Lenta biografía literaria (1/6)

Por Martín Cristal
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Me invitaron a participar en la sección “Huellas de lectura” de los Cuadernos de la Biblioteca Córdoba, en la que se les pide a distintos escritores alguna reflexión acerca de su experiencia y formación como lectores. Inicio una serie de posts donde, a modo de “biografía literaria”, iré compartiendo una versión extendida del texto que se publicará en los Cuadernos antes de fin de año.
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Lenta biografía literaria

Con gratitud recuerdo algunas obras que fueron puntos de inflexión en mi derrotero de lector-escritor. No es meramente la lista de los “libros que me gustaron”: esa lista sería mucho más larga, ya que abarcaría también a autores que leí con gran placer —pienso por ejemplo en Pavić, Vian o Levrero— aunque no siento que después hayan influido de forma tan contundente y directa sobre los textos que intenté escribir. Sin duda somos menos limitados como lectores que como escritores: uno lee lo que quiere, pero escribe lo que puede. Selecciono entonces sólo las obras que impactaron conscientemente en mis futuras acciones como escritor. Encuentros —azarosos, felices— entre ciertas obras y un lector que las recibió con asombro acorde a su edad y experiencia.
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20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne

20000-leguas-Julio-Verne8 años | Sé que de no cruzarme con aquel ejemplar de la colección Billiken, alguna otra novela de aventuras hubiera ocupado el podio de “primer libro”. Incluso sin tener forma de libro: podrían haber sido las primeras historietas de la colección Joyas Literarias Juveniles, que descubrí casi al mismo tiempo (eran La isla del tesoro, de Stevenson, y Miguel Strogoff, otra vez de Verne: una coincidencia que consolidó tempranamente la noción de “autor”). La influencia de estas obras es transitiva y fácil de explicar: si no se empieza a leer, no se puede empezar a escribir.
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Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Bradbury-Crónicas marcianas19 años | En mi adolescencia no iba hacia los libros; leía esporádicamente, sin constancia ni criterio, y odiaba las lecturas obligatorias de la escuela. A los diecinueve trabajé temporalmente en un kibutz israelí donde compartía una casita con otros compañeros. Sobre la cama de uno de ellos descubrí un ejemplar de Crónicas marcianas traducido al castellano; me di cuenta de que llevaba seis meses sin ver un solo libro escrito en mi propio idioma. Lo devoré. La urgencia de leer empezó ahí, y ya no me abandonó. De vuelta en la Argentina me convertí en un lector activo. Años después escribí “Garage”, mi primer cuento. No pude evitar darle un aire bradburiano.
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Cuentos completos I y II, de Julio Cortázar

Cortazar-Cuentos-completos-I20-21 años | Los primeros libros que compré con mi propia plata fueron Final del juego, Todos los fuegos el fuego y Bestiario; inauguraron mi fascinación por el género fantástico. Después, en los dos tomos recopilatorios de Cortázar encontré muchísimos más relatos que me asombraron (más tarde entendería que las “obras completas” de un autor necesariamente incluyen etapas que no son de nuestro interés, amén de recurrencias y variantes fallidas). En mi primer libro —Las alas de un pez espada—, le dediqué a Cortázar el cuento “Tres y el fuego”, que incluye una cita de “Todos los fuegos el fuego”. En dicho libro (y en parte del segundo, Manual de evasiones imposibles) domina el fantástico. Durante cierto tiempo, Cortázar fue mi referente para comprender el género, y también la literatura toda.
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Rayuela, de Julio Cortázar

Cortazar-Rayuela21-22 años | Por demostrar madurez literaria, muchos lectores expertos llegan al extremo de negar sus lecturas tempranas; Rayuela es una de las víctimas más frecuentes de esa negación, que percibo como una enorme ingratitud. Quizás mañana relea Rayuela y tenga que criticarla, pero nunca al extremo de negar que al terminarla aquella primera vez yo había pasado por tantas emociones, me había divertido tanto con su variedad formal, se habían agitado tantos aspectos de mi experiencia veinteañera, que lo primero que pensé al cerrar el libro fue: “Yo quiero hacer lo mismo que hace este tipo. Yo quiero escribir”.

