Cinco policiales nórdicos (V)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason
De Dinamarca: Los chicos que cayeron en la trampa, de Jussi Adler-Olsen

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FINLANDIA

El hombre con cara de asesino,
de Matti Rönkä (Carelia del Norte, 1959)*

Novela publicada en 2002, primera de las del detective privado Víktor Kärppä, quien —a diferencia de otros investigadores relevados aquí— no está 100% del lado de la ley…

El caso: El señor Larsson le encarga a Kärppä que encuentre a su esposa Sirje, desaparecida. Sirje resulta ser hermana del mafioso estonio Jaak Lillepuu, lo cual lo hace todo más peligroso. Pero Kärppä está acostumbrado a lidiar con gente de esa calaña: ahí está su relación personal con el traficante ruso Ryzhkov, que contrabandea de todo a ambos lados de la frontera.

Mientras, un policía finlandés —Korhonen—, presiona cada tanto a Kärppä en busca de información sobre negocios turbios. Para colmo, reaparece una vieja amiga de Víktor: la KGB, con una misión a la que él no podrá rehusarse, aun cuando se creía eximido de esos servicios. En medio de todo, también peligrará la salud de su madre, qie todavía vive del lado ruso.

Un panorama complicado para un solo hombre, que sin embargo todavía tiene tiempo para conocer a una chica, Marja, y enamorarse de ella, por qué no.

El tono del personaje-narrador es convincente y fluido, aunque las escenas de acción parecen narradas un poco a las corridas y —hundido entre tantas subtramas— el caso no avanza nada durante el 80% del libro. De a poco se ve que es el típico policial en que el detective investiga un caso menor sin ver que lo están involucrando en un crimen mayor.

 

El investigador: “Yo tengo cara de decente”, dice de sí mismo Víktor; sin embargo, cuando todavía usaba su apellido ruso —Gornostáyev (que, como Kärppä en finés, también significa “armiño”)—, en el ejército le decían que era un “hombre que tenía cara de asesino”.

Existe una serie televisiva homónima, de producción finlandesa (hecha con menos recursos económicos que aquellas a las que nos tienen acostumbrados HBO o Netflix). La acción de este libro cubre sólo los dos primeros capítulos de la temporada inicial. El Kärppä de la serie no tiene mucha cara de asesino que digamos, aunque sí es bastante inexpresivo, no sabemos si por impericia actoral o por todo lo contrario: la inexpresividad ante el peligro es, precisamente, el rasgo principal de Kärppä.

Nacido y criado en la Unión Soviética, Kärppä es ingrio por parte de padre y finlandés por parte de madre, “ya que la familia de ésta escapó a la Unión Soviética tras la Guerra Civil Finlandesa de 1918”. Víktor ahora vive en Helsinki y no se mete en negocios ilegales, “al menos no por gusto o por un salario de mierda”.

Lo cierto es que, además de detective —oficio que ejerce desde una oficina que había pertenecido a un sindicato, del que además se agenció varios muebles—, Kärppä tiene sus otros curros. Él se justifica así: “Mi madre probablemente tendría menos canas y estaría mejor del corazón si yo fuera un ingeniero de Nokia, o granjero en Carelia. Pero no lo conseguí. Ni en Leningrado, ni en Sortavala, ni aquí en Finlandia. […] Pero tampoco me voy a pasar diez años trabajando en una alcantarilla sólo para merecer humildemente el derecho a ser finlandés”.

No por eso Kärppä carece de una ética: “Yo no mato, ni maltrato, ni robo, pero si me ofrecen que eche una mano en algún asunto a resultas del cual un Estado o un rico van a acabar teniendo menos, y yo voy a ganarme el pan, entonces lo hago. Y no me quita el sueño”.

 

El contexto socio-geográfico: marca permanentes diferencias y prejuicios entre finlandeses y rusos.

“Casi todos me contestaron con aspereza, creyendo seguramente que yo era ruso”, dice Kärppä, que además sabe que hablar finés con acento ruso amedrenta a los finlandeses: “Primero me dirigí a él en ruso, para después cambiar al finés, marcando el acento ruso: —Oiye, chafall, ¿tiyenes algúñ prrrobliyema? —el pobre tipo se aturulló intentando aclararme que había sido sin querer. Asunto zanjado”.

En otra parte, le dicen a Víktor: “Le creía en posesión de la tenacidad y entereza de los finlandeses, pero veo que es usted un flojo, como todos los rusos”. También en una fiesta, un finlandés hostiga a Kärppä: “Sí que fue una decisión extraña la del presidente Koivisto. Me refiero a esa sobre el estatus de los emigrantes retornados ingrios. Ahora los hay a miles y los problemas no hacen más que amontonarse. Y la Carelia rusa vacía, claro, porque los espabilados, que son los de origen finlandés —cómo no— se han venido todos para acá”. Al contexto histórico para comprender este comentario insidioso, Rönkä se ve obligado a explicarlo en un prefacio (con mapa y todo), que resulta ameno y de gran provecho para el lector.

