Arrugas, de Paco Roca

Por Martín Cristal

Nos vamos poniendo viejos

Paco-Roca-Arrugas-Edicion-EspecialEn una entrevista reciente, le preguntaron a Stephen King: “¿A qué le tiene más miedo?”. Su terrorífica respuesta fue “…a la muerte, pero ni siquiera a la muerte tanto como al Alzheimer, a la senilidad prematura. Mi idea de una película de terror es Siempre Alice”.

Tras años de colaboraciones en revistas señeras de la historieta española —tales como Kiss Comix o El Víbora—, Paco Roca (Valencia, 1969) obtuvo un gran reconocimiento con la publicación, en Francia primero y en España poco después, de una historieta de 100 páginas titulada Arrugas. En ella tematiza precisamente ese miedo mayor que tienen King y muchas otras personas: no tanto el miedo a morir, sino el miedo al dolor, a la decadencia física que antecede a la muerte. A cómo será y qué pasará “justo antes de”.

Desde lo narrativo, se puede encarar ese momento dándose un baño de inmersión en la tragedia, como en la mencionada película Siempre Alice; se puede aligerar con humor —como Woody Allen cuando decía: “No es que le tenga miedo a la muerte. Sólo no quisiera estar ahí cuando eso suceda”—; o bien se puede matizar con una paleta agridulce que abarque todo ese rango. Esto último hace Roca en su historieta.

En una nota de 2007 incluida en el libro, el autor explica la génesis de este proyecto. Surgió al ir atestiguando no sólo su propio envejecimiento en el espejo, sino sobre todo el de sus padres, y el de los padres de algunos amigos:

“Emilio, el padre de Diego, sufre Alzheimer. Con risa amarga mi amigo me cuenta las idas de cabeza de su padre. Divertidas todas si no fuesen la inevitable decadencia final de una persona que siempre me infundió respeto”.

A partir de esos disparadores, Roca comenzó a recopilar anécdotas de adultos mayores de su entorno cercano; también visitó residencias de ancianos. Con la riqueza de ese material tramó Arrugas: la historia de Emilio, un ex empleado bancario de edad avanzada que un día debe aceptar que su hijo no pueda más que llevarlo a vivir a un hogar de ancianos. Ahí conocerá a otros internos, viejos como él, con distintas enfermedades (y en distintos grados de avance), y con sus taras acentuadas por la edad. Como dice Roca, algunas situaciones son hasta graciosas, en la medida en que el contexto lo permite.

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Arrugas le valió a Roca un notable éxito de ventas, múltiples premios y una adaptación al cine, que llegó a las salas con el mismo título en 2011, de la mano del director Ignacio Ferreras.

En 2013, la editorial Astiberri —que también publica muchas otras obras de Roca—, sacó una edición especial “limitada” (¡de 4000 ejemplares!) en tapas duras, con 76 páginas más de materiales adicionales, entre los que se cuentan apuntes y bocetos previos; un extenso estudio sobre la obra; las crónicas, historietizadas por el propio Roca, acerca del nacimiento de Arrugas y de su posterior adaptación al cine (la cual terminó con dos premios Goya, a la mejor película de animación y mejor guión adaptado); storyboards y diseño de personajes para dicha película, etcétera.

El camino de los personajes de Roca en esta historieta está regado de rencillas domésticas y pequeñas rebeldías, amores y desconfianzas, un salpicado de momentos amargos y tiernos… pero —y a esto los lectores lo sabemos de entrada— su transcurso es todo el tiempo cuesta abajo. El impactante recurso de las páginas finales —“Todas hieren, pero la 96 mata”, puntualiza Gregorio Belinchón en los anexos del volumen— se adelanta al que Chris Ware emplearía en 2010 al cierre de Lint. En ambas historietas, una muerte blanca espera sentada a que los personajes se deslicen hacia ella por la pendiente del papel y los vericuetos de la tinta.

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Arrugas, de Paco Roca. Historieta. Astiberri, 2013 [2007]. 180 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X“, La Voz (Córdoba, 2 de junio de 2016).

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Dos hermanos, de Milton Hatoum

Por Martín Cristal

Verdad tropical

Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKMilton Hatoum (Brasil, 1952) es descendiente de libaneses y forma parte de la legión de escritores que encuentran en la familia —en el relato o novela familiar— una usina para generar ficciones con base en aquello que mejor se conoce: un entorno íntimo, que sin embargo puede externarse si se lo transfigura, se lo recorta y se lo revisita de manera personal (léase “original”, si es que —como yo— se acepta una aproximación en ambos términos).

