Cien años de soledad, a medio siglo de su primera edición

Diseñé el siguiente gráfico divulgativo —con el árbol genealógico de la familia Buendía— con motivo del 50º aniversario de la primera edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (la cual, según su colofón, se terminó de imprimir el 30 de mayo de 1967). También hice otra versión, mucho más esquemática, para el diario La Voz; se publicó el domingo 28 de mayo de 2017.

[Clic para ampliar]

 

Como todas las infografías literarias de este blog, ésta tampoco pretende reemplazar la lectura del libro, sino ofrecerse como un ayudamemoria para su relectura; por ende, la sinopsis de cada personaje incluye spoilers. Los íconos asignados a los personajes son aproximaciones meramente ilustrativas, no una representación exacta de cada uno de ellos.

Por último, una curiosidad editorial: el ejemplar que García Márquez tiene sobre la cabeza en la foto, no pertenece a la primera edición. Ese diseño de Vicente Rojo debía ser para la primera, pero —según esta nota de la BBC— la obra no llegó a tiempo para la fecha de lanzamiento del libro, por lo que la diseñadora de Sudamericana, Iris Pagano, tuvo que realizar otra portada (la del galeón y los lirios). La imagen de Rojo salió a partir de la segunda edición, tras agotarse muy pronto la primera.

Lo mejor que leí en 2016

Por Martín Cristal

bestlibros2016

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2016:

  • Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich [leer reseña].
  • The Volturno Poems, de Francisco Bitar.
  • El ciclo de vida de los objetos de software [The Lifecycle of Software Objects], de Ted Chiang.
  • Cero K, de Don DeLillo [leer reseña].
  • Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez [leer reseña].
  • El increíble Springer, de Damián González Bertolino [leer reseña].
  • Sueños de trenes, de Denis Johnson [leer reseña].
  • La maestra rural, de Luciano Lamberti.
  • La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin [leer reseña].
  • The paper menagerie [El zoo de papel], de Ken Liu (lectura en curso, ya casi).
  • Maniobras de evasión, de Pedro Mairal.
  • Aquí, de Richard McGuire [leer reseña].
  • Después de Mao. Narrativa china actual, antología de Miguel Ángel Petrecca [leer reseña].
  • Arrugas, de Paco Roca [leer reseña].
  • 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología de de Pepe Rojo y BEF [leer reseña].

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[Ver lo mejor de 2015 | 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Borges y la evolución de los escritores

Por Martín Cristal

Brian-Boru-en-la-Batalla-de-Clontarf
Brian Boru en la batalla de Clontarf
(grabado en el
Pictorial Times. Londres, 1845).
Fuente: website del Trinity College Dublin.

En “El espejo y la máscara” —cuento de El libro de arena (1975)—, entreveo una posible evolución que Borges sugeriría para el trabajo de un escritor (o de cualquier artista).

En el cuento, el rey de Irlanda, vencedor en la batalla de Clontarf, le encomienda a un poeta la oda correspondiente. El poeta se declara apto para la tarea y trabaja durante un año. Su poema resulta técnicamente correcto, pero no emociona a nadie. El rey le regala un espejo de plata por sus esfuerzos y le pide otra versión.

Al año llega la segunda versión, más breve, extraña, iconoclasta: “supera todo lo anterior y también lo aniquila”. Innova, introduce variantes, técnicas y reglas propias. El rey cree que los ignorantes no la comprenderán, aunque sí los doctos (que son menos). Le regala al poeta una máscara de oro, y le pide una versión más.

Pasa otro año. El poeta, demacrado, vuelve ante el rey; su nuevo poema tiene una sola línea. La intolerable maravilla de ese verso demuda a ambos. El regalo real para tan magnífica obra es una daga. El poeta comprende y se suicida. El rey se hace mendigo y se pierde, porque, como él mismo explica, el pecado de ambos fue “haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo”.
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Los tres escalones

Según leo en el cuento, serían entonces tres los escalones en el trabajo de un escritor. Primero el estudio, el dominio de la técnica. Algo que —ya conseguido, o incluso antes de conseguirse— se revelaría como insuficiente.

No se pueden cambiar reglas que se desconocen: sólo con la técnica adquirida y superada, el escritor podría entrar en la fase de experimentación y soltarse, probar formas novedosas y estrategias propias para transitar por caminos más personales.

Y recién entonces —como decantación, o como síntesis de las etapas anteriores— podría aspirar a una belleza genuina. En el cuento, la belleza es algo objetivo —un trofeo incandescente que no se puede ni mirar— y no algo subjetivo, variable según el corazón de cada lector. Sólo se podría aspirar a “una” belleza parcial, jamás lograr “la” Belleza. Ésta sólo es una guía. Como ideal, estaría reservado para la divinidad.

Los defectos que el rey señala en las dos versiones rechazadas del poema —no lograr la emoción ni una comprensión mayoritaria—, se deducen (por contraste) subsanados en la versión final aceptada. Una obra bella, entonces, sí provoca emoción en los lectores; y éstos, a su vez, se sienten capaces de comprenderla, si no racionalmente, al menos de forma intuitiva a través de esa misma emoción.
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Símbolos de regalo

Los obsequios del rey pueden interpretarse simbólicamente como “atributos” que el escritor se gana al ejercer su oficio. La reflexión y el necesario autoconocimiento para la vida artística podrían amalgamarse en ese espejo.

La máscara podría simbolizar la habilidad con que el escritor oculta y revela, a la vez, su verdadera persona dentro de sus obras. La invención de ficciones y la representación teatral son quizás las disciplinas artísticas en las que esa máscara resulta más necesaria. Según la etimología, persōna viene del latín, “máscara” (de actor, de personaje teatral). Así, una máscara puede ocultar a una persona, pero toda persona también es una máscara. Cuando los lectores de una novela se preguntan “¿será autobiográfica?”, y no saben qué responderse, es que el autor ha usado bien sus máscaras.

Finalmente, en la daga —omitida por Borges en el título para realzar el desenlace— se condensa el compromiso del artista con la propia obra. La entrega total: el artista da la vida, es capaz de aniquilarse por lo que su obra produce (o no produce) en los demás y sobre sí mismo.
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El cuento de Borges aplicado a él mismo

¿Es verificable esta evolución en todos los escritores? Seguramente no. ¿Y en el propio Borges?

Su robusta formación autodidacta se verifica en sus lecturas tempranas (en castellano e inglés); en el influjo de la biblioteca paterna; en su educación en Europa, donde sumó el francés y el alemán; en las reuniones sevillanas con los poetas ultraístas, y con Cansinos-Asséns en Madrid… En suma, en todo el bagaje que reunió previo a la autoedición de Fervor de Buenos Aires (1923). Podría argumentarse que esa etapa formativa se extiende incluso durante unos diez años más.

