Cazaviejas, de Ariel Magnus

Por Martín Cristal

Comedia ligera con viejas desnudas

Ariel-Magnus-CazaviejasEntre todas las variantes posibles en la construcción de la identidad sexual, la gerontofilia es la que manifiestan aquellos individuos que buscan parejas sexuales mucho mayores que ellos. Ni más ni menos que el gusto o la inclinación sexual por los viejos. O las viejas.

El simpático y juvenil narrador de Cazaviejas —la novela más reciente de Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975)— es un adicto a las ancianas que, a modo de confesión pública, ofrece unas memorias inconclusas con las que busca explicar las raíces de su inclinación sexual, sin que dicho racconto se entienda como excusa de una conducta pasible de ser reprobada por los demás, sino sólo como una forma sincera de darse a entender. Así, asumido y sin culpas, empieza relacionando el despertar de cada uno de sus cinco sentidos con su azarosa educación sexual, de la que da cuenta en capítulos titulados con el nombre de las mujeres (las viejas) que la fueron propiciando.

Su gerontofilia —nos dice el narrador ya desde el comienzo de la dedicatoria— lo habría llevado al escarnio público y a la pérdida de su libertad individual. Sobre la curiosidad que generan estos y otros datos que el relato va adelantando, hay que decir que funcionan sólo como anzuelos para el lector: son promesas narrativas que acicatean la curiosidad pero que pueden quedar incumplidas al terminar el texto por su carácter explícito de confesión incompleta.

El humor manifiesto y bienvenido de Magnus se basa (quizás demasiado) en los juegos de palabras (por ejemplo, el que opone “cazaviejas” a “Casanova”, declarado antecedente de este seductor serial); y, en menor medida, también en la inversión de roles, o en el absurdo de algunas situaciones (por ejemplo la de una casa que se construye desde el tejado hacia abajo; este tipo de yeites recuerdan a César Aira). En ocasiones Magnus parece dejarse llevar livianamente por sus mismos juegos verbales; en otras parece muy pendiente de que estos “chistes” consigan su efecto.

En otro nivel, que complejiza la lectura sin restarle diversión, el texto argumenta sobre la vejez y sobre el sexo —a veces relacionando ambos conceptos, a veces por separado— con pasajes ensayísticos de alta retórica y a caballo de una sintaxis exuberante (que por momentos puede resultar algo recargada). El narrador tiene debilidad por los paréntesis, no sólo dentro de la frase: el libro se estructura con seis capítulos que, para el conjunto, funcionan abiertamente como capítulos-paréntesis. Éstos pausan el argumento de la novela para presentar digresiones sobre temas como las fotos familiares, los geriátricos, el futuro o la juventud, entre otros.

Con un estilo pomposo y refinado, cuya misión es narrarnos una historia nada pomposa ni refinada, Magnus ofrece en Cazaviejas un divertimento tan sólido como ligero.

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Cazaviejas, de Ariel Magnus. Novela. Interzona, 2014. 128 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de mayo de 2015).

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August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser

Por Martín Cristal

Instrumentos de precisión fantástica

Steven-Millhauser

Puede que hoy sea más rápido ubicar a Steven Millhauser (Nueva York, 1943) por ser el autor del relato en el que se basó la película El ilusionista que por trabajos anteriores como su novela Martin Dressler —ganadora del Pulitzer— o el tríptico Pequeños reinos (ambos libros publicados en castellano por la editorial Andrés Bello). Si se lo busca actualmente por las librerías argentinas, pueden encontrarse al menos dos obras más: la novela breve August Eschenburg (Interzona, 2005) y los cuentos de Risas peligrosas (Circe, 2010).