El ojo de ese huracán pequeño que es toda familia se vuelve eje del huracán mayor de la Historia, girando y despárramandose en todas direcciones sobre una geografía concreta: en el caso de Hatoum, la de su Manaos natal.

En su novela Dos hermanos, la fuerza centrífuga para ese movimiento es la potencia expresiva de una prosa con un decir caudaloso como río amazónico. En la corriente de su sintaxis amable flota un léxico de selva y de trópico que nos acerca a un verosímil exhuberante de peces y frutos, de igarapés y palafitos, de plantas con nombres sonoros. Nos habla de una ciudad cambiante, víctima de su propio progreso; de un país cambiante, víctima de la ambición de políticos y militares; y de familias decadentes, con taras que nunca cambian, familias que por ende se vuelven víctimas de sí mismas: alcanzan un grado máximo de amor en un fugaz instante de estabilidad, para luego asistir a un desmoronamiento de años cuyo único vestigio termina siendo una casa venida abajo.

En Cosmos, Carl Sagan utilizaba el ejemplo hipotético de dos gemelos con vidas y destinos diferentes para así desestimar la superchería de los horóscopos. Los dos hermanos del título en la novela de Hatoum son los gemelos Yaqub y Omar, y no podrían tener temperamentos más distintos. El primero es apolíneo: tímido, calculador, rencoroso, reservado, frío. Un cubo de hielo. El segundo es dionisíaco: bebedor y mujeriego, impulsivo, violento y extrovertido, ardiente. Puro fuego consumiéndose a sí mismo.

También los distingue la cicatriz de una herida que el segundo le hizo tempranamente al primero. Esa trinchera los separará para siempre, y se irá ahondando con los años en todos los frentes: el amor, los negocios, la política. El enfrentamiento de estos hermanos es presionado por el amor de Zana, una madraza a lo Pink Floyd, tan excesiva como asfixiante en el celo de sus hijos; es evitado (inútilmente) por el amor de Halim, el padre, amor que no es tanto para ellos como para Zana; y perseguido sin remedio por el amor de la hermana, Rânia, con su deseo que colinda con el incesto. En suma: demasiado amor para una sola casa. Lo dulce termina pudriéndose, el cariño enfermándose, y el rencor ocupa todos los espacios a medida que la muerte los va vaciando.

Milton Hatoum. Foto de Adriana Vichi, 2008

La dosificación que el autor hace de la historia es ejemplar. Sin mezquinar detalles, siempre queda algo pendiente, algo por decir o por contar. Hatoum no se apresura en revelar cosas que un escritor novato siempre querría contarnos en la primera página, como por ejemplo cuál es la identidad del narrador… porque hay más personajes viviendo en esa casa que “fue vendida con todos los recuerdos / todos los muebles todas las pesadillas…” (así lo recita Carlos Drummond de Andrade en el epígrafe inicial).

¿Suena a García Marquez? Un poco, tal vez, pero dejando fuera de la ecuación la parte “mágica” con la que el colombiano calificaba a su “realismo”. ¿Suena a telenovela brasileña de las cuatro de la tarde? No tanto, porque Dos hermanos evita el estereotipo for export de un Brasil “típicamente brasileño”: aquí la familia retratada es de origen libanés, lo cual no resulta un mero condimento, sino una mixtura profunda que particulariza al relato y lo aleja de esas coordenadas previsibles para nosotros. Sin embargo, lo sabemos, todo lo bueno es alcanzado por los tentáculos de la TV: ya existe un proyecto de miniserie en ocho episodios que Rede Globo produciría para 2015. Otra razón para disfrutar de la riqueza de esta novela antes de que Virginia Lago venga a explicárnosla cada tarde como si fuéramos subnormales (tanto nosotros como ella).

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Dos hermanos, de Milton Hatoum. Novela. Beatriz Viterbo Editora, 2007 [2000]. 288 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de noviembre de 2014).

La historia de las cosas, de Annie Leonard

Por Martín Cristal

Planeta no retornable

Annie-Leonard-La-historia-de-las-cosasAnnie Leonard (Seattle, 1964) viajó durante diez años por el mundo como activista de distintas agrupaciones ecológicas, hasta que entendió que los múltiples maltratos al ambiente del planeta no debían ser combatidos aisladamente, sino con una mirada integral. El punto de confluencia para problemas tan diversos lo encontró en la llamada “economía de los materiales” (el sistema de producción, consumo y desecho de los bienes). En 2007 condensó sus conclusiones en un video didáctico de 20 minutos, titulado The Story of Stuff, el cual ya fue visto por millones de personas.