La experimentación formal es lo que no estaría tan presente en Borges, siempre afín al clasicismo. En El otro, el mismo (1964), declara: “Los idiomas del hombre son tradiciones que entrañan algo de fatal. Los experimentos individuales son, de hecho, mínimos […]. Alguna vez me atrajo la tentación de trasladar al castellano la música del inglés o del alemán; si hubiera ejecutado esa aventura, acaso imposible, yo sería un gran poeta […]. No pasé de algún borrador urdido con palabras de pocas sílabas, que juiciosamente destruí”.

En ese mismo prólogo, Borges resume otro proceso de maduración que, creo, develaría un aspecto central en la consecución de la ansiada belleza. Dice ahí que el escritor “al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”. A esa complejidad y a la belleza, los astros sí les fueron favorables en muchas de las obras que Borges nos ha legado.

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Versión completa del artículo publicado en “Número Cero”, suplemento de cultura de La Voz (Córdoba, 12 de junio de 2016).

A qué edad escribieron sus obras clave los grandes novelistas

Por Martín Cristal

“…Hallándose [Julio César] desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro [Magno], y se quedó pensativo largo rato, llegando a derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: ‘Pues ¿no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?’”.

PLUTARCO,
Vidas paralelas

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Me pareció interesante indagar a qué edad escribieron sus obras clave algunos novelistas de renombre. Entre la curiosidad, el asombro y la autoflagelación comparativa, terminé haciendo un relevamiento de 130 obras.

Mi selección es, por supuesto, arbitraria. Son novelas que me gustaron o me interesaron (en el caso de haberlas leído) o que —por distintos motivos y referencias, a veces algo inasibles— las considero importantes (aunque no las haya leído todavía).

En todo caso, las he seleccionado por su relevancia percibida, por entender que son títulos ineludibles en la historia del género novelístico. Ayudé la memoria con algunos listados disponibles en la web (de escritores y escritoras universales; del siglo XX; de premios Nobel; selecciones hechas por revistas y periódicos, encuestas a escritores, desatinos de Harold Bloom, etcétera). No hace falta decir que faltan cientos de obras y autores que podrían estar.

A veces se trata de la novela con la que debutó un autor, o la que abre/cierra un proyecto importante (trilogías, tetralogías, series, etc.); a veces es su obra más conocida; a veces, la que se considera su obra maestra; a veces, todo en uno. En algunos casos puse más de una obra por autor. Hay obras apreciadas por los eruditos y también obras populares. Clásicas y contemporáneas.

No he considerado la fecha de nacimiento exacta de cada autor, ni tampoco el día/mes exacto de publicación (hubiera demorado siglos en averiguarlos todos). La cuenta que hice se simplifica así:

[Año publicación] – [año nacimiento] = Edad aprox. al publicar (±1 año)

Por supuesto, hay que tener en cuenta que la fecha de publicación indica sólo la culminación del proceso general de escritura; ese proceso puede haberse iniciado muchos años antes de su publicación, cosa que vuelve aún más sorprendentes ciertas edades tempranas. Otro aspecto que me llama la atención al terminar el gráfico es lo diverso de la curiosidad humana, y cuán evidente se vuelve la influencia de la época en el trabajo creativo.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo mejor.

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Ver más infografías literarias en El pez volador.
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La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin

Por Martín Cristal

Ursula-K-Le-Guin-La-rueda-celesteThe Lathe of Heaven es literalmente “El torno del cielo”; el traductor, Rubén Masera, adaptó el título como La rueda celeste. Publicada en 1971, esta novela de Ursula K. Le Guin (California, 1929) resulta amena y fluida, en parte gracias a una prosa con menos arabescos que la que antes encontré en otra famosa obra de Le Guin: La mano izquierda de la oscuridad (1969).

La autora —quien, además de muchos premios, también tiene en su curriculum el haber traducido al inglés la novela Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer— propone en La rueda celeste un argumento de claro corte dickiano.

[Atención: spoilers].

George Orr es un habitante de una Portland futura y sobrepoblada. Es un hombre rabiosamente promedio, que no se destaca en ningún aspecto salvo en uno íntimo: cada tanto, tiene sueños “efectivos”, esto es, capaces de alterar la realidad.

No vaticinan el futuro, sino que, al despertar, ya han modificado el continuum de Orr. Así, por ejemplo, el sueño de la muerte de una tía con la que Orr no se llevaba bien termina con el descubrimiento, al despertar, de que (ahora) esa tía está muerta desde hace ya varios años. Todos recuerdan el accidente que la mató. Sólo Orr recuerda ambas líneas temporales: la actual (tía muerta) y la anterior (tía viva hasta ayer mismo).

Con sentimientos de culpa, Orr empieza a tomar drogas que le eviten soñar. Demasiadas: descubierto y estigmatizado como adicto por un distópico Estado controlador, es enviado a Terapia Voluntaria con el doctor Haber. El terapeuta descubre el secreto de Orr y, con la ayuda combinada de la hipnosis y una máquina —el Incrementador, que potencia las ondas mentales del paciente—, logra inducir los sueños de Orr sin demora, en el mismo consultorio. Pronto Haber los manipulará para ir mejorando su situación personal y también la del mundo… todo con las mejores intenciones, aunque esos cambios traerán aparejados, cada vez, problemas mayores a la humanidad.

La situación planteada se lee bajo una óptica doble: Haber “sabía que los sueños de Orr cambiaban la realidad y los empleaba con ese fin” pero, al mismo tiempo, “utilizaba hipnoterapia y liberación onírica para tratar a un paciente esquizofrénico que creía que sus sueños cambiaban la realidad” [p. 113].

Aunque no se tratan de sueños oraculares, el mecanismo ficcional es similar a de “la profecía”: se señala lo que va a suceder (es decir, Haber da las instrucciones sobre lo que Orr debe soñar para cambiar la realidad) pero siempre expresándolo con un punto ciego o una falta de precisión verbal que permitan que ocurra una cosa distinta de la que Haber espera.

Orr en inglés podría remitir (además de a Orwell) a “or”, es decir nuestra “o”: la conjunción que “sirve fundamentalmente para relacionar dos posibilidades expresando que solamente una de ellas se realiza” (María Moliner). El diagnóstico de la esquizofrenia —las dos o más realidades superpuestas que el sujeto entiende estar viviendo— también relaciona esta novela con La afirmación de Christopher Priest.

En el camino, Orr intenta zafar del abuso de Haber mediante la ayuda de una abogada mestiza, Heather Lelache, con quién irá enamorándose. Ante la progresiva superposición de realidades diferentes en la vida de Orr, éste descubre que lo que importa no es cuán utópico o catastrófico sea el continuo temporal en el que le toque vivir: en tanto no conduzca a la aniquilación de la raza humana, todo lo demás es soportable si en esa línea de tiempo todavía se está junto a la persona amada.

