Lenta biografía literaria (5/6)

Por Martín Cristal
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Continúo la serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, comparto una versión extendida del texto con el que colaboré en el Nº 10 de los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, acerca de las obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor.
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[Leer la parte 1 | Leer la parte 2 | Leer la parte 3 | Leer la parte 4]
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Cae la noche tropical, de Manuel Puig

Manuel-Puig-Cae-la-noche-tropical29 años | Leer para aprender cómo se hacen diálogos perfectos. ¿Cómo consigue Puig que los personajes sean tan vívidos sin acotaciones del narrador? Con lenguaje allanado a conciencia para ser coloquial y, al mismo tiempo, comprensible, con la información dispuesta para que sea tan natural para ellos (en lo que hace a los sobreentendidos que manejan) como interesante para el lector (develándole de a poco las relaciones interpersonales, los conflictos, el argumento). Es teatro pero sin un director; en otras palabras: es la vida.

Por esa trabajada sencillez, hay quien piensa que la profundidad en la obra de Puig es escasa (el señorón de Mario Vargas Llosa es un caso célebre). Por el contrario, yo creo que tiene gran hondura, pero no intelectual, sino emocional, o incluso sentimental. Sus personajes —que también viven en el extranjero, como lo hizo Puig, y como yo cuando la leí— me calaron hondo como si hubieran sido personas de carne y hueso a las que hubiera conocido.
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Cuentos completos, de Isidoro Blaisten

Isidoro-Blaisten-Cuentos-completos32 años | Blaisten demuestra que la división entre “lo popular” y “lo culto” no tiene mucho sentido, y que en todo caso no tienen por qué ser compartimentos estancos (en mis textos trato de practicar ese intercambio de referencias, claro que sin abusar). Su humor tampoco se resiente por el feliz hallazgo de formas sofisticadas para dar cauce a relatos magistrales como “Violín de fango”, “El tío Facundo”, “Mishiadura en Aries”, “Dublín al Sur”, “A mí nunca me dejaban hablar”, “Cerrado por melancolía” o “Versión definitiva del cuento de Pigüé”, entre otros. (Más tarde reencontré una ironía similar a la de Blaisten en algunos cuentos de Hebe Uhart, aunque apoyada en una prosa y una estructura narrativa en apariencia más sencillas). Por supuesto, también me identifico con la cultura judía que subyace en muchos de estos relatos.
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Diez clásicos universales

Ulises-James-Joyce33-35 años | En estos años decidí encarar una selección personal de diez autores clásicos universales, depurados de una larga lista. Los que más me impactaron fueron la Ilíada (ya conocía la Odisea); el Quijote; la Divina comedia; varias obras de Shakespeare (sobre todo Hamlet, Romeo y Julieta y El mercader de Venecia) y el Ulises de Joyce. También releí el Martín Fierro.

Me gustaron un poco menos, la Eneida de Virgilio; Madame Bovary de Flaubert; y Crimen y castigo de Dostoievski. Poco y nada: el Werther de Goethe, aunque subrayé varias partes; y su Fausto me pareció directamente horrible.

En las shortlists la polémica siempre se instala en la arbitrariedad del límite. Cumplo en agregar entonces que el autor número once de mi lista fue Thomas Mann, quien también tuvo su chance y de cuya montaña mágica me bajé en la página 400 (no descarto volver a ella algún día); el doceavo fue Marcel Proust, con quien apliqué una lectura experimental que resultó muy disfrutable. Tras este paréntesis clásico, continué con mi secuencia variada de lecturas.
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La conciencia de Zeno, de Italo Svevo

Italo-Svevo-La-conciencia-de-Zeno34 años | Conecta con Fante en la honestidad brutal con que sus (rimados) narradores —Cosini y Bandini— se observan a sí mismos. Pero el Zeno Cosini de Svevo llega mucho más hondo y a la vez desborda de humor, incluso en las escenas más patéticas, como aquélla del cachetadón que le da el padre moribundo justo antes de fallecer.