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El video funciona como llamado de atención y suscinta declaración ideológica. Los conservadores norteamericanos señalaron a Leonard como una “Marx con cola de caballo”; muchas otras personas, en cambio, quisieron saber más, y así llegó el libro: La historia de las cosas, una argumentación pormenorizada que sustenta las ideas del video, avalada por una abrumadora cascada de fuentes y datos (referenciados en más de 700 notas al pie).

El razonamiento inicial de Leonard es tan sencillo como alarmante:

  1. La mayoría de nuestras cosas transita por un sistema lineal de cinco etapas (Extracción, Producción, Distribución, Consumo y Desecho);
  2. aplicamos ese sistema en un planeta con recursos naturales limitados;
  3. ningún sistema lineal puede aplicarse indefinidamente a un conjunto limitado de recursos.

Conclusión: la tendencia actual es insostenible. Algunos recursos naturales sí son renovables, pero desde hace casi treinta años que venimos “sobregirando” la cuenta: cada año consumimos más temprano todo lo que la Tierra podría regenerar en ese mismo año. Según Global Footprint Network, al “presupuesto” de recursos planetarios para 2014 ya nos lo liquidamos en los primeros ocho meses. Es decir que hoy, al año, consumimos los recursos producidos por el equivalente de 1,5 Tierras (el 0,5 sobrante proviene, por ahora, de los recursos preexistentes).

Las cinco partes del libro se corresponden con las cinco etapas del sistema. El panorama de la Extracción es el más previsible: tala indiscriminada, petróleo sucio, minería venenosa, todo casi siempre en condiciones de trabajo insalubres para la población local, usualmente explotada y expoliada.

Para ilustrar la etapa de Producción, Leonard hace un seguimiento de algunos productos cotidianos. El derrotero de una remera de algodón, de un libro, de una computadora o de una lata de gaseosa revelan procesos sucios o cuestiones como la “huella hídrica” (la forma en que un país A “se toma” el agua de un país B mediante los cultivos y las fábricas que instala en él); o evidencian el absurdo de hacer latas descartables que son más caras y difíciles de fabricar que la gaseosa que contienen; o informan sobre la toxicidad del PVC y los “retardantes de llama” —sustancias químicas que se agregan a los materiales para demorar que se prendan fuego—; o señalan los alcances del reciclado y la forestación responsable FSC-Certification(un detalle de la edición: tiene el sello “FSC” del Consejo de Administración Forestal, el cual certifica que el papel del libro proviene de bosques gestionados responsablemente. Además es reciclable, no fue hecho con cloro y fue impreso con tintas vegetales).

La Distribución es más intrincada que nunca en esta era de shoppings cercanos y maquiladoras distantes; el seguimiento sólo es posible mediante poderosos sistemas informáticos. Para ejemplificar su frenesí, Leonard se vale de tres casos paradigmáticos: una tienda suiza de ropa (H&M) y nuestros conocidos Wal-Mart y Amazon.

Los ejemplos de la etapa de Consumo son tomados de la meca del capitalismo, Estados Unidos. Hipermercados, tarjetas de crédito, obsolescencia planificada, moda y publicidad: todo está diseñado para acelerar el ciclo de compras y aumentar el volumen de nuestra basura.

En cuanto al Desecho, Leonard nos recuerda que por cada kilo de basura doméstica, se produjeron previamente entre 40 y 70 kilos de basura industrial. Enterrarla conlleva riesgos y un espacio que nadie quiere cerca; por eso hay corporaciones que exportan su basura, tirándola en otros países. ¿Incinerar? De lo peor, devuelve los elementos tóxicos al aire. ¿Reciclar? Es bueno, pero sólo como última opción: lo ideal, sostiene Leonard, sería desechar menos. Además muchas empresas cacarean sus reciclajes como una excusa para no encarar cambios más profundos.

Hay que cambiar de paradigma, dice Leonard. Rediseñar productos teniendo en cuenta no sólo su consumo, sino también las otras etapas (extracción, desecho). Usar menos recursos. Reutilizar. Prestar y pedir prestado. Querer menos cosas. Propone que activemos menos como consumidores y más como ciudadanos, defendiendo nuestros derechos a la salud y al bienestar de nuestras comunidades. Además de acciones individuales, propone (con ejemplos) la organización y el activismo colectivo: formas más efectivas de influir en quienes toman las grandes decisiones, nacionales o globales.

