Dibujar el jazz

Por Martín Cristal

Jack Kerouac y los beats sacralizaron a los músicos de jazz; en Rayuela, Cortázar ponía discos de Bessie Smith, Louis Armstrong o Dizzy Gillespie (que a Oliveira no le gustaba); antes, en “El perseguidor”, Cortázar ya había imaginado a un Charlie Parker a su medida; en los ochenta, Clint Eastwood nos lo bajaría a tierra con su película Bird

Y así: como cualquier género musical consolidado, el jazz cuenta con un panteón de héroes que pueden ser tomados y reversionados no sólo por los nuevos músicos del género, sino también por narradores de distintas disciplinas, que contribuyen a ampliar su mitificación. Éste es el caso de dos historietas editadas en la Argentina: Coltrane, del italiano Paolo Parisi, y Billie Holiday, de la dupla Muñoz-Sampayo.
|

Un amor supremo

Coltrane-Paolo-Parisi-La-PintaPaolo Parisi (1980) vive y trabaja en Bolonia. En 2009 expuso en Buenos Aires, en el Festival Internacional Viñetas Sueltas; de ese mismo año es Coltrane, su historieta sobre el saxofonista norteamericano. Tres años después fue publicada en nuestro país por la editorial La Pinta.

La tapa en negro y azul remite a la de Blue Train, aunque Parisi estructura la historieta calcando la forma de otro gran álbum del músico: A Love Supreme. Al igual que aquel disco, el libro se divide en cuatro partes, tituladas Acknowledgement, Resolution, Pursuance y Psalm. Parisi declara abiertamente su intención de “relacionar la lectura del libro con la escucha del disco”, propósito que evidencia el desafío sinestésico de estas historietas devotas de la música: el de captar con un arte visual el fenómeno emocional y físico del sonido (algo que ya habíamos señalado en Klezmer, de Joann Sfar).

Coltrane-Parisi-vinetaTenemos así “Reconocimiento”, “Resolución”, “Persecución” (o “Cumplimiento”) y “Salmo”. Vale preguntarse si esa secuencia no sugiere —tanto en el disco como en la historieta— cierta progresión en la vida de Coltrane como artista. Primero la necesidad de aceptación; luego, la decisión para seguir adelante; después una búsqueda sostenida que cumpla en alcanzar la trascendencia espiritual: el “salmo” de Coltrane (esto es, un poema que incluyó en las notas de A Love Supreme, con insistente referencia a Dios). En efecto, Parisi reparte algunas pistas de “evolución artística” aquí y allá, aunque sin atarse a ninguna cronología. A cada vuelta de página —todas ellas con márgenes y medianiles en negro—, la historieta salta de una época a otra, sin dejar de brindar la datación exacta de cada episodio, detalle que se agradece.

Coltrane-Parisi-vineta-gde

Parisi evita todo didactismo y se salva de convertir su historieta en un mero “Coltrane para principiantes”. Más que brindar una biografía wikipediesca, logra esbozar una personalidad: la del músico que a puro talento atraviesa los prejuicios de una época y un país. Conocemos a un Coltrane capaz de remontar su propia timidez; capaz de amar y de dejar de amar; capaz de sucumbir a las drogas para luego sobreponerse. Lo vemos entregado al dominio de su instrumento pero sin estancarse sólo en la técnica. Rehúye del sonido ajeno (admira a Bird pero no quiere sonar como él) y sin embargo aprovecha la influencia de colegas como Miles Davis o Eric Dolphy. Se nutre de ellos e ignora a los críticos, siempre tratando de ir más allá.

El libro incluye una bibliografía, discografía y videografía sobre Coltrane, que los interesados en su música sabrán valorar.
|

Cuerpo y alma

Billie-Holiday-Sampayo-MunozEn Billie Holiday, su historieta de 2007, Carlos Sampayo y José Muñoz eligen un camino aún más alejado de la llana biografía para dar cuenta de la pasión y caída de la gran cantante del jazz.

Tras el prólogo de Alfredo Rosso, es el alma de la propia Lady Day la que nos introduce en su tragedia. Enseguida el relato se desdobla en dos personajes que enmarcarán la evocación de Billie: uno es un periodista que debe escribir una nota sobre la cantante, pero no sabe nada sobre ella; el otro es un hombre solitario y taciturno que “sabe muy bien quién era Billie, aunque ignora un episodio que sucedió hace cincuenta y un años”. No es otro que Alack Sinner, personaje emblemático de la dupla Muñoz-Sampayo.

El encastre de biografía-en-ficción propuesto por el guión de Sampayo, junto con el alto contraste de los dibujos de Muñoz —cuya síntesis logra que lo difícil parezca fácil—, nos transportan al reino triste de Holiday: la cruel aguja en el brazo, la luz cenital sobre el micrófono, Billie-Holiday-Munoz-vinetala música que redime y salva; el racismo —también en blanco y negro— que la lleva a tener problemas con la policía, y de ahí directo a los calabozos; los hombres que se aprovechan de ella, a excepción de Lester Young, que la entiende y la acompaña con el saxo (pero no con el sexo, porque el del fiel amigo Lester apunta hacia otra parte).

Fruto extraño, la pobre Billie: más páginas en esta breve historieta que años de vida. Queda el consuelo de que, tras el final, su voz haya perdurado como síntesis de un alma. Una voz ya sin cuerpo, pícara o melancólica según lo mande la canción, pero siempre llena de gracia, hermosa como el estallido blanco de una flor en el pelo.

Billie-Holiday-Munoz

_______

Coltrane, de Paolo Parisi. Historieta. La Pinta, 2012. 128 páginas. | Billie Holiday, de José Muñoz y Carlos Sampayo. Historieta. Ojodepez!, 2007. 56 páginas. Recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de julio de 2014).

Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy y Diego Ontivero

Por Martín Cristal

Los cazafantasmas

Larraquy-Ontivero-Informe-Ectoplasma-animalRoque Larraquy se desmarca de las expectativas que siempre genera una muy buena primera novela —como sin duda lo fue La comemadre, su debut narrativo de 2010— mediante la publicación de un segundo libro que no pueda encajarse fácilmente en ese mismo género… o en cualquier otro. Un buen intento de evitar las (inevitables) comparaciones.

