Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia

Por Martín Cristal

Esclavas de un orden violento

Las-muertas-Jorge-Ibarguengoitia-CorregidorAlgunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. Con esa clara advertencia inicia Las muertas, novela de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) y verdadero clásico de la literatura mexicana, que el sello Corregidor acaba de reeditar en la Argentina. La edición anterior en nuestro país, casi inconseguible, era la de Sudamericana, de 1986 (la novela se publicó originalmente en 1977).

La reedición es más que pertinente. No sólo por el valor literario que la novela tiene en sí misma, sino porque la relectura de la anécdota que la vertebra —la paulatina construcción de una red de trata de mujeres, y el final macabro de muchísimas de ellas— puede tomarse como un aporte histórico a la discusión actual sobre el femicidio y la violencia de género, tema candente sobre el que la sociedad argentina está más atenta tras la multitudinaria marcha llevada a cabo recientemente bajo la consigna #NiUnaMenos.

Las hermanas Baladro de la novela están basadas en las González Valenzuela que, durante los años cincuenta/sesenta, regentearon prostíbulos en los estados de Jalisco y Guanajuato (México). Tras descubrirse cómo traficaron, esclavizaron y mataron a decenas de mujeres, y también a algunos clientes de los burdeles, la prensa mexicana las apodó “las Poquianchis”.

A pesar de la sobria elocuencia del título de la novela, si se desconocen los hechos reales en los que se basa es difícil anticipar el extremo de violencia al que llegará el texto. Y eso que el primer capítulo ya muestra un hecho violento: una balacera por venganza. Sin embargo, el tono y —sobre todo— el humor con el que narra Ibargüengoitia, matiza y distancia al lector (lo preserva) de la violencia representada en el relato.

A priori puede parecer un contrasentido y hasta una falta de respeto que se narre un asunto tan escabroso con un humor cercano al de la comedia de errores; sin embargo, ya puestos a leer, se reconoce que en el caso de Las muertas la mixtura funciona a la perfección y evita que Ibargüengoitia pontifique sobre el tema: ejemplarmente, el autor no juzga en ningún momento a sus personajes desde un púlpito moral.

Las conocidas habilidades de Ibargüengoitia para la sátira y el sarcasmo —manifiestas, por ejemplo, en los relatos de La ley de Herodes (1967)— alivianan los hechos atroces. Me atrevo a aventurar que, al ser la prensa amarilla mexicana una de las fuentes a las que habrá recurrido Ibargüengoitia —con Alarma! a la cabeza—, algo del (no tan) involuntario humor negro con el que dicha prensa suele tratar estas noticias en México quizás también haya influido en el tratamiento ficcional que el autor hace del caso.

Jorge-Ibarguengoitia

La sencillez directa del estilo de Ibargüengoitia aporta a la narración una transparencia que le permite al lector enfocarse en los acontecimientos, y no en indeseables florituras de la prosa. En cuanto a la estructura de la novela, Ibargüengoitia la basa en una alternancia de testimonios ficcionalizados, hombres y mujeres que señalan y esconden lo que les conviene respecto del vil negocio de las Baladro, conscientes ya de un proceso judicial que los apremia. La lentitud de un gobierno que investiga los hechos, o que los avaló durante mucho tiempo con su corrupto silencio, evidencia un orden social con grandes zonas oscuras en las que las mujeres (sobre todo las más pobres) se encuentran en desventaja total: son traficadas, maltratadas, sacrificadas y enterradas en cualquier parte.

Esta reedición se completa con un prólogo de Ezequiel De Rosso y un ensayo del crítico uruguayo Ángel Rama (quien alguna vez, como jurado, distinguiera a Ibargüengoitia con el Premio Casa de las Américas). Rama es una de las personalidades que murieron en 1983 cuando se estrelló el avión en el que se dirigían de Madrid a Bogotá, para un encuentro de cultura hispanoamericana. En ese mismo vuelo iba el escritor peruano Manuel Scorza, por ejemplo, y también el propio Ibargüengoitia, quien así falleció a la edad de 55 años.

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Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia. Novela. Corregidor, 2015 [1977], 240 páginas. Recomendé este libro en “Ciudad X”, del diario La Voz del Interior (cuyo manual de estilo insiste en cambiarme las X por J cuando escribo “mexicanos” o “mexicanas”). Córdoba, 2 de julio de 2015.

Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters: 100 años

Por Martín Cristal

Dónde va la gente cuando muere

Edgar-Lee-Masters-Antologia-de-Spoon-River-CatedraSi los clásicos son obras que perforan los tiempos, precedidas por una fama creciente que les granjea adhesiones automáticas —muchas veces desconectadas de la molestia de leer—, cabe preguntarnos entonces si alguno de ellos necesita una recomendación como la de este blog. Quizás no la necesiten aquellos cuya gloria ha devenido oficial y en consecuencia ha generado instituciones culturales o políticas estatales destinadas a perpetuarlos por todo el orbe; quizás sí los que —a pesar de sus méritos y su evidente permanencia— no cuentan con todo ese blindaje extra, no ocupan un lugar tan prominente entre las otras altas cumbres, y por ende no son tan conocidos de antemano. Este último parece ser el caso de Edgar Lee Masters (EE.UU., 1868-1950) y su Antología de Spoon River, cuya primera edición hoy cumple cien años.

Génesis de un pueblo

Masters se crió en el interior de Illinois. Estudió abogacía y a los veinticuatro años se mudó a Chicago. En 1893 se estableció como abogado laboral de trabajadores, inmigrantes, huelguistas y sindicatos. Abogado de día, escritor de noche: un tironeo constante entre su profesión y su vocación (otro “clásico” en las vidas de escritores). En un intento por bancar económicamente su literatura, quiso ser juez; a diferencia de nuestro Juan Filloy, Masters no lo logró.

A los cuarenta y seis años de edad, ya había publicado once libros, pero seguía siendo casi un desconocido. Hasta que, durante una visita de su madre en mayo de 1914, conversa con ella sobre su tierra de origen. Lugares, personas… Tras despedirla, Masters vuelve a casa rumiando una idea: plasmar “un microcosmos que represente un macrocosmos”. Enseguida escribe “La colina”, el primer poema del futuro libro.

Lo siguen muchos otros, que Masters escribe entre otras actividades: cuatro, diez poemas por semana, durante meses. Los publica periódicamente en una revista. En 1915, la editorial Macmillan los recopila como libro. Pronto la Antología de Spoon River se transforma en un verdadero best-seller de la poesía norteamericana.

Del libro y su forma

En la obra, Masters sitúa un pueblo ficcional, Spoon River, en la zona de Illinois donde se crió. Imagina a sus habitantes; más precisamente, a sus muertos. Recordemos que uno de los llamados “tópicos literarios” es el de la pregunta por los muertos (en latín ubi sunt: “¿dónde están?”). Masters ubica a los de Spoon River en la colina de su cementerio. “Todos, todos están durmiendo en la colina”, dice el verso que se repite en el primer poema.

Lo sigue una selección —una antología— de casi 250 almas, entre las muchas que descansan en ese camposanto. Cada poema tiene por título el nombre de una persona, y es una declamación breve en la que esa persona resume quién fue, cómo fue su vida. Un poco como epitafios, salvo que no son propiamente las palabras grabadas en las tumbas de los muertos, sino sus voces.

Desde el borracho del pueblo hasta el prohombre; desde la madre que murió en el parto hasta la licenciosa que huyó del pueblo. Todos tienen su momento y van tramando las interrelaciones de la sociedad. Por ahí hasta se cuela algún personaje de la vida real, aunque romantizado: Anne Rutledge, novia de Abraham Lincoln (su epitafio literario se hizo real: hoy la lápida de la verdadera Rutledge lleva en relieve el poema de Masters).

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La tumba de Anne Rutledge. Foto: Flickr de Larry Senalik.

