Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Por Martín Cristal

La noche de los muertos vivientes

George Saunders (Texas, 1958) ya era reconocido como uno de esos cuentistas que en cada relato varían las formas narrativas, poniendo a prueba sus límites y desafiando al lector. Algunos de esos experimentos pueden leerse en libros como Guerracivilandia en ruinas, Pastoralia o Diez de diciembre.

Cerca de sus sesenta años, Saunders —que enseña escritura creativa en la Universidad de Syracusa, Nueva York, donde en su momento fue alumno de Tobias Wolff— se probó al fin en el terreno de la novela con Lincoln en el Bardo. En 2017, el libro ganó el prestigioso premio Booker (a la mejor novela escrita en inglés y publicada en Inglaterra).

Saunders basa su libro en un hecho histórico, sobre el que agrega capas y capas de imaginación. El hecho: la muerte, con sólo 11 años, del hijo de Abraham Lincoln, justo cuando el presidente norteamericano enfrenta la Guerra Civil. Abrumado por la pena, Lincoln visita la tumba de su hijo a solas, en una noche de febrero de 1862.

Pero el “Lincoln” del título no es Abraham, sino su hijo, Willie; y el “bardo” en el que se encuentra no refiere a ningún quilombo (ni a ninguna otra de las acepciones que en la Argentina le damos a esa palabra), sino a un concepto del budismo tibetano: el Bardo es el estado astral intermedio del alma entre su muerte y su reencarnación.

Dicho concepto, mezclado con la cosmovisión cristiana —imposible no pensar en el Limbo dantesco—, resulta en un relato coral cautivante, que opera en un “más allá” con reglas propias.

La novela intercala dos planos narrativos: por un lado, los hechos terrenales, históricos, agrupados mediante un collage de citas bibliográficas (verdaderas e inventadas); y, por otro lado, los relatos de ese más allá en el que Willie ahora escucha las historias de otras almas. Son muertos que no admiten su condición de tales, y cuyas voces se alternan como en un texto teatral (salvo que se indica quién habla al final de cada parlamento, y no al principio).

En 108 capítulos breves y brevísimos, Saunders ensambla cientos de parlamentos. Algunos son torrenciales; otros, no van más allá de un tweet. Esa alternancia de voces muertas hace de Lincoln en el Bardo una actualización de la centenaria Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Aquí el cementerio es el de Oak Hill, en Washington.

Una especulación metafísica, pero también las pérdidas, el luto, los anhelos que duran más que las vidas truncas; el maltrato que nos prodigamos entre los seres humanos; el amor paterno-filial; la vida pública y privada de un hombre público, sus responsabilidades entreveradas en los dos ámbitos; las infinitas versiones que compondrán, luego, la biografía de ese gran hombre y la historia de su país… esos y otros temas transita esta novela, llena de compasión y ternura por sus personajes, al punto de resultar conmovedora (sin por eso estar exenta de humor).

Dos planos de la existencia y una sola noche —¿con luna o sin ella?—, le bastan a Saunders para ofrecernos un hermoso alarde de inventiva y fabulación.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders. Seix Barral, 2018. Novela, 440 páginas. Traducción de Javier Calvo. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 4 de noviembre de 2018).

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Sin segundo nombre, de Lee Child

Por Martín Cristal

Una vida en busca de problemas

En 2017, Blatt & Ríos publicó Noche caliente, primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina. Traía dos historias cortas del héroe infalible que protagoniza todos los best-sellers mundiales de Child: el ex policía militar —y actual vagabundo en busca de problemas— llamado Jack Reacher.

Si se suman Noche caliente y el flamante Sin segundo nombre (con diez historias más, traducidas con igual eficacia por Aldo Giacometti) se obtienen los cuentos completos de Child-Reacher. Relatos de corta y mediana extensión que husmean en los intersticios de la vida del personaje: anécdotas que no se cuentan en las 23 novelas que abarcan sus aventuras (dos de ellas fueron llevadas al cine, con Reacher dentro del cuerpo —demasiado escaso— de Tom Cruise).

Quizás Child sea un mago de sólo dos trucos, pero no son dos trucos menores, y él los maneja muy bien: 1) el uso del suspenso y la intriga; 2) un estilo telegráfico que impulsa la acción —y la lectura— a máxima velocidad. Resultado: entretenimiento puro.

A grandes rasgos, la vida del duro Reacher se puede dividir en tres etapas: su niñez y juventud que, como hijo de un marine, transcurrieron en distintas bases militares del mundo (de hecho él nació en Berlín, en 1960); luego sus 13 años de servicio como policía militar, entre 1983 y 1996; y de ahí hasta el presente, su larga etapa como vagabundo libérrimo, que recorre Estados Unidos en ómnibus —sólo ocasionalmente vuela sobre los océanos—, sin más equipaje que un cepillo de dientes y sin más destino que los problemas.

Con esas coordenadas, el lector puede ubicar los cuentos de Sin segundo nombre aun sin conocer la biografía detallada de Reacher. Se encontrará con una de las primeras escaramuzas de su niñez, en una base de Okinawa; el chico tiene 13 años pero ya habla como el adulto que sus fans conocen (esta cualidad inalterable del personaje puede no gustar, pero fuera de eso el cuento es bueno). Otras derivas —encarcelamientos injustos, operativos contra espías, problemas en bares con mafiosos o secuestradores, la calculada asistencia a un fugitivo o la desinteresada a otros que lo pasan mal bajo la nieve— lo llevan por Maine, Nueva York, Washington, California, e incluso hasta Essex, Inglaterra. No faltan las peleas cuerpo a cuerpo ni las deducciones instantáneas y (casi) infalibles.