Su flamante Informe sobre ectoplasma animal consta de 23 episodios brevísimos cuyo punto en común más evidente con La comemadre es el retorno a la exploración ficcional del ámbito científico de principios del siglo XX (que en esta ocasión se prolonga hasta la década del cincuenta). En la ingenuidad entusiasta de esas investigaciones primigenias —en ese no saber si lo que se estudia hoy tendrá, algún día, estatuto de ciencia, o aplicaciones prácticas relevantes—, hay una cantera muy rica para la imaginación narrativa, algo que Larraquy sabe aprovechar.

La narración en presente le otorga inmediatez a una acción que se enfoca —en las dos primeras partes del libro— en la recolección de un módico zoológico de aparecidos: son espectros de animales muertos, “un residuo matérico inscripto en el éter”, que puede registrarse mediante una novedosa técnica, todavía en desarrollo: la ectografía. Con ella es posible captar el “ectoplasma” animal, y luego sugerir las más diversas conclusiones respecto de cada uno de esos registros.

Los episodios del catálogo espectral de Larraquy funcionan en dos direcciones: presentan una historia fantasmagórica que luego el registro ectográfico vendrá a interpretar; o bien, a la inversa, describen primero una ectografia, cuyo resultado el lector comprenderá mejor al conocer el contexto en que se obtuvo la toma.

La tercera parte de este informe propone una trama mínima en torno al intento de desarrollar la técnica ectográfica por parte de una típica sociedad (pseudo)científica: caballeros honorables que buscan sistematizar sus observaciones en pos de convertir su afición común en una ciencia hecha y derecha (lo otro que buscan, claro, es credibilidad y apoyo económico). La convicción de los científicos de Larraquy a veces parece más basada en la fe que en la razón, y muchas veces provoca una sonrisa. Su fascinación por ver lo que usualmente no puede verse, recuerda el asombro de Hans Castorp —en La montaña mágica de Thomas Mann (1924)— al ver el esqueleto de su primo Joachim (y los huesos de su propia mano) en una “moderna” radiografía.

Diego-Ontivero-TrilobitesEl texto íntegro abarca apenas 55 páginas, que se complementan bien con las ilustraciones de Diego Ontivero: 23 composiciones geométricas de colores desaturados —cuando no en blanco y negro—, posiblemente realizadas con algún programa de dibujo vectorial (Ontivero es diseñador gráfico). Figurativas o abstractas, apelan a sintéticas vistas frontales o con perspectivas isométricas, y a la elogiable estrategia de sugerir antes que explicar. Destaca la de un trilobites, mezcla de fósil y móvil colgante.

En un dibujo mucho más antiguo (un grabado en realidad), Goya inscribió aquello de que “el sueño de la razón produce monstruos”. En este informe, el monstruo provisto por la razón —por la ciencia, como sucede desde Frankenstein— toma la forma evanescente de un espectro mixto, un residuo fantasmal que en su más mínimo contacto con el hombre parece capaz de alterarlo, excitando su violencia intrínseca. Todo el orden moral humano queda en cuestión cuando nuestra bestialidad puede atribuirse a algo invisible, incontrolable, que nos atraviesa. El epílogo de este Informe sobre ectoplasma animal funciona como contraste para esta percepción. ¿Somos más de lo que se ve de nosotros? Aun si así fuera, los hombres ya hemos establecido las penitencias que les corresponden a todas “nuestras” malas acciones.

_______

Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy (texto) y Diego Ontivero (ilustraciones). Nouvelle ilustrada. Eterna Cadencia, 2014. 88 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 8 de mayo de 2014).

Examen de residencia, de Eduardo Muslip

Por Martín Cristal

Sentido y sensibilidad

Eduardo-Muslip-Examen-de-residenciaEnfocada en los detalles, atenta, inteligente: así es la mirada de Eduardo Muslip (Buenos Aires, 1965), un autor que sitúa sus narraciones en la existencia cotidiana de Buenos Aires o el extranjero —usualmente Estados Unidos—, y también en los vericuetos de la vida universitaria.

En Examen de residencia, el libro donde Muslip reunió sus primeros relatos, las experiencias vividas por sus personajes se acoplan a reflexiones abiertas y constantes sobre el lenguaje, sobre cómo las palabras velan o revelan dicha experiencia (previa o presente). Sus narradores quedan definidos por el encuentro de esa atención exterior y ese riguroso razonamiento interior.

Dicho de otro modo: Muslip no le teme a las interpolaciones (esas reflexiones intercaladas en la acción del relato, algo de lo que otros autores huyen como si fuera una peste). Si esa estrategia discursiva funciona bien en Examen de residencia, es porque el autor nunca pierde de vista el tema de cada cuento: así, un pasaje interesante pero que en principio puede parecer una digresión o un comentario tangencial, al finalizar la lectura cristaliza como un ángulo más del tema tratado, otra manifestación de las manías y las obsesiones del observador/narrador.

Algunos de esos temas son las fobias a vencer antes de pasar a una nueva etapa (“Arácnido en tu pelo”); los viajes, los sueños y los simulacros (“Montevideo”); y sobre todo, la fugacidad del presente, la provisionalidad de las relaciones humanas. Esto último se percibe en cuentos como “Power Rangers”, “Examen de residencia” o “La playa”, y domina abiertamente en “Estela Muscari”, una exploración de las relaciones en la era previa a la llegada de las redes sociales. Lejos de avejentarlo, eso le agrega otra dimensión al relato: si bien en él no hay más que correos electrónicos y celulares, el pensamiento del narrador, aplicado a la lógica relacional de entonces, nos permite repensar nuestra convivencia actual con Facebook y Twitter. En otro cuento destacable —“Martha”, una pseudo Mirtha Legrand, objeto del deseo crucial para la trama— Muslip se prueba en el género fantástico, aunque sin mostrarlo de entrada (un poco a la manera de Elvio Gandolfo en Mujeres).

