August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser

Por Martín Cristal

Instrumentos de precisión fantástica

Steven-Millhauser

Puede que hoy sea más rápido ubicar a Steven Millhauser (Nueva York, 1943) por ser el autor del relato en el que se basó la película El ilusionista que por trabajos anteriores como su novela Martin Dressler —ganadora del Pulitzer— o el tríptico Pequeños reinos (ambos libros publicados en castellano por la editorial Andrés Bello). Si se lo busca actualmente por las librerías argentinas, pueden encontrarse al menos dos obras más: la novela breve August Eschenburg (Interzona, 2005) y los cuentos de Risas peligrosas (Circe, 2010).

Steven-Millhauser-August-Eschenburg Millhauser sitúa muchas de sus historias en el salto del siglo XIX al XX. El fervor cientificista y los recursos técnicos de esa época le permiten imaginar toda clase de invenciones de corte steampunk (como se le llama a la corriente de la ciencia ficción cuyo imaginario se despliega desde esa “era del vapor”). August Eschenburg, por ejemplo, es la historia de un alemán de esos años que sobresale por la construcción de muñecos mecánicos, autómatas capaces de movimientos cada vez más delicados. Su habilidad sorprende al público,
al menos mientras éste no se distrae con las otras novedades que ofrece la época. Con bella precisión, Millhauser nos hace meditar sobre las diferencias entre arte y artesanía, sobre lo efímero del interés social dispensado a ciertas prácticas, sobre el gusto estético como una construcción colectiva y mutante, prisionera de su tiempo, y también sobre la amenaza permanente del fracaso y el sinsentido vital. El libro integra la colección Línea C, dirigida por Marcelo Cohen, quien también se ocupó de traducirlo.

Steven-Millhauser-Risas-PeligrosasSi bien es más reciente, Risas peligrosas quizás sea más difícil de conseguir. Abre con “El ratón y el gato”, un cuento muy distinto del resto; en él, Millhauser le inyecta un hálito reflexivo a las habituales rencillas entre Tom y Jerry. La Parte II, “Actos de desaparición”, reúne cuatro historias que transcurren en la actualidad. La más memorable es “La desaparición de Elaine Coleman”. Apartado del triste y ominoso sentido histórico que la palabra “desaparición” tiene en la Argentina, el cuento propone que la presencia de los otros es una construcción de la que todos somos responsables: nuestra pertinaz indiferencia podría erosionar la existencia de una persona. También se destacan el cuento que titula al conjunto, donde la potencia de la risa es explorada como una moda pasajera entre adolescentes, y el impecable “Historia de un trastorno”, que desnuda lo inútil del lenguaje para dar cuenta de la profunda vastedad de lo real, un poco como lo hacía el Funes borgeano.

Borges y también Calvino sobrevuelan la Parte III, “Arquitecturas imposibles”. La pueblan los extremos de lo enorme (cúpulas que cubren ciudades enteras, o torres babélicas construidas por varias generaciones de obreros)[*] y de lo pequeño (las obras infinitesimales del maestro miniaturista de un antiguo reino, o los ínfimos detalles que cuidan unos “duplicadores” que, a diario, reproducen los cambios de una ciudad entera en otra cercana e idéntica).

La última parte, “Historias heréticas”, vuelve al siglo XIX y a personajes como Eschenburg: miembros de una Sociedad Histórica que intentan conservar cada bagatela del presente en aras de su futuro estudio; un precursor del cine que no consigue el movimiento mediante la fotografía, sino con la pintura; un grupo de científicos que intenta perfeccionar una máquina que reproduzca hasta las sensaciones táctiles más finas…

Es el amor por los detalles lo que caracteriza la prosa de Steven Millhauser. Esa atención por lo preciso y lo exacto incluso se vuelve su tema en aquellos relatos donde los personajes destilan una obsesión similar por la minucia trabajada y pulida hasta la locura, aunque luego descubran que sus empresas conducen a callejones sin salida.

