Las furias, de Renzo Rossello

Por Martín Cristal

Cronista del futuro terrestre

Las furias no se muestra exteriormente como un libro de ciencia ficción, ni es publicado por una editorial especializada; sin embargo, su lectura devela pronto que entreteje motivos propios de ese género. Según Elvio Gandolfo en la contratapa, se trata de “un registro del todo nuevo” en la obra de Renzo Rossello (Montevideo, 1960), autor usualmente centrado en el género policial.

¿Novela o libro de cuentos? Respuesta corta: ambas cosas a la vez.

Para una respuesta más larga y precisa, recurramos a un concepto de la ciencia ficción: el de fix up. Según Miquel Barceló (en Ciencia ficción: Nueva guía de lectura), un fix up consiste en el “montaje de diversos relatos interrelacionados formando un único volumen, para lo cual, si hace falta, el autor ‘rellena’ los huecos que deja el material disponible con algunas historias escritas precisamente para ese fin”.


Con esos “arreglos” a la medida solía venderse mejor un ramillete de cuentos publicados previamente en revistas, aunque luego el procedimiento también pudiera aplicarse a inéditos (como en el caso que nos ocupa). Un ejemplo famoso de fix up es Crónicas marcianas; Ray Bradbury contaba que al presentarle el libro al que sería su editor, éste le preguntó: “¿Tienes más material con el que podamos hacerle creer a la gente que está leyendo una novela?” (Resultó que Bradbury sí tenía: en esa misma oportunidad también le vendió a la editorial El hombre ilustrado, otro fix up).

Las furias presenta diez relatos ensartados por los apuntes de viaje de un periodista sueco, Gunnar Ejbert. A la vez, esos diez se encuentran enmarcados por otros dos: el inicial, “La desaparición de Will Hudson”, cuyo asunto queda claro desde el título (Hudson es un periodista conocido de Ejbert); y el de cierre, “Diario de las furias”, donde un militar deja testimonio del caos desatado tras el hallazgo de una puerta colosal en la ladera de un monte groenlandés (el Gunnbjorn, en el que Hudson había estado antes de desaparecer).

Esos misterios impulsan al lector a atravesar las demás historias. La estructura episódica permite considerarlas en forma independiente: Ejbert recopila relatos como “La noche de Antón”, sobre el impiadoso exterminio de unos mutantes; “La cura”, acerca de un operativo gubernamental obsesionado con la profilaxis de enfermedades cardíacas; el conmovedor “El hundimiento del edificio Excélsior”, acerca de la manifestación de los malestares espirituales de un viejo edificio; o el ciberpunk “Toda la verdad sobre el proyecto Kurtz”, donde se explica (¿demasiado?) cómo una nueva tecnología reconfigura el espionaje internacional. Otros destacables son “Mientras llueve sobre Ciudad Gótica” y “Juicio al monstruo nonato”.

Unas “Notas al pie del futuro reciente” revisan, al cierre del libro, su paleta temática. La adenda no aporta narrativamente; parecen apuntes del autor, ofrecidos (como decía Cortázar sobre los libros VI y VII de Adán Buenosayres) “un poco como las notas que […] incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero”.

Por lo demás, el conjunto funciona bien porque su ilación plantea cierta intriga (un aspecto menospreciado hoy por cierta narrativa que se autopercibe “exquisita”); también porque Rossello narra casi siempre con imágenes, como quería Mario Levrero; y porque el formato elegido lo ubica en un punto de equilibrio respecto de la habitual dicotomía “variedad/unidad”, dilema habitual en los volúmenes de cuentos.

La voluntad lectora se renueva ante cada relato, mientras la forma alienta un interés general. Esto hace que Las furias proponga una experiencia de lectura muy entretenida.

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Las furias, de Renzo Rossello. Estuario Editora, 2012. 152 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 5 de noviembre de 2017).

