Fabricar historias [Building Stories], de Chris Ware

Por Martín Cristal

Rompecabezas de una vida ordinaria

Por sus dimensiones, la caja de Fabricar historias parece la de un juego de mesa. Incluso una de las piezas gráficas que contiene es un tríptico en cartoné forrado, similar al de un tablero de juego… pero no es eso, sino otro engranaje en una maquinaria narrativa apabullante: una historieta madura, de altísima complejidad, que se expande en 14 cuadernillos, revistas, diarios y folletos de distintos formatos. Esa abundancia de lujos impresos provoca tal excitación al abrir la caja que, en YouTube, pueden verse videos de fans que se filmaron a sí mismos en ese preciso momento. Por ejemplo:

Su autor integral, Chris Ware (EE.UU., 1967), es a la narrativa historietística lo que James Joyce a la literatura: un experimentador formal y un explorador de la naturaleza humana. Aunque para los amantes de las historietas Ware sea ineludible, se entiende que todavía no sea del todo conocido para el público (argentino) en general: sus libros, importados desde España, son caros y llegan en poca cantidad.

“Fabricar historias” es sólo un sentido del título original, Building Stories; otro sería “pisos de un edificio”. Eso —un viejo edificio de Chicago— estructura uno de los cuadernos, que podría tomarse por el inicio de la historia, aunque nada obliga a empezar por ahí. Vemos sus tres pisos en una perspectiva isométrica; los espiamos por las ventanas, o gracias a toda una pared ausente, que —como la “cuarta pared” teatral— nos deja atestiguar cómo viven sus habitantes. Una anciana (la dueña); una pareja que oscila entre la pelea y la reconciliación; y una chica con una prótesis en una pierna: el personaje principal.

Este primer cuaderno pudo leerse por entregas, los domingos de 2005 y 2006, en The New York Times (otros fragmentos de la obra aparecieron también en prestigiosas publicaciones como The New Yorker, McSweeney’s, o The Chicago Reader). El resto de la caja profundiza en la vida de esa chica anónima. “¿No puede haber [un libro] sobre gente normal, con vidas corrientes?”, se pregunta ella en un cuadrito donde Ware justifica sus propios intereses.

El estilo es el que el autor ha depurado para todas sus historietas: colores casi sin degradés, trazo limpio y línea cerrada, obediente de la síntesis geométrica. Ésta se extrema en los dos cuadernillos dedicados a las fábulas de una abejita: Branford, personaje infantil y alivio cómico cuya “historia dentro de la historia” no comparte del todo el tono del material restante.

La hondura del tratamiento temático, los layouts —variables, a veces cercanos al diagrama infográfico— y el pequeñísimo cuerpo que puede adoptar la tipografía obligan a una lectura detenida, cercana. Detalles como un prendedor pueden reaparecer, cargados de sentido y fatalidad, muchas páginas después. Esto —y los saltos temporales, y las ramificaciones de la trama— hacen que el término “novela gráfica” (que no preferimos sobre “historieta”) resulte, a pesar de todo, muy útil para definir este trabajo de Ware.

Una página muestra a la protagonista bastante mayor, contándole a su hija sobre un sueño en el que se veía a sí misma con “su libro”, que alguien había publicado:

“Lo tenía todo… mis diarios, los relatos de mis cursos de escritura, incluso cosas que no sabía que había escrito…”. […] “Todas las ilustraciones […] eran tan precisas y nítidas que era como si las hubiese dibujado un arquitecto… eran tan coloridas e intrincadas…”. “Y no era, no sé, tampoco era un libro en realidad, sino… trozos, como si cayeran libros de un cartón…”.

Más que un juego de mesa, entonces, Fabricar historias de Chris Ware es un rompecabezas: el de la vida de una chica sin nombre y sin media pierna, que apela a la introspección para capear sus inseguridades, sus insatisfacciones y el temporal grisáceo de una soledad muy parecida a la de todos nosotros.

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Fabricar historias, de Chris Ware. Historieta. Penguin Random House (Reservoir Books), 2014 [2012]. Caja con 14 cuadernillos de diversos formatos. Recomendamos este libro-objeto en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 11 de agosto de 2019).

Nuevo libro: edición española de Aplauso sin fin

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La Institución Cultural El Brocense de Cáceres, España, editó Aplauso sin fin, mi nouvelle ganadora del Premio Cáceres de Novela Corta 2017. Esta es la contratapa:

Arturo Ibarra, el protagonista de Aplauso sin fin, es un poeta olvidado que sobrevive como carpintero en un rincón de las sierras de Córdoba, Argentina. Ya en su vejez se le presenta una última oportunidad para volver a mostrar sus versos en público y ser, de nuevo, “poeta ante los otros”. Sin embargo, a cada lectura pública que ofrece, va menos y menos gente… Esa tendencia alcanza un punto que fuerza ciertos límites naturales y provoca un cataclismo, tanto en la intimidad de Ibarra como en el entramado de lo real.

De esta obra (ganadora por unanimidad del Premio Cáceres de Novela Corta 2017), la presidenta del jurado, Elvira Lindo, destacó su escritura “sencilla con toques realistas”, en un relato que, de pronto, “levanta el vuelo hacia lo fantástico”.

