Mapas literarios. Tierras imaginarias de los escritores, por Huw Lewis-Jones (ed.)

Por Martín Cristal

Locos por los mapas

La edición de Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores es lujosa: trae 167 ilustraciones a color en un señor papel de 21 x 30 cm, con tapas enteladas y sobrecubierta. Puede resultar muy cara para el pauperizado bolsillo argentino; sin embargo, a quienes les fascinen los mapas de tierras imaginarias (o reales pero no del todo exploradas) sin duda este libro les parecerá irresistible.

Su compilador es Huw Lewis-Jones (Inglaterra, 1980), historiador de la exploración y doctor por la Universidad de Cambridge. También es director de arte, editor y autor de otros libros relacionados con la exploración del Ártico, el Everest y la Antártida.

Dos docenas de autores —incluido él mismo— aportan ensayos histórico-filosóficos, crónicas y memorias personales sobre el asunto de los mapas. Están, entre otros, David Mitchell (El atlas de las nubes), Cressida Cowell (Cómo entrenar a tu dragón), Philip Pullman (La materia oscura, trilogía base para la película La brújula dorada) y Brian Selznick (La invención de Hugo Cabret). También diseñadores como Miraphora Mina o Daniel Reeve, responsables de los mapas en las películas de Harry Potter o El hobbit, respectivamente.

Mapa de la Tierra Media para la película de El señor de los anillos. Daniel Reeve hizo un pequeño cambio respecto del original de los libros: “El golfo de Lune, en Eriador, ahora guarda un ligero parecido con el puerto de Wellington, en Nueva Zelanda”, país donde se filmó la película (Reeve es neozelandés) [pág. 164 del libro].

No es un tratado exhaustivo sobre la cartografía; el conjunto de los textos resulta más variopinto que sistemático (por ejemplo hay algunos conceptos que se repiten a lo largo del libro). La ventaja es que así el lector circula por sus páginas con total libertad, zigzagueando entre los artículos, salteándose alguno según su curiosidad o hilando la lectura desde la exploración preliminar de las ilustraciones.

Porque, por muy interesante que sean algunos textos (o descubrir que aquella idea borgeana del mapa en escala 1:1 ya estaba en la última novela de Lewis Carroll), la verdadera gloria de este libro son los mapas. Entre los ficcionales muestra un grabado de 1518 con la isla Utopía, de Tomás Moro. Hay un corte de los círculos dantescos pintado en pergamino por Botticelli. Están la isla de Crusoe, tal como apareció en la edición de 1720, y el mapa del tesoro de Stevenson y el que Rider Haggard incluyó en Las minas del rey Salomón. El condado de Yoknapatawpha dibujado por Faulkner, y el plano del estanque Walden, de Thoreau. La hojita de una libreta en la que Jack Kerouac dibujó los viajes de En el camino. El bosque de Winnie The Pooh (¡creado en 1926!), la Neverland de Peter Pan, el reino de Oz y el mapa que abría las historietas de Astérix.

Y Terramar, de Úrsula K. Le Guin. Y los Siete Reinos de George R. R. Martin. Y muchas versiones de Ásgard, de Narnia y de la Tierra Media de Tolkien. Y dos portentosas infografías sobre Moby Dick y Huckleberry Finn. Incluso los mapas de juegos de rol como el primigenio Calabozos y dragones tienen su lugar en este libro, en la medida en que también son ficciones (interactivas).

Infografía (portrait map) sobre la novela Moby Dick, de Herman Melville. Diseño de Everett Henry realizado en 1956 para “una imprenta que deseaba presumir de sus tintas de alta calidad”. Ese mismo año se había estrenado la versión fílmica de la novela, con Gregory Peck como el Capitán Ahab [pp. 30-31 del libro].

Todos estos mapas ficcionales —algunos no incluidos en las ediciones de los libros, sino tomados de los cuadernos donde los autores pergeñaron sus obras— se alternan con otros históricos, de territorios verdaderos. Esa intercalación evidencia como el mapa imaginario intenta pasar por real —de ahí que haya autores de ficción que basan sus territorios fantasy en mapas carreteros actuales—, pero también cómo los mapas reales siempre incorporaron elementos imaginarios, al menos antes de arribar a la frialdad práctica del GPS y Google Maps. El mundo se exploraba sobre el terreno, sin satélites y paso a paso; siempre quedaban zonas por descubrir. ¿Qué dibujar ahí?

Según Aldo Leopold, “para aquellos que no tienen imaginación, un lugar en blanco en el mapa es un desperdicio; para los demás es la parte más valiosa”. Una palabra que rima con “misteriosa”, pero también con “peligrosa”.

Así, en su mapamundi del siglo XVI, Abraham Ortelius escribe, sobre todo el continente blanco del sur: terra australis nondum cognita (“tierra austral todavía no conocida”).

Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelius (1570). Uno de los mapas más conocidos del siglo XVI. “En el sur hay un continente enorme basado en mitos y rumores” [pp. 24-25 del libro].