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Lenta biografía literaria (1/6)

Por Martín Cristal
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Me invitaron a participar en la sección “Huellas de lectura” de los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, en la que se les pide a distintos escritores alguna reflexión acerca de su experiencia y formación como lectores. Inicio una serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, iré compartiendo una versión extendida del texto que se publicará en los Cuadernos antes de fin de año.
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Lenta biografía literaria

Con gratitud recuerdo algunas obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor. No es meramente la lista de los “libros que me gustaron”: esa lista sería mucho más larga, ya que abarcaría también a autores que leí con gran placer —pienso por ejemplo en Pavić, Vian o Levrero— aunque no siento que después hayan influido de forma tan contundente y directa sobre los textos que intenté escribir. Sin duda somos menos limitados como lectores que como escritores: uno lee lo que quiere, pero escribe lo que puede. Selecciono entonces sólo las obras que impactaron conscientemente en mis futuras acciones como escritor. Encuentros —azarosos, felices— entre ciertas obras y un lector que las recibió con asombro acorde a su edad y experiencia.
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20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne

20000-leguas-Julio-Verne8 años | Sé que de no cruzarme con aquel ejemplar de la colección Billiken, alguna otra novela de aventuras hubiera ocupado el podio de “primer libro”. Incluso sin tener forma de libro: podrían haber sido las primeras historietas de la colección Joyas Literarias Juveniles, que descubrí casi al mismo tiempo (eran La isla del tesoro, de Stevenson, y Miguel Strogoff, otra vez de Verne: una coincidencia que consolidó tempranamente la noción de “autor”). La influencia de estas obras es transitiva y fácil de explicar: si no se empieza a leer, no se puede empezar a escribir.
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Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Bradbury-Crónicas marcianas19 años | En mi adolescencia no iba hacia los libros; leía esporádicamente, sin constancia ni criterio, y odiaba las lecturas obligatorias de la escuela. A los diecinueve trabajé temporalmente en un kibutz israelí donde compartía una casita con otros compañeros. Sobre la cama de uno de ellos descubrí un ejemplar de Crónicas marcianas traducido al castellano; me di cuenta de que llevaba seis meses sin ver un solo libro escrito en mi propio idioma. Lo devoré. La urgencia de leer empezó ahí, y ya no me abandonó. De vuelta en la Argentina me convertí en un lector activo. Años después escribí “Garage”, mi primer cuento. No pude evitar darle un aire bradburiano.
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Cuentos completos I y II, de Julio Cortázar

Cortazar-Cuentos-completos-I20-21 años | Los primeros libros que compré con mi propia plata fueron Final del juego, Todos los fuegos el fuego y Bestiario; inauguraron mi fascinación por el género fantástico. Después, en los dos tomos recopilatorios de Cortázar encontré muchísimos más relatos que me asombraron (más tarde entendería que las “obras completas” de un autor necesariamente incluyen etapas que no son de nuestro interés, amén de recurrencias y variantes fallidas). En mi primer libro —Las alas de un pez espada—, le dediqué a Cortázar el cuento “Tres y el fuego”, que incluye una cita de “Todos los fuegos el fuego”. En dicho libro (y en parte del segundo, Manual de evasiones imposibles) domina el fantástico. Durante cierto tiempo, Cortázar fue mi referente para comprender el género, y también la literatura toda.
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Rayuela, de Julio Cortázar

Cortazar-Rayuela21-22 años | Por demostrar madurez literaria, muchos lectores expertos llegan al extremo de negar sus lecturas tempranas; Rayuela es una de las víctimas más frecuentes de esa negación, que percibo como una enorme ingratitud. Quizás mañana relea Rayuela y tenga que criticarla, pero nunca al extremo de negar que al terminarla aquella primera vez yo había pasado por tantas emociones, me había divertido tanto con su variedad formal, se habían agitado tantos aspectos de mi experiencia veinteañera, que lo primero que pensé al cerrar el libro fue: “Yo quiero hacer lo mismo que hace este tipo. Yo quiero escribir”.

Rayuela me ayudó a encontrar mi vocación. Con el tiempo mi devoción por el libro se fue desgastando, pero en aquel momento fue crucial para mí, y por eso no lo olvido.

[En el presente post se resume lo que ya se había contado con más detalle acá.
Esta “biografía literaria” continuará en el próximo post].

No hay edad para apreciar la luz de un rayo

Por Martín Cristal

Hace poco tuve una fiebre de ciencia ficción: volvió mi curiosidad por leer un género que había abandonado desde los veintipico. No es que alguna vez haya sido un fanático, pero le debo al género mi iniciación como lector en serio (como lector serial). Dos libros que impulsaron aquel amanecer mío: Crónicas marcianas (1950) y Fahrenheit 451 (1953).
De ya saben quién.