En un cuento le preguntan: “¿Es usted una persona ética, señor Reacher?”. “Hago lo que puedo”, responde él. En otro alguien lo tilda de psicópata: “¿Te refieres a si creo que me parece bien hacer lo que hago y después no sentir remordimientos? […] Entonces sí. Soy medio psicópata”. “Los viejos hábitos son duros de matar”, asegura en otra historia. Reacher nunca abandona el café ni la observación paranoica de quienes lo rodean.

En otros relatos dice que “cada día trae algo nuevo” y que “una cosa lleva a la otra”. Estas frases resumen la filosofía de un aventurero fuerte y confiado, con habilidades naturales o aprendidas, pero siempre bien dispuesto a enfrentar todo lo que el camino le depare.

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Sin segundo nombre. 10 historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2018. Relatos, 392 páginas. Traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de septiembre de 2018).

Leemos en Córdoba cuenta

El martes 18, en la Facultad de Lenguas (UNC),
leemos y conversamos con el público:

David Voloj en Twitter

Entrada gratuita. Todos invitados.

Nuevo libro: El camino del peyote y otras crónicas de viaje

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La editorial Postales Japonesas acaba de publicar
El camino del peyote y otras crónicas de viaje.
Este es el texto de la contratapa:

En la crónica “El camino del peyote” —escrita tras una ingesta de este cactus alucinógeno en el desierto de San Luis Potosí, México—, Martín Cristal narra su llegada al lugar y, enseguida, el “viaje dentro del viaje”: los efectos, la experiencia enteogénica en sí. Se trata de una visión personal, literaria, despojada de toda apología o perspectiva mística. En las siete crónicas que amplían esta edición se exploran otros aspectos del paisaje idiosincrático mexicano (el miedo ante los terremotos; el ambiente etílico de las cantinas; las emociones contradictorias que afloran en las corridas de toros; la vigilia durante una Noche de Muertos; un trip de hongos en la selva chiapaneca), hasta completar un periplo que también abarca Guatemala y Belice. El abanico de experiencia vital que ofrece este libro interesará tanto al lector curioso como a quienes, mochila al hombro, ya planean sus propios recorridos para sembrarlos de vivencias inolvidables.

Leer un fragmento

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El libro ya está disponible en el stand Baron Biza (carpa de calle Independencia) de la Feria del Libro y el Conocimiento de Córdoba 2018. Pronto estará en varias librerías de Córdoba, y más adelante también en algunas selectas de Buenos Aires y Rosario. Pedidos y consultas a postalesjaponesas@gmail.com

Cameron, de Hernán Ronsino

Por Martín Cristal

La voz de un viejo cuchillo

En una entrevista que le hice en 2013, Hernán Ronsino ya lo anunciaba: la novela que seguiría a las tres que ya había publicado —La descomposición, Glaxo y Lumbre, las cuales comparten personajes y una clara unidad de lugar— escaparía de ese “ciclo pampeano”. “Mi próxima novela”, decía, “tiene la intención de abrir una búsqueda distinta. Ésa es la idea. Aunque, después, uno se da cuenta que escribe siempre alrededor de los mismos temas”.

En Cameron, Ronsino (Chivilcoy, 1975) despunta esa intención y, a la vez, patentiza su propia advertencia sobre las repeticiones temáticas.

Distinta, sí, pero no radicalmente distinta, esta nouvelle propone el monólogo de Julio Cameron, las rutinas y sorpresas de su vejez en una ciudad ficcional. En su relato y en las infidencias de su inconsciente, se entrevé un pasado lleno de iniquidades.

Lo nuevo es que esa ciudad de fondo ya no es Chivilcoy. Sin nombrarse, al principio parece europea (influye el dato de que Ronsino terminó Cameron en Suiza, en una residencia para escritores). Sin embargo, la toponimia del lugar se enrarece hasta un cosmopolitismo que lo vuelve ilocalizable. ¿Austria, Alemania, la Patagonia?

Lo recurrente es cómo emergen, en la aparente tranquilidad de la trama, ciertos crímenes imbricados con los vaivenes de la Historia (la indefinición geográfica impide aseverar que sea la historia argentina, pero se le parece).

“Descubrir una idea, cristalizada o sostenida por un buen ritmo, me despierta el deseo furioso de contar”, dice Cameron; uno sospecha que es el autor quien así cuela su propia concepción del oficio narrativo. Para Ronsino el ritmo es fundamental. Son pocas las oraciones largas (o incluso las subordinadas) que se intercalan en su habitual corriente de oraciones breves, unimembres. Salvo alguna excepción no tan lograda, a Ronsino ese ritmo le funciona bien: le provee fluidez, mientras apuntala un estilo propio.

El inconsciente de Cameron se abre a lo inconfesable con la ingesta de pastillas. Los delirios o sueños —que en otros autores no aportan mucho a la trama— en esta nouvelle son centrales: señalan, con plasticidad, un pasado y una culpa. En ellos también reaparece un personaje anterior: Pajarito Lernú (cuya muerte era el disparador de Lumbre). Transfigurado, casi que aquí sólo presta su nombre a una figura difusa, sin conexión con el Lernú de las novelas anteriores. Este non sequitur —apenas validado por el onirismo de esas escenas— puede resultarle caprichoso al lector que venga siguiendo la obra de Ronsino.

Por internet circula una viñeta, firmada por Eneko, que dice: “La herida quiere que se recuerde” (aquello que la provocó); y enseguida, “El cuchillo quiere que se olvide” (que esa cicatriz la hizo él). Una dialéctica que liga a criminales y víctimas, al binomio “olvido-impunidad” con la dupla “memoria-castigo”. En Cameron, Ronsino ha elegido narrar con la  voz de un viejo cuchillo: Julio Cameron también “es de esos que quieren, de una vez por todas, dar vuelta la página de la historia y seguir adelante, mirar hacia el futuro y no hacia el pasado”. Y no por la sana filosofía spinetteana de que “mañana es mejor”, sino por pura conveniencia personal.