Steven-Millhauser-August-Eschenburg Millhauser sitúa muchas de sus historias en el salto del siglo XIX al XX. El fervor cientificista y los recursos técnicos de esa época le permiten imaginar toda clase de invenciones de corte steampunk (como se le llama a la corriente de la ciencia ficción cuyo imaginario se despliega desde esa “era del vapor”). August Eschenburg, por ejemplo, es la historia de un alemán de esos años que sobresale por la construcción de muñecos mecánicos, autómatas capaces de movimientos cada vez más delicados. Su habilidad sorprende al público,
al menos mientras éste no se distrae con las otras novedades que ofrece la época. Con bella precisión, Millhauser nos hace meditar sobre las diferencias entre arte y artesanía, sobre lo efímero del interés social dispensado a ciertas prácticas, sobre el gusto estético como una construcción colectiva y mutante, prisionera de su tiempo, y también sobre la amenaza permanente del fracaso y el sinsentido vital. El libro integra la colección Línea C, dirigida por Marcelo Cohen, quien también se ocupó de traducirlo.

Steven-Millhauser-Risas-PeligrosasSi bien es más reciente, Risas peligrosas quizás sea más difícil de conseguir. Abre con “El ratón y el gato”, un cuento muy distinto del resto; en él, Millhauser le inyecta un hálito reflexivo a las habituales rencillas entre Tom y Jerry. La Parte II, “Actos de desaparición”, reúne cuatro historias que transcurren en la actualidad. La más memorable es “La desaparición de Elaine Coleman”. Apartado del triste y ominoso sentido histórico que la palabra “desaparición” tiene en la Argentina, el cuento propone que la presencia de los otros es una construcción de la que todos somos responsables: nuestra pertinaz indiferencia podría erosionar la existencia de una persona. También se destacan el cuento que titula al conjunto, donde la potencia de la risa es explorada como una moda pasajera entre adolescentes, y el impecable “Historia de un trastorno”, que desnuda lo inútil del lenguaje para dar cuenta de la profunda vastedad de lo real, un poco como lo hacía el Funes borgeano.

Borges y también Calvino sobrevuelan la Parte III, “Arquitecturas imposibles”. La pueblan los extremos de lo enorme (cúpulas que cubren ciudades enteras, o torres babélicas construidas por varias generaciones de obreros)[*] y de lo pequeño (las obras infinitesimales del maestro miniaturista de un antiguo reino, o los ínfimos detalles que cuidan unos “duplicadores” que, a diario, reproducen los cambios de una ciudad entera en otra cercana e idéntica).

La última parte, “Historias heréticas”, vuelve al siglo XIX y a personajes como Eschenburg: miembros de una Sociedad Histórica que intentan conservar cada bagatela del presente en aras de su futuro estudio; un precursor del cine que no consigue el movimiento mediante la fotografía, sino con la pintura; un grupo de científicos que intenta perfeccionar una máquina que reproduzca hasta las sensaciones táctiles más finas…

Es el amor por los detalles lo que caracteriza la prosa de Steven Millhauser. Esa atención por lo preciso y lo exacto incluso se vuelve su tema en aquellos relatos donde los personajes destilan una obsesión similar por la minucia trabajada y pulida hasta la locura, aunque luego descubran que sus empresas conducen a callejones sin salida.

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Risas peligrosas, de Steven Millhauser. Relatos. Circe, 2010. 288 páginas. | August Eschenburg, de Steven Millhauser. Nouvelle. Interzona (Línea C), 2005. 98 páginas. | Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de junio de 2013).

 

[*] Este cuento, “La torre”, nos recordó inevitablemente a otro cuento de Ted Chiang, “La torre de Babilonia” , el cual preferimos sobre el de Millhauser.

Plop, de Rafael Pinedo

Por Martín Cristal

Recuerdos de un mundo peor

“No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la Cuarta: con piedras y palos”. La advertencia de Einstein condensa el espíritu de aquella ciencia ficción que imagina cómo sería vivir en un mundo en el que la gran hecatombe ya ha ocurrido, para así dejarle paso al relato de sus secuelas. Son las llamadas ficciones postapocalípticas.