Las diferencias entre unos y otros también son económicas. A una zona del barrio de Pakila se la llama “Pakila Dólar”; “a la otra zona del barrio, menos burguesa, la llamaban ‘Pakila Rublo’, aunque a mis ojos ambas zonas eran el vivo ejemplo de refugio idílico de la clase media finlandesa: casas de madera construidas originalmente en la posguerra, con tejados a dos aguas, y ampliaciones que sus sucesivos dueños les habían ido añadiendo, frondosos jardines y, entre ellos, apretujados en angostos solares, edificios multidimensionales de ladrillo y chalés adosados”. Por el contrario, el aspecto de los edificios del lado ruso se lo achaca al “realismo postsoviético, cuyo elemento característico es lo inacabado”.

Kärppä cruza varias veces la frontera Finlandia-Rusia. “A la aduana finlandesa no le interesaba demasiado quién viajaba a Rusia. Del otro lado, en el puesto fronterizo de mi Carelia natal, iba y venía la consabida manada de soldados serios y amodorrados con sus ametralladoras colgando, funcionarios de aduanas de uniforme azul, guardias fronterizos de verde y las habituales fulanas pintarrajeadas de aspecto descuidado”. Al regresar al lado finlandés, “el paisaje experimentó un cambio: todo era más limpio y más brillante, y hasta la primavera parecía estar más avanzada”.

En otro lado, declara: “No sabes la risa que me dio una vez cuando leí que el mayor abismo entre ricos y pobres se encuentra en la frontera entre México y California. ¡Una mierda!… El mayor abismo está en la frontera entre Finlandia y Rusia, en Värtsilä, en cuanto la pasas y llegas a Ruskeala”.

Calificación personal: 7/10.

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[*] En realidad, el grupo de lectura eligió la novela El sanador, de Antti Tuomainen, la cual, tras la lectura —con su mezcla de policial light incrustado en un contexto de CF postapocalítica light—, me dejó en un perfecto ni fu ni fa. Por esta razón, después, por mi cuenta, elegí leer esta novela de Rönkä, decisión a la que se plegaría el segundo grupo de lectura.

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Cinco policiales nórdicos (IV)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason

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DINAMARCA

Los chicos que cayeron en la trampa,
de Jussi Adler-Olsen (Copenhague, 1950)

De 2008, es la segunda novela de la saga de Carl Mørck, la cabeza del Departamento Q: una unidad especial de la policía, dedicada a casos no resueltos.

 

El caso: A priori, nos interesaba la vueltita lógica del Departamento Q: no se trata aquí de resolver un caso actual, sino de revisar uno pasado. Hay que encontrar errores procedimentales (o corrupción, o encubrimientos, o falsas pistas) y recién entonces, con una nueva hipótesis, encarar una nueva investigación que esta vez sí consiga resolver el asunto.

Como Fossum, Theorin e Indridason, Adler-Olsen también empieza su novela con un teaser. Un hombre corre por un bosque; lleva las manos atadas detrás de la espalda y los ojos vendados con cinta adhesiva. Apenas consigue ver, pero corre lo más rápido que puede, porque sabe que otros hombres vienen a cazarlo.

La investigación en sí se inicia cuando en el escritorio de Carl Mørck aparecen los archivos de un caso de veinte años antes. El misterio es doble: a) ¿Quién (y por qué) dejó esa carpeta ahí?; y b) ¿Por qué a simple vista saltan tantas irregularidades en esa investigación original? ¿Cómo es que nadie la puso en duda?

Esa investigación original se retrotrae a 1987. En una cabaña, dos hermanos adolescentes fueron asesinados brutalmente. Los culpables podrían hallarse entre un grupo de jóvenes patricios, exitosos, ricos, prepotentes. Cuando uno de los sospechosos se entregó y confesó el crimen, el caso se dio por cerrado. Mørck activa su curiosidad y empieza a husmear por ahí; encuentra más pistas plantadas. Alguien quiere que ese caso se reabra sin importar que ya se haya dictado una condena al respecto.

En paralelo, la novela desarrolla dos líneas argumentales más: una que sigue el presente próspero de aquellos sospechosos que hace veinte años eran compañeros de un internado muy exclusivo, y que ahora son empresarios omnipotentes (exceptuando al que se culpó del crimen, quien todavía purga su condena en la cárcel); y otra que sigue la vida de una chica, que también integró aquel grupo de adolescentes, pero que ahora es una vagabunda que roba y se esconde en las inmediaciones de la estación de tren de Copenhague.

