Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi

Por Martín Cristal

Ahí pero dónde, cómo

Lo real sólo es un problema en sus bordes: lo difícil es saber hasta dónde llega lo real, cuál es su frontera con eso “otro” que estaría ahí, “pero dónde, cómo” (según se preguntaba Cortázar).

Cuando la mente se inunda de dudas y de voces: en ese umbral transcurre Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1979). Sus ocho cuentos aventuran metafísicas personales mediante raptos de psicosis, misticismo, alienación, o basados en las tradiciones ancestrales de los pueblos originarios.

En “El ojo”, esas visiones ultraterrenas las implanta una madre, que antes de persignarse, le dice a la narradora: “El enemigo viene disfrazado de ángel […], pero su verdadero rostro es terrible. No te olvides nunca de que llevas su marca en la frente. Él conoce tu nombre y escucha tu llamado”. La fina línea entre sentido figurado y literalidad es la cuerda por la que el lector camina hasta el final: ¿profecía verdadera o daño psicológico provocado por “el ojo” sauronesco de una controladora?

En “La Ola” las fuerzas extrañas son percibidas con la intuición, sin suscribir ya a un sistema de supersticiones previamente articuladas (léase “religión”). El relato de una insomne universitaria de Cornell —en Ithaca, Nueva York (donde Colanzi reside y enseña)— contiene a su vez al de una chola que atraviesa una experiencia enteogénica transformadora.

En “Meteorito”, la amenaza proviene del espacio exterior; sin embargo —y como ya dijera Ballard— es el espacio interior del individuo el que vale la pena explorar hoy. Eso hace Colanzi. Hay una finta similar en “Caníbal”: la amenaza exterior —ese “Hannibal Lecter” que ronda por París— sólo es envoltorio para la indagación de la intimidad de quien narra.

“Chaco” transparenta admiración por el Eisejuaz de Sara Gallardo. El protagonista también tiene un rapto místico: la voz de un indio muerto se instala en su cabeza de asesino, y lo insta a otras acciones. Los pasajes de esa voz merecen leerse en voz alta.

Menos como Ballard que como Philip Dick, en “Nuestro mundo muerto” Colanzi opta por un entorno neto de ciencia ficción: la (tópica) exploración de Marte. Los recuerdos de una Tierra que ya no ofrece nada se enzarzan con el paisaje hostil del presente, que concede delirios pero ninguna vuelta atrás.

Cierra “Cuento con pájaro”: coral y con saltos temporales, en su concepción puede relacionarse con “Lobisón de mi alma” de Mariano Quirós, por cómo ambos cuentos remiten oblicuamente al éxodo forzado de los nativos de las zonas rurales hacia las grandes urbes.

Los ocho cuentos arrancan con convicción. Muchos finales no buscan una redondez concluyente sino ambigüedad deliberada; la apreciación de esas sutilezas quizás divida a los lectores. Otros finales, abiertos, asemejan el cuento al piloto de una serie: proyectan la trama hacia lo que vendría (es el caso de “Alfredito”, donde lo cuestionado es el umbral de la muerte).

Por su cohesión temática, por su incorporación de ciertos rasgos regionales (¿nostalgia del boom latinoamericano?) y por un estilo trabajado como una masa liviana y refinada —con algunos localismos, frutos abrillantados dispersos que le dan a la prosa su sabor particular—, Nuestro mundo muerto es un libro disfrutable, plantado en la triple frontera entre lo verdadero, lo percibido y lo sobrenatural: “eso” que sólo aceptamos cerca de nosotros cuando su contacto se nos vuelve innegable.

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Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi. Cuentos. Eterna Cadencia, 2017. 128 páginas. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 4 de junio de 2017).

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Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy y Diego Ontivero

Por Martín Cristal

Los cazafantasmas

Larraquy-Ontivero-Informe-Ectoplasma-animalRoque Larraquy se desmarca de las expectativas que siempre genera una muy buena primera novela —como sin duda lo fue La comemadre, su debut narrativo de 2010— mediante la publicación de un segundo libro que no pueda encajarse fácilmente en ese mismo género… o en cualquier otro. Un buen intento de evitar las (inevitables) comparaciones.