Superando el pesimismo que destila el análisis de la situación, Leonard afirma sus esperanzas en “la certeza de que existen sistemas alternativos” y de que “si hay suficiente cantidad de gente que quiere cambiar, juntos podemos trazar un camino distinto”.

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La historia de las cosas, de Annie Leonard. Ensayo sobre política ambiental. FCE, 2010. 392 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 4 de septiembre de 2014).

Dibujar el jazz

Por Martín Cristal

Jack Kerouac y los beats sacralizaron a los músicos de jazz; en Rayuela, Cortázar ponía discos de Bessie Smith, Louis Armstrong o Dizzy Gillespie (que a Oliveira no le gustaba); antes, en “El perseguidor”, Cortázar ya había imaginado a un Charlie Parker a su medida; en los ochenta, Clint Eastwood nos lo bajaría a tierra con su película Bird

Y así: como cualquier género musical consolidado, el jazz cuenta con un panteón de héroes que pueden ser tomados y reversionados no sólo por los nuevos músicos del género, sino también por narradores de distintas disciplinas, que contribuyen a ampliar su mitificación. Éste es el caso de dos historietas editadas en la Argentina: Coltrane, del italiano Paolo Parisi, y Billie Holiday, de la dupla Muñoz-Sampayo.
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Un amor supremo

Coltrane-Paolo-Parisi-La-PintaPaolo Parisi (1980) vive y trabaja en Bolonia. En 2009 expuso en Buenos Aires, en el Festival Internacional Viñetas Sueltas; de ese mismo año es Coltrane, su historieta sobre el saxofonista norteamericano. Tres años después fue publicada en nuestro país por la editorial La Pinta.

La tapa en negro y azul remite a la de Blue Train, aunque Parisi estructura la historieta calcando la forma de otro gran álbum del músico: A Love Supreme. Al igual que aquel disco, el libro se divide en cuatro partes, tituladas Acknowledgement, Resolution, Pursuance y Psalm. Parisi declara abiertamente su intención de “relacionar la lectura del libro con la escucha del disco”, propósito que evidencia el desafío sinestésico de estas historietas devotas de la música: el de captar con un arte visual el fenómeno emocional y físico del sonido (algo que ya habíamos señalado en Klezmer, de Joann Sfar).

Coltrane-Parisi-vinetaTenemos así “Reconocimiento”, “Resolución”, “Persecución” (o “Cumplimiento”) y “Salmo”. Vale preguntarse si esa secuencia no sugiere —tanto en el disco como en la historieta— cierta progresión en la vida de Coltrane como artista. Primero la necesidad de aceptación; luego, la decisión para seguir adelante; después una búsqueda sostenida que cumpla en alcanzar la trascendencia espiritual: el “salmo” de Coltrane (esto es, un poema que incluyó en las notas de A Love Supreme, con insistente referencia a Dios). En efecto, Parisi reparte algunas pistas de “evolución artística” aquí y allá, aunque sin atarse a ninguna cronología. A cada vuelta de página —todas ellas con márgenes y medianiles en negro—, la historieta salta de una época a otra, sin dejar de brindar la datación exacta de cada episodio, detalle que se agradece.

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Parisi evita todo didactismo y se salva de convertir su historieta en un mero “Coltrane para principiantes”. Más que brindar una biografía wikipediesca, logra esbozar una personalidad: la del músico que a puro talento atraviesa los prejuicios de una época y un país. Conocemos a un Coltrane capaz de remontar su propia timidez; capaz de amar y de dejar de amar; capaz de sucumbir a las drogas para luego sobreponerse. Lo vemos entregado al dominio de su instrumento pero sin estancarse sólo en la técnica. Rehúye del sonido ajeno (admira a Bird pero no quiere sonar como él) y sin embargo aprovecha la influencia de colegas como Miles Davis o Eric Dolphy. Se nutre de ellos e ignora a los críticos, siempre tratando de ir más allá.

El libro incluye una bibliografía, discografía y videografía sobre Coltrane, que los interesados en su música sabrán valorar.
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Cuerpo y alma

Billie-Holiday-Sampayo-MunozEn Billie Holiday, su historieta de 2007, Carlos Sampayo y José Muñoz eligen un camino aún más alejado de la llana biografía para dar cuenta de la pasión y caída de la gran cantante del jazz.