Leyendo el 10% inicial, se comprende que aquellos jóvenes (que recuerdan la relación riqueza-poder-aburrimiento-violencia-locura del American Psycho, de Bret Easton Ellis) no sólo son responsables del crimen de 1987, sino también de otros actos de violencia nunca esclarecidos; y que aun hoy todos ellos satisfacen su sadismo de distintas maneras, a excepción de Kimmie, la chica: si ella lleva años escondida en las calles de Copenhague, es porque sabe demasiado sobre ellos…

A diferencia de otras novelas en las que seguimos solamente al investigador mientras éste devela las zonas oscuras del caso hasta dar con un culpable, esta novela de Adler-Olsen se estructura como una partida de ajedrez: el lector es testigo de entrada de los movimientos de ambos contendientes. A medida que avanza, sigue los esfuerzos de una parte por resolver el caso, y de la otra, por evitar esa resolución.

Esta dinámica abierta de protagonista-antagonistas —que el guionismo hollywoodense ha sabido explotar muy bien— aquí tiene la contra de que a veces el lector sabe de antemano hechos que al policía le llevará muchas páginas corroborar: no hay ninguna sorpresa cuando por fin logra hacerlo, y así hay minucias que se dilatan. El principal defecto de la novela —sin contar el de ofrecer unos villanos sin matices— termina siendo éste: sus 512 páginas terminan resultando farragosas (la traducción tampoco ayuda). Un final que se pretende a toda orquesta no alcanza para disimularlo.

 

El investigador: El rasgo principal del subcomisario Carl Mørck es la ironía. Casi no hay diálogo que fluya solamente con los parlamentos de los hablantes; en todos, Mørck tiene que intercalar sus pensamientos sarcásticos off the record.

Como consecuencia de la novela anterior, sabemos que un compañero de Mørck terminó muerto en un tiroteo; otro, Hardy Henningsen, quedó paralítico en un hospital, cosa que mortifica al subcomisario. Una psicóloga de la policía, Mona, lo asiste al respecto; ella es el amor secreto de Mørck.

De carrera en la policía danesa desde que era un joven agente en las calles de Copenhague, Mørck ahora dirige el Departamento Q, cuya oficina queda en un sótano, y el cual tiene una seria escasez de personal.

Sólo dos personas colaboran con Mørck. En la calle, su asistente, el sirio Assad, que no es policía; no se entiende bien cuál sería su relación contractual con la fuerza, pero sí que muchas de sus intervenciones están construidas por Adler-Olsen como un comic relief, estrategia que se extiende también a un nuevo personaje que se introduce al Departamento Q en este libro: el de una nueva colaboradora interna, Rose, una pesada a quien nadie quiere en otras secciones de la policía, pero que puede ser eficiente cuando se lo propone.

Mørck es un tipo alto, que Rose describe sarcásticamente como “un tipo con un cinturón de cuero marrón, los quesos metidos en unos zapatones negros del cuarenta y cinco y pinta de no ser ni fu ni fa”, que además tiene “una calva con forma de culo en la coronilla”.

 

El contexto socio-geográfico: Algunos subrayados en tal sentido:

  1. “En comida no gastaba demasiado, pero gracias al Gobierno de la llamada conciencia sanitaria, el alcohol ya no era tan caro. Ahora destrozarse el hígado salía a mitad de precio, qué gran país”.
  2. “…puede permitirse comprar lo que le dé la gana. Armas incluidas. No tiene más que patear un poco el adoquinado de Copenhague para encontrar una amplia oferta, me consta”.
  3. “Carl no había visto semejante arrebato de indignación desde que el primer ministro reaccionara ante las acusaciones de la prensa con respecto a la intervención indirecta de los soldados daneses en varios casos de tortura en Afganistán”.
  4. Una noticia en la radio: “la amenaza del presidente de la derecha de acabar con el sistema de regiones que él mismo había exigido que se creara”.
  5. Mørck se burla de una delegación de noruegos que viene a conocer el Departamento Q. Para él son “un hatajo de desaboridos del país de los fiordos”; se ríe también de su idioma: “¿Cómo demonios era capaz de extraer una frase tan coherente de semejantes gorjeos?”. A su vez, los noruegos “estaban admirados de la sobriedad danesa y de que los resultados siempre fueran muy por delante de sus recursos y beneficios personales”.

Calificación del grupo: 6/10.

[Termina en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (III)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin

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ISLANDIA

La voz, de Arnaldur Indridason
(Reikiavik, 1961)

Publicada en 2002, es la quinta novela de la serie del inspector Erlendur Sveinsson.

 

El caso: En Reikiavik, en un hotel de doscientas habitaciones, encuentran —pocos días antes de Navidad— el cadáver de un portero. Gulli vivía desde hacía veinte años en un cuchitril perdido en el sótano del hotel; contratado por una administración anterior, ninguno de los trabajadores actuales del hotel lo conocía bien. Apenas sabían que se daba maña para arreglar lo que se rompía y que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades. Con ese mismo disfraz hallan el cadáver en su cuartucho, salvo que tiene los pantalones bajados, un preservativo puesto y una cuchillada en el corazón.