Memorias: La verdadera historia de Frank Zappa

Por Martín Cristal

De la A a la Z: la autobiografía de Frank Zappa

La-verdadera-historia-de-Frank-Zappa-MemoriasAntes que las memorias de Frank Zappa (EE.UU., 1940-1993), debería recomendarse su corpus musical. Son casi sesenta álbumes grabados en menos de treinta años; la lista se extiende con los póstumos, integrados por grabaciones inéditas. En todos ellos conviven o se alternan diferentes géneros —desde el blues/rock más básico a la música orquestal más sofisticada—, hilados por los ingredientes de una distintiva personalidad musical: polirritmia, polifonía y disonancias avant-garde; una guitarra eléctrica única, que siempre improvisa sus solos; melodías “teatrales”, con citas sonoras y efectos que refuerzan sentidos o resignifican letras (si las hay); y un humor que va desde la mega-estupidez total, a la sátira mordaz, la ironía y el comentario político agudo e inteligente.

Vista la abundancia de libros con datos falsos sobre su persona (en los que, para acrecentar su leyenda freak, se llegó a asegurar que alguna vez Zappa había literalmente comido mierda sobre el escenario, por ejemplo), el músico decidió encarar sus memorias “oficiales”, con la ayuda del escritor Peter Occhiogrosso. Zappa quería brindar información fidedigna sobre sí mismo; por eso bautizó al volumen The Real Frank Zappa Book.

Tuvieron que pasar 25 años para que el libro se tradujera al castellano, bajo el título de La verdadera historia de Frank Zappa. La editorial que lo hizo posible es la española Malpaso (que lo incluyó en su jugosa colección sobre música).

La autobiografía de Zappa incluye los consabidos capítulos sobre la infancia y la familia (el padre se lleva un capítulo aparte); tampoco faltan los que refieren a los comienzos y las influencias musicales (Edgar Varèse entre ellas). Sin embargo, el músico aclara que, para él, lo más atractivo al escribir este libro era la posibilidad de asentar sus opiniones sobre algunos “asuntos tangenciales”. Por eso también les dedica capítulos a la necesaria separación entre Iglesia y Estado, así como al conservadurismo, el ejército o la política impositiva de los Estados Unidos, entre otros temas.

En la rememoración de su vida artística, los recuerdos afloran por épocas, aunque no siempre con un hilo temporal riguroso. Hay anécdotas a rolete, con cameos de estrellas de rock (Jimi Hendrix, Mick Jagger), actores (John Wayne) y políticos (Al Gore, y en especial su mujer, que en los ochenta promovió la estigmatizante calcomanía “explicit lyrics” para los discos con “lenguaje inapropiado”. Zappa se opuso a esta censura velada, y dio un discurso sobre el particular en el Congreso de su país).

Entre las anécdotas se destaca la desastrosa gira de 1971. Durante su paso por Montreux (Ginebra, Suiza), la onerosa sala de conciertos en la que Zappa tocaba se incendió gracias a “un estúpido con una bengala”: esta cita no es de Zappa, sino de Deep Purple en “Smoke on the Water”, canción que inmortalizaría el humo de ese incendio sobre el lago.

La banda perdió equipos valiosos pero siguió con la gira, hasta que un fan atacó a Zappa sobre un escenario londinense. El músico cayó a un foso de orquesta vacío; además de otras heridas, se quebró una costilla y una pierna. El golpe también le afectó la laringe y le bajó definitivamente a un tercio el tono de su voz. “Tener una voz grave es agradable, pero hubiera preferido conseguirla de otra forma”.

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El capítulo que vale el libro completo es el octavo: “Todo sobre la música”. Ahí se concentra la filosofía artística de Zappa, que tiende a otorgar libertades, y no a confinar al creador con sus conceptos. Así lo expresa, por ejemplo, su lema: “cualquier cosa, en cualquier momento, en cualquier lugar por ninguna razón en particular”.

Según Zappa, lo más importante en una obra de arte es el marco, lo único que la distingue de lo que no es arte. En tal sentido, para definir la creación musical propone el siguiente protocolo:

  1. Declare su intención de crear una ‘composición’.
  2. Comience la pieza en cierto momento.
  3. Haga que algo suceda durante un determinado período de tiempo (no importa qué ocurra en su ‘agujero de tiempo’; tenemos críticos para decirnos si es algo bueno o no, así que no nos preocuparemos por esa parte).
  4. Finalice la pieza en algún momento (o siga adelante y dígale a la audiencia que es un ‘trabajo en proceso’).
  5. Consígase un empleo de medio tiempo para poder seguir haciendo cosas como éstas.

También analiza la “antropología” de la orquesta sinfónica y de la banda de rock, tipificando sardónicamente las aspiraciones y la mentalidad de cada instrumentista (por la época en que salió el libro, Zappa ya estaba cansado de los músicos y sus egos, por lo que había incursionado en la composición solitaria de música electrónica en el Synclavier, uno de los primeros sintetizadores).

Hacia el final, le dedica un capítulo ejemplar al fracaso (“Failure” en la versión original). Ahí Zappa describe proyectos truncos —musicales o no—, ideas no desarrolladas, que quedaron en la nada o que ya no lograría concretar, algunas completamente delirantes para la época. Este capítulo le añade una dimensión más a la ya comprobada genialidad de Frank Zappa. Un artista enorme, al que el cáncer le puso el freno demasiado temprano.

 

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La verdadera historia de Frank Zappa: memorias. Frank Zappa con Peter Occhiogrosso. Malpaso, Barcelona, 2014 [1989]. 352 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 4 de febrero de 2016).

Lo mejor que leí en 2015

Por Martín Cristal

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Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2015:

  • Polvo de pared, de Carol Bensimon (relatos) [leer reseña].
  • El adversario, de Emmanuel Carrère (novela/no ficción) [leer reseña].
  • Desgracia, de J. M. Coetzee (novela).
  • Obra completa de Joaquín O. Gianuzzi (poesía).
  • Sumisión, de Michel Houellebecq (novela).
  • Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy (novela) [leer reseña].
  • Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson (tratado) [leer reseña].
  • El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (adapt. escénica de la novela).
  • Poesía civil, de Sergio Raimondi.
  • Felices los felices, de Yasmina Reza (novela) [leer reseña].
  • Las redes invisibles, de Sebastián Robles (relatos) [leer reseña].
  • Distancia de rescate, de Samanta Schweblin (novela breve).
  • Emigrantes, de Shaun Tan (historieta/libro-álbum) [leer reseña].
  • Perla, de Roberto Videla (novela breve).
  • Las clases de Hebe Uhart, de Liliana Villanueva (ensayos).

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[Ver lo mejor de 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Los hackers en la ficción

Por Martín Cristal

El cracker homérico

En la Ilíada, Ulises quiebra las defensas de Troya escondiendo soldados en el caballo de madera que los griegos ofrecen como regalo. A ciertos softwares maliciosos que se infiltran en las computadoras (generalmente para controlarlas a distancia), hoy se les llama “troyanos”. No son estrictamente virus, cuya finalidad es un ataque destructivo, aunque en el caso del Caballo de Troya sabemos que ése era, en efecto, su objetivo final.

