El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (II)

Por Martín Cristal

[Leer el post anterior: “1. Sobre el autor”]

2. Sobre los relatos

Para este primer libro, Liu no seleccionó sólo sus textos más famosos, sino también otros que pasaron desapercibidos pero que, sumados al conjunto, dan como resultado “una muestra acertada y representativa” de sus “intereses, obsesiones y objetivos creativos”.

El gran eje temático del libro son las dificultades de adaptación ante un gran cambio geográfico o histórico: la transculturación, muchas veces considerando la inmigración china en Norteamérica, pero no exclusivamente en esa variante. A veces también se trata de las fricciones producidas por el paso de un estadio evolutivo al siguiente, por un marcado cambio de época o incluso por una mudanza de planeta o galaxia.

Sobre su pertenencia o no al género de la ciencia ficción, dice el mismo autor (en el prefacio del libro):

“No presto demasiada atención a la distinción entre fantasía y ciencia ficción —ni, ya puestos, entre ‘obras de género’ y ‘literatura generalista’—. Para mí, la esencia de la ficción es que en ella se prioriza la lógica que rige las metáforas —que es la lógica que rige las narraciones en general— por delante de la realidad, que es irremediablemente aleatoria y carente de sentido”.

 

Los relatos, uno por uno

[Atención: spoilers]

La nave insignia del libro es “El zoo de papel” (“The Paper Menagerie”, que conocimos en castellano gracias a la antología Terra Nova, de Mariano Villareal y Luis Pestarini; Sportula, 2012). Este cuento es la primera ficción, de cualquier extensión, en ganar los premios más importantes del género: el Nebula, el Hugo y el World Fantasy.

Su narrador es Jack, un joven que recapitula su niñez en Estados Unidos como hijo de un americano y una mujer china. Al convertirse en adolescente, las típicas desavenencias entre hijos y padres cobrarán en Jack la forma de una creciente “vergüenza de los orígenes” de su madre, un desprecio especialmente centrado en su lengua materna. La idea que impulsa al cuento —más mágico o sobrenatural que propiamente de CF— recae en unas figuras de animales hechas con papel plegado: piezas de origami a las que la madre de Jack era capaz de insuflarles vida para que su pequeño hijo jugase con ellas.

(Por cierto, la brecha generacional también aparece en un cuento de Liu que NO fue seleccionado para este libro, pero que está online en castellano: “Quedarse atrás” [Staying Behind]. Tan conmovedor como el “El zoo…”, quizás quedó fuera por no mostrar tan claramente el tema que marcamos como eje de esta antología. No presenta rastros de la transculturación china-norteamericana, aunque sí hay un traspaso: del mundo finito de la carne a la vida eterna de los soportes digitales, tema sobre el que también varió Martín Felipe Castagnet en su novela Los cuerpos del verano).

Los dos cuentos con títulos más largos y estrafalarios son “Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies” (The Bookmaking Habits of Select Species) y “Manual comparativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados” (An Advanced Reader’s Picture Book of Comparative Cognition).

Ambos incorporan la forma del catálogo: el primero (que abre el libro), es una breve enciclopedia de la manera en que las especies de distintos planetas se las arreglan para hacer “libros”. Claro que esos “libros” no se parecen en nada a los nuestros, ya que los órganos perceptivos, los cerebros y la memoria de esas especies son muy diferentes… Éste es el cuento más borgeano del libro, y se integra a la tradición de esos que funcionan como un compendio de las costumbres exóticas de otras especies y lugares (todos los cuales parecen fundarse en Swift y Los viajes de Gulliver).

Si el primer cuento se centra en la escritura, el otro lo hace en la lectura, en un sentido amplio: las distintas formas de percibir e interpretar. En “Manual…”, un catálogo del modo en que distintas especies registran los estímulos que perciben sus sentidos, se intercala con la historia concreta de una familia de padre-madre-hija que se resquebraja ante una oportunidad única, ansiada por la madre: la de salir de viaje entre las estrellas, sin retorno, para intentar contactarse con otras formas de vida. A la vez tratado y memoria familiar fragmentaria (rasgo éste que recuerda al cuento “La historia de tu vida”, de Ted Chiang), el relato se publica por primera vez en este volumen.

“Cambio de estado” (State Change) es el que mejor representa la idea de tomar una metáfora y volverla literal, para así crear un personaje o un argumento narrativo. En el cuento, el alma de las personas al nacer se materializa como un objeto concreto, diferente para cada quien. Cada uno deberá tenerlo cerca durante el resto de su existencia. Los rasgos de ese objeto gravitan sobre la personalidad del sujeto; la destrucción del objeto es el fin de la vida. En el caso de la apocada Rina, su alma es un frágil cubito de hielo, que ella debe cuidar y llevar, refrigerado, a todas partes. Uno de los mejores cuentos del libro, en mi opinión.

“Como anillo al dedo” (The Perfect Match) incorpora elementos tecnológicos a lo Black Mirror. Tilly es una aplicación de asistencia personal (similar a Siri); su relación con Sai, el usuario-protagonista, recuerda un poco la película Her, de Spike Jonze. Sin embargo el relato no deriva hacia el enamoramiento hombre-software, sino hacia el tema de la cibervigilancia y la guerra por el conocimiento y el tráfico de la información que libran una megaempresa a lo Google y algunas guerrillas cibernéticas. Las preguntas de fondo son: ¿qué posición vas a tomar en esa batalla? ¿De qué lado estás?

“Buena caza” (Good Hunting) es otro de los mejores relatos del libro. Inicia en un universo legendario, de fábula china, con la aparición nocturna de seres sobrenaturales que no podrán mantener por mucho tiempo su reinado de magia y misterio: los tiempos cambian, se avecina la era del vapor y el iluminismo científico. Los seres mágicos deberán adaptarse a los adelantos tecnológicos para sobrevivir en un mundo que desdeña la magia y ya no tiene vuelta atrás. Claro que, como dijo Arthur C. Clarke, “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”… La acción de este cuento abarca décadas, en un convincente degradé que hilvana la leyenda mitológica con el imaginario steampunk. Es, además, otro relato centrado en un problema de adaptación.

Le siguen “Simulacro” (Simulacrum) y “Regulada” (The Regular), tal vez los menos memorables del conjunto. El primero, ya desde el título, muestra cierta pátina dickiana: Paul Larimore ha inventado un proyector que puede reproducir personas por breves instantes. Son figuras móviles en 3D con las que se puede interactuar (incluso sexualmente); se las llama “simulacros”. El cuento extrapola nuestra obsesión por registrarlo todo en fotografías y videos; se articula en retrospectiva, con los testimonios alternados del famoso Larimore y los de su hija Anna. Ella dice conocer al “verdadero Paul Larimore”; su padre no es el prohombre que el mundo cree conocer. También sostiene que el mundo estaría mejor sin esos simulacros. ¿Juzga Anna demasiado duramente a su padre?

El segundo es un relato largo y de género negro (pero en el sentido en que dicho género fue procesado por el cyberpunk). Inicia con el asesinato de una prostituta que usaba un implante ocular para registrar sus encuentros con los clientes, con la previsible finalidad de chantajearlos. La detective encargada del caso también tiene un cuerpo mejorado a lo cyborg, con implantes biotecnológicos y drogas que la potencian. Pero no siempre es fácil vivir así.

“Las olas” (The Waves) y Mono no aware siguen en el índice a “Manual…”, muy posiblemente por su continuidad temática: los tres comparten el tópico de los viajes interestelares. En el primero —sin relación aparente con la novela de Virginia Woolf—, la dilatadísima extensión temporal del viaje implica cambios evolutivos en la raza humana, puntos de inflexión que los individuos discuten y que no siempre están dispuestos a asimilar dócilmente. Aunque los sucesivos cambios casi deshacen por completo la idea que hoy tenemos de “ser humano”, las relaciones afectivas consiguen mantenerse vigentes, en parte por la pasión de nuestra raza por compartir sus historias y las leyendas fundacionales del universo.

En el segundo —con protagonista japonés, no chino—, la nave interestelar que lleva a los últimos sobrevivientes de la Tierra sufre una avería grave. Se intercala el relato de los últimos días de nuestro planeta (condenado por la llegada de un enorme meteorito) con el de la acción heroica necesaria para tratar de salvar a la nave. En ambos relatos se trenzan el amor, el sacrificio y la conciencia de nuestra finitud. El título en japonés refiere a “la sensación de fugacidad de todas las cosas en la vida”.

“Todos los sabores” (All The Flavours) y “El literomante” (The Literomancer) se enfocan en el choque cultural entre chinos y estadounidenses, intentos de integración no siempre exitosos. Con aliento a western, el primero podría ser una novela corta (tiene 100 páginas); se basa en la historia de los inmigrantes chinos afincados en la zona de Idaho durante el siglo XIX, con todos sus esfuerzos y rechazos; esto último recuerda el comienzo de Sueños de trenes, de Denis Johnson. Lily, una joven americana, entabla amistad con uno de ellos, Lao Guan (o “Logan”), quien a su vez le enseña a jugar al go y le cuenta leyendas de la antigua China. El protagonista de estas leyendas es Guan Yu, el dios chino de la guerra. La estructura que intercala ambos niveles narrativos es la de las “novelas dentro de la novela” que conocemos desde el Quijote.

El segundo relato de este par invierte los términos geográficos y culturales: sigue a una familia de americanos afincada en Oriente, en 1961. La hija es Lilly, una niña que no se lleva bien con sus compañeras americanas de la escuela a la que asiste, en la base militar estadounidense en Taiwán. Sus problemas de adaptación parecen mejorar con su acercamiento casual con Kan Chen-hua, de oficio “literomante”: un anciano que “le dice la buenaventura a la gente basándose en los caracteres de su nombre y en los caracteres que eligen”. (Liu también utiliza el recurso narrativo de poetizar sobre la caligrafía en “Mono no aware”, salvo que en ese caso son caracteres japoneses). El encanto de ese oficio y la bondad del viejo parecen propiciar un acercamiento cultural, salvo que en el camino florecerá la tragedia, cuando Lilly descubra cuál es el verdadero trabajo de su propio padre en Taiwán.