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Cameron, de Hernán Ronsino. Novela breve. Eterna Cadencia, 2018. 80 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 26 de agosto de 2018).

Pájaro de celda, de Kurt Vonnegut

Por Martín Cristal

Los años como personajes de la Historia

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Con tapas de Liniers y traducciones de Carlos Gardini, La Bestia Equilátera fomentó un revival de la obra de Kurt Vonnegut (1922-2007). Pájaro de celda es una de esas reediciones. A esta novela le caben los mismos calificativos que a otras ficciones satíricas del autor: imaginativa, irónica, pesimista, compasiva… y divertidísima.

Si en Cuna de gato Vonnegut ajusta cuentas con la religión; si con Galápagos lo hace con Darwin y la biología evolutiva; y si en Barbazul se lleva por delante al arte contemporáneo, en Pájaro de celda su blanco es la historia reciente de los Estados Unidos.

El narrador de esta novela sobre la relación dinero-poder es Walter F. Starbuck, un viejo egresado de Harvard que rememora su vida desde la celda donde está por cumplir su condena. Sin un centavo —pájaro desplumado—, pronto saldrá para reinsertarse en la misma sociedad en la que, pocos años antes, fuera un opaco e inoperante funcionario del gabinete de Richard Nixon. En 1975, tras el escándalo de Watergate, Starbuck fue a la cárcel junto con otros miembros de ese gabinete.

Escrita al calor de este contexto histórico tan cercano (el libro es de 1979), Pájaro de celda podría señalarse como la más coyuntural de las novelas del autor. Sin embargo, Vonnegut no entra directamente en la historia de Starbuck en los setenta; como en otras de sus novelas, primero establece una breve historia-marco donde prima la voz autorial: el que narra ahí sería el propio Vonnegut, que arranca en modo autoficción.

En Pájaro de celda, esa primera voz autorial se desenvuelve en un prólogo (firmado por “K. V.”) donde lo histórico y lo ficcional se barajan a la vista del lector. Por ejemplo, el autor “confiesa” que algunos de los personajes secundarios de la novela están basados en personas reales, y detalla similitudes o diferencias; y también presenta un antiguo antecedente para la historia de Starbuck, una “violenta confrontación entre huelguistas y la policía y los soldados”: la Masacre de Cuyahoga. A renglón seguido, Vonnegut admite que esa masacre es “un invento” suyo, “un mosaico compuesto de fragmentos de anécdotas de muchos disturbios similares” de fines del siglo XIX. La maestría del autor se patentiza cuando, aun habiéndonos avisado esto, Vonnegut nos narra esa masacre con pelos y señales, en un alarde de su capacidad para insuflarle credibilidad a una escena de ficción.

La relación entre esa vívida escena y el relato que Starbuck hará de su propia vida quedará clara al final del prólogo. Sigue una significativa cita de una carta de Nicola Sacco —escrita justo antes de que lo ejecutaran junto a Vanzetti—, la cual subraya el tema de la novela: los desmanes de la despiadada política económica norteamericana, consecuencia lógica de un capitalismo extremo. El diagnóstico a futuro es el predominio de las empresas por sobre los gobiernos, representado en una corporativización total de la sociedad (en la novela todo va pasando a formar parte de una misma compañía, la RAMJAC).

Vonnegut revisa la historia del siglo XX y no da dos centavos por el futuro de la humanidad. Sin embargo, no es un satirista amargo, impiadoso y violento como, digamos, Céline; y no lo es gracias a que en su espíritu siempre guarda una pizca de compasión por los seres humanos. Esa compasión y un característico sentido del humor descomprimen el desconsuelo de los lectores. Con Vonnegut podemos, a pesar de todo, reír, y sentir que, si bien como especie lo hacemos todo mal, todavía tenemos alguna chance de redimirnos.

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Pájaro de celda, de Kurt Vonnegut. Novela. La Bestia Equilátera, 2015 [1979], 256 páginas. Con una versión ligeramente distinta de esta reseña, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 13 de mayo de 2018).

10 años de El pez volador

Ayer este blog cumplió diez años.
(Resulta interesante releer el primer post que publiqué).
Gracias a todos los que lo leen. Muchas gracias a los que lo hacen regularmente. Y muchísimas gracias a los que, además, todavía se toman la molestia de dejar algún comentario, acá mismo o en Facebook o en Twitter.

A ellos (ustedes), una pregunta:

¿Qué les parece?
¿Ya está bien o seguimos?

 

Filba Nacional 2018

Me invitaron a participar del Filba Nacional 2018 junto a muchos otros escritores y artistas. La sede esta vez será la localidad de La Cumbre (provincia de Córdoba). Hoy arrancan las actividades; yo participo en cuatro de ellas. Nos vemos allá.
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Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran

Por Martín Cristal

Quince de los grandes

Talking Jazz: una historia oral compila entrevistas a quince personalidades de este género musical. El índice del libro de verdad impresiona. Sólo podría señalarse que en este conjunto de entrevistas —amables y bien llevadas por Ben Sidran (Chicago, 1943)— los grandes ausentes son los contrabajistas y los guitarristas, aunque algunos entrevistados sí se refieran a ellos de vez en cuando (sobre todo a los primeros).

El resto de los roles habituales en las bandas de jazz están bastante bien equilibrados en cantidad y calidad: tres trompetistas (Miles Davis, Wynton Marsalis y Don Cherry); tres saxofonistas (Sonny Rollins, Michael Brecker y Johnny Griffin); tres pianistas (Herbie Hancock, Keith Jarrett y Horace Silver); cuatro bateristas (Art Blakey, Max Roach, Paul Motian y Mel Lewis); un ingeniero de sonido (Rudy Van Gelder); y una compositora, cantante y multiinstrumentista (Carla Bley; hubiera sido interesante contar también con el testimonio de más vocalistas).