Plop, la novela breve de Rafael Pinedo (Buenos Aires, 1954-2006), esboza con trazos duros y certeros un baldío postapocalíptico de una desolación tal que, a su lado, el mundo de Mad Max todavía parece tecnificado y floreciente. A pesar del primitivismo que domina el libro, hay indicios que nos muestran que estamos en el futuro y no en un pasado remoto: no son los metales —que en los universos pseudomedievales del fantasy también existen—, sino otros desperdicios industriales dispersos en el paisaje los que aportan pistas de una tecnificación pretérita. Vidrios y cemento, sí, pero sobre todo los plásticos (tan siglo XX). También hay, diseminados, viejos aparatos inservibles “que nadie sabe para qué son, o fueron”.

Así, podría decirse que la de Plop es una “ciencia ficción pobre” (un concepto muy atendible para elaborar ficciones especulativas en un contexto latinoamericano). No “pobre” por los recursos expresivos de Pinedo —muy medidos pero potentes—, sino por la pobreza intrínseca de sus personajes, condenados a la supervivencia más áspera en un páramo interminable.

En esa tierra baldía nace un bebé bautizado Plop. Su nombre no tiene relación con los desmayos de Condorito; la onomatopeya marca a quien fuera parido en el barro. Lo criará “la vieja Goro” (que arbitrariamente leímos como una referencia —¿cariñosa o irónica?— a Angélica Gorodischer). Goro es la única del grupo que sabe leer, y por eso esperamos de ella alguna revelación. Sin embargo, nada se nos dice de la catástrofe que pudo haber llevado a esta parte del mundo —¿la pampa argentina?— a semejante desintegración.

Seguimos las memorias del protagonista en capítulos breves que nos muestran cómo ha sido vivir bajo las leyes de una tribu ferozmente estratificada. Una organización férrea y violenta, con rituales y tabúes, cuya finalidad es la supervivencia de la mayor parte del grupo.

Para Plop, esa pirámide social será una tentadora cuesta que trepar: la novela antropológica de Pinedo se va inclinando hacia el tópico de la soledad del poder. Sanguinaria y cruel, despojada y dura como la prosa de Pinedo: así es la vida que Plop recuerda en una serie de precisos flashbacks.

(Sólo una cosa no cierra del todo: ¿por qué el castigo final del protagonista —anticipado desde la primera página— es tan elaborado y trabajoso en comparación con otros —no menos efectivos— que son más frecuentes y sencillos en la tribu? “…Recicle, pira, aguja, despellejamiento, degüello o qué”, proponía Plop en otra parte como menú para castigar a cierto vigía que no cumplió bien su tarea [p. 99]. Quizás Pinedo pensó que ese tipo de castigo es el que procede en una sociedad así para quien abusó de una jerarquía máxima obtenida por la fuerza…).

Plop obtuvo el premio Casa de las Américas en 2002. Pinedo murió poco después. Dejó dos novelas más con que es posible completar el diorama desolado de su imaginación: se titulan Frío y Subte, ambas de reciente aparición en España.

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Plop, de Rafael Pinedo. Novela. Interzona (Línea C), 2004. 144 páginas. Con una versión algo más corta del presente texto, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2012).

El azogue, de China Miéville

Por Martín Cristal

Como tema y como símbolo, el espejo resulta bastante frecuentado en la literatura fantástica. Lejos de hacerlo todo más fácil, elegir ese tema y ese símbolo propone un desafío mayor, porque si no se logra hacer algo meritorio, los lectores más experimentados sentirán el hastío de lo repetido. Y “lo repetido”, en materia de espejos, es lo peor que te puede pasar.

Resulta meritorio entonces lo que logra China Miéville en su novela corta El azogue. Miéville (Londres, 1972) reconoce la herencia de Borges con una cita de El libro de los seres imaginarios; toma el tema y los rasgos de esa cita y homenajea al autor argentino con altura, actualizando su legado. El plan de Miéville (que es un varón, aunque el nombre de “China” pueda hacernos pensar otra cosa) es tomar el elemento fantástico de los espejos y aplicarlo a una visión postapocalíptica. Fantasía, ciencia ficción y terror en partes iguales.