Tras el prólogo de Alfredo Rosso, es el alma de la propia Lady Day la que nos introduce en su tragedia. Enseguida el relato se desdobla en dos personajes que enmarcarán la evocación de Billie: uno es un periodista que debe escribir una nota sobre la cantante, pero no sabe nada sobre ella; el otro es un hombre solitario y taciturno que “sabe muy bien quién era Billie, aunque ignora un episodio que sucedió hace cincuenta y un años”. No es otro que Alack Sinner, personaje emblemático de la dupla Muñoz-Sampayo.

El encastre de biografía-en-ficción propuesto por el guión de Sampayo, junto con el alto contraste de los dibujos de Muñoz —cuya síntesis logra que lo difícil parezca fácil—, nos transportan al reino triste de Holiday: la cruel aguja en el brazo, la luz cenital sobre el micrófono, Billie-Holiday-Munoz-vinetala música que redime y salva; el racismo —también en blanco y negro— que la lleva a tener problemas con la policía, y de ahí directo a los calabozos; los hombres que se aprovechan de ella, a excepción de Lester Young, que la entiende y la acompaña con el saxo (pero no con el sexo, porque el del fiel amigo Lester apunta hacia otra parte).

Fruto extraño, la pobre Billie: más páginas en esta breve historieta que años de vida. Queda el consuelo de que, tras el final, su voz haya perdurado como síntesis de un alma. Una voz ya sin cuerpo, pícara o melancólica según lo mande la canción, pero siempre llena de gracia, hermosa como el estallido blanco de una flor en el pelo.

Billie-Holiday-Munoz

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Coltrane, de Paolo Parisi. Historieta. La Pinta, 2012. 128 páginas. | Billie Holiday, de José Muñoz y Carlos Sampayo. Historieta. Ojodepez!, 2007. 56 páginas. Recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de julio de 2014).

Los últimos, de Katja Lange-Müller

Por Martín Cristal

Alquimia narrativa

Los-ultimos-Katja-Lange-MullerLa esencia del proceso de impresión creado por Gutemberg —la composición manual del texto acomodando bloques móviles de tipografía— se mantuvo relativamente intacta durante más de quinientos años. Tras la linotipia y la posterior composición “en frío”, llegó la progresiva informatización del rubro, y con esto, el fin de un viejo modo de hacer las cosas.

Sabemos que hoy Alemania es sinónimo de excelencia en lo referente a esta industria pero, ¿cómo puede haber sido una imprenta pequeña en la Berlín Oriental a fines de los setenta? Al entrar en la de Udo Posbich, por ejemplo, veríamos que todavía hay “cajistas” componiendo textos con caracteres grabados en plomo. Conviven con la linotipia, pero su trabajo manual persiste: Posbich puede cobrarlo más caro por la destreza y el tiempo que requiere. Para sus empleados es insalubre, pero de la salud y la jubilación de éstos ya se encargará el omnipresente Estado.

En esa sórdida atmósfera —donde mandan la rutina, el tedio y la falta de perspectivas individuales— nos sumerge Katja Lange-Müller (Berlín Oriental, 1951) desde las primeras páginas de Los últimos (nouvelle subtitulada Registros de la imprenta de Udo Posbich). Un trabajo decadente donde coinciden la triste narradora —una cajista novata— y otros tres empleados: son “los últimos” en ganarse el pan con el viejo oficio de Gutemberg antes de ser arrasados por la tecnología y la historia.

Los últimos de un oficio y de una era. Pero ese futuro inevitable que el lector avista desde el principio es sólo una finta narrativa, un camuflaje para las verdaderas historias que Lange-Müller nos tiene reservadas. Porque en realidad esas historias provienen del pasado: en los cinco capítulos de esta nouvelle magistralmente concisa, se nos resume un hecho crucial en la vida de estos cuatro imprenteros freaks, incluida la solitaria narradora, cuyos compañeros llaman “la morada elefanta manca”. El primero en sincerarse será Fritz, con el cuerpo marcado por la añoranza de un hermano; por boca de terceros lo conoceremos todo sobre Manfred, que sabe escuchar a las máquinas; y leyendo cartas ajenas entenderemos mejor a Willi, cuyo furioso desahogo quiere ser leído entre líneas (porque, como Spinetta, Willi también ha descubierto que “hay una armonía / donde no se lee / donde el papel / quedó en blanco”).