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El libro puede leerse como una novela en verso libre. Hay varias historias narradas con epitafios que se refieren mutuamente: maridos y esposas, amigos, enemigos… linkeando esas referencias mutuas podría hacerse una versión hipertextual en la web.

Masters es fiel a las particularidades de su región, pero en paralelo sostiene siempre un hálito de poesía clásica. A pesar de la febrilidad con que fue escrito en el día a día, el poemario presenta una sólida concepción formal en su conjunto. Se asemeja a la de la Divina comedia: al organizar la edición en forma de libro, Masters dispuso a los personajes viles, simplones o fracasados primero; de ahí en adelante ordenó a los demás en un creciente ascenso de virtudes (cristianas). Irónicamente, el último personaje lleva como nombre “Webster Ford”, el seudónimo con el que Masters había empezado a publicar los poemas (al terminar la serie ya firmaba con su nombre real).

One hit wonder

Masters se mudó a Nueva York, donde intentó capitalizar su fama para dedicarse sólo a escribir. Y, apretándose el cinturón, lo hizo; sin embargo, tuvo que resignarse a que ninguna de sus nuevas obras lograse superar el éxito de su Antología… ni siquiera su secuela, The New Spoon River (con la que amplió los “muertos revividos” a unos 600).

A pesar de su gran producción, a Masters puede pensárselo como un one hit wonder, y a su Antología de Spoon River como una obra poética que, en su concepción, se adelantó a la idea de “territorio ficcional”. En la narrativa del siglo XX, dicha idea cobraría fuerza más tarde, por ejemplo con el Winesburg inventado por Sherwood Anderson, y luego con el Yoknapatawpha de Faulkner y sus famosas derivaciones latinoamericanas: el Macondo de García Márquez, la Santa María de Onetti…

A todos se les adelantó Masters. Pero seguramente a ninguno de ellos le importe ya: hoy todos, todos duermen en la colina.

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Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Poesía. Cátedra (Letras Universales), 2004 [1915]. Edición de Jesús López Pacheco. Traducción de J. López Pacheco y Fabio L. Lázaro. 384 páginas. Con otra versión recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 2 de abril de 2015).

Lo mejor que leí en 2014

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2014:
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Shakespeare-Bill-Bryson-RBAShakespeare
de Bill Bryson
(biografía)

Muy ameno, y útil
para poder confeccionar
esta infografía sobre el Bardo

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Una-breve-historia-de-casi-todo-Bill-BrysonUna breve historia de casi todo
de Bill Bryson
(divulgación científica)
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Catalogo-de-formas-Nicolas-CabralCatálogo de formas
de Nicolás Cabral
(novela breve)
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Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasLa casa de hojas
de Mark Z. Danielewski
(novela)
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Selected-Stories-Philip-K-DickRelatos selectos de Philip K. Dick
(Selected Stories of Philip K. Dick)
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Desciende-Moises-William-FaulknerDesciende, Moisés
de William Faulkner
(relatos)

De este libro salió el
epígrafe inicial de Mil surcos
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El-animal-no-domesticado-Laura-Garcia-del-CastanoEl animal no domesticado
de Laura García del Castaño
(poesía)
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Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKDos hermanos
de Milton Hatoum
(novela)
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Jorge-Ibarguengoitia-Las-MuertasLas muertas
de Jorge Ibargüengoitia
(novela)
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Francisco-Ide-Wolleter-Poemas-para-Michael-JordanPoemas para Michael Jordan
de Francisco Ide Wolleter

Se puede leer online
o descargar desde aquí
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Annie-Leonard-La-historia-de-las-cosasLa historia de las cosas
de Annie Leonard
(ensayo de política ambiental)
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Padgett-Powell-El-sentido-interrogativoEl sentido interrogativo. ¿Una novela?
de Padgett Powell
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El-Numero-Thomas-Ott-Edicion-argentinaEl número 73304-23-4153-6-96-8
de Thomas Ott
(historieta)
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Amos-Oz-Contra-el-fanatismo-SiruelaContra el fanatismo
de Amos Oz
(ensayos)
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Kurt-Vonnegut-Barbazul-Plaza-y-JanesBarbazul
de Kurt Vonnegut
(novela)
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[Ver lo mejor de 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Diarios de John Cheever

Por Martín Cristal

Vida ordinaria de un escritor extraordinario

John-Cheever-Diarios-Emece-1993Para los lectores argentinos, la vigencia de la obra narrativa de John Cheever podría cifrarse en el hecho de que los sueños agrietados y la lujosa angustia suburbana de aquella clase media-alta yanqui de los años cincuenta, que él supo narrar tan bien —y cuya reencarnación más reciente es el infierno doméstico que comparten Betty y Don Draper en la serie televisiva Mad Men—, se parecen bastante a los de la “generación country” de la Argentina de las últimas dos décadas. Para verificarlo se pueden buscar los dos volúmenes de sus Relatos, o la antología La geometría de amor, o novelas como Bullet Park o Falconer, todos libros editados por Emecé.

John-Cheever-Diarios-Emece-2007Quienes degustaron la obra de Cheever y desean profundizar en ella, pueden seguir con sus Diarios. Se consiguen en una edición con prólogo y notas de Rodrigo Fresán (Emecé, 2007); y también —husmeando entre usados y con algo de suerte, como tuve yo— en una coqueta edición española con tapas duras y retrato del autor en sobrecubierta (Emecé, 1993).

Aunque mundana y sin grandes tragedias, la vida íntima de Cheever no se equipara a un viaje de placer. Creciente soledad en familia, alcoholismo social o a escondidas, bisexualidad clandestina —que en realidad es homosexualidad reprimida— tras la fachada de un matrimonio estándar… Sólo el amor por sus hijos aparece como un tesoro por el que vale la pena enfrentar los problemas conyugales, a los que —en menor medida— se les suman los de dinero (y, ya en la vejez, también la enfermedad). “Soy un amoral, mi fracaso consiste en haber tolerado un matrimonio intolerable”, confiesa en una página de 1963. “Mi afición a los interiores agradables y las voces de los niños me ha destruido. […] No he sabido revolver en mis propios asuntos”.

La escritura íntima de todo diario se trastoca cuando aparece la idea de su eventual publicación. Según Benjamin H. Cheever, hijo del autor, “cuando [mi padre] empezó a escribir estos diarios no pensaba en publicarlos. Eran material de trabajo para sus obras de ficción. Y eran asimismo material de trabajo para su vida”. La idea de editarlos póstumamente, dice Benjamin en la introducción, surgió cerca de 1979 (Cheever murió en 1982). Para la familia, retratada a quemarropa, no fue un plan fácil de asumir: “el texto era deprimente y en ocasiones mezquino”.

La marea de frustraciones barridas bajo la alfombra por su moral cristiana y las buenas costumbres, crece y casi ahoga los comentarios literarios o “del oficio”, que muchos ansiamos encontrar en los diarios de escritores. En eso, los de Cheever son muy diferentes de, por ejemplo, los diarios de Abelardo Castillo, recientemente publicados por Alfaguara. Los cuadernos de Castillo ejercitan un reservorio de ideas que tiende a la reflexión literaria (tan pulida que resulta sospechosa: si hay algo que un diario no puede perder ante el lector, es la frescura percibida de haber sido escrito sin plan, en el día a día). Los Diarios de Cheever, en cambio, poseen un registro que es sobre todo vital y, a veces, hasta espiritual. Lo doméstico se intercala con una suerte de largo desahogo.

John-Cheever

“Leo una biografía de Dylan Thomas y se me ocurre que soy como Dylan: alcohólico, casado sin remedio con una mujer destructiva”, anota Cheever en 1966.