El estilo es reposado y reflexivo. Para garantizar la transparencia de sus conceptos Muslip no simplifica la sintaxis hasta el límite último de lo unimembre y lo insulso; por el contrario, prodiga variantes sin que su pulso se descontrole. Así, sus textos ofrecen un sentido hondo sin renunciar a una buena cadencia —hagan la prueba de leerlo en voz alta—. Esto, sumado al interés que provoca una mirada inteligente y aguda, motiva a seguir leyendo incluso más que la estructura o la construcción argumental de los relatos (aspectos que el autor tampoco descuida, por supuesto).

Otros libros de Eduardo Muslip disponibles en librerías cordobesas son Plaza Irlanda (2004) y Phoenix (2009). En ellos, el autor continúa destilando relatos controlados, con extensiones intermedias que van del cuento a la nouvelle.

_______

Examen de residencia, de Eduardo Muslip. Relatos. Simurg, 2000. 160 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de octubre de 2013).

La comemadre, de Roque Larraquy

Por Martín Cristal

Ciencia y arte, cabeza a cabeza

La-comemadre-Roque-LarraquySi todo cerebro es un díptico en el que
una mitad se ocupa del raciocinio y la otra de la creatividad, y si sus interconexiones producen el pensamiento —eso que para Descartes señala la propia existencia—, entonces se puede decir que La comemadre de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975) existe como un cerebro: un órgano dividido en dos partes, una ligada a la investigación científica, y la otra, a la búsqueda artística. Puede objetarse que los científicos también deben ser creativos y que los artistas también son (quien más, quien menos) racionales. Es así, pero incluso con esa contaminación el símil persiste y hasta se fortalece, ya que esos cruces también unen los dos hemisferios que integran la novela de Larraquy.

La primera parte transcurre en un sanatorio bonaerense, en 1907: un grupo de médicos, positivistas desaforados, se propone un experimento macabro que supone mentiras a los pacientes y —horror— decapitaciones. La segunda parte, en 2009, releva la vida de un artista contemporáneo que —horror— materializa sus obras con partes de cuerpos humanos. Incluido el suyo.

No es una mera yuxtaposición de dos relatos independientes (es decir, no estamos ante un ser de dos cabezas, aunque en la novela aparezca uno), ni dos variaciones del mismo relato (es decir, no son dos hermanos con un mismo nombre, aunque en la novela los haya, ni dos hombres sin parentesco pero casi idénticos, aunque en la novela, etcétera), sino un sólido e inteligente relato con un concienzudo trabajo de interrelaciones entre dos partes que componen un mismo ser.

Cerebro-Pato

Pero analizar es separar. Así que separemos —aquí sin guillotinas— las cabezas de los cuerpos: a fin de cuentas, en ambas partes de La comemadre, los cuerpos resultan descartables. Se piden (incluso abiertamente, si son para la Ciencia; si son para el Arte, los pedidos deberán disfrazarse de científicos) para después usarse y finalmente ser entregados a fosos o a extrañas larvas que equiparan ciencia o arte con mafia.

Quedan sólo las cabezas: en ellas, Larraquy sospecha el reservorio último de la identidad. Por eso un personaje se pregunta: “¿Una cabeza cercenada, sigue siendo Juan o Luis Pérez, por decir algún nombre, o es la cabeza de Juan o Luis Pérez?”. Por eso otro está obsesionado con la frenología. Por eso toda alteración quirúrgica facial es en el fondo una alteración de la persona en sí (esa máscara indicada en la etimología del término persona).

Podrá señalarse que la prosa de La comemadre a veces está demasiado pendiente de sorprender en cada frase, o que en alguna aparezca la sombra de un Borges procesado pero distinguible. Preferibles esos riesgos a aquellas prosas que, por miedo a meter la pata, nunca se atreven a variar nada. Es cierto también que las voces de ambas partes, necesariamente distintas, no llegan a separarse del todo; sin embargo, la diferente óptica —científica pretérita o artística contemporánea— con la que se encara el mismo uso desapasionado de los cuerpos logra particularizarlas con suficiencia (amén de que el narrador de la segunda parte deja ver que leyó el texto de la primera; lo conoce, por lo que no sería casual ni mágico que él conforme su propio relato con palabras muy significativamente tomadas del otro. Todo cabe dentro del arte).

La comemadre de Roque Larraquy es una de esas primeras novelas que llevan a apuntar mentalmente el (sonoro) nombre de su autor, para estar atentos a la publicación de sus siguientes obras.

_______

La comemadre, de Roque Larraquy. Novela. Entropía, 2010. 146 páginas. Con una versión algo más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 2 de mayo de 2013).

El mal menor, de C. E. Feiling

Por Martín Cristal

Cuando las pesadillas vienen marchando

En su obra, “Charlie” Feiling (Rosario, 1961 – Buenos Aires, 1997) proyectaba una exploración de los géneros literarios; El mal menor, que publicó un año antes de su muerte, venía a ocupar el casillero “novela de terror”. Durante mucho tiempo fue inhallable (salvo dentro del volumen póstumo titulado Los cuatro elementos, en el que Norma la juntó con las dos novelas anteriores de Feiling —una policial y una de aventuras—, más fragmentos de otro proyecto inconcluso: una novela en plan fantasy). Finalmente El mal menor vuelve a circular por separado en la “Serie del Recienvenido” (FCE), la cual ofrece al lector “grandes obras de la literatura argentina de las últimas décadas del siglo XX”, cuya vigencia las mantiene “en diálogo y en sincronía con las propuestas más novedosas de la literatura actual”, según lo entiende el director de la colección, Ricardo Piglia.

En el epígrafe inicial, Stephen King oficia de padrino y portero para una historia que no arranca tras la puerta chirriante de un castillo tenebroso, sino en un edificio cualquiera de Buenos Aires. La ciudad (y San Telmo en particular) es sede de una serie de apariciones pesadillescas que sólo algunas personas —como Inés Gaos o el tarotista Nelson Floreal— son capaces de percibir. Es una peligrosa filtración de horrores oníricos cada vez más concretos y evidentes para estos iniciados, cuyo poder de percepción los ata a una terrible responsabilidad. Cuando la acción se ramifica a otras ciudades —La Habana, Londres—, se comprende que es el mundo entero lo que hay que defender de esa invasión infernal digna de una pintura de El Bosco.