Por su indagación histórica y su dimensión política, este relato está en contacto también con los tres que cierran el libro. En ellos, el individuo se planta y reivindica su dignidad ante los huracanados abusos de la Historia.

“Breve historia del túnel transpacífico” (A Brief History of The Trans-Pacific Tunnel) es una ucronía. Su punto de divergencia es 1929: el  inicio de la construcción de un túnel submarino entre Japón y Estados Unidos mejora las relaciones entre Oriente y Occidente; ésta y otras circunstancias históricas alternativas evitan la Segunda Guerra Mundial y sus atrocidades, aunque eso no quiere decir que en adelante todo vaya a ser color de rosa para la humanidad: el lector lo irá  descubriendo por el relato en retrospectiva que ofrece el narrador, un nativo de la isla de Formosa (Taiwán) que participó activamente en la construcción de esa monumental obra, superior —en esfuerzo y dimensiones— a la Gran Muralla China.

“El maestro de litigios y el Rey Mono” (The Litigation Master and The Monkey King) se remonta a la China del siglo XVIII. Tian Haoli se gana la vida como asesor legal de los pobres, quienes recurren a él cuando tienen problemas en los tribunales imperiales. Los jueces, volubles y sesgados por la lealtad al emperador, se irritan por las ya famosas estratagemas de Tian. Él las discute —¿sólo en su mente o en contacto con el más allá?— con una figura mítica: el Rey Mono (cuya personalidad revolucionaria conocemos gracias a la genial historieta de Milo Manara). La dignidad moral y la resistencia del tramposo Tian serán puestas a prueba cuando este hombre corriente tenga que enfrentarse a una elección extraordinaria, en aras de preservar una verdad histórica para las futuras generaciones.

A “El hombre que puso fin a la Historia: documental” (The Man Who Ended History: A Documentary) lo conocíamos de la antología Terra Nova, Vol. 2 (Villareal y Pestarini; Sportula, 2013). Liu admite que tomó su forma de un excelente relato de Ted Chiang: “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Su contenido, sin embargo, es totalmente diferente: el relato inicia dando cuenta de un avance técnico de concepción deslumbrante, el cual permite revisar el pasado. No viajar al pasado ni modificarlo, pero sí atestiguar sus hechos. La posibilidad material de dicha constatación modifica el estudio de la Historia como tal, pero también pone en cuestión las leyes y el Derecho, al permitir que eventos históricos atroces —en los que los derechos humanos fueron pisoteados, como en el caso de infame Escuadrón 731— sean revisitados con una objetividad nueva, basada en esclarecedores testimonios a posteriori. Sinuoso y algo largo, este relato de Liu vale, sin embargo, por la excelente idea que lo dispara, y por las discusiones y reflexiones que prodiga en su transcurso.

 

En síntesis

Como ya destacamos al referirnos a los mejores cuentos de la antología 25 minutos en el futuro, Liu nunca se queda sólo en el alarde expositivo de la idea-motor del cada relato (más o menos brillante según cada caso, pero siempre presentada de entrada y con sencillez), sino que busca trascender ese anzuelo inicial para llevar al lector al terreno de lo afectivo. Las ideas que motorizan cada relato no están ahí para su propio lucimiento, sino para propiciar una narración que cobra valor en su emotividad, en el sustrato de las relaciones intrafamiliares y en el drama de esas relaciones cuando se manifiestan durante los momentos más oscuros y difíciles de la historia de la humanidad.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu. Runas (Alianza Editorial), Barcelona, 2017. 544 páginas.

El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (I)

Por Martín Cristal

1. Sobre el autor

En la Argentina es frecuente que un autor joven se dé a conocer, por ejemplo, con un libro de cuentos inéditos. El libro sale porque fue premiado en un concurso, o publicado por un editor que le tiene fe (un kamikaze independiente, casi siempre) o costeado por el mismo escritor. A lo sumo puede que algunos de esos cuentos hayan aparecido antes, sueltos y sin remunerar en blogs u otros medios digitales; incluso así, el autor joven empieza a hacer su camino verdadero recién con la circulación de ese primer libro.

El sistema editorial norteamericano, en cambio, ofrece a los autores jóvenes —en especial a los afines a la literatura de género— la posibilidad de ir mostrando sus primeros textos en un sólido entramado de publicaciones especializadas (algunas de larga data). La selección que hacen esas publicaciones suele ser rigurosa; abundan las cartas de rechazo, pero si aceptan un relato, éste sale publicado y al autor se lo pagan.

Así, un cuentista estadounidense joven —de ciencia ficción, por ejemplo— puede ir publicando relatos por goteo en distintos medios de forma “profesional”, lo cual a su vez le abre la posibilidad de que sea nominado en distintos certámenes anuales (que no premian material inédito, como en la mayoría de los concursos argentinos, sino material ya publicado).

Tras años de hacerse un nombre de esta forma, el autor suele encontrar al fin ese editor que publique una selección de sus mejores relatos. Esa selección será el primer libro del autor, que cuando salga a la venta ya tendrá un público preformado.

Esto es un poco lo que ha sucedido con Ken Liu. Nacido en China, en 1976, emigró a los Estados Unidos cuando tenía once años. Es programador, abogado y traductor del chino al inglés (ha traducido por ejemplo El problema de los tres cuerpos, novela de ciencia ficción de Liu Cixin). También es autor de una abundante producción cuentística, que fue apareciendo en revistas de fantasía y ciencia ficción, y en múltiples antologías de “lo mejor del año”. Varios cuentos de Liu fueron nominados y galardonados en los premios más prestigiosos del género en su país y en otras partes del mundo.

En abril de 2017 apareció por fin El zoo de papel y otros relatos, la esperada selección de Liu, en versión castellana de María Pilar San Román. Esta antología —“con visos de retrospectiva”, según el propio Liu—, compila 15 relatos de mediana y larga extensión (en promedio, 35 páginas cada uno). Sólo uno de ellos era previamente inédito.

Antes de reseñar este extraordinario libro, quizás convenga saber que no es lo único que el autor lleva publicado hasta la fecha.

 

Las novelas de Liu

Aunque se inició como cuentista, actualmente Liu está enfocado en el desarrollo de una saga de novelas en plan fantasy, a lo George R. R. Martin. La de Liu está situada en un archipiélago ficcional con fuertes reminiscencias de la cultura china antigua. En lo que a tecnología se refiere, se basa también en un concepto distinto: el llamado silkpunk. Explica Liu (en el sitio de io9):

“Como el steampunk, el silkpunk es una mezcla de ciencia ficción y fantasía. Mientras que el steampunk toma como inspiración la estética de la tecnología de cromo-latón-vidrio de la era victoriana, el silkpunk se inspira en la antigüedad clásica de Asia oriental. Mi novela está llena de tecnologías como los cometas de batalla, que se remontan para elevar duelistas por el aire, aeronaves de bambú y seda impulsadas ​​por remos de plumas gigantes, submarinos que nadan como ballenas conducidas por primitivos motores de vapor y máquinas de excavación de túneles mejoradas mediante la herbología, así como elementos fantásticos como dioses que bromean y manipulan, libros mágicos que nos dicen lo que está en nuestros corazones, bestias acuáticas gigantes que traen tormentas y guían a los marineros a la seguridad de las costas, e ilusionistas que manejan humo para curiosear en las mentes de sus adversarios.

“El vocabulario de la tecnología silkpunk se basa en materiales orgánicos históricamente importantes para el Asia Oriental (bambú, papel, seda) y las culturas marítimas del Pacífico (coco, plumas, coral), y la gramática de la tecnología sigue principios biomecánicos como las invenciones del Romance de los tres reinos. La estética general es de elasticidad y flexibilidad, expresiva de las culturas que habitan las islas”.

La saga se titula La dinastía del diente de león (The Dandelion Dinasty), e incluye guerras fronterizas, rebeliones e intrigas (y, como corresponde al género, también un mapita en las primeras páginas). Lleva publicados dos tomos: el primero se titula La gracia de los reyes y fue finalista del Nebula en 2016. Ya salió en castellano al igual que el segundo volumen, El muro de las tormentas. Liu ya tiene vendidos los derechos de la saga para su traslado a la pantalla (los compró DMG, el estudio que produjo Iron Man 3 y Looper).

El futuro de este autor es ancho como el horizonte completo. Seguramente para muchos se hará conocido, primero, por su saga fantasy. Yo sólo espero que, con el previsible éxito masivo de esas novelas, Liu no deje de seguir escribiendo relatos tan buenos como los de El zoo de papel, los cuales comentaré uno por uno en el próximo post.

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PD. Como curiosidad, recientemente Liu también fue contratado para escribir uno de los muchos spin-offs —en formato de libro— programados por Disney para el universo de Star Wars; cada una de dichas novelas se centrará en un personaje diferente. A Liu le tocó (¿o eligió?) nada menos que Luke Skywalker. The Legends of Luke Skywalker saldrá este mismo año.

Noche caliente, de Lee Child

Por Martín Cristal

Noche de calor en la ciudad

Hace unos años, Ricardo Piglia señalaba que las traducciones hechas en la Argentina habían producido “efectos en la escritura propia, nacional”. Como ejemplos presentaba (entre otros) los casos de Las palmeras salvajes de William Faulkner y Otra vuelta de tuerca de Henry James: en sus países de origen —decía Piglia—, esos libros son considerados menores dentro de la obra completa de Faulkner o James, pero debido a esas traducciones —de Jorge Luis Borges y José Bianco, respectivamente—, las cuales impulsaron la circulación de esos escritores entre nosotros, hoy ambas novelas son consideradas como centrales por los lectores argentinos. Según Piglia, esas traducciones locales “rompen los esquemas jerárquicos” y establecen otro orden para “textos que no están, en su origen, en el canon”.

