Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez

Por Martín Cristal

Doce campanadas de horror contemporáneo

Mariana-Enriquez-Las-cosas-que-perdimos-en-el-fuegoCon los doce cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) corrobora su predilección por el terror. La autora garantiza un genuino conocimiento del género en cuentos como “La casa de Adela” o “El patio del vecino” (que revisitan algunos tópicos genéricos de manera impecable), o bien en “Bajo el agua negra” (que remite a un tótem mayor, H. P. Lovecraft), si bien el libro en su conjunto trasciende el mero dominio de esos engranajes y referencias.

Se destaca su gran concreción contextual. A la potencia que en sí mismo suele poseer “lo sobrenatural” en cualquier buen relato de terror, Enriquez le suma otras variedades del horror contemporáneo, para abrir ese abanico sobre escenarios palpables, reconocibles. Pueden respirar la amenaza latente de lo rural/provinciano (en La Rioja o en el Litoral) o la violencia de la gran urbe (en Constitución, Lanús y otros puntos de Buenos Aires). En cualquier caso, resultan vívidos en su detalle y fiables en la cotidianidad inicial de sus realidades.

Enriquez nos interioriza minuciosamente en esos entornos. Con ese ánimo, a su prosa fluida a veces se le percibe cierto hálito de crónica periodística; merodea el peligro de caer en un didactismo for export, pero finalmente el trabajo vale la pena: el lector se involucra en la realidad del escenario, y así acepta más fácilmente la próxima entrada en lo fantástico. Cuando Enriquez quiebra esa “normalidad” inicial, surge una fractura expuesta que horroriza, pero de la que es imposible apartar la vista.

Otro rasgo común verificable en el volumen es cierta inclinación a las desapariciones, antes que a los aparecidos (véanse “El chico sucio” o “Tela de araña”). También la elección mayoritaria de protagonistas jóvenes, casi siempre mujeres, salvo en un cuento (“Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo”). Ellas —que en la mitad de los casos son, además, narradoras en primera persona— casi siempre van cayendo en el desequilibrio psicológico. Cuando los relatos evocan una época pasada, las marcas temporales también son concretas: pueden referir a las décadas del ochenta (“Los años intoxicados”) o del setenta (“La hostería”).

Casa-tapiada

Enriquez erige atmósferas que propician el horror; muchas veces las imágenes que riega son pequeñas distracciones de prestidigitadora, que nos predisponen para el escalofrío que viene, pero que también esconden la verdadera fuente de ese miedo, a la que cada cuento se acercará en su clímax.

En resumen, el terror aquí funciona en buena parte por una saturación de indicios dispuestos con sutileza en una bandeja de realidad, que sustenta el verosímil. Eso sí: la sutileza se abandona a la hora del martirio de los cuerpos. Hay que advertir que, en esto,  Enriquez no escatima detalles ni truculencia.

¿Conserva la literatura alguna fuerza al respecto, después de años de cine gore explícito? Creo que sí. Lean estos relatos tras las doce campanadas de la medianoche, solos, en una casa vacía… y después me cuentan.

_______

Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez. Relatos. Anagrama, 2016. 200 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 5 de mayo de 2016).

Polvo de pared, de Carol Bensimon

Por Martín Cristal

Casas marcadas

Carol-Bensimon-Polvo-de-pared-ArgentinaLa brasileña Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982) fue seleccionada por la revista Granta como una de las escritoras jóvenes más relevantes de Brasil. Para los lectores más perezosos, este dato —que se repetirá forever en solapas y reseñas— quizás garantice algo en sí mismo; para los más activos, es probable que sirva como un “indicio no suficiente”. Esos lectores curiosos serán capaces de ir más allá de la avanzada automática de elogios y de las selecciones previas, para buscar los libros en cuestión y sopesarlos según la propia experiencia de lectura.

El primer libro de Bensimon es de 2008, y acaba de ser traducido al castellano —por Martín Caamaño, con voseo y fluidez— en la delicada propuesta de Dakota Editora. Se titula Polvo de pared y está compuesto por tres relatos independientes de mediana extensión. Como rasgos en común entre ellos pueden señalarse al menos dos ejes. Primero: en los tres relatos, los protagonistas son jóvenes que atraviesan experiencias de aprendizaje. Segundo: sus respectivas maduraciones están ligadas siempre a alguna edificación cercana que resulta clave.

En el primer relato (“Caja”), esa edificación es una casa modernista que se destaca del resto de las viviendas típicas de un barrio de clase media. Sólo al crecer, Alice resignificará el valor de esa casa “anormal” construida por sus padres. Así ella comprenderá mejor la distancia que separa a su generación de la de ellos; pero, sobre todo, esa revaloración le servirá de espejo cuando, al madurar, se acepte a sí misma, al desvanecerse en ella la clásica angustia adolescente por encajar en los sueños aspiracionales de su grupo etario y su clase social.

En el segundo relato (“Falta cielo”), lo que disloca el paisaje no es un estilo arquitectónico, sino la prepotencia de un flamante emprendimiento inmobiliario que se instala cerca de un pueblo chico, para modificar el paisaje y sus rutinas apacibles. Esa revolución condice con la íntima de Lina, que por las mismas fechas descubre el primer beso y las traiciones (reales y simbólicas) de las que puede ser presa el amor.

Cierra el volumen “Capitán Carpincho”, en el que Clara, aspirante a escritora, se rebela ante sus padres, abandona la carrera de Letras y va a buscar trabajo a un hotel de montaña de los años setenta, todavía en funcionamiento. La escenografía recuerda un poco al hotel Overlook de El resplandor (el propio texto lo subraya), y de a poco se percibirá que, hasta cierto punto, no es más que eso: una escenografía. A las interrelaciones entre Clara y los otros trabajadores y pasajeros del hotel, la autora las trabaja con sucesivos cambios en el punto de vista del relato, que en ciertos pasajes es el más cómico de los tres.

Carol-Bensimon

Es frecuente —y natural— que un/a autor/a joven centre sus narraciones en los conflictos de personajes igualmente jóvenes (o aun más jóvenes); menos común resulta que la mirada sobre esos conflictos ya haya alcanzado cierto grado de madurez para comprenderlos en un primer libro. En Polvo de pared, Carol Bensimon comprende a sus personajes, los trata con respeto y cariño. Sus encrucijadas tienen ese punto de “tristeza feliz” que se suele hallar en el pasaje de la adolescencia al siguiente capítulo de la vida.

En el pulso de la prosa que atraviesa a este tríptico se percibe el aliento de una novelista en ciernes. Cualquiera de estos tres relatos podría haber extendido su entramado hasta convertirse en una novela de aprendizaje (una bildungsroman), sostenida solamente por ese pulso sereno que se aparta tanto de lo telegráfico como de lo barroco. Tras este libro, Bensimon ya ha publicado dos novelas: Sinuca embaixo d’agua (2009) y Todos nós adorábamos caubóis (2013). Seguramente no pasará mucho tiempo antes de que nos encontremos con alguna de ellas traducida a nuestro idioma.