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Risas peligrosas, de Steven Millhauser. Relatos. Circe, 2010. 288 páginas. | August Eschenburg, de Steven Millhauser. Nouvelle. Interzona (Línea C), 2005. 98 páginas. | Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de junio de 2013).

 

[*] Este cuento, “La torre”, nos recordó inevitablemente a otro cuento de Ted Chiang, “La torre de Babilonia” , el cual preferimos sobre el de Millhauser.

Plop, de Rafael Pinedo

Por Martín Cristal

Recuerdos de un mundo peor

“No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la Cuarta: con piedras y palos”. La advertencia de Einstein condensa el espíritu de aquella ciencia ficción que imagina cómo sería vivir en un mundo en el que la gran hecatombe ya ha ocurrido, para así dejarle paso al relato de sus secuelas. Son las llamadas ficciones postapocalípticas.

Plop, la novela breve de Rafael Pinedo (Buenos Aires, 1954-2006), esboza con trazos duros y certeros un baldío postapocalíptico de una desolación tal que, a su lado, el mundo de Mad Max todavía parece tecnificado y floreciente. A pesar del primitivismo que domina el libro, hay indicios que nos muestran que estamos en el futuro y no en un pasado remoto: no son los metales —que en los universos pseudomedievales del fantasy también existen—, sino otros desperdicios industriales dispersos en el paisaje los que aportan pistas de una tecnificación pretérita. Vidrios y cemento, sí, pero sobre todo los plásticos (tan siglo XX). También hay, diseminados, viejos aparatos inservibles “que nadie sabe para qué son, o fueron”.

Así, podría decirse que la de Plop es una “ciencia ficción pobre” (un concepto muy atendible para elaborar ficciones especulativas en un contexto latinoamericano). No “pobre” por los recursos expresivos de Pinedo —muy medidos pero potentes—, sino por la pobreza intrínseca de sus personajes, condenados a la supervivencia más áspera en un páramo interminable.

En esa tierra baldía nace un bebé bautizado Plop. Su nombre no tiene relación con los desmayos de Condorito; la onomatopeya marca a quien fuera parido en el barro. Lo criará “la vieja Goro” (que arbitrariamente leímos como una referencia —¿cariñosa o irónica?— a Angélica Gorodischer). Goro es la única del grupo que sabe leer, y por eso esperamos de ella alguna revelación. Sin embargo, nada se nos dice de la catástrofe que pudo haber llevado a esta parte del mundo —¿la pampa argentina?— a semejante desintegración.

Seguimos las memorias del protagonista en capítulos breves que nos muestran cómo ha sido vivir bajo las leyes de una tribu ferozmente estratificada. Una organización férrea y violenta, con rituales y tabúes, cuya finalidad es la supervivencia de la mayor parte del grupo.

Para Plop, esa pirámide social será una tentadora cuesta que trepar: la novela antropológica de Pinedo se va inclinando hacia el tópico de la soledad del poder. Sanguinaria y cruel, despojada y dura como la prosa de Pinedo: así es la vida que Plop recuerda en una serie de precisos flashbacks.

(Sólo una cosa no cierra del todo: ¿por qué el castigo final del protagonista —anticipado desde la primera página— es tan elaborado y trabajoso en comparación con otros —no menos efectivos— que son más frecuentes y sencillos en la tribu? “…Recicle, pira, aguja, despellejamiento, degüello o qué”, proponía Plop en otra parte como menú para castigar a cierto vigía que no cumplió bien su tarea [p. 99]. Quizás Pinedo pensó que ese tipo de castigo es el que procede en una sociedad así para quien abusó de una jerarquía máxima obtenida por la fuerza…).

Plop obtuvo el premio Casa de las Américas en 2002. Pinedo murió poco después. Dejó dos novelas más con que es posible completar el diorama desolado de su imaginación: se titulan Frío y Subte, ambas de reciente aparición en España.

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Plop, de Rafael Pinedo. Novela. Interzona (Línea C), 2004. 144 páginas. Con una versión algo más corta del presente texto, recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 1º de noviembre de 2012).