Con esa precisa configuración, esta novela de Martín Cristal se muestra poco a poco como una fábula breve sobre el valor de los afectos, la vanidad en el arte y las molestias de la fama.

Leer un fragmento

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En la Argentina, esta edición ya se consigue en seis librerías de Córdoba Capital (El Espejo, Rubén, Volcán Azul, Quade, Librería del Palacio y Séptimo Arte Videoteca); por envíos por Correo Argentino a otros puntos del país, favor de contactarse por aquí. Interesados en conseguir el libro en España, favor de contactarse con el servicio de publicaciones y convocatorias de El Brocense.

 

Premio de Novela Corta de la Diputación de Cáceres para Aplauso sin fin

Contentísimo con la noticia: mi novela Aplauso sin fin ganó el Premio de Novela Corta de la Diputación de Cáceres (España). El jurado, presidido por Elvira Lindo, se expidió en una gala el jueves 8 de junio. En esta edición se presentaron cien novelas enviadas desde todas las comunidades de España, además de otros países como Argentina, Cuba, Uruguay, Colombia, Estados Unidos y México.

En la siguiente nota cuento un poco de qué va la novela:
[clic para ampliar]

(La nota salió en la edición en papel del suplemento “Vos” —La Voz, Córdoba, 10/06/17—; levanté la imagen desde Pressreader).

Otros enlaces de prensa:

Las ostras, ahora también en e-book

Las-Ostras-en-ebook

Ahora la novela también está disponible
en versión electrónica

(en formato .epub, a un precio accesible y sin DRM)

En Amabook de Argentina

En Amabook de México

En Amabook de España

Ver otros Amabook
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En papel puede conseguirse desde
el sitio de Caballo Negro Editora.

Judíos y moros en el Quijote

Por Martín Cristal

En el Capítulo VIII de la Segunda Parte, Sancho Panza opina que los historiadores deberían hablar bien de él en sus libros, ya que él es sin dudas un buen hombre; para probar esto, argumenta de un modo acorde a su lugar y época:


“…creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia católica romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí, y tratarme bien en sus escritos…”.

Ya en el siglo XV España había sido barrida por Tomás de Torquemada (1420-1498) y la Santa Inquisición, la cual —a fines de ese mismo siglo— forzó a los judíos a abandonar el territorio español, si bien algunos permanecieron ocultando su origen bajo apellidos castizos. El Quijote, cuya acción transcurre a principios del siglo XVII, no contiene otra referencia a los judíos más que ésta.

En cambio, la obra sí menciona varias veces a los moros. La novela de Cervantes muestra claramente el conflicto entre moros y cristianos en el Capítulo XLI de la Primera Parte. Cuando el cautivo Ruy Pérez y los demás fugitivos de África desembarcan en territorio español, Zoraida y un renegado van vestidos como árabes; un joven cristiano se topa con ellos y “como él los vió en hábitos moros, pensó que todos los de la Berbería estaban sobre él, y […] comenzó a dar los mayores gritos del mundo, diciendo: —Moros, moros hay en la tierra; moros, moros, arma, arma”, llamando así a la defensa contra lo que el joven creía una invasión del enemigo.

Cervantes muestra respeto por la cultura árabe al elegir para su ficción a un integrante de esa cultura, el “sabio moro” Cide Hamete Benengeli, para que figure nada menos que en el papel de autor del manuscrito original; tampoco menoscaba la persona ni la belleza de Zoraida cuando la describe en el Capítulo XXXVII de la Primera Parte (si bien el personaje deberá convertirse a la fe de “Lela Marién”, la Virgen María), ni las de Ana Félix (mora cristiana también) en el capítulo LXIII de la Segunda.

A pesar de esto, son notables en el Quijote los prejuicios respecto de los moros, generalizaciones que corresponden con el odio católico de la época. “De los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas”, se desconsuela don Quijote al enterarse que el autor de su historia es un moro (Capítulo III, Segunda Parte).

En el Capítulo LIV, Sancho se niega a ayudar a Ricote, un morisco que ha vuelto a España de incógnito para buscar su capital enterrado. Sancho le niega su ayuda a pesar de que Ricote es un ex vecino y de que ambos acaban de compartir su comida y vino en medio del campo: “…por parecerme haría traición á mi rey en dar favor á sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes doscientos escudos, me dieras aquí de contado cuatrocientos […] no quiero: conténtate que por mi no serás descubierto”. No delatarlo: eso es todo lo que Sancho está dispuesto a hacer por su ex vecino, a pesar de la alegría manifiesta del reencuentro.

A mi juicio, Cervantes no consigue que resulten verosímiles los argumentos con los que Ricote defiende la justicia del exilio morisco decretado por los reyes católicos: “…que me parece que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución […], y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro…” [La exposición sigue sobre los dolores del exilio, más verosímiles]. Es Cervantes quien alaba al rey, no Ricote; habla el autor, no su personaje. Cervantes tampoco logra que yo le crea cuando el mismo personaje, al reaparecer en el Capítulo LXV, alaba la “heroica resolución del gran Felipe III”. Por momentos, Ricote habla como si se olvidara por completo de su propio origen (que es moro, por muy bautizado que esté). Me resulta inverosímil, sobre todo si se considera que sus interlocutores —como Sancho— no olvidan ese origen ni jamás lo aceptan del todo.