Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Por Martín Cristal

La noche de los muertos vivientes

George Saunders (Texas, 1958) ya era reconocido como uno de esos cuentistas que en cada relato varían las formas narrativas, poniendo a prueba sus límites y desafiando al lector. Algunos de esos experimentos pueden leerse en libros como Guerracivilandia en ruinas, Pastoralia o Diez de diciembre.

Cerca de sus sesenta años, Saunders —que enseña escritura creativa en la Universidad de Syracusa, Nueva York, donde en su momento fue alumno de Tobias Wolff— se probó al fin en el terreno de la novela con Lincoln en el Bardo. En 2017, el libro ganó el prestigioso premio Booker (a la mejor novela escrita en inglés y publicada en Inglaterra).

Saunders basa su libro en un hecho histórico, sobre el que agrega capas y capas de imaginación. El hecho: la muerte, con sólo 11 años, del hijo de Abraham Lincoln, justo cuando el presidente norteamericano enfrenta la Guerra Civil. Abrumado por la pena, Lincoln visita la tumba de su hijo a solas, en una noche de febrero de 1862.

Pero el “Lincoln” del título no es Abraham, sino su hijo, Willie; y el “bardo” en el que se encuentra no refiere a ningún quilombo (ni a ninguna otra de las acepciones que en la Argentina le damos a esa palabra), sino a un concepto del budismo tibetano: el Bardo es el estado astral intermedio del alma entre su muerte y su reencarnación.

Dicho concepto, mezclado con la cosmovisión cristiana —imposible no pensar en el Limbo dantesco—, resulta en un relato coral cautivante, que opera en un “más allá” con reglas propias.

La novela intercala dos planos narrativos: por un lado, los hechos terrenales, históricos, agrupados mediante un collage de citas bibliográficas (verdaderas e inventadas); y, por otro lado, los relatos de ese más allá en el que Willie ahora escucha las historias de otras almas. Son muertos que no admiten su condición de tales, y cuyas voces se alternan como en un texto teatral (salvo que se indica quién habla al final de cada parlamento, y no al principio).

En 108 capítulos breves y brevísimos, Saunders ensambla cientos de parlamentos. Algunos son torrenciales; otros, no van más allá de un tweet. Esa alternancia de voces muertas hace de Lincoln en el Bardo una actualización de la centenaria Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Aquí el cementerio es el de Oak Hill, en Washington.

Una especulación metafísica, pero también las pérdidas, el luto, los anhelos que duran más que las vidas truncas; el maltrato que nos prodigamos entre los seres humanos; el amor paterno-filial; la vida pública y privada de un hombre público, sus responsabilidades entreveradas en los dos ámbitos; las infinitas versiones que compondrán, luego, la biografía de ese gran hombre y la historia de su país… esos y otros temas transita esta novela, llena de compasión y ternura por sus personajes, al punto de resultar conmovedora (sin por eso estar exenta de humor).

Dos planos de la existencia y una sola noche —¿con luna o sin ella?—, le bastan a Saunders para ofrecernos un hermoso alarde de inventiva y fabulación.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders. Seix Barral, 2018. Novela, 440 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 4 de noviembre de 2018).

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Sin segundo nombre, de Lee Child

Por Martín Cristal

Una vida en busca de problemas

En 2017, Blatt & Ríos publicó Noche caliente, primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina. Traía dos historias cortas del héroe infalible que protagoniza todos los best-sellers mundiales de Child: el ex policía militar —y actual vagabundo en busca de problemas— llamado Jack Reacher.

Si se suman Noche caliente y el flamante Sin segundo nombre (con diez historias más, traducidas con igual eficacia por Aldo Giacometti) se obtienen los cuentos completos de Child-Reacher. Relatos de corta y mediana extensión que husmean en los intersticios de la vida del personaje: anécdotas que no se cuentan en las 23 novelas que abarcan sus aventuras (dos de ellas fueron llevadas al cine, con Reacher dentro del cuerpo —demasiado escaso— de Tom Cruise).

Quizás Child sea un mago de sólo dos trucos, pero no son dos trucos menores, y él los maneja muy bien: 1) el uso del suspenso y la intriga; 2) un estilo telegráfico que impulsa la acción —y la lectura— a máxima velocidad. Resultado: entretenimiento puro.

A grandes rasgos, la vida del duro Reacher se puede dividir en tres etapas: su niñez y juventud que, como hijo de un marine, transcurrieron en distintas bases militares del mundo (de hecho él nació en Berlín, en 1960); luego sus 13 años de servicio como policía militar, entre 1983 y 1996; y de ahí hasta el presente, su larga etapa como vagabundo libérrimo, que recorre Estados Unidos en ómnibus —sólo ocasionalmente vuela sobre los océanos—, sin más equipaje que un cepillo de dientes y sin más destino que los problemas.

Con esas coordenadas, el lector puede ubicar los cuentos de Sin segundo nombre aun sin conocer la biografía detallada de Reacher. Se encontrará con una de las primeras escaramuzas de su niñez, en una base de Okinawa; el chico tiene 13 años pero ya habla como el adulto que sus fans conocen (esta cualidad inalterable del personaje puede no gustar, pero fuera de eso el cuento es bueno). Otras derivas —encarcelamientos injustos, operativos contra espías, problemas en bares con mafiosos o secuestradores, la calculada asistencia a un fugitivo o la desinteresada a otros que lo pasan mal bajo la nieve— lo llevan por Maine, Nueva York, Washington, California, e incluso hasta Essex, Inglaterra. No faltan las peleas cuerpo a cuerpo ni las deducciones instantáneas y (casi) infalibles.

En un cuento le preguntan: “¿Es usted una persona ética, señor Reacher?”. “Hago lo que puedo”, responde él. En otro alguien lo tilda de psicópata: “¿Te refieres a si creo que me parece bien hacer lo que hago y después no sentir remordimientos? […] Entonces sí. Soy medio psicópata”. “Los viejos hábitos son duros de matar”, asegura en otra historia. Reacher nunca abandona el café ni la observación paranoica de quienes lo rodean.

En otros relatos dice que “cada día trae algo nuevo” y que “una cosa lleva a la otra”. Estas frases resumen la filosofía de un aventurero fuerte y confiado, con habilidades naturales o aprendidas, pero siempre bien dispuesto a enfrentar todo lo que el camino le depare.

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Sin segundo nombre. 10 historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2018. Relatos, 392 páginas. Traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de septiembre de 2018).

Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran

Por Martín Cristal

Quince de los grandes

Talking Jazz: una historia oral compila entrevistas a quince personalidades de este género musical. El índice del libro de verdad impresiona. Sólo podría señalarse que en este conjunto de entrevistas —amables y bien llevadas por Ben Sidran (Chicago, 1943)— los grandes ausentes son los contrabajistas y los guitarristas, aunque algunos entrevistados sí se refieran a ellos de vez en cuando (sobre todo a los primeros).

El resto de los roles habituales en las bandas de jazz están bastante bien equilibrados en cantidad y calidad: tres trompetistas (Miles Davis, Wynton Marsalis y Don Cherry); tres saxofonistas (Sonny Rollins, Michael Brecker y Johnny Griffin); tres pianistas (Herbie Hancock, Keith Jarrett y Horace Silver); cuatro bateristas (Art Blakey, Max Roach, Paul Motian y Mel Lewis); un ingeniero de sonido (Rudy Van Gelder); y una compositora, cantante y multiinstrumentista (Carla Bley; hubiera sido interesante contar también con el testimonio de más vocalistas).

Hoy más de la mitad de estas grandes figuras ya ha fallecido; Sidran las entrevistó en su programa de radio de los años ochenta, Sidran on Record. Por entonces él ya tenía una carrera como músico; quizás por eso es aceptado enseguida como un interlocutor válido. El ida y vuelta también es fértil porque Sidran conoce bien la obra de quien está entrevistando.