Según Piglia, El mal menor está escrita “en una prosa cuya precisión y serenidad garantiza la verdad de cualquier escena (o situación extrema) que se narre”. En efecto, el estilo es moroso y detallado en su forma de “mostrar” lo que sucede; Feiling no altera el tono al pasar de lo cotidiano a lo sobrenatural. También mecha un humor que uno se ve tentado de etiquetar como “inglés”, por su fina ironía y la parsimonia inalterable con que alcanza sus efectos.

OK, pero, ¿da miedo o no, la novela? Varias escenas se centran en lo descriptivo para provocar el impacto o la repulsión del gore; ésas no llegan a estremecer al lector tanto como las que se basan más en la acción narrada, aunque lo van ablandando para la llegada de aquellas “situaciones extremas” que refiere Piglia. Quizás sería mejor decir “imágenes extremas” porque Feiling se centra notoriamente en lo visual. Según Elvio Gandolfo —en El libro de los géneros— buena parte del terror suele apoyarse en otro sentido de la percepción, en una faceta más visceral, que es el miedo a ser tocado (por la fuente del horror de turno). Feiling no siempre llega al punto de generar ese tipo de miedo en los personajes —y por ende tampoco en el lector—, aunque sí lo logra en escenas como la primera de todas, que transcurre mientras la protagonista se da un baño en su departamento: la amenaza se acerca desde el otro lado de una puerta cerrada (y cuando la protagonista toque el picaporte, el tacto sí intervendrá en el asunto). El miedo no surge tanto de lo que se ve, entonces, sino de lo que se cree prever, de lo que se siente incluso antes de ver. Es algo que trasciende los sentidos más obvios.

Promediando el libro, el misterio inicial muestra sus reglas internas. Desde ahí, la historia dosifica los sobresaltos del lector para concentrar su energía en el clímax: un enfrentamiento inolvidable en el corazón de una Buenos Aires de pesadilla, un combate contra fuerzas sobrenaturales que, aun consumado, reservará para después otros espantos epilogales, tal como sucede en muchas películas del género. Éstos son horrores menos hollywoodenses, más íntimos y violentos: vueltas de tuerca finales de un voltaje inolvidable.

Redonda y divertida, El mal menor es ideal para leer como toda buena novela de terror: en el silencio de la noche, bajo la única luz prendida en toda la casa y de espaldas a la puerta abierta.

_______

El mal menor, de C. E. Feiling. Novela. FCE, 2012 [1996]. 200 páginas. Con una versión más corta de este texto recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de diciembre de 2012).

Plop, de Rafael Pinedo

Por Martín Cristal

Recuerdos de un mundo peor

“No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la Cuarta: con piedras y palos”. La advertencia de Einstein condensa el espíritu de aquella ciencia ficción que imagina cómo sería vivir en un mundo en el que la gran hecatombe ya ha ocurrido, para así dejarle paso al relato de sus secuelas. Son las llamadas ficciones postapocalípticas.

Plop, la novela breve de Rafael Pinedo (Buenos Aires, 1954-2006), esboza con trazos duros y certeros un baldío postapocalíptico de una desolación tal que, a su lado, el mundo de Mad Max todavía parece tecnificado y floreciente. A pesar del primitivismo que domina el libro, hay indicios que nos muestran que estamos en el futuro y no en un pasado remoto: no son los metales —que en los universos pseudomedievales del fantasy también existen—, sino otros desperdicios industriales dispersos en el paisaje los que aportan pistas de una tecnificación pretérita. Vidrios y cemento, sí, pero sobre todo los plásticos (tan siglo XX). También hay, diseminados, viejos aparatos inservibles “que nadie sabe para qué son, o fueron”.

Así, podría decirse que la de Plop es una “ciencia ficción pobre” (un concepto muy atendible para elaborar ficciones especulativas en un contexto latinoamericano). No “pobre” por los recursos expresivos de Pinedo —muy medidos pero potentes—, sino por la pobreza intrínseca de sus personajes, condenados a la supervivencia más áspera en un páramo interminable.

En esa tierra baldía nace un bebé bautizado Plop. Su nombre no tiene relación con los desmayos de Condorito; la onomatopeya marca a quien fuera parido en el barro. Lo criará “la vieja Goro” (que arbitrariamente leímos como una referencia —¿cariñosa o irónica?— a Angélica Gorodischer). Goro es la única del grupo que sabe leer, y por eso esperamos de ella alguna revelación. Sin embargo, nada se nos dice de la catástrofe que pudo haber llevado a esta parte del mundo —¿la pampa argentina?— a semejante desintegración.

Seguimos las memorias del protagonista en capítulos breves que nos muestran cómo ha sido vivir bajo las leyes de una tribu ferozmente estratificada. Una organización férrea y violenta, con rituales y tabúes, cuya finalidad es la supervivencia de la mayor parte del grupo.

Para Plop, esa pirámide social será una tentadora cuesta que trepar: la novela antropológica de Pinedo se va inclinando hacia el tópico de la soledad del poder. Sanguinaria y cruel, despojada y dura como la prosa de Pinedo: así es la vida que Plop recuerda en una serie de precisos flashbacks.

(Sólo una cosa no cierra del todo: ¿por qué el castigo final del protagonista —anticipado desde la primera página— es tan elaborado y trabajoso en comparación con otros —no menos efectivos— que son más frecuentes y sencillos en la tribu? “…Recicle, pira, aguja, despellejamiento, degüello o qué”, proponía Plop en otra parte como menú para castigar a cierto vigía que no cumplió bien su tarea [p. 99]. Quizás Pinedo pensó que ese tipo de castigo es el que procede en una sociedad así para quien abusó de una jerarquía máxima obtenida por la fuerza…).

Plop obtuvo el premio Casa de las Américas en 2002. Pinedo murió poco después. Dejó dos novelas más con que es posible completar el diorama desolado de su imaginación: se titulan Frío y Subte, ambas de reciente aparición en España.

_______
Plop, de Rafael Pinedo. Novela. Interzona (Línea C), 2004. 144 páginas. Con una versión algo más corta del presente texto, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2012).