Hoy más de la mitad de estas grandes figuras ya ha fallecido; Sidran las entrevistó en su programa de radio de los años ochenta, Sidran on Record. Por entonces él ya tenía una carrera como músico; quizás por eso es aceptado enseguida como un interlocutor válido. El ida y vuelta también es fértil porque Sidran conoce bien la obra de quien está entrevistando.

En confianza, los músicos revisan anécdotas e influencias; comparten sus ideas sobre música y jazz; revelan cómo compusieron o grabaron algunas piezas clave, y cómo fueron evolucionando sus intereses, su aprendizaje y la búsqueda de su propio sonido. También comparan viejas épocas con el presente, confiesan las miserias del negocio alrededor de la música, señalan el cisma que significó la llegada del rock y comentan los cambios introducidos por los avances tecnológicos.

Música: sobre eso se centran estos diálogos. Incluso un asunto habitual como el del consumo de drogas en el jazz —el gran antecedente del reviente en el rock— no se menciona más que al pasar una sola vez.

Sonny Rollins cuenta cómo largó todo para irse con su saxofón a practicar sobre un puente de Nueva York. Miles Davis explica por qué su forma de tocar debía ser fácil de entender por la gente, y por qué no vuelve nunca a las canciones clásicas. Herbie Hancock resume su ascenso jazzístico en la suerte de haber estado en el lugar indicado en el momento indicado, y da ejemplos de eso. Art Blakey cuenta cómo elegía a sus músicos para integrar sus inoxidables Jazz Messengers, y también cómo y por qué se debe tratar bien al público. Don Cherry narra desde los días en que trabajaba en una aerolínea hasta su descubrimiento de la world music en África del Norte.

Paul Motian refiere su amistad y su colaboración con Bill Evans, y defiende su preferencia por las baterías pequeñas. Wynton Marsalis explica su compromiso con la tradición, y relaciona jazz con música clásica. Horace Silver asegura que la música tiene propiedades sanadoras, y cuenta sus ideas para desarrollarla en tal sentido. Michael Brecker habla de sus inicios en sociedad con su hermano Randy (de paso: alguna vez ambos tocaron juntos en la banda de Frank Zappa). Max Roach condensa la historia temprana del jazz, y señala a la batería como “el único instrumento surgido de la cultura estadounidense”.

Johnny Griffin cuenta cómo, antes de llegar al saxofón, tocar el oboe le salvó la vida. Carla Bley asegura que su vida empezó de verdad cuando abandonó su casa y manejó de California a Nueva York sólo para ver a Miles Davis. Mel Lewis valora la herencia de las big bands y reniega de los sintetizadores y las máquinas de ritmo. Rudy Van Gelder revela a cuentagotas algunos detalles de la creación del mítico “sonido Blue Note”. Keith Jarrett se pone espiritual y habla de ese “estado” tan particular  y misterioso al que un músico tiene que llegar cuando toca jazz en vivo.

Todo eso —y mucho más— hay en este libro.

Las relaciones profesionales y de amistad entre los músicos afloran constantemente en la conversación: quién formó parte de qué banda, con quiénes y cuándo; dónde tocaban, qué discos grabaron y cómo. Nadie se priva de alardear de su “genealogía jazzística”: son sus propias credenciales. En la lectura, tanto name-dropping puede resultar fascinante (para los conocedores) como cansador (para los demás).

Más allá de ese detalle, lo que emana de esos cruces es la inequívoca sensación de comunidad artística, de enseñanza mutua y de creación colectiva. Un permanente estado de ebullición, que surge en especial de los testimonios de los músicos más viejos.

El volumen puede leerse como si tratase de arte en general; o de música en general; o bien, centrándose específicamente en el jazz. Para esta última forma de leerlo, puede que este libro resulte desaconsejable para los no iniciados en el género (a ellos quizás les convenga buscar primero algún otro que cartografíe estilos y etapas históricas).

En cambio, para los viejos amantes del jazz, o incluso para aquellos que han comenzado a explorarlo hace poco, este libro no sólo es recomendable, sino fundamental por lo que ofrece: el testimonio vivo y de primera mano de varias personalidades —en su mayoría, centrales— de un género musical tan popular como complejo, cuya riqueza le aportó muchísimo a buena parte de la música del siglo XX.

 

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Talking Jazz. Una historia oral, de Ben Sidran. Entrevistas. Letra Sudaca-ICM, 2017. 288 páginas. Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 1º de abril de 2017).

Personal, de Lee Child

Por Martín Cristal

Más aventuras para un héroe infalible

En 2017, cuando Blatt & Ríos publicó Noche caliente —el primer libro de Lee Child traducido y editado en la Argentina—, vaticinamos que el grupo editorial que tenía los derechos del resto de Child seguramente aprovecharía esa iniciativa independiente —que para muchos lectores argentinos fue la entrada al universo del duro vagabundo y ex policía militar Jack Reacher— y mandaría desde España otros títulos protagonizados por este mismo personaje. Allá varios ya estaban traducidos al castellano, pero hasta entonces por acá sólo era posible conseguirlos en saldos o por internet.

El pronóstico se cumplió: muy poco después aterrizaron en nuestras librerías Zona peligrosa, Morir en el intento y Trampa mortal, las tres novelas inaugurales de la “Serie Jack Reacher”. Llegaron como recién salidas del horno, aunque lo cierto es que, en España, algunas se habían editado tiempo antes.

