A una década de la muerte de Roberto Bolaño

Por Martín Cristal
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Roberto-Bolano
A una década de la muerte de Bolaño, Javier Quintá nos preguntó a varios autores cordobeses —en el número de julio de Deodoro, gaceta de crítica y cultura de la UNC— qué nos dejó el escritor chileno, qué pensamos de sus obras póstumas, qué pasaría si hoy siguiera escribiendo… Además de un servidor, también responden José Di Marco, Luciano Lamberti, Pablo Giordano, Diego Fernandez Pais, Javier Martínez Ramacciotti y Oscar Bracamonte; las imágenes del número son obras de Luciano Burba. La nota completa se puede leer en las páginas 12 y 13, siguiendo este enlace:

“Queremos tanto a Bolaño” (pp. 12-13, en Deodoro Nº 33)

Deodoro-Bolano-CristalAprovecho para dejar acá mis respuestas completas al cuestionario de Javier (ya que las tengo escritas):

¿Hay un Bolaño antes y un Bolaño después de su muerte?

Había un Bolaño antes. Hoy no quedan más que sus libros.
[Bolaño + Obras de Bolaño] % La Muerte = Obras de Bolaño.

Haciendo un poco de futurología o pasadología, ¿su obra termina con su muerte? Si no hubiera muerto a los 50 años, ¿nos habría sorprendido con algo más? ¿Dijo o escribió todo?

Como le comentaba a un amigo en el blog: es imposible saber qué pasaría hoy con Bolaño si todavía estuviera vivo y escribiendo. Entre los factores que —en la experiencia de vida— condicionan los textos de un escritor, la enfermedad prolongada y la amenaza de la muerte deben de ser dos de los más fuertes. ¿Cuánto de la urgencia y la vitalidad que hay en la prosa que nos dejó Bolaño se habrá debido a la proximidad de la muerte? Quizás sin ese látigo cruel su literatura se hubiera permitido otros ritmos, pausas en la publicación, incursiones en otros temas, series nuevas, renovaciones poéticas… Esto sólo puede especularse, y esas especulaciones no tienen mucho sentido.

El fenómeno editorial, esto de la “moda Bolaño”, ¿no le robó un poco a los escritores y a los lectores más exigentes al verdadero Bolaño? Viste que muchos quieren apropiarse de los autores grandes para sí y cuando se vuelven masivos ya no les gusta tanto. Además, me encontré con mucha gente que no lo leyó y que no quiere hacerlo ahora, o quiere hacerlo cuando pase un poco el polvo que se levantó.

Para mí, la publicación compulsiva de sus textos inéditos es cada vez menos interesante. Resulta más y más evidente que responde a una mera lógica de mercado, en la medida en que esos inéditos se van agotando pero se sigue raspando la olla y publicando cualquier cosa: borradores, versiones inacabadas… En todo caso, adelante, pero no son libros para mí. Los veo más como productos para fanáticos enceguecidos, para neuróticos completistas, para recién llegados que arriban a Bolaño con devoción mediáticamente prefabricada, para exégetas, tesistas e investigadores que seguirán rizando el rizo de sus análisis con tal de sostener la beca un año más… O bien —en el más deseable de los casos— para que nuevas camadas de lectores entren a la obra del autor y así descubran sus títulos más potentes, como 2666, Los detectives salvajes, o Estrella distante, entre otros. Esperemos que el carácter inacabado de esos inéditos no los empuje en la dirección contraria.

Más sobre Bolaño en El pez volador

• Por qué adoro Los detectives salvajes
• Bolaño y 2666: el misterio del título
2666: los críticos, Amalfitano y Fate
2666: La parte de los crímenes
2666: La parte de Archimboldi
• La Limonada Bolaño: ¿del hielo al sinsabor?
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La Limonada Bolaño (¿del hielo al sinsabor?)

Por Martín Cristal

Hojeo en una mesa de novedades el “flamante” texto póstumo de Roberto Bolaño: Los sinsabores del verdadero policía. 328 páginas bajo un título no muy atractivo. ¿Es una pila de esbozos como El secreto del mal, libro flojísimo con el que ya nos clavamos sólo para atesorar en casa el hermoso cuento “Muerte de Ulises“? ¿O se trata de una novela, quizás monumental como 2666? Así nos hace dudar esta industria de los textos póstumos: se exhuma hasta la lista de la lavandería. Al menos con ese ejemplo ironizaba Woody Allen sobre el tema en “Las listas de Metterling“, uno de los relatos compilados en Cómo acabar de una vez por todas con la cultura (Getting Even, de 1974).

Ignacio Echevarría, quien hace un tiempo rescataba algunas páginas de Los sinsabores… como algunas de las mejores de Bolaño, también nos advertía que ésta “no es —como se repite insistentemente— una novela, no al menos en el sentido cabal, por extenso que sea, que se suele conceder a este término. Ni siquiera es, como se sugiere, una novela inconclusa.” ¿Entonces? El mismo Echevarría definía al texto como “materiales destinados a un proyecto de novela finalmente aparcado”, o una “vía muerta” en “el camino que lleva de Los detectives salvajes a 2666“.

Igual que Echevarría, Patricio Pron distinguía este libro del inédito anterior, El Tercer Reich. Ésta había sido una novela primeriza pero terminada; en cambio, Los sinsabores… es —según Pron— “una novela o conjunto de relatos y proyectos de novela“. Sin restarle importancia al libro, Pron habla de “fragmentos”, de “una relación enigmática con las narrativas principales que les sirven de marco“, de “elementos heterogéneos“, y también de “tendencia a la irresolución y a la insinuación“.

Mientras hojeo el libro de parado, constato que empieza con la clasificación bolañesca de los poetas como maricones o mariquitas, pasaje que ya leí y releí (con las mismas palabras, o casi las mismas) en Los detectives salvajes.

No se me escapa que la mía es una aproximación a priori, pero igual quisiera decir sólo dos cosas. Primero: que, la verdad, ya sea envuelta con prólogos y alabanzas de contratapa, o desmitificada por reseñas como las citadas, no me dan muchas ganas de leer Los sinsabores del verdadero policía. Lo siento, Roberto (pero lo siento de verdad). Segundo, a los involucrados en la edición de la obra póstuma de Bolaño, un respetuoso pedido: traten de no aguar más la limonada, por favor. Muchas gracias.

La Limonada Bolaño

Fabián Casas Remixed

Por PJ Martín Cristal

El Poet-Jockey viene embalado y también remixa [*] a Fabián Casas:


Un escritor, ¿no debería ir siempre / en contra de su habilidad? / ¿Quién consigue expresar sus emociones / en una simple conversación? / ¿Qué es lo que hace / que una vida funcione y avance? / Todavía somos jóvenes, pero eso / se pierde enseguida. / Las parejas y las revistas literarias / duran casi siempre dos números. / Conozco gente que desea ser amada / y gasta su tiempo en los flippers.

La dicha se engendra / en el corazón de lo trivial. / Cada corazón latiendo al unísono. / El winco al mango con Led Zeppelin / la ropa usada, el hip hop, el trash / y las cosas quietas en la felicidad de su condición. / A las cosas no les importan los mortales. / Aún así, las cosas persisten en crecer. / A tu derecha, una heladera de coca cola / ilumina la estación de servicio. / Una heladera roja de Coca-Cola / que tiene luz propia durante la noche. / Como vos la dejaste, / fosforescente en la noche. / Pienso esto y abro la heladera: / Tal cual. Se abrió. / Un poco de luz desde las cosas / que se mantienen frías.

Suena el teléfono y me despierta. Es mi padre. / “Lo único que podemos hacer / —dice él— es superar a nuestros padres”. / Nos ponemos todos de pie. / De pie, señores, un poco de respeto para los hombres como mi viejo. / Fabián Casas y su padre / van en coche al muere. / “No”, digo. El violín finísimo  / de un mosquito orbita mi cabeza. / No tenemos la culpa de ser herederos / del mismo crimen. / No todo es tan duro, ya lo sé; / pero así también podría ser la muerte: / Un error con el cual mantenés / una particular relación de intimidad.