Creo que algo similar sucederá con Noche caliente, primera traducción/edición de Lee Child hecha en la Argentina. Traduce Aldo Giacometti; la edición —que, para un best-seller popular como Child, uno esperaría de un grupo multinacional— llega en abril gracias a la editorial independiente Blatt & Ríos.

 

¿Quién es Lee Child?

No es —ni quiere ser— Faulkner o James. Lee Child (Inglaterra, 1954) es un maestro del thriller; su verdadero nombre es Jim Grant y durante años trabajó en una cadena de televisión. Cuando perdió ese trabajo empezó a escribir, imponiéndose el seudónimo y también el rédito comercial. Lo logró desde Zona peligrosa (Killing Floor; 1997), primera novela de su personaje Jack Reacher: un ex policía militar devenido en vagabundo al que —en un comienzo a lo Rambo— lo detienen al pasar por un pueblito rural. ¿Merodeo? No: lo acusan de un crimen…

Child vive en Nueva York, tiene una colección de bajos eléctricos vintage y usa dos computadoras: una para navegar por internet y la otra solo para escribir. Su estilo es seco, con diálogos cortantes. La intriga vibra, la acción fluye: la velocidad del texto fogonea el disfrute del lector. Child sin duda sabe cómo generar suspenso. Con esa fórmula, Child ya vendió millones de copias de sus 21 títulos de Reacher. Entretenimiento puro, cuya masividad aumentó al pasar al cine.

 

Jack Reacher, del papel a la pantalla

Reacher, el personaje, nació en 1960, en una base militar en Berlín. Hijo de un marine norteamericano y una francesa, fue criado con rigor en distintas bases. En novelas recientes —como Personal (2014)— ya lleva casi 20 años retirado del ejército y sigue recorriendo su país, tras haber conocido el resto del mundo cuando estaba de servicio.

Verdadero imán para los problemas, confía plenamente en sus aptitudes físicas, sobre todo para el combate (no así para correr o manejar). Tiene un gran poder de observación; acepta demasiado rápido sus primeras hipótesis, sí, pero eso suele funcionarle. Viaja sin equipaje en ómnibus de larga distancia. Apenas lleva un cepillo de dientes, su identificación y la tarjeta del cajero. Cafeinómano, vive de ahorros, changas y de lo que les quita a los contrincantes vencidos (su “botín de guerra”).

Es, además, un ropero: casi dos metros y cien kilos. O sea, nada parecido a Tom Cruise (excepto por su arrogancia). Sin embargo, ahí está el maderamen de Tom protagonizando Jack Reacher (Christopher McQuarrie, 2012), película basada en el noveno libro de Child: Un disparo (One shot; 2005). Hubo fans que, furiosos, abrieron una página de Facebook titulada Tom Cruise no es Jack Reacher; ahí —además de criticar el tamañito de Tom— cada uno propone su casting ideal.

Salvando ese “detalle”, la película resulta atrapante. No así la siguiente, Jack Reacher: Never Go Back (Edward Zwick, 2016, basada en la novela homónima de 2013), que carece de ritmo y donde a Cruise se lo ve más recauchutado que nunca.

Una curiosidad: en ambas películas hay cameos de Child.



Noche caliente

Donde Reacher no falla, es en los libros. Esta primera edición argentina, con prólogo de Elvio Gandolfo (lector entusiasta de Child), presenta dos novelas breves, publicadas originalmente como material extra (bonus material) en ediciones de bolsillo.

En la primera, “Noche caliente” (High Heat), Reacher tiene 16 años. Llega a Nueva York justo en la noche del Gran Apagón de 1977. La ciudad es peligrosa pero Reacher también: aunque todavía no es militar, su fortaleza y su temperamento ya están forjados. Encontrará chicas, mafiosos, un asesino serial y hasta una pelea en el CBGB, donde esa noche tocan Los Ramones.

En “Guerras pequeñas” (Small Wars), Reacher tiene 29, ya es policía militar e investiga un crimen. La identidad del asesino se nos muestra de entrada: es Joe Reacher, el hermano de Jack (central en la primera novela de la saga). ¿Lo descubrirá Jack? Aquí también aparece la sargento Neagley, ladera de Reacher en la recomendable Mala suerte (Bad Luck and Trouble, 2007).

Para los amantes del género negro, este libro arde. Traducirlo y editarlo en forma independiente motiva una lectura distinta y eleva su valor en el contexto deprimido de la industria editorial argentina. Adivino que el grupo editorial que tiene los derechos del resto de Child, aprovechará la repercusión de esta iniciativa y mandará desde España otros títulos de Reacher (que aquí hoy sólo se consiguen en saldos o por internet). Mientras tanto, para muchos lectores argentinos, Noche caliente se volverá la entrada principal a un nuevo y entretenido universo de ficción.

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Noche caliente. Dos historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2017. Nouvelles, 216 páginas. Prólogo de Elvio Gandolfo; traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de abril de 2017).

El piano oriental, de Zeina Abirached

Por Martín Cristal

Del deseo y la identidad

Imposible no relacionar El piano oriental de Zeina Abirached (Beirut, 1981) con las historietas de la iraní Marjane Satrapi. El principal punto de contacto es un dibujo de estilo similar —en su nivel de síntesis, en sus formas de representación—, si bien en Satrapi se percibe más gestual y expresivo, y hasta informal en la aparente improvisación organizativa de ciertas páginas (como sucede en algunas de Bordados, por ejemplo).

En El piano oriental de Abirached, en cambio, el trazo resulta casi aséptico por sus líneas de grosor fijo y su geometría controlada. El planteo de cada puesta en página colinda con las obsesiones de perfección simétrica del diseño gráfico, y hace sospechar que el planeamiento visual fue realizado de entrada, en forma integral, para el libro completo (y no por acumulación como suele ocurrir en los volúmenes recopilatorios de material que fuera publicado originalmente por entregas).

También relacionan a estas dos artistas ciertas circunstancias biográficas, que determinan que ambas manejen temas en común. Quien haya leído Persépolis (o visto la película), recordará que Satrapi rememora su infancia en Teherán, su posterior mudanza a Francia y el desgarramiento de existir entre Oriente y Occidente. Algo similar sucede en El piano oriental: cambia la ciudad de origen, que aquí es Beirut, pero la trama autobiográfica de Abirached también articula el exilio y la vida entre dos tierras diferentes: en su caso,  Francia y el Líbano.

Esa trama se trenza con una evocación del Líbano que no refiere a la infancia de Abirached sino a una época anterior: la de un personaje basado en su abuelo. El alegre Abdalah Kamanja es músico y ha inventado un piano con el que al fin se pueden tocar los cuartos de tono de las melodías orientales.

Estamos en 1959; Beirut es muy distinta de esa ciudad destrozada que años de guerras televisivas han instalado en nuestro imaginario occidental. La Beirut de Kamanja es una ciudad floreciente y llena de esperanzas, incluida la del propio Abdalah: él desea que su invento pueda ser fabricado masivamente.

¿Habrá tenido éxito la empresa de Abdalah? Y de no ser así, ¿su existencia habrá sido en vano? Todos los empeños de un hombre caben en los sucintos comentarios que sus deudos desgranarán mientras tomen el café del velorio. El deseo vertebral de toda una vida define la identidad del deseante.

Años después, en el extranjero, la joven Zeina reflexionará sobre su propia identidad. Para Sabato, estar en el extranjero es “tan triste como habitar en un hotel anónimo e indiferente; sin recuerdos, sin árboles familiares, sin infancia”. Para Iehuda Halevi, en cambio, Zion —la tierra prometida— “está ahí donde reinan la alegría y la paz” (es decir, no necesariamente donde naciste, ni tampoco, necesariamente, en los alrededores de Jerusalem). Para el bosnio Aleksandar Hemon —otro migrante—, el hogar “es allí donde tu ausencia no pasa desapercibida”… En El piano oriental, Zeina Abirached decide autodefinirse según un dicho de Mahmud Darwich: “Yo soy mi idioma”. Ese idioma no es el de un país en concreto, sino la mezcla interior que ella hace de su francés cotidiano y su árabe natal. Así, su propia identidad es como la de un piano de músicas mixtas.

Tras leer esta novela gráfica, queda claro que Zeina Abirached también maneja con maestría otro lenguaje: el de la narración secuencial. La historieta también es su patria.

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El piano oriental, de Zeina Abirached. Historieta. Salamandra Graphic, 2016. 212 páginas. Con un texto ligeramente diferente recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 9 de abril de 2017).

Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet

Por Martín Cristal

Las almas muertas 2.0

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En 2012, el prestigioso jurado del VII Premio a la Joven Literatura Latinoamericana eligió por unanimidad a Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet (La Plata, 1986). El narrador de esta novela breve es Ramiro: un difunto que tras décadas “en flotación” digital se reincorpora para buscar a su descendencia y concretar una venganza. “Es bueno tener otra vez cuerpo”, nos dice al principio, “aunque sea este cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere, y salir a caminar por la vereda para sentir la rugosidad del mundo”.

¿Qué se almacenaría en Internet? ¿El alma, la psiquis, la memoria, la personalidad? Con acierto, Castagnet no lo define ni se enreda en disquisiciones filosóficas. A los fines narrativos basta con saber que lo digitalizado es la integridad de lo “no corpóreo”; la identidad, la persona, aunque “persona” implique “máscara”, y más en un mundo donde ya es posible disfrazarla con cuerpos diferentes.