Mi reciente vuelta a leer sci-fi liquidó en mí cualquier “teoría evolutiva del lector” (y, por ende, su equivalente del escritor). No avanzamos por un camino empedrado de libros, “acercándonos” como lectores/escritores a algún improbable punto de perfección zen, sino que vamos y volvemos por una red que nosotros mismos ampliamos, como cualquier araña teje la suya entre los tallos de dos flores. Tenés tus influencias y tus taras, las recorrés leyendo y escribiendo en diversas direcciones, y después te morís. Eso es todo, amigos.

Ray Bradbury le sumó al pecado de su éxito comercial otros dos: 1) escribir sin parar lo que tuvo ganas durante toda su vida y 2) extender esa vida hasta los 92 años. Lo segundo es ser afortunado; lo primero es, ni más ni menos,
ser un escritor.

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Ray Bradbury (1920-2012)


RB: Leí
Winesburg, Ohio cuando tenía veinticuatro años. Pensé “Oh, Dios, si algún día pudiera escribir un libro como Winesburg, Ohio… ¡pero poniéndolo en Marte!”. Con todos los personajes de Winesburg, Ohio allá en Marte. Así que tomé algunas notas, y escribí un título, y algunos personajes, y después lo dejé y me olvidé. No hice nada con eso.

Durante los siguientes cinco años escribí una serie de relatos sobre Marte, todos separados. Cuando cumplí veintisiete años, me casé. Mi esposa hizo un voto de pobreza al casarse conmigo [risas]. Teníamos ocho dólares en el banco el día del casamiento. Puse cinco en un sobre y se lo dí al cura. Me dijo “¿Qué es esto?”. “Es su paga, por la ceremonia de hoy”. Dijo: “¿Eres un escritor, verdad?”. Dije “sí”. Y el dijo: “toma, lo vas a necesitar”, y me devolvió el sobre. ¡Y yo lo acepté! [risas]. Mucho más tarde, cuando gané algo de dinero, le extendí un cheque decente.

En los siguientes tres años, escribí más y más historias marcianas, sin saber hacia dónde iba. De repente mi mujer quedó embarazada… Ella tenía un buen trabajo en [¿?], ganaba cuarenta dólares a la semana. Yo ganaba cuarenta dólares semanales sólo cuando tenía suerte, cuando las historias se vendían. Esto me asustó muchísimo: de repente yo tenía que ser el proveedor de la familia, porque teníamos un bebé en camino.

Norman Corwin —el gran Norman Corwin, el más grande guionista de radio, productor y director de la historia—, un gran amigo mío, me dijo: “Ray, tienes que ir a Nueva York. Tienes que hacer que los editores te vean, que sepan que existes. Tienes mucho escrito, pero ellos no saben que estás en el mundo. Mira, voy a estar en Nueva York en junio con Katie, mi esposa. Ven, nosotros te respaldaremos, te mostraremos Nueva York y te presentaremos a algunas personas”.

Así que fui a Nueva York. Tenía veintinueve años de edad y cuarenta dólares en el banco. Llevaba una pila de cuentos en el ómnibus de la Greyhound. No podía pagarme otra manera de ir. ¿Alguna vez han viajado en un Greyhound hacia Nueva York durante cuatro días y cuatro noches? Bueno, no lo hagan [risas]. Especialmente hace cincuenta años, cuando no tenían aire acondicionado ni baños. El conductor tenía que parar cada dos horas. Corrías a los baños de una estación de servicio y luego corrías de vuelta antes de que se te escapara el maldito ómnibus.

Llegué a Nueva York. Me alojé en la YMCA, pagaba seis dólares a la semana: así de pobre era yo. Me encontré con todos los editores, y todos me decían: “¿No tienes una novela?”. “No, yo soy un velocista, escribo cuentos”. “Bueno, no publicamos cuentos. No se venden”.

Ya estaba listo para volver a casa vencido, pero esa última noche tenía una cena con Walter Bradbury —ninguna relación conmigo—, de la editorial Doubleday. Durante la cena, me dijo: “Ray, ¿qué hay de todas esas historias marcianas que has estado escribiendo? ¿Qué pasaría si las hilaras todas juntas en un tapiz, y lo llamaras Crónicas marcianas? ¿Crees que podrías hacer eso?”. Y yo pensé: ¡Dios mío! Winesburg, Ohio. Winesburg, Ohio… Ya lo había hecho, pero entonces no sabía que lo estaba haciendo. 

Me dijo: “Hagamos lo siguiente: escribe un bosquejo del libro esta noche, tráemelo a la oficina mañana y, si me gusta, te daré un adelanto de setecientos cincuenta dólares.

