Lo mejor que leí en 2010 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2010:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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Parranda larga. Antología poética,
de Nicanor Parra

Alfaguara, 2010. Poesía.
Llegamos a Parra por Bolaño, que lo señalaba como su poeta favorito. Luego de la muerte de Bolaño, Parra lo recordaría con uno de sus (¿anti?)poéticos “artefactos visuales”, que a mí me resultó conmovedor. Sobre la poesía de Parra, Elvio Gandolfo dice en el prólogo: “Su influencia se ha difundido por el modo en que atrae su modo de dar permiso, de abrir cancha en vez de cerrarla, de generar la audacia de hacer aquello que se tiene ganas de hacer, sobre todo con las palabras”.

Certero, lo de Gandolfo: ésa que él describe fue la sensación exacta que me dejó a mí este libro (cuyo prólogo leí, como corresponde, al final), además de la sorpresa de que la poesía pueda ser, también, muy divertida. Y ese “en poesía vale todo”, que el propio Parra expresa en uno de sus versos, me llevó a una nueva práctica: el remix de poesía, que iniciamos con el mismo Parra, que ya continuamos con Giannuzzi y Casas, y que en adelante seguiremos practicando con otras antologías, como una forma de que la poesía se reseñe a sí misma.

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La descomposición y Glaxo,
de Hernán Ronsino

Interzona (2007) y Eterna Cadencia (2009), respectivamente. Novelas.

En
El pez volador ya le dedicamos un artículo a Glaxo, la segunda novela de Ronsino, concisa y redonda.

Aprovechamos entonces para recomendar también la primera: La descomposición (Interzona, 2007). Ambas comparten un mismo personaje, Bicho Souza, aunque también se entrecruzan otros. La acción de las dos novelas abarca hechos que van desde los años treinta hasta finales del siglo XX.

Los sucesos de La descomposición y los de Glaxo se sitúan en un mismo pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires: Ronsino trabaja el concepto faulkneriano-onettiano de “unidad de lugar”. Leyendo ambas novelas se puede ir completando una línea de tiempo con los hitos de la historia íntima de ese pueblo, que casi siempre ocultan miserias personales y disimulan una violencia contenida (un olor a podrido de fondo: la descomposición). Esa violencia, en ambas novelas, deviene en crímenes inconfesables, de los que sólo el lector es testigo privilegiado. Seguramente volveremos a este pueblo y a estos personajes en las futuras obras de Ronsino.

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Spinoza. Una introducción,
de Diego Tatián

Editorial Quadrata-Biblioteca Nacional, 2009. Ensayo/Filosofía.

La colección “Pensamientos locales”, dirigida por Adrián Cangi y Ariel Pennisi, convoca a un intelectual argentino para que nos introduzca en el mundo de un filósofo de peso y fama universales: Ricardo Forster nos acerca al pensamiento de Walter Benjamin, Roberto Ferro al de Jacques Derrida…

Diego Tatián (Córdoba, 1965) es profesor de filosofía, ensayista, crítico y narrador. En el caso de esta presentación que hace de la vida y obra de Baruj Spinoza, lo primero que se agradece es el tono cordial y didáctico, que no intimida a quienes no somos versados en filosofía. Su amena oralidad se funda en el origen del texto: es la transcripción de un curso dictado en el marco del Programa de Estudios Judíos de la Universidad Nacional de Córdoba, en 2004.

Al contrario de lo que hacía Heidegger al dictar un seminario sobre Aristóteles, Tatián sí elige la biografía del filósofo como una vía esencial para acercarnos a su obra. El Herem (la excomunión de Spinoza del seno de la comunidad judía de Amsterdam, en 1656) es el hecho central desde el que Tatián desovilla, hacia adelante y hacia atrás, la vida completa de Spinoza, como una plataforma para abordar luego los rasgos generales de sus obras más importantes: el Tratado teológico-filosófico, la Ética