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En días en los que me creo / el Jedi más duro, / llevo a mi padre —que duerme a mi lado— / hacia su casa. Así, con la cara distendida / sacrificando sus deseos y su importancia personal / está por morir. / Está bien, papá, ya han pasado muchos años / y es bueno que duermas un poco.

Entonces salta y se sostiene en el aire.

No me parece bueno / quedarme callado cuando estoy con mi viejo. / Tratando de sepultar la narración de nuestros padres / se va la adolescencia / pero convengamos que esta falsedad / de tensar los poemas con una catástrofe / se ha convertido ahora en mi segunda naturaleza. / Y cuando en la Academia se habla de mis versos, / dos luchadores de sumo / tiran de cada uno de mis brazos / y después se van.

Ningún parte sobre mi corazón. / Porque ya no compone para seres humanos. / Que tu corazón esté / con los que viven solos / separados por un vidrio inmenso.

Este es el patio donde fui chico. / Sobre la vereda de los setenta / los chicos ponen monedas en las vías / bajo el desierto spleen de Boedo. / No viene el tren del Oeste. / Me pregunto en qué momento / los dinosaurios sintieron / que algo andaba mal. / No tenemos nada, pienso, / mientras me lavo la cara, / definitivamente este es mi rostro de hoy. / La vejez es el último verso del poema; / después de él empieza la crítica.

Bueno, eso es todo.

[*] Versos de Fabián Casas mezclados libremente por mí. Fueron tomados de los siguientes poemas: “Foto 1965”, La radio anuncia precipitaciones aisladas, “Paso a nivel en Chacarita”, “Una heladera en la noche”, “Hoy mi madre tendría que cumplir 48 años”, “Suena el teléfono y me despierta”, “Conduciendo durante la noche”, “A los pies de la cama de mi viejo”, “Final”, “Me pregunto”, “Sin llaves y a oscuras”, “A mitad de la noche”, “Vida en común”, “Hegel”, “Un plástico transparente”, “Una canción que no recordás”, “Mientras me lavo la cara”, “Esperando que la aspirina”, “Tratando de sepultar”, “Despertarte”, “Cancha Rayada”, “Pogo”, “El malogrado”, “F. C. divaga sobre un trastorno”, “El Horla”, “En el vidrio”, “Cosas que hace tu bata blanca”, “Sindicalismo”, “Frank Zappa”, “Oda”, “Dora Markus”, “Mantis”, “Problemas de la vida moderna”, “El spleen de Boedo”, “Tratando de ver cómo será”, “Los olímpicos”, “Los condecorados”, “El soldador” y “Trece maneras de mirar a un cuervo”. Todos estos fragmentos se encuentran en Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010 de Fabián Casas (Emecé, 2010).

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Otros remixes: Nicanor Parra | Joaquín Giannuzzi

Joaquín Giannuzzi Remixed

Por PJ Martín Cristal

El Poet-Jockey ataca de nuevo: hoy remixamos [*] a Joaquín O. Giannuzzi:


La poesía no nace. / Está allí, al alcance / de toda boca / como una realidad insoportable / para ser doblada, repetida, citada / total y textualmente. / No apriete el brazo, imponga / con un lenguaje frío / un código universal de referencia. / No agregue. No distorsione. / No conduzca, acompañe. / No cambie / la música de lugar. / Poesía / es lo que se está viendo. / Un lápiz, una caja / el frío interno de las manzanas, / el calor inestable del café / cosas cotidianas gastadas / frente a mi pesada osamenta intelectual.

Pero no estoy totalmente seguro de que la osamenta / no sufra sacudidas de vez en cuando / le silbaron balas a su costado soñador / y todo lo que yo no soy la acompaña / para escapar de estos tiempos difíciles y oscuros.

Mi cansada osamenta responde / con un espasmo emocional. Así que / disculpen su yacencia impolítica, la buena fe / de su triste indiferencia. Libre / de toda emoción continua / cuando ya se ha vuelto ajeno / a su propia importancia / y a la carga poética que ha impuesto a la escena / este cerrado dolor de cabeza / causado por la presión del mundo visible / reclama un significado. / La distancia entre el corazón y la cabeza / es la más larga entre todas las especies.

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¿Cuál es la relación de esta escena con el otro orden? / Si este simulacro durara demasiado, recordaría / que una vez tuve un destino y hasta un entusiasmo / y que vivir es el único prestigio que cubre la tierra / y que la razón de estar vivo estaba en los otros.

Y bien, morimos. / Comprendo que hay un límite / cuyo paso en el tiempo / me está vedado / Mi tragedia es tan poco decisiva / —un síncope entre dos bostezos, / un cólico no resuelto en el vientre— / que si me comprara un revólver fracasaría. / El muerto no es capaz de su propia poesía; / jamás está a la altura de sí mismo.

Falta mucho para la nada, como si todavía / para que deambule como un muerto / que sabe que está muerto en un domingo infinito / hubiera que liberar un exceso de existencia / un ritmo puntual que desmintiera / mi humillada respiración detrás del vidrio, / el triste conocimiento de la pérdida.

Nadie contó estas verdades. / No hay sucesos pequeños. / Así, de simple y rico, / y tan fecundo hacia distintas direcciones / el menor movimiento de tu mano.

Sobre un mínimo vestigio de historia personal, / piedad y desprecio por mi mundo. Los lugares comunes / de la materia que me rodea. / Para mi fracaso de individuo contemporáneo / parece que la cultura consiste / en martirizar a fondo la materia y empujarla / a lo largo de un intestino implacable. / En la vejación, el mundo / perdía su nombre y sospechó / no más poemas después de eso.

[*] Versos de Joaquín O. Giannuzzi mezclados libremente por mí. Fueron tomados de los siguientes poemas: “Uvas rosadas”, “Y bien, morimos”, “Basuras al amanecer”, “Ensayo de lamento individual”, “Café y manzanas”, “Apuntes de época”, “Tarde de domingo”, “Instrucciones para ayudar a un ciego a cruzar la calle”, “Noticias”, “Poética”, “La dispersión”, “No más trabajo, abuelo”, “Testamento”, “La reducción”, “Juegos olímpicos”, “Sobre el muerto considerado como un creador impersonal”, “Cumpleaños”, “La gallina”, “La jirafa”, “Nicolás entra a escena”, “Oficio del esternón”, “Lo desconocido no está listo” y “La desaparición”.

Todos estos fragmentos se encuentran en la Antología poética de Joaquín O. Giannuzzi incluida en la colección Visor de Poesía, con selección del autor y prólogo de Osvaldo Picardo (Visor Libros, Madrid, 2006).

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Otros remixes: Nicanor Parra | Fabián Casas

La Molécula Levrero

Por Martín Cristal

Este post de El pez volador complementa a un artículo que escribí en simultáneo para el blog de la revista La Tempestad de México.

Corriente y contracorriente de lectores

En ambas márgenes del Río de la Plata, todavía es fácil distinguir quiénes leían a Mario Levrero desde antes de su muerte (2004) y quiénes lo descubrieron después, con su relanzamiento editorial. Por supuesto, no es asunto de importancia ante la alegría de que efectivamente muchos estén leyendo a Levrero; además, cuando sus obras estén reeditadas por completo, ambos grupos de lectores terminarán por confundirse.

Mientras tanto, y si se perdona el pecado de generalizar un poco, se puede decir que la diferencia entre unos y otros radica en el sentido —la dirección— en que recorren esa obra. Los primeros venían zigzagueando desde la plaqueta de Gelatina (1968) hacia La novela luminosa (2005), más o menos en desorden según pudieran (o no) conseguir los libros. Los segundos arrancan por la luminosa, o por la reedición de El discurso vacío, y van explorando hacia atrás al ritmo de otras reediciones (o de lo que puedan hallar en librerías de viejo).

Uno, dos, muchos Levreros

La novela luminosa y El discurso vacío son libros impecables pero —gusten o no— son sólo una faceta de un escritor cuyo verdadero gen creativo resulta difícil de captar sólo desde la lectura de esos dos títulos.