Pekka-Himanen-La-etica-del-hacker-y-el-espiritu-de-la-era-de-la-informacionSi Ulises fuera un genio actual de las computadoras, ¿sería su ardid algo propio de un hacker? Según las definiciones propuestas por La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, del finlandés Pekka Himanen (Barcelona: Destino, 2002), Ulises sería más bien un cracker: “aquel que rompe la seguridad de un sistema”. El término fue creado hacia 1985 por los mismos hackers “a fin de defenderse de la tergiversación periodística”: no toleraban que los medios de comunicación los mezclaran con criminales informáticos.

Según Himanen, el verdadero hacker sería quien “programa de forma entusiasta”, un apasionado que comparte su propia pericia y, entre otras cosas, elabora software gratuito, abierto (al estilo de Linux y al contrario de los programas que venden corporaciones como Microsoft o Apple). El hacker detecta vulnerabilidades, sí, pero facilita el acceso a la información y a los recursos tanto como sea posible; es un revolucionario digital que tiende a la anarquía. Valora su tiempo, desprecia las corporaciones y el trabajo por dinero. Su capital es el respeto de los pares.

Ante un conflicto informático entre griegos y troyanos, un verdadero hacker aplicaría su talento en solucionarlo sin caballos tramposos ni virus. Colectivamente y sin mala fe, buscaría una solución creativa: clonar a Helena, tal vez, copiando su data genética para almacenarla en un disco duro compartido por Paris y Menelao. Y también por el resto de los mortales, incluidos otros hackers que podrían mejorar los resultados de esa misma solución, o incluso “retocar” la belleza de la propia Helena.

 

Antihéroes tecno-románticos

Muchos usamos la tecnología, pero la mayoría no comprendemos ni siquiera una pequeña parte de su metalenguaje. Saberlo todo sobre la tecnología lleva tiempo, concentración, aislamiento; el precio de ese conocimiento muchas veces es sufrir la inadaptación social, haber experimentado la marginación, el rechazo de los felices ignorantes.

El hacker —al menos en la ficción— siempre se presenta con un minicomponente de fracaso social y, por ende, tiene bastante de antihéroe. Ante el rechazo, se rehace a sí mismo en un mundo marginal donde prima un saber-hacer que le granjea respeto, le cura algunas heridas sociales y le devuelve la autoestima, le confiere una identidad, un poder y un propósito superior.

¿Anarquistas informáticos? ¿Nerds vengativos? ¿Justicieros marginales? ¿Exhibicionistas del código que, tras conseguir notoriedad, venden sus habilidades a las corporaciones? ¿Freaks, criminales, piratas? ¿Revolucionarios? ¿Un poco de todo? Hoy los hackers son nuestros antihéroes tecno-románticos. Pero, ¿románticos como caballeros andantes que ayudan a damas en apuros, o como piratas que las secuestran?

 

El hacker de Mr. Robot

El límite es dudoso porque, en cierto punto, las prácticas ideales de los hackers se superponen con las acciones criminales de los crackers. La serie Mr. Robot es un buen ejemplo de ese dilema ético, otra variante de la eterna discusión sobre si “el fin justifica los medios”. Queda claro que las categorías finalmente dependen del lado en que está cada quien (al fin y al cabo, Ulises también fue un héroe, aunque no para los troyanos).

Mr-Robot

[Atención: spoilers]. En el guión de Mr. Robot, el uso del actual contexto tecnológico y sus posibles aplicaciones me resultó infinitamente más interesante que el recurso del “narrador-no-confiable-porque-está-mentalmente-alterado” (éste, por demasiado visto y conocido desde El club de la pelea, hace que esa parte de la trama se vuelva previsible ya desde el tercer episodio).

Y sí, además de ése la serie tiene otros robos —V de Vendetta, American Psycho—, pero aun así creo que todos esos rip-offs están bien concertados entre sí para que digamos: ok, adelante, sigo mirando porque el asunto es interesante, róbame mi dinero (qué dinero, si la bajé).

Rami Malek realiza un trabajo impecable en la caracterización del protagonista, y la fotografía aporta al rectángulo de la TV varias composiciones que caen fuera de lo común.

 

Whitehats, blackhats y otros hackers del cine

Esa moral tan volátil y malinterpretable que se les atribuye a los hackers resulta en extremo seductora para incorporarlos a la ficción. La escala que los gradúa según sus intenciones va desde los de “sombrero blanco” —whitehats, cercanos al virtuosismo que planteaba Himanen en su libro—, hasta el extremo criminal de los crackers, o hackers de “sombrero negro” (blackhats).

Precisamente la última película de Michael Mann se titula Blackhat. En ella, Chris Hemsworth es un hacker convicto al que sacan de prisión para que ayude a desbaratar una red mundial de cibercriminales. La trama deriva hacia el thriller y Hemsworth —más conocido como Thor— está más cerca del héroe que del antihéroe tecno-romántico que todo hacker es; no logra incorporar el componente específico de inadaptación social del hacker tan bien como, por ejemplo, Noomi Rapace y Rooney Mara en sus respectivas interpretaciones de Lisbeth Salander, la inflamable protagonista de la saga Millenium, del sueco Stieg Larsson.

Noomi-Rapace-como-Lisbeth-Salander

En un vano intento de actualización, Duro de matar 4.0 introdujo a un joven hacker que realzaba a John McClane como héroe de acción de la vieja escuela: cero tecnología y puños. Uno que sabe y otro(s) que ignora(n): con la misma división, y si se amplía el rango de fantasía tecnológica, también pueden considerarse Matrix y Ghost in the Shell dentro del grupo de ficciones con hackers, o cuyos argumentos se basan en la lógica informática.

Entre los documentales, hay que mencionar al menos dos. We Are Legion (2012), sobre el trabajo y las creencias del colectivo “hacktivista” Anonymous; y el oscarizado e imperdible de Laura Poitras sobre Edward Snowden, Citizenfour (2014), un verdadero documento histórico sobre el espionaje informático en nuestros días.

 

Computer jockeys

Otra de ficción, clásica: Juegos de guerra. El personaje de Matthew Broderick no era estrictamente un hacker, sino un chico talentoso que lograba ingresar al sistema de una computadora militar; creyendo que era un videojuego, casi detonaba una tercera guerra mundial.

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La película es de 1983, y rezuma el espíritu de su época: no sólo por la amenaza de la guerra fría, sino también porque, por esas fechas pero en literatura, la figura del hacker y sus potencialidades se agigantaban con el arribo de la corriente cyberpunk a la ciencia ficción.

William-Gibson-Neuromante-Minotauro-tapa-duraFue sobre todo por William Gibson y su novela Neuromante (1985) que el hacker/cracker se coló al centro del imaginario ficcional del mundo. En Neuromante, Case es un computer jockey, un humano con implantes tecnológicos que le permiten conectarse directamente a la computadora y así ver el universo de datos como un paisaje. Fue en esta novela donde Gibson acuñó el término “ciberespacio”; el autor ensancharía este universo ficcional en Conde Cero y Mona Lisa acelerada.