Ante la perspectiva de otra Navidad solitaria en casa, el inspector Sveinsson decide alojarse en el hotel, en plena temporada alta, para averiguar quién ha cometido el crimen. Esto incomoda a más de uno entre el personal, empezando por el gerente, que no quiere ahuyentar a los turistas.

La acción del libro va descubriendo distintos planos temporales: el presente de la investigación en el hotel, donde además Sveinsson se encuentra varias veces con su hija, Eva Lind; el pasado de Gulli, el drama de su niñez, narrado en retrospectiva (a este plano corresponde el teaser inicial de la novela); la niñez del propio Sveinsson, el recuerdo de una tragedia que forjó su personalidad; y un caso en paralelo —un niño presuntamente golpeado por su padre—, del que se nos informa en forma intermitente, y que es llevado adelante por una ayudante del inspector, Elínborg.

Todos estos planos, que inicialmente parecen inconexos, se van apuntalando mutuamente por proximidad temática: las relaciones filiales y fraternales resultan ser la columna fuerte de la novela.

 

El investigador: A Sveinsson no se lo describe físicamente; quizás, siendo el quinto libro de una serie, el autor ya da por conocidos los rasgos del héroe por cierta masa de lectores fieles. Por los diálogos —muy fluidos— podemos colegir que es un tipo pragmático, que no carece de sentido del humor, si bien el trasfondo de su vida es de corte trágico: una familia destrozada, en parte, por su propia indiferencia. Su ex mujer, Halldóra, lo odia; de su hijo (que no aparece en esta novela) se dice que es alcohólico; su hija, drogadicta en recuperación, abortó a una bebé hace algunos meses.

En la fragilidad de su condición emocional, Eva Lind parece buscar apoyo en su padre —y va a verlo muchas veces al hotel—, aunque cada vez que se encuentra con Sveinsson no puede evitar recriminarle el abandono con que casi la hundió en el olvido total durante años. En un intento por explicar(se) esta actitud distante, Erlendur le cuenta a su hija un episodio traumático de su niñez que no le ha confesado a nadie.

Como detective, Sveinsson es tenaz e insistente a la hora de las preguntas, a veces apilándoselas una sobre otra a los interrogados, casi sin dejarlos contestar. Al contrario del noruego Sejer, Sveinsson no les da información de más a los interrogados (“¿Cómo lo mataron?”, le pregunta uno; “es mejor decir lo menos posible”, contesta él). Algunos detalles se le escapan ingenuamente (demora mucho en pensar que en el hotel podría haber cámaras de seguridad, por ejemplo) y, si puede, evita esposar o detener por la fuerza a una persona para llevarla a la comisaría: les ofrece interrogarlas por las buenas, en el mismo hotel, sin escándalo, aunque eso no siempre es posible.

 

El contexto socio-geográfico: A Islandia se lo presenta como un país pequeño, marginal y provinciano, incluso con algunos complejos de inferioridad: “En este país tendemos a hacer una enormidad de cualquier minucia, y ahora más que en cualquier otro momento de nuestra historia; es como una costumbre de esta nación que jamás ha conseguido ser la primera en nada”. “En este país de enanos, nadie tiene derecho a destacar”, dice Elínborg, “nadie puede ser diferente en ningún sentido”. Otro personaje asegura que “Aquí todo tiene que ser nuevo. Todo lo viejo es basura. Nada merece la pena guardarse”.

Por otro lado, también se habla de una época en la que “la vida era imposible para los homosexuales en Islandia. La mayoría se marchaban del país”.

El turismo es una de sus principales fuentes de ingresos; los turistas llegan “extasiados por la belleza del lugar, aunque los precios de bares y restaurantes de la capital les parecían astronómicos”. Los productos de las tiendas para turistas cuestan “lo que ganaba él [Sveinsson] en un mes”.

En cuanto a la criminalidad, también va en aumento: “los delitos se han vuelto más violentos”; “siempre se está oyendo algo sobre el mundo de la droga y los matones, y cómo agreden a los jóvenes que deben dinero por la droga”. Sin embargo, cuando una turista pregunta “[Do] You have murders in Iceland?”, Erlendur le responde: “Rarely”.

Como curiosidad: las pruebas de ADN deben mandarse a hacer fuera del país.

[Continúa en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (II)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anterior:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum

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SUECIA

La hora de las sombras, de Johan Theorin
(Gotemburgo, 1963)

Primera novela del autor, publicada en 2007. Abre “el cuarteto de Öland”, una serie de libros ambientados en esta isla sueca. Cada uno desarrolla su acción en una estación del año diferente; el primero de los cuatro corresponde al otoño. La frase “la hora de las sombras” hace referencia a la caída de la tarde, “el momento de contar historias espantosas”.