Para una obra que se presenta a sí misma como una introducción quizás no haya mayores méritos que los que ésta alcanza claramente: el de acompañar al lector hasta la entrada, el de dejarlo con las ganas justas de saber más y el de darle ánimo para abordar una obra como la de Spinoza, que se entrevé muy difícil, pero que seduce de antemano por las definiciones cruzadas que Tatián propone para ella: una filosofía “como manera de vivir, y no como manera de morir”; una ética que no se pregunta por el cumplimiento adecuado de los deberes morales, sino que se propone hacernos “conocer nuestra propia naturaleza” para descubrir así nuestras compatibilidades y poder “combinar los encuentros de una manera tal que se incremente nuestra potencia de vivir”, en aras de “tratar de llegar a ser máximamente causa de nosotros mismos”.

Una síntesis de esta serie salió en diciembre en la revista digital Hermano Cerdo.

La Tierra de Oz

Por Martín Cristal

 

Ni bien terminé El manantial de Ayn Rand (1948), novela de ideas donde se hace una defensa a ultranza del individualismo y el capitalismo laissez-faire, empecé con Un descanso verdadero de Amos Oz (1982), novela con una aguda mirada sobre el modelo socialista del kibutz israelí. El notorio contraste entre estas dos obras, leídas en este orden sin ninguna intención previa de mi parte, es un buen ejemplo de las sorpresas que a veces nos depara una secuencia aleatoria de lecturas, asunto que ya había dado pie a un artículo anterior en este blog.

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En 1992, a los diecinueve años de edad, pasé siete meses y medio de trabajo rural voluntario repartido entre dos kibutzim del norte de Israel: Degania Alef y Alumot. Cuento esto primero porque en la solapa de Bares vacíos (2001), el editor puso, para referirse a mi breve derrotero biográfico: “De la publicidad a la literatura, pasando por el sueño utópico-socialista de un kibutz israelí…”, cosa que no me pareció mal, visto que el gerundio era bastante preciso —en el kibutz estuve de paso, nada más, y esa breve prueba no me convenció de volver a vivir ahí—; sucede que más tarde aprendería que los críticos y reseñistas toman la información de solapas y contratapas y, para no copiarla tal cual, introducen variantes de su propia cosecha: uno de ellos —cuya crítica, por lo demás, fue profunda y precisa— puso que yo era un “sobreviviente del sueño utópico de un kibutz israelí”, lo cual da la sensación de que durante media vida fui miembro de un kibutz…

Amos Oz sí vivió en un kibutz —Hulda—, durante veinticinco años. Sin duda esa experiencia suya —que nosotros también descubrimos en una solapa— se ha volcado en Un descanso verdadero (Menujá nejoná). Al igual que El manantial, esta novela escenifica un planteo ideológico mediante el contrapunto entre dos personajes, sólo que Oz es infinitamente mejor escritor que Rand y consigue que sus personajes sí se vuelvan de carne y hueso para los lectores.

Yonatán Lifschitz y Azarías Gitlin —el primero, un “hijo” del kibutz Granot, que ya está harto de vivir ahí y desea irse; el segundo, un inmigrante ruso desamparado, que llega al kibutz lleno de ilusiones y pureza ideológica— son dos personajes verosímiles, complejos y queribles. Sobre todo, no vienen a bajarnos línea sobre las bondades ideales de una forma de organización social (no hay aquí nada de aquel utópico “kibutz del deseo” que ansiaba Oliveira en Rayuela), sino a propiciar con su encontronazo una mirada crítica sobre esa forma de vida, el kibutz, y también sobre el contexto general israelí de 1965-1967, años previos a la llamada Guerra de los Seis Días. La tierra de Oz, ese Israel en conflicto permanente, queda representada en un tercer personaje: la dulce y triste Rimona, esposa de Yonatán y amante de Azarías. Ella, con sus duras pérdidas y su presente rutinario, también es un territorio en disputa.

Ideológicamente, Azarías es un ingenuo cuyo afán socialista lo enfrenta a sus ansias —individuales— de destacarse y ser reconocido. También admira a Spinoza: las menciones acerca de su filosofía no son casuales en una novela que refiere a una tierra forjada con fatalidades. (Por eso mismo yo también incluí en su momento a Spinoza, de soslayo, en uno de los cuentos de Mapamundi: “Ilana, desde cero”, cuya acción transcurre en Tel Aviv).