Pasé despierto toda la noche en la YMCA, escribí el bosquejo para Crónicas marcianas, se lo llevé a Bradbury al día siguiente y él dijo: “Listo. Aquí tienes, setecientos cincuenta dólares. ¿Tienes más material con el que podamos hacerle creer a la gente que está leyendo una novela?” [risas]. 

Le contesté: “bueno, tengo un cuento sobre un hombre que tiene su cuerpo cubierto de tatuajes, y en medio de la noche, cuando transpira, los tatuajes cobran vida, y cada uno cuenta otra historia”. Y él dijo: “Aquí tienes otros setecientos cincuenta” [risas]. Así que en un solo día vendí Crónicas marcianas y El hombre ilustrado. Sin saber lo que estaba haciendo.

¿Se dan cuenta? ¡Sorpresa! No sabes qué hay dentro de ti hasta que lo pones a prueba. Hasta que las palabras se asocian, has estado escribiendo conscientemente, intelectualmente, durante demasiado tiempo. El material más profundo, tu verdadero yo, no ha tenido tiempo de aflorar. Has estado demasiado tiempo pensando comercialmente —qué es lo que vende, y ahora qué voy a hacer— en lugar de preguntarte: ¿Quién soy yo? ¿Cómo me descubriré a mí mismo?”.

Ray Bradbury
Conferencia, The Sixth Annual Writer’s Symposium by the Sea,
Point Loma Nazarene University, 22 de febrero de 2001 [min. 30:43 – 35:48].
Traducción: Martín Cristal.

Descanse en paz, maestro.

Iniciación (I)

Por Martín Cristal

En febrero de 2003 participé de un ciclo de charlas titulado “Jóvenes escritores en Palacio”, en la XXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (Ciudad de México). También estuvieron Mauricio Molina, Alejandro Osorio Ibáñez y Ruy Xoconostle. El tema común era la iniciación en la literatura.

La siguiente es la primera parte del texto que preparé para aquel encuentro. En ese momento yo vivía en el DF y tenía tres libros publicados; el primero de ellos había aparecido en Córdoba cinco años antes de esa charla. Ya han pasado cinco años más: buen momento para reencontrarme con aquel texto, tan sincero como ingenuo, que intentaba dar cuenta de lo que había ido pasando entre la literatura y yo.

En muchos lectores expertos me topo con una actitud que quiere demostrar cierta madurez literaria, una especie de “ahora soy crítico con lo que leía antes, porque hoy sé más que ayer”. Creo que eso está bien, pero sólo si se evita el extremo de negar las lecturas de juventud, porque esa negación no hace más que demostrar una enorme ingratitud para con los autores y las obras que nos iniciaron en la literatura. Con ese espíritu agradecido es que recuerdo en este texto aquellas obras, cuyos títulos son famosos y no sorprenderán a nadie.

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Así empezó todo

La historia de un escritor es,
antes que nada, la historia de un lector.

El lugar común dice que un niño leerá si está acostumbrado a la presencia de libros en su casa. La verdad es que en mi casa siempre hubo una sola biblioteca: la de mi papá. Llamarla “biblioteca” es casi una coquetería. No es más que un mueble de roble, parecido a un ropero mediano de tres puertas. La puerta del centro es de vidrio: la mayoría de los libros que pueden verse a través del vidrio no son de literatura, sino de arte y pintura (porque mi papá es galerista y pintor). Antes de sacar alguno de ellos hay que pensarlo dos veces, porque primero hay que remover con mucho cuidado un ejército de figuritas de cristal de Murano y otros frágiles adornitos que hay en la parte delantera de cada estante. En mi casa, siempre se supo que romper alguna de esas figuritas podía caratularse de crimen contra la humanidad; así que recién a los 15 ó 16 años adquirí el valor suficiente para enfrentar el castigo que podía significar el que me descubrieran barriendo un caballito de mar pulverizado. Entonces sí, me animé y comencé a hurgar en la biblioteca paterna.

Mis primeros encuentros con la literatura ocurrieron un poco antes de explorar esa biblioteca, durante mi infancia, y tienen principalmente dos orígenes: la biblioteca del aula, en la escuela primaria; y la aparición de una colección de historietas, titulada Joyas literarias juveniles.