Y es que hay muchos Levreros. Cuatro o cinco. O seis. O, por lo menos, dos Levreros. [Este asunto lo detallo mejor en el artículo del blog de La Tempestad].

Mínimo, dos Levreros. Es curioso: en las tapas de algunas ediciones de Arca, se ve una foto de Levrero partida en dos: la mitad izquierda saliendo a corte por la derecha y la mitad derecha saliendo por la izquierda… El diseño era horrible, pero a la larga su concepto resultó atinado.

A veces ambos Levreros se sienten como personas distintas. Quizás sólo haya una diferencia de madurez: una juventud juguetona que prefiere las piruetas formales y el vuelo imaginativo, frente a una vejez cuya experiencia lo decanta hacia la reflexión y la sencillez formal. A pesar de la distancia que pueda haber entre ambos modelos, la mirada y el tono espiritual que los recorren son los mismos. Otra constante es cierta tersura kafkiana en la prosa.

Aunque yo mismo, como lector/escritor, me he distanciado un poco de “lo fantástico”, igualmente tengo para mí que el corazón de la obra levreriana no es La novela luminosa, sino los cuentos multiformes de Espacios libres y la llamada “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas cortas La ciudad, El lugar y París. La ciudad es decididamente kafkiana, al modo de El castillo. El lugar me parece la mejor (aunque el propio Levrero pensara lo contrario): creo que su concepción es genial, y que además puede leerse como un puente entre los mundos de la fantasía y el mundo real. París cierra bien el conjunto, con un toque más surrealista que las otras dos.

El mapa de una obra sui generis

¿Cómo representar y valorar una obra tan variada y heterodoxa? No me van los rankings; en este blog me he inclinado varias veces a favor del mapa literario. Al mapa de Mario Levrero lo he imaginado en la forma de una molécula bastante sui generis:

Ampliar la imagen para ver las relaciones internas de la Molécula Levrero.

La cronología va de izquierda a derecha (con alguna alteración por razones de espacio). En el eje vertical, ubico arriba las obras más importantes y abajo las que juzgo menores (o meras curiosidades en el contexto de la obra completa), esto siempre según una valoración que es personal y que seguramente no coincidirá con la de otros lectores. El tamaño de las esferas también indica la importancia que estimo para cada obra (aunque los cuentos se ven más grandes que las novelas porque necesitaba más espacio para detallar los contenidos de cada libro; no quiero decir que me parezca más importante un género que el otro). Las relaciones más fuertes entre las obras están indicadas por los conectores que las unen. Los estilos y géneros —a veces mixtos, no siempre claramente definidos—, se sugieren con un sistema de colores (ver referencias al ampliar el gráfico. Si no ampliás el gráfico, no te enterás de nada…).

Nicanor Parra Remixed

Por PJ Martín Cristal

Hoy me estreno en el nuevo oficio de Poet-Jockey y dejo este Remix [*] de Nicanor Parra:


Durante medio siglo / La poesía fue / El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / Y me instalé con mi montaña rusa. / Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte: / Busco una poesía a base de “hechos” y no de combinaciones o figuras literarias. / Estoy en contra de la forma afectada del lenguaje tradicional poético. / Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse / La palabra arcoiris no aparece en él en ninguna parte, / menos aún la palabra dolor…

“Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos, / ¡Qué podrá esperarse de ellos!”. / Cuidado, yo no desprestigio nada / O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista, / Me vanaglorio de mis limitaciones, / Pongo por las nubes mis creaciones.

Test / Subraye la frase que considere correcta. / Qué es un antipoeta: / Un vagabundo que se ríe de todo / Hasta de la vejez y de la muerte? / Qué es la antipoesía: / Marque con una cruz / La definición que considere correcta. / [x] Una advertencia a los poetas jóvenes?

Jóvenes / Escriban lo que quieran / En el estilo que les parezca mejor / Ha pasado demasiada sangre bajo los puentes / Para seguir creyendo —creo yo / Que sólo se puede seguir un camino: / En poesía se permite todo.

En una palabra cagarse en el piano.

Yo no permito que nadie me diga / Que no comprende los antipoemas. / Todos deben reír a carcajadas. / / Para eso me rompo la cabeza / Para llegar al alma del lector. / Generoso lector / quema este libro / No representa lo que quise decir / A pesar de que fue escrito con sangre / No representa lo que quise decir. / Se escribe contra uno mismo / Por culpa de los demás. / / ¡Qué inmundo es escribir versos!

Que para qué demonios escribo? / Para que me respeten y me quieran / Para cumplir con dios y con el diablo / Para dejar constancia de todo. / / Para llorar y reír a la vez / En verdad en verdad / No sé para qué demonios escribo.

Apuesto mi cabeza / a que nadie se ríe como yo / No creo ni en la Vía Láctea / La palabra Dios es una interjección / da lo mismo que exista o que no exista. / BUENO BUENO / pongámosle que soy marxista.

Se comprueba la teoría de Leonardo: / 1% de inspiración / 2 de transpiración / Y el resto suerte / El poeta es un simple locutor / él no responde por las noticias / Su perfección marmórea lo perjudica / Un neurótico bien administrado / rinde el doble o el triple que un sujeto normal / Mal negocio no ser un esquizofrénico / Para alguien que aspira a decir algo / Claro que cantan bien / pero Violeta hay una sola.

parra-remix

El arte no debería ser una empresa privada / La función del artista consiste en expresar rigurosamente sus experiencias personales sin comentarios de ninguna especie. / —Qué piensa usted de los concursos literarios / —La competencia no resuelve nada / pues no somos caballos de carrera / los condeno de todo corazón / Líbrenos de poetas y prosistas / que sólo buscan fama personal / Los premios son / Como las Dulcineas del Toboso / Mientras + pensamos en ellas / + lejanas / + sordas / + enigmáticas / Los premios son para los espíritus libres / Y para los amigos del jurado / Y todavía hay gente que cree en los premios!

Qué es poesía / La fundación del ser x la palabra / Huyo instintivamente del juego de palabras. / Poesía eres tú / Todo lo que se mueve es poesía / Lo que no cambia de lugar es prosa / La función del idioma es para mí la de un simple vehículo y la materia prima con la que opero la encuentro en la vida diaria. / Todo lo que nos une es poesía / Sólo la prosa puede separarnos.

La poesía por ejemplo la poesía / puede llevar a la ruina a un país / si no se tiene cuidado con ella / La poesía debería ser positiva / como la Corporación de Fomento / o los Ferrocarriles del Estado / En la antipoesía se busca la poesía, no la elocuencia. / La poesía pasa —la antipoesía también / Nuestra curiosidad nos impide muchas veces gozar plenamente la antipoesía por tratar de entender y discutir / aquello que no se debe.

Un enigma que se niega a ser descifrado por los profesores / Un poco de verdad y una aspirina / Antipoesía eres tú.

Saludos a todos.

[*] Versos de Nicanor Parra mezclados libremente por mí (ya que “en poesía se permite todo”). Fueron tomados de los siguientes poemas: “Advertencia al lector”; “La montaña rusa”; “Advertencia”; “Composiciones”; “Test”; “Cartas del poeta que duerme en una silla” (V); “Telegramas” (III); “Me retracto de todo lo dicho”; “No creo en la vía pacífica”; “Pasatiempos”; Artefactos; Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (XXIII); Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui (XXXVII, XLVI, XLIX, LV); “Nota sobre la lección de la antipoesía”; “Declaración de principios”; “XV. Esperaba este premio?”; “XLVIII. Mis agradecimientos + sinceros”; “XXXVII. Qué es poesía”; “LVII. Personaje difícil de encasillar el Huidobro”; Aunque no vengo preparrado (XIX); incluye también frases de la “Declaración preliminar” de 13 poetas chilenos. Todos estos fragmentos se encuentran en Parranda larga, antología poética de Nicanor Parra con selección y prólogo de Elvio E. Gandolfo (Alfaguara, 2010).

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Otros remixes: Joaquín Giannuzzi | Fabián Casas

Por qué adoro Los detectives salvajes

Por Martín Cristal

Le he dedicado varios artículos a 2666 simplemente porque es una gran novela y tiene mucha tela para cortar, pero mi favorita entre las novelas de Roberto Bolaño sigue siendo Los detectives salvajes.