 

El caso: Como Fossum en El ojo de Eva, Theorin también inicia con un prólogo que funciona como flashback temprano, salvo que aquí está fechado: estamos en 1972. La acción es transparente, aunque no por eso unívoca: mientras su abuela duerme la siesta y su abuelo trabaja en unas redes de pesca, un niño de seis años aprovecha para escaparse de la casa. Ni bien sale a campo abierto, el pequeño Jens se pierde: ese día una densa niebla cubre la isla. Desorientado y en medio de la nada, Jens se encuentra con un hombre llamado Nils Kant.

En el siguiente capítulo nos enteramos que el niño jamás volvió a ser encontrado. Se lo dio por muerto, ahogado. Su madre, Julia, se culpa por a sí misma por haberlo dejado con los abuelos, y también los culpa a ellos por el descuido. Destrozada, vive en Gotemburgo y no volvería jamás a Öland, de no ser porque Gerlof, el abuelo del niño, la llama por teléfono desde un geriátrico, veinte años después, para contarle que alguien acaba de enviarle por correo una de las sandalias del chico.

(Como curiosidad: en mi relevamiento de policiales nórdicos para proponerle al grupo de lectura, me di con que los niños o jóvenes desaparecidos son recurrentes. Los hay en Sacrificio a Mólek, de Åsa Larsson; en Sin culpa, de Viveca Sten; en Elegidas, de Kristina Ohlsson…).

Hasta acá, el 5% inicial. A continuación La hora de las sombras se trama con dos líneas cronológicas entrelazadas: el presente de Julia y Gerlof en Öland, circa 1992; y el pasado: la vida de Nils Kant, desde su niñez en los años treinta.

 

El investigador: No hay un protagonista-detective o investigador de la policía (si bien un policía local se involucrará en el asunto). El rol central de la pesquisa lo lleva Gerlof, marino retirado y abuelo de Jens, en parte para reducir su propia culpa por la desaparición del chico, y en parte como una forma de rehacer el vínculo con su hija Julia. Junto con algún amigo tan viejo como él, Gerlof tiene sus teorías sobre lo que pudo haber pasado con Jens. Y quiere compartilas con Julia, pero…

Aquí aparece el más notable defecto de la novela: la manera en que Gerlof le difiere cierta información crucial a su hija. Resulta inverosímil. Por ejemplo, la manda al cementerio a ver una tumba, pero sin querer explicarle antes de quién es. ¡Que lo descubra ella (junto con el lector) cuando llegue allí!

Otro ejemplo, quizás más claro. Cito: “—¿Vais por algo relacionado con Nils Kant? —preguntó Julia. —Puede ser —dijo Gerlof—. Ya veremos. —Julia asintió con la cabeza: si su padre no quería darle más detalles no insistiría”.

El timing narrativo regula el suspenso; éste tiene como destinatario al lector. En esta novela es mucho mejor manejado cuando está a cargo del narrador (en tercera) de Theorin. En cambio, cuando lo pone en labios del propio personaje, éste le retiene información crucial no sólo al lector, sino sobre todo a su propia hija: le genera un misterio innecesario a ella. En lugar de mitigarle un dolor de años, Gerlof la hace sufrir más demorándole su conocimiento o sus sospechas sobre el desarrollo del caso.

Ocurre más de una vez con el mismo esquema: “Vamos a hacer tal cosa”, le dice él; “¿Por qué?” pregunta ella; “Ah, ya vas a ver”, contesta él, haciéndose el misterioso inútilmente. Este comportamiento no se corresponde con las motivaciones de reconciliación del personaje ni con sus sentimientos para con su hija.

Esta recurrencia llega a un punto tal que Theorin no puede evitar que el personaje de Julia le reclame a su padre sobre esos misterios con los que la mantiene en una nebulosa. Y entonces Gerlof declara: “Sólo creo que es mejor contar las historias a su ritmo. Antes la gente se tomaba tiempo para narrar historias, ahora todo tiene que ser deprisa y corriendo”. Lo cual es, otra vez, el autor hablando por boca de su personaje.

Hay otras chapucerías de la verosimilitud, como por ejemplo la difusión de cierto rumor por la isla (que involucra a unos soldados alemanes) sin que haya posibilidad de que eso pueda haberse difundido así; para justificar que haya pasado, Theorin recurre a la vaguedad multiuso del “por alguna razón” (“por alguna razón, se difundió un rumor acerca de…” Ajá). En otra ocasión, para sostener una hipótesis, Gerlof recurre al viscoso “lo presiento”, tan débil como argumento que apenas lo dice, Theorin agrega que enseguida “se dio cuenta de lo estúpido que sonaba”.