Otro relato gibsoniano, “Johnny mnemónico”, pasó al cine con Keanu Reeves en el papel de un tipo que se alquila como disco duro externo: almacena data digital de la mafia japonesa en un implante cerebral. El relato está compilado en Quemando cromo (1986); el cuento que da título a ese libro también tiene por protagonistas a dos hackers: uno representa el software, y el otro —un cyborg—, el hardware.

Haruki-Murakami-El-fin-del-mundo-y-un-despiadado-pais-de-las-maravillasTambién en 1985, pero en un registro menos tecno —mucho más ligero, fofo y fantástico—, Haruki Murakami publicaba El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Una de las dos líneas argumentales entrelazadas en esta abultada novela tiene por narrador a un informático que (oh casualidad) almacena datos ajenos en su inconsciente. Será víctima de la lucha entre el “Sistema” estatal y el grupo clandestino de los “Semióticos”.

Un digno heredero de Gibson es Neal Stephenson. En 1999 publicó una novela considerada de culto para los hackers: Criptonomicón. Menos futurista que de actualidad tecnológica (deslizamiento en el que Gibson también fue pionero), sus 918 páginas abarcan buena parte de la historia de la criptografía, trenzando dos líneas temporales: una arranca en la Segunda Guerra Mundial, con hechos que hoy se han difundido gracias a El código Enigma, la película sobre Alan Turing; y la otra, en el presente, cuando unos jóvenes tecno-empresarios intentan crear un gigantesco reservorio de datos y dinero digitales en una isla cercana a las Filipinas. En castellano, la novela salió en tres tomos, cada uno con el nombre de un código: Enigma, Pontifex y Aretusa.

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Aunque didáctico, el libro es exigente: muchas veces Stephenson no resiste la tentación de escribir “en difícil” (y no me refiero sólo a la terminología técnica).

Pola-Oloixarac-Las-constelaciones-oscurasAlgo parecido sucede en Las constelaciones oscuras (2015), de la argentina Pola Oloixarac: exploradores en 1882; hackers en desarrollo, nacidos en 1983; y por fin el año 2024, cuando se lleva a cabo desde Bariloche el proyecto de informatizar el ADN de millones de personas, con la posibilidad de trazar derroteros de vida y realizar un control total sobre la población. Con una prosa rebuscada que entrecruza jergas y referencias cultas, este tardío revival ciberpunk puede resultar tan interesante como agotador.

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Una versión corta de este artículo se publicó en La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2015).

Franz Kafka: La metamorfosis, cien años

Kafka
Por Martín Cristal

Hice el siguiente gráfico divulgativo sobre La metamorfosis de Franz Kafka a pedido de “Ciudad X”, el suplemento de cultura del diario La Voz de Córdoba (Argentina). Se publicó el 15 de octubre, por los cien años de la primera edición de este libro extraordinario. [Clic para ampliar]
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infografia-kafka-metamorfosis-por-martin-cristal
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En la parte inferior del esquema figuran las principales fuentes consultadas. Además de los libros en papel ahí mencionados, también recurrí a otras fuentes digitales, que linkeo a continuación:


Otros textos que leí sobre Kafka y La metamorfosis, y que resultaron interesantes, aunque no los usé para el gráfico:

Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson

Por Martín Cristal

Destrabalenguas para escritores

Victoria-Nelson-Sobre-el-bloqueo-del-escritorEn el cine ya vimos cómo Barton Fink esperaba en habitaciones oscuras en las que el empapelado se despegaba mientras ninguna frase llegaba a su máquina de escribir. Vimos a Nicolas Cage luchar contra un libro que no conseguía adaptar al cine (El ladrón de orquídeas). Vimos a Woody Allen enredarse en la vida de un escritor bloqueado cuyo nombre era, irónicamente, Harry Block. Y por supuesto, vimos a Jack “Torrance” Nicholson literalmente enloquecer frente a su máquina de escribir en el desolado hotel de El resplandor.

El escritor bloqueado, como personaje, es frecuente en el cine porque presenta un conflicto relativamente sencillo de exponer en imágenes —en su exterioridad—, conflicto que a la vez los espectadores asumen interior sin necesidad de mayores explicaciones. Ellos sólo precisan saber que hay una intención (escribir), que esa intención es frustrada por algún motivo personal y que eso saca al personaje de su zona de confort para ponerlos en marcha a él y a la película. Si tiene suerte, al final de su peripecia el protagonista destrabará su lengua escrita y terminará el texto que se proponía, o creará otros nuevos.

Ahora bien, si es uno mismo el que escribe y sufre un bloqueo, ¿a quién recurrir antes de terminar persiguiendo a toda la familia con un hacha? Una buena fuente puede ser el tratado Sobre el bloqueo del escritor, de la escritora californiana Victoria Nelson.

Aparecido originalmente en 1985, y con versión definitiva de 1993, el libro cita a una multitud de escritores —casi siempre en referencia a sus procesos creativos— e incorpora elementos de la psicología para definir al bloqueo como un veto del yo inconsciente al “programa exigido por el ego consciente”. Es por esto que el escritor, al reclamarse con insistencia por no escribir, termina atacándose en andanadas crecientes de odio autoinfligido.

Si la llave reside en el inconsciente, dice Nelson, de nada servirá abrirnos paso por la fuerza. Una salida natural puede ser la de devolver la escritura a los reinos del juego y del placer, bajando los niveles iniciales de exigencia. En efecto, las ambiciones excesivas pueden ser una de las fuentes del bloqueo, pero Nelson tipifica muchas otras: el arrancar “en frío” a escribir una obra que se prevé extensa o difícil (como un corredor que quisiera largarse a correr una maratón sin haber entrenado antes en distancias más breves); o pervertir la disciplina de escribir regularmente hasta convertirla en una obligación inflexible, una fuente extra de frustración; o no reconocer que la procrastinación, más que una falla de la voluntad, puede ser una protesta exasperada del inconsciente; o trastocar un perfeccionismo saludable en una obsesión malsana.

Jack-Torrance-Ice-Block

Relacionarse mal con la idea de “éxito” también motiva frustraciones y bloqueos. Pueden ser por no haber establecido una definición de qué significa el éxito para uno; o por temerle antes de conseguirlo; o por tener miedo de no poder sostenerlo una vez conseguido; o, sencillamente, por no sentirse capaz de obtenerlo nunca. Para cualquiera de estos casos, Nelson se pregunta: “¿Es el éxito en el arte más importante que haberlo practicado tan bien como nos haya sido posible? […] “¿Lo es más que el éxito en la vida misma?”.