El azogue, de China Miéville

Por Martín Cristal

Como tema y como símbolo, el espejo resulta bastante frecuentado en la literatura fantástica. Lejos de hacerlo todo más fácil, elegir ese tema y ese símbolo propone un desafío mayor, porque si no se logra hacer algo meritorio, los lectores más experimentados sentirán el hastío de lo repetido. Y “lo repetido”, en materia de espejos, es lo peor que te puede pasar.

Resulta meritorio entonces lo que logra China Miéville en su novela corta El azogue. Miéville (Londres, 1972) reconoce la herencia de Borges con una cita de El libro de los seres imaginarios; toma el tema y los rasgos de esa cita y homenajea al autor argentino con altura, actualizando su legado. El plan de Miéville (que es un varón, aunque el nombre de “China” pueda hacernos pensar otra cosa) es tomar el elemento fantástico de los espejos y aplicarlo a una visión postapocalíptica. Fantasía, ciencia ficción y terror en partes iguales.

En las primeras páginas, Londres aparece devastada por una guerra insólita. El ejército británico está desbandado. No hay gobierno en el país. Scholl es un sobreviviente que zafa como puede en esa ciudad donde el Támesis no ofrece ningún reflejo; tampoco los charcos en las calles, ni los metales, ni los espejos. Sucede que la guerra no es contra otros hombres, sino contra los Imagos: criaturas que, durante siglos, han vivido oprimidas del otro lado de todas las superficies reflectantes, esclavas de nuestros caprichos. Por fin se han rebelado, escapando del azogue de los espejos, para volcar todo su odio acumulado sobre la raza humana.

La prosa de Miéville y la traducción de Marcelo Cohen son excelentes. El estilo es una de las fuentes de placer de El azogue, en especial en las partes del relato en primera persona. En esas partes no narra Scholl —las acciones de Scholl se cuentan en tercera, lo cual le sirve a Miéville para ocultarnos cierta información—, sino uno de los otros: es uno de los “vampiros”, como llaman los humanos despectivamente al enemigo (sin que el linaje de Drácula tenga nada que ver con esta historia, más que en un punto de contacto: el del reflejo siempre ausente para los unos y el otro).

Como corresponde a una narración en espejo, los dos narradores presentan recorridos inversos: Scholl atravesará la ciudad hacia el sur, en una misión que él espera pueda poner fin a la guerra; el “vampiro”, irá rumbo al norte, hacia las afueras de Londres, en busca de una salida que lo acerque a sí mismo.

La primera mitad del libro —el planteo— es genial; la segunda decae (¿otra inversión en espejo?). No porque la prosa empeore, para nada, sino en lo estrictamente argumental. [Atención: a continuación vienen algunos spoilers].

Desilusiona por ejemplo la indefinición de Miéville acerca de algunos interrogantes que los personajes se plantean con insistencia. (Algo en el truco de presentar un misterio como motor de lectura pero sin preocuparse de si se podrá o no resolverlo aceptablemente, nos hace sonreír y recordar a Lost). O, si se entiende que sí se da una explicación, ésta resulta pobre. Del enigma de Scholl —sintetizado en la pregunta “por qué [los vampiros] no me tocan”— no se desprende, necesariamente, la conclusión de “no lo hacen porque soy un elegido”. Podés ser un factor alergénico, o un apestado. Scholl debe tener enormes delirios de grandeza al permitirse, en semejante situación de desventaja global, un non sequitur así.  Además, incluso concediendo que sea “un elegido”, Miéville no da pistas de por qué tendría que ser justamente él, y no cualquier otra persona. Que sea “un elegido” por azar no resulta muy interesante o atractivo.
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Por otro lado, también surgió una molestia adicional:

Hay una conocida estrategia, común en los cuentos chinos o japoneses: ante un dilema, el/la protagonista hace exactamente lo opuesto a lo que se espera de él (fulano vuelve vencedor de una batalla pero ya en casa se suicida, mengana prefiere casarse con un hombre despreciable en vez de elegir al que verdaderamente ama, etcétera). Esto es tan frecuente en esos cuentos que el placer no reside ya en adivinar qué hará el personaje (ya sabemos que elegirá lo contrario de lo que elegiría nuestra mentalidad occidental); el placer está, en cambio, en comprender los motivos íntimos para esa extraña elección. Por supuesto, dichos motivos no pueden ser caprichosos, torpes o alambicados: tienen que ofrecer una sorpresa lógica o un goce poético que los justifique.