En las primeras páginas, Londres aparece devastada por una guerra insólita. El ejército británico está desbandado. No hay gobierno en el país. Scholl es un sobreviviente que zafa como puede en esa ciudad donde el Támesis no ofrece ningún reflejo; tampoco los charcos en las calles, ni los metales, ni los espejos. Sucede que la guerra no es contra otros hombres, sino contra los Imagos: criaturas que, durante siglos, han vivido oprimidas del otro lado de todas las superficies reflectantes, esclavas de nuestros caprichos. Por fin se han rebelado, escapando del azogue de los espejos, para volcar todo su odio acumulado sobre la raza humana.

La prosa de Miéville y la traducción de Marcelo Cohen son excelentes. El estilo es una de las fuentes de placer de El azogue, en especial en las partes del relato en primera persona. En esas partes no narra Scholl —las acciones de Scholl se cuentan en tercera, lo cual le sirve a Miéville para ocultarnos cierta información—, sino uno de los otros: es uno de los “vampiros”, como llaman los humanos despectivamente al enemigo (sin que el linaje de Drácula tenga nada que ver con esta historia, más que en un punto de contacto: el del reflejo siempre ausente para los unos y el otro).

Como corresponde a una narración en espejo, los dos narradores presentan recorridos inversos: Scholl atravesará la ciudad hacia el sur, en una misión que él espera pueda poner fin a la guerra; el “vampiro”, irá rumbo al norte, hacia las afueras de Londres, en busca de una salida que lo acerque a sí mismo.

La primera mitad del libro —el planteo— es genial; la segunda decae (¿otra inversión en espejo?). No porque la prosa empeore, para nada, sino en lo estrictamente argumental. [Atención: a continuación vienen algunos spoilers].

Desilusiona por ejemplo la indefinición de Miéville acerca de algunos interrogantes que los personajes se plantean con insistencia. (Algo en el truco de presentar un misterio como motor de lectura pero sin preocuparse de si se podrá o no resolverlo aceptablemente, nos hace sonreír y recordar a Lost). O, si se entiende que sí se da una explicación, ésta resulta pobre. Del enigma de Scholl —sintetizado en la pregunta “por qué [los vampiros] no me tocan”— no se desprende, necesariamente, la conclusión de “no lo hacen porque soy un elegido”. Podés ser un factor alergénico, o un apestado. Scholl debe tener enormes delirios de grandeza al permitirse, en semejante situación de desventaja global, un non sequitur así.  Además, incluso concediendo que sea “un elegido”, Miéville no da pistas de por qué tendría que ser justamente él, y no cualquier otra persona. Que sea “un elegido” por azar no resulta muy interesante o atractivo.
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Por otro lado, también surgió una molestia adicional:

Hay una conocida estrategia, común en los cuentos chinos o japoneses: ante un dilema, el/la protagonista hace exactamente lo opuesto a lo que se espera de él (fulano vuelve vencedor de una batalla pero ya en casa se suicida, mengana prefiere casarse con un hombre despreciable en vez de elegir al que verdaderamente ama, etcétera). Esto es tan frecuente en esos cuentos que el placer no reside ya en adivinar qué hará el personaje (ya sabemos que elegirá lo contrario de lo que elegiría nuestra mentalidad occidental); el placer está, en cambio, en comprender los motivos íntimos para esa extraña elección. Por supuesto, dichos motivos no pueden ser caprichosos, torpes o alambicados: tienen que ofrecer una sorpresa lógica o un goce poético que los justifique.

El final de El azogue juega con las expectativas aprendidas de los lectores. Miéville sabe que los lectores esperarán el éxito o el fracaso de ese plan que Scholl dice tener para terminar la guerra, plan que se calla durante casi toda la narración. Entonces, el autor opta por la salida oriental: les da algo distinto, una opción que va en el sentido contrario de lo esperable… y enseguida intenta cautivarlos con esa nueva salida.

El problema es que, además de querer saber el resultado de la aventura, el lector sigue adelante porque —como en los cuentos orientales— también quiere que ese plan secreto lo sorprenda positivamente. Es verdad que el desenlace de Miéville resulta inesperado; lo que no esperábamos era que a la vez tendiera a la decepción. Miéville evita las alternativas comunes, lo cual es loable, pero el plan de Scholl resulta menos que un plan; la salida es plausible, pero desilusiona (al menos a mí).