En confianza, los músicos revisan anécdotas e influencias; comparten sus ideas sobre música y jazz; revelan cómo compusieron o grabaron algunas piezas clave, y cómo fueron evolucionando sus intereses, su aprendizaje y la búsqueda de su propio sonido. También comparan viejas épocas con el presente, confiesan las miserias del negocio alrededor de la música, señalan el cisma que significó la llegada del rock y comentan los cambios introducidos por los avances tecnológicos.

Música: sobre eso se centran estos diálogos. Incluso un asunto habitual como el del consumo de drogas en el jazz —el gran antecedente del reviente en el rock— no se menciona más que al pasar una sola vez.

Sonny Rollins cuenta cómo largó todo para irse con su saxofón a practicar sobre un puente de Nueva York. Miles Davis explica por qué su forma de tocar debía ser fácil de entender por la gente, y por qué no vuelve nunca a las canciones clásicas. Herbie Hancock resume su ascenso jazzístico en la suerte de haber estado en el lugar indicado en el momento indicado, y da ejemplos de eso. Art Blakey cuenta cómo elegía a sus músicos para integrar sus inoxidables Jazz Messengers, y también cómo y por qué se debe tratar bien al público. Don Cherry narra desde los días en que trabajaba en una aerolínea hasta su descubrimiento de la world music en África del Norte.

Paul Motian refiere su amistad y su colaboración con Bill Evans, y defiende su preferencia por las baterías pequeñas. Wynton Marsalis explica su compromiso con la tradición, y relaciona jazz con música clásica. Horace Silver asegura que la música tiene propiedades sanadoras, y cuenta sus ideas para desarrollarla en tal sentido. Michael Brecker habla de sus inicios en sociedad con su hermano Randy (de paso: alguna vez ambos tocaron juntos en la banda de Frank Zappa). Max Roach condensa la historia temprana del jazz, y señala a la batería como “el único instrumento surgido de la cultura estadounidense”.

Johnny Griffin cuenta cómo, antes de llegar al saxofón, tocar el oboe le salvó la vida. Carla Bley asegura que su vida empezó de verdad cuando abandonó su casa y manejó de California a Nueva York sólo para ver a Miles Davis. Mel Lewis valora la herencia de las big bands y reniega de los sintetizadores y las máquinas de ritmo. Rudy Van Gelder revela a cuentagotas algunos detalles de la creación del mítico “sonido Blue Note”. Keith Jarrett se pone espiritual y habla de ese “estado” tan particular  y misterioso al que un músico tiene que llegar cuando toca jazz en vivo.

Todo eso —y mucho más— hay en este libro.

Las relaciones profesionales y de amistad entre los músicos afloran constantemente en la conversación: quién formó parte de qué banda, con quiénes y cuándo; dónde tocaban, qué discos grabaron y cómo. Nadie se priva de alardear de su “genealogía jazzística”: son sus propias credenciales. En la lectura, tanto name-dropping puede resultar fascinante (para los conocedores) como cansador (para los demás).

Más allá de ese detalle, lo que emana de esos cruces es la inequívoca sensación de comunidad artística, de enseñanza mutua y de creación colectiva. Un permanente estado de ebullición, que surge en especial de los testimonios de los músicos más viejos.

El volumen puede leerse como si tratase de arte en general; o de música en general; o bien, centrándose específicamente en el jazz. Para esta última forma de leerlo, puede que este libro resulte desaconsejable para los no iniciados en el género (a ellos quizás les convenga buscar primero algún otro que cartografíe estilos y etapas históricas).

En cambio, para los viejos amantes del jazz, o incluso para aquellos que han comenzado a explorarlo hace poco, este libro no sólo es recomendable, sino fundamental por lo que ofrece: el testimonio vivo y de primera mano de varias personalidades —en su mayoría, centrales— de un género musical tan popular como complejo, cuya riqueza le aportó muchísimo a buena parte de la música del siglo XX.

 

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Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran. Entrevistas. Letra Sudaca-ICM, 2017. 288 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 1º de abril de 2017).

Personal, de Lee Child

Por Martín Cristal

Más aventuras para un héroe infalible

En 2017, cuando Blatt & Ríos publicó Noche caliente —el primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina—, vaticinamos que el grupo editorial que tenía los derechos del resto de Child seguramente aprovecharía esa iniciativa independiente —que para muchos lectores argentinos fue la entrada al universo del duro vagabundo y ex policía militar Jack Reacher— y mandaría desde España otros títulos protagonizados por este mismo personaje. Allá varios ya estaban traducidos al castellano, pero hasta entonces por acá sólo era posible conseguirlos en saldos o por internet.

El pronóstico se cumplió: muy poco después aterrizaron en nuestras librerías Zona peligrosa, Morir en el intento y Trampa mortal, las tres novelas inaugurales de la “Serie Jack Reacher”. Llegaron como recién salidas del horno, aunque lo cierto es que, en España, algunas se habían editado tiempo antes.

Ahora es el turno de Personal, con lo cual saltamos a la novela número 19 de la serie; Child (Inglaterra, 1954) ya lleva publicadas veintidós con este mismo personaje, cuya popularidad lo llevó al cine en el pellejo de Tom Cruise (un casting que no agradó mucho a los fans). En rigor, Personal fue editada en España en 2014; ganó el Premio RBA de Novela Negra de ese año.

En sus páginas, Reacher ya lleva veinte años retirado del ejército estadounidense. De pronto lo recontactan (“Tú puedes abandonar el Ejército, pero él a ti no te abandona. No del todo”). Quieren que le dé caza a un francotirador que amenaza una cumbre del G8, ya que Reacher lo conoce bien de cuando todavía era policía militar.

Personal es otro thriller que no da respiro. Child vuelve a esos dos o tres trucos fundamentales que conoce y le funcionan tan bien, set de talentos que incluye el dominio del suspenso, la intriga y un estilo cortante que hace fluir la acción a toda velocidad (excepto durante las peleas: ahí Child narra en cámara lenta, exprimiendo al máximo la tensión del momento). Esa velocidad narrativa es verificable en estas líneas del comienzo:

“Empezaron a buscarme dos días después del atentado contra el presidente de Francia. Lo había leído en el periódico. Un intento a larga distancia con un fusil. En París. No tuve nada que ver. Me encontraba a más de nueve mil quinientos kilómetros, en California, con una chica que había conocido en el autobús. Quería ser actriz. Yo no. Así que, después de cuarenta y ocho horas en Los Ángeles, ella se fue por su lado y yo por el mío”.

Como se ve en en fragmento, otro atractivo es la vuelta a la primera persona, tal como arrancó la serie (la mayoría de las siguientes novelas de Reacher están narradas en tercera). En buena parte de esta aventura, el héroe recorre un paisaje inusual para él: Europa. Además se descubren algunos detalles sobre su parentela. Y se lo ve confrontar a un villano inolvidable, una suerte de Kingpin inglés con una mansión hecha a su medida.

Personal califica alto entre las novelas de Reacher que conozco (mi favorita sigue siendo Mala suerte, de 2007). Es una buena noticia que se encuentre en librerías. Otra buena: pronto llegan los cuentos de Child. El título del volumen será Sin segundo nombre; son diez relatos de Jack Reacher en unas 300 páginas. Lo publicará Blatt & Ríos.

Sin pedirle peras al olmo, los que los lectores deben saber es que los libros de Lee Child son entretenimiento puro. Nada más. Nada menos.

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Personal, de Lee Child. RBA, 2014. Novela, 424 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 18 de marzo de 2018).