A mediados de 2001, yo ya llevaba en México DF casi tres años; había publicado mi primera novela, tenía un buen trabajo y acababa de mudarme a la calle Bucareli. Una fiebre me tumbó en la cama de ese departamento, enorme y vacío; falté al trabajo y me animé con el único libro que me quedaba sin leer: Los detectives salvajes. Lo había comprado junto con otros libros, por recomendación de Mónica Maristain (quien tiempo más tarde le haría a Bolaño su última entrevista). De esos libros, Los detectives salvajes había quedado al final, quizás por su mayor volumen. De inmediato me sorprendió que la historia escrita por un chileno que vivía cerca de Barcelona iniciara, no ya en el DF, sino precisamente en la misma calle a la que yo me había mudado.

Me sedujeron, claro, el dominio de un lenguaje mexicano con el que por entonces yo convivía, la evocación de un México mítico elegido como un territorio fecundo para disparar la imaginación… pero lo que más me atrapó fue la desmesura (que no es meramente extensión): una novela de seiscientas y tantas páginas, sí, pero cuya acción transcurre en un lapso de veinte años, en muchas ciudades diferentes, con más de cincuenta narradores distintos (algunos de ellos tomados de la vida real), con una gran cantidad de historias y voces… Imposible no impresionarse.

Bolaño narra vidas completas: registra todo el “ancho de banda” de la vida. En esto se opone diametralmente a Borges, cuya estrategia era cifrar el destino de un hombre en un momento de la vida de ese hombre, como si narrando ese único momento diera cuenta de la vida entera de esa persona. Bolaño no le saca el cuerpo a los pormenores, a las idas y vueltas, y así la vida en sus relatos se parece, efectivamente, a la vida: caprichosa, llena de meandros e incertidumbres, con tiempos muertos, pausas, vértigo, cambios, traslados… No se trata de que Borges sólo haya escrito cuentos y entonces, por una cuestión de síntesis, haya preferido aquella estrategia, mientras que Bolaño puede desarrollar más porque escribe largas novelas: no es eso, digo, ya que Bolaño no lo hace sólo en las novelas; también se da el lujo de lograr esa impresión en muchos de sus cuentos, como por ejemplo en “Vida de Anne Moore” (en Llamadas telefónicas).

Con Los detectives… Bolaño se ubica en la genealogía de Rayuela de Cortázar (1963), novela que le debe mucho al Adán Buenosayres de Marechal (1948), que a su vez desciende de dos líneas entrelazadas, el Ulises de Joyce (1922) y la Comedia de Dante (siglo XIV), y por ende de Virgilio y de Homero. Una línea genealógica en la que reconozco diversos placeres que me definen como lector.

Audacia, desmesura; narración coral; emociones alternadas, no pura tristeza, tampoco pura alegría; humor, a veces absurdo, con frecuencia irónico o lúdico, muy pocas veces simple; prosa sin ornamentos innecesarios, con períodos largos, y cadencias atractivas, de poeta con calle, que no reniega de la oralidad; metáforas desbordadas, hiperdesarrolladas; cierto riesgo estructural (estructuras abiertas); descripciones disyuntivas —del tipo “en la habitación había tal cosa, o quizás tal otra, o quizás no había nada”— que construyen una atmósfera, no meros inventarios; un buen equilibrio entre lo vital y lo metaliterario; la digresión como estrategia y un poder de fabulación enorme, una gran concatenación de anécdotas pequeñas y grandes: todo eso encontré en Los detectives salvajes.

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Eso me sorprendió desde el arte; en un plano más íntimo, la novela me conmovió con sus personajes nómades, cuya vida parece triste porque no consigue enraizarse en ninguna parte. Ése era exactamente el sentimiento que comenzaba a surgir en mí por aquellos años (yo viviría aún dos más en el DF). El viaje como búsqueda. La vida lejos del lugar que te vio nacer. Ulteriormente, ese sentimiento creció y pesó mucho en la decisión de volver a la Argentina, luego de un paso muy breve por Europa. De vuelta, lo primero que publiqué fue Mapamundi (2005), un librito con siete cuentos que, en distintos tonos, querían tocar esa fibra. Hoy sé que la vida no para en ningún lado porque está en todas partes.

Mis razones para volver de México a la Argentina fueron muchas, y no todas muy claras al momento de volver, por eso me pregunto: ¿cuánto habrá tenido que ver la lectura de Roberto Bolaño en esa decisión? Quizás leer a Bolaño tuvo algo que ver también porque ¿qué hubiera podido seguir escribiendo en el DF, qué historia personal hubiera podido narrar o inventar allá luego de que ya había hecho mi pequeña “novela de extranjero en México” (Bares vacíos, 2001) y luego de haber leído algo como Los detectives salvajes? ¿Seguir con otras historias de exilio o extranjería? ¿Adoptar el lenguaje mexicano ya no como un juego, sino como algo propio? Quizás era hora de volver, de descubrir mi verdadero lugar, y tal vez leer a Bolaño me ayudó a darme cuenta de eso.

Roberto Bolaño murió el 14 de julio de 2003. Hoy se cumplen seis inviernos. Este pequeño artículo no surge del mero deseo de hacer un homenaje, sino de la más pura gratitud.

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2666: La parte de Archimboldi

Por Martín Cristal

Ya hablamos del título, y también de las otras partes de 2666. Aquí el final de nuestro recorrido por la gran novela póstuma de Roberto Bolaño. La quinta y última sección de la novela: “La parte de Archimboldi”.

5. “La parte de Archimboldi”

La prosa de Bolaño abandona el camuflaje forense de “La parte de los crímenes” y vuelve con su fuerza narrativa y su ironía habituales para desplegar la biografía de Benno von Archimboldi (seudónimo de Hans Reiter): niño-alga adorador de la fauna y flora submarinas, luego soldado temerario o suicida en el frente soviético, que irá desarrollándose lentamente como persona y como escritor.

La digresión vuelve a ser la estrategia para multiplicar los derroteros del relato, en el que se van intercalando —entre las hazañas de guerra o una noche de sexo en el castillo del conde Drácula— las lecturas iniciáticas de Reiter: primero un libro de divulgación sobre animales y plantas del litoral europeo; luego llega la gran literatura, cuando un amigo pone en sus manos el Parsifal de Wolfram von Eschenbach (la diferencia entre un libro divulgativo y uno literario, le explica su amigo Halder, consistía “en la belleza, en la belleza de la historia que se contaba y en la belleza de las palabras con que se contaba esa historia”); y más tarde, durante la guerra, el diario de un judío ruso: Boris Ansky, lectura crucial que se lleva varias páginas de esta parte.

Bolaño aprovecha el diario de Ansky para colar la historia del escritor ruso Efraim Ivánov, la cual ironiza sobre las ansias de éxito, la fama, el arribismo y el coqueteo de los escritores con el poder (en este caso, el poder soviético):


Para Ivánov un escritor de verdad, un artista y un creador de verdad era básicamente una persona responsable y con cierto grado de madurez. Un escritor de verdad tenía que saber escuchar y saber actuar en el momento justo. Tenía que ser razonablemente oportunista y razonablemente culto. La cultura excesiva despierta recelos y rencores. El oportunismo excesivo despierta sospechas. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonablemente tranquilo, un hombre con sentido común. Ni hablar demasiado alto ni provocar polémicas. Tenía que ser razonablemente simpático y tenía que saber no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo, no alzar la voz, a menos que todos los demás la alzaran. Un escritor de verdad tenía que saber que detrás de él está la Asociación de Escritores, el Sindicato de Artistas, la Confederación de Trabajadores de la Literatura, la Casa del Poeta. ¿Qué es lo primero que hace uno cuando entra en una iglesia?, se preguntaba Efraim Ivánov. Se quita el sombrero. Admitamos que no se santigüe. De acuerdo, que no se santigüe. Somos modernos. ¡Pero lo menos que puede hacer es descubrirse la cabeza! Los escritores adolescentes, por el contrario, entraban en una iglesia y no se quitaban el sombrero ni aunque los molieran a palos, que era, lamentablemente, lo que al final pasaba. Y no sólo no se quitaban el sombrero: se reían, bostezaban, hacían mariconadas, se tiraban flatulencias. Algunos incluso aplaudían.
(p. 892).