Me extiendo sobre estos detalles por mi interés en la factura narrativa, pero —en líneas generales— la novela atrapa y cumple su cometido de intrigar en un ambiente solitario y ominoso, para conducir al lector hacia un clímax thrilleresco que es todo un page turner, y que ofrece más que el epílogo que lo sucede.

 

El contexto socio-geográfico: Sin abrumar al lector con descripciones extensas, Theorin logra pormenorizar el paisaje de la isla: su soledad otoñal, su viento helado, sus playas regadas de piedras, sus pircas, las casas rústicas, los enebros y abedules, los bosques talados, el gran puente que comunica a los ölandeses con tierra firme…

En la traducción al castellano, algunos términos específicos como cantil o lapiaz (“la llanura de caliza estéril cubierta de hierba que ocupaba gran parte de Öland”) también contribuyen a la sintonía fina con ese paisaje particular, central para la novela.

En los casi sesenta años que transita la historia se deja ver el paso de una economía (decadente) de pescadores y marinos al de otra basada en el inevitable ciclo del turismo de cabotaje. La isla es desoladora en temporada baja, y el crimen de Jens no está desligado de este contexto económico general.

Calificación del grupo: 8/10.

[Continúa en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (I)

Por Martín Cristal

En los grupos de lectura que coordino, el último trimestre se dedica a la lectura de libros abarcados por un recorte determinado previamente por los participantes (puede ser un recorte geográfico, genérico, epocal, autoral, temático…). En uno de los grupos de este año, optamos por leer novelas policiales de autores nórdicos.

Cada participante propuso títulos de su interés, con la condición adicional de que hubieran sido publicados en los últimos veinticinco años; luego trajo sus argumentos a la reunión. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país nórdico diferente. A continuación mi comentario de cada novela, en el orden en que las fuimos leyendo. [*]

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NORUEGA

El ojo de Eva, de Karin Fossum
(Sandefjord, 1954)

Publicada en 1995, es la primera novela de la saga del inspector Konrad Sejer. La segunda novela de la saga, No mires atrás (1996), encumbraría a la autora en virtud de ciertos premios y reconocimientos obtenidos.

 

El caso: Las páginas iniciales se traman con tres falsos arranques. El primero es un yeite que descubriríamos habitual en thrillers policiales: narrar primero una escena muy breve, ambigua y ominosa, cuyos personajes son apenas delineados en forma elusiva y vaga. Suele tener aire a flashback temprano; en rigor es un teaser, eso que, en una película o en los episodios de una serie, iría incluso antes de los créditos iniciales.

De este modo el lector no puede todavía situar esa acción en la cronología del arco argumental, aunque se barrunte que es un vistazo a la escena del crimen o a algún momento de la vida del asesino. Tal vez su infancia, alguna escena crucial para que se convirtiera en lo que hoy es… (Ninguna de estas variantes será la verdadera en la novela de Fossum).

El segundo arranque se sitúa en la comisaría donde trabaja Sejer. El inspector está a punto de interrogar a la Eva del título.

El tercero es el más interesante: narra el hallazgo del cadáver de un hombre, a la vera de un río que cruza una ciudad (ésta no se nombra, pero por referencias sería Drammen). Al cuerpo lo encuentran Eva y su hija, Emma. Eva se mete a una cabina telefónica, para dar aviso a las autoridades; Emma queda fuera de la cabina y no puede escuchar que su madre, en realidad, no está llamando a la policía como acaba de decirle… Tras la llamada, la madre lleva a la hija a comer a un McDonald’s, como si nada.

Será otro transeúnte el que más tarde llame a la policía. Enviarán a Sejer, quien pronto ve que no se trata de un nuevo caso, sino de la continuación de uno anterior: el cadáver es el de un hombre al que habían dado por desaparecido hace meses.

A partir de este punto el libro va trenzando dos puntos de vista: el de Sejer y su investigación; y el de Eva, su vida como madre y sufrida artista plástica.

Si hubiera tenido a mi cargo escribir la contratapa, contaría sólo hasta aquí (un 5% del libro). Lamentablemente, la contratapa en castellano se va de la lengua y adelanta hechos que aparecen casi a la mitad del libro, lo cual hace que la lectura, en lugar de ser un camino de descubrimientos, se vuelva un mero acto de corroboración.

 

El investigador: “Sejer estaba hecho de un material muy sólido. Iba a cumplir cuarenta y nueve años, […] tenía los rasgos muy marcados y el rostro anguloso, los hombros rectos y anchos y la piel curtida pero bien conservada. Su cabello era hirsuto y de color acero, casi metálico, y muy corto. Tenía los ojos grandes y claros y el iris del color de pizarra mojada”.