Sorprende la fluidez de la prosa, más aun tratándose de una primera novela. Impera un pulso firme que no deja de narrar, es decir, de contestar incesantemente la pregunta “¿y entonces qué pasó?” (ese motor secreto que adoramos desde niños). Los cuerpos del verano nunca deja de incentivar al lector con nuevos descubrimientos a lo largo de su centenar de páginas.

Él único extrañamiento que ofrece el lenguaje (a diferencia de, por ejemplo, los cada vez más insistentes neologismos del futuro que prodiga Marcelo Cohen) es el de los nombres propios de algunos personajes, excentricidades que sugieren un tiempo con registros civiles más permisivos que en el presente.

Si en algún punto se vuelve necesario explicar en lugar de mostrar (algo que suele señalarse como pecado, pero que las narraciones que coquetean con la ciencia ficción siempre se ven arrinconadas a hacer, tarde o temprano, para allanar su legibilidad), Castagnet lo resuelve en pocas líneas, siempre sintéticas e inteligentes, y casi siempre por necesidad interna del relato. Incluso las reflexiones más interesantes son siempre concisas:

“La tecnología no es racional; con suerte, es un caballo desbocado que echa espuma por la boca e intenta desbarrancarse cada vez que puede. Nuestro problema es que la cultura está enganchada a ese caballo”.

(El eco simbólico de esta cita vuelve a oírse en los hechos finales de la novela).

La ciencia ficción tiene predilección por ciertos temas (el contacto con extraterrestres o los viajes en el tiempo son quizás los ejemplos más conocidos). Todo autor que lo intente sabe que su aporte no revolucionará el género ni el subgénero, sino que —con suerte— quizás le aporte una variante que faltaba al tratamiento de ese tema. En este sentido, Los cuerpos del verano podría intercalarse entre las obras de ciencia ficción (o adyacentes) que extrapolan nuestro presente digital, tanto como entre aquellas que exploran el umbral de la muerte y el más allá.

En ese degradé de ficciones —donde también están “Quedarse atrás” de Ken Liu o “San Junipero” de Black Mirror—, la novela de Castagnet podría ocupar un lugar entre Cero K de Don DeLillo (que especula sobre cómo mantener congelados los cuerpos y las mentes mientras la tecnología encuentra una forma de burlar a la muerte) y un clásico del manga: Ghost in the Shell (a punto de ser revivido en la pantalla grande con Scarlett Johansson en el protagónico).

En este universo cyberpunk creado por Masamune Shirow, muchas personas ya tienen implantes mecánicos o digitales; son cyborgs, y por ende sus memorias y sus almas —o sus “fantasmas”: eso que no es cuerpo ni hardware— son tan susceptibles de ser hackeadas como cualquier otro software.

La tecnología que esperan los personajes de DeLillo ya existe en la ficción de Castagnet, quien a partir de ella desarrolla consecuencias de todo tipo… excepto esa que motoriza a Ghost in the Shell: la posibilidad de que esas almas “en flotación” sean hackeadas. Porque podría haber secuestros virtuales de difuntos, desapariciones, modificaciones, eliminaciones y copias de seguridad para evitarlas… Pero, claro, un relato no puede ser infinito. Castagnet limita las premisas del suyo para dejar que la imaginación del lector siga ramificándose, como sucede con la mejor ciencia ficción.

La lectura de Los cuerpos del verano nos hace esperar ansiosos la próxima novela de Castagnet: Los mantras modernos, anunciada ya por la editorial porteña Sigilo.

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Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. Factotum Ediciones, Buenos Aires, 2016 [2012]. 112 páginas. Con una versión más breve de este texto, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 26 de febrero de 2017).

PuraLectura: inscripciones abiertas para grupos de 2017

puralectura-2017

Inscripciones abiertas. Sólo en Córdoba (Argentina). Cupos limitados.

Más información, aquí.
Para consultas e inscripción, aquí.

Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon

Por Martín Cristal

Buscarás algo digno de contar… o contarás una de zombis

aleksandar-hemon-como-se-hizo-la-guerra-de-los-zombisDespués de novelas como El hombre de ninguna parte y la imprescindible El proyecto Lázaro, Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) incursiona en la comedia con Cómo se hizo La guerra de los zombis.

Primera decepción del lector (en especial si es fan de The Walking Dead): éste no es un libro sobre zombis. Aquí el único apocalipsis es el del tardío paso a la adultez de Joshua Levin, un treintañero que se eterniza en Chicago dando clases de inglés, mientras asiste a un patético taller de guión con otros amateurs tan aparatosos como él. Entre sus muchas ideas truncas, apenas logra desarrollar una: “La guerra de los zombis”, un guión plagado de clichés que él aspira vender a algún productor de Hollywood.

Hemos visto cientos de making of de películas, pero ¿en qué consistiría el making of de un guión? Sería todo lo que ocurre en la vida del guionista mientras lo escribe. El problema es que la apacible existencia de Joshua Levin no ha sido tocada por la más mínima tragedia y él no parece tener nada personal que contar.

Sin experiencia propia de la cual destilar temas o anécdotas, Joshua fuerza su cerebro a imaginar una historia dentro de un subgénero de reglas hiperbásicas a las que, sin embargo, tampoco logra aportarles un enfoque nuevo. Para colmo, estamos en 2002 y acaba de estrenarse 28 días después, aquella película —con guión de Alex Garland— que relanzaría la moda de los zombis en el siglo 21.

Completan el círculo social de Joshua sus alumnos de inglés, inmigrantes de Europa Oriental que le enrostran sus duras vidas (precisamente la tragedia que a Levin le falta); una familia judía típica, tan agobiante como woodyallenesca; un casero desquiciado, veterano de la Guerra del Golfo; y dos chicas hermosas, prospectos de pareja que, además de sexo, proporcionan indecisiones y conflicto dramático.

Aleksandar Hemon. Foto de Velibor Vožobić

Segunda decepción del lector (en especial si ya era fan de Aleksandar Hemon): este libro no se parece mucho a los anteriores del bosnio. Okey, no deberíamos decir “decepción”, sino sólo “sorpresa”. Es cierto que el humor ya estaba presente en otras obras de Hemon; incluso había chistes en El proyecto Lázaro, aun cuando su atmósfera general era más grave. Aquí Hemon también intercala un par de chistes (buenos), pero en camino a extender ese humor a la narración completa, prodigando situaciones absurdas y enredos que hacen pensar en una comedia con Jason Schwartzman y Zach Galifianakis.

Con lenguaje suelto y coloquial —excepto cuando se parodia el tono dramático de la Torá, o el reflexivo-sentencioso de Baruj Spinoza (a quien Levin admira)—, Hemon amplía su exploración sobre qué implica ser extranjero, especialmente en los Estados Unidos post 11-S. Esta vez lo hace tocando otros temas, como el paso a la adultez, la búsqueda de algo personal que contar, la familia y el entorno cercano como recurso central para colmar esa búsqueda; el carácter evasivo de la literatura de género y la (dudosa) necesidad de haber sido rozado por la tragedia para así ser un mejor narrador. Y por supuesto, la amistad. Y la familia. Y el amor. Y el sexo.

Cómo se hizo La guerra de los zombis propone una lectura divertida y sin tropiezos, ideal para el verano. Una variante —accesible y ligera— para la prosa de un autor destacado dentro de la escena literaria norteamericana.

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Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon. Novela. Libros del Asteroide, 2016. 336 páginas. Traducción de Eduardo Jordá. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 22 de enero de 2017).

Lo mejor que leí en 2016

Por Martín Cristal

bestlibros2016

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2016:

  • Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich [leer reseña].
  • The Volturno Poems, de Francisco Bitar.
  • El ciclo de vida de los objetos de software [The Lifecycle of Software Objects], de Ted Chiang.
  • Cero K, de Don DeLillo [leer reseña].
  • Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez [leer reseña].
  • El increíble Springer, de Damián González Bertolino [leer reseña].
  • Sueños de trenes, de Denis Johnson [leer reseña].
  • La maestra rural, de Luciano Lamberti.
  • La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin [leer reseña].
  • The paper menagerie [El zoo de papel], de Ken Liu (lectura en curso, ya casi).
  • Maniobras de evasión, de Pedro Mairal.
  • Aquí, de Richard McGuire [leer reseña].
  • Después de Mao. Narrativa china actual, antología de Miguel Ángel Petrecca [leer reseña].
  • Arrugas, de Paco Roca [leer reseña].
  • 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología de de Pepe Rojo y BEF [leer reseña].

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[Ver lo mejor de 2015 | 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Cero K, de Don DeLillo

Por Martín Cristal

Meditación sobre la (in)mortalidad

don-delillo-cero-kComo en Cosmópolis —su novela llevada al cine por David Cronenberg—, Don DeLillo (Nueva York, 1936) acota en Cero K un espacio donde sus personajes puedan circunscribir su pensamiento y discutir algún aspecto de la cultura contemporánea. Esta vez ese lugar no es una lujosa limusina tecno que atraviesa Manhattan, sino un contradictorio complejo edilicio, tan minimalista como laberíntico, situado cerca de la frontera entre Kazajistán y Kirguistán. Los temas centrales no son el dinero y el poder, sino la muerte y nuestra ansiedad por trascenderla: tener (o fabricarnos) un más allá, insertar otra moneda —todas las monedas— para seguir jugando.

En ese edificio “apenas verosímil” se congelan cuerpos de personas pudientes cercanas a la muerte, hasta que la tecnología pueda despertarlos. Su aislamiento premeditado se basa en “fuentes de energía duraderas y potentes sistemas mecanizados. Muros blindados y suelos reforzados. Redundancia estructural. Seguridad antiincendios. Patrullas de seguridad por tierra y aire. Ciberdefensa elaborada”. Su diseño también busca promover una reflexión específica: “Estamos aquí para replantearnos todo lo que tenga que ver con el fin de la vida”.

