estira para alcanzar la novela, para repetirla o reinventarla, sino que la obliga a acercarse al cuento, o a la colección de cuentos, el terreno que él mejor conoce. Y cuando ya la tiene a su alcance, borra las huellas que marcaban el límite entre un género y el otro mediante sutiles ligaduras que funcionan como epílogo de lo sucedido o avances de lo que vendrá. La estrategia es eficaz y su espíritu, claramente contemporáneo.

Los dos narradores alternados —Claudio y Julio— van desenrollando su parentela y sus relaciones: una mancha humana que se va expandiendo a su alrededor. El título también indicaría el terreno en que se da el registro de esas experiencias humanas: la novela no apunta a las situaciones extremas de la existencia, a las grandes alegrías y tragedias de la vida, a los altibajos, sino a escarbar en las planicies intermedias de lo cotidiano: el relato toma por un camino que en otras disciplinas —como la Publicidad o la Historieta— ya se suele señalar con el rótulo de slice of life (“porción de vida”), aunque lo hace sin caer en el costumbrismo ni estereotipar nunca esa muestra en el afán de representarla con verosimilitud. Los ámbitos varían (una fiesta de quince, un cumpleaños con castillo inflable, la premiación en un concurso literario, una casa en las sierras…), pero siempre resultan familiares y reconocibles, sobre todo para el lector cordobés. Muy pocas veces Gaiteri se permite excepciones como una situación muy grave (alguien que padece cáncer) o un ámbito fuera de la provincia (alguien que viaja a Buenos Aires).

Los personajes de Nivel medio están esbozados por pequeñas acciones. Nunca nos encontramos con una descripción física de ellos. Su exterioridad consiste sólo en sus actos, los cuales nos dan la clave de su interioridad, de la procesión que llevan dentro. Todos tienen vidas ordinarias; todos tienen nombres comunes. Quien lee a Gaiteri por primera vez puede creer que estas historias son demasiado corrientes o, engañado por la sencillez del estilo, pensar que son fáciles de escribir. Cuidado: también el arroz parece fácil de hacer, pero no lo es si lo que uno busca —tal como le explica Julio a Cecilia— es “…un punto, una textura. Y una combinación”. Ya desde antes de publicar Los días del padre, su primer libro de relatos, Gaiteri había determinado muy bien qué punto quería para sus historias, cuál sería la textura de su estilo y qué combinación de situaciones reales quería contarnos. En Nivel medio sigue haciéndolo con una calidad sostenida, cuya principal desventaja es que nos va malacostumbrando a ella.

Un problema que suelen enfrentar los escritores programáticos es el no atreverse a incorporar variaciones o aspectos nuevos a su obra por miedo a traicionarse. Es el peso de lo hecho. Me pregunto cómo conseguirá Sergio que no nos acostumbremos, que no nos lo aprendamos, que no nos cansemos de leerlo. Quizás a él esto no le importe. En caso de que sí, una posibilidad —se me ocurre— es que él vaya ampliando sus registros tal como ya empezó a hacerlo en Nivel medio: además de la tristeza, la incomodidad y el desasosiego que siempre minan a los personajes de Gaiteri como un estrés subterráneo, en la novela también hay ciertas situaciones basadas en un sentido del humor que al menos yo había detectado solamente en uno de sus cuentos anteriores (titulado “Lona” y todavía inédito). Éste es un registro nuevo, cuya aparición celebro.

Ya que el acento del libro está puesto en las situaciones narradas —más que en el estilo o la estructura—, entonces no vamos a adelantar ninguna de esas situaciones en la presentación de la novela para no menoscabar el disfrute de descubrirlas durante la lectura. Tampoco vamos a hablar del final de la novela. No porque nos lo prohíba el editor, sino porque la noción misma de final como una promesa, como una zanahoria que nos hace seguir leyendo para alcanzarla, debe ser desactivada cuando nos enfrentamos a un texto que desde el principio no responde a la lógica canónica de las estructuras narrativas cerradas, sino a la ilógica y a veces absurda sucesión de eventos que componen la existencia de las personas.