“¡Escriba! ¡Escriba! Y verá que llegará usted a descubrirse por completo”, le dice el doctor a Zeno, quien no ceja en su intento de autoexplorarse, sin solemnidad alguna. Esa introspección no aburre en sus propios recovecos porque jamás para de narrar, siempre con prosa transparente (la única parte cuyo tono difiere del resto es la última). Antes de escribir cualquier cosa —en especial si va a ser realista y en primera persona— uno debería darse un baño en las páginas de este libro.
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[Continuará en el próximo post].

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick

Por Martín Cristal

Dick-Fluyan-mis-lagrimas-dijo-el-policiaFluyan mis lágrimas, dijo el policía, novela publicada por Philip K. Dick en 1974, presenta una nueva variante en la obsesión dickiana por el cuestionamiento de “esa película a la que llamamos realidad”. Jason Taverner, un famoso y acaudalado conductor de televisión, sufre un ataque —muy bizarro— que lo introduce en otro universo. Un universo idéntico al de siempre… salvo por un detalle: en este otro mundo nadie conoce a Jason Taverner. Nadie sabe quién es, ni siquiera hay registros de su nacimiento. Nada: Jason Taverner no existe ni siquiera para los que antes eran sus seres más cercanos. Pero sí existe para sí mismo, por lo que deberá hacerse valer en un mundo de fuerte estratificación social (gentileza de las castraciones y la eugenesia), donde la policía no se anda con medias tintas frente a indocumentados como él. En esta idea de caída social hay algo que proviene de Príncipe y mendigo, de la Odisea (en la parte en que Ulises vuelve disfrazado a Ítaca) y de todos los relatos en los que un rey o un notable pasa desapercibido para descubrir cómo es el mundo de la gente común.

A la manera de Shakespeare, algunas acciones pequeñas señalan el tema general (en este caso, los simulacros): Taverner falsifica documentos; un empleado de hotel fuma habanos falsos; se sospecha que las cartas que recibe otro personaje son falsificadas por la policía… Paso a paso y droga a droga, crece la paranoia de Taverner. “¿No llevaré un microtrans, en alguna parte?”, piensa en cierto momento. Más redonda y emblemática aún es una frase que suelta Buckman, el policía del título: El vivir equivale a ser perseguido.

Tal como suele suceder en las ficciones de Dick, el personaje llega al punto en que no se siente “completamente real”: semienvuelto en lo ilusorio, pierde “la capacidad para decir lo que es bueno o malo, cierto o falso”. “Como la mayoría de las verdades”, dice, todo se vuelve “una cuestión de opinión”.

Mientras Taverner circula por el mundo tratando de recuperar su situación anterior sin llamar la atención de la policía, el lector lo sigue en pos de una explicación para este desdoblamiento imperfecto de la realidad inicial, lo que eventualmente se descubre; y si bien desde lo argumental esa explicación “solipsística del universo” resulta del todo imprevisible, la verdad es que esa revelación no alcanza para olvidar que la idea que rige a la novela —el paso a un mundo paralelo en el que todo es idéntico excepto el status social/existencial de una sola persona (el personaje principal), lo cual hace que ese mundo le sea hostil—, es bastante menos atractiva que otras que el autor desarrolló en otros relatos. Las últimas páginas, de tipo epilogales, resultan más deslucidas que las de un final con vuelta de tuerca que dejara pensando al lector (como el de las últimas páginas de Ubik o El hombre en el castillo, por ejemplo).

En suma, disfruté del libro, pero no es la novela que más me gusta entre lo que llevo leído del autor.

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PD. El título de la novela —que me parece genial por la extrañeza que provoca— cobra sentido durante la lectura en un pasaje en el que el jefe de la policía escucha y cita, emocionado, el primer verso de la “Lachrimae Antiquae Pavan” de John Dowland, un aria cuya letra comienza diciendo, precisamente, “Fluyan mis lágrimas…”. Varias citas de ese mismo poema funcionan como epígrafes del libro. Por mi parte desconocía la pieza, y valió la pena descubrirla. Aquí en una hermosa versión instrumental:

John Dowland, Lachrimae Pavan.
Guitarra clásica: Nataly Makovskaya.