La autora también considera otros casos particulares: el bloqueo de los escritores novatos o “potenciales” que, ante las “posibilidades ilimitadas” de la literatura, no salen nunca de su “nido de sueños” para encarar una obra que, al publicarse, podría confrontarlos con la medida real de su propio talento; el de los precoces que un buen día se frenan; el de los tesistas y estudiantes que no consiguen pasar del estadio “acopio de notas” al de seleccionarlas para convertirlas en un libro; el de quienes encajan su talento o sus aptitudes en un molde inadecuado, a veces por error propio, a veces por imposición de la sociedad en sí…

En su exhaustividad, el libro alcanza la dimensión de un tratado. No sólo se tipifican todas las variantes resumidas aquí, sino que, entreveradas con esas fundamentadas descripciones, también se ofrecen algunas soluciones. Por ejemplo: reconocer nuestro ritmo interno; enfocarse en el presente al escribir, relajarse y disfrutar; tratarse a uno mismo con respeto, medirse en avances propios, no caer en la comparación con otros autores; reconocer que el proceso creativo a veces es locuaz pero otras veces está marcado por silencios que también pueden ser activos; guiar la experiencia creativa sin querer controlarla totalmente; reencajar el perfeccionismo en límites saludables, sin llegar al extremo de perder la capacidad de autocrítica; confiar en nuestras convicciones frente a la crítica externa, siempre subjetiva y cambiante; reconocer que la reescritura obsesiva a veces sólo es una táctica dilatoria; mantener la constancia del acto escritural aunque cada día recaiga en proyectos o ideas distintas. El libro presenta al bloqueo como una pieza más del juego, y hasta propone que puede usarse en favor del proyecto escritural que el autor tenga entre manos.

Incluso si uno escribe pero no se encuentra (o no se reconoce) bloqueado, la lectura del libro resulta igualmente interesante. En parte por su eventual funcionamiento como factor preventivo para el problema; pero, sobre todo, porque Nelson también enseña a escribir. No es que la autora ofrezca herramientas técnicas de escritura (reglas de redacción y gramática, recursos narrativos u otras materias así), sino que, al mostrar cómo opera el oficio constante de la escritura —con el fin de clarificar lo que sucede cuando esa constancia se interrumpe—, Nelson termina dándonos un certero panorama del ritual íntimo de escribir: lo que está en juego tras las bambalinas del proceso creativo de escritura. Un proceso que es saludable asumir como algo fluido y dinámico.

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Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson. Tratado. Península, 1997 [1993], 240 páginas. Recomendé este libro en “Ciudad X”. Córdoba, 3 de septiembre de 2015.

Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia

Por Martín Cristal

Esclavas de un orden violento

Las-muertas-Jorge-Ibarguengoitia-CorregidorAlgunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. Con esa clara advertencia inicia Las muertas, novela de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) y verdadero clásico de la literatura mexicana, que el sello Corregidor acaba de reeditar en la Argentina. La edición anterior en nuestro país, casi inconseguible, era la de Sudamericana, de 1986 (la novela se publicó originalmente en 1977).

La reedición es más que pertinente. No sólo por el valor literario que la novela tiene en sí misma, sino porque la relectura de la anécdota que la vertebra —la paulatina construcción de una red de trata de mujeres, y el final macabro de muchísimas de ellas— puede tomarse como un aporte histórico a la discusión actual sobre el femicidio y la violencia de género, tema candente sobre el que la sociedad argentina está más atenta tras la multitudinaria marcha llevada a cabo recientemente bajo la consigna #NiUnaMenos.

Las hermanas Baladro de la novela están basadas en las González Valenzuela que, durante los años cincuenta/sesenta, regentearon prostíbulos en los estados de Jalisco y Guanajuato (México). Tras descubrirse cómo traficaron, esclavizaron y mataron a decenas de mujeres, y también a algunos clientes de los burdeles, la prensa mexicana las apodó “las Poquianchis”.

A pesar de la sobria elocuencia del título de la novela, si se desconocen los hechos reales en los que se basa es difícil anticipar el extremo de violencia al que llegará el texto. Y eso que el primer capítulo ya muestra un hecho violento: una balacera por venganza. Sin embargo, el tono y —sobre todo— el humor con el que narra Ibargüengoitia, matiza y distancia al lector (lo preserva) de la violencia representada en el relato.

A priori puede parecer un contrasentido y hasta una falta de respeto que se narre un asunto tan escabroso con un humor cercano al de la comedia de errores; sin embargo, ya puestos a leer, se reconoce que en el caso de Las muertas la mixtura funciona a la perfección y evita que Ibargüengoitia pontifique sobre el tema: ejemplarmente, el autor no juzga en ningún momento a sus personajes desde un púlpito moral.

Las conocidas habilidades de Ibargüengoitia para la sátira y el sarcasmo —manifiestas, por ejemplo, en los relatos de La ley de Herodes (1967)— alivianan los hechos atroces. Me atrevo a aventurar que, al ser la prensa amarilla mexicana una de las fuentes a las que habrá recurrido Ibargüengoitia —con Alarma! a la cabeza—, algo del (no tan) involuntario humor negro con el que dicha prensa suele tratar estas noticias en México quizás también haya influido en el tratamiento ficcional que el autor hace del caso.

Jorge-Ibarguengoitia

La sencillez directa del estilo de Ibargüengoitia aporta a la narración una transparencia que le permite al lector enfocarse en los acontecimientos, y no en indeseables florituras de la prosa. En cuanto a la estructura de la novela, Ibargüengoitia la basa en una alternancia de testimonios ficcionalizados, hombres y mujeres que señalan y esconden lo que les conviene respecto del vil negocio de las Baladro, conscientes ya de un proceso judicial que los apremia. La lentitud de un gobierno que investiga los hechos, o que los avaló durante mucho tiempo con su corrupto silencio, evidencia un orden social con grandes zonas oscuras en las que las mujeres (sobre todo las más pobres) se encuentran en desventaja total: son traficadas, maltratadas, sacrificadas y enterradas en cualquier parte.

Esta reedición se completa con un prólogo de Ezequiel De Rosso y un ensayo del crítico uruguayo Ángel Rama (quien alguna vez, como jurado, distinguiera a Ibargüengoitia con el Premio Casa de las Américas). Rama es una de las personalidades que murieron en 1983 cuando se estrelló el avión en el que se dirigían de Madrid a Bogotá, para un encuentro de cultura hispanoamericana. En ese mismo vuelo iba el escritor peruano Manuel Scorza, por ejemplo, y también el propio Ibargüengoitia, quien así falleció a la edad de 55 años.

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Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia. Novela. Corregidor, 2015 [1977], 240 páginas. Recomendé este libro en “Ciudad X”, del diario La Voz del Interior (cuyo manual de estilo insiste en cambiarme las X por J cuando escribo “mexicanos” o “mexicanas”). Córdoba, 2 de julio de 2015.

Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters: 100 años

Por Martín Cristal

Dónde va la gente cuando muere

Edgar-Lee-Masters-Antologia-de-Spoon-River-CatedraSi los clásicos son obras que perforan los tiempos, precedidas por una fama creciente que les granjea adhesiones automáticas —muchas veces desconectadas de la molestia de leer—, cabe preguntarnos entonces si alguno de ellos necesita una recomendación como la de este blog. Quizás no la necesiten aquellos cuya gloria ha devenido oficial y en consecuencia ha generado instituciones culturales o políticas estatales destinadas a perpetuarlos por todo el orbe; quizás sí los que —a pesar de sus méritos y su evidente permanencia— no cuentan con todo ese blindaje extra, no ocupan un lugar tan prominente entre las otras altas cumbres, y por ende no son tan conocidos de antemano. Este último parece ser el caso de Edgar Lee Masters (EE.UU., 1868-1950) y su Antología de Spoon River, cuya primera edición hoy cumple cien años.

Génesis de un pueblo

Masters se crió en el interior de Illinois. Estudió abogacía y a los veinticuatro años se mudó a Chicago. En 1893 se estableció como abogado laboral de trabajadores, inmigrantes, huelguistas y sindicatos. Abogado de día, escritor de noche: un tironeo constante entre su profesión y su vocación (otro “clásico” en las vidas de escritores). En un intento por bancar económicamente su literatura, quiso ser juez; a diferencia de nuestro Juan Filloy, Masters no lo logró.

A los cuarenta y seis años de edad, ya había publicado once libros, pero seguía siendo casi un desconocido. Hasta que, durante una visita de su madre en mayo de 1914, conversa con ella sobre su tierra de origen. Lugares, personas… Tras despedirla, Masters vuelve a casa rumiando una idea: plasmar “un microcosmos que represente un macrocosmos”. Enseguida escribe “La colina”, el primer poema del futuro libro.

Lo siguen muchos otros, que Masters escribe entre otras actividades: cuatro, diez poemas por semana, durante meses. Los publica periódicamente en una revista. En 1915, la editorial Macmillan los recopila como libro. Pronto la Antología de Spoon River se transforma en un verdadero best-seller de la poesía norteamericana.

Del libro y su forma

En la obra, Masters sitúa un pueblo ficcional, Spoon River, en la zona de Illinois donde se crió. Imagina a sus habitantes; más precisamente, a sus muertos. Recordemos que uno de los llamados “tópicos literarios” es el de la pregunta por los muertos (en latín ubi sunt: “¿dónde están?”). Masters ubica a los de Spoon River en la colina de su cementerio. “Todos, todos están durmiendo en la colina”, dice el verso que se repite en el primer poema.

Lo sigue una selección —una antología— de casi 250 almas, entre las muchas que descansan en ese camposanto. Cada poema tiene por título el nombre de una persona, y es una declamación breve en la que esa persona resume quién fue, cómo fue su vida. Un poco como epitafios, salvo que no son propiamente las palabras grabadas en las tumbas de los muertos, sino sus voces.

Desde el borracho del pueblo hasta el prohombre; desde la madre que murió en el parto hasta la licenciosa que huyó del pueblo. Todos tienen su momento y van tramando las interrelaciones de la sociedad. Por ahí hasta se cuela algún personaje de la vida real, aunque romantizado: Anne Rutledge, novia de Abraham Lincoln (su epitafio literario se hizo real: hoy la lápida de la verdadera Rutledge lleva en relieve el poema de Masters).

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La tumba de Anne Rutledge. Foto: Flickr de Larry Senalik.

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El libro puede leerse como una novela en verso libre. Hay varias historias narradas con epitafios que se refieren mutuamente: maridos y esposas, amigos, enemigos… linkeando esas referencias mutuas podría hacerse una versión hipertextual en la web.

Masters es fiel a las particularidades de su región, pero en paralelo sostiene siempre un hálito de poesía clásica. A pesar de la febrilidad con que fue escrito en el día a día, el poemario presenta una sólida concepción formal en su conjunto. Se asemeja a la de la Divina comedia: al organizar la edición en forma de libro, Masters dispuso a los personajes viles, simplones o fracasados primero; de ahí en adelante ordenó a los demás en un creciente ascenso de virtudes (cristianas). Irónicamente, el último personaje lleva como nombre “Webster Ford”, el seudónimo con el que Masters había empezado a publicar los poemas (al terminar la serie ya firmaba con su nombre real).

One hit wonder

Masters se mudó a Nueva York, donde intentó capitalizar su fama para dedicarse sólo a escribir. Y, apretándose el cinturón, lo hizo; sin embargo, tuvo que resignarse a que ninguna de sus nuevas obras lograse superar el éxito de su Antología… ni siquiera su secuela, The New Spoon River (con la que amplió los “muertos revividos” a unos 600).

A pesar de su gran producción, a Masters puede pensárselo como un one hit wonder, y a su Antología de Spoon River como una obra poética que, en su concepción, se adelantó a la idea de “territorio ficcional”. En la narrativa del siglo XX, dicha idea cobraría fuerza más tarde, por ejemplo con el Winesburg inventado por Sherwood Anderson, y luego con el Yoknapatawpha de Faulkner y sus famosas derivaciones latinoamericanas: el Macondo de García Márquez, la Santa María de Onetti…

A todos se les adelantó Masters. Pero seguramente a ninguno de ellos le importe ya: hoy todos, todos duermen en la colina.

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Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Poesía. Cátedra (Letras Universales), 2004 [1915]. Edición de Jesús López Pacheco. Traducción de J. López Pacheco y Fabio L. Lázaro. 384 páginas. Con otra versión recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 2 de abril de 2015).

Lo mejor que leí en 2014

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2014:
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Shakespeare-Bill-Bryson-RBAShakespeare
de Bill Bryson
(biografía)

Muy ameno, y útil
para poder confeccionar
esta infografía sobre el Bardo

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Una-breve-historia-de-casi-todo-Bill-BrysonUna breve historia de casi todo
de Bill Bryson
(divulgación científica)
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Catalogo-de-formas-Nicolas-CabralCatálogo de formas
de Nicolás Cabral
(novela breve)
Leer reseña
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Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasLa casa de hojas
de Mark Z. Danielewski
(novela)
Leer reseña
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Selected-Stories-Philip-K-DickRelatos selectos de Philip K. Dick
(Selected Stories of Philip K. Dick)
Leer reseña
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Desciende-Moises-William-FaulknerDesciende, Moisés
de William Faulkner
(relatos)

De este libro salió el
epígrafe inicial de Mil surcos
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El-animal-no-domesticado-Laura-Garcia-del-CastanoEl animal no domesticado
de Laura García del Castaño
(poesía)
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Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKDos hermanos
de Milton Hatoum
(novela)
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Jorge-Ibarguengoitia-Las-MuertasLas muertas
de Jorge Ibargüengoitia
(novela)
Leer reseña
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Francisco-Ide-Wolleter-Poemas-para-Michael-JordanPoemas para Michael Jordan
de Francisco Ide Wolleter