Ahí llega Jeffrey Lockhart para acompañar a su padre y a la esposa de éste, una enferma terminal a punto de ser congelada (“cero K” refiere a la temperatura en grados Kelvin). Desestimada la promesa de un paraíso, se invierte en tecnología para perdurar acá: DeLillo toma este motivo de la ciencia ficción (véanse Ubik de Philip K. Dick, el relato “Quedarse atrás” de Ken Liu o el reciente episodio “San Junipero” de Black Mirror), pero es apenas el disparador para una novela que muy pronto muestra su verdadera vocación filosófica.

Esta eutanasia que deja los cuerpos en stand by, “¿es una forma horriblemente prematura de suicidio asistido? ¿O bien es un crimen metafísico que necesita ser analizado por filósofos?”. Suele decirse que una novela no está para dar respuestas, sino para hacer preguntas; DeLillo se toma ese dictum al pie de la letra y en varios pasajes de su libro, las preguntas afloran explícitas y abiertas, en cascada.

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“La tecnología se ha vuelto una fuerza de la naturaleza. No la podemos controlar. Recorre el planeta como una tormenta y no tenemos donde escondernos de ella.” —Don DeLillo, Cero K.

La preocupaciones literarias del autor se traslucen en algunas taras del narrador-protagonista: se toma su tiempo para elegirles nombres ficticios a los demás; se obsesiona con la semántica; evalúa la calidad de sus propias expresiones… Su preocupación por el lenguaje es manifiesta: “Vitrificación, criopreservación, nanotecnología. Dios bendiga el lenguaje […]. Que el lenguaje refleje la búsqueda de una serie de métodos cada vez más intrincados, hasta alcanzar los niveles subatómicos”. Una parte fundamental del pasaje helado a la vida futura es el aprendizaje de un nuevo idioma.

Cierto delay en algunas descripciones obliga al lector a remodelar lo que ya había imaginado por su cuenta. La primera parte del libro está saturada de imágenes catastróficas; en la segunda, DeLillo incrusta escenas fragmentarias del cotidiano neoyorquino, viñetas de la vida urbana con una mirada tendiente al extrañamiento, como si el autor hubiera razonado que, si se ha de discurrir sobre el rasero de la muerte, también se debiera dar cuenta de lo rara y variada que puede ser la vida.

Don DeLillo es todo gravedad; el humor queda afuera de esta novela. (¿Se puede hablar sobre la muerte con humor? Sí: los Monty Python lo hicieron). Introspectiva y seria a morir, Cero K explora en clave de literatura filosófica el mismo impulso que inspiró aquella leyenda urbana de un Walt Disney congelado: el de los millonarios que, ante la incertidumbre de la muerte, se autodepositan a plazo fijo para burlarla y algún día volver a vivir como seres “ahistóricos”, “libres de la inacción del pasado”.

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Cero K, de Don DeLillo. Seix Barral, 2016. 320 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 4 de diciembre de 2016).

El increíble Springer, de Damián González Bertolino

Por Martín Cristal

Remembranza de una amistad gigante

el-increible-springer-gonzalez-bertolino-entropia“Por ese entonces Punta del Este era un lugar muy diferente del que es ahora”. Esa época es el verano de 1957, cuando Gastón Springer se convirtió en “el increíble Springer”.

El status de creíble (de verosímil) es una de las metas de cualquier escritor de ficciones: más allá de cuán extraña o fantasiosa sea la anécdota a narrar, se busca suspender por un rato la incredulidad del lector/espectador mediante el desarrollo de una lógica interna, propia del relato en curso. En El increíble Springer, Damián González Bertolino no sólo hace creíble el cambio que (paradójicamente) volverá “increíble” al pequeño y débil Gastón —logrando que lo real se acerque a lo fantástico—, sino que además le da entidad verdadera al entorno de una niñez que no es la suya: el autor nació en Punta del Este, sí, pero en 1980.

La infancia de su nouvelle es entonces la de una generación anterior, con autos descapotables, una ciudad que todavía es un pueblo y con playas que todavía no están abarrotadas de turistas argentinos (si bien desde los médanos se puede espiar a una joven y muy deseable Mirtha Legrand en traje de baño). Lo que para su narrador es una remembranza, para el autor —quien le dedica el texto a su padre— es un ejercicio de la imaginación.

Con nostalgia ficcional, esa imaginación dicta que el hijo de un pescador, que acompaña a su padre en bicicleta para repartir la mercadería de cada día, conozca al hijo de unos inmigrantes franceses. El lazo entre ellos será el de esas amistades automáticas que surgen entre niños de seis años, y que en los adultos son más difíciles de forjar. De hecho, cuando crezcan —los dos, pero en particular Gastón Springer— esa lealtad será puesta a prueba.

El estilo tiene un aire de literatura norteamericana. Es reposado pero constante, sin apresuramientos ni dilaciones, en un tono de confidencia amable, sólido en su madurez de adulto que rememora, o que repite un relato que ya ha pulido de reflexiones innecesarias. La atmósfera de aquel pasado no se le impone al lector con detalles abrumadores, sino que lo va ganando de a poco con pinceladas impresionistas. Crece, sin prisa y sin pausa, como la mancha de sudor en la camisa de ese padre que pedalea.

el-increible-springer-gonzalez-bertolino-estuarioEl increíble Springer funciona bien como relato independiente, tal como lo reeditó el sello argentino Entropía, si bien originalmente se publicó como parte de un díptico, que mereció el Premio Nacional de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental” en 2009.

En esa edición inicial, su lado B era el relato “Threesomes”, donde Punta del Este se parece mucho más a la que conocemos —o imaginamos— los argentinos: su historia transcurre en los noventa, en el club de golf (escenario que en el relato sobre Springer también aparece, aunque de pasada). Tres mujeres juegan y un caddie las sigue; entre esas cuatro figuras construidas en tercera persona, se van destilando una decrepitud que linda con la locura, miserias sociales, hipocresías, la necesidad de cuidar las apariencias y otras preocupaciones —a veces irrisorias— de la gente de dinero o con aspiraciones de figurar.

Vale la pena asomarse también a esa versión “completa” (desde 2014 se consigue por Estuario Editora). En ella, ambos relatos se apuntalan por los cruces que generan un escenario común y dos épocas muy diferentes.

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El increíble Springer, de Damián González Bertolino. Nouvelle. Entropía, 2015. 102 páginas. (También en edición uruguaya, como díptico junto al relato “Threesomes”. Estuario Editora, 2014). Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 30 de octubre de 2016).

Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich

Por Martín Cristal

Chernóbil mon amour

svetlana-aleksievich-voces-de-chernobil-debateLa bielorrusa Svetlana Aleksiévich (URSS, 1948) usa las herramientas del periodismo para recoger testimonios valiosos, y las de la literatura para plasmarlos en narraciones corales, cuyos temas se enlazan en una crítica continua al régimen soviético. Obtuvo el Nobel de Literatura —que por lo general reciben autores de ficción—, por títulos como La guerra no tiene rostro de mujer (sobre las combatientes de la Segunda Guerra Mundial), Los muchachos del cinc (sobre la guerra de Afganistán) o el más abarcativo El fin del “Homo sovieticus”.

Entre ellos destaca Voces de Chernóbil. La autora desaparece de su propio libro para que sólo hablen los afectados por el accidente del reactor nuclear (“la mayor catástrofe de origen técnico en la historia de la humanidad”), salvo por un capítulo que sí incluye declaraciones propias, como la siguiente: “…la historia está formada por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres… ni de un solo hombre”.

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La Historia, las historias

“¿Quiere usted hechos, detalles de aquellos días? ¿O mi historia?”, pregunta un entrevistado, señalando así los dos pilares del libro: la crónica fragmentada, con datos sobre la situación general; y la subjetividad de los que padecieron el accidente y sus consecuencias.

El resultado es tan necesario como estremecedor de leer (ya el primer testimonio —el de la esposa de un bombero— es devastador). El “pacto de lectura” es el de la crónica periodística: si Voces de Chernóbil fuera ficción, la desecharíamos por encontrar demasiados golpes bajos en el relato imaginado por el autor; al asumir que los casos son reales, el verosímil queda allanado, y nuestro ánimo, predispuesto a la compasión.

¿Y si se nos dijera que es una obra de ciencia ficción? Tal vez la encontraríamos poco centrada en lo científico y con un tema muy transitado: otro (post)apocalipsis. Dice Aleksiévich: “La zona… Es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. Primero se la inventaron los escritores de ciencia ficción, pero la literatura cedió su lugar ante la realidad”. Otra voz le pide: “Enséñeme una novela fantástica sobre Chernóbil. ¡No la hay! ¡Y no la habrá!”. Una tercera confiesa: “Ya no me gusta leer ciencia ficción”.

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Las voces de la memoria

No hay spoiler posible: los hechos son públicos y ningún resumen reemplazará las voces de la experiencia. Aleksiévich conserva el registro oral: “escuchamos” hablar a hombres y mujeres: campesinos, evacuados, residentes (previos y posteriores al desastre), psicólogos, soldados, “liquidadores” (los enviados por el gobierno para clausurar la zona y evitar que las consecuencias del accidente se propaguen), profesores, cazadores, doctores, ingenieros, físicos, periodistas, fotógrafos, políticos, activistas, historiadores…

Todos ellos nos cuentan de los sacrificios impulsados por el amor —a la tierra, a la pareja o los hijos, al prójimo, a los animales— y de los crímenes contra las mismas víctimas. De agonías insoportables, de los mil modos en que la muerte fermenta en los cuerpos irradiados. De la frialdad con que un sujeto es convertido en objeto de observación científica: un fortuito pero aprovechable conejillo de indias.