Rayuela me ayudó a encontrar mi vocación. Con el tiempo mi devoción por el libro se fue desgastando, pero en aquel momento fue crucial para mí, y por eso no lo olvido.

[En el presente post se resume lo que ya se había contado con más detalle acá.
Esta “biografía literaria” continuará en el próximo post].

Lecturas en Casa Maldoror

Por Martín Cristal

El sábado 11 de agosto, músicos, poetas, narradores y otros interesantes ejemplares de la fauna de Córdoba se internaron en Casa Maldoror para compartir un encuentro —bautizado Corriente Subalterna/Fase 1— que Alexis Comamala y Cecilia Romero Messein organizaron en el sótano de la casa que comparten en barrio Ducasse. Hubo lecturas de teatro, poesía y cuentos, y también música, mesa con libros de ediciones locales, guiso de lentejas, cerveza y vino: el kit de supervivencia completo.

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El programa arrancó tipo seis de la tarde; no pudimos llegar para la lectura de Ramiro Pros —de su obra de teatro, La heladería del diablo—, pero ya estábamos ahí cuando arrancó la tanda de poetas. Leticia Ressia leyó poemas en los que había lluvia y reaparecía una figura materna; adelantó también la salida de un próximo libro con Pan Comido Ediciones, La selva oscura. Eloísa Oliva eligió algunos poemas de su libro 1027, y cerró con otros de su reciente el tiempo en ontario. Martín Maigua arrancó con uno rarísimo, narrativo y con forma de declaración sumarial, que dejó una historia densa en el ambiente; cerró con otro más tierno, de su libro El mundo no es más que eso.
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Enseguida Alexis nos explicó a todos el origen del nombre de la casa: Maldoror, por hallarse en barrio Ducasse. El nombre del famoso Conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror, era Isidoro Ducasse; según se sabe pasó fugazmente por Córdoba. En esta misma ciudad habría leído sus cantos por primera vez (al parecer a una tía, que ipso facto lo echó de la casa).
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Después el público siguió atento a Diego Rojas que combinó música y poesía (interpretándola, sin leer).
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Algunas cervezas después llegó el turno de la narrativa. Me tocó arrancar: leí un cuento de navidad en plan grinch titulado “Cabezas vendadas”, el cual se publicó a principios de este año, en el Nº 82 de la revista mexicana La Tempestad.
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Enseguida siguió Hernán Tejerina con “Diario de viaje menor”, uno de los relatos de su libro El aparecido (premio Luis de Tejeda  en 2007). Narra con rabia y con humor una experiencia de migrante/trabajador ilegal en la Nueva York pre 11-S.
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Cerró Sebastián Pons con su relato “Cómo robarle a los ricos”, premiado en el concurso del Festival Internacional de Literatura de Córdoba de 2011, y que por ende está próximo a publicarse —junto con los otros relatos premiados, de Alberto Rodríguez Maiztegui y Fabio Martínez— en un volumen editado por Eduvim y titulado Frutos extraños.
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Y después siguió la cosa, con la guitarra y la voz de Ave.
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Nos fuimos cerca de las dos de la mañana, contentos y agradecidos con los dueños de casa por la invitación. Mientras buscábamos un taxi, en el subsuelo la movida seguía…

Lo mejor que leí en 2009 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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En busca del tiempo perdido:
Por el camino de Swann
, de Marcel Proust

Texto a audio (TTS). Novela.

Mi deseo de probar la tecnología de “Texto a audio” (TTS) me llevó a hacer el experimento de escuchar en mi reproductor de mp3 este clásico que había relegado por otras lecturas. Los preparativos de la experiencia, aquí; los apuntes sobre la experiencia, aquí; y algunas relaciones de la experiencia y el texto proustiano, aquí.

