Dos hermanos, de Milton Hatoum

Por Martín Cristal

Verdad tropical

Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKMilton Hatoum (Brasil, 1952) es descendiente de libaneses y forma parte de la legión de escritores que encuentran en la familia —en el relato o novela familiar— una usina para generar ficciones con base en aquello que mejor se conoce: un entorno íntimo, que sin embargo puede externarse si se lo transfigura, se lo recorta y se lo revisita de manera personal (léase “original”, si es que —como yo— se acepta una aproximación en ambos términos).

El ojo de ese huracán pequeño que es toda familia se vuelve eje del huracán mayor de la Historia, girando y despárramandose en todas direcciones sobre una geografía concreta: en el caso de Hatoum, la de su Manaos natal.

En su novela Dos hermanos, la fuerza centrífuga para ese movimiento es la potencia expresiva de una prosa con un decir caudaloso como río amazónico. En la corriente de su sintaxis amable flota un léxico de selva y de trópico que nos acerca a un verosímil exhuberante de peces y frutos, de igarapés y palafitos, de plantas con nombres sonoros. Nos habla de una ciudad cambiante, víctima de su propio progreso; de un país cambiante, víctima de la ambición de políticos y militares; y de familias decadentes, con taras que nunca cambian, familias que por ende se vuelven víctimas de sí mismas: alcanzan un grado máximo de amor en un fugaz instante de estabilidad, para luego asistir a un desmoronamiento de años cuyo único vestigio termina siendo una casa venida abajo.

En Cosmos, Carl Sagan utilizaba el ejemplo hipotético de dos gemelos con vidas y destinos diferentes para así desestimar la superchería de los horóscopos. Los dos hermanos del título en la novela de Hatoum son los gemelos Yaqub y Omar, y no podrían tener temperamentos más distintos. El primero es apolíneo: tímido, calculador, rencoroso, reservado, frío. Un cubo de hielo. El segundo es dionisíaco: bebedor y mujeriego, impulsivo, violento y extrovertido, ardiente. Puro fuego consumiéndose a sí mismo.

También los distingue la cicatriz de una herida que el segundo le hizo tempranamente al primero. Esa trinchera los separará para siempre, y se irá ahondando con los años en todos los frentes: el amor, los negocios, la política. El enfrentamiento de estos hermanos es presionado por el amor de Zana, una madraza a lo Pink Floyd, tan excesiva como asfixiante en el celo de sus hijos; es evitado (inútilmente) por el amor de Halim, el padre, amor que no es tanto para ellos como para Zana; y perseguido sin remedio por el amor de la hermana, Rânia, con su deseo que colinda con el incesto. En suma: demasiado amor para una sola casa. Lo dulce termina pudriéndose, el cariño enfermándose, y el rencor ocupa todos los espacios a medida que la muerte los va vaciando.

Milton Hatoum. Foto de Adriana Vichi, 2008

La dosificación que el autor hace de la historia es ejemplar. Sin mezquinar detalles, siempre queda algo pendiente, algo por decir o por contar. Hatoum no se apresura en revelar cosas que un escritor novato siempre querría contarnos en la primera página, como por ejemplo cuál es la identidad del narrador… porque hay más personajes viviendo en esa casa que “fue vendida con todos los recuerdos / todos los muebles todas las pesadillas…” (así lo recita Carlos Drummond de Andrade en el epígrafe inicial).

¿Suena a García Marquez? Un poco, tal vez, pero dejando fuera de la ecuación la parte “mágica” con la que el colombiano calificaba a su “realismo”. ¿Suena a telenovela brasileña de las cuatro de la tarde? No tanto, porque Dos hermanos evita el estereotipo for export de un Brasil “típicamente brasileño”: aquí la familia retratada es de origen libanés, lo cual no resulta un mero condimento, sino una mixtura profunda que particulariza al relato y lo aleja de esas coordenadas previsibles para nosotros. Sin embargo, lo sabemos, todo lo bueno es alcanzado por los tentáculos de la TV: ya existe un proyecto de miniserie en ocho episodios que Rede Globo produciría para 2015. Otra razón para disfrutar de la riqueza de esta novela antes de que Virginia Lago venga a explicárnosla cada tarde como si fuéramos subnormales (tanto nosotros como ella).

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Dos hermanos, de Milton Hatoum. Novela. Beatriz Viterbo Editora, 2007 [2000]. 288 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de noviembre de 2014).

