Interpretaciones de invierno

Polosecki es —según su director o sparring, Iván Ferreyra— “un magazine que nació en una ciudad sin mar y llena de culiados, en el que ya han participado más de doscientas personas en más de seis números”. A contrapelo de todo, esta revista “en blanco y negro, como miran los perros” se vende en un sólo lugar, La Cripta (Av. Gral. Paz 184, galería London, Córdoba). Colaboré con la siguiente exégesis en el Nº 5, cuyo tema era el invierno.

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Interpretaciones de invierno

por Martín Cristal

1) En principio sabemos que alguien lo echó de su cuarto, gritándole: “no tienes profesión”. Dos claros indicadores de clase: el primero, que donde alguien de extracción baja o media-baja hubiera dicho “pieza”, él elige decir (o sólo sabe decir) “cuarto”; el segundo, la abierta exigencia de un desarrollo profesional: la carrera universitaria como alquiler simbólico que asegura la permanencia en la casa paterna. Tácito y típico arreglo interno en familias de las clases medias o medias altas. El sujeto inicial podría ser el/la progenitor/a que marca la cancha: acá se hace lo que yo digo. No te pido que trabajes, de hecho no alcanza con un oficio; quiero que tengas una profesión. Si no te gusta, te vas.

2) La “condición” a la que tiene que enfrentarse el desalojado no refiere a la de las dos primeras acepciones del diccionario (“índole, naturaleza o propiedad de las cosas”; “natural, carácter o genio de las personas”), sino a la tercera: “estado, situación especial en que se halla alguien o algo.” Ese nuevo estado es una intemperie desolada (de soledad-sin-sol, dura y difícil). Sin embargo, la confusa relación entre el individuo y su circunstancia, lo crucial del invierno en la nueva situación del homeless novato, amalgama las tres acepciones del mismo modo en que —en “Muchacha punk”— Fogwill decía: “Conté del frío, conté del polar-suit. Ahora voy á contar de mí: el frío, que calaba los huesos…”, etcétera. A la intemperie, el frío y el hombre con frío son una misma cosa.

3) Al preguntarse por alguien que le dé algo para fumar —otra defensa contra el frío— o, más exigentemente, casa en que vivir, el desplazado ya sospecha que su supervivencia dependerá en buena parte de la voluntad de terceros. Sin embargo, no hay amigo a quien recurrir. Esto marca una soledad en aumento, consistente con la aparición previa del concepto “caridad ajena” en “Cuando ya me empiece a quedar solo”. Ese saber que en la calle “debés estar” (¿a quién se lo dice, quién encarnaría esa esperanza?) no produce consuelo ante la evidente inoperancia propia.

4) Le recrimina a los medios masivos su responsabilidad por el materialismo y la confusión general de nuestras vidas. Y es cierto que la publicidad, indisoluble de la lógica mediática, es un insistente heraldo del capitalismo. Sin embargo, al nuevo vagabundo los hechos le demostrarán que hay una parte de razón en eso de relacionar riqueza con bienestar. El dinero es el lubricante de la vida urbana: todo fluye más amablemente si hay dinero para el alquiler, el súper, el licor o la coima.

5) Esos lobos que comerían de su carne sin dejarle un pedazo a él mismo (ni siquiera para practicar una autofagia imposible), no son lobos reales de zoológico, sino la vieja metáfora de los pares y su impiedad. Son el hombre, lobo del hombre, ese ser egoísta por naturaleza del que hablaban Plauto y Hobbes, y que se disfraza de cordero en el simulacro social de la convivencia.

6) La insignificancia del individuo se exacerba con la puesta en abismo de presentar a Dios como un mero empleado. La mecánica del mostrador divino es transparente: das tu vida para recibir la eternidad. Pura lógica de almacenero (“hoy no se fía; mañana, sí”). Más inquietante es lo que se infiere enseguida: si Dios es empleado, tiene que haber alguien que sea su Empleador. ¿Quién es el Jefe del Todopoderoso? ¿Quién lo obliga a cumplir un horario o lo despide si no cumple lo pactado? Y, si hay un Dios para Dios, ¿quién asegura que Aquél sea el Dios Último? Si el Gran Empleador le hace los aportes a Dios (porque, suponemos, Él tiene que estar en blanco), entonces hay un Ente Recaudador que, a su vez, controla al Empleador… Se cae así en el vértigo abismal de infinitos universos, anidados uno dentro del otro. En la capa más ajustada de esa cebolla cósmica está un hombre solitario, a cuya sonrisa nadie le da crédito.