Sin embargo, hay perlas dispersas sobre literatura, como las recurrentes lecturas autocríticas de sus cuentos, desde los más tempranos (en una entrada de 1952), pasando por “La monstruosa radio”, “Adiós, hermano mío” y “Los Wryson” hasta otros posteriores, de los que dice: “Su precisión me fastidia; es como si siempre apuntara a dianas pequeñas. Doy en ellas, claro, pero ¿por qué no sacas la escopeta del 12 y buscas presas más grandes?”. También figuran consideraciones sobre la marcha acerca del que será uno de sus mejores relatos, “El nadador”, y varias menciones a escritores contemporáneos: Philip Roth (“joven, acomodaticio, brillante, inteligente”), Hemingway (“Ayer por la mañana Hemingway se pegó un tiro. Fue un gran hombre”), Fitzgerald, O’Hara, Cummings y el omnipresente Saul Bellow, a quien Cheever a veces ve con admiración y otras con envidia (“cada vez que leo una reseña sobre Saul Bellow siento náuseas”). “Entre los novelistas reina una rivalidad tan intensa como entre las sopranos”, anota en 1977.

Otra curiosidad: por un comentario de John Updike, Cheever descubre la obra de Borges: “No me ha gustado Borges, pero los pasajes citados por John me dejan la sensación de que el anciano ciego tiene un tono extraordinariamente hermoso, tan hermoso que es capaz de abarcar la muerte con toda elegancia” (1976).

La muerte de Cheever llegaría en forma de cáncer. En 1981, poco antes de operarse del riñón, escribía: “Pienso que estar vivo en este planeta significa una gran oportunidad. Yo que he conocido el frío, el hambre y la terrible soledad, creo que aún siento la emoción de tener una oportunidad. La sensación de estar con una persona dormida —un hijo, un amante— y saborear el privilegio de vivir o estar vivo”.

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Diarios, de John Cheever. Emecé, Barcelona, 1993. 416 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 2 de octubre de 2014).

William Burroughs es un virus

La-Tempestad-96-BurroughsPor Martín Cristal

Hice el siguiente gráfico divulgativo sobre la vida y obra de William S. Burroughs a pedido de la revista mexicana La Tempestad. Se publicó en el Nº 96 (mayo-junio de 2014), con motivo del 100º aniversario del nacimiento del autor norteamericano.

[Clic para ampliar]

infografia-burroughs-por-martin-cristal
En una esquina del esquema figuran las principales fuentes consultadas (fueron centrales los prólogos de Carlos Gamerro y Ariel Dilon para La revolución electrónica y La tarea: conversaciones con Daniel Odier, respectivamente). A continuación otras fuentes digitales a las que recurrí:

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Más sobre Burroughs en El pez volador: reseña de La revolución electrónica y La tarea.

La revolución electrónica y La tarea, de William S. Burroughs

Por Martín Cristal

En las “lecturas recomendadas” de William S. Burroughs (1914-1997) nunca faltan El almuerzo desnudo; Yonqui; Marica (o con su título en inglés, Queer); su epistolario con Allen Ginsberg, Las cartas de la ayahuasca (o “del yagé”); su Trilogía Nova, de los sesenta, o bien la de los ochenta: la Trilogía de la noche roja.

No menos representativos, aunque no tan renombrados, son dos libros de no ficción publicados hace poco en la Argentina: La revolución electrónica y La tarea. Conversaciones con Daniel Odier. Ambos se publicaron originalmente a principios de los setenta —con agregados y modificaciones en reediciones posteriores— y son una buena puerta de entrada al ideario de Burroughs (quien no se expresó sólo en su obra escrita, sino también en colaboraciones en otras artes y en variadas intervenciones en el campo cultural).

Burroughs shooting by Jon Blumb

 

La revolución electrónica

William-Burroughs-Revolucion+Electronica-Caja-NegraEste texto se basa en el gran hallazgo teórico de Burroughs: el reconocimiento del arquetipo “virus” como forma básica de la sociedad de la información. Para el autor, el lenguaje es —literalmente— un virus, que afecta al hombre y su experiencia. A partir de ahí, glosa varias técnicas de manipulación mediática con base en la tecnología de su momento: filmadoras y grabadores de cinta abierta.

El imaginario de Burroughs está bien plantado en su tiempo: Watergate, el temor a la escalada atómica, el fantasma de las manipulaciones mediáticas subliminales, los experimentos secretos de la Agencia Central de Inteligencia durante la guerra fría… y otros rasgos por el estilo, sintetizables en una paranoia de campeonato.

Con esos elementos de su presente, Burroughs capta mucho del nuestro: intuye la esencia de los virus informáticos (y el concepto de “viralización”, tan activo hoy en internet); comprende la creciente manipulación de las noticias mediante su cuestionamiento revisionista o su edición, por ejemplo con el intercambio de fotografías y textos de distintas fuentes (algo similar a lo que vimos en la comunicación de los recientes disturbios sociales en Venezuela). “Cualquiera puede jugar” con estos recursos, dice Burroughs, anticipándose a nuestra era del “hazlo tú mismo”: fotos trucadas con Photoshop, remixes y mash-ups enYouTube, fanfictions en blogs, hoaxes en cadenas de correos…

Resulta esclarecedor el prólogo de Carlos Gamerro, que articula los diferentes momentos en la obra de Burroughs y analiza sus ideas clave. Entre ellas, postula que la revolución de Burroughs no defiende alguna ideología o facción política concreta, sino que propone un ataque general al “sistema” (otro término hoy fácil de relacionar con el de “virus”). Pero “¿quién utilizará estas técnicas?”, se pregunta Gamerro, y es pertinente: el manual revolucionario también podría ser contrarrevolucionario. Burroughs opone el Caos al Control. Sí, suena a parodia del Superagente 86, pero para el viejo Bill era un asunto mucho más serio.

Completa el volumen una entrevista realizada por Tamara Kamenszain en 1975, la cual capta la excentricidad del personaje y sintetiza varios vectores de su pensamiento.

 

La tarea. Conversaciones con Daniel Odier

William-Burroughs-La-Tarea-Cuenco-de-plataEn rigor, La tarea (The Job) contiene a La revolución electrónica y presenta un espectro temático más amplio (si bien no cuenta con los valiosos complementos aportados por Gamerro y Kamenszain en la edición de Caja Negra). Aunque La tarea es un libro-entrevista, no está construido sólo con las preguntas de Odier y las respuestas directas de Burroughs; éste se tomó la libertad de responder, en ciertos casos, intercalando algunos textos suyos que tocaban la cuestión planteada más extensamente, o con relatos que la ilustraban, o con comentarios personales a recortes de prensa que ejemplificaban su manera de pensar. Así el libro resulta elástico en su estructura, y contiene —como señala Ariel Dilon en la nota inicial— “todo el subtexto ideológico de sus novelas”.

Muchas veces Burroughs convence más por su propio convencimiento que por la expresión llana de sus teorías, las cuales no siempre se basan en materiales científicos, sino muchas veces también en datos pseudocientíficos y hasta esotéricos. Las fuentes de conocimiento más dudosas —incluida la cienciología— son igualmente consideradas por su inteligencia, de la que uno se pregunta si canaliza una lucidez total para comprender la realidad, o si son sólo arrebatos de clarividencia entreverados con un importante porcentaje de “quemazón” cerebral tras décadas de adicción a las drogas. En cualquier caso, Burroughs se las arregla para seguir siendo interesante.

¿Qué temas agrega La tarea a los ya mencionados de La revolución electrónica? Las adicciones como forma de control social; las drogas amplificadoras de la conciencia versus las sedantes, y su relación con la escritura; la (homo)sexualidad, el erotismo y la pornografía; su marcada misoginia, su descreimiento del amor; sus técnicas experimentales de escritura (como el cut-up); su renuencia a aceptar la etiqueta beat para sí; algunas consideraciones sobre otros escritores (Joyce, Beckett, Genet); la necesidad de demoler los conceptos de “familia” y “nación”; su reivindicación de la revolución violenta, precisamente para no llegar a la destrucción total prometida por la bomba atómica; los jeroglíficos egipcios en oposición al alfabeto occidental; y también la pena de muerte, la cultura libre, las posibilidades de la clonación… Todo eso y más, en un abanico articulado de paranoia y lucidez que nos llega desde otro tiempo para que comprendamos mejor el nuestro.