La Ilíada en gráficos: Índice

Por Martín Cristal

Desde acá se puede acceder a todos los gráficos sobre la Ilíada de Homero que publiqué entre 2009 y 2010 en El pez volador. Se trata de una serie de esquemas y notas sobre la progresión del combate, canto por canto. Sólo representé aquellos cantos en los que griegos y troyanos luchan, dejando a un lado los cantos donde se narran otras acciones (con alguna que otra excepción). Para saber más sobre esta serie de diagramas se puede leer mi introducción a este proyecto, el cual no pretende reemplazar la lectura de la obra, sino sólo servir como herramienta para su análisis o relectura.


Canto II

1. Catálogo de las naves griegas.
2. Aliados de los troyanos.
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Cantos III y IV
Duelo Paris-Menelao.
Inicio de la batalla.
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Canto V
Las hazañas de Diómedes.
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Cantos VI y VII

La batalla continúa.
Duelo Héctor-Áyax.
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Canto VIII
Combate interrumpido..

Canto X
Misión nocturna (Dolonía)..

Canto XI
Hazañas de Agamenón..

Canto XII

En la muralla griega..

Canto XIII
Dentro del campamento griego..

Canto XIV
Los griegos reaccionan..

Canto XV
Contraataque troyano..

Canto XVI
Gloria y muerte de Patroclo..

Canto XVII
Lucha por el
cadáver de Patroclo.

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Canto XX
Duelos entre dioses;
duelo Eneas-Aquiles;
Aquiles vuelve a la batalla.
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Canto XXI
Combate en el río..

Canto XXII
Muerte de Héctor..

Canto XXIII
Juegos en honor de Patroclo..

Bodycount
Las bajas de ambos ejércitos..

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Todos los esquemas fueron dibujados por mi en Adobe Illustrator durante el año 2006, siguiendo la versión de Thomas Murau sobre el texto establecido por T. W. Allen en Homeri Opera (Oxford, 1967). La edición que consulté es la de Terramar Ediciones (La Plata, 2004).

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Ilíada: Bodycount

Por Martín Cristal

Al hacer los esquemas de la Ilíada, los cuales he ido presentando a lo largo de un año en El pez volador, contabilicé las bajas de ambos ejércitos. Si no me equivoco en mis cálculos, en el texto se detallan (dando el número certero o incluso el nombre y apellido del guerrero muerto) 45 bajas griegas. Las bajas troyanas son 231.

¿Quiénes son los guerreros más letales? Aquí los resultados de cada bando. Primero los griegos principales:

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Iliada-Bodycount-1

No cabe duda de que los mirmidones eran los más duros de todos. Si Patroclo se lleva la palma es sólo porque de Aquiles no se especifican siempre las cantidades (de él se dice varias veces que “mato a muchos”, pero no a cuántos exactamente). Otro que estaba cabrón era Diómedes Tidida. Áyax Telamonio y Odiseo Laertíada siempre anduvieron parejos, como lo demuestran estos números y también el resultado de su lucha en los juegos del funeral de Patroclo. De las fuerzas parejas de ambos se puede deducir el carácter de “desafío y desempate” que tuvo su enfrentamiento final, luego de la muerte de Aquiles, cuando ambos héroes se trenzaron para dirimir quién se quedaría con las armas del semidiós. El desenlace de esa contienda lo cuenta Sófocles en su drama Áyax.