Se puede leer online
o descargar desde aquí
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Annie-Leonard-La-historia-de-las-cosasLa historia de las cosas
de Annie Leonard
(ensayo de política ambiental)
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Padgett-Powell-El-sentido-interrogativoEl sentido interrogativo. ¿Una novela?
de Padgett Powell
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El-Numero-Thomas-Ott-Edicion-argentinaEl número 73304-23-4153-6-96-8
de Thomas Ott
(historieta)
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Amos-Oz-Contra-el-fanatismo-SiruelaContra el fanatismo
de Amos Oz
(ensayos)
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Kurt-Vonnegut-Barbazul-Plaza-y-JanesBarbazul
de Kurt Vonnegut
(novela)
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[Ver lo mejor de 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Diarios de John Cheever

Por Martín Cristal

Vida ordinaria de un escritor extraordinario

John-Cheever-Diarios-Emece-1993Para los lectores argentinos, la vigencia de la obra narrativa de John Cheever podría cifrarse en el hecho de que los sueños agrietados y la lujosa angustia suburbana de aquella clase media-alta yanqui de los años cincuenta, que él supo narrar tan bien —y cuya reencarnación más reciente es el infierno doméstico que comparten Betty y Don Draper en la serie televisiva Mad Men—, se parecen bastante a los de la “generación country” de la Argentina de las últimas dos décadas. Para verificarlo se pueden buscar los dos volúmenes de sus Relatos, o la antología La geometría de amor, o novelas como Bullet Park o Falconer, todos libros editados por Emecé.

John-Cheever-Diarios-Emece-2007Quienes degustaron la obra de Cheever y desean profundizar en ella, pueden seguir con sus Diarios. Se consiguen en una edición con prólogo y notas de Rodrigo Fresán (Emecé, 2007); y también —husmeando entre usados y con algo de suerte, como tuve yo— en una coqueta edición española con tapas duras y retrato del autor en sobrecubierta (Emecé, 1993).

Aunque mundana y sin grandes tragedias, la vida íntima de Cheever no se equipara a un viaje de placer. Creciente soledad en familia, alcoholismo social o a escondidas, bisexualidad clandestina —que en realidad es homosexualidad reprimida— tras la fachada de un matrimonio estándar… Sólo el amor por sus hijos aparece como un tesoro por el que vale la pena enfrentar los problemas conyugales, a los que —en menor medida— se les suman los de dinero (y, ya en la vejez, también la enfermedad). “Soy un amoral, mi fracaso consiste en haber tolerado un matrimonio intolerable”, confiesa en una página de 1963. “Mi afición a los interiores agradables y las voces de los niños me ha destruido. […] No he sabido revolver en mis propios asuntos”.

La escritura íntima de todo diario se trastoca cuando aparece la idea de su eventual publicación. Según Benjamin H. Cheever, hijo del autor, “cuando [mi padre] empezó a escribir estos diarios no pensaba en publicarlos. Eran material de trabajo para sus obras de ficción. Y eran asimismo material de trabajo para su vida”. La idea de editarlos póstumamente, dice Benjamin en la introducción, surgió cerca de 1979 (Cheever murió en 1982). Para la familia, retratada a quemarropa, no fue un plan fácil de asumir: “el texto era deprimente y en ocasiones mezquino”.

La marea de frustraciones barridas bajo la alfombra por su moral cristiana y las buenas costumbres, crece y casi ahoga los comentarios literarios o “del oficio”, que muchos ansiamos encontrar en los diarios de escritores. En eso, los de Cheever son muy diferentes de, por ejemplo, los diarios de Abelardo Castillo, recientemente publicados por Alfaguara. Los cuadernos de Castillo ejercitan un reservorio de ideas que tiende a la reflexión literaria (tan pulida que resulta sospechosa: si hay algo que un diario no puede perder ante el lector, es la frescura percibida de haber sido escrito sin plan, en el día a día). Los Diarios de Cheever, en cambio, poseen un registro que es sobre todo vital y, a veces, hasta espiritual. Lo doméstico se intercala con una suerte de largo desahogo.

John-Cheever

“Leo una biografía de Dylan Thomas y se me ocurre que soy como Dylan: alcohólico, casado sin remedio con una mujer destructiva”, anota Cheever en 1966.

Sin embargo, hay perlas dispersas sobre literatura, como las recurrentes lecturas autocríticas de sus cuentos, desde los más tempranos (en una entrada de 1952), pasando por “La monstruosa radio”, “Adiós, hermano mío” y “Los Wryson” hasta otros posteriores, de los que dice: “Su precisión me fastidia; es como si siempre apuntara a dianas pequeñas. Doy en ellas, claro, pero ¿por qué no sacas la escopeta del 12 y buscas presas más grandes?”. También figuran consideraciones sobre la marcha acerca del que será uno de sus mejores relatos, “El nadador”, y varias menciones a escritores contemporáneos: Philip Roth (“joven, acomodaticio, brillante, inteligente”), Hemingway (“Ayer por la mañana Hemingway se pegó un tiro. Fue un gran hombre”), Fitzgerald, O’Hara, Cummings y el omnipresente Saul Bellow, a quien Cheever a veces ve con admiración y otras con envidia (“cada vez que leo una reseña sobre Saul Bellow siento náuseas”). “Entre los novelistas reina una rivalidad tan intensa como entre las sopranos”, anota en 1977.

Otra curiosidad: por un comentario de John Updike, Cheever descubre la obra de Borges: “No me ha gustado Borges, pero los pasajes citados por John me dejan la sensación de que el anciano ciego tiene un tono extraordinariamente hermoso, tan hermoso que es capaz de abarcar la muerte con toda elegancia” (1976).

La muerte de Cheever llegaría en forma de cáncer. En 1981, poco antes de operarse del riñón, escribía: “Pienso que estar vivo en este planeta significa una gran oportunidad. Yo que he conocido el frío, el hambre y la terrible soledad, creo que aún siento la emoción de tener una oportunidad. La sensación de estar con una persona dormida —un hijo, un amante— y saborear el privilegio de vivir o estar vivo”.

Mad-Men-Don-Draper-y-Betty-Draper

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Diarios, de John Cheever. Emecé, Barcelona, 1993. 416 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 2 de octubre de 2014).

William Burroughs es un virus

La-Tempestad-96-BurroughsPor Martín Cristal

Hice el siguiente gráfico divulgativo sobre la vida y obra de William S. Burroughs a pedido de la revista mexicana La Tempestad. Se publicó en el Nº 96 (mayo-junio de 2014), con motivo del 100º aniversario del nacimiento del autor norteamericano.

[Clic para ampliar]

infografia-burroughs-por-martin-cristal
En una esquina del esquema figuran las principales fuentes consultadas (fueron centrales los prólogos de Carlos Gamerro y Ariel Dilon para La revolución electrónica y La tarea: conversaciones con Daniel Odier, respectivamente). A continuación otras fuentes digitales a las que recurrí:

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Más sobre Burroughs en El pez volador: reseña de La revolución electrónica y La tarea.