_______

Polvo de pared, de Carol Bensimon. Relatos. Dakota Editora, 2015. 120 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 22 de octubre de 2015).

Las redes invisibles, de Sebastián Robles

Por Martín Cristal

Atlas imaginario de un presente virtual

Sebastian-Robles-Las-redes-invisibles-OKSi en su clásico Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino proponía un delicioso viaje por exóticas ciudades imaginarias —descriptas por un igualmente imaginario Marco Polo—, lo que Sebastián Robles (Villa Ballester, 1979) ofrece en Las redes invisibles son diez relatos, sin una historia-marco que los contenga, pero ensartados por un claro concepto unificador: todos ellos parten de la descripción de redes sociales imaginarias.

El libro abre con una cita de Calvino sobre el infierno “social” de nuestra existencia diaria y algunas formas de sobrellevarlo; es este epígrafe el que señala la relación intencional entre los títulos de ambos libros que, por lo demás, tienen estilos marcadamente diferentes.

A los relatos de Robles se les puede aplicar sin inconvenientes la vieja y conocida sentencia de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. Cierto que el medio ahora es un libro, pero algunos de estos relatos fueron publicados previamente en internet; en cualquier caso, la constante es que el mensaje de cada relato es un medio: una nueva red social imaginada por el autor, quien suele abordar su descripción con cierto tono de arqueólogo que escribe para una revista especializada.

Robles pone a prueba su imaginación diez veces, con ímpetu parejo y suerte disímil. Los mejores cuentos del libro quizás sean aquellos en los que el autor se suelta a narrar una historia que se desprende y crece más allá de la mera descripción inicial de una red hipotética, de sus reglas y su funcionamiento. Mientras cuentos como “Mon Amour” (sobre una red social para encontrar parejas mediante un algoritmo infalible) se circunscriben casi solamente a un ejercicio puramente descriptivo, los mejores cuentos delinean personajes y desarrollan su participación con esas redes; desde ahí desatan una peripecia interesante como consecuencia de dicha participación.

Son ejemplos de esto “Tod” (el primer relato, sobre una red tipo Facebook pero que aglutina sólo a enfermos terminales que ya cuenten con un plazo de vida acreditado); “Mamushka” (el de un foro casi abstracto, con niveles sin aparente propósito, pero en los que resulta importante diferenciar el discurso propio para así subir de nivel); o “Cthulhu” (relato con centro en un blog semiabandonado, que desemboca en una actualización de la mitología lovecraftiana al reinsertar sus deidades oscuras en la deep web). Además de Lovecraft, otros referentes literarios que Robles deja ver son Philip K. Dick, con su influencia de conspiraciones paranoicas en el cuento “Hospital”; Jorge Luis Borges, en el cuento “Tlön”; y el valioso catálogo de la editorial Minotauro, mencionado por el autor en los agradecimientos del libro.

En algunos cuentos es el humor —irónico— lo que lleva adelante el relato: sucede así en “Balzac”, que narra una red social de escritores realistas (no hace falta calcular mucho para darse cuenta que, con un libro como éste, Robles se ríe de ellos parado desde la vereda de enfrente); “Animalia”, una actualización de la Rebelión en la granja de Orwell, donde la red social que aglutina a los animales no es otra que el puro lenguaje, adquirido tecnológicamente. También “Crítica”, una historia de la literatura argentina presentada como si fuera una red social.

Más allá de la valoración puntual de cada cuento (que, como siempre sucede con los libros de cuentos, seguramente variará de lector en lector), el libro se aprecia por su invitación a pensar el presente y por lo que de seguro dejará en la memoria: el sabor del concepto sencillo y atractivo que lo aglutina. Como la más interesante ciencia ficción, Las redes invisibles se preocupa menos por la prosa que por dejar servido un mapa de posibles ramificaciones mentales que prosigan en la cabeza del lector tras haber dado cuenta de la última página: el cálculo de otras implicancias que se desprendan de sus extrapolaciones. Las redes invisibles invita a imaginar otras redes sociales posibles que puedan volverse una realidad (¿o virtualidad?) cotidiana más temprano que tarde, al menos hasta que la siguiente novedad digital las hunda en el olvido.

_______

Las redes invisibles, de Sebastián Robles. Relatos. Momofuku, 2014. 212 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de agosto de 2015).

Lo mejor que leí en 2014

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2014:
|
Shakespeare-Bill-Bryson-RBAShakespeare
de Bill Bryson
(biografía)

Muy ameno, y útil
para poder confeccionar
esta infografía sobre el Bardo

|


|
Una-breve-historia-de-casi-todo-Bill-BrysonUna breve historia de casi todo
de Bill Bryson
(divulgación científica)
|
|
|
|
|
|


|
Catalogo-de-formas-Nicolas-CabralCatálogo de formas
de Nicolás Cabral
(novela breve)
Leer reseña
|
|
|
|
|
|


|
Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasLa casa de hojas
de Mark Z. Danielewski
(novela)
Leer reseña
|
|
|
|
|


|
Selected-Stories-Philip-K-DickRelatos selectos de Philip K. Dick
(Selected Stories of Philip K. Dick)
Leer reseña
|
|
|
|
|
|


|
Desciende-Moises-William-FaulknerDesciende, Moisés
de William Faulkner
(relatos)

De este libro salió el
epígrafe inicial de Mil surcos
|
|
|
|


|
El-animal-no-domesticado-Laura-Garcia-del-CastanoEl animal no domesticado
de Laura García del Castaño
(poesía)
|
|
|
|
|
|


|
Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKDos hermanos
de Milton Hatoum
(novela)
Leer reseña
|
|
|
|
|
|


|
Jorge-Ibarguengoitia-Las-MuertasLas muertas
de Jorge Ibargüengoitia
(novela)
Leer reseña
|
|
|
|
|
|


|
Francisco-Ide-Wolleter-Poemas-para-Michael-JordanPoemas para Michael Jordan
de Francisco Ide Wolleter

Se puede leer online
o descargar desde aquí
|
|
|
|
|
|


|
Annie-Leonard-La-historia-de-las-cosasLa historia de las cosas
de Annie Leonard
(ensayo de política ambiental)
Leer reseña
|
|
|
|
|
|


|
Padgett-Powell-El-sentido-interrogativoEl sentido interrogativo. ¿Una novela?
de Padgett Powell
Leer reseña
|
|
|
|
|
|
|


|
El-Numero-Thomas-Ott-Edicion-argentinaEl número 73304-23-4153-6-96-8
de Thomas Ott
(historieta)
Leer reseña
|
|
|
|
|
|


|
Amos-Oz-Contra-el-fanatismo-SiruelaContra el fanatismo
de Amos Oz
(ensayos)
Leer reseña
|
|
|
|
|


|
Kurt-Vonnegut-Barbazul-Plaza-y-JanesBarbazul
de Kurt Vonnegut
(novela)
|
|
|
|
|
|
|
|

[Ver lo mejor de 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

|

La canción de las máquinas, de Pablo Dema

Por Martín Cristal

Pablo-Dema-La-cancion-de-las-maquinasÉste es el texto que escribí para la presentación en Río Cuarto de La canción de las máquinas, de Pablo Dema (Recovecos, 2014). [A su vez, en esa misma oportunidad, Pablo se refirió a mi novela Mil surcos].