Nos hablan de la mala prevención, de los errores ante la premura por controlar el accidente, de nuestro desconocimiento de la Física. De la desinformación y las amenazas promovidas por el Partido (cuando no de su propia “combinación letal de ignorancia y corporativismo”). Del secretismo de un Estado que, por no sembrar el pánico, engaña a pobladores y soldados sin brindarles medios de protección, que sus propios mandos altos sí usan. Un Estado que luego difunde la mentira de una “situación controlada” y borra documentos comprometedores.

Los castigos no alcanzan, pero muerte sobra. El hombre incluso provoca un exterminio animal (salvajes o domésticos, los animales de la zona debieron ser exterminados para que al migrar no extendieran la contaminación). Se reivindica con actos de heroísmo al lidiar con el desastre, sí, pero —como pide uno de los involucrados— “primero hay que hablar de la chapuza general y del caos, y luego de las proezas”. Sólo son inocentes los niños, mal cobijados por la soberbia y la necedad adulta.

“Los primeros días, la cuestión principal era: ‘¿Quién tiene la culpa?’. […] Luego, cuando ya nos enteramos de más cosas, empezamos a pensar: ‘¿Qué hacer?’, ‘¿Cómo salvarnos?’”

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Foto: AP Photo, mayo de 1986. Fuente: The Atlantic.

Se suceden diferentes reacciones: “‘Todo ha quedado atrás’; ‘Ya se arreglará todo de alguna manera’; ‘Han pasado diez años. Ya no hay peligro’; ‘¡Nos vamos a morir todos! ¡Pronto todos nos moriremos!’; ‘Quiero irme al extranjero’; ‘Han de ayudarnos’; ‘¡Al diablo con todo! Hay que vivir’”. Surge el humor, que también irradia negrura en medio de la tragedia. Y reflexiones filosóficas o espirituales: “Yo no temo a Dios. A mí lo que me da miedo son los hombres”.

Los poblados se afantasman tras las evacuaciones. Hay saqueos, y también gente que, a pesar de todo, regresa y se queda a vivir ahí: no tienen adonde ir, en otras partes no son nadie. Todos pasaron por la dura prueba de Job, pero sin un Dios que les restituyera nada: “No perdimos una ciudad, sino toda una vida.”

El libro tampoco se olvida del morbo: el de turistas, artistas y escritores (¿Aleksiévich incluida?). “Los periódicos y las revistas compiten entre sí para ver quién escribe algo más terrible, y estos horrores les gustan sobre todo a aquellos que no los han vivido”.

En suma, este coro canta sobre un cambio de época y sobre una nueva forma del mal, que se parece a la guerra, pero cuya fuente es invisible e inexorable. Canta de un tiempo y un espacio redefinidos: el primero ensanchado más allá de toda medida humana (porque este daño “es para miles de años”); el segundo, disminuido (porque los efectos expansivos de la radiación se difundieron por todo el planeta en cuestión de horas).

En los sucesivos testimonios hay recurrencias agobiantes, pero esa repetición cataliza una experiencia en común. Tras la última página, queda expuesta la precariedad de nuestras vidas. Pero también, por contraste, podemos vislumbrar por un instante nuestra propia felicidad, esa que (mientras no prevemos la próxima catástrofe) nos rodea sin que seamos conscientes de ella.

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Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich. No ficción. Debate, 2015 [1997]. 408 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 25 de septiembre de 2016).

Aquí, de Richard McGuire

Por Martín Cristal

Un rincón hecho de tiempo

Aqui-Richard-McGuire-TapaAquí los años son importantes, así que vamos con tres: 1957, 1989 y 2014.

Richard McGuire nació en Estados Unidos en 1957.

En 1989 publicó una historieta corta, con dibujo lineal en blanco y negro, en la revista Raw (editada por el célebre autor de Maus, Art Spiegelman). Esas seis páginas ya comunicaban la idea formal, sencilla y compleja a la vez, que McGuire había tenido para organizar una pieza narrativa secuencial.

Sin embargo —como si ya hubiera sabido que la materia de su idea era el tiempo—, el autor dejó pasar veinticinco años antes de rehacerla y ampliarla, en 2014, en la forma de un libro precioso, a color, con dibujos en distintas técnicas pero siempre ligados por el mismo concepto de su historieta original: cada doble página del libro muestra un rincón de una misma habitación, pero en distintos momentos del pasado, el presente y el futuro.

Todo el tiempo en un solo lugar. El libro se titula Aquí.

Aqui-Richard-McGuire-1957

La esquina de la habitación coincide con el lomo del libro; cada vez que lo abrimos, desplegamos el escenario esencial de un drama múltiple. El exterior del libro representa el exterior de esas mismas dos paredes.

A veces la habitación no está, porque vemos ese lugar en un pasado distante, cuando la casa aún no había sido construida; o bien porque presenciamos un futuro en el que la casa ya no existirá. Con variaciones rítmicas propias de una sinfonía, el vaivén temporal del libro nos lleva miles de años al futuro o millones al pasado, abarcando un rango temporal casi tan desmesurado como los de las obras de Olaf Stapledon.

Esos saltos se dan al pasar cada página, pero también dentro de una misma vista de la habitación, sobre la que flotan viñetas —como ventanas abiertas de Windows— que, respetando la perspectiva del fondo, le superponen a éste distintas temporalidades. Así se va solapando una percepción cuántica de la existencia.

Aqui-Richard-McGuire-1933

Elogiada por el propio Spiegelman y por el enorme Chris Ware, Aquí es una historieta fuera de serie, un reboot de la narrativa experimental modernista, un conmovedor poema visual, y también —si se me permite la brutalidad de la síntesis— una puta obra maestra, que McGuire planea trasladar a un formato de realidad virtual.

Ese living de McGuire (basado en el de la casa en la que creció) es un aleph borgeano que puede concentrar el nacimiento y la muerte de los habitantes del lugar; puede seguir el paso de un gato o demorarse en el vuelo de un pájaro que cierta vez entró sin querer por la ventana; puede acompañar a una flecha indígena que cruza los siglos sin alcanzar nunca el blanco, mientras detrás los soles salen y se ponen, y cambian la fauna, los paisajes, los electrodomésticos y la moda de los empapelados.

Aqui-Richard-McGuire-1915

Espiar en ese espacio habitable nos involucra en la condensación y dispersión de visitas, ocio, acontecimientos históricos, diálogos banales o trascendentes, fiestas, velorios, fotos familiares, juegos o mañanas de limpieza doméstica. Nos asomamos a habitaciones que son la misma pero son distintas porque están a oscuras o con las luces prendidas, vacías o repletas de obreros construyéndola, con las cajas de la mudanza o los muebles ya ordenados, con la ventana abierta o herméticamente cerradas, recién remodeladas o descascarándose, deshaciéndose, dejando su lugar a lo que las sucederá.

Hay poco texto en esta historieta —algunos globos de diálogo y, en la esquina de cada viñeta, el año que le corresponde—, por lo que su traducción, notoriamente ibérica, es una contra muy menor.

Un dato importante: Salamandra también reeditó aquellas seis páginas publicadas originalmente en Raw, en un formato modesto y con el título Aquí (1989). Es importante saberlo en caso de que se encargue el libro sin verlo antes, para que no haya confusiones en el pedido (podrían traerte esa delgada libretita encuadernada con broches, y no el libro de 304 páginas en tapa dura). Los futuros fans de esta maravilla quizás terminen queriendo las dos versiones.

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Aquí, de Richard McGuire. Historieta. Salamandra Graphic, 2015. 304 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 24 de julio de 2016).

Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (II)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futgosduro-Rojo-BEF-TapaContinúo relevando los cuentos de 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef.

En el post anterior comenté los cuentos que más me gustaron. En menor medida, también me agradaron los que siguen a continuación. [Atención: spoilers]:

Chris N. Brown, “El sol también explota” [2008]: Basado en Fiesta de Hemingway, el cuento aplica ideas de corte cyberpunk a las prácticas artísticas avanzadas. El argumento se centra en Nathaniel, un land artist —impotente y transformado en cyborg tras recibir heridas en el frente de guerra—, quien traba relación con la bioartista Elkin, “una surrealista genómica que mezcla biología hardcore con caprichos de niña  rica para crear esculturas vivas”. Elkin busca en Nathaniel algo más que una colaboración artística en igualdad de condiciones.

Cory Doctorow, “El juego de Anda” [2004]: Con una atmósfera que me recordó la de Ready Player One, de Ernest Cline, el autor explora el universo de los juegos online. El juego se convierte en algo más que eso cuando se revela un correlato entre los combates entre avatares de ese universo virtual y cierta realidad sociale oscura y desoladora. El juego pasa a tener consecuencias concretas en el mundo real, y así la protagonista experimenta un verdadero “cambio de nivel”. El título es una variación de El juego de Ender, pero el cuento es muy diferente.

Eileen Gunn, “Estrategias estables para la gerencia intermedia” [1988]: Una naturalización socialmente aceptada de La metamorfosis kafkiana, aplicada al mundo laboral contemporáneo. Los ejecutivos de una empresa se ofrecen voluntariamente para una alteración genética que les provea mutaciones animales que —según la misma compañía, que promueve los cambios— serán útiles para su futuro trabajo.

John Kessel, “El último americano” [2007]: En Masterpieces ya habíamos admirado su breve cuento “Una huida perfecta”; la expectativa era alta y Kessel sale bien parado con este cuento más largo, el más político del libro. Narra la vida de Andrew Steele, un personaje que en sus aspiraciones mesiánicas y megalómanas recuerda a algunos de Ballard. El contenido del cuento es difícil de resumir; lo memorable es la forma en que se expone: el relato es la reseña de una biografía “recreada”. Contiene citas de obras que Steele escribió en distintos momentos —como líder militar, religioso, político—, seguidas del comentario del reseñista sobre las “recreaciones en la Cognósfera” realizadas por la biógrafa, Fiona 13. Esas recreaciones virtuales nos permiten atestiguar  en primera persona algunas escenas clave de la vida de Steele.