Hasta ahí, lo físico. Los rasgos que reflejan su personalidad son algo remanidos: el policía viudo, solitario y melancólico, que vive solo (o con Kollberg, un enorme leonberger), encariñado con sus costumbres: prefiere su viejo Peugeot 604 a las patrullas del Departamento de Policía, fuma un único cigarrillo armado y se toma su whisky Famous Grouse antes de irse a dormir. Un tipo bonachón, tierno con su hija y con su nieto, aunque también sea capaz de acorralar y presionar a sus interrogados para que “canten”.

Hay que considerar que ésta es una serie de libros que Fossum planeó de entrada: sobre el último quinto de la novela ya aparecen puntas de un próximo caso, que queda abierto y por resolverse en la siguiente novela. Por ende, es casi seguro que el personaje de Sejer no muestre en esta primera novela todas las características que lo particularizan, sino que Fossum haya pensado en dosificarlas a lo largo de las siguientes entregas.

Otros rasgos de Sejer: odia aparecer en público; padece de eccema; toma helados de frutilla. Le gusta saltar en paracaídas. No es un gran cocinero. Y cree (¡qué sorpresa en un policía!) que la mayor parte de la gente es buena.

Lo que más me gustó de Sejer es que no afloja y que sabe improvisar sobre la marcha. No es tanto un deductivo-intelectual, sino un laburante que insiste, que repregunta, que sabe que con sólo estar presente ya se transforma en una fuente de presión para testigos e implicados (a los que a veces, sólo para verlos reaccionar, les brinda demasiada información sobre el caso). Sejer está atento a cualquier cambio en ellos. Si no puede seguir una línea investigativa, con tal de no permanecer ocioso abre otras que no parecen importantes; le funciona como quien se traba en una esquina de un gran rompecabezas y entonces decide tratar de armar la esquina opuesta, sabiendo que, a la larga, ambos sectores tendrán que conectarse.

 

El contexto socio-geográfico: Los datos sociales en la novela son pocos y están dispersos. Algunos dichos indican al pasar un creciente tráfico de drogas (aunque la novela no explore ese submundo): “La heroína se había apoderado seriamente de la ciudad, vistas las posibilidades de ese frío lugar barrido por el viento”; “Esta ciudad está llena de chiflados por el tema de la heroína”; “esto parecerá pronto Estados Unidos, y la culpa de todo la tiene la droga”.

Aparecen algunas cuestiones económicas que matizan ese paraíso social escandinavo que imaginamos desde Sudamérica: “A todo el mundo le hace falta dinero”, dice una mujer; un desempleado vende su auto porque dice que el dinero del seguro social no le alcanza para la gasolina. Tampoco puede pagarse el carnet.

Fuera de esto, Noruega no aparece muy particularizada; al contrario, se la da por sabida (como dije, ni siquiera se menciona en qué ciudad se desarrolla la acción, aunque sí se la describe y se habla de su tamaño mediano y de su baja tasa de crímenes).

Calificación del grupo: 7/10.

[Continúa en el siguiente post].

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[*] En el otro grupo de 2017 también leímos policiales, pero de distintas partes del mundo: cada miembro eligió un autor de un país diferente. Se estableció así un rico intercambio de información sobre el policial contemporáneo, que sirvió además como un modesto recorrido por el mundo, observado mediante la “lengua franca” del género. Los autores que comentamos —además de los cinco nórdicos que leí yo— fueron Jonathan Black (Irlanda), Petros Márkaris (Grecia), Keigo Higashino (Japón), Leonardo Padura (Cuba), Peter Temple (Australia), Louise Penny (Canadá), Abasse Ndione (Senegal), Roberto Ampuero (Chile), Michael Connelly (EE.UU.), Simon Beckett (Inglaterra) y Qiu Xiaolong (China-EE.UU.).

En las reuniones cada participante comentaba su experiencia de lectura ciñéndose a tres ejes: a) el caso (la trama); b) el investigador (el protagonista); y c) el contexto socio-geográfico, aquello que pudiera captarse del país en cuestión a través del libro. Con ese mismo esquema estructuré la presente serie de posts.

Noche caliente, de Lee Child

Por Martín Cristal

Noche de calor en la ciudad

Hace unos años, Ricardo Piglia señalaba que las traducciones hechas en la Argentina habían producido “efectos en la escritura propia, nacional”. Como ejemplos presentaba (entre otros) los casos de Las palmeras salvajes de William Faulkner y Otra vuelta de tuerca de Henry James: en sus países de origen —decía Piglia—, esos libros son considerados menores dentro de la obra completa de Faulkner o James, pero debido a esas traducciones —de Jorge Luis Borges y José Bianco, respectivamente—, las cuales impulsaron la circulación de esos escritores entre nosotros, hoy ambas novelas son consideradas como centrales por los lectores argentinos. Según Piglia, esas traducciones locales “rompen los esquemas jerárquicos” y establecen otro orden para “textos que no están, en su origen, en el canon”.