_______

A medida que el lector avanza en La canción de las máquinas —cuarto libro de cuentos de Pablo Dema (General Cabrera, 1979)— va confirmando que sus once relatos se afirman en una “unidad de lugar”. El escenario común de sus ficciones es la ciudad de Río Cuarto, por supuesto, pero más específicamente la plaza Mójica, como centro de su universo narrativo, y también como su modelo. Presa en su rotonda, la plaza es circular; el libro también propone un viaje circular si se leen sus relatos en el orden propuesto por el autor. Otra correspondencia: bajo la plaza, al menos en la ficción de Pablo (ignoro si es así en realidad), funciona un conjunto de pasadizos subterráneos que comunican con otras casas o zonas aledañas. Del mismo modo, los relatos de este libro también presentan “pasadizos” entre ellos. Esas conexiones pueden ser los ya mencionados escenarios comunes, pero también el hecho de que, por ejemplo, un personaje secundario de algún relato aparezca luego como protagonista de algún otro. Son pequeñas marcas que cohesionan al libro de cuentos, que lo armonizan como conjunto.

La distancia temporal necesaria para la buena escritura —ese poder de evocación fría que recomendaba Quiroga—, Dema la ejerce no sólo en descripciones minuciosas sino además en varios instantes de pausada reflexión que son la marca de estos relatos y que constituyen los puntos más altos del libro (en especial si discurren sobre la enseñanza y el aprendizaje, temas que Pablo conoce bien por su experiencia como docente). Uno de sus profesores-narradores dice: “Todo esto que voy recordando se llena de matices y adquiere definición ahora que lo examino con tranquilidad”.

Es una de las tantas observaciones certeras que aparecen en el autoexamen implacable que los personajes de este libro hacen de sí mismos. En todos los casos, la concisa profundidad de estas interpolaciones sorprende por el redescubrimiento de situaciones que nos son comunes a todos, pero que aquí son tratadas con una meticulosidad que arroja nueva luz sobre viejos temas. “Había encontrado un libro en el que las cosas aparecían por fin nítidas”, dice el narrador del cuento “Un pozo de luz”. La nitidez del pensamiento es un atributo de este libro.

Libro-de-dema

Paso a comentar algunos de los cuentos. El primero que leí, hace tiempo ya, se titula “Roque Santeiro”: salió en la revista online No-retornable, en un número que antologaba autores de Córdoba, donde Pablo y yo tuvimos el gusto de coincidir. En “Roque Santeiro”, dos hermanos visitan a su padre en la cárcel; el hermano que narra, dice lo siguiente: “La escuela, la clínica, la cárcel, siempre el mismo dolor de estómago cuando entro en esos lugares”. La equivalencia que establece esta enumeración comunica bien cómo es considerada en estas páginas la escuela (un escenario crucial en este libro). No es aquí el lugar edificante donde los jóvenes se entregan sin más a las potencialidades de un aprendizaje sano y seguro, deseado, sino un lugar que incluso es capaz de provocar dolor, un territorio donde los alumnos tienen que defenderse de la coerción institucional mediante el ejercicio pertinaz y consciente de la abulia.

Una de las preocupaciones recurrentes en este libro es la situación de los jóvenes, especialmente de los marginales, tanto en su relación con el sistema educativo como con la ciudad y la sociedad toda. La escritura, el dibujo o la música, si bien no son salidas para esa marginalidad, ofrecen —en el desahogo de sus expresiones— un paliativo, un instante de liberación. No mucho más: los narradores de Dema en este libro no logran sobreponerse a una desilusión vital que los acecha en cada esquina, sólo atinan a mitigar esa desilusión por la vía de comprenderla, de pensarla minuciosamente, en sus causas, en sus circunstancias. En “Roque Santeiro” —el cuento del que empezamos hablando—, el narrador escucha que “en la radio suena una canción en la que alguien dice que los caminos de la vida no son los que él pensaba ni los que él creía que eran”. Al leer ese pasaje recordamos de inmediato la voz de Vicentico, pero también pensamos, por ejemplo, en el personaje de Patricia Arquette en la reciente obra maestra de Richard Linklater, Boyhood, cuando se quiebra y confiesa la desilusión de haber creído, alguna vez, que en la vida habría “algo más”.

Aporto esta referencia externa de Boyhood desde el menú de mis recuerdos cinematográficos, pero La canción de las máquinas trae sus propias marcas cinéfilas. Esto es evidente en el título de otro cuento, “Mulholland Restaurant”, en clara referencia a la película de David Lynch, Mulholland Drive. Este cuento trepa desde una cita en un restaurante hasta una situación dramática muy atractiva: el reencuentro con alguien conocido pero en un ámbito distinto, lo cual motiva que se trastoquen los roles de autoridad. Este mecanismo reaparecerá en el último relato del libro, titulado “El pupilo” (lo comentaremos después).

La referencia a Lynch también funciona como aviso temprano para la plástica estructura narrativa que mostrarán ese último cuento y también otro llamado “Coma alcohólico”. Éste es el primero de los cuentos del libro cuya atmósfera podríamos llamar “rara”; opera mediante transiciones rápidas entre las escenas que lo componen, las cuales se articulan por una continuidad no siempre lógica, siguiendo más bien la dinámica del sueño o de la borrachera.

En el universo narrativo de Dema, la fatalidad y la inexorabilidad de la muerte se imponen a las eventuales alegrías que sus personajes puedan tener. A nadie se le escapa que, ante un instante de gozo, la muerte sólo tiene que sentarse a esperar que el tiempo pase. Cierta amargura recubre como una patina incluso los instantes más tiernos del libro. Sin embargo, en el cuento “La indómita luz” —titulado según un verso de “Rezo por vos”, esa canción preciosa que grabaron Spinetta y García, y de la que en este libro se hace una interpretación impecable—, cuando acontece, en dicho relato, una tragedia que ya es inmodificable, surge el mensaje que pudo prevenirla en su momento, y ese mensaje era defender la vida. La muerte campea en La canción de las máquinas, sí, pero el pesimismo natural del libro es confrontado por Dema en este cuento. Que la vida vale la pena, en especial la de los jóvenes, es algo que a ellos sí está dispuesto a decirles, lo crea verdad o lo crea mentira, y más allá de que en este cuento el narrador llegue tarde para hacerlo.