Cacería, de María Teresa Andruetto

Por Martín Cristal

Cacería es el título “mondadorizado” de lo que puede leerse como una edición ampliada de Todo movimiento es cacería, colección de cuentos que María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, Córdoba, 1954) publicara originalmente con el sello cordobés Alción. A los ocho cuentos incluidos en aquella edición de 2002, aquí se suman otros cinco, en perfecta armonía con los anteriores. Respecto del cambio de título, no me consta si la iniciativa fue de la autora o si se trató de una sugerencia del editor; si éste fuera el caso y por si Mondadori tuviera en mente reeditar alguna vez a Hemingway o a Proust, quisiera dejar asentado en actas que Campanas no es un mejor título que Por quién doblan las campanas, ni Tiempo resulta más pregnante y conmovedor que En busca del tiempo perdido.

“Todo movimiento es cacería” es un verso de Amelia Biagioni que Andruetto eligió para abrir el cuento del mismo nombre. Es el primer relato del libro, y su clave es… Seguir leyendo en El lince miope

Armando Zárate, in memoriam

Por Martín Cristal

Recién anoche me enteré del fallecimiento de Armando Zárate, ocurrido a principios de este mes. Poeta, ensayista, Doctor por la Universidad de California y Profesor Emérito de la Universidad de Vermont (Estados Unidos), Zárate casualmente compartía conmigo el hecho de haber vivido un tiempo en México: yo acababa de volver desde el DF a Córdoba cuando lo conocí (por intermedio de mi padre) en 2004; él había vivido en la capital mexicana como becario, en la década del sesenta. Tiempo más tarde descubrí que la autora mexicana Margo Glantz lo recordaba en el capítulo XLVI de su novela Las genealogías: Zárate era uno de los habitués del Carmel, el café de la familia Glantz, donde “cenaban y hacían poesía” él y otros poetas como Luis Mario Schneider o el chileno Gabriel Carvajal.

En 2007, Armando tuvo la amabilidad de presentar mi novela La casa del admirador. Por aquella gentileza siempre le estaré agradecido.
|
Con Armando en una sala del Cabildo de Córdoba, antes de la presentación de la novela.
|
Ese mismo año, Zárate publicó su Álbum poético de Córdoba (Ed. Comunicarte), libro de exquisita factura editorial en el que amplía su anterior Memorial poético de Córdoba (Ed. del Fundador, 2000), agregándole otros textos relacionados con la provincia, aunque ya no necesariamente de autores cordobeses.

El Álbum es una lectura de gran provecho para aprehender un derrotero (posible, entre tantos otros trazables) de la larga tradición poética de Córdoba. La muestra se presenta enriquecida con la mirada de otros poetas que pasaron por la provincia, como por ejemplo Pablo Neruda (del que Zárate selecciona dos odas: “…a las tormentas de Córdoba” y “…al algarrobo muerto”), o por un narrador como Daniel Moyano, que en el libro es capaz de sorprender con un poema: “El niño”. (Zárate me contó que una vez Moyano leyó este poema en público —¿en Vermont?—, y que apenas terminó, dejó caer el papel sobre la mesa y dijo con desdén: “no me gusta”). Moyano —que además de escritor, era músico, plomero y albañil— era muy amigo de Zárate, y le había hecho toda la cañería de su casa. Esto lo cuenta Armando en una entrevista que le hizo Rogelio Demarchi en La Voz del Interior con motivo de la publicación del Álbum. En esa misma casa vi colgado el cuadro de Manuel Reyna que ilustra la tapa del libro: la capilla de Candonga más linda que conozco (y eso que hay cientos de Candongas pintadas en Córdoba).

La selección del Álbum poético de Córdoba realizada por Armando Zárate arranca con el mismísimo fundador, Jerónimo Luis de Cabrera; lo siguen, entre muchos otros nombres ilustres, Luis de Tejeda, Leopoldo Lugones, José Rivera Indarte, Hilario Ascasubi, el Conde de Lautréamont, Carlos Romagosa, Arturo Capdevila, Saúl Taborda, Enrique Banchs, Azor Grimaut, Enrique Luis Revol o Emilio Sosa López (que dirigió junto a Zárate la revista Mundi; antes Zárate también había fundado una revista de poesía, Cara verde).

Para mi historial como lector, la inclusión más importante —porque en aquel entonces fue para mí toda una revelación— fue la de Romilio Ribero, que figura con dos poemas geniales: “Bailar en sal” y “Animales peligrosos”. Por estos poemas salí a buscar los libros de Ribero (toda su poesía está editada por Alción). También me impulsó la semblanza que Zárate hace del poeta: “Nadie sabía en Córdoba de qué vivía Romilio o de qué podría vivir. Un día, por mediación de un funcionario, le cedieron un cuarto de conserje en el teatro Rivera Indarte. Romilio, en las noches más frías y solitarias, se tendía envuelto por el alfombrado en las galerías y muy a gusto con los fantasmas del Coliseo”.

También por ese descubrimiento le estoy agradecido a Armando Zárate. Que en paz descanse.

El neorromanticismo, de Diego Fernández Pais

Por Martín Cristal

1. ¡Bailen, putos!

La novela breve El neorromanticismo fue publicada recientemente por Alción, una editorial cordobesa de larga data cuyo valor nadie podría cuestionar, si bien en los últimos años acusaba la necesidad imperiosa de una renovación en su catálogo. Quizás para subrayar esa intención, el escueto texto de la solapa, después de informarnos que el autor —Diego Fernández Pais— nació en 1987, redunda enseguida con el dato de que “es un escritor joven”.

Jovencísimo, sí, ya nos habíamos dado cuenta, y con un comienzo tan auspicioso y prometedor como el de su primera novela…

Seguir leyendo en El lince miope

Mujeres, de Elvio E. Gandolfo

Por Martín Cristal

Recomendamos este libro en el Nº 21 de la revista Ciudad X (marzo de 2012).

_______

El libro se titula Mujeres, pero no es ningún tratado con perspectiva de género. Yéndonos al otro extremo, tampoco es la novela homónima de Charles Bukowski, ésa en la que las palabras clave eran “coño”, “polla” y “follar”.