El final de El azogue juega con las expectativas aprendidas de los lectores. Miéville sabe que los lectores esperarán el éxito o el fracaso de ese plan que Scholl dice tener para terminar la guerra, plan que se calla durante casi toda la narración. Entonces, el autor opta por la salida oriental: les da algo distinto, una opción que va en el sentido contrario de lo esperable… y enseguida intenta cautivarlos con esa nueva salida.

El problema es que, además de querer saber el resultado de la aventura, el lector sigue adelante porque —como en los cuentos orientales— también quiere que ese plan secreto lo sorprenda positivamente. Es verdad que el desenlace de Miéville resulta inesperado; lo que no esperábamos era que a la vez tendiera a la decepción. Miéville evita las alternativas comunes, lo cual es loable, pero el plan de Scholl resulta menos que un plan; la salida es plausible, pero desilusiona (al menos a mí).

Además, terminando así su libro, Miéville abandona la historia en un punto en el que el horizonte del futuro inmediato de Londres y el mundo se abre a demasiadas preguntas (en especial a una, insoslayable). Cuestiones que quedarán sin contestar. Que queden interrogantes retumbando en la cabeza del lector no es malo, pero en este caso, ese punto final puede percibirse como una comodidad o un apresuramiento del autor. Las consecuencias del plan de Scholl quedan fuera del relato, incluidas las más inmediatas y urgentes.

Como sea, estas sensaciones personales sobre el final del texto no lo demeritan ni me alejan de querer probar en el futuro otras obras de Miéville, en parte por el manejo hábil del escenario inicial, pero sobre todo por la calidad y la intensidad de la prosa.

Interrupciones cotidianas

Por Martín Cristal

En casa tengo empezada Contraluz. Ya leí unas 150 de sus 1300 páginas. Esa novela sólo puedo leerla en casa: el libro es un ladrillo intransportable. (Osteópata, revisándome la espalda: “¿Hace algún tipo de actividad física?”. Yo: “Sí, estoy leyendo a Thomas Pynchon”).

Para el morral reservo libros más delgados: por ejemplo, Esta historia, de Alessandro Baricco. Me lo regaló mi hermana y es ligero en todo sentido. Refrescante y liviano. (Al hecho de que hay libros que da para llevarlos en la mochila y otros que no, ya lo habíamos comentado).

Mi “sintaxis” de lectura, entonces, podría ser

Pynch[Baricco]on

Diez años atrás no hubiera podido —ni me hubiera permitido— leer de esta forma. Pero hoy estas “subrutinas” me resultan bastante frecuentes. A veces claro, esto no es más que una excusa para inconclusiones del tipo

Pynch[Baricco]… [otros autores]

A principios de diciembre, fui al centro a cortarme el pelo. Tenía que caminar diez cuadras y no tenía apuro. Entonces, lo de siempre: “¿qué habrá de nuevo en las librerías?”. (Las librerías más importantes de Córdoba se encuentran en un conveniente cuadrado de tres por tres manzanas).

Así que, de camino a lo del peluquero, hice el tour por las librerías. Pero sucede que me avergüenza comprar libros con más rapidez de lo que puedo leerlos (releer a Monterroso y su cuento “Cómo me deshice de quinientos libros”). Cuando me descubro a punto de hacer eso, me freno: entonces miro vidrieras, pero no entro. Lo que sí me permito es pasar por las librerías de usados: el hallazgo de una oportunidad que no hay que dejar escapar justifica la compra más allá de mis eventuales sentimientos de culpa por mi acumulación burguesa.