Noche caliente, de Lee Child

Por Martín Cristal

Noche de calor en la ciudad

Hace unos años, Ricardo Piglia señalaba que las traducciones hechas en la Argentina habían producido “efectos en la escritura propia, nacional”. Como ejemplos presentaba (entre otros) los casos de Las palmeras salvajes de William Faulkner y Otra vuelta de tuerca de Henry James: en sus países de origen —decía Piglia—, esos libros son considerados menores dentro de la obra completa de Faulkner o James, pero debido a esas traducciones —de Jorge Luis Borges y José Bianco, respectivamente—, las cuales impulsaron la circulación de esos escritores entre nosotros, hoy ambas novelas son consideradas como centrales por los lectores argentinos. Según Piglia, esas traducciones locales “rompen los esquemas jerárquicos” y establecen otro orden para “textos que no están, en su origen, en el canon”.

Creo que algo similar sucederá con Noche caliente, primera traducción/edición de Lee Child hecha en la Argentina. Traduce Aldo Giacometti; la edición —que, para un best-seller popular como Child, uno esperaría de un grupo multinacional— llega en abril gracias a la editorial independiente Blatt & Ríos.

 

¿Quién es Lee Child?

No es —ni quiere ser— Faulkner o James. Lee Child (Inglaterra, 1954) es un maestro del thriller; su verdadero nombre es Jim Grant y durante años trabajó en una cadena de televisión. Cuando perdió ese trabajo empezó a escribir, imponiéndose el seudónimo y también el rédito comercial. Lo logró desde Zona peligrosa (Killing Floor; 1997), primera novela de su personaje Jack Reacher: un ex policía militar devenido en vagabundo al que —en un comienzo a lo Rambo— lo detienen al pasar por un pueblito rural. ¿Merodeo? No: lo acusan de un crimen…

Child vive en Nueva York, tiene una colección de bajos eléctricos vintage y usa dos computadoras: una para navegar por internet y la otra solo para escribir. Su estilo es seco, con diálogos cortantes. La intriga vibra, la acción fluye: la velocidad del texto fogonea el disfrute del lector. Child sin duda sabe cómo generar suspenso. Con esa fórmula, Child ya vendió millones de copias de sus 21 títulos de Reacher. Entretenimiento puro, cuya masividad aumentó al pasar al cine.

 

Jack Reacher, del papel a la pantalla

Reacher, el personaje, nació en 1960, en una base militar en Berlín. Hijo de un marine norteamericano y una francesa, fue criado con rigor en distintas bases. En novelas recientes —como Personal (2014)— ya lleva casi 20 años retirado del ejército y sigue recorriendo su país, tras haber conocido el resto del mundo cuando estaba de servicio.

Verdadero imán para los problemas, confía plenamente en sus aptitudes físicas, sobre todo para el combate (no así para correr o manejar). Tiene un gran poder de observación; acepta demasiado rápido sus primeras hipótesis, sí, pero eso suele funcionarle. Viaja sin equipaje en ómnibus de larga distancia. Apenas lleva un cepillo de dientes, su identificación y la tarjeta del cajero. Cafeinómano, vive de ahorros, changas y de lo que les quita a los contrincantes vencidos (su “botín de guerra”).

Es, además, un ropero: casi dos metros y cien kilos. O sea, nada parecido a Tom Cruise (excepto por su arrogancia). Sin embargo, ahí está el maderamen de Tom protagonizando Jack Reacher (Christopher McQuarrie, 2012), película basada en el noveno libro de Child: Un disparo (One shot; 2005). Hubo fans que, furiosos, abrieron una página de Facebook titulada Tom Cruise no es Jack Reacher; ahí —además de criticar el tamañito de Tom— cada uno propone su casting ideal.

Salvando ese “detalle”, la película resulta atrapante. No así la siguiente, Jack Reacher: Never Go Back (Edward Zwick, 2016, basada en la novela homónima de 2013), que carece de ritmo y donde a Cruise se lo ve más recauchutado que nunca.

Una curiosidad: en ambas películas hay cameos de Child.



Noche caliente

Donde Reacher no falla, es en los libros. Esta primera edición argentina, con prólogo de Elvio Gandolfo (lector entusiasta de Child), presenta dos novelas breves, publicadas originalmente como material extra (bonus material) en ediciones de bolsillo.

En la primera, “Noche caliente” (High Heat), Reacher tiene 16 años. Llega a Nueva York justo en la noche del Gran Apagón de 1977. La ciudad es peligrosa pero Reacher también: aunque todavía no es militar, su fortaleza y su temperamento ya están forjados. Encontrará chicas, mafiosos, un asesino serial y hasta una pelea en el CBGB, donde esa noche tocan Los Ramones.

En “Guerras pequeñas” (Small Wars), Reacher tiene 29, ya es policía militar e investiga un crimen. La identidad del asesino se nos muestra de entrada: es Joe Reacher, el hermano de Jack (central en la primera novela de la saga). ¿Lo descubrirá Jack? Aquí también aparece la sargento Neagley, ladera de Reacher en la recomendable Mala suerte (Bad Luck and Trouble, 2007).

Para los amantes del género negro, este libro arde. Traducirlo y editarlo en forma independiente motiva una lectura distinta y eleva su valor en el contexto deprimido de la industria editorial argentina. Adivino que el grupo editorial que tiene los derechos del resto de Child, aprovechará la repercusión de esta iniciativa y mandará desde España otros títulos de Reacher (que aquí hoy sólo se consiguen en saldos o por internet). Mientras tanto, para muchos lectores argentinos, Noche caliente se volverá la entrada principal a un nuevo y entretenido universo de ficción.

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Noche caliente. Dos historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2017. Nouvelles, 216 páginas. Prólogo de Elvio Gandolfo; traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de abril de 2017).

Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon

Por Martín Cristal

Buscarás algo digno de contar… o contarás una de zombis

aleksandar-hemon-como-se-hizo-la-guerra-de-los-zombisDespués de novelas como El hombre de ninguna parte y la imprescindible El proyecto Lázaro, Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) incursiona en la comedia con Cómo se hizo La guerra de los zombis.

Primera decepción del lector (en especial si es fan de The Walking Dead): éste no es un libro sobre zombis. Aquí el único apocalipsis es el del tardío paso a la adultez de Joshua Levin, un treintañero que se eterniza en Chicago dando clases de inglés, mientras asiste a un patético taller de guión con otros amateurs tan aparatosos como él. Entre sus muchas ideas truncas, apenas logra desarrollar una: “La guerra de los zombis”, un guión plagado de clichés que él aspira vender a algún productor de Hollywood.

Hemos visto cientos de making of de películas, pero ¿en qué consistiría el making of de un guión? Sería todo lo que ocurre en la vida del guionista mientras lo escribe. El problema es que la apacible existencia de Joshua Levin no ha sido tocada por la más mínima tragedia y él no parece tener nada personal que contar.

Sin experiencia propia de la cual destilar temas o anécdotas, Joshua fuerza su cerebro a imaginar una historia dentro de un subgénero de reglas hiperbásicas a las que, sin embargo, tampoco logra aportarles un enfoque nuevo. Para colmo, estamos en 2002 y acaba de estrenarse 28 días después, aquella película —con guión de Alex Garland— que relanzaría la moda de los zombis en el siglo 21.

Completan el círculo social de Joshua sus alumnos de inglés, inmigrantes de Europa Oriental que le enrostran sus duras vidas (precisamente la tragedia que a Levin le falta); una familia judía típica, tan agobiante como woodyallenesca; un casero desquiciado, veterano de la Guerra del Golfo; y dos chicas hermosas, prospectos de pareja que, además de sexo, proporcionan indecisiones y conflicto dramático.

Aleksandar Hemon. Foto de Velibor Vožobić

Segunda decepción del lector (en especial si ya era fan de Aleksandar Hemon): este libro no se parece mucho a los anteriores del bosnio. Okey, no deberíamos decir “decepción”, sino sólo “sorpresa”. Es cierto que el humor ya estaba presente en otras obras de Hemon; incluso había chistes en El proyecto Lázaro, aun cuando su atmósfera general era más grave. Aquí Hemon también intercala un par de chistes (buenos), pero en camino a extender ese humor a la narración completa, prodigando situaciones absurdas y enredos que hacen pensar en una comedia con Jason Schwartzman y Zach Galifianakis.

