A qué edad escribieron sus obras clave los grandes novelistas

Por Martín Cristal

“…Hallándose [Julio César] desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro [Magno], y se quedó pensativo largo rato, llegando a derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: ‘Pues ¿no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?’”.

PLUTARCO,
Vidas paralelas

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Me pareció interesante indagar a qué edad escribieron sus obras clave algunos novelistas de renombre. Entre la curiosidad, el asombro y la autoflagelación comparativa, terminé haciendo un relevamiento de 130 obras.

Mi selección es, por supuesto, arbitraria. Son novelas que me gustaron o me interesaron (en el caso de haberlas leído) o que —por distintos motivos y referencias, a veces algo inasibles— las considero importantes (aunque no las haya leído todavía).

En todo caso, las he seleccionado por su relevancia percibida, por entender que son títulos ineludibles en la historia del género novelístico. Ayudé la memoria con algunos listados disponibles en la web (de escritores y escritoras universales; del siglo XX; de premios Nobel; selecciones hechas por revistas y periódicos, encuestas a escritores, desatinos de Harold Bloom, etcétera). No hace falta decir que faltan cientos de obras y autores que podrían estar.

A veces se trata de la novela con la que debutó un autor, o la que abre/cierra un proyecto importante (trilogías, tetralogías, series, etc.); a veces es su obra más conocida; a veces, la que se considera su obra maestra; a veces, todo en uno. En algunos casos puse más de una obra por autor. Hay obras apreciadas por los eruditos y también obras populares. Clásicas y contemporáneas.

No he considerado la fecha de nacimiento exacta de cada autor, ni tampoco el día/mes exacto de publicación (hubiera demorado siglos en averiguarlos todos). La cuenta que hice se simplifica así:

[Año publicación] – [año nacimiento] = Edad aprox. al publicar (±1 año)

Por supuesto, hay que tener en cuenta que la fecha de publicación indica sólo la culminación del proceso general de escritura; ese proceso puede haberse iniciado muchos años antes de su publicación, cosa que vuelve aún más sorprendentes ciertas edades tempranas. Otro aspecto que me llama la atención al terminar el gráfico es lo diverso de la curiosidad humana, y cuán evidente se vuelve la influencia de la época en el trabajo creativo.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo mejor.

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Ver más infografías literarias en El pez volador.
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Lenta biografía literaria (3/6)

Por Martín Cristal
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Continúo la serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, comparto una versión extendida del texto que se publicará antes de fin de año en los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, acerca de las obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor.
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[Leer la parte 1 | Leer la parte 2]
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El palacio de la luna, de Paul Auster

Paul-Auster-El-palacio-de-la-luna25 años | Novela ágil e hipnótica, mi favorita entre las del autor (que publica con demasiada frecuencia y, más tarde lo comprobaría, es bastante irregular). La releí diez años después, listo para desilusionarme, pero el libro volvió a seducirme, en especial la primera parte, cuyo ritmo es arrollador. Un narrador querible —urbano, joven, atolondrado—; un viejo ciego como el de Perfume de mujer; una historia de cowboys colada al medio… Ah, sí: resulta que todos son familia, como en las malas telenovelas, pero a esto hay que enmarcarlo en la obsesión de Auster por el tema del padre. Cerca del final, en lugar un cierre progresivo, a Fogg siguen pasándole cosas. Me conquistó esa sensación de que el libro termina pero la vida sigue. También descubrí que una novela que te hace pasar de parada en el bondi tiene que ser buena.

Agradezco cuando los autores cuelan pequeñas lecciones de narrativa en sus relatos. De los paseos neoyorquinos del viejo Effing, aprendí cómo describir: como si uno le estuviera hablando a un ciego cascarrabias, que debe ver por nosotros, pero sin hartarse de nosotros.
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Cartero, de Charles Bukowski

Charles-Bukowski-Cartero26 años | Bukowski es un perdedor que alcanza el éxito por la vía de contártelo todo acerca de la época en que era un perdedor. Uno romantiza de inmediato esa vida, y hasta quiere vivir peor de lo que vive para parecerse más a Hank Chinaski. Si a Buk lo agarrás de grande, quizás no te gusta o te parece trivial (hablo de su narrativa; no de su poesía, más poderosa). En cambio, a los veintitantos es guarro y divertido. Si todavía quiero a este dirty old man es porque, ante el desánimo, siempre me ha dado fuerzas. Muchos de sus poemas transmiten esa determinación (mi favorito: “Aire y luz y tiempo y espacio”), y también algunos cuentos. Si te sentís olvidado y sin fe, Bukowski te dice: “¿Vos pensás que estás jodido? No, nene: jodido estaba yo, que trabajé doce años en una oficina de correos, pero nunca dejé de escribir. Vos sos sólo un maricón al que le gusta llorar la carta…” (ojalá lo hubieran traducido así los de Anagrama). Bukowski no deja que te rindas.
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Cantos de marineros en La Pampa, de Fogwill