El famoso estilo de Proust —minucioso y dilatado, prolijo, lleno de meandros y digresiones— queda a contrapelo de lo que la mayoría de los escritores de mi edad hace hoy. Y aunque es cierto que a veces harta (sobre todo cuando el tema de tal o cuál parte no nos importa demasiado: qué me importan a mí todos los detalles arquitectónicos de la iglesia de San Hilario en Combray, por ejemplo), en otras ocasiones, cuando trata alguna debilidad humana o pinta la forma de ser de un personaje, me resultó paradójicamente refrescante leer a un autor que hace justo lo que hoy nadie hace (o lo que en general no se hace, porque algunos autores sí escriben con períodos largos, sin miedo a las subordinadas o parentéticas: en Argentina, Juan José Saer lo hacía, y Alan Pauls lo hace; en México, me dicen, Daniel Sada también se anima).

Cabe reflexionar entonces si un escritor debe amoldarse al gusto de su época en aras de ser un hombre de su tiempo o, por el contrario, rebelarse contra ese gusto para ser personal, cualquiera sea su suerte a partir de esa decisión. Estimo más lo segundo, aunque en cierto porcentaje no deba descuidarse del todo lo primero.

Proust también resulta un maestro del símil: los párrafos más convincentes están organizados para establecer un paralelo. Se detiene mucho en el paisaje, quizás demasiado para nuestro gusto contemporáneo (“a nadie le interesa más el paisaje”, dice —palabras más o menos— Jorge Barón Biza en El desierto y su semilla).

En la segunda parte, el amor de Swann se hace más dramático cuando aparece el ingrediente de los celos. La mayor incidencia de lo social (que obliga al texto a discurrir por los puteríos de los salones parisinos) hizo que esta parte me interesase menos que la pureza de la primera parte, donde el narrador evoca Combray y su infancia. El comienzo de la tercera parte —donde el narrador juega a adivinar cómo son las ciudades que desconoce a partir de lo que le sugieren sus nombres— me recordó a Shakespeare y su famoso “¿Qué hay en un nombre?” (Romeo y Julieta).

En general, este tomo gira en torno de la evocación de un pasado irrecuperable y el funcionamiento de la memoria; la infancia; los usos sociales de la clase alta francesa de fin de siglo XIX y principios del XX; el contraste entre la vida en París y la de provincia; el paisaje; interesantes pasajes sobre la lectura, la escritura y otras artes (sobre todo pintura y música); y reflexiones minuciosas sobre la naturaleza de los seres humanos, ya sean generales o particularizadas a través de un personaje. Una novela que lo contiene todo, y que nos permite entrar y salir de ella mientras llevamos adelante otras lecturas.

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Tratado de los vientos, de Gastón Sironi

Viento de fondo, 2007. Poesía.

Un autor de Córdoba, ¿puede escribir sobre los mares y las naves que los surcan y —especialmente— sobre los vientos que impulsan o desbaratan a esas naves? Gastón Sironi (1967) sí puede. Un aire marino recorre los versos de este Tratado. Aunque para el poeta las imágenes no provengan sólo de los océanos, sino también de los lagos serranos, para nosotros la mayor parte de la lectura transcurrió en el mar… Hay sal, hay mástiles y amarras, hay un olor a motor dos tiempos, hay algo que desborda o amaina…

Destaca la prolija enumeración poética de los vientos del mundo, cuyos nombres no repito aquí para no robarle sorpresa a esos versos. ¿Cómo nombrar al viento? Y sin embargo, cuántos vientos se pueden nombrar… Algunos nombres nos resultan conocidos; otros los sabíamos y los habíamos olvidado. Y otros resultan extraños, pero todos ellos se escuchan de una forma nueva al ser engarzados en la cadencia del poema —dan ganas de leer en voz alta—, y también al ampliarse su significado mediante la incorporación lírica de las etimologías.

Cabe destacar lo exquisito de la edición: formato horizontal y tapas duras; páginas de guarda negras; papel color marfil; una clásica y elegante Garamond en buen cuerpo; la mayoría de los poemas en cajas justificadas, con diagonales separando los versos; y el cuidado de interiores que todo libro merece y la mayoría no tiene.

Después de leer el libro de Sironi, descubrí su blog, Viento de fondo.

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Jimmy Corrigan, el chico más listo
del mundo
, de Chris Ware

Planeta-De Agostini, 2003. Historieta.

Una gran historieta, y una gran historia, también. Ware es un narrador extraordinario. Algunas razones concretas para afirmarlo, aquí.
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Una mujer en Jerusalem,
de A. B. Yehoshúa

Anagrama, 2008. Novela.