Además, terminando así su libro, Miéville abandona la historia en un punto en el que el horizonte del futuro inmediato de Londres y el mundo se abre a demasiadas preguntas (en especial a una, insoslayable). Cuestiones que quedarán sin contestar. Que queden interrogantes retumbando en la cabeza del lector no es malo, pero en este caso, ese punto final puede percibirse como una comodidad o un apresuramiento del autor. Las consecuencias del plan de Scholl quedan fuera del relato, incluidas las más inmediatas y urgentes.

Como sea, estas sensaciones personales sobre el final del texto no lo demeritan ni me alejan de querer probar en el futuro otras obras de Miéville, en parte por el manejo hábil del escenario inicial, pero sobre todo por la calidad y la intensidad de la prosa.

Lo mejor que leí en 2010 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2010:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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Parranda larga. Antología poética,
de Nicanor Parra

Alfaguara, 2010. Poesía.
Llegamos a Parra por Bolaño, que lo señalaba como su poeta favorito. Luego de la muerte de Bolaño, Parra lo recordaría con uno de sus (¿anti?)poéticos “artefactos visuales”, que a mí me resultó conmovedor. Sobre la poesía de Parra, Elvio Gandolfo dice en el prólogo: “Su influencia se ha difundido por el modo en que atrae su modo de dar permiso, de abrir cancha en vez de cerrarla, de generar la audacia de hacer aquello que se tiene ganas de hacer, sobre todo con las palabras”.

Certero, lo de Gandolfo: ésa que él describe fue la sensación exacta que me dejó a mí este libro (cuyo prólogo leí, como corresponde, al final), además de la sorpresa de que la poesía pueda ser, también, muy divertida. Y ese “en poesía vale todo”, que el propio Parra expresa en uno de sus versos, me llevó a una nueva práctica: el remix de poesía, que iniciamos con el mismo Parra, que ya continuamos con Giannuzzi y Casas, y que en adelante seguiremos practicando con otras antologías, como una forma de que la poesía se reseñe a sí misma.

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La descomposición y Glaxo,
de Hernán Ronsino

Interzona (2007) y Eterna Cadencia (2009), respectivamente. Novelas.

En
El pez volador ya le dedicamos un artículo a Glaxo, la segunda novela de Ronsino, concisa y redonda.

Aprovechamos entonces para recomendar también la primera: La descomposición (Interzona, 2007). Ambas comparten un mismo personaje, Bicho Souza, aunque también se entrecruzan otros. La acción de las dos novelas abarca hechos que van desde los años treinta hasta finales del siglo XX.

Los sucesos de La descomposición y los de Glaxo se sitúan en un mismo pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires: Ronsino trabaja el concepto faulkneriano-onettiano de “unidad de lugar”. Leyendo ambas novelas se puede ir completando una línea de tiempo con los hitos de la historia íntima de ese pueblo, que casi siempre ocultan miserias personales y disimulan una violencia contenida (un olor a podrido de fondo: la descomposición). Esa violencia, en ambas novelas, deviene en crímenes inconfesables, de los que sólo el lector es testigo privilegiado. Seguramente volveremos a este pueblo y a estos personajes en las futuras obras de Ronsino.

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Spinoza. Una introducción,
de Diego Tatián

Editorial Quadrata-Biblioteca Nacional, 2009. Ensayo/Filosofía.

La colección “Pensamientos locales”, dirigida por Adrián Cangi y Ariel Pennisi, convoca a un intelectual argentino para que nos introduzca en el mundo de un filósofo de peso y fama universales: Ricardo Forster nos acerca al pensamiento de Walter Benjamin, Roberto Ferro al de Jacques Derrida…

Diego Tatián (Córdoba, 1965) es profesor de filosofía, ensayista, crítico y narrador. En el caso de esta presentación que hace de la vida y obra de Baruj Spinoza, lo primero que se agradece es el tono cordial y didáctico, que no intimida a quienes no somos versados en filosofía. Su amena oralidad se funda en el origen del texto: es la transcripción de un curso dictado en el marco del Programa de Estudios Judíos de la Universidad Nacional de Córdoba, en 2004.