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La revolución electrónica, de William S. Burroughs. Ensayos. Trad. de Mariano Dupont. Caja Negra, 2009 [1970]. 89 páginas. | William S. Burroughs: La tarea. Conversaciones con Daniel Odier. Entrevista aumentada con ensayos y relatos breves. Trad. de Edgardo Russo y Ariel Dilon. El Cuenco de Plata, 2014 [1969]. 256 páginas. Recomendamos estos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de abril de 2014). También hice una infografía sobre la vida y obra de Burroughs.

Antología: Relatos selectos de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

I. El libro

Selected-Stories-Philip-K-DickTras leer algunas novelas de Philip K. Dick, quise pasar a sus relatos. Descubrí que sus Cuentos completos son casi imposibles de conseguir en Córdoba: sólo vi los cinco tomos juntos una vez, en una comiquería (donde, dicho sea de paso, también se consigue la revista Palp). Editados por Minotauro e importados desde España, resultaban más caros que un e-reader. Por supuesto, compré el e-reader, y después conseguí los cinco tomos en versión electrónica (también un sexto con algunos inéditos compilados por fans de Dick).

Como ya había podido comprobar, con el e-reader pasamos del problema de la escasez al de la abundancia. Ahora que los tenía, ¿realmente quería leer cinco tomos de Dick? Los volúmenes “completos” de cualquier autor siempre nos reservan zonas tediosas o poco interesantes, porque en su afán de exhaustividad esos libros necesariamente incluyen intentos fallidos, tanteos, variantes no muy logradas o etapas no tan atractivas de la obra del escritor en cuestión.

La solución fue guglear alguna antología autorizada. Encontré una que salió a veinte años de la muerte del autor y titulada Selected Stories of Philip K. Dick (Pantheon Books, NY, 2002; reeditada por Houghton Mifflin Harcourt, NY, 2013). Aunque no estaba en castellano, podía extractar los veintiún relatos seleccionados de las versiones electrónicas que ya había encontrado traducidas en la red. Sólo tendría que leer en inglés la introducción —muy provechosa, de Jonathan Lethem—, texto que hallé en Google Books.
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II. Los cuentos

Cada vez me convenzo más de que la ciencia ficción se disfruta al máximo en textos de mediana extensión (sin duda más que en esas novelas hoy infladas por la moda del best-seller). Los mejores relatos de esta antología me parecieron:

“Sobre la desolada Tierra”, un relato nada tecno, sino más bien religioso: Silvia es una chica especial que —como los santos o los mártires— percibe ciertas apariciones angélicas que deambulan por nuestro planeta. Desoyendo a su familia y a su novio Rick, Silvia quiere irse con esos ángeles flamígeros, pasar al otro lado. Pero la cosa puede salir mal… ¿vale arrepentirse después? ¿Se puede volver del más allá sin alterar el equilibrio del universo?

“La fe de nuestros padres”: Chien es un integrante del Partido en una China que ya domina el mundo. Tiene una ascendente carrera por delante porque sabe callar sus pensamientos. Justo cuando su fidelidad y sus capacidades son puestas a prueba por el mismísimo Líder del Partido, Chien se mete (no tan) accidentalmente una droga que lo enfrenta a una verdad aterradora: el Líder no sería lo que aparenta ser (no sería humano). ¿Está drogado ahora, Chien, o en realidad lo estaba antes, cuando veía al Líder con su apariencia habitual? Podrá averiguarlo esta noche, en la recepción del Partido donde por fin podrá conocer al Líder en persona. Un relato genial.

“Algo para nosotros temponautas”: Una paradoja temporal. Así como alguna vez hubo una “carrera espacial” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora hay otra por dominar el viaje en el tiempo. El apuro por ser los primeros lleva a errores en el lanzamiento: un poco como el Eternauta de Oesterheld, los temponautas de Dick quedan atrapados fuera y dentro de nuestro mundo, fantasmas superpuestos en un loop temporal interminable que los agobia, y que —según calculan— sólo podrán romper de una forma.

“Quisiera llegar pronto”: Mi favorito del libro. Víctor Kemmings, embarcado en un viaje interplanetario, sufre un accidente: la criogenia no alcanza la temperatura correcta y, aunque su cuerpo viaja congelado como corresponde, su conciencia queda despierta. La computadora de la nave detecta el inconveniente; calcula que si Kemmings no recibe estimulación sensorial, tras los diez años de viaje llegará en estado vegetativo. Para salvar la situación, la computadora —que se dirige a Kemmings oralmente, como la HAL 9000 de Kubrick pero con mejor leche— decide bombardear a Kemmings con realidades virtuales construidas a partir de sus propios recuerdos.

Y también cuatro que ya conocía parcialmente, por sus adaptaciones al cine: “La paga” (Paycheck, con Ben Affleck); “Equipo de ajuste” (The Adjustment Bureau, con Matt Damon, película que expurga la faceta religiosa del cuento original); “El informe de la minoría” (Minority Report, con el insufrible Tom Cruise); y “Podemos recordarlo todo por usted” (Total Recall, en su primera versión, con Arnold Schwarzenegger, en la que se amplificaba el componente de aventuras).

Esta antología vino a redondear mi percepción de la obra dickiana, ofreciendo toda clase de variantes en la configuración de los temas y motivos habituales del autor. Estos temas eran de esperar, ya que de la lectura de sus novelas habíamos mensurado ya el perímetro de sus obsesiones: simulacros, paranoia… Para captar de un vistazo esas superposiciones, hice la siguiente tabla (click para ampliarla):

Cuentos-de-Dick-935px

Si ya me eran familiares estos temas filosóficos o especulativos en la obra de Dick —y también los agentes que los provocan: robots o máquinas, aliens, drogas, extrañas deidades—, todavía me faltaba asimilar un “segundo juego de motivos” superpuesto en la estética del autor. Me lo hizo ver mejor Lethem en la introducción del libro:

“El segundo juego de motivos empleado por Dick es más prosaico: una obsesión perfectamente típica de los cincuenta por las imágenes de los suburbios, el consumidor, el burócrata, y con la situación de hombres pequeños debatiéndose bajo los imperativos del capitalismo. Si Dick, como un barbudo tomador de drogas californiano, puede haber parecido un candidato para integrar el círculo beat (y de hecho se juntaba con los poetas de San Francisco), su persistente compromiso con los principales materiales de su cultura lo preservaron de irse flotando hacia ensueños de escape. Lo relaciona en cambio con escritores como Richard Yates, John Cheever y Arthur Miller…”.

Tambien según Lethem (todo un fan, que hasta tiene tatuado el aerosol de Ubik en el brazo), “el gran logro de Dick […] fue el de convertir los materiales de la ciencia ficción norteamericana de estilo pulp en un vocabulario para una notable visión personal de la paranoia y la dislocación.” Sin ánimo completista, siento que tras estas lecturas ya he comprendido bien ese logro. Me queda como pendiente la exploración del Dick tardío, ese iluminado que, de la invención de diversas formas de la paranoia, pasó directamente a su mistificación.

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Lo mejor que leí en 2013

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2013:

Rascacielos-J.G.BallardRascacielos
de J. G. Ballard
(novela)
Leer reseña

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Alessandro-Baricco-Mr-GwynMr Gwyn
de Alessandro Baricco
(novela)
Leer reseña

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Isidoro-Blaisten-AnticonferenciasIsidoro-Blaisten-Cuando-eramos-felicesAnticonferencias y
Cuando éramos felices
de Isidoro Blaisten
(artículos)

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Alejo-Carbonell-Sendero-luminosoSendero luminoso
de Alejo Carbonell
(poesía)

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[Ver lo mejor de 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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La isla de cemento, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Ballard-La-isla-de-cemento—Maitland, viejo, estás aquí varado como Crusoe. Si no te cuidas, te quedarás en esta isla para siempre.