Entré en Macao y no paré hasta descubrir esa oferta corleonesca que no podía rechazar: Inolvidables veladas, de Marcelo Cohen. Un Minotauro en tapa dura, editado en Barcelona, por sólo $15 (unos 3,75 dólares). Una ganga. Por supuesto, al salir de la librería, en vez de seguir a lo del peluquero, me desvié a un café para leerlo.

Hacía calor, así que elegí un café que tiene sus mesas afuera, en la nueva zona peatonal de Caseros. Y empecé a leer, con lo cual la fórmula ya era

Pynch[Bari[Cohen]cco]on

…y esto sólo si a la fórmula no le incorporamos las otras procrastinaciones extraliterarias, lo cual esa tarde hubiera dado

Pynch[Bari[Pelu[Ca[Cohen]fé]quería]cco]on

Pedí un café con leche y dos medialunas. El mozo —muy lookeado y algo amaneradón— volvió con el pedido a los diez minutos. No tenía bandeja: traía la taza en una mano (el platito tomado desde abajo como con una garra) y las medialunas, el azúcar y el vasito de soda amontonados en la otra mano: un asco. Para colmo cuando llegó a la mesa, se distrajo con un pibe que, rosa en mano, trataba de sacarle un billete al macho de la parejita de al lado. Molesto porque el mangazo era insistente y se producía en su área de cobertura, el mozo terminó volcando medio café con leche sobre la mesa.

Se disculpó, limpió y volvió con otro café con leche. Y entonces, como para socializar, me preguntó qué estaba leyendo. Le mostré la tapa del libro (en la que hay un personaje cabizbajo sentado a una mesa con un vaso enfrente, tal como estaba yo en ese momento). Entonces el mozo me dijo: “Enseguida te vas a llevar una sorpresa. Pasate a la otra silla”.

Me cambié a la silla de enfrente. Ahí descubrí que, a espaldas de mi silla anterior, habían puesto un silloncito con una especie de pareo colorido encima, junto a una mesita baja y una vela muy coqueta. Miré esa escenografía durante dos minutos, con la creciente molestia de reconocer que había obedecido al mozo de inmediato, como un corderito. No, no, no: me volví a mi silla anterior (un rebelde con delay). Leí algunas páginas más y disfruté medio café, cuando del bar salió un violinista rastafari para tocar y pasearse entre las mesas.

Cuando el violinista de Hamelín capturó la atención de todos, la condujo hasta el silloncito en el que se instaló una chica con el pelo recogido y anteojos de marco negro. El violín se calló —no así la ciudad alrededor del violín— y la chica, sin micrófono y sin mediar presentación alguna, empezó a leer. (Tuve que volver a la silla que me había sugerido el mozo).

La chica tenía acento español. Y leía poemas. Que quizás eran tan lindos como ese acento, no sé: aunque quise, no pude concentrarme, porque mi fórmula de lectura ya había hecho metástasis a

Pynch[Bari[Pelu[Ca[Coh[PoetaDesconocida]en]fé]quería]cco]on

El día se me estaba complicando: pedí la cuenta y huí. Me apuré en las siguientes cinco cuadras, pero llegué tarde: estaban cerrando. Por ahora sigo con el pelo largo.

Un paseo por L. A.

Por Martín Cristal

En un post anterior con algunas ideas sobre el concepto de canon, planteaba la necesidad de no presentar a éste como un ranking, sino como un espacio: podría ser una ciudad con distintos barrios, suburbios, zonas céntricas, periféricas, en construcción… Aquí sobrevuelo a mi modo la Ciudad Literatura Argentina (L. A.)., centrándome sobre todo en narradores. Invito a quienes leen a mejorar o cambiar el mapa según sus apreciaciones y a agregar los nombres que faltan, que son muchísimos (¡en esta fiesta faltan mujeres!). Mejor si describen la zona que representarían esos nombres.