Con lenguaje suelto y coloquial —excepto cuando se parodia el tono dramático de la Torá, o el reflexivo-sentencioso de Baruj Spinoza (a quien Levin admira)—, Hemon amplía su exploración sobre qué implica ser extranjero, especialmente en los Estados Unidos post 11-S. Esta vez lo hace tocando otros temas, como el paso a la adultez, la búsqueda de algo personal que contar, la familia y el entorno cercano como recurso central para colmar esa búsqueda; el carácter evasivo de la literatura de género y la (dudosa) necesidad de haber sido rozado por la tragedia para así ser un mejor narrador. Y por supuesto, la amistad. Y la familia. Y el amor. Y el sexo.

Cómo se hizo La guerra de los zombis propone una lectura divertida y sin tropiezos, ideal para el verano. Una variante —accesible y ligera— para la prosa de un autor destacado dentro de la escena literaria norteamericana.

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Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon. Novela. Libros del Asteroide, 2016. 336 páginas. Traducción de Eduardo Jordá. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 22 de enero de 2017).

Cero K, de Don DeLillo

Por Martín Cristal

Meditación sobre la (in)mortalidad

don-delillo-cero-kComo en Cosmópolis —su novela llevada al cine por David Cronenberg—, Don DeLillo (Nueva York, 1936) acota en Cero K un espacio donde sus personajes puedan circunscribir su pensamiento y discutir algún aspecto de la cultura contemporánea. Esta vez ese lugar no es una lujosa limusina tecno que atraviesa Manhattan, sino un contradictorio complejo edilicio, tan minimalista como laberíntico, situado cerca de la frontera entre Kazajistán y Kirguistán. Los temas centrales no son el dinero y el poder, sino la muerte y nuestra ansiedad por trascenderla: tener (o fabricarnos) un más allá, insertar otra moneda —todas las monedas— para seguir jugando.

En ese edificio “apenas verosímil” se congelan cuerpos de personas pudientes cercanas a la muerte, hasta que la tecnología pueda despertarlos. Su aislamiento premeditado se basa en “fuentes de energía duraderas y potentes sistemas mecanizados. Muros blindados y suelos reforzados. Redundancia estructural. Seguridad antiincendios. Patrullas de seguridad por tierra y aire. Ciberdefensa elaborada”. Su diseño también busca promover una reflexión específica: “Estamos aquí para replantearnos todo lo que tenga que ver con el fin de la vida”.

Ahí llega Jeffrey Lockhart para acompañar a su padre y a la esposa de éste, una enferma terminal a punto de ser congelada (“cero K” refiere a la temperatura en grados Kelvin). Desestimada la promesa de un paraíso, se invierte en tecnología para perdurar acá: DeLillo toma este motivo de la ciencia ficción (véanse Ubik de Philip K. Dick, el relato “Quedarse atrás” de Ken Liu o el reciente episodio “San Junipero” de Black Mirror), pero es apenas el disparador para una novela que muy pronto muestra su verdadera vocación filosófica.

Esta eutanasia que deja los cuerpos en stand by, “¿es una forma horriblemente prematura de suicidio asistido? ¿O bien es un crimen metafísico que necesita ser analizado por filósofos?”. Suele decirse que una novela no está para dar respuestas, sino para hacer preguntas; DeLillo se toma ese dictum al pie de la letra y en varios pasajes de su libro, las preguntas afloran explícitas y abiertas, en cascada.

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“La tecnología se ha vuelto una fuerza de la naturaleza. No la podemos controlar. Recorre el planeta como una tormenta y no tenemos donde escondernos de ella.” —Don DeLillo, Cero K.

La preocupaciones literarias del autor se traslucen en algunas taras del narrador-protagonista: se toma su tiempo para elegirles nombres ficticios a los demás; se obsesiona con la semántica; evalúa la calidad de sus propias expresiones… Su preocupación por el lenguaje es manifiesta: “Vitrificación, criopreservación, nanotecnología. Dios bendiga el lenguaje […]. Que el lenguaje refleje la búsqueda de una serie de métodos cada vez más intrincados, hasta alcanzar los niveles subatómicos”. Una parte fundamental del pasaje helado a la vida futura es el aprendizaje de un nuevo idioma.

Cierto delay en algunas descripciones obliga al lector a remodelar lo que ya había imaginado por su cuenta. La primera parte del libro está saturada de imágenes catastróficas; en la segunda, DeLillo incrusta escenas fragmentarias del cotidiano neoyorquino, viñetas de la vida urbana con una mirada tendiente al extrañamiento, como si el autor hubiera razonado que, si se ha de discurrir sobre el rasero de la muerte, también se debiera dar cuenta de lo rara y variada que puede ser la vida.

Don DeLillo es todo gravedad; el humor queda afuera de esta novela. (¿Se puede hablar sobre la muerte con humor? Sí: los Monty Python lo hicieron). Introspectiva y seria a morir, Cero K explora en clave de literatura filosófica el mismo impulso que inspiró aquella leyenda urbana de un Walt Disney congelado: el de los millonarios que, ante la incertidumbre de la muerte, se autodepositan a plazo fijo para burlarla y algún día volver a vivir como seres “ahistóricos”, “libres de la inacción del pasado”.

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Cero K, de Don DeLillo. Seix Barral, 2016. 320 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 4 de diciembre de 2016).

Sueños de trenes, de Denis Johnson

Por Martín Cristal

El tren de una vida

Denis-Johnson-Suenos-de-trenes-tapaLa admiración por la obra narrativa de Denis Johnson (escritor estadounidense, si bien nacido en Munich, en 1949) viene creciendo entre los lectores en castellano a medida que dicha obra se va trasladando, en desorden, a nuestro idioma.

Va un ejemplo de ese desorden (saltándome varios títulos): en 2003, Rodrigo Fresán tradujo El nombre del mundo, novela del año 2000 sobre un profesor universitario que, golpeado por la vida, termina cubriendo la Guerra del Golfo y volando en helicópteros artillados por el desierto. En 2014 llegó a nuestras librerías Árbol de humo, su novela de 2007 sobre la guerra de Vietnam, con la cual ganó el National Book Award de su país; y ahora le toca el turno a una novela anterior, de 2002: Sueños de trenes, recientemente traducida por Javier Calvo.

La vida de Robert Grainier, un pionero norteamericano que trabaja como leñador y jornalero en el tendido de vías y puentes para los ferrocarriles, arranca a fines del siglo XIX y termina en la década de 1960. Eso si se la considera en años; los aciertos de una narración bien concertada, condensan esa existencia completa en sólo 140 páginas.

Decimos “existencia completa” no porque se narren absolutamente todas las vicisitudes de Grainier en tiempo real, sino porque Johnson logra que algunas partes den cuenta del todo. Sueños de trenes es un prodigio de la economía narrativa: sin llegar al extremo de Borges —quien creía que la vida entera de un hombre puede cifrarse en un sólo instante crucial de esa vida—, Johnson elige un puñado de esos momentos dramáticos para circular entre ellos con el mismo desorden cronológico con que se viene publicando su propia obra.

Por caso, elige empezar en el verano de 1917, cuando “Robert Grainier participó en el intento de matar a un jornalero chino al que habían pillado robando, en los almacenes de la compañía ferroviaria Spokane International, en el corredor septentrional de Idaho”. Ése es el primer párrafo de la novela; Idaho es el estado donde Johnson vive actualmente.