Ahora es el turno de Personal, con lo cual saltamos a la novela número 19 de la serie; Child (Inglaterra, 1954) ya lleva publicadas veintidós con este mismo personaje, cuya popularidad lo llevó al cine en el pellejo de Tom Cruise (un casting que no agradó mucho a los fans). En rigor, Personal fue editada en España en 2014; ganó el Premio RBA de Novela Negra de ese año.

En sus páginas, Reacher ya lleva veinte años retirado del ejército estadounidense. De pronto lo recontactan (“Tú puedes abandonar el Ejército, pero él a ti no te abandona. No del todo”). Quieren que le dé caza a un francotirador que amenaza una cumbre del G8, ya que Reacher lo conoce bien de cuando todavía era policía militar.

Personal es otro thriller que no da respiro. Child vuelve a esos dos o tres trucos fundamentales que conoce y le funcionan tan bien, set de talentos que incluye el dominio del suspenso, la intriga y un estilo cortante que hace fluir la acción a toda velocidad (excepto durante las peleas: ahí Child narra en cámara lenta, exprimiendo al máximo la tensión del momento). Esa velocidad narrativa es verificable en estas líneas del comienzo:

“Empezaron a buscarme dos días después del atentado contra el presidente de Francia. Lo había leído en el periódico. Un intento a larga distancia con un fusil. En París. No tuve nada que ver. Me encontraba a más de nueve mil quinientos kilómetros, en California, con una chica que había conocido en el autobús. Quería ser actriz. Yo no. Así que, después de cuarenta y ocho horas en Los Ángeles, ella se fue por su lado y yo por el mío”.

Como se ve en en fragmento, otro atractivo es la vuelta a la primera persona, tal como arrancó la serie (la mayoría de las siguientes novelas de Reacher están narradas en tercera). En buena parte de esta aventura, el héroe recorre un paisaje inusual para él: Europa. Además se descubren algunos detalles sobre su parentela. Y se lo ve confrontar a un villano inolvidable, una suerte de Kingpin inglés con una mansión hecha a su medida.

Personal califica alto entre las novelas de Reacher que conozco (mi favorita sigue siendo Mala suerte, de 2007). Es una buena noticia que se encuentre en librerías. Otra buena: pronto llegan los cuentos de Child. El título del volumen será Sin segundo nombre; son diez relatos de Jack Reacher en unas 300 páginas. Lo publicará Blatt & Ríos.

Sin pedirle peras al olmo, los que los lectores deben saber es que los libros de Lee Child son entretenimiento puro. Nada más. Nada menos.

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Personal, de Lee Child. RBA, 2014. Novela, 424 páginas. Recomendamos este libro en el suplemento “Número Cero” de La Voz (Córdoba, 18 de marzo de 2018).

PuraLectura: inscripciones abiertas para grupos de 2018

Inscripciones abiertas. Sólo en Córdoba (Argentina). Cupos limitados.

Más información, aquí.
Para consultas e inscripción, aquí.

Lo mejor que leí en 2017

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2017:

  • Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet [leer reseña].
  • Éste es el mar, de Mariana Enriquez.
  • Vivir en la salina. Cuentos completos, de Elvio E. Gandolfo.
  • La voz, de Arnaldur Indridason [leer reseña].
  • Todo oscuro, sin estrellas, de Stephen King.
  • El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu (en castellano; lo había empezado el año anterior en inglés) [leer reseña].
  • Sultanes del ritmo, de Leonardo Oyola [leer reseña].
  • La luz mala dentro de mí, de Mariano Quirós.
  • Las furias, de Renzo Rossello [leer reseña].
  • Stoner, de John Williams.

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[Ver lo mejor de 2016 | 2015 | 2014 | 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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Cinco policiales nórdicos (V)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason
De Dinamarca: Los chicos que cayeron en la trampa, de Jussi Adler-Olsen

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FINLANDIA

El hombre con cara de asesino,
de Matti Rönkä (Carelia del Norte, 1959)*

Novela publicada en 2002, primera de las del detective privado Víktor Kärppä, quien —a diferencia de otros investigadores relevados aquí— no está 100% del lado de la ley…

El caso: El señor Larsson le encarga a Kärppä que encuentre a su esposa Sirje, desaparecida. Sirje resulta ser hermana del mafioso estonio Jaak Lillepuu, lo cual lo hace todo más peligroso. Pero Kärppä está acostumbrado a lidiar con gente de esa calaña: ahí está su relación personal con el traficante ruso Ryzhkov, que contrabandea de todo a ambos lados de la frontera.

Mientras, un policía finlandés —Korhonen—, presiona cada tanto a Kärppä en busca de información sobre negocios turbios. Para colmo, reaparece una vieja amiga de Víktor: la KGB, con una misión a la que él no podrá rehusarse, aun cuando se creía eximido de esos servicios. En medio de todo, también peligrará la salud de su madre, qie todavía vive del lado ruso.

Un panorama complicado para un solo hombre, que sin embargo todavía tiene tiempo para conocer a una chica, Marja, y enamorarse de ella, por qué no.

El tono del personaje-narrador es convincente y fluido, aunque las escenas de acción parecen narradas un poco a las corridas y —hundido entre tantas subtramas— el caso no avanza nada durante el 80% del libro. De a poco se ve que es el típico policial en que el detective investiga un caso menor sin ver que lo están involucrando en un crimen mayor.

 

El investigador: “Yo tengo cara de decente”, dice de sí mismo Víktor; sin embargo, cuando todavía usaba su apellido ruso —Gornostáyev (que, como Kärppä en finés, también significa “armiño”)—, en el ejército le decían que era un “hombre que tenía cara de asesino”.