Conney Willis, “Incluso la reina” [1992]: Un cuento futurista (y lleno de humor) en el que abuela, madre e hijas hacen una junta familiar para discutir el caso de una de éstas últimas, ausente en la reunión: tiene veintidós años y ha elegido unirse a “un grupo feminista preliberación” que propone devolver a las mujeres a las costumbres que tenían antes de la igualdad lograda mediante un implante tecnológico, el shunt. Se discuten conceptos de matriarcado y patriarcado y de pronto [spoiler!] surge el descubrimiento, por parte de las hijas, de un sobreentendido que nadie mencionaba: una de las consecuencias de dejar el shunt será volver a menstruar, proceso biológico olvidado hace tiempo, cuyas molestias ellas desconoce por completo. La abuela tiene un par de cosas que decir al respecto.

Don Webb, “Cuaderno de Tamarii” [1998]: Un cuento que participa de la tradición de aquellos relatos “antropológicos” (o “biológicos”, o incluso “xenobiológicos”) en los que se acumula el registro de las extrañas costumbres de un pueblo exótico, una especie rara o una raza extraterrestre (tradición que atraviesa todo Olaf Stapledon y se remonta por lo menos hasta Swift y Los viajes de Gulliver, y que tiene otros exponentes famosos en “Kappa” de Akutagawa o “El informe de Brodie” de Borges, entre otros cuentos).

Margaret Atwood, “Aterrizajes en casa” [1989]: La idea de referirse a una especie extrañando sus características, de manera que sospechemos que se trata de nosotros mismos pero vistos de otro modo, la sentí un poco transitada (por ejemplo, nada menos que por Kurt Vonnegut). Este cuento era lo primero que leía de Atwood y, sin que me haya disgustado, me resultó un tanto simplón.

Kij Johnson, “Spar” [2009]: Un cuento de sexo con aliens. Ni más ni menos. Empieza así: “En el pequeño salvavidas, ella y el alienígena cogían sin detenerse, sin cesar”… y sin espacio para otra cosa.

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Godzilla in a scene from the film 'Godzilla VS. The Smog Monster', 1971. Toho/Getty Images

La variedad es la impronta de una antología como ésta; por ende sería difícil (y hasta sospechoso) que un lector gustara de todos los cuentos, incluso de la mayoría. En mi caso, tras la lectura creo reconocer que es la idea que vertebra cada relato lo que me seduce primero en aquéllos que terminan gustándome más; pero también, casi enseguida, la capacidad de cada autor para trascender esa idea, para no quedarse estancados en su mero lucimiento e ir más allá, desnudando la complejidad de las relaciones humanas —afectadas por todas las implicancias de esa idea disparadora— al punto de conseguir mi emoción como lector. Los que logran todo eso son los que más me gustan.

En cambio, resultaron lejanos a mis intereses los cuentos que ensayan variaciones de personajes-ícono, autores o motivos conocidos, como por ejemplo el de Joe R. Lansdale, “El programa en doce pasos de Godzilla” [1994], casi un chiste sobre el famoso monstruo japonés; el de Will Clarke, “El orfanato pentecostal para niños voladores” [2008], una parodia del mundo de los superhéroes en un pueblito tipo Smallville; o, en un tono completamente distinto, el de Rudi Rucker, “Rutinas de Tánger” [2012], que busca remedar el estilo de William Burroughs (del que no soy muy fan). Las excepciones al respecto fueron las reescrituras mencionadas de Shepard y Brown.

También me resultaron refractarios los que centran su idea en juegos del lenguaje más que en la idea o la trama (Catherynne M. Valente y su autorreferente “13 maneras de observar el espacio/tiempo” [2010]; o el de Christopher Rowe, “El estado voluntario” [1992]). Y directamente no soporté el reencuentro con la densa jerga cyberpunk de “Mente distribuida” [1995], de Paul di Filippo, autor al que ya había leído en Mirroshades; éste y el de Rucker fueron los únicos cuentos que directamente abandoné. El breve cuento de Charlie Jane Anders (“La última persona joven del mundo escribe sus memorias” [2007]) tampoco me resultó especialmente atractivo o interesante.

Cierra el libro el cuento más reciente, del antólogo de Mirrorshades, Bruce Sterling: “Antes y después de México” [2013]. Tiene la virtud de intentar algo diferente, que se sale del espectro temático/ambiental esperable para uno de los padrinos del cyberpunk. Sterling lleva su relato cerca del indigenismo postapocalítico de Plop —la novela de Rafael Pinedo—, salvo que no es tan extremo como el autor argentino en su presentación de las costumbres y de la aridez del paisaje. Escapar de los encasillamientos es algo que siempre me parece loable, pero a este cuento de Sterling lo sentí largo, basado más en el ambiente que en una idea realmente estimulante o atractiva.

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Más allá de la consideración de cada cuento, siempre muy personal, esta bella edición de Almadía (apenas opacada por algunas erratas) me resultó de gran provecho para actualizar la paleta temática y de recursos formales que el género es capaz de exponer hoy.

También confirmó la percepción —que ya tenía gracias a Gibson y Ballard, amén de una serie televisiva como Black Mirror— de que el “futuro” de la ciencia ficción se ha aproximado a nosotros, que el género hoy tiende a interesarse más en la exploración del futuro cercano, un “casi presente” alterado por el frenesí de los cambios tecnológicos. Los siguientes veinticinco minutos hoy nos importan más que los próximos mil años.

Finalmente, el libro me aportó los nombres de algunos autores que hoy tengo interés en seguir leyendo, como Bacigalupi, Saunders, Shepard o Liu, a quien ya venía explorando.

Antología: 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. (I)

Por Martín Cristal

25-minutos-en-el-futuro-Rojo-BEF-SobrecubiertaTras haber relevado un panorama temporal amplio de la ciencia ficción con la lectura de la antología Masterpieces —la cual trae cuentos de la década de 1930 a la de 2000—, y después de recorrer otro específico de la vertiente cyberpunk como el de la famosa antología Mirroshades, me interesó mucho la actualización propuesta por 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología a cargo de los mexicanos Pepe Rojo y Bernardo Fernández (alias Bef).

El libro ofrece relatos de ciencia ficción de Estados Unidos y Canadá publicados en los últimos veinticinco años. Salió en 2013 y nunca me crucé con él en las librerías locales, aunque este año tuve la suerte de encontrarlo en la Feria del Libro de Buenos Aires (a precio de oro en el stand del distribuidor de Almadía en Argentina).

Sin contar a “un par de autores que fue imposible convocar”, y a otros muy difundidos en castellano —William Gibson, Kim Stanley Robinson— que los antologadores eligieron dejar fuera para darles espacio a autores menos conocidos, el volumen reúne veinticinco historias muy eclécticas, incluso cuando todas pueden ser contenidas por la etiqueta “ciencia ficción”, lo cual demuestra la amplitud que puede alcanzar el perímetro genérico.

Los relatos fueron traducidos por Rojo y Bef, y también por Alberto Chimal, Gerardo Sifuentes y Alberto Calvo. La traducción está pensada sobre todo para los lectores mexicanos. Al respecto, dicen los antologadores: “Si el libro cae en las manos de lectores de otros países hispanoparlantes, les pedimos una disculpa por el saborcillo local, pero era parte de la misión”. El que avisa no es traidor, y si bien ese “saborcillo” se percibe ya desde ese mismo diminutivo, nunca interfiere negativamente en la lectura.

 

Los cuentos

De los relatos seleccionados en estas 736 páginas, sólo conocía dos: el brillante “La historia de tu vida”, de Ted Chiang (que había leído en el extraordinario libro homónimo, la única colección de relatos de Chiang hasta la fecha); y la cruza fantástico-cheeveriana “Los osos descubren el fuego”, de Terry Bisson (que mencionamos al comentar la “generación mediática” en Masterpieces). Me quedaban veintitrés relatos para descubrir y disfrutar.

[Atención: spoilers]

Los que más me gustaron fueron los siguientes:

Paolo Bacigalupi, “El apostador” [2008]: Si el mundo de la televisión alcanzó en menos de cien años de existencia la histeria de los ratings minuto a minuto, el mundo de internet, con todas las herramientas de medición instantánea de las que dispone, llegó mucho más allá en menos tiempo. Bacigalupi extrema esa obsesión corporativa por la cacería de clics mediante esta historia en la que un inmigrante del sudeste asiático trabaja generando contenidos para una compañía norteamericana de noticias en la red. La visualización en directo del tráfico digital se combina con el eterno dilema entre la popularidad de los contenidos y su calidad (es decir, con la discusión sobre su relevancia).

La competencia es feroz y exige una tasa de viralización y masificación que algunos contenidos de calidad no podrán alcanzar por muy buenos que sean; la decisión de seguir publicándolos termina siendo de orden político. El protagonista del cuento puede darse cuenta de esto gracias a que lo ve todo con la distancia del que no pertenece a la sociedad con la que ahora convive; él contrasta sus decisiones con los valores heredados de su padre en su tierra de origen: Laos. El personaje está muy bien construido, y el final del cuento resulta conmovedor.

ADN

Greg Bear, “Música en la sangre” [1983]: Es el único cuento de la antología que escapa al rango temporal 1988-2013 predefinido por los antologadores; resulta curioso que sea el primero del libro, porque así el volumen arranca con una excepción. Rojo y Bef afirman en el prólogo que “la importancia del cuento justifica la decisión”. Tras la lectura no se puede más que agradecer la licencia: el de Bear es sin duda uno de los mejores cuentos del volumen. En el relato, la nanotecnología se presenta tan desarrollada que es capaz de interactuar dentro del cuerpo humano, con su ADN, para así transformar al hombre. Por otros medios, el cuento llega a la misma pregunta-conclusión que Soy leyenda de Richard Matheson: esta mutación, ¿implica la destrucción de la raza humana o sólo su evolución en otra cosa?