Su flamante Informe sobre ectoplasma animal consta de 23 episodios brevísimos cuyo punto en común más evidente con La comemadre es el retorno a la exploración ficcional del ámbito científico de principios del siglo XX (que en esta ocasión se prolonga hasta la década del cincuenta). En la ingenuidad entusiasta de esas investigaciones primigenias —en ese no saber si lo que se estudia hoy tendrá, algún día, estatuto de ciencia, o aplicaciones prácticas relevantes—, hay una cantera muy rica para la imaginación narrativa, algo que Larraquy sabe aprovechar.

La narración en presente le otorga inmediatez a una acción que se enfoca —en las dos primeras partes del libro— en la recolección de un módico zoológico de aparecidos: son espectros de animales muertos, “un residuo matérico inscripto en el éter”, que puede registrarse mediante una novedosa técnica, todavía en desarrollo: la ectografía. Con ella es posible captar el “ectoplasma” animal, y luego sugerir las más diversas conclusiones respecto de cada uno de esos registros.

Los episodios del catálogo espectral de Larraquy funcionan en dos direcciones: presentan una historia fantasmagórica que luego el registro ectográfico vendrá a interpretar; o bien, a la inversa, describen primero una ectografia, cuyo resultado el lector comprenderá mejor al conocer el contexto en que se obtuvo la toma.

La tercera parte de este informe propone una trama mínima en torno al intento de desarrollar la técnica ectográfica por parte de una típica sociedad (pseudo)científica: caballeros honorables que buscan sistematizar sus observaciones en pos de convertir su afición común en una ciencia hecha y derecha (lo otro que buscan, claro, es credibilidad y apoyo económico). La convicción de los científicos de Larraquy a veces parece más basada en la fe que en la razón, y muchas veces provoca una sonrisa. Su fascinación por ver lo que usualmente no puede verse, recuerda el asombro de Hans Castorp —en La montaña mágica de Thomas Mann (1924)— al ver el esqueleto de su primo Joachim (y los huesos de su propia mano) en una “moderna” radiografía.

Diego-Ontivero-TrilobitesEl texto íntegro abarca apenas 55 páginas, que se complementan bien con las ilustraciones de Diego Ontivero: 23 composiciones geométricas de colores desaturados —cuando no en blanco y negro—, posiblemente realizadas con algún programa de dibujo vectorial (Ontivero es diseñador gráfico). Figurativas o abstractas, apelan a sintéticas vistas frontales o con perspectivas isométricas, y a la elogiable estrategia de sugerir antes que explicar. Destaca la de un trilobites, mezcla de fósil y móvil colgante.

En un dibujo mucho más antiguo (un grabado en realidad), Goya inscribió aquello de que “el sueño de la razón produce monstruos”. En este informe, el monstruo provisto por la razón —por la ciencia, como sucede desde Frankenstein— toma la forma evanescente de un espectro mixto, un residuo fantasmal que en su más mínimo contacto con el hombre parece capaz de alterarlo, excitando su violencia intrínseca. Todo el orden moral humano queda en cuestión cuando nuestra bestialidad puede atribuirse a algo invisible, incontrolable, que nos atraviesa. El epílogo de este Informe sobre ectoplasma animal funciona como contraste para esta percepción. ¿Somos más de lo que se ve de nosotros? Aun si así fuera, los hombres ya hemos establecido las penitencias que les corresponden a todas “nuestras” malas acciones.

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Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy (texto) y Diego Ontivero (ilustraciones). Nouvelle ilustrada. Eterna Cadencia, 2014. 88 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 8 de mayo de 2014).

Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva Olazábal

Por Martín Cristal

Levrero para todos

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Mario Levrero —aquel escritor raro, de culto, inconseguible— sigue siendo raro: basta leerlo para comprobarlo. El culto, eso sí, se va expandiendo y por ende se relativiza, sobre todo porque sus libros ya no son tan inconseguibles: desde su muerte en 2004, sus obras están siendo reeditadas a ritmo firme, muchas veces por sellos multinacionales de llegada masiva.