Atentado suicida en Jerusalem; entre las víctimas, una mujer. Pasan días sin que nadie reclame su cuerpo y no lleva otra identificación que un recibo de sueldo. Un periodista inescrupuloso decide hacer una nota criticando a la empresa en que esta mujer trabajaba. ¿Cómo no notaron su ausencia en tanto tiempo? El dueño de la empresa, preocupado por su reputación, le encarga al director de recursos humanos que averigüe cómo ha sido posible una cosa así, quién era la mujer, en qué puesto trabajaba, qué se puede hacer para responder a esa nota de prensa, cómo podrían compensar semejante descuido… y todo lo antes posible.

En esta parábola, con una fuerte carga moral que hubiéramos preferido quizás más matizada, Yehoshúa (1936) parte de la situación del Israel contemporáneo, presa del terror y la violencia, para explorar la responsabilidad social de las empresas en la vida actual —las cuales a veces suplantan el rol del núcleo familiar— y también la frialdad en su trato a los trabajadores, por más que para ellos exista un departamento “de personal” al que, cosméticamente, se haya renombrado “de recursos humanos”.

El director de esa área, de quien nunca sabemos el nombre (sólo el cargo), se vuelve el protagonista de una historia que transita por dos tópicos: primero, el misterio, la intriga; y después, el viaje, en el que este hombre —improvisado detective y viajero— aprenderá a ganarse el valor de la palabra “humano” que ostentaba su cargo, para así comprender mejor su trabajo y también las circunstancias de su problemática vida familiar.

Lamento el título cambiado para la versión en castellano, Una mujer en Jerusalén (no soporto la castellanización de “Jerusalem”, como tampoco ver escrito “México” con J, error en el que yo también supe caer antes de vivir por allá). El título original en hebreo es Shlijutó shel ha-memuné al mashavei ehosh: La misión del director de recursos humanos. Se entiende que el reemplazo se deba a que es un título que podría desorientar la clasificación del libro en librerías —un misleading title que podría llevar a esta novela al estante de los libros de management—, pero nos hace perder el doble sentido que Yehoshúa quiere que descubramos en esa frase.

Aquí termina la serie de los mejores libros que leí en 2009. Una síntesis —¡y ahora nos lo dice!— salió en el especial “Lecturas de 2009” de la revista digital HermanoCerdo.

Lo mejor que leí en 2009 (2/3)

Por Martín Cristal

Segunda parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
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La gaviota | El jardín de los cerezos,
de Antón P. Chéjov

Planeta-Biblioteca La Nación, 2000. Teatro.

Si a los clásicos, como quería Borges, se los aborda con un “previo fervor”, también cabe decir que muchas veces se llega a ellos con demasiada información anticipada, lo cual puede provocar una “previa desconfianza” o también un “previo desgano”. Si la obra no se expande más allá de todo eso que ya sabemos de ella, la “misteriosa lealtad” borgeana puede convertirse en una nada misteriosa decepción. Conmigo, La gaviota (1896) superó esta dificultad.

El joven Trepliov pide: “Hacen falta nuevas formas. Nuevas formas hacen falta, y si no se encuentran, mejor es nada”. El artista en ciernes, el escritor wannabe que reclama lo Nuevo para el Arte, enfrentado al artista que ya goza de tal nombre en base a una trayectoria sólida y reconocida que, paradójicamente, ya no le aporta al Arte más que repeticiones aprendidas, fue el conflicto que sostuvo mi interés a lo largo de la lectura. ¿Aceptar madrinas o padrinos artísticos, ir en busca de su apoyo o su consejo, o bien criticarlos, rebelarse contra ellos desde el principio, sin aceptar nada de sus manos? A la relación Trepliov-Trigorin (escritor joven vs. escritor consagrado, si bien no genial) se ofrece como contraste la de Nina con la madre de Trepliov (actriz principiante que busca ser como su admirada actriz famosa). Estas tensiones se exacerban por el entrecruzamiento de las relaciones personales entre las partes. El amor tiñe la admiración y el desprecio, e incluso la percepción del talento ajeno. A veces es al revés: el talento, el desprecio o la admiración contaminan el amor…

¿Qué pasa cuando, años después de haber reclamado “lo nuevo”, el escritor descubre que él mismo recae en sus propias y rutinarias formas, que más importante que las formas era escribir lo que fluyera del alma, y que aprender todo esto le ha costado el derrumbe del amor y las relaciones humanas a su alrededor? La contundente respuesta de Trepliov —empujada también por su irremediable teen spirit— llega con la caída del telón.