La muerte del judío Ansky conmueve al soldado alemán Hans Reiter, quien sin embargo no se lleva el diario consigo: lo deja donde lo encontró para “que ahora lo encuentre otro”. También lo conmueve, pero en un sentido más violento, la historia que le cuenta un tal Sammer en el campamento de prisioneros donde cae Reiter al finalizar la guerra. La historia de Sammer también involucra el exterminio de los judíos, otra de las crueldades de las que da cuenta 2666.

La posguerra es la época de la vida en pareja y del inicio como escritor: alquila una máquina de escribir, escribe su primera novela, elige su seudónimo y busca (y encuentra) un editor, Bubis, que confía en el talento de Archimboldi aunque al principio sus libros no se vendan o los críticos no sepan qué decir sobre su obra. Aquí vuelven las consideraciones explícitas sobre literatura que abundaban en “La parte de los críticos”. Por ejemplo, sobre la secreta relación entre las obras menores y las mayores:

“Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba […]. Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un escritor de obras maestras… (p. 982-983).

El juego y la equivocación son la venda y son el impulso de los escritores menores. También: son la promesa de su felicidad futura. Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas, y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes), y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es inevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja.

¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. (p. 985)

Jesús es la obra maestra. Los ladrones son las obras menores. ¿Por qué están allí? No para realzar la crucifixión, como algunas almas cándidas creen, sino para ocultarla. (p. 989)

A ésta se le suman otras consideraciones sobre la fama y sobre el progreso del escritor, su trabajo, su concepción siempre particular de la literatura. Y también el cortejo al editor, y el de éste a los críticos. Y los adelantos. Y un jocoso catálogo de erratas famosas (lapsus cálami). Y una alegoría sobre el destino común de los escritores ocultos. Y otra sobre cómo los intelectuales ignoran qué parte de su trabajo será la que trascienda (quizás sólo sea la receta para un helado, y no el resto de la obra escrita). Y también, entre todo esto, la vida, la muerte y los motivos por los que un Archimboldi de casi ochenta años de edad decide viajar a Santa Teresa.

A 2666 se la presenta como una novela “inacabada” debido a la muerte de Bolaño, pero no es ése el sabor que me quedó después de tan prolongada lectura. Creo que 2666 es una gran novela; puede que no del todo pulida aquí o allá, pero completa, de ningún modo inacabada. Aunque entre las obras de Bolaño mi favorita siga siendo Los detectives salvajes, la lectura de 2666 es altamente recomendable; quizás no como puerta de ingreso al universo del autor, pero sí como una larga compañía que —luego de haber descubierto ese universo— nos consuele un poco por la pérdida de un talento tan grande.

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2666: La parte de los crímenes

Por Martín Cristal

Continúo con mi recorrido por 2666, la novela póstuma de Roberto Bolaño. Ya hablamos sobre el título de la novela, y sobre sus primeras tres partes. Aquí discurrimos sobre la cuarta (de cinco): “La parte de los crímenes”.

4. “La parte de los crímenes”

La apuesta más alta del libro, la parte más densa de las cinco que lo componen. Bolaño muta otra vez: sus metáforas, siempre tan exuberantes —esas que se desbocan casi hasta convertirse en alegorías de algo misterioso, oculto, terrible y bello a la vez—, aquí se retraen, contenidas por un ritmo de prontuario policial, un lenguaje seco, forense, que apenas se permite algunos momentos de poesía (muy pocos si se compara con las otras cuatro partes) y casi nada de su habitual humor: esta parte de 2666 no es “divertida” sencillamente porque no puede ni debe serlo.

Consiste en 350 páginas de hallazgos de cadáveres, entrelazados con algunas historias intermitentes y teorías truncas sobre los crímenes de Ciudad Juárez y su contexto violento, impune, miserable, machista, terrorífico. Bolaño busca desbordar al lector, hartarlo, indignarlo; lo lleva hasta el límite del asco mediante la variación y repetición —es decir, el ritmo— de los asesinatos. La ficcional Santa Teresa, en el desértico estado de Sonora, es reflejo fiel de la Ciudad Juárez mexicana, y también de la cita de Baudelaire que abre el libro: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”.

Ese “horror” que capta Bolaño va más allá de los asesinatos de mujeres: se presenta también en los abusos policiales, en las vejaciones, en la violencia de las cárceles y la frialdad de los manicomios, y también en el fordismo de las maquiladoras (sueldos de miseria, horarios inhumanos, despidos por querer organizar un sindicato…).

La descripción de las heridas en los cadáveres es insistente, y por momentos tiene algo de homérica:


“…destinado a morir: la lanza se clavó en la unión de la cabeza con el cuello, en la primera vértebra, y cortó ambos ligamentos…”
(Ilíada, muerte de Arquéloco).

“La muerte se la habían producido las cuchilladas que exhibía en el tórax y en el cuello, y que afectaban los dos pulmones y múltiples arterias” (2666, muerte de María de la Luz Romero).

Pero si en la Ilíada las heridas, tan detalladas, indican una muerte que equivale a gloria y honor (porque se producen en combate, de hombre a hombre, con armas iguales), aquí señalan crueldad y cobardía, miseria, anonimato, olvido: mujeres violadas, tiros en la nuca, estrangulamientos, cadáveres NN, casos que se cierran sin resolverse…

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Lo central me parece lo siguiente: si en Los detectives salvajes Bolaño se enfocó en los infrarrealistas —un grupo under de poetas del DF de los años setenta, que en su momento fue casi desconocido, o al que algunos conocían pero casi sin considerarlos poetas— y, fabulando sobre su propio pasado entre aquellos poetas, consiguió darles un cuerpo ficcional hasta elevarlos a la estatura de mito (a punto tal que hoy ya hay quienes se han puesto a estudiar y desentrañar la correspondencia de los personajes de esa novela con personas de la vida real), en “La parte de los crímenes” Bolaño vuelve a un esfuerzo similar, pero en la dirección contraria: del mito nos devuelve a lo concreto. Bolaño toma el mito compacto de “Las muertas de Juárez”, ese relato ya instalado en la sociedad, un bloque del que pareciera que ya no es necesario hablar porque es un cuento conocido y sin final, y lo baja al plano detallado de lo múltiple, le da entidad pormenorizada a eso que, por acumulación y costumbre, llamamos en bloque “Las muertas de Juárez”. Toma a esas “muertas” indiferenciadas por nuestra indiferencia y las convierte en mujeres particulares, con un rostro preciso y un determinado color de cabello, con ciertas trazas y señales, vestidas de tal y cual manera, con tales y cuales trabajos, aspiraciones, parientes y amantes. Son personas. Asesinadas. Muchísimas, demasiadas. El que sea ficción no le resta horror al asunto, porque la ficción se rige por la verosimilitud, y no hay nada más horroroso que el hecho de que los crímenes de Ciudad Juárez sean verosímiles, y aun peor: verdaderos.

La Santa Teresa de Bolaño —cuyas calles son “oscuras, similares a agujeros negros”— funciona, precisamente, como un agujero negro: un punto donde lo que sucede es tan oscuro y grave, un punto de tanta gravedad, que hasta la luz cae y se pierde en él. Un agujero que arrastra a todos, no importa cuán lejos hayan nacido. Cesárea Tinajero, Ulises Lima, Arturo Belano, Lupe y Juan García Madero, Amalfitano y su hija, Oscar Fate, los críticos europeos —Pelletier, Espinoza, Norton—, y hasta el enigmático Archimboldi (en la quinta parte de 2666): todos ellos, terminan siendo atraídos por el agujero negro de Santa Teresa.

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Imagen: Escena de la adaptación teatral de la novela, dirigida por Álex Rigola y estrenada en 2007. (Fuente: www.publico.es – EFE).