Dos cuentos, “El desengaño” y “La Madre Soltera”, exploran abiertamente cuestiones “de clase” (no de clase en el aula, sino de clase social). En el primero aparece una vergüenza de clase que desencadena una especie de complejo de inferioridad, aunque finalmente brindará herramientas para emanciparse del mandato familiar. En “La Madre Soltera” seguimos el drama de una mujer condenada a la soledad, el agotamiento y la alienación. Ella y los demás personajes del cuento se nos presentan como arquetipos. La ambigüedad en el manejo del tiempo y el espacio es magistral; es, en cuanto a su forma, el cuento más redondo del libro, uno que puede ser leído prescindiendo de la red de conexiones que agrupa a los demás. Por esto mismo no me sorprendería verlo extractado en alguna antología, más adelante.

Si hasta este cuento, que es el anteúltimo, el libro puede leerse de un tirón, les recomiendo hacer una pausa antes de acometer la lectura del último cuento, “El pupilo”. No sólo porque es notoriamente más largo que el resto, lo que quizás requiera que uno tome cierto envión antes de empezarlo, sino porque este relato final es una caja de sorpresas hecha de veloces transiciones entre ámbitos disímiles, un poco como si se comprimieran muchos cuentos dentro de uno. En “El pupilo”, el libro se permite ensanchar el abanico de estrategias narrativas que venía mostrando. Aquí Dema puede pasar de un futurismo satírico a la parodia borgeana (agregándole en ambos casos una cuota de humor al libro).

También puede bucear en un onirismo casi religioso —el combate contra un ángel, que recuerda al episodio bíblico de Jacob en la escalera—, y de ahí mudarse al realismo más puro y duro, de vuelta en el ámbito educativo y reencontrando todos los leitmotiv del libro: la unidad de lugar, cierta angustia vital, la observación del adolescente como sujeto o víctima de la violencia, el aula como mirador de la cuestión social y la sorpresa de un alumno reencontrado en un contexto nuevo, que otra vez trastoca las jerarquías. El “pupilo” del cuento puede ser lógicamente el alumno, pero también el maestro, si se entiende que el verdadero aprendizaje es para él (que hasta se vuelve pupilo de boxeo en su poético sueño de lucha contra el ángel).

Para cerrar este esbozo, completo la rotonda y vuelvo al primer cuento, que es el que da título al libro, “La canción de las máquinas”. Acerca de la plaza Mójica cuando se la mira con el Google Earth, en ese cuento se dice lo siguiente:

“Desde arriba se veía como un disco gris con manchones verdes y marrones; pero ahora, desde acá abajo, en la plaza misma, todo se multiplica y adquiere nitidez, mejor dicho, nos damos cuenta de todo lo que se borra a la distancia y de lo engañosos que son los planos generales del mundo”.

Esa distancia que media entre una plaza que recorremos caminando sin prisa y la representación de esa misma plaza en los mapas satelitales, es la misma distancia que media entre la lectura morosa de un libro y su presentación en reuniones como ésta. Queda en ustedes, entonces, acercarse al libro y recorrer sus cuentos como quien pasea por una plaza y elige demorarse bajo la copa de aquellos árboles que lo atraen por su aire distinto, por su sombra o por sus pájaros. Bajo la frondosidad de su prosa podrán sentarse a pensar en todos los temas que proponen las historias que cuenta Pablo Dema.

Mil surcos: hoy, en Río Cuarto

|
Dema-Cristal-2014
Presentación doble en Río Cuarto:
Mil surcos de un servidor + La canción de las máquinas
de Pablo Dema (cuentos, Ed. Recovecos, 2014). 21 horas en
La Tintorería Japonesa, Constitución 947, Río Cuarto.

Lo mejor que leí en 2013

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2013:

Rascacielos-J.G.BallardRascacielos
de J. G. Ballard
(novela)
Leer reseña

|
|
|
|

Alessandro-Baricco-Mr-GwynMr Gwyn
de Alessandro Baricco
(novela)
Leer reseña

|
|
|

Isidoro-Blaisten-AnticonferenciasIsidoro-Blaisten-Cuando-eramos-felicesAnticonferencias y
Cuando éramos felices
de Isidoro Blaisten
(artículos)

|
|
|

Alejo-Carbonell-Sendero-luminosoSendero luminoso
de Alejo Carbonell
(poesía)

|
|
|

Junot-Diaz-Asi-es-como-la-pierdesAsí es como la pierdes
de Junot Díaz
(relatos)
Leer reseña

|
|
|
|

Los-ultimos-Katja-Lange-MullerLos últimos
de Katja Lange-Müller
(novela)
Leer reseña

|
|
|

La-comemadre-Roque-LarraquyLa comemadre
de Roque Larraquy
(novela)
Leer reseña

|
|
|

Stanislaw-Lem-SolarisSolaris
de Stanislaw Lem
(novela)
Leer reseña

|
|
|

Alejandro-Lopez-keres-cojer-guan-tu-fakkeres cojer? = guan tu fak
de Alejandro López
(novela)

|
|
|
|

Yasmina-Reza-ArteArte
de Yasmina Reza
(teatro)

|
|
|
|

Damian-Rios-El-verde-recostadoEl verde recostado
de Damián Ríos
(poesía)

|
|
|

Francis-Scott-Fitzgerald-El-Gran-GatsbyEl gran Gatsby
de F. Scott Fitzgerald
(novela)

|
|
|
|

Conversaciones-con-mario-levrero-silva-olazabalConversaciones con Mario Levrero
de Pablo Silva Olazábal
(entrevista)
Leer reseña

|
|

Robert-Silverberg-Muero-por-dentroMuero por dentro
de Robert Silverberg
(novela)
Leer reseña

|
|

Kurt-Vonnegut-Desayuno-de-campeonesDesayuno de campeones
de Kurt Vonnegut
(novela)

|
|
|

Laura-Wittner-La-tomadora-de-cafeLaura-Wittner-Balbuceos-en-una-misma-direccionLa tomadora de café y
Balbuceos en una misma dirección, de Laura Wittner
(poesía)

|
|
|

[Ver lo mejor de 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

|

August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser

Por Martín Cristal

Instrumentos de precisión fantástica

Steven-Millhauser

Puede que hoy sea más rápido ubicar a Steven Millhauser (Nueva York, 1943) por ser el autor del relato en el que se basó la película El ilusionista que por trabajos anteriores como su novela Martin Dressler —ganadora del Pulitzer— o el tríptico Pequeños reinos (ambos libros publicados en castellano por la editorial Andrés Bello). Si se lo busca actualmente por las librerías argentinas, pueden encontrarse al menos dos obras más: la novela breve August Eschenburg (Interzona, 2005) y los cuentos de Risas peligrosas (Circe, 2010).