La economía narrativa que destaco —la cual, leída, puede parecer fácil de lograr, aunque cualquiera que lo haya intentado sabe que no lo es— no reseca la prosa al punto de volverla monocorde o plana, una tarjeta perforada meramente informativa. No: Johnson, quien también es conocido como poeta, sabe destilar de cada escena también un filón lírico, bien contenido para que la historia no se le azucare en ningún momento.

La novela avanza con fluidez no sólo por la pericia narrativa de Johnson, por su dosificación justa de acción y detalles, sino también por el impulso de ese hálito poético cuya acumulación va volviendo más y más hondos al personaje de Grainier y su epopeya. Su hipnosis deviene de una potencia epifánica que no para de crecer, y que nos acostumbra a esperar una revelación de cada escena del libro.

Grainier sufre el desgaste que se produce por el enfrentamiento del deseo personal e íntimo —por más que éste sea tan sencillo como vivir con la familia en una casita del bosque— con las contingencias del azar más implacable: las circunstancias, el mundo, “lo que nos pasa” (por encima). Todo eso que, en un contexto rural como el de esta breve novela, podríamos achacarle a la Madre Naturaleza.

Sueños de trenes también es un relato sobre el final de una época. Algo en el respeto percibido de Johnson por su personaje parece celebrar al pionero norteamericano en general. Su temple, su manera de resistirlo todo: los elementos, el trabajo duro, las pérdidas, las tragedias imborrables… y también el ánimo para seguir adelante siempre.

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Sueños de trenes, de Denis Johnson. Literatura Random House, 2016 [2002]. 144 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de abril de 2016).

Así es como la pierdes, de Junot Díaz

Por Martín Cristal

Cuántas minas que pierdo

Junot-Diaz-Asi-es-como-la-pierdes

Las grandes “literaturas nacionales” de Estados Unidos e Inglaterra cada tanto reavivan su interés —expresado en premios y elogios— por la lengua y los modos de vida de las minorías. Autores como Toni Morrison, Hanif Kureishi o Zadie Smith son reconocidos por acercar a sus compatriotas el habla y las experiencias vitales de afroamericanos, pakistaníes, jamaiquinos y bengalíes, entreverándolos con la historia y el presente de aquellos países, en un rico entramado de mixturas, intercambios y rechazos.

Algo así sucede con Junot Díaz, que nació en República Dominicana en 1968 pero vive en Estados Unidos desde los seis años, y que en 2008 obtuvo el Pulitzer por su novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao.

En su flamante Así es como la pierdes, Díaz vuelve a sumergirnos en el universo de los inmigrantes dominicanos en Nueva Jersey, pero ahondando en otro recorte temático: el de las relaciones de pareja. Trae nueve cuentos con nostalgia de una educación sentimental adquirida sobre la marcha, morenas voluptuosas, amores esquivos o interesados, sexo promiscuo, infidelidades a granel y un toque de machismo (menos achacable al autor que a la cultura que quiere mostrarnos).

Reaparecen personajes anteriores de Díaz, como el forzudo y calentón Yúnior, que viene desde su primer libro, Los boys (1996) y que suele asumir el punto de vista narrativo principal. El basamento autobiográfico de las historias de Díaz puede sospecharse ya desde la elección del nombre de dicho personaje (“Junot” se pronuncia “Yunó”). Cualquier noticia biográfica que leamos sobre el autor seguramente aportará más paralelismos entre su vida y su obra.

Continuidad temática, atmósferas similares y un nivel narrativo parejo: difícil elegir un relato por sobre los demás. Destacaría “Otra vida, otra vez”, más  alejado de Yúnior y el único narrado por una mujer. Las modestas ambiciones de Yasmín, intermitentes en la dura cotidianidad de su trabajo, dan cuenta de la vida precaria e inestable de los inmigrantes. Este relato se complementa con otro de Los boys (“Negocios”) y trae consigo una verdad durísima: “El pan es más fuerte que la sangre”.

Junot-Diaz
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La lengua de Junot

Quien viaje por Latinoamérica verificará que el preconcepto de un “español” como lengua unificadora se va revelando ficticio a medida que el viaje sigue y los matices se multiplican. En Díaz, lo central es su respeto por esa riqueza lingüística. Si bien escribe en inglés, lo hace con giros del habla caribeña. Siembra palabras en castellano y jergas diversas en el texto, particularidades que incluso gravitan sobre la sintaxis.

Traducirlo al español es una tarea difícil. No convence, por ejemplo, la traducción de Los boys realizada en España: está minada de cursivas —para indicar las palabras que en el original aparecían en castellano—, artificio que interfiere la voz narradora. Aparecen tantos giros ibéricos (tipo “vais a flipar” o “¡a tomar por culo, hispanos!”) que los latinos de Junot parecen teletransportados al otro lado del Atlántico.

De ahí el gran mérito de Achy Obejas, traductora estadounidense de origen cubano que ya trabajó la novela de Díaz. En Así es como la pierdes, ella no españoliza, pero tampoco aplana las variantes del autor bajo un español neutro, tipo DVD de Disney. Al contrario: realza el matiz caribeño-dominicano, siempre vigilando la proporción de su mezcla con el inglés. El lector encontrará participios sin D (acostao, fugao), anglicismos adaptados (enigüey, hanguear, fokin, frikiar, breiquecito), localismos caribeños o dominicanos (tíguere, jevita) y gentilicios inusuales para nosotros (domo, dougla, boricua, cocoa panyol, gujarati). Esto no debe amedrentarlo: ahí reside el verdadero sabor del libro.

Así es como la pierdes es una buena entrada a la obra de un narrador potente, que sabe qué quiere contarnos, y que parece haber encontrado a su traductora ideal.

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Así es como la pierdes, de Junot Díaz. Relatos. Mondadori, 2013. 208 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 4 de julio de 2013).

Bares vacíos: reseña en Nagari, por Omar Villasana

Bares-Nagari

[…] Bares vacíos tiene la virtud de ser entretenida al tomar giros inesperados cuando el narcotráfico aparece en escena, pero al mismo tiempo invita a la reflexión […]. En mi calidad de inmigrante me identifico con Manuel cuando de forma continua en las páginas de la novela a través del idioma común, el español, se reconoce como alguien que no pertenece, lo encontramos “traduciendo” modismos mexicanos al lenguaje coloquial argentino […]. Esta continua reflexión no es un juego gratuito, con frecuencia damos por sentado que el español nos une de forma automática como latinoamericanos cuando, como nos dice Jorge Volpi en su ensayo “El insomnio de Bolívar”, es poco lo que sabemos unos de otros.

Omar Villasana, en la edición digital de
Nagari, Revista de creación, Nº 5,
Miami, EE.UU., julio de 2013.

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Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer

Por Martín Cristal

La hermosa vida que podemos falsificar

Jonathan Safran Foer (EE.UU., 1977) publicó su novela-debut Todo está iluminado a los veinticinco años de edad. Pronto llegó al cine vestida con bellos paisajes y hermosa música, aunque su adaptación es fiel sólo a un cuarto de lo que ocurre en el libro: ignora olímpicamente una rica mitad y —lo peor— tergiversa el cuarto restante en aras de una síntesis que altera descaradamente el final y deja importantes cabos sueltos.

El protagonista de la novela se llama igual: Jonathan Safran Foer. Es un judío neoyorquino que viaja a Ucrania para indagar sobre sus orígenes. Allá se le unirán Alex, un atolondrado intérprete que no sabe más inglés que el que aprendió en la secundaria; el abuelo de Alex, que dice ser ciego, aunque se hará cargo del volante; y una perra loca llamada Sammy Davis Junior Junior. El lector comparte con ellos el viaje y sus terribles consecuencias mediante tres líneas narrativas hábilmente entrelazadas:

Primera: la excursión según Alex, quien se anima a novelarla en un inglés tachonado de fallas semánticas y pifias de matiz en los sinónimos, errores típicos de quien ha aprendido un idioma sin practicarlo nunca. (El título de la novela, por ejemplo, es la manera en que Alex expresaría que “todo está aclarado”). Este trabajo del autor produce un efecto humorístico que en castellano sólo he encontrado en algunos relatos de Hebe Uhart. Así, Todo está iluminado puede leerse como una novela de lenguaje, que seguramente supuso un gran desafío para su traductor, Toni Hill.