El jardín de los cerezos (1903) narra la decadencia de una aristocracia incapaz de reconocer el momento histórico que le toca vivir. De esta otra obra sabía más antes de leerla, por lo que tenía cierto desgano al empezar, pero tuve suerte: justo en esos días, la Comedia Cordobesa estrenó su adaptación para el Festival Internacional de Teatro Mercosur, dirigida por Luciano Delprato. Pudimos verla poco después. No estaba ambientada en la Rusia del cambio de siglo, sino en la Argentina de los sesenta; la invención de Chéjov no se resintió en absoluto. La escenografía sesentera nos pareció brillante, y la decisión de presentar las indicaciones iniciales de cada acto en la forma de canciones, un acierto y un hallazgo.

El prólogo de Enrique Llovet pone a la figura del propio Chéjov en un lugar tan querible que me llevó a leer “Tres rosas amarillas“, de Raymond Carver, donde éste imagina los últimos días del dramaturgo ruso.

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Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff

Biblioteca Nacional-Colihue, Colección Los raros, 2007. Relatos.

Publicada en 1910, en el espíritu del Centenario, esta colección de estampas de la vida rural de los inmigrantes judíos en Argentina, oficia —según explica Perla Sneh en el excelente estudio introductorio— “de vía de acceso de la comunidad judía a una sociedad no siempre hospitalaria”. El título fue impugnado por Borges en su cuento “El indigno”, en el que su protagonista, judío, dice: “Gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y chacareros”.

El propio Gerchunoff, en la página que introduce la obra, explicita su propósito de integrar a los judíos al festejo del Centenario de la Argentina, cuando dice: “Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos […], digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd mortales…”. También lo hace en el primero de los relatos, “Génesis”: “Por eso, cuando el rabí Zadock-Kahn me anunció la emigración a la Argentina, olvidé en mi regocijo la emigración a Jerusalem, y vino a mi memoria el pasaje de Jehuda Halevi: ‘Sión está allí donde reina la alegría y la paz’”.

El libro se compone de escenas de la vida rural en Entre Ríos (el arado, el ordeñe, la trilla, la langosta); relatos sobre la tiranteces entre tradición y asimilación (raptos y bodas frustradas) o sobre el sincretismo de las nuevas supersticiones (historias de brujas y aparecidos); narraciones costumbristas; muestras de los acercamientos amistosos con el resto de la población (“La visita”), de algunas incomprensiones mutuas o, en algún caso, de un abierto antisemitismo (“Historia de un caballo robado”).

La prosa de Gerchunoff es dulce y poética, bucólica, tierna, aunque en ella hoy resulta un tanto arcaico el uso del “vosotros”. Los gauchos judíos es una oportuna lectura de cara al Bicentenario, como un punto de partida para pensar qué pasó en estos segundos cien años entre la comunidad judía y la Argentina.

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Un descanso verdadero, de Amos Oz

Siruela-Debolsillo, 2008. Novela.

A esta novela, publicada originalmente en 1982, me la había recomendado Mónica Maristain cuando yo todavía vivía en México. Pero me dejé estar y, de vuelta a la Argentina, cuando quise comprarla, la edición de Siruela me resultaba carísima, como todos los libros importados luego de la crisis de 2001. Por suerte este año encontré una edición económica en Eterna Cadencia. El estilo de Oz me fascinó, por lo que este año le dediqué un artículo en El pez volador.

