Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

Por Martín Cristal

Sangre, sudor y cabelleras cortadas

Cormac-McCarthy-Meridiano-de-sangre-DebateIncluso después del gran éxito alcanzado a principios de los años noventa por su Trilogía de la frontera, Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) siguió cultivando el mito de “autor-que-no-concede-entrevistas”. Ese modo misántropo de encarar la propia figura de autor —el mismo con el que Salinger canalizó una paranoia sin fisuras, y que hoy persiste en un famosísimo fantasma llamado Thomas Pynchon— empezó a ceder un poco ante las luminarias luego del Pulitzer que recibiera por su novela La carretera, de 2006 (lo hizo, por ejemplo, con una sorprendente aparición pública en el programa de Oprah Winfrey).

Probablemente McCarthy haya escrito su gran novela mucho antes de todo eso, en 1985. Meridiano de sangre es —según el crítico Harold Bloom— la “auténtica novela apocalíptica [norte]americana”. Si La carretera es postapocalíptica al presentarnos un país desolado tras una catástrofe sin nombre —con el canibalismo y la destrucción amenazando permanentemente a un niño y su padre (Viggo Mortensen en la pantalla grande)—, Meridiano de sangre se revela como un apocalipsis previo a la formación de ese mismo país, o de una parte significativa: su actual frontera sur. Así, es posible conjeturar que la historia, las costumbres y el territorio de Estados Unidos no son para McCarthy más que un paréntesis lógico entre la certeza de un comienzo violento y la hipótesis de un final violento.

En Meridiano de sangre, la muerte y el mal son un espectáculo continuo; la ley del más fuerte aplicada veinticuatro horas al día durante veintitrés capítulos (cada uno trae al comienzo el resumen de los acontecimientos que abarca, a la usanza de los textos antiguos). El argumento es lineal a más no poder y está emparentado con el género del western: a mediados del siglo XIX —pasada ya la guerra entre Estados Unidos y México—, un chico se une a una pandilla de mercenarios que se dedican a exterminar indios entre lo que hoy serían Texas y California, bajando también a los desérticos estados del norte mexicano.

Cormac-McCarthy

La minuciosidad de la violencia en McCarthy impregna al lector, al igual que sus detalladas descripciones de vestimentas, cabalgaduras, armas y paisaje (Hugo Pratt se hubiera hecho un festín dibujando esta novela). Por Hollywood sabíamos que los indios eran sanguinarios y cortaban las cabelleras de los hombres blancos; por McCarthy nos enteramos que también podía suceder al revés, ya que las cabelleras de los indios sirven para cuantificar la matanza y cobrar la faena. Los mismos mexicanos que pagan por el exterminio se vuelven víctimas de este grupo de asesinos, entre los que se destacan el capitán Glanton, su impiadoso líder, y sobre todo el juez Holden: un personaje espeluznante, tan inolvidable como el cruel asesino de No es país para viejos (también de McCarthy).

Un extenso western, sí, pero sin héroes. No es entonces como aquellas novelitas de Marcial Lafuente Estefanía, sobre todo gracias al poderoso estilo de McCarthy, que eleva el texto a otro nivel. En la tradición del gótico sureño, McCarthy trasvasa a la sequedad mortal del desierto mexicano varios yeites de la prosa con la que Faulkner pintaba la humedad del Mississippi.

El tono y su seguridad lo son todo en esta novela. Un breve extracto como ejemplo:

“Se adentraron en el desierto para hacer un alto. No soplaba el viento y aquel silencio era muy del gusto de cualquier fugitivo como lo era el campo abierto y no había montañas cerca donde algún enemigo pudiera esconderse. Ensillaron y partieron antes de que saliera el sol, cabalgando todos a la par con las armas a punto. Cada cual escrutaba el terreno por su cuenta y los movimientos de las criaturas más minúsculas eran registrados por su percepción colectiva, los filamentos invisibles de su vigilancia federándolos entre sí, y avanzaron por aquel paisaje como una única resonancia. Vieron haciendas abandonadas y tumbas junto al camino y a media mañana habían encontrado el rastro de los apaches, venía del oeste y avanzaba ante ellos por la arena blanda del lecho del río. Los jinetes descabalgaron y cogieron muestras de arena removida al borde de las huellas y las tamizaron entre los dedos y calibraron su humedad a la luz del sol y las dejaron caer y miraron río arriba entre los árboles pelados. Volvieron a montar y siguieron adelante” [Cap. XVI; traducción de Luis Murillo Fort].

Si la prosa recuerda un poco a Faulkner, la épica recuerda otro tanto a Melville. Como en Moby Dick, las aventuras pergeñadas por McCarthy se suceden, episódicas y grandilocuentes, sólo que aquí la caza de ballenas se llama limpieza étnica.

Una novela como ésta podría volverse demasiado local si sólo se centrara en recrear un período histórico. Son las discusiones entre los personajes —usualmente alrededor del fogón nocturno— las que la vuelven universal debido a su cariz filosófico. En esos intercambios crece el personaje del juez Holden: un hombre terrorífico (cuyo título no puede más que ser irónico). Lleno de curiosidad científica, Holden es una figura cuasi diabólica. Teórico de una guerra sin fin, se presenta cínico e impredecible, capaz de perdonar o de matar sin razón alguna (o por razones íntimas pero inescrutables). Conforme esta gran epopeya de antihéroes se desangra hasta el último hombre, Holden se candidatea como una de las mayores encarnaciones del mal que haya dado la literatura.

