Franz Kafka: La metamorfosis, cien años

Kafka
Por Martín Cristal

Hice el siguiente gráfico divulgativo sobre La metamorfosis de Franz Kafka a pedido de “Ciudad X”, el suplemento de cultura del diario La Voz de Córdoba (Argentina). Se publicó el 15 de octubre, por los cien años de la primera edición de este libro extraordinario. [Clic para ampliar]
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En la parte inferior del esquema figuran las principales fuentes consultadas. Además de los libros en papel ahí mencionados, también recurrí a otras fuentes digitales, que linkeo a continuación:


Otros textos que leí sobre Kafka y La metamorfosis, y que resultaron interesantes, aunque no los usé para el gráfico:

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Un paseo por L. A.

Por Martín Cristal

En un post anterior con algunas ideas sobre el concepto de canon, planteaba la necesidad de no presentar a éste como un ranking, sino como un espacio: podría ser una ciudad con distintos barrios, suburbios, zonas céntricas, periféricas, en construcción… Aquí sobrevuelo a mi modo la Ciudad Literatura Argentina (L. A.)., centrándome sobre todo en narradores. Invito a quienes leen a mejorar o cambiar el mapa según sus apreciaciones y a agregar los nombres que faltan, que son muchísimos (¡en esta fiesta faltan mujeres!). Mejor si describen la zona que representarían esos nombres.

Mi mapa personal de L. A. —la ciudad llamada Literatura Argentina—, podría empezar a dibujarse a partir de una zona residencial alta, el cerro Borges, con casonas de arquitectura clásica y un hermoso cementerio lleno de nombres ilustres. Desde su mirador, se alcanzan a ver los lejanos barrios de las orillas, esos de costumbres pendencieras y criollas; se sabe que en los días más brillantes se llega a ver más allá todavía, incluso otros países con idiomas y costumbres diferentes. Junto a esa alta colina y bajo su sombra permanente, están los barrios Bioy Casares, Silvina Ocampo Anexo, el lujoso y barroco Mujica Láinez, el pequeño Pepe Bianco; sólo a cierta hora del día el sol da de lleno en esos barrios, que tienen sólo ese instante para brillar. Enfrente, aislada y tenebrosa, venida a menos y con un poco de envidia, está Villa Sabato, en una colina más baja separada del resto por una gran depresión, la cual se atraviesa por el Túnel del mismo nombre.

Más a la izquierda, alejado de todo lo anterior, otro alto cerro: el Marechal, una zona un poquito más popular, peronista y catolicona, un área divertida a la cual se llega tomando el juguetón tranvía G, de Girondo. Desde el Marechal, por un puente que cruza el río Quiroga, se llega a Cortázar, un barrio que recuerda al Latino de París y que puede recorrerse de muchas formas; si se sigue más lejos se llega a Ampliación Abelardo Castillo, que repite o continúa la arquitectura de las zonas ya mencionadas. Filloy es un barrio antiguo, de trazado heterogéneo y construcciones disímiles, donde los nombres de todas las calles tienen siete letras y también pueden leerse de atrás para adelante.

Muy lejos de ahí, está Arlt, un barrio aparte, un bajofondo duro, con su propia jerga y mucha personalidad; en esto último, la zona de Fogwill, aunque mucho más nueva, se le parece un poco. Los dos son barrios peligrosos (ladrones, rufianes y secuestradores en el primero; traficantes de armas o cocaína, críticos, espías y ex combatientes devenidos en asaltantes en el segundo). Blaisten es el área céntrica de los comercios cerrados por melancolía, de los judíos, de los consultorios de analistas, todos entreverados con los conventillos de Marco Denevi; una especie de Once porteño.

Atraviesa el centro la avenida Saer, que tiene veintiuna cuadras y termina en el río; no lejos de ahí se encuentra la “zona rosa” Manuel Puig, donde están los cines para ver a las estrellas de Hollywood y emocionarse con melodramas.