La cosa es así: cuando Elvio Gandolfo lo publicó, en 1992, el título de este libro era menos abarcativo. Nombrándolo Dos mujeres, el autor indicaba de entrada que lo central en aquel díptico serían esas mujeres particulares con las que se encontrarían los narradores de cada relato. Dos mujeres fue reeditado recientemente en España, con muy buena recepción crítica; en nuestras librerías puede conseguirse otra reedición, la montevideana de 2007, en la que Gandolfo agregó un tercer relato y consecuentemente cambió el título a Mujeres (quizás por aquello de que “tres son multitud”).

En el más memorable de estos tres relatos, “Escamas, piel”, la evocación de un levante en una panadería evoluciona morosamente hasta transportar al narrador (y al lector) desde esa atmósfera cotidiana y reconocible hasta el centro de un terror informe, lovecraftiano e insondable. Lo sigue “Rete Carótida”, la narración más paranoica y rara del libro, tanto por el extraño nombre de la mujer en cuestión (una gorda que acosa con fotos pornográficas al narrador) como por el clímax gélido y fantástico que consigue cristalizar. Ambos relatos comparten un aire de familia. El cuento extra es “Las negritas”: incluso el gay declarado y venido a menos que narra la historia se ve atraído sexualmente por estas dos voluptuosas “negritas” que hipnotizan al barrio de Pompeya. Habrá música tropical, sudor, sangre y mucho misterio en el camino hacia una inquietante resolución.

En las tres narraciones hay respeto y por momentos hasta un temor reverente por la figura femenina, la cual se ubica siempre como capaz de escapar de su propio molde (el establecido por la expectativa social, el estereotipo figurado y solventado por el varón) para convertirse en algo único, tan atractivo y deseable como repulsivo y amenazante: una síntesis de lo complejo de las relaciones hombre-mujer. Nunca el narrador-hombre aparece en una posición de superioridad respecto de esas extrañas mujeres que le toca conocer. Si así lo cree, es algo momentáneo: pronto cae en el plano inclinado de lo desconocido y rueda directo a una revelación fantástica, imprevisible. Porque “las chicas de Gandolfo”, más que particulares, son singularísimas.

“Ésta será un historia de terror… pero no lo parecerá porque soy yo la que la cuenta”, decía Auxilio Lacouture al comienzo de Amuleto, la novela de Bolaño. Las tres historias de Mujeres son un poco así: escalofriantes, aunque al principio no lo parecen… porque es Gandolfo el que las cuenta. Su estilo transparente y minucioso dosifica el mecanismo narrativo de modo tal que el estupor se apodera de los lectores en el momento justo.

_______

Mujeres, de Elvio. E. Gandolfo. Relatos. HUM Editor, 2007. 96 páginas.

El sangrador, de Lucio Yudicello

Por Martín Cristal

Que no me meta en líos, ha dicho mamá:
Después usted sangra, y así le va.

Con esta sucinta recreación del famoso “no te metás” argentino, arranca El sangrador, novela de Lucio Yudicello que presume de un raro récord: el de haber sido finalista del premio Clarín en dos oportunidades. En 2004 fue seleccionada entre 815 obras, para que luego fuera evaluada por Ángeles Mastretta, Antonio Skármeta y Andrés Rivera; la novela ganadora fue El lugar del padre, de Ángela Pradelli. En 2005, El sangrador volvió a ser seleccionada, esta vez entre 1367 novelas, para que finalmente José Saramago, Rosa Montero y Guillermo Belgrano Rawson optaran por premiar a Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro.

El sangrador y la novela de Piñeiro comparten una repelente vecindad…
Seguir leyendo en El lince miope

Dos libros de Hebe Uhart

Por Martín Cristal

Recomendamos estos dos libros de cuentos en el Nº 19 de la revista Ciudad X (enero de 2012).

_______

Hebe Uhart (Moreno, 1936) publicó el año pasado sus Relatos reunidos (Alfaguara), un volumen importante que materializa una larga trayectoria y que le valió el Premio de la Feria del Libro de Buenos Aires. Sin embargo, dicha recopilación no abarca la totalidad de sus cuentos. Faltan al menos dos libros recientes, editados por Adriana Hidalgo: Del cielo a casa (2003) y Turistas (2007). Ambos libros son excelentes y prueban que Uhart escribe cada vez mejor; además, establecen cierta continuidad conceptual que permite leerlos como si fueran un solo volumen.

Por ejemplo, en ambos hay relatos con una mirada irónica sobre el mundillo literario y el de la cultura, algunos de los cuales adelantan su asunto ya desde el título: “Congreso”, “Organización de eventos”, “La colecta”, o los divertidísimos “Revista literaria” y “El centro cultural”.

El tópico del viaje es central en Uhart (de hecho, este año publicó Viajera crónica, también por Adriana Hidalgo). Puede implicar tanto la morosa exploración de algún pueblito perdido en una provincia argentina como un tour por alguna capital europea. “En realidad, uno viaja para ver si son verdaderos el Vesubio, el Coliseo y el Papa en su balcón”, escribe al comienzo de “Del cielo a casa”. En ese libro, pero sobre todo en Turistas, el itinerario de los viajeros suele desembocar en la sonrisa, cuando no en la carcajada del lector: son ejemplos la desastrosa familia argentina que visita Nápoles (“Turistas y viajeros”), “La excursión larga” a Mendoza, o las tribulaciones de Goran (“El holandés errante”), que lucha con un diccionario para comprender los giros del habla argentina.

Ése es otro de los berretines de Uhart: captar el habla, no sólo la de los argentinos, sino también la oralidad extranjera. Así, en “Bernardina” pone a narrar a una inmigrante paraguaya, y en “Teresa” a una boliviana, con sus respectivos tiempos y giros idiomáticos. En “Stephan en Buenos Aires”, es un alemán el que nos cuenta sus experiencias porteñas con un léxico y una sintaxis retorcidos por su conocimiento limitado del idioma. Esas voces, construidas a la perfección, estructuran el verosímil de cada relato.