Otros griegos, no tan importantes en el relato de la Ilíada, también suman a la hora de los bifes. Es el caso de uno de los hijos de Néstor, Antíloco, o del escudero Meriones, que en los números resulta tan mortífero como su amo, Idomeneo de Creta:

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Iliada-Bodycount-2

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Los números de los troyanos, más escasos, dejan ver claramente que éstos eran muy “Héctor-dependientes”. Mientras que el ejército griego se reparte las bajas entre varios de sus héroes, la mitad de las bajas conseguidas por los troyanos se le adjudican a Héctor (Eneas queda en un lejano segundo puesto):

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Iliada-Bodycount-3

Con esta entrada termina la serie de esquemas que hice sobre la Ilíada a modo de apuntes que pudieran dar cuenta de la progresión del combate más famoso de todos los tiempos. Estos esquemas no pretenden sustituir la lectura del texto, sino quizás funcionar como apoyos adicionales para la relectura. Aquí una entrada que funciona a modo de índice para todos los esquemas.

Ilíada: apuntes del Canto XXIII

Por Martín Cristal

Juegos en honor de Patroclo

Las exequias de Patroclo incluyen competencias: carreras en carro y a pie, combates armados y a mano limpia, pruebas de fuerza… Aquí los resultados:

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Iliada-Canto-XXIII

En la próxima entrega cerramos la serie de esquemas sobre la Ilíada con el bodycount final: quiénes son los guerreros más mortíferos de cada bando. A no perdérselo…

Ilíada: apuntes del Canto XXII

Por Martín Cristal

Muerte de Héctor

Los troyanos, en franca retirada desde el regreso de Aquiles, han vuelto corriendo a refugiarse dentro de las murallas de Ilión (Troya). El último en llegar de vuelta es, lógicamente, quien a la ida había sido el primero: Héctor. No alcanza a entrar en la ciudad ni pide que le abran las puertas. Aquiles lo encuentra afuera y comienza la famosa persecución alrededor de la muralla… Engañado por los dioses y alcanzado por Aquiles, Héctor lucha y muere. Aquiles humilla su cadáver y se lo lleva. Más tarde, el rey Príamo se arriesgará en territorio enemigo para rogarle a Aquiles la devolución del cadáver de su hijo Héctor. Aquiles, conmovido, accederá a devolvérselo.

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Iliada-Canto-XXII

¿Por qué es inmortal el relato de esta lucha despareja entre un hombre y un semidiós? Porque en esa desigualdad están cifrados el valor y la libertad del hombre, cosas que nos emocionan a todos, desde Homero hasta los que vivimos en el siglo XXI. Esa emoción nos lleva a contar este combate una y otra vez.

En Ética para Amador, Fernando Savater utiliza una sencilla comparación para arribar al concepto de libertad (esencial para comprender el de ética). El primer término de esa comparación vienen a ser las termitas, que al ver su hormiguero destruido por alguna causa externa, salen automáticamente a defenderlo: las termitas-obrero reconstruyen la brecha abierta en la tierra, mientras que las termitas-soldado defienden el nido de otras hormigas enemigas, mucho más corpulentas, que aprovechan la ocasión para atacarlo. Sobre las termitas-soldado, Savater se pregunta: “¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes?”. En seguida, el filósofo pasa al segundo término de su comparación: la lucha de…


…Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia y a sus conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termitas-soldado, cuya gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?

Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come a la mosca). Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan, él siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor.

Lo interesante al leer el Canto XXII de la Ilíada es que efectivamente vemos que muchas de las motivaciones de Héctor para enfrentar a Aquiles provienen de la presión social, y no tanto de un mero “sentido heroico incorporado” en el guerrero troyano:


Y gimiendo, a su magnánimo espíritu
[Héctor] le decía: —¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme reproches será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche en que Aquiles decidió volver a la pelea. Pero yo no me dejé persuadir —mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo—, y ahora que he causado la ruina del ejército con mi imprudencia, temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: “Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas”.

Así hablarán; y preferible fuera volver a la población después de matar a Aquiles, o morir gloriosamente ante la misma. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuentro de Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a Ilión en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene; y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?

… Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como a una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es conversar con él desde lo alto de una encina o de una roca, como un mancebo y una doncella: sí, como un mancebo y una doncella suelen conversar. Mejor será empezar el combate, para que veamos pronto a quién el Olímpico concede la victoria. (Ilíada, XXII, 98-130).

Incluso en esto, el gran Héctor no deja nunca de ser un hombre: lleno de dudas y debilidades, vulnerable al punto de pensar en el qué dirán y perderse en cálculos mezquinos antes de asumir lo que finalmente hará. El héroe es de carne y hueso: esto es lo que me emociona. Si se comparan estos motivos para pelear contra una fuerza superior y los motivos iniciales de Aquiles para no pelear contra los troyanos, los de Aquiles nos parecen el berrinche de un niño caprichoso; no son nada junto a la respetable resolución de un hombre valiente que sale a enfrentarse con su destino.

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Ilíada: apuntes del Canto XXI

Por Martín Cristal

Combate en el río

En el Canto XXI, Aquiles avanza hacia el río Escamandro (o Janto), próximo a la ciudad de Ilión (Troya); toma algunos prisioneros para inmolar en el funeral de Patroclo y luego inicia una matanza en las mismas aguas del río. Sólo un guerrero —Asteropeo, el ambidiestro— consigue herirlo en un brazo al arrojarle dos lanzas a la vez; sin embargo, Aquiles lo liquida al instante. El dios del río, furioso porque la parva de cadáveres es tan grande que ha desviado el curso del agua, persigue a Aquiles. Otros dioses que favorecen al héroe lo salvan de la furia del río. El canto prosigue con otra escaramuza entre los dioses del Olimpo y el engaño con el que Apolo logra distraer a Aquiles para que los guerreros troyanos, en franca retirada, tengan tiempo de refugiarse tras las murallas de Troya.

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Ilíada: apuntes del Canto XX

Por Martín Cristal

Duelos entre dioses, semidioses y hombres

a) Duelos entre dioses: El enfrentamiento entre los hombres depende del enfrentamiento entre los dioses. En el Canto XX hay combates individuales entre ellos. En el esquema se ven, del lado izquierdo, los que favorecen a los troyanos; y, del derecho, a los griegos.

b y c) Duelo Eneas-Aquiles; Aquiles vuelve a la batalla:
Eneas se le anima al semidios Aquiles; éste, luego de la muerte de Patroclo, ha olvidado su enojo y ha vuelto a la batalla con armas nuevas (esto se cuenta en los Cantos XVIII y XIX). Eneas y Aquiles pelean mano a mano; Eneas moriría de no ser por la intervención de uno de los dioses. La furia de Aquiles se desata: aunque todavía no le es permitido enfrentarse a Héctor, Aquiles mata a muchos troyanos.

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Ilíada: apuntes del Canto XVII

Por Martín Cristal

Lucha por el cadáver de Patroclo

En el canto anterior, la lucha era por el cadáver de Sarpedón. En el XVII sucede lo mismo, pero en torno del cadáver de Patroclo. Menelao y los dos Áyaces defienden el cadáver de Patroclo y lo rescatan de las manos troyanas, aunque desarmado: Héctor ya lo ha despojado de sus armas (las cuales en realidad pertenecen a Aquiles).

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Ilíada: apuntes del Canto XVI

Por Martín Cristal

Gloria y muerte de Patroclo

En el Canto XVI hay dos momentos, a saber:

a) Patroclo rechaza al enemigo: Los troyanos quieren incendiar los barcos griegos, para poner fin a nueve años de guerra, y de hecho Héctor consigue prenderle fuego a una de las naves. Éste es el punto en que Troya está más cerca que nunca de una victoria que jamás conseguirá, porque así lo dispone Zeus y porque Patroclo, líder de los mirmidones ante la ausencia de Aquiles, decide portar las armas de éste y defender a sus camaradas griegos. Patroclo apaga el fuego e inicia una matanza de troyanos. Entre los caídos se cuenta a Sarpedón, el líder licio, aliado de Troya.

b) Muerte de Patroclo: El combate se traslada alrededor del cadáver de Sarpedón. Cuando un héroe muere, el enemigo quiere quitarle las armas para quedárselas como botín de guerra, y también llevarse el cadáver para que los compatriotas del caído no puedan enterrarlo con honores; por eso el combate es duro en torno del líder licio. Patroclo viene hecho una máquina de matar, pero el dios Apolo lo desarma; luego Euforbo lo hiere, y por fin Héctor lo remata. Apolo salva el cadáver de Sarpedón.