Steven-Millhauser-August-Eschenburg Millhauser sitúa muchas de sus historias en el salto del siglo XIX al XX. El fervor cientificista y los recursos técnicos de esa época le permiten imaginar toda clase de invenciones de corte steampunk (como se le llama a la corriente de la ciencia ficción cuyo imaginario se despliega desde esa “era del vapor”). August Eschenburg, por ejemplo, es la historia de un alemán de esos años que sobresale por la construcción de muñecos mecánicos, autómatas capaces de movimientos cada vez más delicados. Su habilidad sorprende al público,
al menos mientras éste no se distrae con las otras novedades que ofrece la época. Con bella precisión, Millhauser nos hace meditar sobre las diferencias entre arte y artesanía, sobre lo efímero del interés social dispensado a ciertas prácticas, sobre el gusto estético como una construcción colectiva y mutante, prisionera de su tiempo, y también sobre la amenaza permanente del fracaso y el sinsentido vital. El libro integra la colección Línea C, dirigida por Marcelo Cohen, quien también se ocupó de traducirlo.

Steven-Millhauser-Risas-PeligrosasSi bien es más reciente, Risas peligrosas quizás sea más difícil de conseguir. Abre con “El ratón y el gato”, un cuento muy distinto del resto; en él, Millhauser le inyecta un hálito reflexivo a las habituales rencillas entre Tom y Jerry. La Parte II, “Actos de desaparición”, reúne cuatro historias que transcurren en la actualidad. La más memorable es “La desaparición de Elaine Coleman”. Apartado del triste y ominoso sentido histórico que la palabra “desaparición” tiene en la Argentina, el cuento propone que la presencia de los otros es una construcción de la que todos somos responsables: nuestra pertinaz indiferencia podría erosionar la existencia de una persona. También se destacan el cuento que titula al conjunto, donde la potencia de la risa es explorada como una moda pasajera entre adolescentes, y el impecable “Historia de un trastorno”, que desnuda lo inútil del lenguaje para dar cuenta de la profunda vastedad de lo real, un poco como lo hacía el Funes borgeano.

Borges y también Calvino sobrevuelan la Parte III, “Arquitecturas imposibles”. La pueblan los extremos de lo enorme (cúpulas que cubren ciudades enteras, o torres babélicas construidas por varias generaciones de obreros)[*] y de lo pequeño (las obras infinitesimales del maestro miniaturista de un antiguo reino, o los ínfimos detalles que cuidan unos “duplicadores” que, a diario, reproducen los cambios de una ciudad entera en otra cercana e idéntica).

La última parte, “Historias heréticas”, vuelve al siglo XIX y a personajes como Eschenburg: miembros de una Sociedad Histórica que intentan conservar cada bagatela del presente en aras de su futuro estudio; un precursor del cine que no consigue el movimiento mediante la fotografía, sino con la pintura; un grupo de científicos que intenta perfeccionar una máquina que reproduzca hasta las sensaciones táctiles más finas…

Es el amor por los detalles lo que caracteriza la prosa de Steven Millhauser. Esa atención por lo preciso y lo exacto incluso se vuelve su tema en aquellos relatos donde los personajes destilan una obsesión similar por la minucia trabajada y pulida hasta la locura, aunque luego descubran que sus empresas conducen a callejones sin salida.

_______

Risas peligrosas, de Steven Millhauser. Relatos. Circe, 2010. 288 páginas. | August Eschenburg, de Steven Millhauser. Nouvelle. Interzona (Línea C), 2005. 98 páginas. | Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de junio de 2013).

 

[*] Este cuento, “La torre”, nos recordó inevitablemente a otro cuento de Ted Chiang, “La torre de Babilonia” , el cual preferimos sobre el de Millhauser.

Lo mejor que leí en 2012

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2012:

.

HellraiserEl corazón condenado (Hellraiser),
de Clive Barker
novela breve

|
|
|
|

Fun Home,
de Alison Bechdel
historieta
Leer reseña

|
|
|

El hombre en el castillo,
de Philip K. Dick
novela
Leer reseña

|
|
|
|

Leer reseñaEl mal menor,
de C. E. Feiling
novela
Leer reseña

|
|
|
|

Mujeres,
de Elvio E. Gandolfo
relatos
Leer reseña

|
|
|
|

El proyecto Lázaro,
de Aleksandar Hemon
novela
Leer reseña

|
|
|
|

El mapa y el territorio,
de Michel Houellebecq
novela
Leer reseña

|
|
|
|

Plop,
de Rafael Pinedo
novela breve
Leer reseña

|
|
|
|

La afirmación,
de Christopher Priest
novela
Leer reseña

|
|
|
|

Aún sin reseña aúnKlezmer (Vol. I, II y III),
de Joann Sfar
historieta
Leer reseña

|
|
|
|

Hombres salmonela en el planeta Porno,
de Yasutaka Tsutsui
relatos
Leer reseña

|
|
|
|

Vonnegut-cuna-de-gatoCuna de gato,
de Kurt Vonnegut
novela

|
|
|
|

GalápagosGalápagos,
de Kurt Vonnegut
novela

|
|
|
|
|

Matadero Cinco,
de Kurt Vonnegut
novela
Leer reseña

|
|
|
|

[Ver lo mejor de 2011 | 2010 | 2009]

|

Cacería, de María Teresa Andruetto

Por Martín Cristal

Cacería es el título “mondadorizado” de lo que puede leerse como una edición ampliada de Todo movimiento es cacería, colección de cuentos que María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, Córdoba, 1954) publicara originalmente con el sello cordobés Alción. A los ocho cuentos incluidos en aquella edición de 2002, aquí se suman otros cinco, en perfecta armonía con los anteriores. Respecto del cambio de título, no me consta si la iniciativa fue de la autora o si se trató de una sugerencia del editor; si éste fuera el caso y por si Mondadori tuviera en mente reeditar alguna vez a Hemingway o a Proust, quisiera dejar asentado en actas que Campanas no es un mejor título que Por quién doblan las campanas, ni Tiempo resulta más pregnante y conmovedor que En busca del tiempo perdido.

“Todo movimiento es cacería” es un verso de Amelia Biagioni que Andruetto eligió para abrir el cuento del mismo nombre. Es el primer relato del libro, y su clave es… Seguir leyendo en El lince miope

Fundación y Fundación e imperio, de Isaac Asimov

Por Martín Cristal

1. Fundación

El comienzo-problema de Fundación de Asimov, como impulsor del relato, me pareció interesante. El psicohistoriador Hari Seldon, que opera desde Trántor —el planeta-capital
de un Imperio galáctico—, combina el estudio de las Matemáticas con el de la Historia. Mediante un manejo casi perfecto del cálculo probabilístico, Seldon es capaz de razonar el futuro comportamiento de las masas, y así prevé, con altísimo grado de certeza, la inevitable caída del Imperio. Seldon le pone fecha y todo; volverá la barbarie y durará milenios… salvo que se siga su plan. El psicohistoriador no puede impedir la caída del Imperio, pero esa barbarie milenaria podría ser mucho más breve, casi un mal pasajero, si se hace lo que él propone: crear una Fundación, oculta en una esquina del sistema planetario; conformada por la crema del mundo científico, la Fundación se abocará en un principio a la construcción de una Enciclopedia Galáctica que conserve el conocimiento de la humanidad, para que éste no se pierda tras la caída del Imperio. Así podrá contrarrestarse la barbarie y reducir su reinado de oscuridad a apenas algunos siglos, hasta una posterior restauración.