Según la edición de Minotauro, La isla de cemento (Concrete Island, 1974), conforma una trilogía “urbana” junto con la novela anterior de Ballard, Crash, y la posterior Rascacielos.

Robert Maitland es un arquitecto inglés al que encontramos en el preciso instante de tener un accidente: mientras conduce a exceso de velocidad, su Jaguar pincha un neumático. Maitland pierde el control del auto, que vuela por sobre el borde de la autopista elevada y cae a un espacio baldío, mucho más abajo: un triángulo yermo entre tres autopistas de cemento, el único espacio urbano no planificado entre esas modernas vías de comunicación.

“Ese terreno abandonado en la conjunción de las tres autopistas era literalmente una isla desierta”, explica Ballard, que así actualiza al náufrago clásico de Daniel Defoe, llevándolo al terreno de sus intereses: el paisaje distópico.

Con todo y lo buena que es la idea —el ciudadano que no puede escapar de una isla desierta enclavada en el corazón de su propia civilización moderna (pero previa a los teléfonos móviles, que hoy hubieran resuelto el problema enseguida)—, hay que decir que los esfuerzos de Ballard por verosimilizar la situación resulta un tanto ampulosos y notorios. Demasiadas casualidades juntas impiden que el machucado Maitland escape de su isla, al menos en los sucesivos intentos que se llevan la primera mitad de la novela.

Jaguar-Concrete-Island

[Atención: spoilers].

Es cierto que estos fracasos mueven al lector a sospechar que, inconscientemente, Maitland no quiere volver a su vida de siempre. En efecto, veremos una transformación en el alienado arquitecto, un sinceramiento con su lado salvaje, que conecta con la metamorfosis social de Rascacielos, aunque en esta novela Ballard no sea tan sutil en la gradación del proceso.

Los móviles de lectura más comunes en las historias de náufragos suelen ser los medios de supervivencia y el rescate (intrigas: ¿cómo se las ingeniará X para sobrevivir? ¿Podrá escapar de la isla desierta?). En parte, de eso van Robinson Crusoe, y la peli Náufrago con Tom Hanks, y Lost, y muchas otras propuestas con situaciones extremas aisladas. En cierto punto de la novela, Ballard pone sobre las mesa ambas premisas, y altera las prioridades del náufrago: es ahí cuando Maitland reconoce que “esta voluntad de sobrevivir, de dominar la isla y aprovechar sus escasos recursos, era ahora un objetivo más importante que el de escapar”.

Con las intenciones trastocadas, Maitland llega a decirse, en voz alta: “Yo soy la isla”. Hasta aquí la novela parece sólo un cuento algo inflado, de progresión previsible. A mitad del libro, sin embargo, Ballard introduce un Viernes, unos Otros de los que es mejor no agregar más. Valga decir que la historia mejora, y que la ambigüedad del protagonista respecto de escapar o no de la isla se ahonda y persiste más allá de este punto.

En lo personal, de este trío ballardiano, antes que La isla de cemento me quedo con Rascacielos, e intuyo que también preferiré Crash, al menos a juzgar por la imaginería que David Cronenberg pudo destilar de esa novela.

Rascacielos, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal
Rascacielos-J.G.Ballard

“Más tarde, mientras estaba sentado en el balcón, comiéndose el perro, el doctor Robert Laing recordó otra vez los hechos insólitos que habían ocurrido en este enorme edificio de apartamentos en los últimos tres meses”.

Con esa poderosa línea inicial arranca Rascacielos (High-Rise, 1975). El edificio donde transcurre la acción de esta novela de J. G. Ballard tiene cuarenta pisos, veinte ascensores y mil departamentos. Dos plantas —la décima y la trigésima— albergan supermercados, shoppings, servicios, escuelas y las infaltables piletas de natación (siempre siniestras y desoladoras en Ballard). Aunque todos los habitantes son profesionales exitosos, los pisos más altos gozan de un lujo superior al de los pisos inferiores. Un enorme estacionamiento rodea al edificio, y también un lago artificial a medio construir: un desolador óvalo de doscientos metros de diámetro, hecho de puro concreto, sin agua todavía. El paisaje es suburbano, muy en las afueras de una Londres ya insoportable; el edificio más cercano es idéntico, pero está a cuatrocientos metros de distancia.

Los “hechos insólitos” que recordará Laing estructuran la novela en un gradiente de primitivización que va transformando a los habitantes del edificio. En sólo tres meses se produce “un nuevo orden social” generado por la propia arquitectura psicotizante de esa mole de cemento.

Lo de psicotizante es literal y manifiesto: los vecinos van sintiendo un “creciente desdén por la realidad” exterior. Todos se preocupan por mantener las apariencias hacia fuera, mientras en los pasillos del edificio los conflictos sociales son cada vez más violentos y encarnizados.

Las clases enfrentadas son las típicas baja, media y alta, representadas en tres tramos del edificio —pisos inferiores, medios y superiores— y en un habitante/protagonista por cada uno de esos estratos: en el Piso 2, el periodista de TV Richard Wilder (wilder = más salvaje, tendencia que irá revelando el personaje a lo largo de la novela); en el Piso 25 vive el citado doctor Laing; y en el piso 40, con lujoso ático y todo, el mismísimo arquitecto del edificio, el prepotente Anthony Royal (royal = de la realeza, lo que indica la posición social del personaje, contrapuesta a la de Wilder y apenas tolerante respecto de la de Laing, al menos inicialmente).

El edificio es equiparado con una cárcel, con un zoológico, con una pajarera. La violencia de sus entrañas paradójicamente se transforma en una “valiosa forma de cohesión social”. Surgen atavismos: clanes, tribus, demarcaciones territoriales, incluso mediante olores. Las obsesiones son tres: comida, seguridad y sexo. Sin embargo, cuando el lector ya ha aceptado esa idea de regresión social que rige el libro, Ballard ofrece (sin disimulos narrativos) otra interpretación, de corte psicológico. La pone en boca de un vecino de Laing, el homosexual Adrian Talbot:

No es cierto que vayamos todos hacia un estado de primitivismo feliz. Aquí el modelo no es tanto el yo salvaje como el yo postfreudiano sin inocencia, dañado por una excesiva indulgencia en el entrenamiento de las funciones del cuerpo, un destete tardío, y padres afectuosos… Sin duda una mezcla más peligrosa que aquellas que nuestros antepasados victorianos tuvieron que soportar. Todos los de aquí han tenido infancias felices, sin excepción, y sin embargo están furiosos. Quizás no les dieron oportunidad de ser perversos… [154]

La figura del arquitecto Anthony Royal, frecuentemente “de pie en una de sus poses mesiánicas en el parapeto del ático”, recuerda la arrogancia de otro arquitecto parado en las cumbres de sus construcciones: el Howard Roark de las líneas finales de El manantial. Tomando esta similitud como punto de apoyo, se puede decir que en Rascacielos Ballard extrapola las consecuencias de una doctrina egoísta como la de la autora de El manantial, Ayn Rand.

La maestría de Ballard en Rascacielos consiste, primero, en optar por ese inicio in medias res, y luego en desarrollar un perfecto degradado de violencia —en el sentido de imperceptible degradé, pero también de inexorable degradación—, un minucioso crescendo en el que cada hecho en principio no parece mucho más terrible que el inmediato anterior (aunque cada tanto, sí, haya un hito que sacuda la historia del conflicto de clases que va derruyendo el edificio). El disfrute de la lectura se produce en el inteligentísimo continuum con que Ballard conduce este procedimiento: cuando los vecinos y el lector se quieren dar cuenta, el edificio ya es un sistema de cavernas oscuras, un laberinto vertical graffiteado y peligroso. Un espacio inhóspito en el que cada departamento se ve como una cueva en un acantilado, en la segunda mitad del siglo XX, pero enfrentándose a “un futuro que había llegado ya, un futuro agotado”.