George Saunders, “93390” [2000]: Un cuento escrito con la fría objetividad de un informe acerca de “un estudio de toxicidad aguda de diez días”, cuyos sujetos son veinte monos; se los observa mientras se los somete a un envenenamiento controlado. Con el lenguaje frío y objetivo de la ciencia, Saunders consigue desnudar el nivel de crueldad que el ansia de conocimiento puede alcanzar en lo referido al uso de animales vivos en experimentos. A un tiempo, este breve relato eriza la piel y lleva a reflexionar sobre el tema.

Ken Liu, “Los algoritmos del amor” [2004]: Descubrí a este autor muy poco antes, en otra antología —Terra Nova—, y ya estoy encantado leyendo su primera colección de relatos, publicada en 2016: The Paper Menagerie. Liu no incluyó “Los algoritmos del amor” en dicha colección, y en efecto puede que éste no sea uno de sus mejores cuentos; sin embargo, destaca en el conjunto de los veinticinco seleccionados aquí.

Elena hace carrera en el diseño de muñecas animadas, autómatas capaces de interactuar con los humanos. La ilusión de inteligencia es cada vez mayor, Elena hace sus muñecas cada vez más sofisticadas. Cuando la tragedia llegue a las vidas de Elena y su pareja, Brad, ellos harán uso de esos conocimientos tecnológicos para sobrellevarla. El precio a pagar por Elena es que todos sus avances en inteligencia artificial ponen en cuestión la inteligencia humana y la realidad de las interacciones sociales.

A juzgar por éste y otros cuentos que llevo leídos de Liu, la marca del autor parece ser la combinación de buenas ideas con el don de lograr la emoción del lector.

Lucius Shepard, “Kirikh’quru Krokundor” (2009): Shepard falleció en 2014 y hasta aquí no había leído nada de él (sí sobre él: precisamente la necrológica de Martín Pérez en Página/12). Rojo y Bef informan que este cuento se publicó originalmente en una antología por el bicentenario de Edgar Allan Poe; como los demás relatos de aquel libro, el de Shepard es una reelaboración de un cuento de Poe (en su caso “El dominio de Arnheim”).

En el relato, un grupo de académicos y estudiantes va a explorar Saint Gotthard, un asentamiento “establecido en 1863 en un valle andino en Venezuela por una secta morava disidente que hasta entonces tenía su sede en Suiza”. El motivo del viaje es realizar una investigación sobre esta secta, que de pie a un futuro libro a medio camino entre lo académico y lo sensacionalista.

Este largo relato impone un ritmo de novela corta. Tras la presentación de los personajes y los motivos del viaje, llegamos a las ruinas del aislado y solitario asentamiento: su atmósfera de misterio es vívida, muy bien lograda, tanto en el paisaje —cuyas descripciones son fundamentales— como en lo referido a la tensión creciente entre los exploradores, que perciben que algo en el lugar los amenaza e influye fuertemente en sus pulsiones sexuales.

Jeff VanderMeer, “Variaciones de la cabra” [2009]: Notable explotación de las posibilidades cuánticas de un acontecimiento como el atentado a las Torres Gemelas en 2001. La visita del presidente de los Estados Unidos a una escuela parece, en principio, un calco del momento en que George W. Bush fuera informado sobre el ataque (momento que Michael Moore inmortalizara en Fahrenheit 9/11), salvo que aquí las cosas son aún más complejas: una máquina del tiempo le ha permitido al presidente revisitar variaciones del mismo momento una y otra vez en forma superpuesta, otorgándole así distintos matices a la tragedia, y un peso agobiador a sus variantes.

Nancy Kress, “Margen de error” [1994]: Breve y efectivo. Karen es una madre ocupada con sus hijos pequeños. Una noche viene a hacerle una consulta profesional Paula, su hermana y ex colega de un proyecto de ingeniería genética. Algo no anda bien en el proyecto, y Paula viene a pedir ayuda. Pero Karen dejó de trabajar ahí hace años, cuando se convirtió en madre; fue apartada del proyecto por maniobras de la propia Paula. Surgen viejos resentimientos y se va afilando una revancha en curso.

[Continuará en el siguiente post].

Borges y la evolución de los escritores

Por Martín Cristal

Brian-Boru-en-la-Batalla-de-Clontarf
Brian Boru en la batalla de Clontarf
(grabado en el
Pictorial Times. Londres, 1845).
Fuente: website del Trinity College Dublin.

En “El espejo y la máscara” —cuento de El libro de arena (1975)—, entreveo una posible evolución que Borges sugeriría para el trabajo de un escritor (o de cualquier artista).

En el cuento, el rey de Irlanda, vencedor en la batalla de Clontarf, le encomienda a un poeta la oda correspondiente. El poeta se declara apto para la tarea y trabaja durante un año. Su poema resulta técnicamente correcto, pero no emociona a nadie. El rey le regala un espejo de plata por sus esfuerzos y le pide otra versión.

Al año llega la segunda versión, más breve, extraña, iconoclasta: “supera todo lo anterior y también lo aniquila”. Innova, introduce variantes, técnicas y reglas propias. El rey cree que los ignorantes no la comprenderán, aunque sí los doctos (que son menos). Le regala al poeta una máscara de oro, y le pide una versión más.

Pasa otro año. El poeta, demacrado, vuelve ante el rey; su nuevo poema tiene una sola línea. La intolerable maravilla de ese verso demuda a ambos. El regalo real para tan magnífica obra es una daga. El poeta comprende y se suicida. El rey se hace mendigo y se pierde, porque, como él mismo explica, el pecado de ambos fue “haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo”.
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Los tres escalones

Según leo en el cuento, serían entonces tres los escalones en el trabajo de un escritor. Primero el estudio, el dominio de la técnica. Algo que —ya conseguido, o incluso antes de conseguirse— se revelaría como insuficiente.

No se pueden cambiar reglas que se desconocen: sólo con la técnica adquirida y superada, el escritor podría entrar en la fase de experimentación y soltarse, probar formas novedosas y estrategias propias para transitar por caminos más personales.

Y recién entonces —como decantación, o como síntesis de las etapas anteriores— podría aspirar a una belleza genuina. En el cuento, la belleza es algo objetivo —un trofeo incandescente que no se puede ni mirar— y no algo subjetivo, variable según el corazón de cada lector. Sólo se podría aspirar a “una” belleza parcial, jamás lograr “la” Belleza. Ésta sólo es una guía. Como ideal, estaría reservado para la divinidad.

Los defectos que el rey señala en las dos versiones rechazadas del poema —no lograr la emoción ni una comprensión mayoritaria—, se deducen (por contraste) subsanados en la versión final aceptada. Una obra bella, entonces, sí provoca emoción en los lectores; y éstos, a su vez, se sienten capaces de comprenderla, si no racionalmente, al menos de forma intuitiva a través de esa misma emoción.
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Símbolos de regalo

Los obsequios del rey pueden interpretarse simbólicamente como “atributos” que el escritor se gana al ejercer su oficio. La reflexión y el necesario autoconocimiento para la vida artística podrían amalgamarse en ese espejo.

La máscara podría simbolizar la habilidad con que el escritor oculta y revela, a la vez, su verdadera persona dentro de sus obras. La invención de ficciones y la representación teatral son quizás las disciplinas artísticas en las que esa máscara resulta más necesaria. Según la etimología, persōna viene del latín, “máscara” (de actor, de personaje teatral). Así, una máscara puede ocultar a una persona, pero toda persona también es una máscara. Cuando los lectores de una novela se preguntan “¿será autobiográfica?”, y no saben qué responderse, es que el autor ha usado bien sus máscaras.

Finalmente, en la daga —omitida por Borges en el título para realzar el desenlace— se condensa el compromiso del artista con la propia obra. La entrega total: el artista da la vida, es capaz de aniquilarse por lo que su obra produce (o no produce) en los demás y sobre sí mismo.
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El cuento de Borges aplicado a él mismo

¿Es verificable esta evolución en todos los escritores? Seguramente no. ¿Y en el propio Borges?

Su robusta formación autodidacta se verifica en sus lecturas tempranas (en castellano e inglés); en el influjo de la biblioteca paterna; en su educación en Europa, donde sumó el francés y el alemán; en las reuniones sevillanas con los poetas ultraístas, y con Cansinos-Asséns en Madrid… En suma, en todo el bagaje que reunió previo a la autoedición de Fervor de Buenos Aires (1923). Podría argumentarse que esa etapa formativa se extiende incluso durante unos diez años más.

La experimentación formal es lo que no estaría tan presente en Borges, siempre afín al clasicismo. En El otro, el mismo (1964), declara: “Los idiomas del hombre son tradiciones que entrañan algo de fatal. Los experimentos individuales son, de hecho, mínimos […]. Alguna vez me atrajo la tentación de trasladar al castellano la música del inglés o del alemán; si hubiera ejecutado esa aventura, acaso imposible, yo sería un gran poeta […]. No pasé de algún borrador urdido con palabras de pocas sílabas, que juiciosamente destruí”.

En ese mismo prólogo, Borges resume otro proceso de maduración que, creo, develaría un aspecto central en la consecución de la ansiada belleza. Dice ahí que el escritor “al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”. A esa complejidad y a la belleza, los astros sí les fueron favorables en muchas de las obras que Borges nos ha legado.

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Versión completa del artículo publicado en “Número Cero”, suplemento de cultura de La Voz (Córdoba, 12 de junio de 2016).