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Leer parte 3 de 3

Lo mejor que leí en 2009 (1/3)

Por Martín Cristal

No siempre voy detrás de las últimas novedades; tampoco me atrinchero sólo entre los clásicos. Leo sobre todo narrativa, pero no exclusivamente. El azar me acercó a estos excelentes libros durante este año. Van en orden alfabético de autores (esto no es un ranking). Para coincidir o disentir con otros lectores, como recomendaciones o como agradecimiento por las recomendaciones de terceros, leyéndolos tarde o temprano respecto de otros (¿qué importa?), éstos son los 10 libros que más disfruté leer en 2009:
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2666, de Roberto Bolaño

Compactos Anagrama, 2008. Novela.

En El pez volador ya desglosamos las partes que componen este gran libro de Bolaño, entre las que la apuesta más alta nos parece la cuarta, “La parte de los crímenes”, y la más bella, la quinta, “La parte de Archimboldi”. También hemos propuesto una teoría para interpretar su misterioso título. Inconclusa en su trabajo —no en su argumento— debido a la muerte de Bolaño, creo que 2666 es una gran novela, aunque mi favorita del autor siga siendo Los detectives salvajes.

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Bajo este sol tremendo,
de Carlos Busqued

Anagrama, 2009. Novela.


Esta primera novela de Busqued (Chaco, 1970) fue recomendada para su publicación por el jurado del premio Anagrama 2008. Cruel, impiadosa, alejada de todo atisbo de bondad, es una exposición de la violencia sin moralina, enseñanza o comentario ético alguno. Con un ritmo que fluye sin ripios ni obstáculos, esta novela inicia en el paisaje inhóspito del Chaco, cuyo “sol tremendo” parece exacerbar el salvajismo de hombres y animales, un poco como la “luna caliente” de Giardinelli, aunque con muchísima más vileza implícita en cada línea del texto.

Cetarti, el personaje principal, vive en una abulia interferida o azuzada por el porro y los documentales del Discovery Channel. Cuando viaja a Lapachito para arreglar lo referente al brutal asesinato de su madre, conoce a Duarte, un ex milico que le propone una tramoya para cobrar el seguro a medias. Bajo el ala de Duarte también está Danielito, cuya existencia anodina se parece bastante a la de Cetarti, aunque la maldad que rodea la vida de Danielito parece haber estado sitiándolo siempre. Luego, una parte de la acción se traslada a Córdoba (donde el autor vivió varios años).

Busqued tiene un blog donde deja ver que la pasión de Duarte por el aeromodelismo es también una pasión propia: Borderline Carlito.

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Relatos II, de John Cheever

Emecé, 2006. Cuentos.

El primer tomo ya me había fascinado con cuentos como “Adiós, hermano mío”, “La olla repleta de oro”, “Los Wryson” o “El marido rural”, entre otros. Problemas conyugales, infidelidades y divorcios, abulia y alcoholismo social: los sueños rotos de la clase media norteamericana de los cincuenta son retratados por la prosa segura y tranquila de Cheever. Cierta culpa o moral cristiana se dejan ver en varios relatos como “El ladrón de Shady Hill”. Los protagonistas son vecinos de las amplias casas con jardines de los barrios suburbanos neoyorquinos (como Leonardo Di Caprio y Kate Winslet en Sólo un sueño —Revolutionary Road, de Sam Mendes [basada en la novela homónima de Richard Yates]), o bien integran los consorcios de la misma clase social en la Gran Manzana (algunas veces el foco pasa a la clase trabajadora de esos mismos edificios); o bien son americanos en Europa, mayormente Italia, de paso o exiliados.

En este segundo tomo, la obra de Cheever continúa desarrollándose en el mismo sentido, con esa tenacidad que presentan los escritores que —renuentes a probar distintas cosas o inaugurar diferentes etapas en su carrera— eligen desde el principio y para siempre una forma y un cúmulo limitado de temas como su inalterable documento de identidad. Esto, que a muchos escritores puede salirles mal, o que puede cansar y aburrir rápidamente a quienes los leen, en Cheever funciona impecablemente (o con muy pocas excepciones, sobre todo si se compara con los “cuentos completos” de otros autores).

Aquí destacan los cuentos “El camión de mudanzas escarlata”, “La edad de oro”, “El ángel del puente”, “El brigadier y la viuda del golf”, “La geometría del amor” —con el que se tituló una antología de Cheever— y también el sorprendente “El nadador”, uno de los pocos donde se cuela lo fantástico (también estaba “La monstruosa radio”, en el otro tomo). El volumen incluye un póslogo de Rodrigo Fresán, donde se nos aclara que existen otros 68 relatos de Cheever además de los 61 de esta edición.