El interés que concita el autor uruguayo ha quedado patentizado este año con la aparición casi simultánea de tres libros sobre su obra y su persona: Un silencio menos, las conversaciones compiladas por Elvio Gandolfo (Mansalva); La máquina de pensar en Mario, ensayos sobre la obra levreriana seleccionados por Ezequiel De Rosso (Eterna Cadencia); y Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva Olazábal (Conejos).

En rigor, este último es una reedición en la que Silva Olazábal (Fray Bentos, 1964) aprovecha para ampliar las versiones —uruguaya y chilena— que ya tuvo el libro, agregándoles un anexo con materiales complementarios. Lo que abunda, no daña, y se agradece; igual, el plato fuerte sigue siendo la síntesis de su intercambio por correo electrónico con Levrero —desarrollado entre 2000 y 2004—, que en las primeras 120 páginas del libro condensa “la expresión del pensamiento y las concepciones estéticas” del autor, “sus gustos, disgustos, manías, las formas de ver el mundo y la vida, y un etcétera largo y frondoso”, según pormenoriza el propio Silva en la introducción.

Más allá de su innegable importancia como documento, se destaca el valor didáctico del libro (ya sea que el lector comulgue o no con la cosmovisión levreriana, que incluye por ejemplo un alto respeto por la telepatía y la hipnosis, entre otras rarezas). Los aspectos discutidos de la creación narrativa han sido reagrupados temáticamente en capítulos que permiten un abordaje claro de las técnicas escriturales y el arte poética, el humor, el plagio, el bloqueo, el estilo, las diferencias entre imaginación e invención, o entre “gustos de lector” y “gustos de escritor”, o el problema filosófico de los “gustos perversos”, entre otras cuestiones. También propicia la discusión de algunas obras del propio Levrero, como El discurso vacío o El lugar (la ejecución de esta última, para mi sorpresa, a Levrero no le agrada; yo creo que es magistral).

Para narrar, Levrero prefiere gozar de la mayor libertad posible, “hacer las reglas después de escribir, como para no atarse ni siquiera a las propias reglas”. En ocasiones alcanza altos niveles de sabiduría filosofal:

“Cuando llegás al punto de que te importa un bledo lo que piensen los demás, ahí es cuando todos empiezan a respetarte y a admirarte. La inseguridad nos crea huecos por donde se mete inexorablemente el sadismo ajeno, o sus ansias de dominio. Es inevitable; pasa con las mejores personas (incluso yo siempre estoy fuertemente tentado de herir al débil). Naturaleza humana que le dicen”.

Por supuesto que no todos los conceptos y técnicas de Levrero podrán ser aplicados por lectores-escritores que ya hayan pulido un modo de narrar propio y distintivo. Sí serán útiles como punto de partida para quienes recién comienzan en la escritura, o para aquellos autores ya formados que igualmente quieran contrastar sus ideas con las de otro, tan personal como excéntrico. Con seguridad las disfrutarán los admiradores de Levrero que quieran conocer de buena fuente su propia mirada sobre el oficio y sobre la realización de esa obra literaria multiforme que logró cautivarlos y fidelizarlos.

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Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva Olazábal. Entrevista. Conejos, 2013. 206 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 5 de septiembre de 2013).

En los zapatos de Margo Glantz (II)

Por Martín Cristal

Segunda parte de la nota sobre la escritora, crítica y académica mexicana Margo Glantz que se publicó en el Nº 7 de la revista Ciudad X (enero de 2011). Incluyo un recuadro que por motivos de espacio no salió publicado en la versión en papel.