Sui Generis: “Confesiones de invierno” (1973)

7) Entonces surge la duda de haber esperado demasiado: la cruz de los cagones. “Quisiera que estuvieras aquí” reintroduce a ese Otro que cifra la esperanza de un alivio y recuerda el famoso tema de Pink Floyd (aunque sea posterior; en otras partes también flota la sensación de debacle de “Like a Rolling Stone” o de “Nobody Wants You When You’re Down and Out”, aunque en un tono más depresivo y criollo, del tipo “Cuesta abajo”). Aprovecha la homofonía de “invierno” e “infierno”, si bien del inframundo sabe poco: el infierno nunca cierra sus puertas (excepto para los que ya están adentro, o en Sandman Nº 4). ¿Es posible que te quieras ir? Desde ya, salvo que deberías haber abandonado toda esperanza al entrar. Lo dice el reglamento.

8) Amigos no tenía, plata tampoco: ¿cómo obtuvo el alcohol? Surge la hipótesis del hurto. Veamos. Dice que se emborrachó —“licor” es bebida blanca, con una botella alcanza— en el baño de un bar. Si a la botella la “consiguió” afuera (¿de un supermercado, de un kiosco 24 horas?), ¿para qué entraría a emborracharse en un bar? ¿Para que lo rajen por traer su propia bebida? Una cosa es ser rebelde y otra es ser idiota. Si ya tenía la botella, podría haberse emborrachado en cualquier otro lado. OK, puede haber entrado sin premeditación, o para escapar del frío. En todo caso, el asunto cierra mejor así: primero entró al bar y después, en el tumulto, manoteó una botella de la barra de ese mismo local del que lo echarían cuando la fila del baño se hiciera demasiado larga y alguien fuera a ver qué pasaba y lo encontrara encerrado con una de Old Smuggler semivacía en el sucucho del único inodoro disponible. (Enseguida, otro rebuscamiento culto: no dice “me echaron a patadas”, sino “fui a dar a la calle de un puntapié”. La fuente de una expresión así podría ser algún libro en traducción mala, vieja o española. Se ve que algo leyó, el pibe, aunque sólo con leer no te ganás la profesión exigida por tus padres).

9) Declaró no tener quien le proveyera cigarro o vivienda pero, de la nada y muy oportunamente, aparece un amigo que le paga la fianza (¿por hurto y disturbios en la vía pública?). No estaba tan solo, finalmente. A ese amigo podría haber recurrido desde el principio, así que es verdad: esperó demasiado. Alegar que nunca antes había bebido resulta ridículo. A la brutalidad policial, el dato le es indiferente. Los atenuantes que los estudie el juez; para golpear sólo interesan los agravantes, porque al oficial sólo le concierne el delito y luego el permiso de una resistencia pueril que alienta los bastonazos y las heridas.

10) Pasan cuatro años, pero no es condena; es mera elipsis. La reclusión final no es en una penitenciaría. Nos lo asegura esa vista al jardín que tiene su “cuarto” (no dice “celda”), matices claves que alojan al sujeto en alguna institución para la salud mental. Un asilo de Arkham pero calefaccionado, donde no se pasa frío y se es —muy sospechosamente— feliz. Una felicidad que huele a pastillas.

11) Y aunque a veces se acuerda de ella, dibujó su cara en la pared (ese “aunque” no corresponde: si se acuerda, entonces no hay impedimento para que la dibuje, al contrario). ¿A quién dibuja? Puede que a esa persona que debía estar “entre las calles”, tal vez una mujer en la que depositó sus vanas esperanzas. Menos idealmente, podría ser aquella exigencia-madre que quizás lo echó del nido en un principio.