Fogwill-Cantos-de-marineros-en-la-pampa26 años | Con esta antología me acerqué a la literatura argentina contemporánea. Hasta ahí yo leía a los próceres mainstream, muertitos y bien catalogados, absteniéndome del presente. Cierto: algunos de estos textos de Fogwill ya tenían casi veinte años… pero para mí fueron “lo nuevo”, porque el autor todavía estaba vivo (ya había leído Glosa de Saer, pero tardaría en valorarla; en Fogwill percibí mayor inmediatez y proximidad). De paso descubrí que prefiero una antología así de potente, aún a riesgo de creer que el autor tiene superpoderes, antes que los “cuentos completos”, en los que siempre hay varias páginas que desilusionan.

Fogwill descontracturó mi visión del cuento. Imposible apropiarse de su prosa furibunda e inteligente (uno es lo que es), pero tras leerlo trato de evitar los atavismos de un lenguaje literario forzado, algo que Fogwill predicaba: no decir encendí, sino prendí; no decir ascendí, sino subí. Mi cuento “Yo te adoro, Aznavour”, aunque difiere por el tono deliberadamente ingenuo, le debe bastante a “Muchacha punk” (y ambos a la archiconocida fórmula chico-conoce-chica).

Mi gran inconveniente con la narrativa de Fogwill: no me emociona. Su inteligencia es brillante y afilada como una navaja, pero al leerlo mi corazón se mantiene inalterado. Es claro que procurar la emoción a toda costa puede volvernos cursis, o llevarnos a dar golpes bajos. Esto desemboca en una paradoja: para emocionar al lector, también debemos ser inteligentes. Para tocar su corazón, debemos usar el cerebro.
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Los mejores relatos, de Rubem Fonseca

Rubem-Fonseca-Los-mejores-relatos26 años | Cuentos brillantes por su precisión argumental (todos los policiales de Mandrake), por su humor (“Amarguras de un joven escritor”) o por la emoción que provocan aun siendo muy breves (“Orgullo”). Algunos tienen una gran dosis de violencia (“El cobrador”, “Feliz año nuevo”) que influyó en algunos de mis cuentos de Manual de evasiones imposibles, aunque en ellos es más una violencia individual, privada (ver “Arena” o “Gretagarbo”) y no generada por la desigualdad social. Un personaje de Fonseca es un luchador; fue un antecedente para la historia de Tony en Bares vacíos. De esta antología de Fonseca aprendí que las rayas pueden eliminarse de los diálogos si la oralidad de la frase se trabaja para hacerlos reconocibles como tales de inmediato, algo que me animé a incorporar recién en Las ostras.
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[Continuará en el próximo post].

Notas de recienvenido al mundo del e-reader

Por Martín Cristal

Desatada mi fiebre de ciencia ficción, me fue muy difícil encontrar incluso títulos clásicos del género que no deberían faltar en las librerías. Después de un año de trajinar inútilmente —no, no están—, en agosto decidí comprar un lector de libros electrónicos (e-reader). Por precio y recomendaciones de amigos, opté por el Kindle Touch de Amazon.

Es decir que el Factor 1 que me inclinó a probar el e-reader fue la disponibilidad de los textos. Y no precisamente porque antes yo hubiera verificado que los que yo quería estuvieran disponibles en la web de Amazon, if you know what I mean. De hecho no me interesó registrarme, y creo que no lo haré al menos hasta que se me pase la impresión de que el asunto conlleva un aura orwelliana que no me cae nada bien (recordemos el episodio ocurrido hace algunos años con el e-book de la novela 1984, nada menos). ¿Qué tiene que saber Jeff  “Big Brother” Bezos qué carajo leo, qué subrayo o cómo clasifico mis libros? Mientras tanto, he encontrado por otras vías los textos de CF que quería leer.

Los demasiados libros

Pronto padecí el mal inverso: de repente tuve demasiados libros, como diría Gabriel Zaid. De hecho, mis primeros diez días con el aparato me llenaron de una ansiedad tipo “lo-bajo-lo-cargo-lo-abro-lo-cierro-y-bajo-otro”, sin leer ninguno. Hay que darle la razón a Ricardo Piglia, que nos recuerda que, por más aparatitos novedosos que tengamos para leer, la velocidad de lectura es siempre la misma. Llega un momento en que hay que salirse de la ilusión burguesa que iguala la descarga de libros con su lectura. Y hay que ponerse a leer, otra vez, como siempre. En ese punto, toda la superabundancia se desvanece tras un solo libro, tras una sola página, tras un solo párrafo y una sola línea: la que estás leyendo ahora.