El impulso de ese planteo —que vuelve “científico” el viejo tema narrativo del oráculo y sus espejismos— me duró mientras leía las tres primeras partes (“Los psicohistoriadores”, “Los enciclopedistas” y “Los alcaldes”); en la cuarta (“Los comerciantes”), mi interés decayó por el mecanicismo argumental de la serie. Y es que, si bien el planteo de esta popularísima saga de Isaac Asimov es poderoso, después nos será repetido machaconamente en cada capítulo, un defecto cuyo origen seguramente nace en la publicación original por entregas, que se veía obligada a actualizar a los nuevos lectores sobre el concepto inicial de la obra. En el conjunto de la llamada Trilogía de la Fundación, ya fusionada en un único volumen —donde no han sido editadas esas actualizaciones repetidas— el efecto resulta hartante.

En Fundación, Asimov no invierte en la construcción interior de los personajes (como si lo hace, por ejemplo, Frank Herbert en Dune, cuyo primer tomo leí al abandonar esta trilogía asimoviana; como escritor, Herbert me pareció muy superior). Quizás Asimov renunció a esforzarse en esa inversión debido a los amplísimos saltos temporales que hay entre las partes, elipsis centenarias que impiden que un personaje pueda reaparecer vivo en la parte siguiente. Por esta razón o por la que sea, lo cierto es que en este Asimov no hay nada del investment of character que J. J. Abrams nos recomienda apasionadamente para cualquier ficción (aun si la batuta la llevan los efectos o los elementos fantásticos, como en su serie Lost).

Así, los personajes de Fundación se perciben como meros peones en sucesivos dilemas lógicos apenas disfrazados de narración. Esta sensación de que el problema a resolver tiene más peso que el propio relato de la búsqueda de una solución —es decir, que el relato es apenas un ejemplo animado para comprender la abstracción de dicho dilema—, es algo que ya había detectado en los cuentos de Yo, robot, del propio Asimov, los que en su momento también me parecieron meras ilustraciones de paradojas lógicas. Sin embargo, en aquellos cuentos, por ser más breves, el frío provocado por la frazada corta de ese camuflaje narrativo se me hizo más tolerable.

La estrategia discursiva principal de Asimov en Fundación es el diálogo, pero en esto el autor tampoco se muestra muy sutil. Los intercambios entre los personajes son agobiantes declamaciones sobre intrigas y encrucijadas históricas, centradas en detectar fallas y descartar cursos de acción posibles, para así hallar el más conveniente en cada crisis. Las nuevas intrigas palaciegalácticas y políticas —que pueden ser tan aburridas como las del Episodio II de Star Wars— y los engaños que suceden a esas discusiones siempre se resuelven al final de cada parte, como en un relato policial clásico.

En suma, el libro se vuelve una narración mecánica, bastante monótona. Luego de tres partes, esa monotonía queda desnuda en su sentido seriado, y ahí el interés comienza a decaer. Quizás esta lectura mía sólo se deba a que, tras unos pocos libros, la space opera y la ciencia ficción hard se han ido perfilando como una de las variantes que menos me atraen dentro del género.

2. Fundación e imperio

[Atención: spóilers].

En el segundo libro de la trilogía, Fundación e imperio, Asimov subsana lo de la discontinuidad de los personajes, ya que aparece un grupo de ellos que persiste de un capítulo a otro. En lo dramático, el golpe magistral en este segundo libro es el de cancelar la ilusión de “éxito asegurado” de esa misión transgeneracional iniciada en el primer libro. El plan perfecto de Hari Seldon, que parecía destinado al triunfo, aquí se revela como falible, abriendo las posibilidades de la trama.

La aparición mística y amenazadora del Mulo es refrescante como elemento desestabilizador de la imperturbable lógica seldoniana, pero la “intriga” de cuál es su verdadera identidad se ve venir a media legua: es muy previsible, porque cede y cede ante la sospecha de que responde a la fórmula de “en el más débil se esconde el más poderoso”. (En El señor de los anillos, por ejemplo, éste es uno de los temas centrales: cada ser es vital para el equilibrio del todo, por lo que no hay ningún ser insignificante; así, la Tierra Media debe esperar que su destino sea resuelto por el viaje de un minúsculo hobbit).

La apertura del final hacia la búsqueda de la Segunda Fundación —tal el nombre del tercer libro de la trilogía— seguramente logrará su propósito de revivir la intriga sobre la continuación de la saga para muchos lectores, pero en mi caso no consiguió que remontara mi creciente desagrado por el estilo trabado y mecánico de Asimov. Esos diálogos —formales, repetitivos, llenos de planteos que vuelven a recapitularse cada vez sólo para agregar un término más a la ecuación lógica que el autor construye tras cada crisis histórica— me fueron cargando de impaciencia al negarme otro disfrute que no fuera el de “descubrir” o “adivinar” soluciones para esos problemas planteados, como si en vez de estar leyendo una novela, estuviera resolviendo un sudoku de 895 páginas. Con todo el dolor del mundo (es sólo una forma de decir, en realidad) decidí no leer las 300 de Segunda Fundación, al menos por ahora. Quizás me arrepienta y termine la Trilogía alguna vez. Hari Seldon seguramente ya calculó que la mayoría de los lectores lo hace.

Mapamundi + La casa del admirador: reseña doble

.
[…] Los cuentos de Mapamundi son un flash: fotografías complejas de varias capitales del mundo hechas desde una perspectiva bien argentina, pero que muestra cada rincón del planeta de una manera tan singular como atrapante. […] “Viajar: aprender a desprenderse”, escribe Cristal, y acierta y estira ese concepto a varios de los textos del libro. Estos siete viajes juegan con las leyes temporales, con los límites espaciales, con las voces y las entonaciones, y si bien podrían sólo divertir o entretener, terminan siendo más intrigantes que otra cosa. Disparadores de preguntas, de nuevas vivencias.