Existe una serie televisiva homónima, de producción finlandesa (hecha con menos recursos económicos que aquellas a las que nos tienen acostumbrados HBO o Netflix). La acción de este libro cubre sólo los dos primeros capítulos de la temporada inicial. El Kärppä de la serie no tiene mucha cara de asesino que digamos, aunque sí es bastante inexpresivo, no sabemos si por impericia actoral o por todo lo contrario: la inexpresividad ante el peligro es, precisamente, el rasgo principal de Kärppä.

Nacido y criado en la Unión Soviética, Kärppä es ingrio por parte de padre y finlandés por parte de madre, “ya que la familia de ésta escapó a la Unión Soviética tras la Guerra Civil Finlandesa de 1918”. Víktor ahora vive en Helsinki y no se mete en negocios ilegales, “al menos no por gusto o por un salario de mierda”.

Lo cierto es que, además de detective —oficio que ejerce desde una oficina que había pertenecido a un sindicato, del que además se agenció varios muebles—, Kärppä tiene sus otros curros. Él se justifica así: “Mi madre probablemente tendría menos canas y estaría mejor del corazón si yo fuera un ingeniero de Nokia, o granjero en Carelia. Pero no lo conseguí. Ni en Leningrado, ni en Sortavala, ni aquí en Finlandia. […] Pero tampoco me voy a pasar diez años trabajando en una alcantarilla sólo para merecer humildemente el derecho a ser finlandés”.

No por eso Kärppä carece de una ética: “Yo no mato, ni maltrato, ni robo, pero si me ofrecen que eche una mano en algún asunto a resultas del cual un Estado o un rico van a acabar teniendo menos, y yo voy a ganarme el pan, entonces lo hago. Y no me quita el sueño”.

 

El contexto socio-geográfico: marca permanentes diferencias y prejuicios entre finlandeses y rusos.

“Casi todos me contestaron con aspereza, creyendo seguramente que yo era ruso”, dice Kärppä, que además sabe que hablar finés con acento ruso amedrenta a los finlandeses: “Primero me dirigí a él en ruso, para después cambiar al finés, marcando el acento ruso: —Oiye, chafall, ¿tiyenes algúñ prrrobliyema? —el pobre tipo se aturulló intentando aclararme que había sido sin querer. Asunto zanjado”.

En otra parte, le dicen a Víktor: “Le creía en posesión de la tenacidad y entereza de los finlandeses, pero veo que es usted un flojo, como todos los rusos”. También en una fiesta, un finlandés hostiga a Kärppä: “Sí que fue una decisión extraña la del presidente Koivisto. Me refiero a esa sobre el estatus de los emigrantes retornados ingrios. Ahora los hay a miles y los problemas no hacen más que amontonarse. Y la Carelia rusa vacía, claro, porque los espabilados, que son los de origen finlandés —cómo no— se han venido todos para acá”. Al contexto histórico para comprender este comentario insidioso, Rönkä se ve obligado a explicarlo en un prefacio (con mapa y todo), que resulta ameno y de gran provecho para el lector.

Las diferencias entre unos y otros también son económicas. A una zona del barrio de Pakila se la llama “Pakila Dólar”; “a la otra zona del barrio, menos burguesa, la llamaban ‘Pakila Rublo’, aunque a mis ojos ambas zonas eran el vivo ejemplo de refugio idílico de la clase media finlandesa: casas de madera construidas originalmente en la posguerra, con tejados a dos aguas, y ampliaciones que sus sucesivos dueños les habían ido añadiendo, frondosos jardines y, entre ellos, apretujados en angostos solares, edificios multidimensionales de ladrillo y chalés adosados”. Por el contrario, el aspecto de los edificios del lado ruso se lo achaca al “realismo postsoviético, cuyo elemento característico es lo inacabado”.

Kärppä cruza varias veces la frontera Finlandia-Rusia. “A la aduana finlandesa no le interesaba demasiado quién viajaba a Rusia. Del otro lado, en el puesto fronterizo de mi Carelia natal, iba y venía la consabida manada de soldados serios y amodorrados con sus ametralladoras colgando, funcionarios de aduanas de uniforme azul, guardias fronterizos de verde y las habituales fulanas pintarrajeadas de aspecto descuidado”. Al regresar al lado finlandés, “el paisaje experimentó un cambio: todo era más limpio y más brillante, y hasta la primavera parecía estar más avanzada”.

En otro lado, declara: “No sabes la risa que me dio una vez cuando leí que el mayor abismo entre ricos y pobres se encuentra en la frontera entre México y California. ¡Una mierda!… El mayor abismo está en la frontera entre Finlandia y Rusia, en Värtsilä, en cuanto la pasas y llegas a Ruskeala”.

Calificación personal: 7/10.

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[*] En realidad, el grupo de lectura eligió la novela El sanador, de Antti Tuomainen, la cual, tras la lectura —con su mezcla de policial light incrustado en un contexto de CF postapocalítica light—, me dejó en un perfecto ni fu ni fa. Por esta razón, después, por mi cuenta, elegí leer esta novela de Rönkä, decisión a la que se plegaría el segundo grupo de lectura.

Cinco policiales nórdicos (IV)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin
De Islandia: La voz, por Arnaldur Indridason

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DINAMARCA

Los chicos que cayeron en la trampa,
de Jussi Adler-Olsen (Copenhague, 1950)

De 2008, es la segunda novela de la saga de Carl Mørck, la cabeza del Departamento Q: una unidad especial de la policía, dedicada a casos no resueltos.

 

El caso: A priori, nos interesaba la vueltita lógica del Departamento Q: no se trata aquí de resolver un caso actual, sino de revisar uno pasado. Hay que encontrar errores procedimentales (o corrupción, o encubrimientos, o falsas pistas) y recién entonces, con una nueva hipótesis, encarar una nueva investigación que esta vez sí consiga resolver el asunto.