Me voy de vacaciones. Quedan programadas para enero las dos entregas que completan esta serie. Como siempre, los comentarios serán bienvenidos, aunque demoraré en responderles… ¡Feliz año nuevo para todos!

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Leer parte 2 de 3 | Leer parte 3 de 3

Lecturas en Río Ceballos

Por Martín Cristal

El sábado 24 de octubre, unas veinte personas nos encontramos en La Lucinda, Río Ceballos, para disfrutar de una serie de lecturas que Federico Racca organizó en su casa de las sierras chicas.

Al aire libre, entre los mates y las facturas que repartieron Cande y Cristina, arrancó leyendo el propio dueño de casa. Racca abrió la tarde con algunos poemas de Glauce Baldovín, en los que las palabras miedo y veneno resonaron con singular fuerza.

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Después, a pedido del público, siguió con las primeras páginas de su novela Los leprosos, escrita en un portuñol tan probable como inventado, tan creativo como bello de oír:


Yo, el Aleijadinho, hijo do juez do ofício de carpinteiro Manuel Francisco Lisboa y de uma escrava de nome Isabel, nací en la Vila Rica, hoy chamada Ouro Preto.

Aprendí el oficio de meu pai Manuel y por su intermedio fui aceitado en la logia de carpinteiros y constructores. Disfruté de placeres y trabajé. Meus obras, inmortales dicen, adornan as calles y as igrejas de Congonhas, Sabará, Ouro Preto y otros pueblos de Minas Gerais, meu longa tierra.

Yo, el Aleijadinho, cuento meus histórias en la fronteira entre lo hispano y o luso, entre a Europa y la indiarada, entre o tupi y la Nova Andalucía.

Después fue mi turno. Leí un cuento inédito que, de haberse gestado a tiempo, podría haber formado parte de Mapamundi (2005). De paso comenté las dificultades para traducir el epígrafe de Shakespeare con el que empieza ese cuento. A quien escribe nada lo halaga más que un lector atento; ser escuchado con tanta amabilidad fue un verdadero placer.

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Al terminar mi parte, el aire ya amenazaba con ponerse frío, por lo que las lecturas se trasladaron al interior de la casa. Adrián Savino siguió con un cuento de su propia cosecha, inédito, redondo y divertidísimo: “Doble yema”. En varios momentos logró arrancar la risa de todos los que escuchaban.

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El mate fue relevado por el fernet y el tinto. Así todos estuvimos listos para escuchar a Paula Oyarzábal, que compartió con nosotros un poema recién sacado del horno: “Pájaro que sangra no muere”.

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Mientras Paula fumaba y leía, nuestro pulso se ajustó a la cadencia de su voz, la atmósfera bajó un cambio para hacerse más densa y el sol terminó de perderse tras las sierras.

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Entonces hubo que prender una lámpara para que Carlos Schilling leyera un capítulo de su nueva novela, inédita: Números primos. Antes nos resumió algunos rasgos generales de la trama y nos explicó la estructura de la novela, simétrica y rigurosa.

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Sergio Gaiteri cerró la serie con dos cuentos de su autoría, recién escritos: “Primer verano”, cuyos personajes son unos amigos que se juntan regularmente a comer un asado (el cuento estaba dedicado a sus amigos presentes en el encuentro); y también “Lona”, más breve, en cuya anécdota aparece un registro humorístico al que Gaiteri no nos tiene acostumbrados, pero que cayó justo para dejarnos un muy buen sabor de boca sobre el final de la velada.

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Ese final no fue el final: abusando de la amabilidad de los anfitriones, el encuentro devino en un potente asado. Nos fuimos de La Lucinda a las tres y media de la mañana, agradeciendo a Federico y Cande su hospitalidad y con la esperanza de que más encuentros como éste se repitan en Córdoba.

Sobre la secuencia de las lecturas

Por Martín Cristal

I.