Mi mapa personal de L. A. —la ciudad llamada Literatura Argentina—, podría empezar a dibujarse a partir de una zona residencial alta, el cerro Borges, con casonas de arquitectura clásica y un hermoso cementerio lleno de nombres ilustres. Desde su mirador, se alcanzan a ver los lejanos barrios de las orillas, esos de costumbres pendencieras y criollas; se sabe que en los días más brillantes se llega a ver más allá todavía, incluso otros países con idiomas y costumbres diferentes. Junto a esa alta colina y bajo su sombra permanente, están los barrios Bioy Casares, Silvina Ocampo Anexo, el lujoso y barroco Mujica Láinez, el pequeño Pepe Bianco; sólo a cierta hora del día el sol da de lleno en esos barrios, que tienen sólo ese instante para brillar. Enfrente, aislada y tenebrosa, venida a menos y con un poco de envidia, está Villa Sabato, en una colina más baja separada del resto por una gran depresión, la cual se atraviesa por el Túnel del mismo nombre.

Más a la izquierda, alejado de todo lo anterior, otro alto cerro: el Marechal, una zona un poquito más popular, peronista y catolicona, un área divertida a la cual se llega tomando el juguetón tranvía G, de Girondo. Desde el Marechal, por un puente que cruza el río Quiroga, se llega a Cortázar, un barrio que recuerda al Latino de París y que puede recorrerse de muchas formas; si se sigue más lejos se llega a Ampliación Abelardo Castillo, que repite o continúa la arquitectura de las zonas ya mencionadas. Filloy es un barrio antiguo, de trazado heterogéneo y construcciones disímiles, donde los nombres de todas las calles tienen siete letras y también pueden leerse de atrás para adelante.

Muy lejos de ahí, está Arlt, un barrio aparte, un bajofondo duro, con su propia jerga y mucha personalidad; en esto último, la zona de Fogwill, aunque mucho más nueva, se le parece un poco. Los dos son barrios peligrosos (ladrones, rufianes y secuestradores en el primero; traficantes de armas o cocaína, críticos, espías y ex combatientes devenidos en asaltantes en el segundo). Blaisten es el área céntrica de los comercios cerrados por melancolía, de los judíos, de los consultorios de analistas, todos entreverados con los conventillos de Marco Denevi; una especie de Once porteño.

Atraviesa el centro la avenida Saer, que tiene veintiuna cuadras y termina en el río; no lejos de ahí se encuentra la “zona rosa” Manuel Puig, donde están los cines para ver a las estrellas de Hollywood y emocionarse con melodramas.

Extienden la ciudad algunas áreas más modernas: Fresán, Pauls, Berti, Kohan, la futurista Cohen, el conurbano Bermani, además de muchas otras del barrio joven que muestran arquitectura contemporánea, edificios nuevos, muchos (sólo) de antología, muy diferentes entre sí. Por ahí cerca queda Aira, una zona llena de casitas a medio hacer: un emprendimiento inmobiliario que primero llama la atención por su ingenioso trazado general y por la velocidad de su construcción, pero que, si se lo releva casa por casa, casi siempre termina siendo una decepción.

En las afueras y hacia el este, cerca del popular barrio Soriano, se encuentra el estadio Fontanarrosa y el edificio del periódico local, el Walsh; también en las afueras, pero exactamente del otro lado de la ciudad, se encuentran el museo de curiosidades Macedonio Fernández, el mirador Piglia (desde donde pueden verse todos los edificios de la ciudad, excepto el propio mirador) y el extraño hotel Witold, de avejentada arquitectura vanguardista. Luego viene la circunvalación, con varias salidas: la ruta Belgrano Rawson conduce al sur; la Héctor Tizón, al norte.

A partir de ahí: el campo, la infinidad de la pampa que rodea y abraza a la ciudad, no como el fin o la nada, sino al revés, como el comienzo: es la marca que la ciñe, que le muestra cuál es su límite máximo. Esa extensión infinita es el país: el Martín Fierro.