Solaris, de Stanislaw Lem

Por Martín Cristal

Soledad Solaris

Stanislaw-Lem-Solaris Casi todas las traducciones de Solaris, novela publicada en 1961, habían sido hechas a partir de su versión francesa y no del original escrito por Stanisław Lem (1921-2006). Finalmente, la editorial española Impedimenta reeditó la novela en traducción directa del polaco, a cargo de Joanna Orzechowska. Hay varias razones para agradecer esta reedición: por la exquisitez de su factura editorial; porque —en los últimos años y por estas pampas— las ediciones anteriores sólo podían conseguirse a duras penas en librerías de usados; por la informada y entusiasta introducción de Jesús Palacios; y, sobre todo, porque es una excelente excusa para leer una gran novela, o para releerla, o bien para cotejar el texto con sus adaptaciones cinematográficas: la muy rusa y muy sesuda de Andréi Tarkovski (1972), o la muy yanqui y más liviana de Steven Soderbergh (2002).

El siguiente párrafo de la novela sintetiza bien su concepto central: “El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas”. Sobre esa tensión funciona Solaris. Buscando comprender un planeta del espacio exterior, los personajes —el solarista Gibarian, el cibernético Snaut, el físico Sartorius y el psicólogo Kelvin, protagonista de la novela— acaban asomándose a los abismos de sus propias existencias: las miserias y la oscuridad de su interior.

Solaris-Lem-Tarkovski

El carácter de la novela deviene del trenzado genial de dos posibles ángulos de lectura: por un lado, si se la lee desde dentro del género, se trata de una novela de esas que la ciencia ficción llama “de primer contacto” (con seres extraterrestres), aunque más bien postule la imposibilidad de lograr dicho contacto con cualquier ser que nuestro entendimiento humano no pueda antropomorfizar. Por otro lado, desmarcándose ya de la Ciencia Ficción, es una novela psicológica, que explora las relaciones humanas, el amor, la culpa, el peso del pasado, la angustia del porvenir, la amenaza permanente de la locura, el miedo a la soledad: nuestra contextura espiritual más profunda.

El fanático de la CF dura disfrutará los cálculos y las especulaciones sobre el planeta, las descripciones casi abstractas de sus fenómenos y, sin duda, también una interesantísima prueba empírica a la que Kelvin se somete para demostrarse a sí mismo que la pesadilla que está viviendo no es tal, sino una tortura psicológica perteneciente al mundo real, en lo que podríamos leer entrelíneas como una refutación del solipsismo, o un “Test-Anti-Philip-Dick”. (Todos estos aspectos son los menos explotados por las dos películas basadas en la novela). Por su parte, los menos adeptos a las ciencias duras seguramente preferirán concentrarse en los personajes y enredarse en los vericuetos de sus almas, ya desde el plano sentimental (como Soderbergh) o desde una perspectiva más intelectual (como Tarkovski).

Solaris-Lem-Soderbergh

Hay una tercera manera de pensar este libro. Si —como decíamos acá— Richard Matheson en Soy leyenda (1954) actualizó el Drácula de Stoker al tomar los miedos típicos que suscitaba el vampiro victoriano y superponerlos a los miedos típicos de un siglo XX posnuclear (fusionando así “terror” con “ciencia ficción”), podríamos decir, en un sentido igual de amplio, que Lem hace lo propio en Solaris con las historias de fantasmas: las saca de aquellas mansiones embrujadas y góticas para ponerlas en órbita, superpuestas a los miedos de una década del sesenta ya en plena carrera espacial. Lem hace deambular a esos fantasmas dentro de una nave claustrofóbica en la que, si el chico de la película Sexto sentido llegara de visita para decir “veo gente muerta”, todos los demás tripulantes le responderían: “chocolate por la noticia”.

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Solaris, de Stanisław Lem. Novela. Traducción de Joanna Orzechowska; introducción de Jesús Palacios. Impedimenta, 2011 [1961]. 292 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1 de agosto de 2013).

Las playas del espacio, de Richard Matheson

Por Martín Cristal

Richard-Matheson-Las-Playas-Del-EspacioHay quienes no han escuchado un disco de Bob Dylan en su vida pero conocen sus canciones —al menos las más famosas— gracias a versiones hechas por otros músicos. Covers: ése parece ser el caso de Richard Matheson, un escritor de imaginación fértil para la ciencia ficción, la fantasía y el terror, del que conocemos muchas de sus historias indirectamente, por adaptaciones de todo tipo, algunas más afortunadas que otras.

Matheson murió el mes pasado, a los ochenta y siete años. Lo único que había leído de él era quizás su obra más famosa, Soy leyenda, llevada al cine varias veces (la última de ellas, con Will Smith en Niles-Brown-Soy-Leyenda-Historietael papel de Robert Neville; me gustó más la primera mitad de la peli que la segunda). Pero no llegué a la novela por ese cover cinematográfico, sino por otro anterior: una adaptación para historieta, hecha por Steve Niles y Elman Brown. Como historieta resulta demasiado dependiente del texto original: lo transcribe largamente en algunas páginas. Sin embargo, y por eso mismo, resulta interesante si uno quiere acercarse al texto pero no lo consigue en librerías, como era mi caso. Creo que así como el Drácula de Stoker daba en el centro de los terrores de la época victoriana, Soy leyenda consiguió actualizar al vampiro al envolverlo con los renovados terrores del siglo XX: la soledad y la alienación, las epidemias globales, la autodestrucción del género humano y el tema del fin del mundo (o de la humanidad, más presente que nunca tras la invención de la bomba atómica).

Soy-Leyenda-Comic
Un par de meses antes de la muerte de Matheson, en la liquidación de una hermosa biblioteca privada —la crónica del asunto se puede leer aquí—, conseguí un libro con cuentos suyos: Las playas del espacio. Trece cuentos publicados originalmente en 1957 como The Shores of Space, aquí en edición de Sudamericana (colección Nebulae, de 1978). Confieso que lo había dejado para después, debajo de una pila de Ballards, Dicks y Vonneguts conseguidos a buen precio en ese misma compra. Y no por jerarquizar de entrada a Matheson como un autor menor frente a aquellos otros (grandes) nombres, sino porque la edición, barata, trae una letra minúscula, que no invitaba mucho a leer.

Sin embargo, durante un fin de semana volví a abrirlo, y ya no pude más que devorarlo. El libro ofrece una variedad de historias de género equiparable a la de series como La dimensión desconocida (The Twilight Zone, a la que Matheson proveyó de guiones para algunos de sus capítulos). Hay alienígenas informes y hambrientos, invasores infiltrados entre nosotros, monstruos fúnebres, vampiros vocacionales, robots de pelea, muñecos antropomorfos, angustias apocalípticas y supervivencias postapocalípticas, viajes en el tiempo, pasadizos a otras dimensiones…

El disparador de cada uno de los cuentos, sin spoilers, puede leerse aquí (también el texto íntegro de uno de los mejores relatos del libro, “Hijo de sangre”,  aunque lamentablemente transcripto sin sus puntos y aparte). Me limito entonces a algunos comentarios generales:

“Acero” es otra historia de Matheson famosa por un cover: el cuento ofreció la idea inicial para la peli Gigantes de acero (Real Steel, 2011). Sólo la idea: la historia original de Matheson no tiene mucho más que ver con el guión de la peli protagonizada por Hugh Jackman. De hecho, si se soslaya el tema de los robots, el cuento está más lejos del blockbuster para niños que de los boxeadores heroicos de Jack London. En cierto momento, incluso se lee (en lo que para mí es una abierta referencia a un famoso cuento de London):

—¿Y con qué vamos a comer?