La biblioteca del aula funcionaba así: a comienzos del año cada alumno aportaba un libro suyo en préstamo; luego, cada viernes, uno podía elegir un libro —de los veintitantos aportados por toda la clase— para llevárselo a su casa. La mayoría eran libros de cuentos infantiles, de ésos que vienen impresos en gran formato y con ilustraciones. Yo, igual que mis compañeros, siempre tendí a elegir este tipo de libros y nunca uno de esos “otros” que seguramente eran más aburridos porque eran más chicos, con puras letras y sin ningún dibujo. Pero, a medida que pasaba el año, las posibilidades de elegir sin repetirse se agotaban. Así que, un viernes, me llevé a casa uno de los libros “aburridos”.

El libro en cuestión se llamaba 20.000 leguas de viaje submarino, de un tal Julio Verne. Aunque era una versión condensada para niños (de la colección Billiken) considero que es el primer libro “de verdad” que leí, o más bien el primero que terminé de leer. La historia del Nautilus y el capitán Nemo, fue casi tan impresionante para mí como la magia recién descubierta de poder imaginar lo que esas letritas de tinta no dibujaban en el papel.

Al poco tiempo, mi papá me regaló dos historietas que acababan de salir en los puestos de periódicos. Eran las dos primeras entregas de la colección Joyas literarias juveniles, editada por Bruguera. La primera de ellas tenía un título muy sugerente para la imaginación de un niño: se llamaba La isla del tesoro. La leí esa misma noche, y todavía recuerdo el terror reverente que me causó el asunto aquel del black spot (si bien, en aquella edición española, aquella amenaza de muerte había sido traducida como “la mota negra”).

La segunda historieta era Miguel Strogoff y también me atrapó, no tanto por el héroe de la portada (que era capaz de matar a un oso enorme con la sola ayuda de un cuchillito), como por el nombre del autor: era Julio Verne otra vez. Para mí, fue como una garantía. Comenzaba a entender lo que era un autor: una imaginación única de la que podían nacer múltiples historias. [De grande, releí ambas obras en sus versiones completas. La prosa de Stevenson superó esa prueba; la de Verne, no.]

De ahí en adelante siempre leí cualquier cosa que cayese en mis manos. Decirlo así es otro lugar común que suele aplicarse cuando se quiere significar que se leía mucho. Pero la verdad es que esta afirmación es muy relativa, sobre todo si atendemos a su corolario, que era justamente mi caso: si en mis manos no caía nada durante meses, entonces no leía nada durante meses. Yo no iba todavía hacia los libros, leía solamente si alguno se me cruzaba por ahí, sin ninguna clase de búsqueda. Así atravesé la secundaria, leyendo sólo lo que me obligaban a leer, y a veces ni eso. Entre los libros obligatorios que sí leí en esos años de adolescencia, disfruté el Martín Fierro, de José Hernández; El túnel, de Ernesto Sabato, y varios cuentos de Horacio Quiroga. Por el contrario, la máxima tortura que me impusieron en la secundaria fue la de leer el insoportable Lazarillo de Tormes, un verdadero tormento de lazarillo, al que aún hoy detesto con toda mi alma.

A los 19 años, ya terminada la escuela, me fui a Israel por un año a trabajar en un kibutz, para evaluar la posibilidad de vivir definitivamente en aquel país. Luego de aprender algo de hebreo, me tocó trabajar en un campo de girasoles, comenzando cada día a las cuatro de la mañana para volver a mi casa, agotado, a las dos de la tarde. En el kibutz, yo compartía una pequeña casita con cinco compañeros más, que trabajaban en otras áreas. Nuestros horarios diferían: yo siempre me levantaba antes que ellos; y también regresaba antes, cuando la casita estaba solitaria. Cierta tarde, sobre la cama de uno de mis amigos vi un libro: era Crónicas marcianas, de Bradbury, traducido al español. Fue toda una sorpresa, porque me di cuenta de que durante más de seis meses no había visto ni un solo libro escrito en español. Me resultó urgente robarle el libro a mi amigo y leerlo. ¿De dónde lo había sacado? Esa tarde, cuando volvió, se lo pregunté.

Descubrí que el kibutz tenía una bibliotequita. Debido a que una buena parte de esa pequeña comunidad estaba conformada por inmigrantes argentinos, algunos de los libros donados a la biblioteca estaban en castellano. Igual, nunca averigüé dónde quedaba la biblioteca —mi hambre de lectura todavía no daba para tanto—, pero sí compartimos con mi amigo el libro de Bradbury. Por las noches, lo leía él; a la siesta, cuando él no estaba, lo leía yo.