Yo siempre vuelvo a esta ciudad y busco la zona en que nací para afincarme cerca de ella y hacerme amigo de mis vecinos. Ya la encontraré.

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Imagen: Lomos de libros gigantes en la fachada del estacionamiento de la Biblioteca Pública de Kansas City. Fuente: Selectism.

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Traducir a Shakespeare

Por Martín Cristal

Hace poco escribí un cuento donde, a modo de epígrafe, quería citar un verso de Romeo y Julieta. Ese verso dice: This love feel I, that feel no love in this. Romeo lo dice cuando le cuenta a su primo que está enamorado de una chica (no se trata de Julieta, a quien Romeo todavía no conoce, sino de otra). El contexto escénico es el siguiente: ambos van por la calle, pensando en almorzar; en eso, descubren la sangre de una reyerta previa entre Montescos y Capuletos.

En ese parlamento, Romeo define al amor como un cúmulo de contradicciones; en el idioma original, dice así:


Alas, that love, whose view is muffled still,

Should, without eyes, see pathways to his will!

Where shall we dine? O me! What fray was here?

Yet tell me not, for I have heard it all.

Here’s much to do with hate, but more with love.

Why, then, O brawling love! O loving hate!

O any thing, of nothing first create!

O heavy lightness! serious vanity!

Mis-shapen chaos of well-seeming forms!

Feather of lead, bright smoke, cold fire,

sick health!

Still-waking sleep, that is not what it is!

This love feel I, that feel no love in this.

Dost thou not laugh?

En mi cuento yo no quería poner el verso en inglés, pero la vetusta traducción de la obra que había leído en su momento (EDAF, Madrid, 2001), realizada por Marcelino Menéndez Pelayo hacía más de cien años, no me convencía en absoluto. Aquí va esa versión:


¿Por qué, si pintan ciego al amor, sabe elegir tan extrañas sendas a su albedrío? ¿Dónde vamos a comer hoy? ¡Válgame Dios! Cuéntame lo que ha pasado. Pero no, ya lo sé. Hemos encontrado el amor junto al odio; amor discorde, odio amante; rara confusión de la naturaleza, caos sin forma, materia grave a la vez que ligera, fuerte y débil, humo y plomo, fuego helado, salud que fallece, sueño que vela, esencia incógnita. No puedo acostumbrarme a tal amor. ¿Te ríes? ¡Vive Dios!…

Podemos no saber a ciencia cierta cómo traducir This love feel I, that feel no love in this, pero —con un poquito de inglés que sepamos— se ve claramente que la mejor solución no puede ser No puedo acostumbrarme a tal amor

Busqué entonces otra traducción. Primero, al azar, en internet. Resultó increíble y desalentador ver la cantidad de traducciones distintas que hay… A continuación van algunas. Pongo primero el fragmento completo hallado en una edición que mejora el trabajo de Menéndez Pelayo; y luego —para abreviar— sólo el verso en cuestión en las distintas formas en que lo encontré traducido en otros sitios:


¡Ay! ¡Que el amor, cuya vista va vendada, vea sin ojos el camino de su voluntad! ¿Dónde almorzaremos? ¡Vaya! ¿Qué reyerta hubo aquí? No me lo digas pues lo he oído todo. Mucho trabaja aquí el odio, pero más da que hacer el amor. ¡Oh amor pendenciero! ¡Odio amoroso! ¡Primera creación de la nada! ¡Pesada ligereza! ¡Seria vanidad! ¡Informe caos de agradables formas! ¡Pluma de plomo! ¡Humo brillante, helado fuego, salud enferma, sueño despierto que no es lo que es! Así es el amor que siento, sin sentir en ello amor. ¿No te ríes?

Otras variantes encontradas:

Este amor siento y no hay amor en esto.

Yo siento este amor sin sentir nada en él.

Tal es el amor que siento, sin sentir en tal amor, amor alguno.