Ortelius también rodea a su volcánica Islandia con monstruos marinos amenazantes, basándose en historias danesas y cuentos tradicionales. La leyenda “aquí hay dragones” (hic sunt dracones) se consignaba en esas zonas misteriosas de los mapas antiguos para decir: cuidado, este lugar está inexplorado. De él sólo tenemos mitos y leyendas.

Con el título original de The Writer’s Map, este deslumbrante compendio de Lewis-Jones se editó simultáneamente en varios idiomas. No debe ser confundido con otro libro vistoso para la mesita del living. Mapas literarios es un viaje fascinante por los territorios de la abstracción y por la abstracción de los territorios.

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Mapas literarios: tierras imaginarias de los escritores, edición de Huw Lewis-Jones. Blume, 2018. 256 páginas. Con una versión más corta del presente artículo, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 24 de febrero de 2019).

A qué edad escribieron sus obras clave los grandes novelistas

Por Martín Cristal

“…Hallándose [Julio César] desocupado en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro [Magno], y se quedó pensativo largo rato, llegando a derramar lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría ser, les dijo: ‘Pues ¿no os parece digno de pesar el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos, y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?’”.

PLUTARCO,
Vidas paralelas

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Me pareció interesante indagar a qué edad escribieron sus obras clave algunos novelistas de renombre. Entre la curiosidad, el asombro y la autoflagelación comparativa, terminé haciendo un relevamiento de 130 obras.

Mi selección es, por supuesto, arbitraria. Son novelas que me gustaron o me interesaron (en el caso de haberlas leído) o que —por distintos motivos y referencias, a veces algo inasibles— las considero importantes (aunque no las haya leído todavía).

En todo caso, las he seleccionado por su relevancia percibida, por entender que son títulos ineludibles en la historia del género novelístico. Ayudé la memoria con algunos listados disponibles en la web (de escritores y escritoras universales; del siglo XX; de premios Nobel; selecciones hechas por revistas y periódicos, encuestas a escritores, desatinos de Harold Bloom, etcétera). No hace falta decir que faltan cientos de obras y autores que podrían estar.

A veces se trata de la novela con la que debutó un autor, o la que abre/cierra un proyecto importante (trilogías, tetralogías, series, etc.); a veces es su obra más conocida; a veces, la que se considera su obra maestra; a veces, todo en uno. En algunos casos puse más de una obra por autor. Hay obras apreciadas por los eruditos y también obras populares. Clásicas y contemporáneas.

No he considerado la fecha de nacimiento exacta de cada autor, ni tampoco el día/mes exacto de publicación (hubiera demorado siglos en averiguarlos todos). La cuenta que hice se simplifica así:

[Año publicación] – [año nacimiento] = Edad aprox. al publicar (±1 año)

Por supuesto, hay que tener en cuenta que la fecha de publicación indica sólo la culminación del proceso general de escritura; ese proceso puede haberse iniciado muchos años antes de su publicación, cosa que vuelve aún más sorprendentes ciertas edades tempranas. Otro aspecto que me llama la atención al terminar el gráfico es lo diverso de la curiosidad humana, y cuán evidente se vuelve la influencia de la época en el trabajo creativo.

Recomiendo ampliar el gráfico para verlo mejor.

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Ver más infografías literarias en El pez volador.
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Fundación y Fundación e imperio, de Isaac Asimov

Por Martín Cristal

1. Fundación

El comienzo-problema de Fundación de Asimov, como impulsor del relato, me pareció interesante. El psicohistoriador Hari Seldon, que opera desde Trántor —el planeta-capital
de un Imperio galáctico—, combina el estudio de las Matemáticas con el de la Historia. Mediante un manejo casi perfecto del cálculo probabilístico, Seldon es capaz de razonar el futuro comportamiento de las masas, y así prevé, con altísimo grado de certeza, la inevitable caída del Imperio. Seldon le pone fecha y todo; volverá la barbarie y durará milenios… salvo que se siga su plan. El psicohistoriador no puede impedir la caída del Imperio, pero esa barbarie milenaria podría ser mucho más breve, casi un mal pasajero, si se hace lo que él propone: crear una Fundación, oculta en una esquina del sistema planetario; conformada por la crema del mundo científico, la Fundación se abocará en un principio a la construcción de una Enciclopedia Galáctica que conserve el conocimiento de la humanidad, para que éste no se pierda tras la caída del Imperio. Así podrá contrarrestarse la barbarie y reducir su reinado de oscuridad a apenas algunos siglos, hasta una posterior restauración.