[Parte I: sobre las obras de Margo Glantz editadas en la Argentina]

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Entrevista

En los zapatos de Margo Glantz

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—En Saña contás que el pintor inglés Spencer, al recibir el título de Caballero, explicó que “siempre había deseado el galardón pero de manera sencilla, parecida a la de un hombre que espera que su vecina le regale un tarro de mermelada…”. ¿Cómo deseabas vos los reconocimientos que hoy tenés? ¿Cuánto piensan escritores y académicos en premios y doctorados honoris causa?
—No se escribe para ganar premios, pero es satisfactorio y desagradable a la vez recibirlos. Te exalta y te deprime al mismo tiempo, o por lo menos a mí. Quisiera tomármelo con más sentido del humor, como se lo tomó Nicanor Parra cuando le anunciaron que había sido el primero en obtener el Premio Juan Rulfo, sin ninguna solemnidad, con sentido del humor. Si sacas un premio prestigioso, te conviertes en otra persona para los demás. Hay quienes creen que no lo mereces, otros te siguen sólo porque lo sacaste… Pero, es evidente que a final de cuentas me satisface haber recibido premios, sobre todo el de la FIL, para mí siempre Premio Juan Rulfo, extraordinario escritor aunque no le guste a César Aira.

—Al constatar que una noticia sobre una top model hoy puede ocupar más espacio en el diario que otra sobre una guerra, te preguntás: “¿Pueden delimitarse las jerarquías si no existe previamente un orden?”. Enfoco esa pregunta sobre tu propio libro: ¿están disueltas las jerarquías temáticas de Saña? ¿Por qué elegiste entremezclarle los temas al lector?
—Si hubiera separado los temas de una manera común y corriente, Saña no sería lo que es. Esas mezclas, esos regresos, esas tribulaciones, esos viajes intertextuales le otorgan su más íntimo sentido; además, trabajo con la fragmentación, y la unidad la tendría que encontrar el lector. Yo creo que está presente, pero entreverada, diluida y a la vez fuertemente sugerida. Por otra parte, creo que cada texto funciona también individualmente por cuenta propia.

Saña podría haberse gestado como blog: textos breves, variados, con eje en tus intereses como autora… Hay recurrencias que hubieran podido interrelacionarse con links o haberse articulado con tags (“etiquetas”, que con sólo un clic reunirían los textos correspondientes a un mismo tema). ¿Te parece pertinente este paralelismo?
—Quizá sea pertinente, pero como soy en cierta medida una escritora antediluviana —me limito a usar la computadora como una máquina de escribir más eficiente— soy completamente ajena a esas técnicas que enumeras. Aunque pienso que quizá pudiera tomarse como tú dices mi texto —es una posible interpretación—, yo lo escribí como si fuese un libro que se ha ido integrando paulatinamente y cuyos fragmentos se fueron produciendo a lo largo de los años. En el trabajo de estructuración lograron conformarse como un todo armónico.

—En uno de los mejores relatos de Zona de derrumbe, la narradora va a hacerse una mamografía. Ese texto destila femineidad, una manera de ser mujer por la sencilla vía de serlo, y no un feminismo militante, que sesgaría la lectura. ¿Creés que esto sucede sólo por la situación narrada, a la que un hombre no tiene acceso? ¿Se debe a tu mirada femenina, o quizás a una manera consciente de escribir que pueda tipificarse como “propiamente femenina”?
—Me importaba explorar en ese cuento —cosa que sigo haciendo— el aspecto biológico del cuerpo sujeto a la enfermedad, y de alguna manera explorar la identidad corpórea femenina. Esa relación se explicita metafóricamente en el texto, pues se refiere específicamente a una enfermedad que le sobreviene a un cuerpo femenino, aunque conozco a algunos varones que han sufrido el mismo tipo de cáncer, con un significado obviamente distinto, lo viven por lo general como una doble humillación. Existe un cáncer equivalente en el hombre, el de próstata, pero en el relato mencionado, “Palabras para una fábula”, los senos delimitan una zona corporal femenina ligada al erotismo, a la maternidad y a la enfermedad. Me interesa también explorar cómo una zona del cuerpo pasa de ser erógena para convertirse en una zona de muerte.


Margo Glantz. Foto: Alina López Cámara.

—Con Las genealogías indagaste en tus orígenes judíos. ¿Creés que trabajar ese texto a lo largo de todos estos años, pueda haber sido, en el fondo de tu mexicanidad, tu manera de ser judía, una manera de expresarte como judía?
—La identidad es resbaladiza y ambigua, hay muchas formas de enfrentarla. Yo intenté hacerlo con Las genealogías y también leyendo a y escribiendo sobre autores como Roth, Celan, Levi, Benjamin, Sebald, Arendt. Las genealogías es un asunto familiar, reencontrarme con mis padres de otra manera, conocerlos de otra forma distinta a la visceral.