Al contrario de lo que hacía Heidegger al dictar un seminario sobre Aristóteles, Tatián sí elige la biografía del filósofo como una vía esencial para acercarnos a su obra. El Herem (la excomunión de Spinoza del seno de la comunidad judía de Amsterdam, en 1656) es el hecho central desde el que Tatián desovilla, hacia adelante y hacia atrás, la vida completa de Spinoza, como una plataforma para abordar luego los rasgos generales de sus obras más importantes: el Tratado teológico-filosófico, la Ética

Para una obra que se presenta a sí misma como una introducción quizás no haya mayores méritos que los que ésta alcanza claramente: el de acompañar al lector hasta la entrada, el de dejarlo con las ganas justas de saber más y el de darle ánimo para abordar una obra como la de Spinoza, que se entrevé muy difícil, pero que seduce de antemano por las definiciones cruzadas que Tatián propone para ella: una filosofía “como manera de vivir, y no como manera de morir”; una ética que no se pregunta por el cumplimiento adecuado de los deberes morales, sino que se propone hacernos “conocer nuestra propia naturaleza” para descubrir así nuestras compatibilidades y poder “combinar los encuentros de una manera tal que se incremente nuestra potencia de vivir”, en aras de “tratar de llegar a ser máximamente causa de nosotros mismos”.

Una síntesis de esta serie salió en diciembre en la revista digital Hermano Cerdo.

Las novelas de Ariel Bermani


Por Martín Cristal

Me acerqué a la narrativa de Ariel Bermani hace tres años. Disfruté mucho su novela Leer y escribir (Interzona, 2006), pero me gustó más todavía la que acabo de leer: El amor es la más barata de las religiones (HUM, 2009). Apenas la terminé, fui a buscar la que me faltaba de las tres que Bermani lleva publicadas hasta ahora: Veneno, ganadora del premio Emecé en 2006. Las tres comparten personajes y rasgos comunes.

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El título de la novela más reciente de Ariel Bermani (Lomas de Zamora, 1967) proviene del diario de Cesare Pavese: “L’amore è la più a buon prezzo delle religioni” (entrada del 21/12/39). En ese mismo diario —El oficio de vivir—, pero ocho meses antes, Pavese también escribía: “Tutto il problema della vita è dunque questo: come rompere la propria solitudine, come comunicare con altri.”

Cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con los otros: ése es todo el problema de la vida, dice Pavese, y Bermani lo ilustra bien con sus breves novelas. Diálogos con interlocutores silenciados, para que se vuelvan monólogos; llamadas telefónicas con preguntas que no reciben respuesta; personajes que poseen serios problemas para relacionarse, no digamos ya para expresar abiertamente alguna clase de amor. Porque, si el amor es la más barata de las religiones (o “la más berreta”, como dice Pasto), eso no quiere decir que sea un sacramento fácil de dar o de recibir. All you need is love, cantaban los Beatles para indicar que no te hace falta nada más para vivir; sin embargo, aquel estribillo simple también puede leerse así: si el amor es todo lo que necesitás para vivir, entonces ya te podés imaginar todo lo que vale —todo lo que cuesta— el amor.

Los personajes de Bermani —cada uno con su apodo— aprenden lo que cuesta el amor mientras entrecruzan sus destinos en las tres novelas. Lo hacen a costa de periplos relativamente cortos en su exterioridad (de la capital a alguna localidad de la provincia de Buenos Aires o viceversa), pero extenuantes y transformadores en el plano interior. Un plano, eso sí, menos explícito en el texto: casi siempre, Bermani prefiere circular con frases cortas y secas por la superficie de las acciones, priorizando el ritmo narrativo y evitando introspecciones o interpolaciones, confiando en que el lector descifrará desde ahí afuera todo lo que bulle dentro de los personajes. El autor se distancia del realismo sólo una vez, en Leer y escribir, en un pasaje simbólico/poético donde se describe una “calle de los lectores perdidos” y a unos absurdos y divertidos (anti)porteros de biblioteca.