Así que bajé un cambio y elegí de mi nueva biblioteca virtual uno de los libros que moría por leer pero no había podido conseguir en librerías: Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut Jr. Y sí: me puse a leerlo.

Otras ventajas

Aquí se evidenciaron las otras ventajas que me interesaban del aparato: el factor 2, la salubridad de la tinta electrónica en comparación con la lectura en el monitor de la computadora, frente al que ya de por sí paso demasiado tiempo quemándome la vista. Esto también es muy útil para leer los textos de los amigos escritores que te pasan su más reciente novela de 100, 200, ¡300 páginas! “porque me interesa que la leas”, pero sin que ese interés suyo los lleve al extremo de imprimirme una copia: “te la mando por mail” (conciencia ecológica, digamos en su favor). Ahora al menos puedo convertir el texto al formato .mobi y leer esos inéditos en el patio, incluso subrayando y tomando notas. O sea, factor 3: comodidad. (La batería también colabora, ya que la carga dura muchísimo).

Es evidente que la ventaja del aprovechamiento del espacio la notaremos más adelante, en la ralentización del crecimiento de la biblioteca, cosa que agradeceremos en nuestra próxima mudanza, cuando sea que ésta ocurra.

Desventajas

Hablábamos de convertir de un formato a otro. En cierto pasaje de la novela de Vonnegut, se lee lo siguiente:


“Sus raptores
[del planeta Tralfamadore] tenían cinco millones de libros terrestres metidos en un microfilm, pero era imposible proyectarlo en la cabina donde él estaba.”

Esto que le pasa —y le pasó y le pasará una y otra vez— al Billy Pilgrim de Vonnegut, yo lo sentí como mi bienvenida al planeta del libro electrónico, y en particular al monoformato de Amazon: el mencionado .mobi, incompatible para otros e-readers. El Kindle tampoco lee los formatos ajenos —como el .epub, que poco a poco se va convirtiendo en el más popular—, y así todo esto sería un infierno de incompatibilidades de no ser por las diligentes conversiones del programa Calibre, alabado sea. Lo cual me recordó un poema tecno del viejo y querido Charles Bukowski:


16-bit Intel 8088 chip

with an Apple Macintosh
you can’t run Radio Shack programs
in its disc drive.
nor can a Commodore 64
drive read a file
you have created on an
IBM Personal Computer.
both Kaypro and Osborne computers use
the CP/M operating system
but can’t read each other’s
handwriting
for they format (write
on) discs in different
ways.
the Tandy 2000 runs MS-DOS but
can’t use most programs produced for
the IBM Personal Computer
unless certain
bits and bytes are
altered
but the wind still blows over
Savannah
and in the Spring
the turkey buzzard struts and
flounces before his
hens.

Es así. Con lo electrónico nos hacemos acreedores de toda la burocracia y la mediatización que el soporte conlleva, algo que el papel dejaba felizmente fuera del asunto (para el acto de leer; para el de escribir esta complejización llegó mucho antes, como atestigua el poema de Bukowski). Ya lo veníamos haciendo con la música y con las películas: verificación de calidades, cambios de formato, copias de respaldo… Ahora también nos tocará con los libros. Será sólo cuestión de costumbre, espero.

Con Calibre puedo revisar los textos antes de leerlos (cosa que primero también quise hacer en masa, hasta que me di cuenta de que podía pasármela en eso mismo hasta el fin de mis días sin leer nada). Ahora solo reviso la formación del texto que me dispongo a leer antes de hacerlo —como se chequean los subtítulos de una película recién bajada— y enseguida me dedico a eso: a leer. A la velocidad de siempre, libros que quería leer desde hace mucho, sin quemarme las retinas más de lo necesario, e incluso en lugares donde el viento todavía sopla.
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A los interesados en actualizaciones y más experiencias sobre e-books, e-readers, etc., les recomiendo darse una vuelta por El club del ebook.

Mujeres, de Elvio E. Gandolfo

Por Martín Cristal

Recomendamos este libro en el Nº 21 de la revista Ciudad X (marzo de 2012).

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El libro se titula Mujeres, pero no es ningún tratado con perspectiva de género. Yéndonos al otro extremo, tampoco es la novela homónima de Charles Bukowski, ésa en la que las palabras clave eran “coño”, “polla” y “follar”.

La cosa es así: cuando Elvio Gandolfo lo publicó, en 1992, el título de este libro era menos abarcativo. Nombrándolo Dos mujeres, el autor indicaba de entrada que lo central en aquel díptico serían esas mujeres particulares con las que se encontrarían los narradores de cada relato. Dos mujeres fue reeditado recientemente en España, con muy buena recepción crítica; en nuestras librerías puede conseguirse otra reedición, la montevideana de 2007, en la que Gandolfo agregó un tercer relato y consecuentemente cambió el título a Mujeres (quizás por aquello de que “tres son multitud”).