La secuencia de lecturas de un escritor es un aspecto importante a la hora de modelar su creatividad: no sólo importa qué obras ha leído, sino también en qué orden las ha ido descubriendo. Lo que escriba sin duda no será igual si intercaló lecturas disímiles —distintos autores y países de origen, distintas épocas y temáticas— que si leyó en bloque los clásicos griegos, o toda la literatura inglesa del siglo XIX.

A mi entender, uno de los problemas de cursar la carrera de Letras es que la secuencia de las lecturas está organizada de manera inflexible, siguiendo la cronología o la geografía de las lenguas. Este método, cuando la pretensión del alumno es la de ser un cabal lector para dedicarse al estudio, la investigación, la enseñanza, la crítica o para comprender la historia de la literatura —no la literatura, sino “la mera historia de la literatura”, parafraseando a Herbert Quain—, me parece orgánico y positivo; pero si la intención del alumno es narrar, cuando su anhelo es inventar historias… entonces esa rigurosidad puede cercenar buena parte de la alquimia creativa que ofrece una secuencia aleatoria (o la estructurada según intereses personales). Disminuye en mucho las posibilidades de un error en el sistema, de una grieta en los cánones, de una reacción química sorpresiva que le permita al autor basar su obra en una combinación de lecturas diferente. De ahí que muchos de los alumnos de Letras que poseen la intención de convertirse en narradores, necesiten un tiempo después de la facultad para “olvidar” lo aprendido y desembarazarse de las lecturas canónicas. Si tienen la paciencia de esperar, entonces realmente no tienen un problema; pero si no la tienen…

El disfrute inicial de una obra —y, particularmente, su posterior relectura— son los mejores maestros que se puede tener si se quiere escribir. Luego vendrá el trabajo propiamente dicho: Scribendo disces scribere.

secuencia

II.

El juicio que hacemos de las obras literarias también se ve modificado por la secuencia de su lectura. Luego de leer un libro al que le otorgamos una calificación personal alta, es probable que el siguiente libro pase desapercibido si recibe una media; en cambio, en nuestra percepción, ese mismo libro con calificación media puede recordarse como dueño de una calificación media-alta o alta si fue leído luego de una ristra de libros intragables, con calificaciones bajas. (Hablo de “calificaciones” sólo a los fines prácticos de explicarme; no sé si alguien le ponga una calificación formal a cada libro que lee).

Ésa es la falla por la que, muchas veces, no funcionan los listados de recomendaciones. Cuando un amigo nos pide la listita con “los mejores 10 libros que hayas leído en tu vida”, es inevitable que, si los consigue a todos y los lee de corrido (cosa que muy rara vez sucede), esta secuencia condensada de diez títulos —que uno leyó distanciados por otros libros intermedios de distinta calidad— se vuelva en sí misma un factor más entre los que impedirán que el juicio de ese amigo sobre esas obras coincida al 100% con el de uno (sumándose este factor, claro, a las diferencias de gusto o conocimientos que ya ambos traen de fábrica).

Algo parecido sucede cuando entramos al universo de un nuevo autor. A él también podemos llegar a juzgarlo de modos muy diferentes según cómo sea la secuencia de lectura que hagamos de sus obras. Para paladear cabalmente a un nuevo autor es muy importante saber por qué puerta —por qué libro— nos conviene entrar a su universo. La obra completa de un autor es un cosmos, una pequeña galaxia llena de estrellas: algunas centrales, otras periféricas; algunas brillantes, otras menos; posee planetas extraños, alguno inhabitable, alguno más hospitalario, otros que aún no han sido descubiertos…

No da igual leer por primera vez a un autor entrando por su obra cumbre, que por la excéntrica, que por las de juventud, que por la póstuma. No es lo mismo “más famosa”, que “más influyente” o “mejor” (esto último exige declarar un criterio previo). No es lo mismo “iniciática” que “más representativa”, “de ruptura” o “de transición”. Nuestra percepción de ese autor y su obra completa variará también de acuerdo al orden en que abordemos la lectura de los textos que la componen. Para ello creo que no debemos hacer un ranking las obras del autor que pretendemos leer, sino hacer un mapa: comprender sus interrelaciones, su posición relativa dentro de la obra total del autor.