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Ilíada: apuntes del Canto XV

Por Martín Cristal

Contraataque troyano

En el Canto XV, los troyanos contraatacan, con la ayuda de Apolo. Así llega la peor hora de los griegos, acorralados ahora contra sus propios barcos. Se destaca la defensa titánica de Áyax Telamonio.

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Ilíada: apuntes del Canto XIV

Por Martín Cristal

Los griegos reaccionan

La situación parece empeorar para los griegos. Se encuentran atrapados entre las espadas de Troya y el mar. Muchos de sus guerreros principales están heridos. Sin embargo, el dios Zeus —que apoya a los troyanos— es engañado por Hera y el Sueño, y entonces los griegos consiguen rechazar al enemigo. Héctor es herido de una pedrada y salvado por sus hombres. Áyax Oileo persigue, hiere y mata a muchos de los que se retiran.

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Ilíada: apuntes del Canto XIII

Por Martín Cristal

Dentro del campamento griego

En el Canto XIII, los troyanos han atravesado la muralla griega y pelean en la playa, junto a las naves griegas. Si logran prenderles fuego a esos barcos, nueve años de guerra llegarán a su fin y el invasor será expulsado. El combate en este canto es complejo. Entre los hijos de Príamo, se destacan las acciones de Deífobo. Entre los griegos que defienden el campamento se lucen Idomeneo de Creta y su escudero, Meriones. [En el esquema, la acción comienza donde está la estrella roja]:

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Por qué adoro Los detectives salvajes

Por Martín Cristal

Le he dedicado varios artículos a 2666 simplemente porque es una gran novela y tiene mucha tela para cortar, pero mi favorita entre las novelas de Roberto Bolaño sigue siendo Los detectives salvajes.

A mediados de 2001, yo ya llevaba en México DF casi tres años; había publicado mi primera novela, tenía un buen trabajo y acababa de mudarme a la calle Bucareli. Una fiebre me tumbó en la cama de ese departamento, enorme y vacío; falté al trabajo y me animé con el único libro que me quedaba sin leer: Los detectives salvajes. Lo había comprado junto con otros libros, por recomendación de Mónica Maristain (quien tiempo más tarde le haría a Bolaño su última entrevista). De esos libros, Los detectives salvajes había quedado al final, quizás por su mayor volumen. De inmediato me sorprendió que la historia escrita por un chileno que vivía cerca de Barcelona iniciara, no ya en el DF, sino precisamente en la misma calle a la que yo me había mudado.

Me sedujeron, claro, el dominio de un lenguaje mexicano con el que por entonces yo convivía, la evocación de un México mítico elegido como un territorio fecundo para disparar la imaginación… pero lo que más me atrapó fue la desmesura (que no es meramente extensión): una novela de seiscientas y tantas páginas, sí, pero cuya acción transcurre en un lapso de veinte años, en muchas ciudades diferentes, con más de cincuenta narradores distintos (algunos de ellos tomados de la vida real), con una gran cantidad de historias y voces… Imposible no impresionarse.