Segunda: la novela de Jonathan sobre la genealogía de los Safran Foer, que arranca doscientos años y ocho generaciones más atrás. Soslayada en la película, su tragicomedia mezcla la inventiva del realismo mágico de García Márquez con la tierna ingenuidad y el humor absurdo de muchos relatos folklóricos judíos (como los de la aldea de Chelm, de Bashevis Singer).

Tercera: Las cartas de Alex a Jonathan, escritas tiempo después del viaje. En ellas, Alex comenta la novela de Jonathan (la cual, como nosotros, lee “por porciones”) y a su vez deja ver que recibe devoluciones del neoyorquino acerca de la novela que él mismo le remite en su inglés maltrecho. Estas cartas permiten comprender las secuelas del viaje en Alex y su propia familia.

Como en otras travesías para investigar sobre el pasado (hay otras a Ucrania en obras de Aleksandar Hemon y Margo Glantz), el tema crucial en Todo está iluminado es la memoria, esa sustancia equívoca que sin embargo sabe adherirse bien a los objetos. También importan el amor, a veces más enamorado de sí mismo que de los amantes, el choque cultural, el perdón, y la mitología de todo linaje: siempre puro relato, construido con recuerdos admitidos y tozudas negaciones.

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Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer. Novela. De Bolsillo, 2002. 352 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, agosto de 2012).

El proyecto Lázaro, de Aleksandar Hemon

Por Martín Cristal

Recomendamos esta novela impresionante en el Nº 24 de la revista Ciudad X (junio de 2012).

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Aleksandar Hemon (1964) viajó a Estados Unidos justo antes de que se desatara la guerra en su Bosnia natal. Imposibilitado de volver, se estableció en Chicago y comenzó a escribir en inglés, idioma que domina con tal maestría que su caso ha sido comparado con el de Nabokov. Después de leer La cuestión de Bruno (cuentos, 2001), pero sobre todo tras El proyecto Lázaro (novela, 2008), soy un convencido más de la calidad literaria de Hemon.

“Yo quería que mi futuro libro hablara del inmigrante que escapó del pogromo de Kishinev y llegó a Chicago para morir a manos del jefe de policía de la ciudad. Quería sumergirme en el mundo tal como había sido en 1908, quería imaginar cómo vivían entonces los inmigrantes”. Esto declara Vladimir Brik —alter ego de Hemon— a las 56 páginas de la novela, cuyo plan inicial entrelaza la vida de ese escritor bosnio en la Chicago de 2004, con la muerte de Lázaro Averbuch, un inmigrante judío que en 1908 es tomado por anarquista y asesinado en circunstancias confusas. La concisa primera persona de Brik diferencia bien este nivel narrativo del que narra los sucesos de 1908 (más lírico, en tercera persona, y que recuerda un poco a Ragtime, de Doctorow).

Para escribir su libro, Brik mendigará una beca y viajará a Europa para averiguar qué brutalidades expulsaron a Averbuch de su hogar (“el hogar es allí donde tu ausencia no pasa desapercibida”, define Hemon). Lo acompañará Rora, un viejo amigo bosnio: fotógrafo irónico y gran fabulador, cargado de historias sobre la guerra en Sarajevo.

Hemon no se limitará a alternar la reelaboración narrativa de un hecho histórico con el relato biográfico del escritor que se propone realizarla; las historias orales de Rora, al borde de lo creíble, introducirán un tercer andarivel narrativo. El lector se ve compelido a entretejer relaciones entre los tres niveles. Con sutileza, Hemon les infiltra coincidencias (de nombres, de situaciones): circunstancias del entorno de Brik que parecen inspirarle rasgos para su futuro relato de Lázaro, esa narración que Brik aún no ha escrito, pero que el lector de la novela ya sigue paralelamente.

La ficción es siempre en parte una transposición de lo vivido por su autor. Pero esa biografía, ¿no será también una construcción ficticia?  Brik también es un personaje (uno más) de Hemon. Pasado cierto punto, es posible anular las jerarquías entre la historia marco “real” de Brik y la interior “ficcionalizada” de Lázaro. ¿No es ese viaje a Ucrania, Moldavia, Rumania y Bosnia una invención más, tan verosímil, dudosa o falsa como las historias que Rora dice haber vivido en Sarajevo? Y Rora también es un personaje, una sombra. ¿Y Lázaro Averbuch? ¿Existió? Sí: hay fotos de su cadáver y su caso salió en los diarios. ¿Pero cuán “real” es lo que sale en los diarios? ¿No mienten o (se) engañan, también, los periodistas?

Los personajes de la subtrama de Lázaro, que comparativamente tendrían un grado menor de realidad (como los de las subnovelas intercaladas dentro del Quijote), de pronto demuestran cimientos más reales; y la “realidad” exterior de Brik y Rora de repente puede leerse sólo como una invención más de un demiurgo llamado Aleksandar Hemon. El interés del autor en el arte de la ficción se explicita en abiertas y jugosas reflexiones sobre el tema. El proyecto Lázaro puede leerse como un paralelismo entre el miedo a los anarquistas pretéritos y el actual a los terroristas; o como una madura declaración sobre qué conlleva ser “extranjero” en cualquier lugar y época del mundo; pero, sobre todo, como una exploración magistral de la volátil frontera entre realidad y ficción, entre verdad y mentira, entre memoria e invención.

En su afán de extremar la (con)fusión de ficción y realidad, Hemon la amplía en una página web donde se barajan citas de la novela y fotos (algunas históricas, y otras más actuales tomadas por Velibor Vožobić). ¿Son todas esas imágenes “reales”? ¿Refieren o no a los hechos que sugieren sus epígrafes? ¿Hubo un viaje para tomarlas? Esto ahonda las hermosas dudas sobre “lo verdadero” planteadas por este impecable proyecto. El contorno ficcional pergeñado por Hemon logra que sus verdades a medias se levanten y anden, hasta conectarse con todas esas mentiras parciales que tomamos por “el mundo real”.

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El proyecto Lázaro, de Aleksandar Hemon. Novela. Duomo Nefelibata, 2009. 364 páginas.

Lo mejor que leí en 2010 (1/3)

Por Martín Cristal

Va la misma introducción que al inaugurar esta costumbre en 2009:

No siempre salgo a cazar las últimas novedades; tampoco me atrinchero sólo entre los clásicos. Leo sobre todo narrativa, pero no exclusivamente. El azar puso estos excelentes libros en mis manos durante este año. Van en orden alfabético de autores (esto no es un ranking). Para coincidir o disentir con otros lectores, como recomendaciones o como agradecimiento por las recomendaciones de terceros, leyéndolos tarde o temprano respecto de otros (¿qué importa?), estos son los libros que más disfruté leer en 2010:
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100 balas, de Brian Azzarello
y Eduardo Risso

Vertigo-DC Comics, 1999-2009. Historieta.

Serie negra americana, altamente adictiva, con abundantes crímenes, gangsters violentos, chicas fatales, facciones de la mafia enfrentadas y conspiraciones secretas.

Una galería de personajes del bajofondo americano se va involucrando con el misterioso agente Graves a partir del tentador regalo que todos ellos reciben de sus manos: un maletín con pruebas irrefutables de alguna traición que merecería ser vengada, más una pistola y el toque mágico: 100 balas imposibles de rastrear. Cualquier crimen cometido con ellas será ignorado olímpicamente por la policía.

