Lenta biografía literaria (6/6)

Por Martín Cristal
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Finalizo la serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, comparto una versión extendida del texto que se publicará antes de fin de año en los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, acerca de las obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor.
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[Leer la parte 1 | Leer la parte 2 | Leer la parte 3 | Leer la parte 4 | Leer la parte 5]
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Nueve cuentos, de J. D. Salinger

salinger-nueve-cuentos34 años | De todos los libros que Salinger publicó en vida, mi preferido es este conjunto de cuentos (cuya traducción ya comentamos aquí). Sobre todo por cómo logra que el vacío de un personaje —el de Seymour Glass, generado en “Un día perfecto para el pez banana”— se vuelva enorme en el resto de sus obras, una ausencia que paradójicamente siempre está presente y marca la vida de los demás personajes. Algo así quisiera lograr con el David Fisherman de Las ostras; espero poder sostenerlo a lo largo de la tetralogía. Otro rasgo fuerte de Nueve cuentos es que los niños se presentan como seres inteligentes y sensibles, a los que no se puede tratar así nomás. En la página final de Las ostras quise que apareciera ese rasgo salingeriano: algún eco de la ternura con que Boo Boo Glass levanta el ánimo de su hijo en el cuento “En el bote”.
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Relatos I y II, de John Cheever

John-Cheever-Relatos-I35-36 años | Creo que los sueños rotos de esa clase media norteamericana de los cincuenta que narra Cheever se parecen a los de la “generación country” de la Argentina de las últimas dos décadas. Cheever encaró su obra con la tenacidad de esos escritores que eligen desde el principio y para siempre una forma y un cúmulo limitado de temas como su inalterable documento de identidad. A otros eso puede salirles mal, o puede cansar y aburrir rápidamente a sus lectores, pero en Cheever funciona impecablemente. Para mí es imposible ese monocultivo: necesito la variedad, lo surtido. Lo que sí aprendí tras leer a Cheever es que no hay por qué tener miedo de interpolar breves pensamientos o reflexiones entre los hechos narrados (lo difícil, claro, es hacerlo con hondura, inteligencia y compasión siquiera cercanas a las suyas). [La lista de los cuentos que más me gustaron de ambos tomos, aquí].
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Lecturas más recientes

Amos-Oz-Un-descanso-verdadero37-40 años | Lecturas muy próximas, cuyo peso aún no puedo procesar. Un descanso verdadero, de Amos Oz me sedujo sobre todo por tono y estilo; espero no se note mucho con qué ahínco le robé a Oz su cadencia en el largo primer párrafo de Las ostras (o mejor sí: que se note).

También El proyecto Lázaro, de Aleksandar Hemon, una exploración magistral de la frontera entre realidad y ficción, entre memoria e invención. Me estimuló su arquitectura, el sagaz entrecruzamiento de las subtramas que componen el libro.

Aleksandar-Hemon-El-proyecto-LazaroPor último, ante las crecientes “lecturas interesadas” que arrinconan al escritor contra el hastío reiterado de lo obligatorio, hace poco me pregunté: ¿qué leía cuando lo hacía por puro placer y aún no sabía que escribiría? Mi recuerdo rebobinó hasta la ciencia ficción. Después, un encuentro providencial con Elvio Gandolfo me orientó tras Dick, Ballard, Priest, Millhauser, Mieville, Pinedo, Chiang…

Volver a leer un género que creía descartado liquidó en mí cualquier “teoría evolutiva del lector” (o del escritor). Como dijimos aquí, no avanzamos por un camino empedrado de libros Rafael-Pinedo-Plop-Interzonahacia algún improbable punto de perfección zen, sino que vamos y volvemos por una red que ampliamos como cualquier araña teje la suya entre los tallos de dos flores. Tenemos influencias y taras, las recorremos leyendo y escribiendo en diversas direcciones, y después nos morimos.

Eso es todo, amigos.

El azogue, de China Miéville

Por Martín Cristal

Como tema y como símbolo, el espejo resulta bastante frecuentado en la literatura fantástica. Lejos de hacerlo todo más fácil, elegir ese tema y ese símbolo propone un desafío mayor, porque si no se logra hacer algo meritorio, los lectores más experimentados sentirán el hastío de lo repetido. Y “lo repetido”, en materia de espejos, es lo peor que te puede pasar.

Resulta meritorio entonces lo que logra China Miéville en su novela corta El azogue. Miéville (Londres, 1972) reconoce la herencia de Borges con una cita de El libro de los seres imaginarios; toma el tema y los rasgos de esa cita y homenajea al autor argentino con altura, actualizando su legado. El plan de Miéville (que es un varón, aunque el nombre de “China” pueda hacernos pensar otra cosa) es tomar el elemento fantástico de los espejos y aplicarlo a una visión postapocalíptica. Fantasía, ciencia ficción y terror en partes iguales.