En el más memorable de estos tres relatos, “Escamas, piel”, la evocación de un levante en una panadería evoluciona morosamente hasta transportar al narrador (y al lector) desde esa atmósfera cotidiana y reconocible hasta el centro de un terror informe, lovecraftiano e insondable. Lo sigue “Rete Carótida”, la narración más paranoica y rara del libro, tanto por el extraño nombre de la mujer en cuestión (una gorda que acosa con fotos pornográficas al narrador) como por el clímax gélido y fantástico que consigue cristalizar. Ambos relatos comparten un aire de familia. El cuento extra es “Las negritas”: incluso el gay declarado y venido a menos que narra la historia se ve atraído sexualmente por estas dos voluptuosas “negritas” que hipnotizan al barrio de Pompeya. Habrá música tropical, sudor, sangre y mucho misterio en el camino hacia una inquietante resolución.

En las tres narraciones hay respeto y por momentos hasta un temor reverente por la figura femenina, la cual se ubica siempre como capaz de escapar de su propio molde (el establecido por la expectativa social, el estereotipo figurado y solventado por el varón) para convertirse en algo único, tan atractivo y deseable como repulsivo y amenazante: una síntesis de lo complejo de las relaciones hombre-mujer. Nunca el narrador-hombre aparece en una posición de superioridad respecto de esas extrañas mujeres que le toca conocer. Si así lo cree, es algo momentáneo: pronto cae en el plano inclinado de lo desconocido y rueda directo a una revelación fantástica, imprevisible. Porque “las chicas de Gandolfo”, más que particulares, son singularísimas.

“Ésta será un historia de terror… pero no lo parecerá porque soy yo la que la cuenta”, decía Auxilio Lacouture al comienzo de Amuleto, la novela de Bolaño. Las tres historias de Mujeres son un poco así: escalofriantes, aunque al principio no lo parecen… porque es Gandolfo el que las cuenta. Su estilo transparente y minucioso dosifica el mecanismo narrativo de modo tal que el estupor se apodera de los lectores en el momento justo.

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Mujeres, de Elvio. E. Gandolfo. Relatos. HUM Editor, 2007. 96 páginas.

El lector en la biblioteca pública (I)

por Martín Cristal

Intervención en el teórico de Arquitectura I —cátedra del Arq. Mariano Faraci— sobre el tema de la biblioteca pública desde la perspectiva del lector-usuario. Martes 29/04/2008, Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño (UNC). Parte 1 de 2.
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Introducción

Quiero agradecer al Arquitecto Faraci y a todo el cuerpo docente su invitación. Creo que en la interdisciplina hay un territorio muy fértil para explorar y así obtener conocimientos a los que, si uno estuviera atado solamente a la materia de estudio que ha elegido, no podría acceder. Particularmente entre Literatura y Arquitectura, creo que hay muchos puntos en común: en el momento de producir una narración o desarrollar un proyecto, muchas cosas se piensan en términos parecidos. En ambos casos hay, por ejemplo, un planteo inicial donde se intenta hacer congeniar ciertas estructuras con una visualización estética, tratando de que ninguna de las dos cosas quede relegada. No en vano, al desarrollar un relato, se habla de construir un relato. Estos y otros puntos en común favorecen el cruce interdisciplinario.

Sin embargo, no estoy aquí tanto en función de escritor como en función de lector. Digamos que mi rol de escritor garantiza mi papel como lector, porque la historia de un escritor es ante todo la historia de un lector. No puedo aportarles las cuestiones técnicas que les dará el cuerpo docente, ni tampoco voy a hacer una teoría sociológica para desarrollar cuáles son las cuestiones sociales relativas a una biblioteca popular, cosa que ustedes mismos podrán relevar si visitan las bibliotecas populares que ya existen en la ciudad. Lo que vengo a traerles es una perspectiva de lector, entendido como alguien que lee permanentemente, alguien para quien la lectura es una de sus actividades centrales; una persona a la que uno siempre puede preguntarle “¿qué estás leyendo en este momento?” y que siempre estará leyendo algo. No como un vicio, no como un fumador que prende un cigarrillo con el anterior, pero casi casi superponiendo un libro con el siguiente. Lo que vengo a ofrecerles son las sensaciones y los deseos que tiene un lector a la hora de pensar cuál es el lugar en el que quiere leer.

Recurro a mi memoria de lector, tanto en lo referido a mi experiencia personal como a textos que he leído y que poseen buenos ejemplos para presentarles, de manera que ustedes no tengan sólo mi perspectiva, sino que podamos compartir la de otros escritores también. Lo que vamos a ver en la pantalla son fragmentos de tres novelas de autores contemporáneos, donde se toca el tema de la biblioteca. Los dos primeros ejemplos muestran sensaciones positivas de un lector hacia la biblioteca como espacio; el tercero, una experiencia en la que ese espacio no ha jugado a favor del lector-usuario.