Los protagonistas de las tres novelas salen en busca de algún indefinido cabo suelto en sus orígenes como una clave para comprender o paliar su presente. En Leer y escribir, Basilio Bartel deja atrás la rutina de la biblioteca donde trabaja y vuelve al barrio, a lo de sus padres; también visita al Negro Veneno. Apenas lo ve, pega la vuelta: igual que con su madre, Bartel tampoco puede conectar ya con su viejo amigo. El recorrido, sin embargo, valdrá la pena: cuando vuelva a casa con su esposa, Bartel nos recordará que alguna vez se definió al argumento de un relato como un “proceso completado de cambio”.

A su vez, Veneno —en la novela que lo tiene por protagonista—, intenta ir en busca del tiempo perdido cuando se reencuentra con una mujer que besó una sola vez, quince años atrás. El “viaje” de Veneno es mucho menos lírico que el de Bartel. Éste va escuchando a Spinetta en el discman y encuentra amigos poetas en su camino; Veneno, en cambio, busca pleitos sólo para hacerse pegar, se emborracha, maltrata a su mujer, escapa de taxis y bares sin pagar la cuenta… Ambos recorridos son tristes, pero el fracaso es más marcado para Veneno, que “comprende de una vez, y para siempre, que está solo, completamente solo” (la mujer de Bartel se siente igual). La única victoria de Veneno es agrietar un poco su propia coraza para llamar a su padre y expresarle algo de afecto.

Y es que, de todas las formas del amor, la más constante en las tres novelas de Bermani —además del amor al vino y los cigarrillos— es la del amor filial. Bartel vuelve a ver a su madre; Veneno inicia, a lo Camus, con la muerte de la madre del protagonista, y completa el círculo con el llamado a su padre; y El amor… también nos entrega una mini road movie donde todo se juega en la relación que puedan reconstruir un padre (Riky) y su hijo (Nacho). Riky se llevará a Nacho en su 4×4, en una carrera desbocada y sin metas claras, pero que tiene un destino inevitable: la vuelta al pago donde él alguna vez fue un chico pobre al que llamaban Astroboy, que jugaba en el equipito del barrio a las órdenes del DT Mercado. (Mercado es otra novela de Bermani, aún inédita).

Me gustan las novelas donde hay una voz narradora potente, pero hoy valoro más las que varían con pericia muchas voces o las que no se recluyen en una sola estrategia para narrar. Lo que distingue a El amor… de las dos novelas anteriores de Bermani se sitúa en ese plano formal: el autor apela a la polifonía para entregarnos un relato que se va formando con fragmentos de una página, primero con la voz de Nacho, y luego con la de la madre de Nacho, la de su abuela, la de la empleada doméstica y la del propio Riky, entre otras (sólo más tarde intervendrán también algún narrador en tercera o el estilo directo de los diálogos).

Así, el rol del lector se vuelve muy activo, tanto que recomiendo no leer la contratapa del libro y zambullirse directamente en la experiencia del texto. El relato de El amor… avanza velozmente mientras uno saborea la identificación de las voces y la reconstrucción de los hechos, ejercicio que provoca aquella dicha que quería Borges: la de entender, “mayor que la de imaginar o la de sentir”. Para Riky, en cambio, la dicha es escasa: él no entiende (lo que pasó entre él y su mujer), no imagina (cuán difícil será acercarse a su hijo ahora) y, sobre todo, no siente (nada por ese hijo).

El autor precipita a sus personajes por un embudo hecho de suburbio y de pasado. Van directo hacia el agujero de sus orígenes, arrastrados por una gravedad que no los deja aferrarse a la gran ciudad o a otra clase social. Durante el viaje, Bermani los pone siempre cara a cara con ese fracaso en el que se resume tutto il problema della vita.