Contra el fanatismo, ensayos de Amos Oz

Por Martín Cristal

Contra los fanáticos de la muerte

Amos-Oz-Contra-el-fanatismo-SiruelaEste pequeño libro compila tres conferencias de Amos Oz, dictadas entre 2001 y 2002 en la ciudad alemana de Tubinga. No requiere que uno sea experto en política de Oriente Medio. Cualquiera puede abrirlo y entender sus ideas centrales. Es principalmente un ensayo, no un texto de Historia. En sólo 100 páginas, Oz ofrece su sencillez discursiva para ayudarnos a comprender uno de los problemas de fondo del complejísimo conflicto palestino-israelí, que desde julio suma otro episodio cruento, de violencia desproporcionada, y repudiable por donde se lo mire.

Creo importante dar a conocer aquí algunos de los conceptos vertidos por Oz en este libro. Sugiero su lectura para completar la concatenación de las ideas centrales que trataré de sintetizar sin desconocer que todas las dificultades para una posible solución del conflicto se han agigantado en los doce años transcurridos tras estas conferencias, ni tampoco que las ideas de Oz se enmarcan en las de una izquierda en creciente desventaja en los últimos veinte años de elecciones en Israel.

En su primera conferencia, Oz apunta a la identificación del fanático (del bando que sea). Lo pinta como aquel que cree que cualquier fin justifica los medios; alguien que suele carecer de imaginación y adoptar una actitud de superioridad moral, una traba de acero para todo acuerdo. Es también alguien que odia el cambio, que no puede concebirlo para sí —el fanático ve a quienes eligen el cambio como “traidores”—, pero que, al mismo tiempo, contradictoriamente, quiere obligarte a cambiar. Algo importante es que sus actos violentos no sólo buscan dañar a ese “otro” que es su enemigo; en simultáneo, apuntan a generar una atmósfera tal que los moderados de su propio bando se conviertan, también, en fanáticos. Oz considera el conflicto de la zona como una tragedia, un conflicto territorial “entre derecho y derecho”. “No es una guerra religiosa. Aunque los fanáticos de ambos bandos hagan lo imposible por convertirlo en una guerra religiosa”.

En la segunda conferencia, el escritor —con sintaxis sencilla, sin mezquinar matices, con conocimiento del problema y con su habitual voluntad de accionar positivamente (Oz fue uno de los fundadores del movimiento Paz Ahora)— propone que sí es viable una solución. Para empezar, lo primero y principal es que ambas partes no se nieguen mutuamente. Sólo así podrán trabajar sobre un acuerdo, en el que cada uno tendrá que hacer importantes concesiones, sí o sí. “Va a doler de lo lindo”, dice Oz. A la imprescindible creación de dos estados independientes la compara con un divorcio rarísimo “porque las dos partes en litigio se quedarán definitivamente en el mismo departamento” al que, claro, habrá que hacerle serias reformas: Oz propone la creación de “dos Estados atendiendo aproximadamente a realidades demográficas, cuyo mapa debería asemejarse al anterior a 1967, con algunos cambios establecidos de mutuo acuerdo y disposiciones especiales para los santos lugares en disputa de Jerusalem como fórmula esencial”. Agrega que cualquier acuerdo debe contemplar una solución para el tema de los refugiados.

En su tercera conferencia, Oz se refiere a la literatura como fuente de esa imaginación que al fanático le falta. La ficción, un mecanismo que nos pone constantemente en el lugar de otros, resulta un buen paliativo contra el gen maligno del fanatismo. Para explicar cómo resuelve él —en tanto escritor comprometido con una causa— la tensión siempre presente entre arte y política, Oz revisa momentos de su vida, empezando desde su niñez, durante el mandato británico, cuando él también era un pequeño fanático que gritaba “British, go home!”. “Imposible no desarrollar un sentido del relativismo”, dice Oz, “y cierta triste ironía sobre cómo el ocupado se convierte en ocupante, el oprimido en opresor, sobre cómo la víctima de ayer puede fácilmente convertirse en verdugo”.