Es el viejo truco de la lámpara y los tres deseos, salvo que la lámpara de Azzarello es una automática, que el genio son cien balas y que el deseo de todos los involucrados es uno solo: gozar de impunidad en su venganza.

A lo largo de —of course— 100 entregas, el dibujo del argentino Eduardo Risso asegura, con su reconocible estilo, la cohesión imprescindible que otras series largas, que cambian de dibujante de un número a otro, no logran mantener (sólo el personaje de Lono parece alterarse —crece y se hace más brutal— desde su primera aparición hasta las últimas).

Azzarello logra que la aventura de cada entrega cierre bien y aporte más tensión al arco general de la historia, con paciente inversión en el trasfondo de cada nuevo personaje (aunque sin abandonar los estereotipos habituales del género). Así nos lleva directo a la gran conflagración: el religioso baño de sangre que nos espera al final de toda historia de mafia, al menos desde cada peli de El Padrino para acá.

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Cómo hablar de los libros
que no se han leído
, de Pierre Bayard

Anagrama, 2008. Ensayo.

Ni licencia para mentirosos ni recetario cínico: el de Bayard es un ensayo brillante sobre la no-lectura, que sincera ciertas imposturas de la circulación cultural. Si quieren hablar de este libro sin haberlo leído, pueden leer la recomendación que hicimos de esta obra en el Nº 3 de Ciudad X (septiembre).

Con eso basta para hablar de este libro. Claro que, si quieren hablar de otros libros sin leerlos, entonces sí les convendría leer completo el de Bayard…

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El amor es la más barata de las religiones,
de Ariel Bermani

HUM, 2009. Novela.

En un artículo que le dedicamos a las novelas de Ariel Bermani, dimos cuenta de esta novela corta que funciona como un catálogo de voces y que toma de Cesare Pavese su título y su problema central.

En ese artículo —que luego se reprodujo en la revista Casa del Tiempo (UAM, México DF)— relevamos las relaciones de El amor… con las otras dos novelas que Bermani lleva publicadas: Veneno y Leer y escribir. Las tres comparten personajes y rasgos comunes.

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Horla City y otros, de Fabián Casas

Emecé, 2010. Poesía.

Fabián Casas se apropió de la difusa y amenazadora aparición creada por Maupassant, El Horla, para darle nombre tanto a este libro como a su propio communication breakdown (nervous, más bien), el cual le apagó “la musiquita” durante un largo período…

Abarcando ese hiato, el libro reune toda la obra de Casas de los últimos veinte años y, cosa rara para un libro de poesía contemporánea, va camino a convertirse en un modesto best-seller nacional, cosa que ha desviado la atención de algunos desde los versos hacia este mero hecho contable. Un estrabismo que en general es producto de la envidia, como bien explica Alejandro Schmidt en su blog.

El libro compila imágenes tan sencillas y cotidianas como potentes; como ejemplo hay una heladera de Coca-Cola que fulgura en la noche de un estacionamiento y que posiblemente sea el Zahir de nuestro tiempo.

Casas admite: “…esta falsedad / de tensar los poemas con una catástrofe / se ha convertido ahora en mi segunda naturaleza”. Sincerado el método, sus versos traslucen melancolía persistente, o extrañeza sobre el entorno, o amor filial… Los malos poetas siempre riman amor con dolor; Casas no rima nunca y trasmuta ese amor (o dolor) en inquietud por el presente, o bien en la añoranza de otras épocas, de ciertos afectos, de ciertos lugares.

La cronología de estos poemas desnuda una erudición creciente que va incrementando el número de citas doctas. No es una mutación que yo prefiera, la verdad, pero la admiración por Frank Zappa —que Casas expresa en un poema corto de Oda, y que yo también profeso— me obliga a olvidar el asunto y a darle la mano al poeta.

Urbano, rockero, culto y “chabón”, Casas entrecruza sentencias reflexivas a lo Giannuzzi, el spleen de Baudelaire aplicado al barrio de Boedo, versiones locales del budismo zen, súbitas revelaciones con la basura en la mano y la angustia universal del tempus fugit.

La yapa del libro es un “ensayo bonsái” colado al final del libro: el brillante e inspirador “La voz extraña”. Y claro, el Poet-Jockey ya remixó Horla City

Me voy de vacaciones. Quedan programadas para enero las dos entregas que completan esta serie. Como siempre, los comentarios serán bienvenidos, aunque demoraré en responderles… ¡Feliz año nuevo para todos!

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El manantial, de Ayn Rand (II)

Por Martín Cristal

Una lectura de El Manantial, la célebre novela de Ayn Rand. Segunda y última parte. [Leer la primera parte]

Una adaptación fallida

La versión cinematográfica dirigida por King Vidor en 1949 no me parece muy recomendable: resulta un pobre resumen de la trama, tan apretado que es como recorrer la novela en fast forward. Dominique Françon, que en la novela se casa, se divorcia y se casa otra vez, en la película se casa directamente con su segundo marido; los sucesivos clientes que en la novela van apoyando a Roark —Heller, Lansing, Enright—, en la película se funden en uno solo (Roger Enright)… Hay muchas otras simplificaciones y alteraciones así. Esto es frecuente en muchas adaptaciones y no todas se resienten por eso, pero en ésta me resultó demasiado empobrecedor.

Gary Cooper en el papel de Roark se la pasa hablando de los nuevos materiales de construcción cuando él mismo, como actor, es de madera. Pero lo peor de todo es que el trasfondo ideológico, que en la novela se pormenoriza desde distintos ángulos en cada diálogo, en la película es reducido a secos eslóganes. Es extraño: fue la misma Rand quien hizo la adaptación. Cabría pensar que habrá querido controlarla tal como Roark controla la construcción de sus edificios: “my work, done my way” (“mi trabajo, hecho a mi manera”). A pesar de eso, Rand tuvo que admitir su disconformidad final con la película. Al parecer el proceso colectivo del cine —donde el director manda pero también están involucradas otras partes— terminó arrebatándole a la autora el control que hubiera deseado tener, a punto tal que el filme parece hecho con el método opuesto al que Rand se preocupó por ejemplificar con la arquitectura de Roark. Si a ella no le pareció bien el resultado final, ¿no debió haber buscado y quemado cada copia de la película, tal como Roark se hace cargo y dinamita las deformaciones que otros arquitectos le infligieron a su proyecto Cortland?

El alegato de Roark en The Fountainhead
(King Vidor, 1949; guión adaptado por Ayn Rand)

La novela hoy

¿Cómo se lee esta novela hoy? En mi experiencia, haciendo caso omiso del modelo narrativo anticuado y de los personajes construidos a la carrera para disfrutar de un conflicto bien armado desde el comienzo, si bien luego algunas motivaciones no quedan del todo claras (el primer casamiento de Dominique; el pedido de Roark a ésta para que vaya a Cortland y presencie la voladura del edificio). Desde las primeras páginas ya queremos conocer el destino final de los personajes porque sabemos que el éxito de alguno de los dos modelos —Roark o Keating— implicará el fracaso del otro; sabemos también que la elección que la autora haga entre ellos llevará a la novela al terreno de la ironía o bien de la fábula moral, aleccionadora. En lo personal, lamento un poco que el resultado termine siendo este último, y que la bajada de línea termine prevaleciendo sobre la historia en sí.

En lo ideológico, se lee con escepticismo: la defensa a ultranza del sistema capitalista, en el presente contexto de crisis mundial, no es tan fácil de aceptar. La perfección declarada para ese sistema no convence, aunque vapuleado y todo siga siendo el que manda frente a un comunismo que ya pertenece a un pasado de buenas intenciones y atrocidades largamente difundidas.