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2666: los críticos, Amalfitano y Fate

Por Martín Cristal

En un artículo anterior ya me referí al misterio del título de 2666, la gran novela póstuma de Roberto Bolaño. Aquí empiezo a recorrer la novela parte por parte, arrancando con las tres primeras (de cinco): “La parte de los críticos”, “La parte de Amalfitano” y “La parte de Fate”.

1. “La parte de los críticos”

Cuatro críticos literarios europeos se conocen y estrechan relaciones a partir de su interés por la obra de Benno von Archimboldi: un escritor oculto, una especie de Salinger alemán, aunque más prolífico que Salinger. No hay que confundirlo —o quizás sí— con J. M. G. Arcimboldi, novelista francés al que se menciona un par de veces en Los detectives salvajes (y cuyas iniciales coinciden con las del Nobel 2008, Jean-Marie Gustave Le Clézio). En ambas novelas, Archimboldi/Arcimboldi figura como autor de un texto borgeanamente titulado La rosa ilimitada, como si Bolaño, en 1998, ya hubiera entrevisto al personaje central de 2666 sin definirlo del todo todavía: francés en lugar de alemán, con un nombre que todavía no era el definitivo…

Siguiendo el rastro difuso de su admirado escritor, los críticos terminan visitando un “páramo cultural”: la ciudad de Santa Teresa, en el estado de Sonora (México), ciudad ficcional por la que también pasaron Arturo Belano y Ulises Lima en Los detectives…, y que se calca sobre la verdadera Ciudad Juárez.

Bolaño despliega su máxima plasticidad poética cuando narra los sueños de los personajes. Y ya que sus personajes son críticos, Bolaño aprovecha para interpolar consideraciones literarias o artísticas: plantea una paradoja para preguntarse hasta qué punto alguien puede conocer la obra de otro; margina a la crítica “ultraconcreta”, que aporta datos pero no tiene ideas propias (una “arqueología de la fotocopiadora”); presenta a la obra de un autor como el campo de batalla donde críticos contrapuestos buscarán imponer su lectura, una “lectura que va a durar”; caracteriza a los escritores e intelectuales mexicanos como cortesanos seducidos por el Estado. Como siempre, Bolaño equilibra magistralmente lo vital y lo literario.

Como curiosidad: hay un cameo de Rodrigo Fresán en Kensington Gardens. A lo largo de 2666, Bolaño también se las arregla para nombrar a otros amigos suyos: Vila-Matas, Rey Rosa, Villoro…

Otra vez el viaje en busca de un escritor: la misma motivación que en Los detectives salvajes, que arrastra a los protagonistas de ambas novelas al mismo punto del planeta, Santa Teresa. Más allá de esa similitud, en esta “parte de los críticos” no se encuentra aquel relato coral con voces bien diferenciadas, en primera persona, que Bolaño había desplegado en Los detectives…, sino un narrador convencional, en tercera persona y tiempo pasado. La estrategia narrativa principal de Bolaño en esta parte de 2666 es otra: se trata de la digresión fecunda, el aprovechamiento de cada detalle nimio de la historia principal, de cada textura del tronco, para hacer que de ahí nazca una historia nueva, una rama que se sumará a la frondosa fabulación de 2666.

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2. “La parte de Amalfitano”

Amalfitano es un profesor universitario chileno que, luego de vivir en Barcelona, recala en la Universidad de Santa Teresa, Sonora, el mismo “páramo cultural” al que más tarde llegarán los críticos de la primera parte. Amalfitano vive con su hija Rosa y, en el patio de su casa, reproduce un ready-made: en la soga para la ropa, cuelga un libro de geometría de Rafael Dieste. (“Se me ocurrió de repente, dijo Amalfitano, la idea es de Duchamp, dejar un libro de geometría colgado a la intemperie para ver si aprende cuatro cosas de la vida real. Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano, la naturaleza. Oye, tú cada día estás más loco, dijo Rosa.”). En efecto, el ambiente sórdido y ominoso de Santa Teresa hará mella en la salud mental del viejo profesor.

Si en la primera parte se echó a los intelectuales en México, aquí Bolaño despacha a los de Chile:


En Chile los militares se comportaban como escritores y los escritores, para no ser menos, se comportaban como militares, y los políticos (de todas las tendencias) se comportaban como escritores y como militares, y los diplomáticos se comportaban como querubines cretinos, y los médicos y abogados se comportaban como ladrones, y así hubiera podido seguir hasta la náusea, inasequible al desaliento.
(p.286)

En esta parte, hay un fragmento importante que funciona como una defensa de las novelas “torrenciales”, o totales, al estilo de 2666:


[El farmacéutico] prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía
La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez. (p.289)

“Sangre, heridas mortales y fetidez”: todo eso hay, y de sobra, en la cuarta parte de 2666: “La parte de los crímenes”, la más densa de todo el libro. Pero antes pasemos por la tercera…

3. “La parte de Fate”

Quincy Williams —hay que leer un rato para darse cuenta— es negro o, si se prefiere, afroamericano (“Soy americano. ¿Por qué no dije soy afroamericano? ¿Porque estoy en el extranjero? ¿Pero puedo considerarme en el extranjero cuando, si quisiera, podría ahora mismo irme caminando, y no caminar demasiado, hasta mi país? ¿Eso significa que en algún lugar soy americano y en algún lugar soy afroamericano y en algún otro lugar, por pura lógica, soy nadie?”). Trabaja como periodista para una revista de Harlem, Nueva York. Suele escribir sobre temas sociales pero, debido al fallecimiento del columnista de deportes, es enviado a México para cubrir una pelea de boxeo. Ahí se interesará por los asesinatos de mujeres que se cometen en Santa Teresa, y terminará visitando la cárcel para entrevistar a uno de los inculpados.

Si un nombre es un destino, “destino” es el nombre que Quincy Williams eligió como seudónimo: en su trabajo todos lo conocen como Oscar Fate (fate = destino). El juego de palabras entre ambos idiomas no debe dejar de considerarse, ya que en esta parte el estilo de Bolaño varía hasta parecerse a una traducción al castellano de un autor estadounidense. Por momentos parece un ejercicio paródico de la novela negra norteamericana, y casi no se reconoce a Bolaño. Aquí van dos pequeños ejemplos:

1.
–Así me gusta, muchacho –dijo el jefe–. ¿Te enteraste de que se cargaron a Jimmy Lowell?
–Algo oí.
–Fue en Paradise City, cerca de Chicago –dijo el jefe–. Dicen que Jimmy tenía allí una zorra. Una nena veinte años menor que él y casada.
(p. 300)

2.
Antes de despedirse de ellos Fate les dijo que probablemente nunca les perdonarían haber desfilado bajo la efigie de Osama bin Laden. Ibrahim y Khalil se rieron. Le parecieron dos piedras negras sacudiéndose de risa.
–Probablemente nunca lo
olvidarán –dijo Ibrahim. (p. 371)

En el segundo ejemplo hay dos verbos, “Perdonar/Olvidar”, que en inglés suenan parecido (Forgive/Forget). En el libro, el segundo verbo aparece enfatizado con itálicas, como si el autor norteamericano —¿Robert Bolan?— hubiera hecho un juego de palabras en el idioma original, juego que casi se perdió en la traducción al castellano realizada por el chileno Roberto Bolaño.

En esta parte se critica la sociedad capitalista norteamericana (sus sonrisas, su mala comida, su obsesión por la utilidad…), y en ese contexto también se interpolan consideraciones salteadas sobre la esclavitud. Esto es importante: en el abanico de vileza humana que Bolaño despliega en 2666, cuyo eje son los crímenes de Ciudad Juárez, abarca las formas más terribles de la crueldad: la discriminación racial de negros y mexicanos (en esta misma parte), los campos de exterminio nazi o la tiranía soviética (en la quinta parte)… y, por supuesto, también la crítica literaria (en la primera parte).

Respecto de los crímenes, en esta parte se lee: “Nadie presta atención a estos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo”. Quizás el destino de Oscar Fate es llegar sólo hasta el borde exterior de ese secreto.