Bolaño narra vidas completas: registra todo el “ancho de banda” de la vida. En esto se opone diametralmente a Borges, cuya estrategia era cifrar el destino de un hombre en un momento de la vida de ese hombre, como si narrando ese único momento diera cuenta de la vida entera de esa persona. Bolaño no le saca el cuerpo a los pormenores, a las idas y vueltas, y así la vida en sus relatos se parece, efectivamente, a la vida: caprichosa, llena de meandros e incertidumbres, con tiempos muertos, pausas, vértigo, cambios, traslados… No se trata de que Borges sólo haya escrito cuentos y entonces, por una cuestión de síntesis, haya preferido aquella estrategia, mientras que Bolaño puede desarrollar más porque escribe largas novelas: no es eso, digo, ya que Bolaño no lo hace sólo en las novelas; también se da el lujo de lograr esa impresión en muchos de sus cuentos, como por ejemplo en “Vida de Anne Moore” (en Llamadas telefónicas).

Con Los detectives… Bolaño se ubica en la genealogía de Rayuela de Cortázar (1963), novela que le debe mucho al Adán Buenosayres de Marechal (1948), que a su vez desciende de dos líneas entrelazadas, el Ulises de Joyce (1922) y la Comedia de Dante (siglo XIV), y por ende de Virgilio y de Homero. Una línea genealógica en la que reconozco diversos placeres que me definen como lector.

Audacia, desmesura; narración coral; emociones alternadas, no pura tristeza, tampoco pura alegría; humor, a veces absurdo, con frecuencia irónico o lúdico, muy pocas veces simple; prosa sin ornamentos innecesarios, con períodos largos, y cadencias atractivas, de poeta con calle, que no reniega de la oralidad; metáforas desbordadas, hiperdesarrolladas; cierto riesgo estructural (estructuras abiertas); descripciones disyuntivas —del tipo “en la habitación había tal cosa, o quizás tal otra, o quizás no había nada”— que construyen una atmósfera, no meros inventarios; un buen equilibrio entre lo vital y lo metaliterario; la digresión como estrategia y un poder de fabulación enorme, una gran concatenación de anécdotas pequeñas y grandes: todo eso encontré en Los detectives salvajes.

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Eso me sorprendió desde el arte; en un plano más íntimo, la novela me conmovió con sus personajes nómades, cuya vida parece triste porque no consigue enraizarse en ninguna parte. Ése era exactamente el sentimiento que comenzaba a surgir en mí por aquellos años (yo viviría aún dos más en el DF). El viaje como búsqueda. La vida lejos del lugar que te vio nacer. Ulteriormente, ese sentimiento creció y pesó mucho en la decisión de volver a la Argentina, luego de un paso muy breve por Europa. De vuelta, lo primero que publiqué fue Mapamundi (2005), un librito con siete cuentos que, en distintos tonos, querían tocar esa fibra. Hoy sé que la vida no para en ningún lado porque está en todas partes.

Mis razones para volver de México a la Argentina fueron muchas, y no todas muy claras al momento de volver, por eso me pregunto: ¿cuánto habrá tenido que ver la lectura de Roberto Bolaño en esa decisión? Quizás leer a Bolaño tuvo algo que ver también porque ¿qué hubiera podido seguir escribiendo en el DF, qué historia personal hubiera podido narrar o inventar allá luego de que ya había hecho mi pequeña “novela de extranjero en México” (Bares vacíos, 2001) y luego de haber leído algo como Los detectives salvajes? ¿Seguir con otras historias de exilio o extranjería? ¿Adoptar el lenguaje mexicano ya no como un juego, sino como algo propio? Quizás era hora de volver, de descubrir mi verdadero lugar, y tal vez leer a Bolaño me ayudó a darme cuenta de eso.

Roberto Bolaño murió el 14 de julio de 2003. Hoy se cumplen seis inviernos. Este pequeño artículo no surge del mero deseo de hacer un homenaje, sino de la más pura gratitud.

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Ilíada: apuntes del Canto XII

Por Martín Cristal

En la muralla griega

Canto XII: Los troyanos tienen a los griegos acorralados contra la muralla de su campamento, en la playa. Los griegos Polipetes y Leonteo se destacan en la defensa de una de las puertas pero, en otra parte de la muralla, el licio Sarpedón abre una brecha. Héctor consigue vencer en otra de las entradas e irrumpe en el campamento con sus hombres.

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