En síntesis: el individualismo que Rand pregona parece ineludible, lógico y hasta de aplicación necesaria cuando se refiere al artista y su labor (en lo personal yo lo siento casi como un deber, pero cuidado: en las artes también es común la colaboración. Pienso en una jam session de jazz, por ejemplo…). Sin embargo, la extrapolación de ese individualismo al plano de la organización social no convence ni seduce, sobre todo porque se nos presenta de un modo extremista. La peor característica de Howard Roark es la de ser un fanático —no violento, pero fanático— que jamás revisa sus propias ideas. A ese convencimiento absoluto él lo llamaría “integridad”. En su espectro humano, la piedad y la solidaridad no juegan.

Con todo, la novela es movilizadora y merece ser leída para pensar sobre estos temas. Es justamente la discordancia entre las aplicaciones artísticas y las aplicaciones sociales del ideario randiano lo que hace que el texto permanezca vivo y en permanente discusión en la memoria del lector.

Para arquitectos en formación es una lectura muy valiosa. La elección de la arquitectura —entre todas las artes que podrían haber sido el metier de los personajes— responde a su potencia como símbolo de progreso. Su cruce de expresión artística y función práctica —y, sobre todo, su dialéctica ineludible de arte por encargo— hacen de lo arquitectónico el vehículo ideal para el conflicto ideológico que la autora deseaba construir como un rascacielos de 650 páginas que festejara al self-made man norteamericano.

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El manantial, de Ayn Rand (I)

Por Martín Cristal

Dos arquitectos jóvenes: Howard Roark tiene sus propias teorías respecto de la arquitectura y está muy seguro de ellas, aunque en la universidad sean pocos los profesores dispuestos a reconocer su valor; por el contrario, Peter Keating es el mejor estudiante de su promoción y se gradúa con honores, aunque lo cierto sea que tiene menos talento que ansias de ser reconocido por los demás.

Con este contrapunto se abre El manantial (The Fountainhead), novela de Ayn Rand publicada en 1943 y que pronto se convirtió en best-seller. Su acción arranca al comienzo de los años veinte, transcurre sobre todo en Nueva York y se extiende por más de quince años.

El relato participa del espíritu de la modernidad y comparte su ideal de progreso. La cruzada modernista de Roark chocará contra el clasicismo decadente que aún domina la arquitectura norteamericana de esos años, modelo al que Keating se plegará por pura conveniencia.

La dicotomía modernismo/clasicismo no es la única con la que se teje El manantial. Hay otras: amor al trabajo versus fama o figuración social; independencia de criterio versus búsqueda de aprobación; egoísmo versus altruismo… En suma: el individuo enfrentado a la sociedad, a lo colectivo, lo que a fin de cuentas se evidencia como una defensa abierta del sistema capitalista americano frente a los modelos socialistas o comunistas. 

Aunque la novela está bien estructurada, me parece que a Rand puede reprochársele que para la Arquitectura —que se toma como emblema de las artes en general— su relato reclame “lo nuevo” y “lo original” mientras que ella misma eligió construir su novela sobre un paradigma decimonónico, tradicional: narrador omnisciente en tercera persona, una voz autorial con dilatadas descripciones de escenarios y personajes (y fisonomías, y vestimentas…). Rand optó por un modelo de narrativa clásica sin atender a ninguna de las técnicas inventadas en la primera mitad del siglo XX; menos aún pretendió inventar ella misma algo en este sentido. Si su novela fuera un edificio, sería “íntegro” como uno de los de Roark por su solvente unidad temática, pero no por sus atributos estéticos: éstos lo emparentarían más con algún edificio clasicón y comercial, como los Peter Keating.

Buildings

El superhombre americano

El manantial es lo que se llama una “novela de ideas”. Su objetivo —declarado por la misma autora— es “la proyección de un hombre ideal”.

Howard Roark no transa jamás; como artista, tiene nuestra total simpatía. Sin embargo, como personaje, su imperturbabilidad resulta cada vez más inverosímil a medida que el texto avanza. El personaje de Keating, con todo y lo mezquino que es en su ansiedad de fama, termina reuniendo rasgos humanos más plausibles. Roark encarna un ideal, el empeño de todo artista que se precie de serlo, el espíritu emprendedor sin fisuras, pero a fin de cuentas resulta demasiado intocable, granítico, un superhombre difícil de encontrar en la vida real. Es un personaje inalterable, sin un sólo momento de debilidad, sin un arranque de furia ni un rapto de celos. La única debilidad de Roark parece ser la de ayudar al ingrato traidor de Keating demasiadas veces.

Por lo demás, Roark es casi una máquina. ¿Cómo reaccionaría un hombre así ante un accidente que sufriera un ser querido, por ejemplo, o ante la enfermedad? La novela no propone estas situaciones, salvo quizás en las visitas de Roark a su viejo mentor, Henry Cameron, quien comparte la misma ideología individualista y excepcionalmente dice:


“—Ayúdeme a sentarme.

“Era la primera vez que Cameron pronunciaba esa frase; su hermana y Roark ya sabían, desde hacía tiempo, que la intención de ayudarle a caminar era la única injuria prohibida en su presencia”. (1, X).

Para el anciano individualista, aun cerca de la muerte, que le ayuden a caminar es una injuria. Los superhombres no admiten debilidades. Nada de altruismo o asistencialismo. Hasta la piedad es un sentimiento “monstruoso”, tal como lo razona Roark respecto de la decadencia de Keating como arquitecto:


“Cuando Keating se fue, Roark se recostó contra la puerta y cerró los ojos. Estaba enfermo de piedad.

“Nunca se había sentido así antes, ni cuando Cameron tuvo un colapso, a sus pies, en la oficina, ni cuando vio a Steven Mallory sollozando en la cama. Aquellos momentos habían sido limpios. Pero esto era piedad, conocimiento de un hombre sin valor ni esperanza, un sentimiento de conclusión, de no poder ser redimido. ‘Esto es piedad —se dijo, y entonces levantó la cabeza con asombro—. Debe de haber algo terriblemente malo en un mundo —pensó—, donde este sentimiento monstruoso se llama virtud.’” (4, VIII)

El símbolo del superhombre cristaliza con Roark parado en la cima de un rascacielos que él mismo ha creado, el más alto de la ciudad, por sobre los Bancos y los Templos. Un hombre y el horizonte: una postal compatible con el modelo estadounidense del hombre que todo lo puede si tiene una idea y fuerza de voluntad. Todos los clientes que comprendieron su trabajo —desde Heller hasta Wynand— y lo ayudaron a llegar a esa cima, lo hicieron porque coincidían con ese modelo de hombre. Por supuesto, ningún comité (un “cliente colectivo”) aceptó un trabajo suyo…


Fragmento de The Fountainhead
(King Vidor, 1949; guión adaptado por Ayn Rand)

El éxito de Roark termina de falsearlo como personaje. En este sentido, el viejo Cameron casi resulta más efectivo como símbolo si se quiere representar a un ser individualista, ya que a pesar de la derrota sigue plantado hasta el final en su manera de pensar. Cameron es alcohólico, impulsivo; un personaje más convincente gracias a esos defectos que lo acercan a la vulnerabilidad humana.

Tampoco es muy creíble la transformación de Gail Wynand de un pandillero de barrio bajo a un sensible coleccionista de arte. En cambio, la evolución del intrigante Ellsworth Toohey sí es plausible. Con toda intención, Rand hace que la asociación de Toohey con las ideas de izquierda, narradas inicialmente desde la perspectiva de una sobrina que lo quiere y respeta, produzca una simpatía inicial que va mermando a medida que descubrimos sus verdaderas ambiciones de poder.

Los discursos de Toohey son agotadores. En la novela abundan los diálogos filosóficos, incluso entre personajes que no parecerían capaces de llevarlos adelante con tanta coherencia. Su meta es exponer, cada vez más abiertamente, el antagonismo ideológico que es cimiento de El manantial, el cual anida en el sistema filosófico que la autora bautizó con el nombre de Objetivismo.

[Leer segunda parte]

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