Las dos bibliotecas de Kafka en la orilla

Vamos a ver un fragmento de Kafka en la orilla [2002]. El autor es Haruki Murakami, japonés. Su novela arranca con un narrador de quince años, que vive en Tokio y decide escapar de la casa de sus padres. Arma una mochila y se va. Durante su viaje en ómnibus, recuerda esto que vamos a leer:


1.
“Desde chico, yo siempre he matado las horas en las salas de lectura de las bibliotecas. No son muchos los sitios adonde puede ir un niño pequeño que no quiere volver a su casa. No le está permitido entrar en las cafeterías, tampoco en los cines. Únicamente le quedan las bibliotecas. No hay que pagar entrada y, aunque vaya solo, no le dicen nada. Allí puede sentarse y leer todos los libros que quiera. A la vuelta de la escuela, yo siempre iba en bicicleta a la biblioteca municipal del barrio. Incluso los días festivos solía pasar largas horas allí solo. Cuentos, novelas, biografías, historia: leía todo lo que encontraba. Y, cuando había devorado todos los libros infantiles, pasaba a las estanterías de obras para el público en general y leía los libros para adultos. Incluso los que no entendía los leía hasta la última página. Cuando me cansaba de leer, me sentaba ante los auriculares y escuchaba música. Carecía por completo de cultura musical, así que iba escuchando por orden todos los discos que había, empezando por la derecha. Así fue como descubrí la música de Duke Ellington, los Beatles y Led Zeppelin.

La biblioteca era como mi segunda casa. En realidad, es posible que fuera mi verdadero hogar”.

Acá, desde un punto de vista literario —y si me permiten la crítica—, Murakami no suena tanto como un chico de quince años; parece más bien una persona adulta recordando un pasado bastante lejano. Sin embargo, este fragmento es importante en la novela porque sirve para preparar una escena que va a ocurrir más adelante. Después vamos a leer un fragmento de esa escena.

Las negritas son mías; remarcan aspectos a los que me gustaría que ustedes les prestaran atención. Por ejemplo, esto de que un niño pequeño puede ir a la biblioteca sin pagar entrada para sentarse y leer. La biblioteca es un lugar, una edificación, que tiene prácticamente puros aspectos positivos. Una madre que tuviera un hijo que llega tarde a casa muchas veces, y que, averiguando, se enterase de que el chico ha estado en una biblioteca, no sospecharía nada malo en su comportamiento. Se pueden hacer cosas malas en una biblioteca, no digo que no, pero el edificio en sí mismo conlleva una serie de valores positivos que permiten esto: que un niño pequeño entre y salga sin que nadie le diga nada.

El chico iba en bicicleta. Yo no sé cuántos de ustedes hayan recordado los medios de locomoción de la gente y hayan pensado —para la biblioteca que ya están desarrollando en su imaginación— en un espacio donde dejar nuestra bicicleta al llegar a la biblioteca del barrio… Estamos hablando de una biblioteca de barrio (en Tokio, sí, pero una biblioteca de barrio al fin).

Este chico, cuando se cansa de leer, no se va de la biblioteca: escucha música. Hoy las bibliotecas tienen mucho de centro cultural; ya no se privilegia la colección de libros, no hay una torre de libros que hay que santificar. La colección ya no es lo más importante de la biblioteca, sino el usuario. La biblioteca actual tiene que proveer toda una serie de medios audiovisuales: medioteca completa, internet y también talleres y otra serie de actividades. En este caso, vean lo que se produce: el chico descubre la música. Los Beatles, Led Zeppelin… Para cualquier persona, estos descubrimientos son difícilmente olvidables. Esto es muy importante: después vamos a volver sobre el tema de la biblioteca como un lugar de descubrimientos.

Que el chico diga que esa biblioteca municipal es su segunda casa o su verdadero hogar, sirve como antecedente para preparar el momento posterior en que llegará a la ciudad de Takamatsu, más al sur de Japón. Primero va a parar en un hotel y después, de a poco, se va a ir acercando a una biblioteca, en la que finalmente va a quedarse a vivir. Vamos a leer un fragmento correspondiente a la primera vez que este chico entra a esa biblioteca: la Biblioteca Conmemorativa Kômura.