Creo que, en los buenos libros, uno se da por bien servido mucho antes de llegar a la última página. Baste decir entonces que el “corte directo” de Gaiteri puede llegar en cualquier momento, y que la perplejidad puede ser una recompensa mayor que la sorpresa. A partir de hoy, tanto esa como las otras recompensas que esconde esta novela están al alcance de todos los lectores.

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Foto tomada de cordoba.com.ar

Lo mejor que leí en 2009 (2/3)

Por Martín Cristal

Segunda parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
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La gaviota | El jardín de los cerezos,
de Antón P. Chéjov

Planeta-Biblioteca La Nación, 2000. Teatro.

Si a los clásicos, como quería Borges, se los aborda con un “previo fervor”, también cabe decir que muchas veces se llega a ellos con demasiada información anticipada, lo cual puede provocar una “previa desconfianza” o también un “previo desgano”. Si la obra no se expande más allá de todo eso que ya sabemos de ella, la “misteriosa lealtad” borgeana puede convertirse en una nada misteriosa decepción. Conmigo, La gaviota (1896) superó esta dificultad.

El joven Trepliov pide: “Hacen falta nuevas formas. Nuevas formas hacen falta, y si no se encuentran, mejor es nada”. El artista en ciernes, el escritor wannabe que reclama lo Nuevo para el Arte, enfrentado al artista que ya goza de tal nombre en base a una trayectoria sólida y reconocida que, paradójicamente, ya no le aporta al Arte más que repeticiones aprendidas, fue el conflicto que sostuvo mi interés a lo largo de la lectura. ¿Aceptar madrinas o padrinos artísticos, ir en busca de su apoyo o su consejo, o bien criticarlos, rebelarse contra ellos desde el principio, sin aceptar nada de sus manos? A la relación Trepliov-Trigorin (escritor joven vs. escritor consagrado, si bien no genial) se ofrece como contraste la de Nina con la madre de Trepliov (actriz principiante que busca ser como su admirada actriz famosa). Estas tensiones se exacerban por el entrecruzamiento de las relaciones personales entre las partes. El amor tiñe la admiración y el desprecio, e incluso la percepción del talento ajeno. A veces es al revés: el talento, el desprecio o la admiración contaminan el amor…

¿Qué pasa cuando, años después de haber reclamado “lo nuevo”, el escritor descubre que él mismo recae en sus propias y rutinarias formas, que más importante que las formas era escribir lo que fluyera del alma, y que aprender todo esto le ha costado el derrumbe del amor y las relaciones humanas a su alrededor? La contundente respuesta de Trepliov —empujada también por su irremediable teen spirit— llega con la caída del telón.

El jardín de los cerezos (1903) narra la decadencia de una aristocracia incapaz de reconocer el momento histórico que le toca vivir. De esta otra obra sabía más antes de leerla, por lo que tenía cierto desgano al empezar, pero tuve suerte: justo en esos días, la Comedia Cordobesa estrenó su adaptación para el Festival Internacional de Teatro Mercosur, dirigida por Luciano Delprato. Pudimos verla poco después. No estaba ambientada en la Rusia del cambio de siglo, sino en la Argentina de los sesenta; la invención de Chéjov no se resintió en absoluto. La escenografía sesentera nos pareció brillante, y la decisión de presentar las indicaciones iniciales de cada acto en la forma de canciones, un acierto y un hallazgo.

El prólogo de Enrique Llovet pone a la figura del propio Chéjov en un lugar tan querible que me llevó a leer “Tres rosas amarillas“, de Raymond Carver, donde éste imagina los últimos días del dramaturgo ruso.

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Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff

Biblioteca Nacional-Colihue, Colección Los raros, 2007. Relatos.