—Después de la pelea estaremos bien provistos —prometió Kelly—. Te pagaré un bistec bien grande.

• “El oficio de escribir” puede leerse literalmente pero también simbólicamente, con la escritura de ficciones como forma de superar la soledad y las grandes catástrofes de la vida y de la historia.

• El planteo de “El invasor” se basa en que el protagonista, David, no pueda creerle a su esposa Ann lo que el carpintero José sí le creyó a su mujer María: que había quedado embarazada del aire, sin haber practicado el coito con nadie (o, al menos, no con él). Hay que reconocer que la reacción de David es la más creíble de las dos, aunque la credulidad de José haya cambiado el curso de la historia mundial… Por supuesto, el ser que Ann carga en sus entrañas no parece que quiera redimir a la humanidad; más bien, todo lo contrario.

Es interesante comprobar que la idea que sostiene a este y otros cuentos del volumen suele presentarse como su resolución, su sorpresa final (el misterio develado); vale decir que el cuento no se construye sobre la idea en sí, sino sobre un corolario de ella. Lo que se desarrollan primero son las consecuencias de la idea, la cual se revelará —más o menos llanamente— hacia el final.

• “El compañero de juegos” me recordó —por el tema— a un cuento de Pablo Dema, “Jimmy”, incluido en la antología de narradores de Córdoba Diez bajistas.

• “El niño curioso”: para mí el mejor cuento del libro. Como el autor es Matheson, uno espera la resolución sobrenatural o fantástica para eso que en principio parece un episodio de Alzheimer acelerado, sufrido por una especie de Pete Campbell a mediados de los años cincuenta. Así como en “Acero”, si uno abstrae los robots, lo que queda es un cuento de Jack London, aquí, si se omite el giro genérico, el sustrato restante podría ser tranquilamente un cuento de John Cheever.

Richard-Matheson-200pxLa sensación general que deja el libro es la de un abanico imaginativo desplegado a todo el ancho del espectro genérico de la fantasía y la ciencia ficción. Reina la idea. Una de las cosas que la narrativa debería hacer siempre —según sostiene Padgett Powell—, es garpar. No cabe duda que estos cuentos de Richard Matheson buscan eso: pagar, recompensar al lector, ofrecerle una resolución. La gran mayoría lo consigue, en especial si el lector colabora con una cuota de amor por las vertientes más clásicas de estos géneros.

Ojo en el cielo, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

Dick-Ojo-en-el-cieloOjo en el cielo de Philip K. Dick (1957) me resultó una novela muy entretenida a pesar del apresuramiento con el que parecen haber sido escritas algunas de sus partes. Si eso no la desmerece es porque la idea que la sostiene presenta un gran potencial: son esos conceptos que pueden replicar en su seno una gran cantidad de aventuras diferentes (“ideas-recipiente”, inagotables, como las que contienen a algunas series de TV exitosas: un mismo marco que permite reiniciarse en diferentes historias).

En cierta forma, Eye in the Sky es un experimento previo de Dick con una idea que depuraría y relanzaría doce años más tarde en su novela Ubik. Todo empieza cuando un grupo de personas que realiza una visita guiada por las instalaciones del desviador de radiaciones protónicas de Bevatrón —en la ciudad californiana de Belmont— sufre un accidente terrible: el gran rayo radioactivo se descontrola y funde la plataforma de acero por la que los visitantes caminaban. El rayo los quema y todos caen hasta un piso de cemento, veinte metros más abajo.

No sabemos (ni importa) qué carajo sería un “desviador de radiaciones protónicas”; lo que sí sabemos es que, tras un accidente similar pero imaginado por Stan Lee, los ocho visitantes hubieran quedado convertidos en superhéroes con extrañas facultades (¿los Ocho Fantásticos?). En cambio, bajo la égida de Dick, lo que sucede es que los personajes sobreviven al mortal accidente para despertar —oh sí, aquí viene— en una realidad enrarecida.

Phil-in-the-Sky

[Atención: aquí empiezan los verdaderos spoilers].

Esa realidad nueva se va revelando más y más diferente del contexto “real” previo al accidente (la Norteamérica macartista de los años cincuenta). Ahora todo el mundo vive en una teocracia muy particular. La ciencia ha quedado subordinada a la teología; de hecho hay un desarrollo técnico muy curioso, la “teofonía”, que provee los medios físicos para mantener la comunicación con Dios.

Parece que eso será todo, el planteo de una nueva sociedad: Dick se toma medio libro en re-presentar ese mundo religioso —sincrético, con menos de cristiano que de musulmán— y en hacer deambular por él a los personajes en busca de respuestas. Pero, cuando las encuentran, la cosa cambia. Descubren que esa realidad en la que ahora todos se mueven es proyectada por la conciencia de uno de los accidentados. Ésta es la idea potente que, como decía al comienzo, podría replicarse infinitamente en una serie. Una persona domina el mundo, lo modela de acuerdo con sus taras y obsesiones; los demás sólo pueden tolerar sus caprichos o adivinar quién es y escapar de esa realidad ajena dejando inconsciente a esa persona —es decir, “apagando” el proyector de esa conciencia… para pasar a ser proyectados por otra.

Así, pasada la mitad de la novela, Dick inventa y destruye y vuelve a inventar realidades con una velocidad de vértigo. Nos dejamos llevar por su vorágine fascinados con la plasticidad que su propia idea le permite, y así le perdonamos algunas ligerezas, como por ejemplo que una de las personas accidentadas, la señora Pritchet, se deje convencer tan fácilmente de eliminar del mundo —de su mundo— cualquier cosa que se le ocurra a los demás.

El final puede resultar un poco aguado… salvo que, atendiendo al corolario habitual en Dick —que si la realidad es falsificable entonces ninguna “realidad” es garantía de ser “la” realidad— entendamos que los ocho fantásticos no han vuelto al mundo inicial: aunque parezca que están otra vez en los Estados Unidos de los cincuenta, lo cierto es que ese final tan feliz y su futuro tan prometedor se adivinan también como una revancha para el resentimiento y las frustraciones que uno de los personajes —Bill Laws, el guía negro— declaró previamente. Él más que nadie hubiera querido volver al mundo “real” pero introduciéndole las modificaciones mínimas para que sus oportunidades no se vieran disminuidas por cuestiones de credo, raza o extracción social. Volver pero con una oportunidad de prosperar en un emprendimiento propio, sin prejuicios que lo frenen, y en base a sus propias capacidades.

Pero son sólo conjeturas: Dick deja estas explicaciones en suspenso. Y es lo mejor que puede hacer para que el texto siga vivo tras su lectura.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

Dick-Fluyan-mis-lagrimas-dijo-el-policiaFluyan mis lágrimas, dijo el policía, novela publicada por Philip K. Dick en 1974, presenta una nueva variante en la obsesión dickiana por el cuestionamiento de “esa película a la que llamamos realidad”. Jason Taverner, un famoso y acaudalado conductor de televisión, sufre un ataque —muy bizarro— que lo introduce en otro universo. Un universo idéntico al de siempre… salvo por un detalle: en este otro mundo nadie conoce a Jason Taverner. Nadie sabe quién es, ni siquiera hay registros de su nacimiento. Nada: Jason Taverner no existe ni siquiera para los que antes eran sus seres más cercanos. Pero sí existe para sí mismo, por lo que deberá hacerse valer en un mundo de fuerte estratificación social (gentileza de las castraciones y la eugenesia), donde la policía no se anda con medias tintas frente a indocumentados como él. En esta idea de caída social hay algo que proviene de Príncipe y mendigo, de la Odisea (en la parte en que Ulises vuelve disfrazado a Ítaca) y de todos los relatos en los que un rey o un notable pasa desapercibido para descubrir cómo es el mundo de la gente común.