Como Fossum, Theorin e Indridason, Adler-Olsen también empieza su novela con un teaser. Un hombre corre por un bosque; lleva las manos atadas detrás de la espalda y los ojos vendados con cinta adhesiva. Apenas consigue ver, pero corre lo más rápido que puede, porque sabe que otros hombres vienen a cazarlo.

La investigación en sí se inicia cuando en el escritorio de Carl Mørck aparecen los archivos de un caso de veinte años antes. El misterio es doble: a) ¿Quién (y por qué) dejó esa carpeta ahí?; y b) ¿Por qué a simple vista saltan tantas irregularidades en esa investigación original? ¿Cómo es que nadie la puso en duda?

Esa investigación original se retrotrae a 1987. En una cabaña, dos hermanos adolescentes fueron asesinados brutalmente. Los culpables podrían hallarse entre un grupo de jóvenes patricios, exitosos, ricos, prepotentes. Cuando uno de los sospechosos se entregó y confesó el crimen, el caso se dio por cerrado. Mørck activa su curiosidad y empieza a husmear por ahí; encuentra más pistas plantadas. Alguien quiere que ese caso se reabra sin importar que ya se haya dictado una condena al respecto.

En paralelo, la novela desarrolla dos líneas argumentales más: una que sigue el presente próspero de aquellos sospechosos que hace veinte años eran compañeros de un internado muy exclusivo, y que ahora son empresarios omnipotentes (exceptuando al que se culpó del crimen, quien todavía purga su condena en la cárcel); y otra que sigue la vida de una chica, que también integró aquel grupo de adolescentes, pero que ahora es una vagabunda que roba y se esconde en las inmediaciones de la estación de tren de Copenhague.

Leyendo el 10% inicial, se comprende que aquellos jóvenes (que recuerdan la relación riqueza-poder-aburrimiento-violencia-locura del American Psycho, de Bret Easton Ellis) no sólo son responsables del crimen de 1987, sino también de otros actos de violencia nunca esclarecidos; y que aun hoy todos ellos satisfacen su sadismo de distintas maneras, a excepción de Kimmie, la chica: si ella lleva años escondida en las calles de Copenhague, es porque sabe demasiado sobre ellos…

A diferencia de otras novelas en las que seguimos solamente al investigador mientras éste devela las zonas oscuras del caso hasta dar con un culpable, esta novela de Adler-Olsen se estructura como una partida de ajedrez: el lector es testigo de entrada de los movimientos de ambos contendientes. A medida que avanza, sigue los esfuerzos de una parte por resolver el caso, y de la otra, por evitar esa resolución.

Esta dinámica abierta de protagonista-antagonistas —que el guionismo hollywoodense ha sabido explotar muy bien— aquí tiene la contra de que a veces el lector sabe de antemano hechos que al policía le llevará muchas páginas corroborar: no hay ninguna sorpresa cuando por fin logra hacerlo, y así hay minucias que se dilatan. El principal defecto de la novela —sin contar el de ofrecer unos villanos sin matices— termina siendo éste: sus 512 páginas terminan resultando farragosas (la traducción tampoco ayuda). Un final que se pretende a toda orquesta no alcanza para disimularlo.

 

El investigador: El rasgo principal del subcomisario Carl Mørck es la ironía. Casi no hay diálogo que fluya solamente con los parlamentos de los hablantes; en todos, Mørck tiene que intercalar sus pensamientos sarcásticos off the record.

Como consecuencia de la novela anterior, sabemos que un compañero de Mørck terminó muerto en un tiroteo; otro, Hardy Henningsen, quedó paralítico en un hospital, cosa que mortifica al subcomisario. Una psicóloga de la policía, Mona, lo asiste al respecto; ella es el amor secreto de Mørck.

De carrera en la policía danesa desde que era un joven agente en las calles de Copenhague, Mørck ahora dirige el Departamento Q, cuya oficina queda en un sótano, y el cual tiene una seria escasez de personal.

Sólo dos personas colaboran con Mørck. En la calle, su asistente, el sirio Assad, que no es policía; no se entiende bien cuál sería su relación contractual con la fuerza, pero sí que muchas de sus intervenciones están construidas por Adler-Olsen como un comic relief, estrategia que se extiende también a un nuevo personaje que se introduce al Departamento Q en este libro: el de una nueva colaboradora interna, Rose, una pesada a quien nadie quiere en otras secciones de la policía, pero que puede ser eficiente cuando se lo propone.

Mørck es un tipo alto, que Rose describe sarcásticamente como “un tipo con un cinturón de cuero marrón, los quesos metidos en unos zapatones negros del cuarenta y cinco y pinta de no ser ni fu ni fa”, que además tiene “una calva con forma de culo en la coronilla”.

 

El contexto socio-geográfico: Algunos subrayados en tal sentido:

  1. “En comida no gastaba demasiado, pero gracias al Gobierno de la llamada conciencia sanitaria, el alcohol ya no era tan caro. Ahora destrozarse el hígado salía a mitad de precio, qué gran país”.
  2. “…puede permitirse comprar lo que le dé la gana. Armas incluidas. No tiene más que patear un poco el adoquinado de Copenhague para encontrar una amplia oferta, me consta”.
  3. “Carl no había visto semejante arrebato de indignación desde que el primer ministro reaccionara ante las acusaciones de la prensa con respecto a la intervención indirecta de los soldados daneses en varios casos de tortura en Afganistán”.
  4. Una noticia en la radio: “la amenaza del presidente de la derecha de acabar con el sistema de regiones que él mismo había exigido que se creara”.
  5. Mørck se burla de una delegación de noruegos que viene a conocer el Departamento Q. Para él son “un hatajo de desaboridos del país de los fiordos”; se ríe también de su idioma: “¿Cómo demonios era capaz de extraer una frase tan coherente de semejantes gorjeos?”. A su vez, los noruegos “estaban admirados de la sobriedad danesa y de que los resultados siempre fueran muy por delante de sus recursos y beneficios personales”.