Flatland, de Edwin Abbott Abbott

Por Martín Cristal

En 1985 recibí de regalo uno de los libros más populares de aquella década: Cosmos. Es muy probable que los trece capítulos de la serie televisiva homónima hayan contribuido tanto o más que las aulas a la idea de universo que mantienen hasta hoy quienes fueron niños o adolescentes en los ochenta. Si hay una “cosmovisión popular ochentera”, en su núcleo duro seguramente está la serie (o el libro) de Carl Sagan.

En el décimo capítulo de la serie —“El filo de la eternidad”; ver p. 262 y ss. del libro—, Sagan explica los conceptos de cuarta dimensión y de teseracto (o hipercubo). Para hacerlo, se apoya en la imaginería de una obra de ficción escrita casi cien años antes por “un estudioso de Shakespeare que vivió en la Inglaterra victoriana”. Esa obra es Flatland: A Romance of Many Dimensions, una extraña novela publicada en 1884 por Edwin Abbott Abbott. (Como curiosidad: los padres de Edwin eran primos entre sí, de ahí la repetición en el apellido).

Abbott murió en 1926, por lo que el texto original en inglés ya es del dominio público; en Argentina, Ediciones Godot acaba de publicarlo en traducción de Micaela Ortelli bajo el título de Flatland: El Plano, una aventura de muchas dimensiones. [El título difiere en la tapa y la carátula de la misma edición]. Lo vi en la vidriera de una librería cordobesa y, dada mi fiebre de sci-fi, no pude resistirme.

Es que, en tanto especulación científica, esta “novela abstracta” es una clara precursora de lo que hoy conocemos como ciencia-ficción. Su protagonista es un ser de sólo dos dimensiones: un Cuadrado, que se dedica a la abogacía (dejo a consideración de los lectores el análisis de la relación entre ser un cuadrado y ser abogado). Este señor —“autor” y voz narradora del texto— vive en El Plano (Flatland), un mundo que desconoce la altura: hay izquierda y derecha, hay adelante y atrás, pero no hay arriba ni abajo. Nadie en El Plano sabe qué es eso. Tampoco les preocupa demasiado: ellos creen que El Plano abarca todo lo existente.

A partir de ahí, Abbott se propone un plan doble. Primero aflora su plan menor: el de divertirnos con un muestrario de las costumbres de El Plano y sus habitantes chatos, que viven estratificados en castas poligonales y bajo rígidas normas sociales (muy a la manera de la sofocante atmósfera victoriana en la que vivió el propio Abbott). Por otro lado está su plan mayor: reduciendo la experiencia a un mundo de dos dimensiones, Abbott encuentra una forma didáctica de proyectar lo extraño que resultaría para nosotros —seres tridimensionales— recibir una visita de la cuarta dimensión: sería tan impactante como lo es para el pobre Cuadrado conocer a la Esfera, un ser que se acerca volando a El Plano y le habla desde un lugar inimaginable: desde “arriba”. Aquí el viejo Carl nos lo explicaba mejor:


Carl Sagan, Cosmos (Cap. 10)

Desde “arriba” o “abajo”, la Esfera puede ver y hacer cosas que nadie conoce en El Plano: puede aparecer en cualquier parte, ver dentro de habitaciones cerradas o incluso las partes interiores de un individuo. Si el Cuadrado logra asimilar el shock, es gracias a que la noche anterior tuvo un extraño sueño en el que visitó un mundo unidimensional: La Línea. En ese mundo-riel, nuestro Cuadrado podía hacer cosas que ni siquiera el Rey de La Línea podía. Con la lógica visitante-visitado invertida, Cuadrado asume mejor las enseñanzas de la Esfera, que en otra excursión también lo llevará al comprimido Abismo de la Dimensión Cero: el reino de El Punto, donde todo lo social queda reducido a la reflexiva autocomplacencia del individuo absoluto que lo llena.

Así, la novela funciona como una honda: los lectores somos la piedra en una banda de goma de la que Abbott, primero, tira hacia atrás, tensando nuestra imaginación para que tome impulso en su consiguiente especulación hacia adelante. El resultado del ejercicio será comprender nuestra limitada jaula de tres dimensiones, entrever con curiosidad la teoría sobre una cuarta, y aceptar que las posibilidades del universo no tienen por qué detenerse ahí. La complejidad de lo infinito acecha luego de las (tristes) páginas finales de este libro.

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En 2007 se realizó una película animada basada en la obra de Abbott. Aquí un video que resume Flatland (la película). Con otra versión del presente artículo, reseñamos este libro en el suplemento “Vos” de La Voz del Interior (15 de octubre de 2011).