El juego ocupa un lugar más secundario en la trama de La casa del admirador, donde si bien sigue habiendo un intento por desmontar las reglas del lenguaje –como en toda apuesta ambiciosa–, ese esfuerzo es menos lúdico y más conceptual, casi teórico. Acá el novelista cordobés apuesta fuerte, y se mete con uno de esos escritores a los que muchos temen sugerir por el peso de su nombre. El escritor cordobés se mete con Borges. Con el viejo Borges, sí, ese al que tantos no se animan a leer. Porque la casa de ese admirador no es otra cosa que la mansión de un tipo que está desquiciado por Borges y su obra, por el personaje y la creación. Un loco lindo, sí, pero un obsesivo espeso, bien rompe bolas, interesantísimo. […]


Benjamín Uribe
, en Ay Mag, revista digital
de arte, diseño, tecnología y tendencias.
Córdoba, miércoles 18 de julio de 2012.

Leer la reseña completa

La historia de tu vida, de Ted Chiang

Por Martín Cristal

Ted Chiang (EE.UU., 1967) reunió en La historia de tu vida sus primeros ocho relatos de ficción especulativa, casi todos publicados en revistas entre 1991 y 2002. Con ellos, este autor —que publica a cuentagotas— cosechó varios de los premios que galardonan a la mejor ciencia ficción. Son destacables la frescura del enfoque para cada tema y la inteligencia de los planteos que conducen cada trama, transportados por una prosa llana y amena. Aquí sintetizo el disparador de cada relato, sin quemar sus argumentos.

El libro abre con “La torre de Babilonia”, un
vívido relato en primera persona sobre la construcción de aquella mítica obra arquitectónica; su tono de fábula antigua lo distancia un poco del resto del libro. Mejor y más representativo resulta “Comprende”: narra la irrefrenable expansión de la inteligencia de un hombre cuyo cerebro, dañado después de un accidente, ha sido reconstruido y potenciado mediante una nueva droga. Si hace poco viste Sín límites (Limitless; Neil Burger, 2011) y te pareció que la peli desperdiciaba una buena idea por falta de profundidad —al fin y al cabo, la “inteligencia total” de su protagonista apenas le alcanza para hacerse rico y obtener poder, como si más allá de esos primeros objetivos los problemas metafísicos no terminaran siendo un desafío mayor para cualquier mente excelsa—, Chiang demuestra con este relato cuánto más lejos se puede llegar con el mismo concepto.

El núcleo duro del libro se compone de tres relatos que abrevan en las ciencias de los números y las letras. “Dividido entre cero” reexplora el tópico del matemático cuya propia genialidad se inclina hacia la locura, lo que lo lleva a cortar lazos con los demás; esto recuerda un poco a las películas Una mente brillante (A Beautiful Mind; Ron Howard, 2001) o La prueba (Proof; John Madden, 2005). En “La historia de tu vida”, una lingüista contratada para aprender el idioma de unos aliens recién llegados a la Tierra, le va contando a su hija el curso de sus vidas entrelazadas; los saltos adelante y atrás del relato quedan justificados por la nueva concepción del tiempo que ella abraza tras comprender el extraño sistema lingüístico de los extraterrestres. “Setenta y dos letras” es una sinuosa amalgama de autómatas victorianos, permutaciones cabalísticas, homúnculos, gólems y clonación genética.

En forma de ensayo, el brevísimo “La evolución de la ciencia humana” discurre sobre un salto en la historia del conocimiento, el cual dejaría atrás a buena parte de la humanidad, incluidos los mismos científicos. “El Infierno es la ausencia de Dios” pasa de la ciencia a la religión (cristiana): en un mundo contemporáneo en que los milagros son la práctica habitual de unos ángeles gigantescos —tan misericordiosos como destructores—, pueden distinguirse las fatalidades causadas por Dios de las que son obra del puro azar. La paradoja de tener que seguir amando a (y creyendo en) un ser superior capaz de dañarnos y quitárnoslo todo, obliga al protagonista a una difícil prueba: la de intentar acercarse a ese mismo Dios que mató a su mujer. Chiang entiende su cuento como una reescritura crítica de la historia de Job. Dice el autor en sus notas:


Para mí, una de las cosas menos satisfactorias del Libro de Job es que, al final, Dios recompensa a Job. Dejen a un lado la cuestión de si los nuevos hijos pueden compensar la pérdida de los anteriores. ¿Por qué Dios le devuelve algo a Job? ¿Por qué ese final feliz? Uno de los mensajes básicos de ese libro es que la virtud no siempre es recompensada; que a las buenas personas les suceden cosas malas. Job finalmente acepta esto, probando su virtud, y por consiguiente es recompensado. ¿No les parece que esto debilita el mensaje?

Me parece que al Libro de Job le faltó el valor de sus convicciones: si el autor estuviera realmente comprometido con la idea de que la virtud no siempre recibe su recompensa, ¿no creen que el libro debería haber terminado con un Job absolutamente desposeído de todo?

Cierra “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Con una fluida estructura de documental televisivo (la cual recuerda un poco a la segunda parte de Los detectives salvajes), se alternan los testimonios de distintas personas a favor y en contra de un experimento: la “calistenia”, que consiste en eliminar, con una sencilla operación quirúrgica, la conexión cerebral entre la percepción y el reconocimiento de la belleza física. Las posiciones ideológicas y las consecuencias que Chiang extrapola de esa posibilidad son ricas y variadas.

Como los extras de un DVD, el libro se completa con una jugosa serie de comentarios del autor para cada cuento [de ahí tomamos la cita sobre Job]. La historia de tu vida no es fácil de conseguir en las librerías argentinas: podés comprarlo en alguna megalibrería virtual, pedirlo en el website de la editorial o —si no queda más remedio— rastrearlo por la gran tela de araña digital, ahí donde todavía no ha sido apedreada por el FBI. Yo no lo haría, pero ésta es la historia de tu vida, no de la mía.

_______
La historia de tu vida, de Ted Chiang. Relatos. Bibliópolis, Madrid, 2004. 256 páginas. Con otra versión de esta reseña, recomendamos este libro en el número 22 de la revista Ciudad X (abril de 2012).

El hombre imposible, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Mientras que en Fiebre de guerra nos impresionaban sobre todo tres relatos por la forma en que estaban estructuradas sus respectivas narraciones, en El hombre imposible —colección de cuentos que data de 1966— lo que prevalece es la calidad del estilo. (La traducción de Marcial Souto sin duda colabora en esta apreciación). El libro en su conjunto quizás sea menos impactante, pero la prosa de Ballard ya demuestra poseer esa capacidad para volver vívido cualquier paisaje mental, por más árida o difícil que pueda parecer su elucubración. El del estilo es, sin duda, uno de los factores principales por los que el autor terminó por fusionar esas panorámicas terminales y desoladoras con el nuevo adjetivo que ahora las abarca, el cual deriva de su propio nombre: lo ballardiano.

Los relatos agrupados son ocho (en la edición —Minotauro, 1972—, el título del segundo cuento falta del índice). Abre el conjunto “El gigante ahogado”, que narra el hallazgo del cadáver de un gigante en la playa cercana a una ciudad costera.