¿Es Amos Oz —por recordarnos estos principios básicos, o por creer en una posible solución— un ingenuo, un tibio, un “traidor”? Eso es lo que diría de él cualquiera de los extremistas que hoy se multiplican por aquella parte del mundo, aunque en los hechos ninguno de ellos, hable el idioma que hable, haya logrado acercar la paz a su pueblo.

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Contra el fanatismo, de Amos Oz. Ensayos. Siruela (serie menor), 2003. 104 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 7 de agosto de 2014).

Judíos y moros en el Quijote

Por Martín Cristal

En el Capítulo VIII de la Segunda Parte, Sancho Panza opina que los historiadores deberían hablar bien de él en sus libros, ya que él es sin dudas un buen hombre; para probar esto, argumenta de un modo acorde a su lugar y época:


“…creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia católica romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí, y tratarme bien en sus escritos…”.

Ya en el siglo XV España había sido barrida por Tomás de Torquemada (1420-1498) y la Santa Inquisición, la cual —a fines de ese mismo siglo— forzó a los judíos a abandonar el territorio español, si bien algunos permanecieron ocultando su origen bajo apellidos castizos. El Quijote, cuya acción transcurre a principios del siglo XVII, no contiene otra referencia a los judíos más que ésta.

En cambio, la obra sí menciona varias veces a los moros. La novela de Cervantes muestra claramente el conflicto entre moros y cristianos en el Capítulo XLI de la Primera Parte. Cuando el cautivo Ruy Pérez y los demás fugitivos de África desembarcan en territorio español, Zoraida y un renegado van vestidos como árabes; un joven cristiano se topa con ellos y “como él los vió en hábitos moros, pensó que todos los de la Berbería estaban sobre él, y […] comenzó a dar los mayores gritos del mundo, diciendo: —Moros, moros hay en la tierra; moros, moros, arma, arma”, llamando así a la defensa contra lo que el joven creía una invasión del enemigo.

Cervantes muestra respeto por la cultura árabe al elegir para su ficción a un integrante de esa cultura, el “sabio moro” Cide Hamete Benengeli, para que figure nada menos que en el papel de autor del manuscrito original; tampoco menoscaba la persona ni la belleza de Zoraida cuando la describe en el Capítulo XXXVII de la Primera Parte (si bien el personaje deberá convertirse a la fe de “Lela Marién”, la Virgen María), ni las de Ana Félix (mora cristiana también) en el capítulo LXIII de la Segunda.

A pesar de esto, son notables en el Quijote los prejuicios respecto de los moros, generalizaciones que corresponden con el odio católico de la época. “De los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas”, se desconsuela don Quijote al enterarse que el autor de su historia es un moro (Capítulo III, Segunda Parte).

En el Capítulo LIV, Sancho se niega a ayudar a Ricote, un morisco que ha vuelto a España de incógnito para buscar su capital enterrado. Sancho le niega su ayuda a pesar de que Ricote es un ex vecino y de que ambos acaban de compartir su comida y vino en medio del campo: “…por parecerme haría traición á mi rey en dar favor á sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes doscientos escudos, me dieras aquí de contado cuatrocientos […] no quiero: conténtate que por mi no serás descubierto”. No delatarlo: eso es todo lo que Sancho está dispuesto a hacer por su ex vecino, a pesar de la alegría manifiesta del reencuentro.

A mi juicio, Cervantes no consigue que resulten verosímiles los argumentos con los que Ricote defiende la justicia del exilio morisco decretado por los reyes católicos: “…que me parece que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución […], y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro…” [La exposición sigue sobre los dolores del exilio, más verosímiles]. Es Cervantes quien alaba al rey, no Ricote; habla el autor, no su personaje. Cervantes tampoco logra que yo le crea cuando el mismo personaje, al reaparecer en el Capítulo LXV, alaba la “heroica resolución del gran Felipe III”. Por momentos, Ricote habla como si se olvidara por completo de su propio origen (que es moro, por muy bautizado que esté). Me resulta inverosímil, sobre todo si se considera que sus interlocutores —como Sancho— no olvidan ese origen ni jamás lo aceptan del todo.