A la manera de Shakespeare, algunas acciones pequeñas señalan el tema general (en este caso, los simulacros): Taverner falsifica documentos; un empleado de hotel fuma habanos falsos; se sospecha que las cartas que recibe otro personaje son falsificadas por la policía… Paso a paso y droga a droga, crece la paranoia de Taverner. “¿No llevaré un microtrans, en alguna parte?”, piensa en cierto momento. Más redonda y emblemática aún es una frase que suelta Buckman, el policía del título: El vivir equivale a ser perseguido.

Tal como suele suceder en las ficciones de Dick, el personaje llega al punto en que no se siente “completamente real”: semienvuelto en lo ilusorio, pierde “la capacidad para decir lo que es bueno o malo, cierto o falso”. “Como la mayoría de las verdades”, dice, todo se vuelve “una cuestión de opinión”.

Mientras Taverner circula por el mundo tratando de recuperar su situación anterior sin llamar la atención de la policía, el lector lo sigue en pos de una explicación para este desdoblamiento imperfecto de la realidad inicial, lo que eventualmente se descubre; y si bien desde lo argumental esa explicación “solipsística del universo” resulta del todo imprevisible, la verdad es que esa revelación no alcanza para olvidar que la idea que rige a la novela —el paso a un mundo paralelo en el que todo es idéntico excepto el status social/existencial de una sola persona (el personaje principal), lo cual hace que ese mundo le sea hostil—, es bastante menos atractiva que otras que el autor desarrolló en otros relatos. Las últimas páginas, de tipo epilogales, resultan más deslucidas que las de un final con vuelta de tuerca que dejara pensando al lector (como el de las últimas páginas de Ubik o El hombre en el castillo, por ejemplo).

En suma, disfruté del libro, pero no es la novela que más me gusta entre lo que llevo leído del autor.

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PD. El título de la novela —que me parece genial por la extrañeza que provoca— cobra sentido durante la lectura en un pasaje en el que el jefe de la policía escucha y cita, emocionado, el primer verso de la “Lachrimae Antiquae Pavan” de John Dowland, un aria cuya letra comienza diciendo, precisamente, “Fluyan mis lágrimas…”. Varias citas de ese mismo poema funcionan como epígrafes del libro. Por mi parte desconocía la pieza, y valió la pena descubrirla. Aquí en una hermosa versión instrumental:

John Dowland, Lachrimae Pavan.
Guitarra clásica: Nataly Makovskaya.

Flores para Algernon versus Muero por dentro

Por Martín Cristal

[Atención: spoilers]

Resulta interesante comparar la evolución de los personajes centrales de dos novelas de ciencia ficción que eligen la mente como campo de batalla para su relato: Flores para Algernon, de Daniel Keyes, y Muero por dentro, de Robert Silverberg. Ambas son célebres dentro del género, y con razón.

Daniel-Keyes-Flores-para-AlgernonLa novela de Keyes es de 1966 (basada en un relato de 1959). En ella seguimos el diario de Charlie Gordon, un joven de treinta y dos años con retraso mental, que acepta someterse a un experimento de cirugía. La intervención de su cerebro no sólo promete “curar” su discapacidad, sino que además podría potenciar su inteligencia hacia niveles muy superiores a la media. El lector percibe los avances postoperatorios en la prosa de Charlie, primero llena de simplezas y hasta errores ortográficos y gramaticales, pero pronto correcta y cada vez más sofisticada. Charlie llegará a cuestionar la autoridad de los mismos médicos que lo sometieron al experimento.

Robert-Silverberg-Muero-por-dentroPor su parte, en la novela de Silverberg, de 1972, el narrador es un flamante cuarentón que tiene poderes telepáticos de nacimiento. David Selig puede leer la mente de los demás, si bien no transmitirles a los otros ningún pensamiento propio. El relato se desarrolla mayormente en primera persona, si bien intervienen también otros recursos narrativos (sorprende la riqueza de Silverberg en el manejo de estas variantes); nos presenta a Selig justo en el momento en que percibe la declinación de esos poderes extrasensoriales. Poco a poco, David deberá aprender a vivir como una personal común.

Hay muchas comparaciones posibles. En ambas novelas, por ejemplo, destaca el uso del flashback. Selig rememora días de juventud con un poder telepático intacto, aunque también las tribulaciones que esa misma rareza solía ocasionarle, haciéndolo sentir un freak. Por su lado, los flashbacks de Gordon son tristes: si bien Charlie cuenta con una lucidez nueva para analizar su pasado, éste sigue siendo el pasado de un chico con retraso mental. Sus recuerdos no han cambiado (sí sus herramientas para comprenderlos). Esto le produce una especie de escisión o disociación en su personalidad.

Sin querer entrar en la discusión que siempre suscita la definición de qué es lo normal, lo que me interesó al comparar la evolución de los personajes de ambas novelas es ver cómo los autores han construido el flujo dramático en estas dos ficciones. Veamos [ampliar el gráfico para ver más detalles]:

Grafico-Silverberg-Keyes-COMPARADOS

En el gráfico, por ejemplo, vemos cómo el punto de partida de Keyes está lleno de esperanza por la posibilidad de cambio, que el protagonista ya vislumbra, mientras que el de Silverberg se desmorona exactamente en la dirección opuesta. Más aún: para poder mostrarnos mejor la próxima decadencia de Selig —para que su tobogán sea más pronunciado—, Silverberg nos lo presenta en un día radiante donde sus poderes han vuelto, temporalmente, al máximo de su capacidad.

David no quiere perder lo que tiene porque eso lo emparejará con los demás, obligándolo a vivir como ellos, algo que él no sabe cómo encarar. Por el contrario, Charlie desea esa medianía que casi todos los demás comparten (después, incluso, la superará ampliamente). La inteligencia de Charlie crece con algunas mesetas; llegada la mitad de la novela, el personaje todavía está lejos de alcanzar el pico máximo de sus capacidades mentales. La telepatía de David, en cambio, se va perdiendo y recuperando intermitentemente.

En el gráfico también se puede apreciar cómo el clímax de ambas novelas inicia más o menos a los tres cuartos de la lectura (es fácil comparar esos porcentajes con el libro electrónico). Charlie alcanza la cima de su inteligencia, muy por encima de la media; desde ahí comienza a decaer —el experimento ha fallado, sí—; lo vemos perder página a página aquella lucidez que había ganado lentamente a lo largo de la novela. Por cada avance, que en su etapa de superación personal llevaba tres páginas de desarrollo, en la de su decadencia tomará sólo una. Así de acelerada es su caída. El dramatismo de las páginas finales de Flores para Algernon reside en este vértigo y en su inexorabilidad (no en vano hay en esa parte un referencia fuerte a El paraíso perdido de Milton).

La debacle dramática en Muero por dentro se consigue casi a partir del mismo punto de la lectura, pero de otra manera: lo que Silverberg hace no es plantear una bajada inexorable, sino un electrocardiograma caprichoso de imprevistas muertes y sorpresivos regresos. Los poderes de David Selig no son cada vez más débiles, sino cada vez más difusos e incontrolables. Vienen y se van cuando quieren. (Como con la señal del teléfono celular, es bueno contar con ella o bien no contar con ella en absoluto; lo peor es que sea intermitente, ya que esto es lo que genera problemas y malentendidos). El dramatismo, para el lector, se apoya en esa imprevisibilidad.

En ambas novelas hay una sensación de pérdida irremediable que sólo se compensa por el aprendizaje que experimentan sus protagonistas a lo largo del proceso. La inteligencia puede atraer problemas que ella misma no pueda resolver; Charlie Gordon aprende que algunas situaciones de su pasado fueron felices sencillamente porque él lo ignoraba todo acerca de ellas. Por su parte, aprender a ser una persona normal puede ser difícil para David Selig, pero en el camino aprenderá que un poder especial puede no ser una virtud, sino una carga: algo que no te acerca a los demás, sino que te separa de los demás. La diferencia es el tema fuerte que estos dos excelentes textos tienen en común.