—Corregiste y aumentaste Las genealogías en sucesivas reediciones; un pasaje de El rastro (acerca de un museo bostoniano) reaparece como fragmento independiente en Saña; los relatos de Zona de derrumbe se reconfiguran y expanden en Historia de una mujer… ¿Qué valor encontrás en la reescritura?
—No creo en la fórmula matemática de que el orden de los factores no altera el producto. La manera de insertar un fragmento textual en situaciones narrativas distintas altera totalmente el sentido que tiene ese fragmento por sí mismo. Como algo específico, funciona también perfectamente así aislado, pero en el conjunto se potencia de manera diferente; es una forma muy habitual que tengo de trabajar… Varios de los textos de Saña sobre la India se recogerán, se alterarán, se reconstruirán y formarán parte de otra textualidad; así pasó con el que mencionas de El rastro. Allí se adecuaba al sentido del relato, pero cuando se alía con otros textos donde el arte es importante adquiere connotaciones especiales… A menudo recurro a la pintura para explicarlo. Como otros pintores, Bacon —muy presente en Saña y en un nuevo libro que estoy escribiendo— regresa al mismo tema una y otra vez, pero cada vez que lo hace produce algo totalmente distinto de lo anterior, aunque obviamente se adviertan las conexiones.
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Onda y nuevas generaciones

En 1971, Glantz publicó la antología Onda y escritura, jóvenes de 20 a 33. Así le dio nombre a una corriente surgida en los ‘60, la “Literatura de la Onda”: José Agustín, Gustavo Sainz y otros escritores, siempre reticentes en aceptar el nombre acuñado por Glantz. Actualmente a ella ya no le interesa recordar a aquellos autores: “fueron importantes pero circunstanciales”, dice.

Visto que el Jurado de la FIL también destacó a Glantz como “referente indispensable para nuevas generaciones de escritores”, le preguntamos por la literatura mexicana contemporánea y le pedimos recomendaciones sobre los autores jóvenes de hoy.

—Hay escritores diversos, no me atrevería a hacer una catalogación como lo hice con la “Generación de la Onda”. No puedo ponerle títulos a las corrientes que están surgiendo. Pero sí es una literatura mucho más trabajada. La Onda rompió con formas establecidas e inauguró un lenguaje nuevo, pero allí naufragaron muchos escritores, se convirtió en una receta. Ahora hay un mayor cuidado por la escritura. Interesan nuevos temas, por ejemplo, y tristemente, el del crimen y el narco.

Recomendaría sobre todo a Mario Bellatin, que ya está totalmente consolidado, una voz importantísima que sobrepasa lo local; también a Guadalupe Nettel, una escritora de 40 años, a Emiliano Monge, de unos 30, y a Valeria Luiselli, de 25.

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En los zapatos de Margo Glantz (I)

Por Martín Cristal

Poco antes del bicentenario de México, Margo Glantz obtuvo el Premio de Literatura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), galardón al que ella sigue llamando con su nombre original, Juan Rulfo.

Entrevisté a Glantz para el Nº 7 de la revista Ciudad X (enero de 2011). La nota está estructurada en dos partes: primero, un breve recorrido por los libros que esta escritora, crítica y académica mexicana ha publicado recientemente en la Argentina; y después, las preguntas y respuestas propiamente dichas.

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Primera parte

En los zapatos de Margo Glantz

En el último año, Margo Glantz ha recibido diversos homenajes y reconocimientos por su trayectoria. Sus méritos seguramente no son ninguna sorpresa para los lectores que hayan estado atentos a la aparición de este nombre sobre los estantes de las librerías argentinas.