Los temas de Uhart —que suele optar por lo pequeño, lo cotidiano y lo próximo, incluso cuando su personal mirada salga de viaje y se pose sobre ciudades lejanas—, así como su humor liviano y la sencillez de su escritura hacen que muchas otras propuestas cuentísticas, en apariencia más importantes, se revelen solemnes y pretenciosas. En este sentido, Hebe Uhart es una narradora ejemplar.

_______

Del cielo a casa, cuentos. Adriana Hidalgo, 2003. 188 páginas.
Turistas, cuentos. Adriana Hidalgo, 2007. 164 páginas.

Por dentro todo está permitido, de Jorge Baron Biza

Por Martín Cristal

La editorial Caja Negra ofrece una impecable recopilación de cuarenta textos que Jorge Baron Biza (1942-2001) publicó mayoritariamente en medios gráficos cordobeses. La selección es de Martín Albornoz, quien también aporta una interesante presentación del autor; al cierre hay otra semblanza, más breve y sentimental, escrita por Marcelo Scelso. El caprichoso título del libro proviene de un subrayado hecho por el propio Baron Biza en su ejemplar de Viaje al fin de la noche, de Céline.

El libro se divide en tres secciones —“Reseñas”, “Retratos” y “Ensayos”—, organización que diferencia sobre todo la forma de los textos; sin embargo, a los fines del siguiente inventario, el contenido de las 208 páginas del libro podría subdividirse por tema, lo que resultaría en la siguiente categorización: […]

Seguir leyendo en El lince miope

Carta a Carlos Busqued

Por Martín Cristal

La nueva revista En ciernes. Epistolarias está compuesta en su totalidad por cartas. Su sección Encrucijadas sería la típica sección de reseñas de libros, salvo que aquí el reseñista le escribe una carta al autor del libro en cuestión (carta que el autor a su vez contesta). Para el Nº 2 me invitaron a escribirle una carta a Carlos Busqued, a propósito de su novela Bajo este sol tremendo (Anagrama, 2009).
.
.

Córdoba, junio de 2011

Hola, Carlos:

¿Cómo va? Supongo que sabés que en Córdoba se te lee un poco como a un escritor cordobés, por el tiempo que viviste por acá y también por esa parte importante de Bajo este sol tremendo que transcurre en nuestra ciudad. Leí tu novela apenas salió, en 2009; fue de lo mejor que leí ese año (de esto dejé constancia en mi blog). Una historia potente, con gran impacto. Claro que fue muy difícil leerla sustrayéndome de la chapa de su publicación en Anagrama y todo eso. Cuando En ciernes/Epistolarias me invitó a escribirte, aproveché para releerla con un poco más de distancia. Viste cómo es: hay “anécdotas de publicación” que pechan tanto como el libro en sí, más allá de que el libro esté bueno de verdad (un caso paradigmático podría ser el de John Kennedy Toole y La conjura de los necios).

Tu novela extrema lo inhóspito del mundo. Es impiadosa, una exposición de la violencia sin moralina, enseñanza o comentario ético alguno. Hasta aquí, nada nuevo bajo este sol (tremendo), visto que ya se ha hablado mucho de la amoralidad de tus personajes. En esa discusión, aportaría que Cetarti y Danielito sí me parecen amorales, pero que a Duarte lo veo más cerca de la inmoralidad. Duarte sabe mejor a qué juega y qué leyes desafía con sus actos. Los otros, hundidos en una abulia constante que los exime de toda reflexión, no se reconocen a sí mismos como rebelados contra (o ajenos a) un sistema reglado. Duarte, en algunos momentos, sí: por ejemplo, el primer curro que propone consiste en “dibujarla” ante la obra social de la Fuerza Aérea, es decir, ante un subsistema de un sistema de reglas al que él pertenece. Quizás en otros crímenes suyos esto sea menos evidente.

Más allá de esta sutileza, los reúne la crueldad de un universo narrativo en el que no se explicita una lucha contra demonios internos o presiones externas; no hay justificaciones freudianas o patológicas; no hay construcciones ideológicas —por retorcidas que pudieran ser— para avalar la violencia. No hay bajadas de línea ni búsqueda de redención ni, en lo argumental, un “proceso completado de cambio”: Cetarti no sale transformado por la historia que le ha tocado vivir (es más: puede decirse que, al final, es el azar el que toma las decisiones por él). Alguien señaló que El extranjero es un antecedente de tu novela, por ese protagonista anestesiado, por esa manifiesta indiferencia ante una madre muerta, por esa forma de quedar a la deriva y a las puertas del crimen. Es cierto, con una salvedad: en las últimas páginas del libro de Camus, el imperturbable Meursault sí llega a razonar con lucidez sus actos, su vida y su próximo destino. En cambio, Cetarti, de lucidez, nada: el porro y la “conducta desmotivante” lo borronean todo el tiempo.
.

.
Con todo esto quiero decir que una de las cosas que más impacta de la novela es que no aparezcan segundas intenciones narrativas detrás de su crueldad implacable, al contrario de otras obras, famosas por su violencia, en las que sí se dejan ver esas segundas intenciones. La naranja mecánica, por ejemplo, sí nos da un mensaje explícito: la elección moral —aun optando por el mal— es lo que nos hace libres y, por ende, humanos. Por violentas que puedan ser las escenas del libro —recubiertas, en el recuerdo, por las imágenes de Kubrick—, esa intención última termina apareciendo con claridad; por otra parte, la genial estilización del lenguaje distancia al lector de esa violencia narrada. Dice Burgess (en un prólogo de 1986):


No es misión del novelista predicar, sino mostrar. Yo he mostrado suficiente, aunque a veces lo oculta la cortina de un idioma inventado; otro aspecto de mi cobardía. El
nadsat, una versión rusificada del inglés, fue concebido para amortiguar la cruda respuesta que se espera de la pornografía. Convierte el libro en una aventura lingüística.