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Sobre el concepto de canon

Por Martín Cristal

Se ha hablado mucho sobre el canon desde la publicación del famoso (y, según muchos, tendencioso) libro de Harold Bloom, El canon occidental (1994). Cada tanto aparece alguien que quiere hacer un nuevo canon de la literatura argentina, latinoamericana o mundial.

En el diario de la Feria del Libro de Córdoba 2006, Rogelio Demarchi daba distintas impresiones sobre la idea de canon:


“Puede implicar muchas cosas. La Biblia es un canon, contienen una serie de libros a los que llama, casualmente, canónicos. También se puede pensar al canon como una prescripción “pedagógica-estatal” (la idea es de Harold Bloom), o sea los libros que hay que enseñar, transmitir a los jóvenes. En otro sentido, se da el caso musical, para mí una bella metáfora, donde el canon es un conjunto de voces que van entrando en distintos momentos para cantar juntas. Y otra posibilidad, pero no la última, es el canon como una memoria viva que se puede representar como un sistema de relaciones…”

Esto último, lo de “un sistema de relaciones”, es la definición que más se aproxima a la que yo entendía —y entiendo— como canon. A continuación, algunas ideas que tengo respecto de ese concepto.

Sigo creyendo en la importancia del libro que estoy leyendo en tanto obra individual, y no tanto en la del personaje que su autor ha construido alrededor de sí mismo, su “imagen de escritor” o su estrategia de difusión y circulación. Por ende, creo que un canon que se precie de su calidad debería considerar obras, no autores; lo que importa son las obras que alcanzan una gran calidad o significancia, y no la obra completa de una autor, la cual necesariamente tiene altibajos, amén de que al autor se lo considera también por los rasgos que hacen a su persona (raza, credo, posición social, opiniones políticas, lugar de residencia o nacimiento, exposición mediática, etcétera).

Por otra parte, creo que la idea de canon en tanto “prescripción pedagógica-estatal”, es peligrosa como la nitroglicerina. No sólo porque es volátil e inestable, sino porque, si se la llevara al extremo, equivaldría a una nueva forma de censura, de Santa Inquisición. No hay que olvidar que quien se pone en el papel de elegir los libros favoritos para una nación o región, también decide qué es lo que va a tener menos posibilidades de ser leído o, de plano, ninguna posibilidad. De ahí que yo rechace el pensar en el canon de esa manera.

La mayor o menor superficie del “círculo canónico” está dada por el alcance previo que establece quien sea que determina el canon: el círculo de la literatura occidental es más amplio que el de la literatura latinoamericana, el de ésta que el de la argentina, etcétera. En cualquier caso, los dos puntos de máximo interés son el centro del círculo y la raya roja de su límite exterior. La discusión recae en estos dos lugares, en qué nombres se ubican en esos lugares; el resto tiene mucho menos interés, aunque no da lo mismo estar dentro que fuera.

El centro del canon relativiza desde sí a todas las demás posiciones, que no pueden serle indiferentes. Quien da la espalda al centro también asume una posición ideológica.

Del borde del canon: Con frecuencia se habla de autores que, aunque deberían estar dentro del canon, son sistemáticamente excluidos. Al menos en los últimos diez años, los nombres que vengo oyendo en Argentina son siempre los mismos: Fontanarrosa, Soriano… Esto, y las discusiones que suceden a esto, responden a que se piensa el canon —erróneamente— en forma de lista, de ranking, en lugar de razonarlo como un “sistema de relaciones”, es decir, un conjunto graficable como el mapa de un territorio. Yo no veo el canon como una lista (unidimensional, arriba-abajo) sino como un área (bidimensional, e incluso tridimensional: una constelación, o un territorio con accidentes topográficos, una ciudad con barrios altos y bajos, suburbios, zonas céntricas, zonas en construcción…). Si el canon se piensa como un mapa, como una zona donde cada autor se ubica en un sector diferente, entonces se ve que autores como Soriano sí forman parte del canon: ocupan el lugar del raro, o del cuestionado, el borde del mapa, si se quiere, el suburbio popular que los barrios altos temen o desprecian, y critican. Pero esos autores sí están dentro de la gran ciudad “Literatura Argentina”: de eso no cabe duda, porque son sus nombres los que siempre se discuten, y están en un lugar casi tan privilegiado como el centro: el borde.

Si se quiere pensar en los autores que verdaderamente no están en el canon, hay que pensar en un autor cuyo nombre no se puede pronunciar, cuya obra —aun cuando quizás sí la hemos leído— ha sido olvidada y entonces no puede ser citada. Sólo si no podemos discutir si debería estar o no dentro del mapa, es que un autor está irremediablemente fuera. Los demás, aquellos de los que se discute, aquellos que podemos recordar y situar si más no sea en un suburbio del mapa, sí forman parte de la constelación canónica. La ciudad no se conoce íntegramente si no se ha pasado también por esos barrios.

El único canon incuestionable es el canon íntimo que un lector demarca para sí mismo, porque responde a un criterio único y de uso privado; se basa en un campo acotado de lecturas (estructuradas o aleatorias) y sin segundas intenciones más allá del disfrute personal: no se pretende imponérselo a nadie. Todos los demás son cuestionables, o al menos sospechosos, porque muy probablemente responden a una segunda intención, a una agazapada voluntad de poder.

Quien coincida con todo lo expuesto aquí, tendrá que coincidir también en que un libro como el reciente 1001 libros que hay que leer antes de morir no es fundamental para la vida, porque al error general de proponer una preceptiva de lecturas, le superpone otro error, interno y paradójico: el de no recomendarse a sí mismo en sus propias páginas…


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Una lectura de Mantra, de Rodrigo Fresán

Por Martín Cristal

Un lector disfruta más de aquellas obras que descubre en un momento de la vida que favorece una conexión total entre su entendimiento —su sensibilidad, su experiencia— y el tema, el tono o la complejidad que esos textos proponen. Antes o después de ese momento propicio puede que la lectura también se finalice, incluso con agrado, pero sin ese impacto fortísimo que podría traducirla en una experiencia memorable.

Mi acercamiento a Mantra, segunda novela de Rodrigo Fresán, fue lento y desconfiado. Cuando se publicó (2002), yo vivía en México desde hacía ya casi tres años: era un argentino que había llegado al DF sin ningún plan y había terminado escribiendo Bares vacíos (2001), una novela acerca de un argentino que llega al DF sin ningún plan. Por eso, cuando se publicitó el plan pergeñado por cierta editorial transnacional —pagarle a un escritor argentino que vivía en Barcelona para que viajara al DF y escribiera una novela cuyo eje fuera la capital mexicana—, yo desconfié de inmediato: escritura por encargo, pasajes, plazos… Demasiado plan. Yo ya sabía que casi todos los que llegaban al DF, con plan o sin él, terminaban haciendo algo distinto de lo que pensaban.

Hojeé Mantra por primera vez en la librería Gandhi, o quizás fue en El Péndulo. Cuando vi que la primera parte de la novela no transcurría en el DF y que además el personaje principal era un mexicanito que iba a su primer día de escuela con un revólver para jugar a la ruleta rusa en frente de sus nuevos compañeros, me dije: “Uf, el cliché del mexicano loco, peligroso y machote. Mejor no sigo leyendo”. Pero seguí hojeando el libro: a vuelo de pájaro vi que la segunda parte era una especie de glosario sobre la ciudad. Aliterando, me dije: “qué género generoso es la novela: cualquier cosa puede hacerse en su nombre”. Me pareció que muchos términos del glosario también eran clichés, lugares comunes del DF, porque alcancé a leer algunas entradas breves que sí lo eran (“Picante” o “¿Dónde queda?”, por ejemplo). Decidí no leer Mantra: ese libro no podía ser bueno.