Tengo por buenas a las traducciones de la colección “Shakespeare por escritores” (Norma), dirigida por Marcelo Cohen; los traductores de esa colección son todos autores latinoamericanos contemporáneos. Son de hoy y son de acá. La traducción de Romeo y Julieta para esa colección fue realizada por Martín Caparrós y Erna von der Walde. Está en verso, y mejora mucho:


Ay, el amor, que debe, con su mirada ciega
encontrar sin los ojos caminos para sí.
[Ve la sangre.] ¿Qué riñas hubo aquí?
Aunque… no me lo digas: ya lo he escuchado todo.
Tiene que ver con odios, pero más con amores.
¡Oh pendenciero amor, por qué, oh amante odio,
oh creación creada por nadie de la nada!
Oh seria vanidad, ligereza pesante,
oh este deforme caos de formas figuradas!
¡Fuego frío, humo claro, grito mudo, oro muelle,
sueños despiertos donde nada es lo que es!
Este amor siento y no siento por eso amor.

¿No deberías reír?

Mucho mejor, sin duda, aunque —distraído con la sangre— aquí Romeo “olvide” preguntarle a su primo dónde comerán. Más allá de esa minucia, y volviendo al verso en cuestión: a pesar de la evidente mejora, no quedé satisfecho, y llegué a pensar: ¿será quizás porque Romeo no dice lo que yo quisiera que diga?

Ante tantas formas de “decir casi lo mismo” —como casi dice Umberto Eco en el título (traducido) de su libro sobre la traducción—, uno no sabe si reír o llorar. Y eso que estamos discurriendo sobre un sólo verso de la obra de Shakespeare. ¿Qué leemos finalmente los que leemos traducciones? ¿La traducción es una ventana o un velo? ¿Es una traición? (“Traducir es una derrota”, dicen Caparrós y von der Walde en su prólogo, “nunca tan obvia como frente a Shakespeare”). Y, ¿cómo es posible que, aun diciendo cosas diferentes en cada una de las versiones existentes de la obra, Romeo y Julieta sean siempre el mismo Romeo y la misma Julieta que conocemos todos los habitantes del mundo?

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Entre las personas que conozco, el editor y poeta mexicano Sandro Cohen —no confundirlo con Marcelo— es quien mejor conoce ambos idiomas, inglés y español. Decidí consultarlo sobre la traducción de este verso. A continuación su respuesta:


El contexto más importante de los versos de Shakespeare que citas son los oxímoron que suelta el bardo, uno tras otro. Me recuerda un verso de “The Phoenix and the Turtle“, que dice:
“Love hath reason, reason none”. “El amor tiene razón; la razón, ninguno” (amor). También podría entenderse “…la razón, ninguna” (razón). Yo entiendo las dos cosas simultáneamente. La razón ni razón tiene, además de que carece de amor…

Para volver a Romeo y Julieta, yo lo entiendo de manera diferente. Y fíjate que Shakespeare emplea el subjuntivo, feel; no escribe feels, que sería lo normal hoy en día. Me da la idea de que es el amor mismo el que no siente amor:

Este amor siento yo, el que en esto ningún amor siente.

En inglés, modernamente, creo que la palabra would daría la idea del subjuntivo: “This love feel I, that would feel no love in this”. Claro, se viene abajo el pentámetro yámbico, pero creo que es la idea. Si el sujeto del verbo feel es Romeo mismo, no sé por qué Shakespeare no escribió: “This love feel I who feel no love in this”. ¿Me explico? Creo que es el amor mismo el sujeto del verbo feel. Definitivamente es críptico para el lector moderno, pero así se las gastaba el buen William. Luego todo tiene dos y hasta tres sentidos al mismo tiempo…

Con esta explicación quedé satisfecho y cerré el expediente. Igual, después de tantas vueltas, decidí que en mi cuento la cita irá en inglés en el epígrafe, y —más abajo— transfigurada en castellano en la voz y palabras del narrador, donde puede permitirse ser más imprecisa. Me pareció lo más prudente para no caer derrotado ante “el buen William”.

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