Cameron, de Hernán Ronsino

Por Martín Cristal

La voz de un viejo cuchillo

En una entrevista que le hice en 2013, Hernán Ronsino ya lo anunciaba: la novela que seguiría a las tres que ya había publicado —La descomposición, Glaxo y Lumbre, las cuales comparten personajes y una clara unidad de lugar— escaparía de ese “ciclo pampeano”. “Mi próxima novela”, decía, “tiene la intención de abrir una búsqueda distinta. Ésa es la idea. Aunque, después, uno se da cuenta que escribe siempre alrededor de los mismos temas”.

En Cameron, Ronsino (Chivilcoy, 1975) despunta esa intención y, a la vez, patentiza su propia advertencia sobre las repeticiones temáticas.

Distinta, sí, pero no radicalmente distinta, esta nouvelle propone el monólogo de Julio Cameron, las rutinas y sorpresas de su vejez en una ciudad ficcional. En su relato y en las infidencias de su inconsciente, se entrevé un pasado lleno de iniquidades.

Lo nuevo es que esa ciudad de fondo ya no es Chivilcoy. Sin nombrarse, al principio parece europea (influye el dato de que Ronsino terminó Cameron en Suiza, en una residencia para escritores). Sin embargo, la toponimia del lugar se enrarece hasta un cosmopolitismo que lo vuelve ilocalizable. ¿Austria, Alemania, la Patagonia?

Lo recurrente es cómo emergen, en la aparente tranquilidad de la trama, ciertos crímenes imbricados con los vaivenes de la Historia (la indefinición geográfica impide aseverar que sea la historia argentina, pero se le parece).

“Descubrir una idea, cristalizada o sostenida por un buen ritmo, me despierta el deseo furioso de contar”, dice Cameron; uno sospecha que es el autor quien así cuela su propia concepción del oficio narrativo. Para Ronsino el ritmo es fundamental. Son pocas las oraciones largas (o incluso las subordinadas) que se intercalan en su habitual corriente de oraciones breves, unimembres. Salvo alguna excepción no tan lograda, a Ronsino ese ritmo le funciona bien: le provee fluidez, mientras apuntala un estilo propio.

El inconsciente de Cameron se abre a lo inconfesable con la ingesta de pastillas. Los delirios o sueños —que en otros autores no aportan mucho a la trama— en esta nouvelle son centrales: señalan, con plasticidad, un pasado y una culpa. En ellos también reaparece un personaje anterior: Pajarito Lernú (cuya muerte era el disparador de Lumbre). Transfigurado, casi que aquí sólo presta su nombre a una figura difusa, sin conexión con el Lernú de las novelas anteriores. Este non sequitur —apenas validado por el onirismo de esas escenas— puede resultarle caprichoso al lector que venga siguiendo la obra de Ronsino.

Por internet circula una viñeta, firmada por Eneko, que dice: “La herida quiere que se recuerde” (aquello que la provocó); y enseguida, “El cuchillo quiere que se olvide” (que esa cicatriz la hizo él). Una dialéctica que liga a criminales y víctimas, al binomio “olvido-impunidad” con la dupla “memoria-castigo”. En Cameron, Ronsino ha elegido narrar con la  voz de un viejo cuchillo: Julio Cameron también “es de esos que quieren, de una vez por todas, dar vuelta la página de la historia y seguir adelante, mirar hacia el futuro y no hacia el pasado”. Y no por la sana filosofía spinetteana de que “mañana es mejor”, sino por pura conveniencia personal.

_________

Cameron, de Hernán Ronsino. Novela breve. Eterna Cadencia, 2018. 80 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 26 de agosto de 2018).