Yacía de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en una actitud de reposo, como si estuviese dormido sobre el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le reflejaba en el agua y el cuerpo resplandecía a la clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave marina.

En este cuento, tan cerca del fantástico como de la ciencia ficción, Ballard supera con timón firme todas las previsiones del lector, esa lista que siempre empieza por los lugares comunes que uno ruega que el texto no transite. Así, el gigante no revive para temor de los pobladores que curiosean sobre su cuerpo tendido, ni éstos terminan siendo los habitantes de Lilliput (ni el muerto, Gulliver). El cuerpo muerto simplemente se va volviendo parte del paisaje al paso tranquilo de una prosa exquisita.

La playa es uno de los paisajes favoritos de Ballard. Esto se verifica en el cuento “El parque temático más grande del mundo” (en Fiebre de guerra), o en Playa terminal, colección de cuentos anterior a El hombre imposible; y también en el segundo cuento de este libro, titulado “La jaula de los reptiles”, menos impactante que el primero. En este relato, una pareja de viejos toma sol en una playa atestada de gente a más no poder, mientras una vaga amenaza cobra cuerpo en el cielo.

Las aves se vuelven peligrosas (y enormes) en “Pájaro de tormentas, soñador de tormentas”. Aunque el contexto del relato es muy diferente, cuesta no pensar en Los pájaros de Hitchcock, estrenada tres años antes de la publicación de este libro. En “La Gioconda del mediodía crepuscular” también aparecen unas gaviotas que alteran la paz de Richard Maitland, quien acaba de ser operado de la vista. Con sus ojos vendados y en una casa aislada, Maitland experimentará una de esas extrañas bilocaciones que Cortázar supo explotar en cuentos como “Lejana” o “La noche boca arriba”.

El ritmo del libro decae con El delta en el crepúsculo —con su arqueólogo herido, celoso y loco—, y más todavía en “El día eterno” que —tal cual— se hace interminable. Este cuento transcurre en una ciudad abandonada en África, donde el tiempo casi se ha detenido para favorecer un crepúsculo sin fin, y donde los sueños y la realidad parecen tener un punto de contacto firme. La sensación de cuento que quiere ser novela pero no termina de decidirse, es la misma que en “Memorias de la era espacial”, uno de los cuentos más largos de Fiebre de guerra, el cual también transcurre en una geografía dañada, con el paso del tiempo empantado casi por completo.

“Tiempo de pasaje” es uno de los mejores cuentos del libro, a pesar de que su idea central es un juego con el tiempo que resulta algo trillado: narrar la vida de un hombre de la tumba a la cuna, como si ése fuera el flujo normal de la existencia. El primer indicio de extrañeza es, en la primera página, una lápida con las fechas invertidas: James Falkman, 1963-1901. Si esta biografía en rewind resulta memorable y uno de los mejores cuentos del libro (junto con el del gigante) es por su ajustada ejecución.

Cierra el libro el cuento que le da título, “El hombre imposible”, que reflexiona sobre la cirugía reparadora, los transplantes, la donación de órganos, la prolongación artificial de la vida y la relación entre cuerpo y espíritu. Si somos cuerpo y alma, ¿qué o cuánto dejamos de ser al reemplazar una o más partes de nuestro cuerpo por las de otra persona? A su modo, Ballard aplica la paradoja del Barco de Teseo al cuerpo humano. El título del cuento adelanta una pista acerca de por qué la población anciana, poco a poco, va prefiriendo no prolongar su vida con transplantes.

Fiebre de guerra, de J. G. Ballard

Por Martín Cristal

Fiebre de guerra es el último libro de cuentos de J. G. Ballard (1930-2009). Se publicó en 1990, pero se tradujo al castellano recién un año antes de la muerte del autor. Quienes solemos padecer las traducciones españolas, agradecemos la buena factura de Javier Fernández y David Cruz en esta primera edición.

Entre estos catorce cuentos hay tres que se destacan por su forma, sin que ésta sea su único atractivo. “Respuestas a un cuestionario” dosifica cien respuestas a un interrogatorio policial, cuyas preguntas no figuran; infiriéndolas, se deduce el relato de un crimen y una catástrofe nacional. “El índice” nos informa del extravío de la autobiografía de H. R. Hamilton, un megalómano impresentable. Lo único que queda de esa autobiografía es su índice analítico; el cuento no es más que ese listado alfabético de nombres, hechos y lugares, pero con él puede reconstruirse la vida entera de Hamilton  (de hecho, “megalómano” e “impresentable” son rasgos que se desprenden de esa reconstrucción). En “Notas hacia un colapso mental”, un paciente psiquiátrico sólo alcanza a escribir el título de una declaración sobre el asesinato de su mujer; enseguida ese título es analizado palabra por palabra, en notas que desovillan una trama enfermiza.

Mente prodigiosa para un género en el que la imaginación es central, Ballard también le aportó a la ciencia ficción una pluma de gran calidad. Sólo unos pocos cuentos —como “Amor en un clima más frío” (sobre el sexo obligatorio en una época post-sida) o “El parque temático más grande del mundo” (el cual vuelve a la playa, uno de los paisajes predilectos del autor)— resultan demasiado expositivos en su manera de presentar sus ideas-fuerza, y se pasan rápidamente porque no proponen la vivacidad y el juego inteligente de los otros.

Salvando esa minoría, el libro rebosa de situaciones provocativas. En el cuento “Fiebre de guerra”, ensaya una inversión de roles (como la de los bomberos incendiarios de Bradbury): los Cascos Azules de la ONU alientan un combate interminable en una Beirut de laboratorio. “La historia secreta de la Tercera Guerra Mundial” es el testimonio del único ciudadano que logró apartarse de la TV y atestiguar un intercambio nuclear entre EE.UU. y la URSS: una guerra que no superó los cinco minutos de duración. “El espacio enorme” y —sobre todo— “Informe sobre una estación espacial no identificada” trabajan sobre los conceptos de Infinito y Universo, un poco como Borges en “La biblioteca de Babel”. En “Cargamento de sueños”, un barco derrama desechos tóxicos en una islita del Caribe: el efecto principal es una extrañísima mutación de fauna y flora; el secundario, un cuento alucinante (literalmente).

Encuentro entre Ballard y Borges en los años setenta. Foto de Sophie Baker.
Fuente: www.cccb.org.

Un lindo detalle de la edición de Berenice: arriba del pie de imprenta aparece la definición de “ballardiano” según el Collins English Dictionary. El término aglutina una modernidad distópica, paisajes desoladores creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo social, tecnológico o ambiental. Ésos son exactamente los síntomas de la fiebre que contagia este libro, a los que podríamos sumarles también el condimento de dos o tres locos mesiánicos que siempre se las arreglan para conseguir seguidores.

_______
Con una versión más corta de la presente reseña, recomendamos este libro en el número 16 de la revista Ciudad X (octubre de 2011).