Oz+Kibbutz

La prosa de Oz es clara y sencilla aunque por momentos se permite enrarecerse, como por ejemplo cuando elimina toda la puntuación en aras de expresar la confusión o el hartazgo de los personajes, el vértigo de algunas experiencias (se destaca el flashback de Yonatán en combate) o sus frustraciones y concesiones:

 

Llevo toda mi vida cediendo y cediendo ya cuando era pequeño me enseñaron que lo primero era ceder y en clase ceder y en los juegos ceder y reflexionar y dar un paso hacia delante y en el servicio militar y en el kibutz y en mi casa y en el campo de juego ser siempre generoso ser como es debido no ser egoísta no hacer travesuras no molestar no empecinarse tenerlo todo en cuenta dar al prójimo dar a la sociedad ayudar aplicarse en el trabajo sin ser mezquino sin calcular y lo que he conseguido con todo eso es que digan de mí Yonatán es una buena persona es un chico serio se puede hablar con él puedes dirigirte a él y entenderte con él comprende las cosas es un chico leal un hombre simpático pero ahora basta. Es suficiente. Se han terminado las renuncias. Ahora empieza otra historia.

¿Y cómo empieza esta historia? Resulta irresistible examinar el íncipit de Un descanso verdadero a la luz de los conceptos vertidos por el propio Oz en los ensayos de su libro La historia comienza (1996), el cual leí más temprano este mismo año. Ahí Oz se pregunta por dónde empezar un relato, y reflexiona sobre el problema apoyado en ejemplos de Carver, Chéjov, Kafka, Gógol y hasta García Márquez, entre otros. En el prólogo dice, por ejemplo:

 

¿Recuerdan al Gurov de Chejov en “La dama del perrito”? Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: “No muerde”, y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chejov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega.

El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama.

Conmigo, el huesito surtió efecto. Un descanso verdadero comienza así:

 

Un hombre se levanta y se va a otro lugar. Lo que el hombre deja detrás de él permanece detrás observándole. En el invierno del año sesenta y cinco Yonatán Lifschitz decidió dejar a su mujer y el kibutz donde nació y creció. Tomó la determinación de irse y empezar una nueva vida.

En La historia comienza, Oz habla de contratos iniciales que pueden ser un “galanteo de mentira que promete pero no entrega, o entrega lo que no debía, o entrega lo que no había prometido, o entrega sólo una promesa”. Todas estas formas aplican a la “nueva vida” que Oz nos promete para Yonatán. Un párrafo y estamos enganchados. Azarías aparecerá más tarde; ahora la pregunta es ¿qué pasará con Yonatán, con su mujer, con su kibutz y, por extensión, con su país?

El Israel actual, según lo define el propio Oz, se ha convertido en “una desilusión” porque es un “sueño realizado”, y el único modo de mantener un sueño “perfecto y bello” es “no realizarlo jamás”. Pues bien, en esta novela, Oz ya nos mostraba los efectos no calculados de esa realización: lo hace en las reflexiones del padre de Yonatán, Yolek, cuando se refiere al recambio generacional de los viejos pioneros judíos por los sabras (los jóvenes judíos nacidos en Israel). En la novela, Oz nunca idealiza a Israel: siempre nos presenta varias facetas de su problemática existencia, incluso aquellas que los mismos pueblos en disputa no quisieran ver.

Azarías deberá redefinir toda su teoría con la práctica cotidiana de vivir y trabajar en el kibutz. Yonatán tendrá que enfrenta a sus demonios. Un asceta maravilloso predicará en el desierto y esa prédica no será vana. Oz elige para sus personajes la forma más lenta de morir: seguir viviendo. Vivir, vivir y vivir, de la mejor manera posible, hasta la llegada del descanso verdadero. Con esta decisión narrativa, Oz celebra la tenacidad de la vida en una tierra difícil, acechada por el calor y la muerte.