Publicada en 1910, en el espíritu del Centenario, esta colección de estampas de la vida rural de los inmigrantes judíos en Argentina, oficia —según explica Perla Sneh en el excelente estudio introductorio— “de vía de acceso de la comunidad judía a una sociedad no siempre hospitalaria”. El título fue impugnado por Borges en su cuento “El indigno”, en el que su protagonista, judío, dice: “Gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y chacareros”.

El propio Gerchunoff, en la página que introduce la obra, explicita su propósito de integrar a los judíos al festejo del Centenario de la Argentina, cuando dice: “Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos […], digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd mortales…”. También lo hace en el primero de los relatos, “Génesis”: “Por eso, cuando el rabí Zadock-Kahn me anunció la emigración a la Argentina, olvidé en mi regocijo la emigración a Jerusalem, y vino a mi memoria el pasaje de Jehuda Halevi: ‘Sión está allí donde reina la alegría y la paz’”.

El libro se compone de escenas de la vida rural en Entre Ríos (el arado, el ordeñe, la trilla, la langosta); relatos sobre la tiranteces entre tradición y asimilación (raptos y bodas frustradas) o sobre el sincretismo de las nuevas supersticiones (historias de brujas y aparecidos); narraciones costumbristas; muestras de los acercamientos amistosos con el resto de la población (“La visita”), de algunas incomprensiones mutuas o, en algún caso, de un abierto antisemitismo (“Historia de un caballo robado”).

La prosa de Gerchunoff es dulce y poética, bucólica, tierna, aunque en ella hoy resulta un tanto arcaico el uso del “vosotros”. Los gauchos judíos es una oportuna lectura de cara al Bicentenario, como un punto de partida para pensar qué pasó en estos segundos cien años entre la comunidad judía y la Argentina.

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Un descanso verdadero, de Amos Oz

Siruela-Debolsillo, 2008. Novela.

A esta novela, publicada originalmente en 1982, me la había recomendado Mónica Maristain cuando yo todavía vivía en México. Pero me dejé estar y, de vuelta a la Argentina, cuando quise comprarla, la edición de Siruela me resultaba carísima, como todos los libros importados luego de la crisis de 2001. Por suerte este año encontré una edición económica en Eterna Cadencia. El estilo de Oz me fascinó, por lo que este año le dediqué un artículo en El pez volador.

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Leer parte 3 de 3

Sobre el concepto de canon

Por Martín Cristal

Se ha hablado mucho sobre el canon desde la publicación del famoso (y, según muchos, tendencioso) libro de Harold Bloom, El canon occidental (1994). Cada tanto aparece alguien que quiere hacer un nuevo canon de la literatura argentina, latinoamericana o mundial.

En el diario de la Feria del Libro de Córdoba 2006, Rogelio Demarchi daba distintas impresiones sobre la idea de canon:


“Puede implicar muchas cosas. La Biblia es un canon, contienen una serie de libros a los que llama, casualmente, canónicos. También se puede pensar al canon como una prescripción “pedagógica-estatal” (la idea es de Harold Bloom), o sea los libros que hay que enseñar, transmitir a los jóvenes. En otro sentido, se da el caso musical, para mí una bella metáfora, donde el canon es un conjunto de voces que van entrando en distintos momentos para cantar juntas. Y otra posibilidad, pero no la última, es el canon como una memoria viva que se puede representar como un sistema de relaciones…”

Esto último, lo de “un sistema de relaciones”, es la definición que más se aproxima a la que yo entendía —y entiendo— como canon. A continuación, algunas ideas que tengo respecto de ese concepto.

Sigo creyendo en la importancia del libro que estoy leyendo en tanto obra individual, y no tanto en la del personaje que su autor ha construido alrededor de sí mismo, su “imagen de escritor” o su estrategia de difusión y circulación. Por ende, creo que un canon que se precie de su calidad debería considerar obras, no autores; lo que importa son las obras que alcanzan una gran calidad o significancia, y no la obra completa de una autor, la cual necesariamente tiene altibajos, amén de que al autor se lo considera también por los rasgos que hacen a su persona (raza, credo, posición social, opiniones políticas, lugar de residencia o nacimiento, exposición mediática, etcétera).