El impulso de ese planteo —que vuelve “científico” el viejo tema narrativo del oráculo y sus espejismos— me duró mientras leía las tres primeras partes (“Los psicohistoriadores”, “Los enciclopedistas” y “Los alcaldes”); en la cuarta (“Los comerciantes”), mi interés decayó por el mecanicismo argumental de la serie. Y es que, si bien el planteo de esta popularísima saga de Isaac Asimov es poderoso, después nos será repetido machaconamente en cada capítulo, un defecto cuyo origen seguramente nace en la publicación original por entregas, que se veía obligada a actualizar a los nuevos lectores sobre el concepto inicial de la obra. En el conjunto de la llamada Trilogía de la Fundación, ya fusionada en un único volumen —donde no han sido editadas esas actualizaciones repetidas— el efecto resulta hartante.

En Fundación, Asimov no invierte en la construcción interior de los personajes (como si lo hace, por ejemplo, Frank Herbert en Dune, cuyo primer tomo leí al abandonar esta trilogía asimoviana; como escritor, Herbert me pareció muy superior). Quizás Asimov renunció a esforzarse en esa inversión debido a los amplísimos saltos temporales que hay entre las partes, elipsis centenarias que impiden que un personaje pueda reaparecer vivo en la parte siguiente. Por esta razón o por la que sea, lo cierto es que en este Asimov no hay nada del investment of character que J. J. Abrams nos recomienda apasionadamente para cualquier ficción (aun si la batuta la llevan los efectos o los elementos fantásticos, como en su serie Lost).

Así, los personajes de Fundación se perciben como meros peones en sucesivos dilemas lógicos apenas disfrazados de narración. Esta sensación de que el problema a resolver tiene más peso que el propio relato de la búsqueda de una solución —es decir, que el relato es apenas un ejemplo animado para comprender la abstracción de dicho dilema—, es algo que ya había detectado en los cuentos de Yo, robot, del propio Asimov, los que en su momento también me parecieron meras ilustraciones de paradojas lógicas. Sin embargo, en aquellos cuentos, por ser más breves, el frío provocado por la frazada corta de ese camuflaje narrativo se me hizo más tolerable.

La estrategia discursiva principal de Asimov en Fundación es el diálogo, pero en esto el autor tampoco se muestra muy sutil. Los intercambios entre los personajes son agobiantes declamaciones sobre intrigas y encrucijadas históricas, centradas en detectar fallas y descartar cursos de acción posibles, para así hallar el más conveniente en cada crisis. Las nuevas intrigas palaciegalácticas y políticas —que pueden ser tan aburridas como las del Episodio II de Star Wars— y los engaños que suceden a esas discusiones siempre se resuelven al final de cada parte, como en un relato policial clásico.

En suma, el libro se vuelve una narración mecánica, bastante monótona. Luego de tres partes, esa monotonía queda desnuda en su sentido seriado, y ahí el interés comienza a decaer. Quizás esta lectura mía sólo se deba a que, tras unos pocos libros, la space opera y la ciencia ficción hard se han ido perfilando como una de las variantes que menos me atraen dentro del género.

2. Fundación e imperio

[Atención: spóilers].

En el segundo libro de la trilogía, Fundación e imperio, Asimov subsana lo de la discontinuidad de los personajes, ya que aparece un grupo de ellos que persiste de un capítulo a otro. En lo dramático, el golpe magistral en este segundo libro es el de cancelar la ilusión de “éxito asegurado” de esa misión transgeneracional iniciada en el primer libro. El plan perfecto de Hari Seldon, que parecía destinado al triunfo, aquí se revela como falible, abriendo las posibilidades de la trama.

La aparición mística y amenazadora del Mulo es refrescante como elemento desestabilizador de la imperturbable lógica seldoniana, pero la “intriga” de cuál es su verdadera identidad se ve venir a media legua: es muy previsible, porque cede y cede ante la sospecha de que responde a la fórmula de “en el más débil se esconde el más poderoso”. (En El señor de los anillos, por ejemplo, éste es uno de los temas centrales: cada ser es vital para el equilibrio del todo, por lo que no hay ningún ser insignificante; así, la Tierra Media debe esperar que su destino sea resuelto por el viaje de un minúsculo hobbit).

La apertura del final hacia la búsqueda de la Segunda Fundación —tal el nombre del tercer libro de la trilogía— seguramente logrará su propósito de revivir la intriga sobre la continuación de la saga para muchos lectores, pero en mi caso no consiguió que remontara mi creciente desagrado por el estilo trabado y mecánico de Asimov. Esos diálogos —formales, repetitivos, llenos de planteos que vuelven a recapitularse cada vez sólo para agregar un término más a la ecuación lógica que el autor construye tras cada crisis histórica— me fueron cargando de impaciencia al negarme otro disfrute que no fuera el de “descubrir” o “adivinar” soluciones para esos problemas planteados, como si en vez de estar leyendo una novela, estuviera resolviendo un sudoku de 895 páginas. Con todo el dolor del mundo (es sólo una forma de decir, en realidad) decidí no leer las 300 de Segunda Fundación, al menos por ahora. Quizás me arrepienta y termine la Trilogía alguna vez. Hari Seldon seguramente ya calculó que la mayoría de los lectores lo hace.