12) Cierra con esa sensación recurrente de mortandad dominical expresada por el interno, la cual no es rasgo de locura toda vez que medio mundo la padece. Lo insano, lo que claramente lo confina para siempre en la demencia, es que los lunes se sienta bien.

¿Qué estabas haciendo el 11-S?

Por Martín Cristal

En el suplemento “Temas” de La Voz del Interior, hoy sale una nota (coordinada por Emanuel Rodríguez) en la que once escritores cordobeses recuerdan brevemente el momento en que se enteraron del atentado a las Torres Gemelas. Lo que sigue es mi pequeño aporte. Los de los otros autores —Pablo Natale, Iván Ferreyra, Luciano Lamberti, Eugenia Almeida, Federico Falco, Martín Maigua, María Pousa, Fabio Martínez, José Playo y Pablo Dema— pueden leerse aquí.

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¿Qué estabas haciendo
el 11 de septiembre de 2001?

Vivía en México: el diseñador gráfico bancaba al escritor. Supe del atentado apenas llegué a las oficinas de la revista semanal donde trabajaba como director de arte. Había un clima de excitación morbosa (mis compañeros eran periodistas), de implícita revancha (eran mexicanos), de incredulidad y sorpre­sa (éramos televidentes). Todo el material preparado para ese número se fue al tacho. El cierre del viernes sería muy tarde.

Colaboré en la selección fotográfica. Debíamos componer el relato visual de una tragedia demasiado reciente. ¿Qué matizar, qué mostrar a página completa? ¿Yuxtaponer bomberos y víctimas? ¿Señalar al hombrecito que cae o dejar que lo descubran los lectores?

Ante la previsible unanimidad temática en los quioscos dominicales, decidimos competir con una tapa desplegable: una panorámica de Manhattan desde el río, su perfil tachado por una ominosa estela de humo. Titular: “Vientos de guerra”.

Anduvo bien. Nuestra siguiente tapa desplegable vendría tras el bombardeo de Bagdad.

Hoy visitamos una Ciudad sin mar

Hoy martes 9 de marzo entre las 10 y las 12 hs. estoy con Omar Hefling e Iván Ferreyra en su nuevo programa radial via web, Ciudad sin mar. El programa ofrece música, discurso e invitados de la escena cordobesa.

Pueden escucharlo desde el sitio de Eterogenia.

PD. El programa se repite hoy a las 18, a las 00 y también a las 6 de la mañana, hora argentina

Preguntas y respuestas

Por Martín Cristal

El pez volador se presentó en Córdoba durante la Feria del Libro de 2008, en el espacio Fenómenos, nuevos soportes para las letras. Al término de la primera parte de la presentación habíamos arribado a la pregunta: ¿Por qué el artista (el escritor) de hoy usa Internet (el blog) para explicarse?

En la segunda parte aportábamos veinte posibles razones para esa práctica actual. Una de ellas era la posibilidad de concentrar en el blog todas las explicaciones adicionales que hoy se le piden al escritor sobre sí mismo y sobre su obra, las cuales antes quedaban mayoritariamente dispersas o sin registro.

Con ese espíritu recopilo aquí dos invitaciones que recibí de otros blogs de cordobeses. La primera fue de uno de los (miles de) blogs de Iván Ferreyra, Célebres clandestinos. Se trataba de responder un cuestionario fijo, al estilo del de Proust pero con preguntas extrañas como “¿Dónde están los que abrazan?”, o “¿Cuál es el mundo que menos desea?”. En el mismo blog se pueden leer las respuestas que otros participantes dieron a las mismas preguntas.

La segunda invitación, más reciente, fue para participar en un proyecto de José Playo y su blog Peinate que viene gente. Se trata de una serie de charlas con distintos escritores de Córdoba, las cuales quedan registradas en podcasts (archivos de audio). Las charlas pueden escucharse on-line o descargarse en formato Mp3. En general, las preguntas giran en torno a la lectura, el acto de escribir, los inicios y la literatura en general. El proyecto está en progreso: a la media docena de autores ya entrevistados se irán sumando otros. Pasen y oigan…