Creo que algo similar sucederá con Noche caliente, primera traducción/edición de Lee Child hecha en la Argentina. Traduce Aldo Giacometti; la edición —que, para un best-seller popular como Child, uno esperaría de un grupo multinacional— llega en abril gracias a la editorial independiente Blatt & Ríos.

 

¿Quién es Lee Child?

No es —ni quiere ser— Faulkner o James. Lee Child (Inglaterra, 1954) es un maestro del thriller; su verdadero nombre es Jim Grant y durante años trabajó en una cadena de televisión. Cuando perdió ese trabajo empezó a escribir, imponiéndose el seudónimo y también el rédito comercial. Lo logró desde Zona peligrosa (Killing Floor; 1997), primera novela de su personaje Jack Reacher: un ex policía militar devenido en vagabundo al que —en un comienzo a lo Rambo— lo detienen al pasar por un pueblito rural. ¿Merodeo? No: lo acusan de un crimen…

Child vive en Nueva York, tiene una colección de bajos eléctricos vintage y usa dos computadoras: una para navegar por internet y la otra solo para escribir. Su estilo es seco, con diálogos cortantes. La intriga vibra, la acción fluye: la velocidad del texto fogonea el disfrute del lector. Child sin duda sabe cómo generar suspenso. Con esa fórmula, Child ya vendió millones de copias de sus 21 títulos de Reacher. Entretenimiento puro, cuya masividad aumentó al pasar al cine.

 

Jack Reacher, del papel a la pantalla

Reacher, el personaje, nació en 1960, en una base militar en Berlín. Hijo de un marine norteamericano y una francesa, fue criado con rigor en distintas bases. En novelas recientes —como Personal (2014)— ya lleva casi 20 años retirado del ejército y sigue recorriendo su país, tras haber conocido el resto del mundo cuando estaba de servicio.

Verdadero imán para los problemas, confía plenamente en sus aptitudes físicas, sobre todo para el combate (no así para correr o manejar). Tiene un gran poder de observación; acepta demasiado rápido sus primeras hipótesis, sí, pero eso suele funcionarle. Viaja sin equipaje en ómnibus de larga distancia. Apenas lleva un cepillo de dientes, su identificación y la tarjeta del cajero. Cafeinómano, vive de ahorros, changas y de lo que les quita a los contrincantes vencidos (su “botín de guerra”).

Es, además, un ropero: casi dos metros y cien kilos. O sea, nada parecido a Tom Cruise (excepto por su arrogancia). Sin embargo, ahí está el maderamen de Tom protagonizando Jack Reacher (Christopher McQuarrie, 2012), película basada en el noveno libro de Child: Un disparo (One shot; 2005). Hubo fans que, furiosos, abrieron una página de Facebook titulada Tom Cruise no es Jack Reacher; ahí —además de criticar el tamañito de Tom— cada uno propone su casting ideal.

Salvando ese “detalle”, la película resulta atrapante. No así la siguiente, Jack Reacher: Never Go Back (Edward Zwick, 2016, basada en la novela homónima de 2013), que carece de ritmo y donde a Cruise se lo ve más recauchutado que nunca.

Una curiosidad: en ambas películas hay cameos de Child.



Noche caliente

Donde Reacher no falla, es en los libros. Esta primera edición argentina, con prólogo de Elvio Gandolfo (lector entusiasta de Child), presenta dos novelas breves, publicadas originalmente como material extra (bonus material) en ediciones de bolsillo.

En la primera, “Noche caliente” (High Heat), Reacher tiene 16 años. Llega a Nueva York justo en la noche del Gran Apagón de 1977. La ciudad es peligrosa pero Reacher también: aunque todavía no es militar, su fortaleza y su temperamento ya están forjados. Encontrará chicas, mafiosos, un asesino serial y hasta una pelea en el CBGB, donde esa noche tocan Los Ramones.

En “Guerras pequeñas” (Small Wars), Reacher tiene 29, ya es policía militar e investiga un crimen. La identidad del asesino se nos muestra de entrada: es Joe Reacher, el hermano de Jack (central en la primera novela de la saga). ¿Lo descubrirá Jack? Aquí también aparece la sargento Neagley, ladera de Reacher en la recomendable Mala suerte (Bad Luck and Trouble, 2007).

Para los amantes del género negro, este libro arde. Traducirlo y editarlo en forma independiente motiva una lectura distinta y eleva su valor en el contexto deprimido de la industria editorial argentina. Adivino que el grupo editorial que tiene los derechos del resto de Child, aprovechará la repercusión de esta iniciativa y mandará desde España otros títulos de Reacher (que aquí hoy sólo se consiguen en saldos o por internet). Mientras tanto, para muchos lectores argentinos, Noche caliente se volverá la entrada principal a un nuevo y entretenido universo de ficción.

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Noche caliente. Dos historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2017. Nouvelles, 216 páginas. Prólogo de Elvio Gandolfo; traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de abril de 2017).