Las redes invisibles, de Sebastián Robles

Por Martín Cristal

Atlas imaginario de un presente virtual

Sebastian-Robles-Las-redes-invisibles-OKSi en su clásico Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino proponía un delicioso viaje por exóticas ciudades imaginarias —descriptas por un igualmente imaginario Marco Polo—, lo que Sebastián Robles (Villa Ballester, 1979) ofrece en Las redes invisibles son diez relatos, sin una historia-marco que los contenga, pero ensartados por un claro concepto unificador: todos ellos parten de la descripción de redes sociales imaginarias.

El libro abre con una cita de Calvino sobre el infierno “social” de nuestra existencia diaria y algunas formas de sobrellevarlo; es este epígrafe el que señala la relación intencional entre los títulos de ambos libros que, por lo demás, tienen estilos marcadamente diferentes.

A los relatos de Robles se les puede aplicar sin inconvenientes la vieja y conocida sentencia de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. Cierto que el medio ahora es un libro, pero algunos de estos relatos fueron publicados previamente en internet; en cualquier caso, la constante es que el mensaje de cada relato es un medio: una nueva red social imaginada por el autor, quien suele abordar su descripción con cierto tono de arqueólogo que escribe para una revista especializada.

Robles pone a prueba su imaginación diez veces, con ímpetu parejo y suerte disímil. Los mejores cuentos del libro quizás sean aquellos en los que el autor se suelta a narrar una historia que se desprende y crece más allá de la mera descripción inicial de una red hipotética, de sus reglas y su funcionamiento. Mientras cuentos como “Mon Amour” (sobre una red social para encontrar parejas mediante un algoritmo infalible) se circunscriben casi solamente a un ejercicio puramente descriptivo, los mejores cuentos delinean personajes y desarrollan su participación con esas redes; desde ahí desatan una peripecia interesante como consecuencia de dicha participación.

Son ejemplos de esto “Tod” (el primer relato, sobre una red tipo Facebook pero que aglutina sólo a enfermos terminales que ya cuenten con un plazo de vida acreditado); “Mamushka” (el de un foro casi abstracto, con niveles sin aparente propósito, pero en los que resulta importante diferenciar el discurso propio para así subir de nivel); o “Cthulhu” (relato con centro en un blog semiabandonado, que desemboca en una actualización de la mitología lovecraftiana al reinsertar sus deidades oscuras en la deep web). Además de Lovecraft, otros referentes literarios que Robles deja ver son Philip K. Dick, con su influencia de conspiraciones paranoicas en el cuento “Hospital”; Jorge Luis Borges, en el cuento “Tlön”; y el valioso catálogo de la editorial Minotauro, mencionado por el autor en los agradecimientos del libro.

En algunos cuentos es el humor —irónico— lo que lleva adelante el relato: sucede así en “Balzac”, que narra una red social de escritores realistas (no hace falta calcular mucho para darse cuenta que, con un libro como éste, Robles se ríe de ellos parado desde la vereda de enfrente); “Animalia”, una actualización de la Rebelión en la granja de Orwell, donde la red social que aglutina a los animales no es otra que el puro lenguaje, adquirido tecnológicamente. También “Crítica”, una historia de la literatura argentina presentada como si fuera una red social.

Más allá de la valoración puntual de cada cuento (que, como siempre sucede con los libros de cuentos, seguramente variará de lector en lector), el libro se aprecia por su invitación a pensar el presente y por lo que de seguro dejará en la memoria: el sabor del concepto sencillo y atractivo que lo aglutina. Como la más interesante ciencia ficción, Las redes invisibles se preocupa menos por la prosa que por dejar servido un mapa de posibles ramificaciones mentales que prosigan en la cabeza del lector tras haber dado cuenta de la última página: el cálculo de otras implicancias que se desprendan de sus extrapolaciones. Las redes invisibles invita a imaginar otras redes sociales posibles que puedan volverse una realidad (¿o virtualidad?) cotidiana más temprano que tarde, al menos hasta que la siguiente novedad digital las hunda en el olvido.

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Las redes invisibles, de Sebastián Robles. Relatos. Momofuku, 2014. 212 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de agosto de 2015).

Tras las huellas de Cthulhu

Por Martín Cristal


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El mismo fragmento, del original en inglés:

Then, driven ahead by curiosity in their captured yacht under Johansen’s command, the men sight a great stone pillar sticking out of the sea, and in S. Latitude 47°9′, W. Longitude 123°43′, come upon a coastline of mingled mud, ooze, and weedy Cyclopean masonry which can be nothing less than the tangible substance of earth’s supreme terror – the nightmare corpse-city of R’lyeh, that was built in measureless aeons behind history by the vast, loathsome shapes that seeped down from the dark stars.

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Algunas notas:

1) La adaptación del relato de H. P. Lovecraft «El llamado de Cthulhu» para la versión de historieta —dibujada magistralmente por Alberto Breccia—, corrió por cuenta de Norberto Buscaglia. No creo que la confusión entre latitud y longitud deba atribuírsele a Buscaglia: es probable que él haya sido fiel a una traducción anterior que ya haya incluido ese desliz.

2) Después de mi búsqueda en Google Earth, noté que, además, los grados y minutos tampoco coinciden entre la versión castellana y el original en inglés… Para aumentar mi confusión, en Wikipedia figura que Lovecraft localizó a R’yleh «en la latitud 47º 9′ S, longitud 126º 43′ O». En el mismo artículo sobre R’iyeh, se lee que un seguidor de Lovecraft, August Derleth, «usó las coordenadas de latitud 49º 51′ S, longitud 128º 34′ O». Sin embargo, en la historieta de Breccia (y también en la 3a edición castellana de Minotauro, de 1974), ésas no son las coordenadas de la isla, sino las del encuentro e inmediato combate entre la goleta Emma y el yate Alert. En resumen: todas coordenadas distintas…

3) La máxima diferencia entre las cuatro variantes es de 2º de latitud y 4º 51′ de longitud. Esto quiere decir que, si alguno de ustedes tiene una embarcación apta y el dinero suficiente para que hagamos la travesía, deberíamos buscar a Cthulhu en una elipse de más o menos 220 x 300 kilómetros. Avisen cuándo salimos.

En resumen: todas coordenadas distintas…