Por otra parte, creo que la idea de canon en tanto “prescripción pedagógica-estatal”, es peligrosa como la nitroglicerina. No sólo porque es volátil e inestable, sino porque, si se la llevara al extremo, equivaldría a una nueva forma de censura, de Santa Inquisición. No hay que olvidar que quien se pone en el papel de elegir los libros favoritos para una nación o región, también decide qué es lo que va a tener menos posibilidades de ser leído o, de plano, ninguna posibilidad. De ahí que yo rechace el pensar en el canon de esa manera.

La mayor o menor superficie del “círculo canónico” está dada por el alcance previo que establece quien sea que determina el canon: el círculo de la literatura occidental es más amplio que el de la literatura latinoamericana, el de ésta que el de la argentina, etcétera. En cualquier caso, los dos puntos de máximo interés son el centro del círculo y la raya roja de su límite exterior. La discusión recae en estos dos lugares, en qué nombres se ubican en esos lugares; el resto tiene mucho menos interés, aunque no da lo mismo estar dentro que fuera.

El centro del canon relativiza desde sí a todas las demás posiciones, que no pueden serle indiferentes. Quien da la espalda al centro también asume una posición ideológica.

Del borde del canon: Con frecuencia se habla de autores que, aunque deberían estar dentro del canon, son sistemáticamente excluidos. Al menos en los últimos diez años, los nombres que vengo oyendo en Argentina son siempre los mismos: Fontanarrosa, Soriano… Esto, y las discusiones que suceden a esto, responden a que se piensa el canon —erróneamente— en forma de lista, de ranking, en lugar de razonarlo como un “sistema de relaciones”, es decir, un conjunto graficable como el mapa de un territorio. Yo no veo el canon como una lista (unidimensional, arriba-abajo) sino como un área (bidimensional, e incluso tridimensional: una constelación, o un territorio con accidentes topográficos, una ciudad con barrios altos y bajos, suburbios, zonas céntricas, zonas en construcción…). Si el canon se piensa como un mapa, como una zona donde cada autor se ubica en un sector diferente, entonces se ve que autores como Soriano sí forman parte del canon: ocupan el lugar del raro, o del cuestionado, el borde del mapa, si se quiere, el suburbio popular que los barrios altos temen o desprecian, y critican. Pero esos autores sí están dentro de la gran ciudad “Literatura Argentina”: de eso no cabe duda, porque son sus nombres los que siempre se discuten, y están en un lugar casi tan privilegiado como el centro: el borde.

Si se quiere pensar en los autores que verdaderamente no están en el canon, hay que pensar en un autor cuyo nombre no se puede pronunciar, cuya obra —aun cuando quizás sí la hemos leído— ha sido olvidada y entonces no puede ser citada. Sólo si no podemos discutir si debería estar o no dentro del mapa, es que un autor está irremediablemente fuera. Los demás, aquellos de los que se discute, aquellos que podemos recordar y situar si más no sea en un suburbio del mapa, sí forman parte de la constelación canónica. La ciudad no se conoce íntegramente si no se ha pasado también por esos barrios.

El único canon incuestionable es el canon íntimo que un lector demarca para sí mismo, porque responde a un criterio único y de uso privado; se basa en un campo acotado de lecturas (estructuradas o aleatorias) y sin segundas intenciones más allá del disfrute personal: no se pretende imponérselo a nadie. Todos los demás son cuestionables, o al menos sospechosos, porque muy probablemente responden a una segunda intención, a una agazapada voluntad de poder.

Quien coincida con todo lo expuesto aquí, tendrá que coincidir también en que un libro como el reciente 1001 libros que hay que leer antes de morir no es fundamental para la vida, porque al error general de proponer una preceptiva de lecturas, le superpone otro error, interno y paradójico: el de no recomendarse a sí mismo en sus propias páginas…


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