En 2001 la editorial Beatriz Viterbo publicó Zona de derrumbe, seis relatos que contornean a Nora García, alter ego de Glantz. Sus narraciones están hechas de miedo (a una mamografía; al descubrimiento de que a cierta edad se empieza a babear por la comisura de los labios) y de amor (por las mascotas; por la mesa de Francia o la pintura de Inglaterra; por los zapatos). La prosa, amena y sencilla, incorpora también elementos ensayísticos, rasgo distintivo de la autora. Parte de este libro, reconfigurado, integraría luego Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador (Ed. Anagrama, 2005).

En 2002 desembarcó El rastro (Ed. Anagrama), novela en la que reaparece Nora García: vuelve a su pueblo para asistir al velorio de su ex marido, músico como ella, quien acaba de morir de un infarto. La acción, mínima, deja lugar a una escritura que avanza en forma de bucle, explorando facetas del mismo tema: el corazón (músculo y símbolo a la vez). Dicho loop mezcla los recuerdos que Nora tiene de su ex con varias consideraciones sobre la música: Glenn Gould, Bach, las Variaciones Goldberg… Ese concepto, la variación, es clave para comprender la forma de este libro, finalista del Premio Herralde de Novela en ese mismo año.

En 2010 apareció Saña (Ed. Eterna Cadencia), un libro que se compone de más de 250 textos breves y variados. Este álbum del gusto, el interés y la curiosidad de Margo Glantz intercala temas como la vida y obra de Bacon, Spencer, Scarlatti, Gould, Rimbaud o Perec; la escatología; la guerra, el nazismo, la guillotina y otras “sañas” históricas; la locura; la conquista de América; la idiosincrasia y el paisaje de la India; los peinados, las modelos, la moda… y los zapatos. En el conjunto, que no se amolda a un género específico, dominan la reflexión y la cita, como paráfrasis o bien como transcripción libre, sin usar nunca las comillas. El Jurado de la FIL destacó de Glantz “su propuesta en torno a la […] frontera de los géneros mediante poéticas fundadas en la fragmentación y el acopio de discursos provenientes de diversas disciplinas”. Saña representa bien esa apreciación.

Y, también en 2010, el sello Bajo la Luna reeditó Las genealogías, obra central en la producción de Glantz. Publicada por entregas en un diario mexicano, y luego como libro en 1981, esta oportuna reedición argentina nos acerca la reconstrucción que la autora hizo de su historia familiar. De la investigación y los viajes, pero sobre todo del diálogo íntimo con sus padres, Glantz desovilla la saga de estos judíos ucranianos que emigraron a América escapando del hambre, las guerras y la violencia del antisemitismo. La vida en Europa central, la travesía marítima, México como destino fortuito, la adaptación cultural, la difícil integración y el paulatino proceso de asimilación de hijos y nietos no son escalas de una cronología inflexible, sino un trayecto plástico por el que Glantz va y viene, ensamblando lo que finalmente también es una forma de autobiografía.

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Perfil de la autora

La trayectoria de Margo Glantz (México, 1930) comprende, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y la Medalla de Oro de Bellas Artes de su país. En agosto pasado se le otorgó el Premio FIL en Lenguas Romances, el cual le sería entregado a fines de noviembre, durante la inauguración de la 24ª edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Glantz integra la Academia Mexicana de la Lengua y es profesora emérita de la UNAM. Publicó gran cantidad de ensayos académicos —es especialista en Sor Juana Inés de la Cruz— y también obras narrativas que se funden con el ensayo y la autobiografía. Varias de esas obras han sido editadas en la Argentina. Actualmente prepara un libro sobre la India, bajo el título La tierra ajena.

[Continúa con la entrevista propiamente dicha, en el próximo post.]

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Lo mejor que leí en 2010 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2010:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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Parranda larga. Antología poética,
de Nicanor Parra

Alfaguara, 2010. Poesía.
Llegamos a Parra por Bolaño, que lo señalaba como su poeta favorito. Luego de la muerte de Bolaño, Parra lo recordaría con uno de sus (¿anti?)poéticos “artefactos visuales”, que a mí me resultó conmovedor. Sobre la poesía de Parra, Elvio Gandolfo dice en el prólogo: “Su influencia se ha difundido por el modo en que atrae su modo de dar permiso, de abrir cancha en vez de cerrarla, de generar la audacia de hacer aquello que se tiene ganas de hacer, sobre todo con las palabras”.