Lo terminé antes que él. Durante ese año esta escena se repitió tres veces más: algún otro sacaba un libro de la biblioteca y yo lo terminaba antes que él. Los otros tres libros fueron Fahrenheit 451, también de Bradbury, y dos de Borges: Historia universal de la infamia y El informe de Brodie. En ese primer encuentro con los libros de Borges, salvo por los cuentos “La intrusa” y “El evangelio según Marcos”, no disfruté gran cosa; Bradbury, en cambio, me fascinó de entrada.

De vuelta en Argentina se desató en mí una verdadera sed de lectura. En Israel había leído sólo cuatro libros en un año. La verdad es que nunca antes me había fijado en ese tipo de estadísticas; pero, de repente, haber leído tan poco me pareció algo terrible. Quise recuperarme y leer más. Primero agoté los libros potables que había en la casa, que no eran muchos. Y después, por primera vez en la vida, salí a comprar libros. Tarde, pero seguro.

En los siguientes tres años —mientras estudiaba Publicidad, una carrera en la que me inscribí con demasiada premura y con la que me iba desencantando cada día— leí varios libros de esos que al terminarlos nos obligan a recoger del piso los pedacitos diseminados de nuestro cráneo. Explosión total de la masa encefálica producida por libros demoledores. Fue una época maravillosa en la que vivía con una fascinación absoluta por los libros que leía mientras los leía. Aquello se había transformado para mí en un mundo nuevo y sorprendente. La Publicidad se iba por el caño mientras la Literatura cotizaba en alza.

La literatura me dio un verdadero cross a la mandíbula durante un invierno en el que mis padres salieron de vacaciones. Mi papá me dejó a cargo de su galería de arte, que por entonces ya había devenido en un lánguido comercio de pintura y antigüedades. Nada sobre la tierra podía ser más aburrido para mí que ese encargo: entraba una persona por hora y era para hacerme preguntas sobre cosas de las que yo no sabía nada. Por eso, para hacer más amena mi suplencia, decidí comprar tres o cuatro libros. Fui a una librería de segunda mano y me dejé guiar por las recomendaciones de la vieja que me atendió.

Ya de vuelta en la galería, abrí uno de los libros que había comprado: era Final del juego, de Julio Cortázar. No hay por qué leer los cuentos de un libro en el orden en que vienen presentados, pero yo empecé por el primero, “Continuidad de los parques”.

Al terminar de leer las dos únicas páginas del cuento, no lo podía creer. Levanté la vista y le pregunté al local vacío: “pero, ¿cómo? ¿vale hacer esto?”. Me apliqué de inmediato a la relectura del cuento. Al finalizarla, me di una palmada en la frente. Luego seguí con el segundo cuento, titulado “No se culpe a nadie”. Lo mismo. Y así: un cuento tras otro, una cachetada tras otra.

Terminé el libro completo y, todavía maravillado, seguí de largo con el siguiente que había adquirido. También era de Cortázar: Todos los fuegos el fuego. Pasó lo mismo que con el otro: las sorpresas no se agotaban.

Después tuve mucha suerte, porque en esa época maravillosa y veinteañera pude leer también a otros autores que me resultaron sorprendentes: al uruguayo Mario Levrero; al mejor Borges (el de Ficciones y El Aleph); Oliverio Girondo, Bioy Casares… Pero leer a Cortázar era para mí como querer parar de pecho un huracán: abría un libro suyo y me ganaba por knock out.

Por fin, conseguí una edición barata de Rayuela.

Comencé a leer esa novela de corrido y al principio no me gustó nada. ¿Dónde estaban esas trampas camaleónicas que en sus cuentos Cortázar sembraba en la línea menos pensada? Esto era distinto. Lo dejé por un tiempo y luego lo recomencé, siguiendo esta vez su tablero de dirección. Ahí sí, el libro me atrapó y no me soltó más. Al terminar esa novela, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue: “yo quiero hacer lo mismo que hace este tipo. Yo quiero escribir”.

Eso era lo que yo quería hacer. Ése fue el punto de inflexión: nada en el mundo me parecía más maravilloso que la literatura. Y dentro de todas sus posibilidades, me pareció que narrar era algo importante, necesario. Ahí supe que quería dedicarme a cultivar esa misma magia: la magia de narrar.

[Leer la segunda parte]