En las primeras páginas, Londres aparece devastada por una guerra insólita. El ejército británico está desbandado. No hay gobierno en el país. Scholl es un sobreviviente que zafa como puede en esa ciudad donde el Támesis no ofrece ningún reflejo; tampoco los charcos en las calles, ni los metales, ni los espejos. Sucede que la guerra no es contra otros hombres, sino contra los Imagos: criaturas que, durante siglos, han vivido oprimidas del otro lado de todas las superficies reflectantes, esclavas de nuestros caprichos. Por fin se han rebelado, escapando del azogue de los espejos, para volcar todo su odio acumulado sobre la raza humana.

La prosa de Miéville y la traducción de Marcelo Cohen son excelentes. El estilo es una de las fuentes de placer de El azogue, en especial en las partes del relato en primera persona. En esas partes no narra Scholl —las acciones de Scholl se cuentan en tercera, lo cual le sirve a Miéville para ocultarnos cierta información—, sino uno de los otros: es uno de los “vampiros”, como llaman los humanos despectivamente al enemigo (sin que el linaje de Drácula tenga nada que ver con esta historia, más que en un punto de contacto: el del reflejo siempre ausente para los unos y el otro).

Como corresponde a una narración en espejo, los dos narradores presentan recorridos inversos: Scholl atravesará la ciudad hacia el sur, en una misión que él espera pueda poner fin a la guerra; el “vampiro”, irá rumbo al norte, hacia las afueras de Londres, en busca de una salida que lo acerque a sí mismo.

La primera mitad del libro —el planteo— es genial; la segunda decae (¿otra inversión en espejo?). No porque la prosa empeore, para nada, sino en lo estrictamente argumental. [Atención: a continuación vienen algunos spoilers].

Desilusiona por ejemplo la indefinición de Miéville acerca de algunos interrogantes que los personajes se plantean con insistencia. (Algo en el truco de presentar un misterio como motor de lectura pero sin preocuparse de si se podrá o no resolverlo aceptablemente, nos hace sonreír y recordar a Lost). O, si se entiende que sí se da una explicación, ésta resulta pobre. Del enigma de Scholl —sintetizado en la pregunta “por qué [los vampiros] no me tocan”— no se desprende, necesariamente, la conclusión de “no lo hacen porque soy un elegido”. Podés ser un factor alergénico, o un apestado. Scholl debe tener enormes delirios de grandeza al permitirse, en semejante situación de desventaja global, un non sequitur así.  Además, incluso concediendo que sea “un elegido”, Miéville no da pistas de por qué tendría que ser justamente él, y no cualquier otra persona. Que sea “un elegido” por azar no resulta muy interesante o atractivo.
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Por otro lado, también surgió una molestia adicional:

Hay una conocida estrategia, común en los cuentos chinos o japoneses: ante un dilema, el/la protagonista hace exactamente lo opuesto a lo que se espera de él (fulano vuelve vencedor de una batalla pero ya en casa se suicida, mengana prefiere casarse con un hombre despreciable en vez de elegir al que verdaderamente ama, etcétera). Esto es tan frecuente en esos cuentos que el placer no reside ya en adivinar qué hará el personaje (ya sabemos que elegirá lo contrario de lo que elegiría nuestra mentalidad occidental); el placer está, en cambio, en comprender los motivos íntimos para esa extraña elección. Por supuesto, dichos motivos no pueden ser caprichosos, torpes o alambicados: tienen que ofrecer una sorpresa lógica o un goce poético que los justifique.

El final de El azogue juega con las expectativas aprendidas de los lectores. Miéville sabe que los lectores esperarán el éxito o el fracaso de ese plan que Scholl dice tener para terminar la guerra, plan que se calla durante casi toda la narración. Entonces, el autor opta por la salida oriental: les da algo distinto, una opción que va en el sentido contrario de lo esperable… y enseguida intenta cautivarlos con esa nueva salida.

El problema es que, además de querer saber el resultado de la aventura, el lector sigue adelante porque —como en los cuentos orientales— también quiere que ese plan secreto lo sorprenda positivamente. Es verdad que el desenlace de Miéville resulta inesperado; lo que no esperábamos era que a la vez tendiera a la decepción. Miéville evita las alternativas comunes, lo cual es loable, pero el plan de Scholl resulta menos que un plan; la salida es plausible, pero desilusiona (al menos a mí).

Además, terminando así su libro, Miéville abandona la historia en un punto en el que el horizonte del futuro inmediato de Londres y el mundo se abre a demasiadas preguntas (en especial a una, insoslayable). Cuestiones que quedarán sin contestar. Que queden interrogantes retumbando en la cabeza del lector no es malo, pero en este caso, ese punto final puede percibirse como una comodidad o un apresuramiento del autor. Las consecuencias del plan de Scholl quedan fuera del relato, incluidas las más inmediatas y urgentes.

Como sea, estas sensaciones personales sobre el final del texto no lo demeritan ni me alejan de querer probar en el futuro otras obras de Miéville, en parte por el manejo hábil del escenario inicial, pero sobre todo por la calidad y la intensidad de la prosa.