Tu prosa se aparta deliberadamente de “aventuras” así. Pero antes de hablar de eso, quiero traer otro ejemplo de ficción violenta. En American Psycho, Bret Easton Ellis se basa en dos elecciones narrativas capitales: la primera persona y el tiempo presente, combinación ideal para narrar lo impredecible de un asesino psicópata (más tarde —qué desilusión— Ellis siguió usando esta forma para otras obras donde, a mi juicio, ya no es tan pertinente). Si se atraviesan todas las capas de violencia escalonadas en el texto —cosa que muchos lectores no soportan—, se descubre el “objetivo” velado: cuestionar la noción de éxito en los Estados Unidos, su consumismo y, sobre todo, la relación directamente proporcional que el sistema norteamericano establece entre el capital moral de una persona y su capital a secas. Entre otras razones, a Patrick Bateman no lo pescan nunca porque, en una sociedad así, un joven millonario de Wall Street no puede ser además un asesino desquiciado sin parámetros morales.

Si se piensa la construcción de ficciones como la de Ellis, se ve que es posible aumentar el diámetro de la depravación prácticamente hasta el infinito. La violencia y la crueldad humanas no tienen límites exteriores, lo cual permite forzar el verosímil de su eventual relato. Rumbo a esa órbita inalcanzable, todo es posible: el personaje viola / o viola y mata / o viola, mata y despedaza / o viola, mata, despedaza y come / o viola, mata, despedaza y obliga a comer a otros / etcétera. Si se trata de mostrar crueldad pura y nada más, podés no parar nunca, al menos hasta llegar al límite de lo inefable, que no es el límite del mal, sino el del lenguaje. (En la revista Diccionario Nº 8, en la cual participaste, hay un ensayo muy interesante de Demian Orosz que toca este tema). Así va escalando Ellis la violencia en su novela; y así también llega Apollinaire, en Las once mil vergas, a una de las escenas más violentas que he leído en mi vida: a punta de pistola, un padre es obligado a violar a su bebita mientras la madre es forzada a verlo. Son apenas unas cuántas líneas, un pasaje más dentro de un catálogo pornográfico que (menos en esa página) incluso puede leerse desde el humor. Lo que estremece no es sólo la situación en sí, sino también el hecho de que Apollinaire no parezca tener ningún motivo para narrarla, excepto ése: narrarla.

De esa condición ilimitada del mal proviene una curiosidad como la que declara Duarte respecto de las películas porno que colecciona: no las tiene para hacerse la paja, sino para ver “hasta dónde puede llegar la especie humana”. En la ficción se puede asistir a un muestrario dantesco de horrores sin dañar nuestra integridad física: el dolor no toca la piel del hombre concreto que lee o mira la pantalla. Creo que el morbo —que todos tenemos, en mayor o menor grado— es un motor de lectura para algunas partes de tu novela. Un morbo cercano al de Como un guante de seda forjado en hierro, pero sin esos condimentos lyncheanos con los que Clowes enrarece su historieta; algo quizás más cercano a los “secretos en el sótano” que hay en Pulp Fiction (“bring out the gimp”, etc.), aunque sin los mecanismos de citas y parodias ni el humor con los que Tarantino estiliza su relato para distanciarnos de la acción violenta.
.

Esto del morbo-motor me lleva a uno de los efectos secundarios de la relectura (que conecta con Burgess y lo del estilo). Tu novela es notablemente sólida en lo argumental. Está 100% centrada en las acciones. La relectura me devolvió a esos hechos terribles, pero —con la trama ya sabida— éstos ya no me ofrecieron la tensión (el morbo) de ir descubriéndolos a medida que se sucedían. Cierto: esto pasa con el argumento de cualquier libro, pero una relectura también puede ofrecer el repaso del estilo como renovador del goce. Te soy franco: a mi placer de lector le costó encontrarse con la prosa de Bajo este sol tremendo en la segunda lectura, salvo quizás en las descripciones de la casa del hermano de Cetarti o en algún pasaje sobre animales. Igual, me imagino que para vos esto es accesorio o irrelevante.

En toda violencia hay cierta dosis de inmadurez, de evolución no resuelta: una bestialidad inalterada o parcialmente vigente, un animal que insiste en su brutalidad y no logra “civilizarse”. Ahí es donde en tu novela encastran a la perfección las relaciones abiertas que establecés con el mundo animal: nos interpelan porque nunca nos hemos alejado mucho de ese animal planet. Aprovecho para contarte de una novela que escribí hace algunos años —Las ostras, todavía inédita— donde intercalo citas sobre animales tomadas de un viejo libro de divulgación científica. No es la enciclopedia de Cousteau, pero también se llama Misterios del mar (!) y —otra coincidencia— lo encontré en un depósito de antigüedades que tenía mi papá, un lugar muy oscuro y lleno de cachivaches, un poco como la casa del hermano de Cetarti.

En plan de coincidencias, y vistas otras cosas tuyas en la web, te cuento que me gusta la música de Frank Zappa; que el único avión a escala que tuve fue un biplano ruso —un Polikarpov— que nunca terminé de armar; y que también tuve un axolote, pero de los blancos. Se llamaba Julius y murió medio hervido en un accidente que te voy a contar mejor si nos vemos alguna vez.

Te mando un abrazo.
Martín Cristal

.

El Nº 2 de la revista —con la respuesta de Busqued—
se presenta en Córdoba el 9 de septiembre de 2011,
en el marco de la Feria del Libro.

Borges en su laberinto

Por Martín Cristal

Aprovechando algunas de las notas que tomé en su momento para La casa del admirador, va el siguiente laberinto de relaciones, curiosidades y recurrencias en la narrativa borgeana. Una forma de recordar a Borges hoy que se cumplen 25 años de su muerte. [Clic sobre la imagen para ampliarla].


La cronología de las publicaciones va de izquierda a derecha. El código de colores indica qué cuentos pertenecen a un mismo libro. Se considera sólo la narrativa, aunque hay algunas excepciones —dos ensayos, un poema, una obra inédita de juventud— que se indican en recuadros grises. Si se pierden dentro del laberinto, sepan que para eso son.

_______
Más sobre Borges en El pez volador:
• Cuántos libros hay en “La biblioteca de Babel”
Borges, Eastwood y los infames del cine
• Borges y el Quijote (I): un error
Borges y el Quijote (II): una solución