Calificación del grupo: 6/10.

[Termina en el siguiente post].

Cinco policiales nórdicos (III)

Por Martín Cristal

En uno de los grupos de lectura que coordino, este año leímos novelas policiales de autores nórdicos contemporáneos. Por votación elegimos cinco libros, cada uno de un país diferente. Sigo con mi comentario de cada novela.

Leer anteriores:
De Noruega: El ojo de Eva, por Karin Fossum
De Suecia: La hora de las sombras, por Johan Theorin

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ISLANDIA

La voz, de Arnaldur Indridason
(Reikiavik, 1961)

Publicada en 2002, es la quinta novela de la serie del inspector Erlendur Sveinsson.

 

El caso: En Reikiavik, en un hotel de doscientas habitaciones, encuentran —pocos días antes de Navidad— el cadáver de un portero. Gulli vivía desde hacía veinte años en un cuchitril perdido en el sótano del hotel; contratado por una administración anterior, ninguno de los trabajadores actuales del hotel lo conocía bien. Apenas sabían que se daba maña para arreglar lo que se rompía y que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades. Con ese mismo disfraz hallan el cadáver en su cuartucho, salvo que tiene los pantalones bajados, un preservativo puesto y una cuchillada en el corazón.

Ante la perspectiva de otra Navidad solitaria en casa, el inspector Sveinsson decide alojarse en el hotel, en plena temporada alta, para averiguar quién ha cometido el crimen. Esto incomoda a más de uno entre el personal, empezando por el gerente, que no quiere ahuyentar a los turistas.

La acción del libro va descubriendo distintos planos temporales: el presente de la investigación en el hotel, donde además Sveinsson se encuentra varias veces con su hija, Eva Lind; el pasado de Gulli, el drama de su niñez, narrado en retrospectiva (a este plano corresponde el teaser inicial de la novela); la niñez del propio Sveinsson, el recuerdo de una tragedia que forjó su personalidad; y un caso en paralelo —un niño presuntamente golpeado por su padre—, del que se nos informa en forma intermitente, y que es llevado adelante por una ayudante del inspector, Elínborg.

Todos estos planos, que inicialmente parecen inconexos, se van apuntalando mutuamente por proximidad temática: las relaciones filiales y fraternales resultan ser la columna fuerte de la novela.

 

El investigador: A Sveinsson no se lo describe físicamente; quizás, siendo el quinto libro de una serie, el autor ya da por conocidos los rasgos del héroe por cierta masa de lectores fieles. Por los diálogos —muy fluidos— podemos colegir que es un tipo pragmático, que no carece de sentido del humor, si bien el trasfondo de su vida es de corte trágico: una familia destrozada, en parte, por su propia indiferencia. Su ex mujer, Halldóra, lo odia; de su hijo (que no aparece en esta novela) se dice que es alcohólico; su hija, drogadicta en recuperación, abortó a una bebé hace algunos meses.

En la fragilidad de su condición emocional, Eva Lind parece buscar apoyo en su padre —y va a verlo muchas veces al hotel—, aunque cada vez que se encuentra con Sveinsson no puede evitar recriminarle el abandono con que casi la hundió en el olvido total durante años. En un intento por explicar(se) esta actitud distante, Erlendur le cuenta a su hija un episodio traumático de su niñez que no le ha confesado a nadie.

Como detective, Sveinsson es tenaz e insistente a la hora de las preguntas, a veces apilándoselas una sobre otra a los interrogados, casi sin dejarlos contestar. Al contrario del noruego Sejer, Sveinsson no les da información de más a los interrogados (“¿Cómo lo mataron?”, le pregunta uno; “es mejor decir lo menos posible”, contesta él). Algunos detalles se le escapan ingenuamente (demora mucho en pensar que en el hotel podría haber cámaras de seguridad, por ejemplo) y, si puede, evita esposar o detener por la fuerza a una persona para llevarla a la comisaría: les ofrece interrogarlas por las buenas, en el mismo hotel, sin escándalo, aunque eso no siempre es posible.

 

El contexto socio-geográfico: A Islandia se lo presenta como un país pequeño, marginal y provinciano, incluso con algunos complejos de inferioridad: “En este país tendemos a hacer una enormidad de cualquier minucia, y ahora más que en cualquier otro momento de nuestra historia; es como una costumbre de esta nación que jamás ha conseguido ser la primera en nada”. “En este país de enanos, nadie tiene derecho a destacar”, dice Elínborg, “nadie puede ser diferente en ningún sentido”. Otro personaje asegura que “Aquí todo tiene que ser nuevo. Todo lo viejo es basura. Nada merece la pena guardarse”.

Por otro lado, también se habla de una época en la que “la vida era imposible para los homosexuales en Islandia. La mayoría se marchaban del país”.

El turismo es una de sus principales fuentes de ingresos; los turistas llegan “extasiados por la belleza del lugar, aunque los precios de bares y restaurantes de la capital les parecían astronómicos”. Los productos de las tiendas para turistas cuestan “lo que ganaba él [Sveinsson] en un mes”.

En cuanto a la criminalidad, también va en aumento: “los delitos se han vuelto más violentos”; “siempre se está oyendo algo sobre el mundo de la droga y los matones, y cómo agreden a los jóvenes que deben dinero por la droga”. Sin embargo, cuando una turista pregunta “[Do] You have murders in Iceland?”, Erlendur le responde: “Rarely”.

Como curiosidad: las pruebas de ADN deben mandarse a hacer fuera del país.

Calificación del grupo: 8/10.

[Continúa en el siguiente post].