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Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. Debate, 2001 [1985]. 416 páginas. Con otra versión, más breve, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 5 de marzo de 2015).

Contraluz, de Thomas Pynchon (V)

Por Martín Cristal

Quinto post de la serie sobre Contraluz (Against the Day), la novela de Thomas Pynchon.

Anteriores:
I: Personajes principales
II: Parodias, temas, recurrencias
III: Toda novela larga tiene sus altibajos
IV: Puestas en abismo

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Un verosímil permeable

“…En la gran celebración nacional [es decir, en la Feria de Chicago] lo ficticio se daba en el grado exacto para permitir el acceso y la participación de los muchachos.” (p. 53).

Pynchon hace eso mismo: gradúa la ficción en el punto exacto de verosimilitud —un punto débil, de consistencia blanda— que permita, cuando él lo desee, romper esa delgada película con facilidad para introducir perros (y centellas, y renos y hasta rosas) que hablan, un mundo subterráneo lleno de gnomos beligerantes, viajes intraterrestres en globo o en naves “subarenáceas”, un hombre-donut, fantasmas y peligrosos gusanos mitológicos en los túneles de Suiza, un transatlántico que en plena navegación se transforma en acorazado, un vidente de inodoros, una máquina que anima fotografías estáticas, unos escarabajos de luz que no son otra cosa que almas brillantes posadas sobre la corteza de un árbol… y muchas cosas más, que pasarán por megaimaginativas o archipueriles según la personalidad de cada lector.

Thomas Pynchon es una rara amalgama de rigor y libertad. La plástica membrana de verosimilitud que tensa el autor (una frontera permeable, bidireccional: nos dice “esto es ‘lo creíble’ y aquello ‘lo que no’, pero aquí somos libres de ir y volver entre ambos territorios”) se consigue menos por el trabajo sobre la psicología de los personajes que por la proliferación de detalles de época. Es el escenario el que nos da la sensación de tangibilidad. Los personajes —abundantes— no se profundizan demasiado. Y para un universo como éste, eso no está mal: es casi necesario porque, ¿cómo se podría salir de las profundidades del alma humana, de un pasaje tormentoso a lo Dostoievski, para hablar de pronto de una fellatio realizada por un Cocker Spaniel, o de una secta de tipos que cocinan diversos platillos hechos con luz, o de un (maravilloso) tiroteo en un saloon del Oeste mientras unos turistas japoneses sacan fotos con flashes recién inventados, o de una mujer lujuriosa que de pronto levita y así abandona sus hábitos lascivos? No se podría, la novela se partiría en dos. Concentrarse en la época y el escenario —y no tanto en la psicología de los personajes— es lo que a Pynchon le permite cimentar un edificio sólido dentro del cual deambulará entre el rigor histórico y el absurdo más delirante.

Pynchon tiene algo de Hugo Pratt en la meticulosa indagación del pasado. Es imposible no acordarse de Pratt; Contraluz coincide con la época y algunos lugares de muchas aventuras del Corto Maltés. La atmósfera fin-de-siécle está perfectamente recreada y resulta totalmente creíble en especial por la cantidad de detalles que el autor ofrece para su reconstrucción mental: la ropa, los vehículos, usos y costumbres, descubrimientos científicos y movimientos ideológicos en boga… Sin embargo, a veces esto puede ser agobiante, sobre todo en pasajes donde el procedimiento pasa por un innecesario alarde de erudición. ¿Qué valor asignarle al enciclopedismo en la era Google? Quizás pueda aplicársele lo que Beatriz Sarlo —en una reseña de Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac— decía respecto de la intertextualidad:


“…la era Google […] ha vuelto casi inútil el trabajo de hundir citas cifradas porque nada permanece cifrado más de cinco minutos. Sylvia Molloy escribió que la erudición borgeana era incierta y finalmente poco confiable. Esa cualidad dudosa de la cita, que producía la indeterminación de los textos de Borges, hoy no tiene condiciones de posibilidad: no hay incertidumbre; verdadera, modificada o intacta, la cita siempre se encuentra a pocos golpes de teclado; y las citas falsas no aparecen entre los resultados del buscador.

Sin duda para los lectores nativos de la era internet, el enciclopedismo y la erudición no tienen el mismo encanto o peso que tenían para las generaciones anteriores hace, digamos, veinte años. Al respecto, y volviendo a Pynchon, Rodolfo Biscia dice lo siguiente (en la revista Otra Parte):


El afán totalizador de
Contraluz, sin embargo, acusa cierta fragilidad en un mundo donde la elegancia del universo Baedeker ha sido barrida por la literalidad ramplona de Google Earth y donde la propensión enciclopédica, que en El arcoiris de la gravedad resplandecía por lo críptico, se disuelve en las redes de la disponibilidad berreta de la información. Algo del misterio, en efecto, se ha desvanecido cuando una pandilla de ciberescoliastas de la Thomas Pynchon Wiki se dedica a localizar referencias y a separar la paja de la invención del trigo de lo real (o viceversa). Desmantelada su aura, desnuda en su aparatosidad, Contraluz queda entonces como una inmensa máquina del tiempo destartalada, una de esas computadoras primitivas que ocupaban una habitación entera, y cuyo aspecto podía ser confundido con la simple mampostería de un simulacro de máquina.

[Continuará…]