Borges y la evolución de los escritores

Por Martín Cristal

Brian-Boru-en-la-Batalla-de-Clontarf
Brian Boru en la batalla de Clontarf
(grabado en el
Pictorial Times. Londres, 1845).
Fuente: website del Trinity College Dublin.

En “El espejo y la máscara” —cuento de El libro de arena (1975)—, entreveo una posible evolución que Borges sugeriría para el trabajo de un escritor (o de cualquier artista).

En el cuento, el rey de Irlanda, vencedor en la batalla de Clontarf, le encomienda a un poeta la oda correspondiente. El poeta se declara apto para la tarea y trabaja durante un año. Su poema resulta técnicamente correcto, pero no emociona a nadie. El rey le regala un espejo de plata por sus esfuerzos y le pide otra versión.

Al año llega la segunda versión, más breve, extraña, iconoclasta: “supera todo lo anterior y también lo aniquila”. Innova, introduce variantes, técnicas y reglas propias. El rey cree que los ignorantes no la comprenderán, aunque sí los doctos (que son menos). Le regala al poeta una máscara de oro, y le pide una versión más.

Pasa otro año. El poeta, demacrado, vuelve ante el rey; su nuevo poema tiene una sola línea. La intolerable maravilla de ese verso demuda a ambos. El regalo real para tan magnífica obra es una daga. El poeta comprende y se suicida. El rey se hace mendigo y se pierde, porque, como él mismo explica, el pecado de ambos fue “haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo”.
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Los tres escalones

Según leo en el cuento, serían entonces tres los escalones en el trabajo de un escritor. Primero el estudio, el dominio de la técnica. Algo que —ya conseguido, o incluso antes de conseguirse— se revelaría como insuficiente.

No se pueden cambiar reglas que se desconocen: sólo con la técnica adquirida y superada, el escritor podría entrar en la fase de experimentación y soltarse, probar formas novedosas y estrategias propias para transitar por caminos más personales.

Y recién entonces —como decantación, o como síntesis de las etapas anteriores— podría aspirar a una belleza genuina. En el cuento, la belleza es algo objetivo —un trofeo incandescente que no se puede ni mirar— y no algo subjetivo, variable según el corazón de cada lector. Sólo se podría aspirar a “una” belleza parcial, jamás lograr “la” Belleza. Ésta sólo es una guía. Como ideal, estaría reservado para la divinidad.

Los defectos que el rey señala en las dos versiones rechazadas del poema —no lograr la emoción ni una comprensión mayoritaria—, se deducen (por contraste) subsanados en la versión final aceptada. Una obra bella, entonces, sí provoca emoción en los lectores; y éstos, a su vez, se sienten capaces de comprenderla, si no racionalmente, al menos de forma intuitiva a través de esa misma emoción.
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Símbolos de regalo

Los obsequios del rey pueden interpretarse simbólicamente como “atributos” que el escritor se gana al ejercer su oficio. La reflexión y el necesario autoconocimiento para la vida artística podrían amalgamarse en ese espejo.

La máscara podría simbolizar la habilidad con que el escritor oculta y revela, a la vez, su verdadera persona dentro de sus obras. La invención de ficciones y la representación teatral son quizás las disciplinas artísticas en las que esa máscara resulta más necesaria. Según la etimología, persōna viene del latín, “máscara” (de actor, de personaje teatral). Así, una máscara puede ocultar a una persona, pero toda persona también es una máscara. Cuando los lectores de una novela se preguntan “¿será autobiográfica?”, y no saben qué responderse, es que el autor ha usado bien sus máscaras.

Finalmente, en la daga —omitida por Borges en el título para realzar el desenlace— se condensa el compromiso del artista con la propia obra. La entrega total: el artista da la vida, es capaz de aniquilarse por lo que su obra produce (o no produce) en los demás y sobre sí mismo.
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El cuento de Borges aplicado a él mismo

¿Es verificable esta evolución en todos los escritores? Seguramente no. ¿Y en el propio Borges?

Su robusta formación autodidacta se verifica en sus lecturas tempranas (en castellano e inglés); en el influjo de la biblioteca paterna; en su educación en Europa, donde sumó el francés y el alemán; en las reuniones sevillanas con los poetas ultraístas, y con Cansinos-Asséns en Madrid… En suma, en todo el bagaje que reunió previo a la autoedición de Fervor de Buenos Aires (1923). Podría argumentarse que esa etapa formativa se extiende incluso durante unos diez años más.

La experimentación formal es lo que no estaría tan presente en Borges, siempre afín al clasicismo. En El otro, el mismo (1964), declara: “Los idiomas del hombre son tradiciones que entrañan algo de fatal. Los experimentos individuales son, de hecho, mínimos […]. Alguna vez me atrajo la tentación de trasladar al castellano la música del inglés o del alemán; si hubiera ejecutado esa aventura, acaso imposible, yo sería un gran poeta […]. No pasé de algún borrador urdido con palabras de pocas sílabas, que juiciosamente destruí”.

En ese mismo prólogo, Borges resume otro proceso de maduración que, creo, develaría un aspecto central en la consecución de la ansiada belleza. Dice ahí que el escritor “al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”. A esa complejidad y a la belleza, los astros sí les fueron favorables en muchas de las obras que Borges nos ha legado.

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Versión completa del artículo publicado en “Número Cero”, suplemento de cultura de La Voz (Córdoba, 12 de junio de 2016).

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