Certero, lo de Gandolfo: ésa que él describe fue la sensación exacta que me dejó a mí este libro (cuyo prólogo leí, como corresponde, al final), además de la sorpresa de que la poesía pueda ser, también, muy divertida. Y ese “en poesía vale todo”, que el propio Parra expresa en uno de sus versos, me llevó a una nueva práctica: el remix de poesía, que iniciamos con el mismo Parra, que ya continuamos con Giannuzzi y Casas, y que en adelante seguiremos practicando con otras antologías, como una forma de que la poesía se reseñe a sí misma.

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La descomposición y Glaxo,
de Hernán Ronsino

Interzona (2007) y Eterna Cadencia (2009), respectivamente. Novelas.

En
El pez volador ya le dedicamos un artículo a Glaxo, la segunda novela de Ronsino, concisa y redonda.

Aprovechamos entonces para recomendar también la primera: La descomposición (Interzona, 2007). Ambas comparten un mismo personaje, Bicho Souza, aunque también se entrecruzan otros. La acción de las dos novelas abarca hechos que van desde los años treinta hasta finales del siglo XX.

Los sucesos de La descomposición y los de Glaxo se sitúan en un mismo pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires: Ronsino trabaja el concepto faulkneriano-onettiano de “unidad de lugar”. Leyendo ambas novelas se puede ir completando una línea de tiempo con los hitos de la historia íntima de ese pueblo, que casi siempre ocultan miserias personales y disimulan una violencia contenida (un olor a podrido de fondo: la descomposición). Esa violencia, en ambas novelas, deviene en crímenes inconfesables, de los que sólo el lector es testigo privilegiado. Seguramente volveremos a este pueblo y a estos personajes en las futuras obras de Ronsino.

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Spinoza. Una introducción,
de Diego Tatián

Editorial Quadrata-Biblioteca Nacional, 2009. Ensayo/Filosofía.

La colección “Pensamientos locales”, dirigida por Adrián Cangi y Ariel Pennisi, convoca a un intelectual argentino para que nos introduzca en el mundo de un filósofo de peso y fama universales: Ricardo Forster nos acerca al pensamiento de Walter Benjamin, Roberto Ferro al de Jacques Derrida…

Diego Tatián (Córdoba, 1965) es profesor de filosofía, ensayista, crítico y narrador. En el caso de esta presentación que hace de la vida y obra de Baruj Spinoza, lo primero que se agradece es el tono cordial y didáctico, que no intimida a quienes no somos versados en filosofía. Su amena oralidad se funda en el origen del texto: es la transcripción de un curso dictado en el marco del Programa de Estudios Judíos de la Universidad Nacional de Córdoba, en 2004.

Al contrario de lo que hacía Heidegger al dictar un seminario sobre Aristóteles, Tatián sí elige la biografía del filósofo como una vía esencial para acercarnos a su obra. El Herem (la excomunión de Spinoza del seno de la comunidad judía de Amsterdam, en 1656) es el hecho central desde el que Tatián desovilla, hacia adelante y hacia atrás, la vida completa de Spinoza, como una plataforma para abordar luego los rasgos generales de sus obras más importantes: el Tratado teológico-filosófico, la Ética

Para una obra que se presenta a sí misma como una introducción quizás no haya mayores méritos que los que ésta alcanza claramente: el de acompañar al lector hasta la entrada, el de dejarlo con las ganas justas de saber más y el de darle ánimo para abordar una obra como la de Spinoza, que se entrevé muy difícil, pero que seduce de antemano por las definiciones cruzadas que Tatián propone para ella: una filosofía “como manera de vivir, y no como manera de morir”; una ética que no se pregunta por el cumplimiento adecuado de los deberes morales, sino que se propone hacernos “conocer nuestra propia naturaleza” para descubrir así nuestras compatibilidades y poder “combinar los encuentros de una manera tal que se incremente nuestra potencia de vivir”, en aras de “tratar de llegar a ser máximamente causa de nosotros mismos”.

Una síntesis de esta serie salió en diciembre en la revista digital Hermano Cerdo.