Los últimos es precisa y compacta en su disección del fracaso individual y colectivo. Los lectores ya sabemos que ese Muro de Berlín caerá y, con él, también el agobio del control estatal en la Alemania del Este; sabemos también que antes algunos habrán logrado cruzar las fronteras, y que algún día el nuevo soporte del texto será (ya es) electrónico. En el soporte que sea, este texto seguirá ofreciendo las experiencias pretéritas de cuatro “últimos” que supieron formar textos con sus manos. Un ramo de almas mustias, plantas solitarias que hace rato han perdido todas sus flores. Contándonos sus vidas, Katja Lange-Müller demuestra que es una alquimista narrativa capaz de transformar pasados de plomo en historias de oro.

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Los últimos, de Katja Lange-Müller. Nouvelle. Adriana Hidalgo Editora, 2007. 114 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 14 de noviembre de 2013).

La casa del admirador en México

Edición mexicana de La casa del admirador.
Plan C Editores, colección La Mosca Muerta.
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Parece que salió, nomás.
Aquí la noticia sobre la presentación en la
XXXII Feria Internacional del Libro
del Palacio de Minería, México DF.

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Ciencias morales, de Martín Kohan

Por Martín Cristal

En septiembre pasado, vino Martín Kohan a la Feria del Libro de Córdoba. Antes de leer su divertido cuento “El amor” en la última noche del ciclo La letra encendida, lo escuchamos en una charla que dio en el Cabildo. Ahí Kohan contó que la directora del Colegio Nacional de Buenos Aires no quería dar el permiso para filmar in situ la versión cinematográfica de Ciencias morales, la novela de Kohan que ganó el Premio Herralde en 2007. Ahora que leí la novela, entiendo el porqué.

La historia: María Teresa es una preceptora muy joven del Colegio Nacional de Buenos Aires. Estamos en la dictadura, aunque el autor no quiere que sepamos bien en qué año (al menos no de entrada). Las normas del colegio son estrictísimas. Marita —que vive aburrida con su madre mientras su hermano hace la colimba— se compenetra con su trabajo: quiere hacerlo bien para impresionar al señor Biasutto, su jefe. Decide que agarrar a algún alumno en flagrante violación del reglamento del colegio puede ser lo que ella necesita para recibir una felicitación, por lo que se pone en campaña para lograrlo. Ése es el universo —mezquino, limitado, opresivo, oscuro y asfixiante— en el que se mueve Marita cuando empieza a bajar por la espiral del cazador que tal vez termine cazado. El centro de esa espiral es un agujero negro de abusos e impunidad. Seguramente fue eso lo que no le gustó a la actual directora, aunque en el resto de la novela Kohan rezuma orgullo por haber asistido él mismo a ese colegio de larga tradición.

Las referencias temporales son deliberadamente elididas al comienzo del texto; sólo en la página 87 aparecen los primeros indicios claros referidos al año en que transcurre la acción de la novela. Dichos indicios están muy bien dosificados a lo largo del libro, escalonados de menor a mayor evidencia, y así abren un juego interesante para el lector. Lamentablemente, y como suele suceder, la contratapa de Anagrama traiciona ese excelente trabajo de Kohan.

El estilo es ordenado, aunque un tanto insistente y confirmatorio: tiene el “hábito docente” de acumular variaciones de una misma idea, como para dejarles claro el concepto a los alumnos (los lectores). Una oralidad de disertante, de catedrático. A veces con estas repeticiones Kohan consigue un efecto rítmico, pero otras se vuelve un poco extenso y machacón (ver por ejemplo las pp. 161-162, donde hay un párrafo de dieciocho líneas sólo para dejar claro que Marita no puede saber con certeza si el alumno que huele a colonia Colbert y acaba de entrar al baño es Baragli). El diálogo de Biasutto y Marita en el café es muy bueno para conocerlos mejor a ambos, aunque algunos sobreentendidos de dos personas que conversan frente a frente no hayan sido considerados.

Lo mejor del libro: el ambiente de la escuela, su correlato con la atmósfera marcial del país y la sutileza con que se insertan las marcas de época (el frente curvo de los camiones militares Mercedes Benz 1114; la extinguida gaseosa Tab, que Marita pide en el bar) o los rasgos ideológicos de los personajes (“Hay tan lindas carreras para que siga una mujer”, le dice Biasutto a Marita cuando ella le cuenta que no sabe bien qué podría estudiar).

PD. Nombrar a cierto colegio cordobés (que está en la esquina de Duarte Quirós y Obispo Trejo) justo en el último párrafo de la novela es una señal de mal gusto; cualquiera que —como yo— haya hecho la secundaria en el Manuel Belgrano no puede dejar de lamentar un desliz así en una buena novela como ésta.
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Ciencias morales, de Martín Kohan. Barcelona. Anagrama, 2007.