2.
“Entro en la amplia biblioteca de altos techos, doy vueltas alrededor de las estanterías, busco un libro que despierte mi interés. Gruesas y magníficas vigas cruzan el techo. Por las ventanas se filtran los rayos de sol del principio del verano. Los cristales están abiertos hacia fuera y, desde el jardín, llegan los trinos de los pájaros. […] En la sala recién abierta al público no hay nadie aparte de mí. Puedo disfrutar en exclusiva de la elegante estancia. […] De techo alto, muy amplia, confortable y cálida. A través de las ventanas, abiertas de par en par, penetra la brisa. Las blancas cortinas tiemblan en silencio. Y el viento, efectivamente, huele a mar. Nada que objetar sobre la comodidad de los sillones. En un rincón de la estancia hay un viejo piano de pared y yo me siento como si estuviese en casa de unos buenos amigos. […] Doy vueltas por la alfombra, estampada con un motivo de racimos de uva. Hago girar la vieja manilla que sirve para abrir y cerrar la ventana. Enciendo la lámpara de pie, la apago. Contemplo, uno tras otro, los cuadros de las paredes, luego vuelvo a sentarme en el sofá y continúo leyendo mi libro. Me concentro en la lectura”.

Esta segunda biblioteca de la novela, en realidad no es una biblioteca popular; pertenecía a una familia adinerada y está en un edificio de bella arquitectura que ha sido puesto en manos de una fundación. Es una biblioteca especializada en poesía japonesa. El chico, de tanto ir a la biblioteca, finalmente consigue un trabajo ahí, y se queda a vivir en el edificio. Yo creo que esto es la metáfora de un deseo de lector: quedarse a vivir entre libros.

En esta metáfora, tenemos amplitud, tenemos sol, jardín, trinos… es decir, nada de aislamiento total. La biblioteca no tiene que ser un calabozo ni tiene que ser un santuario, ni un lugar de recogimiento. Tiene que haber un adentro y un afuera, y la posibilidad de que el lector levante la vista del libro y encuentre descanso. Si ustedes se fijan en este extracto de Murakami, el acercamiento a la lectura se da en forma de espiral: el lector va preparando el ambiente para la lectura. Cuando uno está en casa leyendo un libro que le gusta, se para, va a prepararse un café, deja el libro un rato… sufre un poco el tener que dejarlo, sólo para retomar la lectura con más gusto después.

Otra cosa curiosa: uno no suele imaginar bibliotecas con ventanas abiertas. Uno todo el tiempo piensa en paños fijos, cerrados, por los que entra la luz pero no el sonido del exterior. Aquí tenemos no sólo sonido: tenemos brisa, olores… Hay una sensación de tranquilidad, que luego consigue la concentración en la lectura.

La biblioteca municipal
del prólogo de Pregúntale al polvo

El siguiente ejemplo pertenece a la reedición de Pregúntale al polvo, una novela que a mí me gusta mucho, escrita por un autor ítalo-americano, John Fante. Se publicó en 1939 y permaneció en la oscuridad durante bastante tiempo. Es una novela, no vamos a decir injustamente olvidada, porque no lo fue, pero a la que no se le dio la relevancia que realmente tenía. Fue rescatada de ese semiolvido por otro escritor, que había leído la novela cuando era joven y más tarde, cuando él mismo se hizo famoso, promovió su reedición —en 1980— para que todo el mundo pudiera leer ese texto que a él lo había fascinado. Es muy común en literatura que un escritor busque señalar a sus precursores o rescatar a esos autores que a él le provocaron algo especial en su juventud.

Este segundo escritor era Charles Bukowski, nuestro queridísimo viejo indecente. Él escribió el prólogo para la reedición de la novela de Fante. Vamos a leer algunos fragmentos. Tengan en cuenta que esto es realmente autobiográfico, no ficción como en Murakami. Esto es Bukowski contándonos una parte de su vida:

1. “Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Ángeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. […] Tomaba de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada?. […] Probé de las distintas secciones de la biblioteca. […] Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer por ninguna parte”.

2. “Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada que comer o de beber y cuando la dueña de la casa le perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al baño sin problemas. Vi muchísimos compañeros de vagabundeo ahí, y casi todos dormidos sobre el libro abierto.”

3. “Seguí recorriendo la sala general de lectura, tomando libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación.

Pero cierto día tomé un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. […] El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor ser llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros”.

Para presentar esta novela, Bukowski ha elegido contarnos el momento en que la encontró. Ese descubrimiento —vean la comparación: “como el hombre que ha encontrado oro”—, ha sucedido en una biblioteca municipal. Así como en el libro de Murakami había un descubrimiento relativo a la música —descubrir el rock and roll en una biblioteca: algo que uno no espera, ¿no?—, aquí hay otro descubrimiento, el de un libro, que para Bukowski no va a ser cualquier libro: es uno crucial en su propia vida como escritor, es el libro que más influyó en su propia obra. Y lo encontró en una biblioteca municipal.