Hoy me doy cuenta de que mi primera aproximación estuvo sesgada, aunque creo que ese sesgo a la larga me resultó beneficioso. La Ciudad de México era mi (ir)realidad cotidiana de aquel entonces y creo que ninguna novela por encargo podría haber competido contra la experiencia verdadera, presente y tangible, de (sobre)vivir a diario en la misma metrópoli de la que dicho texto intentaría dar cuenta. Creo que, en esos días, el libro me hubiera desilusionado, porque yo hubiera tenido que pensar: “aquí faltan muchísimas cosas que también son esta ciudad”. Yo vivía en esa realidad contaminada e impura, estaba inmerso en ella, y sólo hubiera podido catalogar al autor como un simple turista empleado por una editorial transnacional, y a su novela como “el chingado libro de un chingado extranjero queriendo ser más mexicano que los mexicanos”.

La cita anterior pertenece a Mantra. También la que sigue: “Los extranjeros que llegan a México suelen encontrar finales más bien infelices”. No fue mi caso, aunque quizá sólo supe irme a tiempo. Tanta cita entrecomillada me delata: sí, al final la leí. Viví cinco años en México, por varios motivos decidí regresar a la Argentina y, dos años después de eso, volví a tener la novela de Fresán entre mis manos, esta vez en una librería argentina. Supongo que por nostalgia del DF, leí Mantra en una hamaca mexicana que colgaba en mi departamento de Córdoba. Creo que ese lugar y ese momento hicieron que disfrutara mejor de esta novela, la cual se suma al amplio abanico de escritores no mexicanos que escribieron una “obra-que-transcurre-en-México”; o escribimos, corrijo, con total y absoluta vergüenza debido al calibre de los nombres que estoy a punto de recordar: Lawrence, Greene, Lowry, Traven, Kerouac y también Roberto Bolaño (con muchos de sus textos, entre los que reina su brillantísima novela Los detectives salvajes).

El comienzo de Mantra se me reveló mucho más atrapante de lo que yo esperaba, quizás, justamente, por mi nueva predisposición. La primera de sus tres partes se me fue en una sola sentada (o hamacada). Para comenzar la segunda parte —la más extensa: un glosario en apariencia tan hipertextual como el Diccionario Jázaro de Pavic, pero mexicano y sin cruces, lunas o estrellas que nos guíen y oficien de link entre un término y otro—, tuve que hacer una pausa y bajar un cambio, aguantar el quiebre narrativo hasta comprender que lo que seguía finalmente no era puro fragmento (puro cut-up), sino una historia que de a poco se podría ir reconstruyendo. Conforme avanzaba en la lectura, la ilusión de hipertextualidad que el formato “glosario” le da a esta segunda parte de la novela fue cediendo terreno ante la certeza de que el autor no espera (ni favorece) un tránsito no lineal por su texto; lo corroboré al notar que muchas veces los títulos de las “entradas” del glosario no son más que pausas formales intercaladas en un relato continuo y bien hilado. Había relato en el fondo, y eso lo agradecí: la novela sí era una novela, no un cuaderno de apuntes de viajes disfrazado, como me había parecido al principio.

Debo decirlo: una entrada de este glosario me provocó el malestar que todo escritor siente cuando lee algo parecido a lo que él mismo ha escrito alguna vez. Hablo de esas coincidencias que —cualquiera que lea y escriba lo sabrá—, suceden de vez en cuando. Dos meses antes de comprar y leer Mantra, yo había publicado un libro —Mapamundi (2005)— con cuentos cuyos personajes son argentinos en el extranjero. La acción de cada cuento transcurre en una ciudad diferente. Uno de ellos (“Vivir en aeropuertos”) ocurre en el DF. Las coincidencias entre ese cuento y la entrada de Mantra referida al Aeropuerto Internacional Benito Juárez son lógicas, lo sé: somos dos argentinos hablando acerca de un mismo lugar en la misma época, pero… igualmente, uno se siente entre sorprendido e incómodo.

La prosa es fluida y experta, precisa o ambigua a voluntad del autor. Creo que el estilo de Fresán en Mantra puede terminar de pintarse con sus propias palabras: “el hombre casi siempre exagera sus conocimientos cuando habla de lo que no conoce” (p. 215); “somos cultos y sofisticados y adictos a los nombres y a las firmas de otros. Manía referencial…” (p. 416); “Yo y mi jodida costumbre de relacionar todo con todo” (p. 413).

La mencionada manía referencial es a veces autorreferencial: en varias partes de la novela hay guiños para quien haya leído obras anteriores de Fresán, como por ejemplo los cuentos de Historia argentina. Otro elemento constructor de la novela son las paráfrasis o reescrituras. Las hay de Cortázar, Lowry y también de Rulfo: la tercera parte de la novela comienza parafraseando Pedro Páramo, en una especie de cover que quiere ser una contribución a la ciencia ficción mexicana, la cual, según Fresán, es casi inexistente toda vez que “poco y nada les importa a los mexicanos el concepto de futuro como tema”. (Quien tenga ganas de discutir el punto, podrá hacerlo fácilmente si antes consulta el libro Los confines. Crónica de la ciencia ficción mexicana, de Gabriel Trujillo Muñoz; Grupo Editorial Vid, México DF, 1999).

Por momentos —cuando Fresán parece olvidarse de la narración, distraído quizás con la tematización de la ciudad en su glosario—, el método de juntar datos y luego combinarlos entre sí hasta la exasperación produce que de a ratos el libro se convierta en un extensísimo artículo de Página/12, de esos que Fresán nos tiene acostumbrados a leer (Uno, Dos, Tres…). Esto sucede sobre todo hacia el final de la segunda parte: la acción ya está planteada, quedan pocos acicates argumentales que motiven la lectura porque uno espera ya la resolución de la trama; hay cierto suspenso, sí, pero como seguimos dando vueltas por la ciudad, la novela se estira y el suspenso se diluye en el cansancio del lector, cansancio que es alimentado también por otros recursos de los que el autor abusa, como el copy-paste del “(a.k.a.)”, con el que verdaderamente llega a ponerse pesado.

Para Fresán, el DF es un “mesías apocalíptico” (“postapocalíptico”, diría Carlos Monsiváis). Es una visión posible. En plan de personificar la ciudad, yo creo que el DF no es más que uno de esos borrachos grandotes, nobles pero llenos de ideas confusas y arranques de violencia difíciles de contener por los meseros de la cantina. Un alcohólico crónico, que por lo general se la pasa cantando o durmiendo la mona, pero que es capaz de madrear a quien lo despierte antes de averiguar la razón por la cual ha sido despertado.

“Aquí faltan muchísimas cosas que también son esta ciudad”: eso es lo que hubiera dicho de haber leído Mantra mientras vivía en el DF. Ahora veo que es inevitable que lo diga en este momento también. El catálogo mexicano de Fresán es incompleto. Además de faltarle muchísimo alcohol, al DF de Fresán le faltan los tianguis (o mercados) y los cordeles estranguladores de sus lonas, al acecho del cuello de cualquiera que mida más de un metro setenta; otros barrios peligrosos (que Tepito no es el único); la mordida (o soborno) instituida como lubricante de las transas urbanas; los chiles en nogada de septiembre y muchas otras delicias del país que confluyen en su capital; el albur, ignorado olímpicamente en la novela; las pulquerías, el barrio chino (¡pinche Martita!) y una infinidad de cosas más. Pero los que crean que por insinuar una lista de “cosas que faltan” —lista que inevitablemente también es incompleta— aquí se pretende restarle valor a la novela de Fresán, no entienden lo que digo y de seguro integran el “Conjunto de las Personas que Jamás Han Pisado el DF”; porque los que conocen la ciudad saben o deberían saber que el DF no cabe en una novela, aunque ésta tenga más de 500 páginas. No hay otra alternativa que seleccionar y omitir.

Más allá de los señalamientos que puedan hacérsele aquí o allá a una obra extensa y compleja como ésta, creo que Mantra es una buena novela, con una narración original y bien planteada. Creo también que es todo lo honesta que puede ser una novela que no nos esconde su naturaleza de obra por encargo, ni sus intenciones, ni su procedimiento. No sé cómo apreciará Mantra alguien que nunca haya estado en el DF o alguien que nunca haya salido del DF; yo estoy contento de haber vivido y salido de esa ciudad para poder disfrutar de esta novela, o de haber disfrutado de esta novela para recordar que alguna vez viví en México.

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