Podemos destacar también que la biblioteca estaba organizada en secciones, y que él se servía por sí solo los libros de los estantes, lo cual es deseable en una biblioteca de barrio: es deseable que entre el lector y los libros haya la menor cantidad posible de barreras. Sabemos que esas barreras no pueden ser iguales a cero por el simple hecho de que vivimos en un contexto donde todo lo que pueda ser robado se robará, incluso antes de saber cuál es su utilidad. Pero habría que reducirlas al mínimo.

Cambiemos de escala. En el siguiente ejemplo, vamos a ver un caso donde al lector se le ponen muchísimas barreras entre él y el libro al que quiere acceder. Se trata de una experiencia negativa en una biblioteca más grande: una biblioteca nacional.

[Leer la segunda parte]

El lector en la biblioteca pública (II)

por Martín Cristal

Intervención en el teórico de Arquitectura I —cátedra del Arq. Mariano Faraci— sobre el tema de la biblioteca pública desde la perspectiva del lector-usuario. Martes 29/04/2008, Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño (UNC). Parte 2 de 2.
[Leer la primera parte]
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La biblioteca nacional de Austerlitz

El fragmento que vamos a ver es de W. G. Sebald, un escritor alemán que murió en 2001. Ese mismo año había publicado una novela titulada Austerlitz (que es el apellido de su personaje principal, Jacques Austerlitz). Este personaje va a la Biblioteca Nacional de Francia a buscar datos para tratar de localizar a su padre, desaparecido hace tiempo en París.


1.
[El edificio está] “inspirado evidentemente, en su monumentalismo, en el deseo del presidente del Estado de perpetuarse […]. En todas sus dimensiones exteriores y su constitución interna, es contrario al ser humano y de antemano intransigentemente opuesto a las necesidades de cualquier lector verdadero. [Al llegar] se encuentra uno al pie de una escalinata que rodea todo el complejo […]. Si se trepan por lo menos cuatro docenas de escalones, tan estrechamente medidos como escarpados, lo que hasta para los visitantes jóvenes no carece totalmente de peligro, se llega a una explanada, literalmente abrumadora para la vista […].

2. Cuando estuve por primera vez en la cubierta de paseo de la nueva Biblioteca Nacional, necesité algún tiempo para descubrir el lugar desde el que los visitantes, por una cinta transportadora, son llevados al piso bajo, en realidad la planta baja. Ese transporte descendente —después de haber subido con el mayor esfuerzo a la meseta— me pareció enseguida algo absurdo, que evidentemente —no se me ocurre otra explicación, dijo Austerlitz— tiene por objeto deliberado infundir inseguridad y humillar al lector, sobre todo porque el viaje termina en una puerta corrediza de aspecto provisional, el día de mi primera visita cerrada con una cadena atravesada, en la que hay que dejarse registrar por personal de seguridad semiuniformado”.

El valor de este fragmento es, primero, la consideración del exterior de la biblioteca —en los otros ejemplos no disponíamos de esto—; segundo, vemos que esa consideración es negativa. El presidente con “voluntad de perpetuarse” era François Mitterrand; esa voluntad de monumentalismo es contraria a la escala del ser humano y lo obliga a una prueba de fuerza donde tiene que subir primero para después bajar y así hacer su entrada en el mismo nivel en que estaba cuando llegó… Eso es poner trabas al ingreso (para colmo, luego va a haber excesivas medidas de seguridad). El conjunto de estas trabas “infunde inseguridad y humilla al lector”. Así se siente Austerlitz ante esto.

Pasemos a los siguientes fragmentos de Sebald:

3. “A pesar de esas medidas de control, conseguí finalmente, dijo Austerlitz, sentarme en la nueva sala de lectura general Haut du Jardin, en la que, en la época que siguió, pasé horas y días enteros, mirando distraídamente, como ahora acostumbro, al patio interior, esa extraña reserva natural, cortada por decirlo así en la superficie de la cubierta de paseo y hundida a dos o tres pisos de profundidad, en la que han plantado alrededor de un centenar de pinos piñoneros, que trajeron aquí de la Foresta de Bord, no sé cómo, dijo Austerlitz, a este lugar de exilio. […] Muchas veces ha ocurrido también que los pájaros se extravíen en el bosque de la biblioteca, vuelen hacia los árboles reflejados en los cristales de la sala de lectura y, tras un golpe sordo, caigan sin vida al suelo”.

4. “Desde mi lugar en la sala de lectura he pensado mucho en la relación que tienen esos accidentes, no previstos por nadie, es decir, la muerte súbita de un ser desviado de su rumbo natural, lo mismo que los fenómenos de paralización del sistema electrónico de datos, que se producen una y otra vez, con el cartesiano plan general de la Biblioteca Nacional, y he llegado a la conclusión de que, en todo proyecto diseñado y desarrollado por nosotros, el dimensionamiento de las magnitudes y el grado de complejidad del sistema de información y dirección son los factores decisivos […]. Esa nueva biblioteca gigantesca, que según una concepción desagradable y constantemente utilizada hoy, debe ser el tesoro de toda nuestra herencia literaria, ha resultado inútil en la búsqueda de las huellas de mi padre, desaparecido en París”.

Con decir sólo esto último —que es la biblioteca es inútil— basta para ser lapidario con ella. Todas las demás críticas saldrían sobrando, aunque aquí funcionan como pruebas del porqué de la inutilidad de esta biblioteca.

Lo del bosque y el pájaro me parece una linda metáfora para el lector en una biblioteca como ésta: un pájaro perdido en un bosque, el cual finalmente choca contra una ilusión, el reflejo en un vidrio. Esto es, un lector frustrado, que no encuentra lo que quiere leer.

En la sala de lectura, Austerlitz se topa con un enorme esfuerzo por lograr una tranquilidad artificial: un bosque de pinos importado. No sé si ustedes conocen o han visto el edificio: en medio de su zigurat —dice Sebald— hay un pozo donde están los pinos, sujetos con cables de acero. La sala de lectura está ahí abajo y uno ve los pinos plantados ahí, en un entorno totalmente artificial. Esto sería como si en la biblioteca de Murakami, para que haya olor a mar, ubicáramos un mar artificial en la parte exterior, o pusiéramos un aparato que hiciera olas para escuchar el sonido del mar: no tendría sentido. Sin duda, esta biblioteca francesa está promovida por una gran megalomanía.

La última reflexión de Sebald, un poco más abstracta, puede servirles (llevándola a la escala de una biblioteca popular, por supuesto). Según Sebald, el dimensionamiento de las magnitudes —las proporciones, la escala de los espacios, sus tamaños— y el grado de complejidad del sistema de información y dirección son los factores decisivos en la organización del espacio “biblioteca”.

Consideraciones finales

Para cerrar esta intervención, quiero proponerles una serie de reflexiones breves relacionadas con lo que hemos visto hasta aquí.

Hemos hablado mucho de lectura, pero tenemos que recordar que la lectura, si bien es la actividad emblemática en una biblioteca, no es la única. La biblioteca no es un lugar sólo para leer; es un lugar para pensar. Ustedes pueden hacer un rápido recorrido mental por la ciudad y darse cuenta de que casi todos los espacios hoy están hechos para distraer al individuo; todo quiere captar nuestra atención, la publicidad, en escalones, en mingitorios, en lugares absurdos. Uno no puede encontrar —ni siquiera en un bar— un lugar para pensar. La biblioteca, si está bien hecha, podría ser ese lugar.

No es el silencio absoluto, sino la tranquilidad lo que permite pensar. Esto es a lo que tiene que apuntar, por lo menos, la sala de lectura. Por supuesto que hay muchas formas de pensar: a veces el debate es una manera de pensar, a veces el taller… estos otros ámbitos deberán desarrollarse de otra manera, pero la sala de lectura tiene que proponer tranquilidad, que no es silencio absoluto. Piénselo un segundo: si ustedes se levantan una mañana y escuchan un silencio absoluto sobre el planeta… sería algo terriblemente inquietante, para nada tranquilizador.

Como motivación, es un desafío diseñar un espacio como éste, pensarlo, construirlo, porque hoy la biblioteca se encuentra en una encrucijada donde están cambiando los formatos y por ende, la función de la biblioteca.

La biblioteca, para el lector, es un lugar de descubrimientos. Lo hemos visto claramente en los ejemplos de Murakami y Bukowski.

Por último, a modo de reflexión final, quisiera que pensáramos en lo siguiente. Creo que no hay lector que olvide su etapa iniciática, que se olvide de esa etapa en la que se enganchó con sus primeros libros. Pronto el lector suma lecturas y se hace inevitable que los textos se vayan difuminando; que uno —cuando ya ha leído 400 ó 500 libros— se vaya olvidando de los argumentos… Quedan solamente algunos rasgos exteriores, o algún detalle interior, pero no mucho más. Sin embargo, resulta difícil olvidarse de los lugares donde uno ha leído tal o cual libro. Uno a veces ya no recuerdo el argumento, pero, con sólo rever la tapa, se acuerda del lugar donde estaba cuando lo leyó.

Si cruzamos estos dos factores —la imposibilidad de olvidar la iniciación en la lectura y esta característica extraña de olvidar lo leído pero no el lugar donde se leyó—, creo que todos los lectores que nazcan como tales en la biblioteca que ustedes van a desarrollar, a modo de recompensa —recompensa para ustedes— no van a olvidar jamás el espacio que ustedes habrán diseñado. Desde la perspectiva de un humilde lector, me parece que no es poca cosa lograr el diseño de un lugar que resulte inolvidable.