Extienden la ciudad algunas áreas más modernas: Fresán, Pauls, Berti, Kohan, la futurista Cohen, el conurbano Bermani, además de muchas otras del barrio joven que muestran arquitectura contemporánea, edificios nuevos, muchos (sólo) de antología, muy diferentes entre sí. Por ahí cerca queda Aira, una zona llena de casitas a medio hacer: un emprendimiento inmobiliario que primero llama la atención por su ingenioso trazado general y por la velocidad de su construcción, pero que, si se lo releva casa por casa, casi siempre termina siendo una decepción.

En las afueras y hacia el este, cerca del popular barrio Soriano, se encuentra el estadio Fontanarrosa y el edificio del periódico local, el Walsh; también en las afueras, pero exactamente del otro lado de la ciudad, se encuentran el museo de curiosidades Macedonio Fernández, el mirador Piglia (desde donde pueden verse todos los edificios de la ciudad, excepto el propio mirador) y el extraño hotel Witold, de avejentada arquitectura vanguardista. Luego viene la circunvalación, con varias salidas: la ruta Belgrano Rawson conduce al sur; la Héctor Tizón, al norte.

A partir de ahí: el campo, la infinidad de la pampa que rodea y abraza a la ciudad, no como el fin o la nada, sino al revés, como el comienzo: es la marca que la ciñe, que le muestra cuál es su límite máximo. Esa extensión infinita es el país: el Martín Fierro.

Yo siempre vuelvo a esta ciudad y busco la zona en que nací para afincarme cerca de ella y hacerme amigo de mis vecinos. Ya la encontraré.

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Imagen: Lomos de libros gigantes en la fachada del estacionamiento de la Biblioteca Pública de Kansas City. Fuente: Selectism.

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Ciencias morales, de Martín Kohan

Por Martín Cristal

En septiembre pasado, vino Martín Kohan a la Feria del Libro de Córdoba. Antes de leer su divertido cuento “El amor” en la última noche del ciclo La letra encendida, lo escuchamos en una charla que dio en el Cabildo. Ahí Kohan contó que la directora del Colegio Nacional de Buenos Aires no quería dar el permiso para filmar in situ la versión cinematográfica de Ciencias morales, la novela de Kohan que ganó el Premio Herralde en 2007. Ahora que leí la novela, entiendo el porqué.

La historia: María Teresa es una preceptora muy joven del Colegio Nacional de Buenos Aires. Estamos en la dictadura, aunque el autor no quiere que sepamos bien en qué año (al menos no de entrada). Las normas del colegio son estrictísimas. Marita —que vive aburrida con su madre mientras su hermano hace la colimba— se compenetra con su trabajo: quiere hacerlo bien para impresionar al señor Biasutto, su jefe. Decide que agarrar a algún alumno en flagrante violación del reglamento del colegio puede ser lo que ella necesita para recibir una felicitación, por lo que se pone en campaña para lograrlo. Ése es el universo —mezquino, limitado, opresivo, oscuro y asfixiante— en el que se mueve Marita cuando empieza a bajar por la espiral del cazador que tal vez termine cazado. El centro de esa espiral es un agujero negro de abusos e impunidad. Seguramente fue eso lo que no le gustó a la actual directora, aunque en el resto de la novela Kohan rezuma orgullo por haber asistido él mismo a ese colegio de larga tradición.

Las referencias temporales son deliberadamente elididas al comienzo del texto; sólo en la página 87 aparecen los primeros indicios claros referidos al año en que transcurre la acción de la novela. Dichos indicios están muy bien dosificados a lo largo del libro, escalonados de menor a mayor evidencia, y así abren un juego interesante para el lector. Lamentablemente, y como suele suceder, la contratapa de Anagrama traiciona ese excelente trabajo de Kohan.

El estilo es ordenado, aunque un tanto insistente y confirmatorio: tiene el “hábito docente” de acumular variaciones de una misma idea, como para dejarles claro el concepto a los alumnos (los lectores). Una oralidad de disertante, de catedrático. A veces con estas repeticiones Kohan consigue un efecto rítmico, pero otras se vuelve un poco extenso y machacón (ver por ejemplo las pp. 161-162, donde hay un párrafo de dieciocho líneas sólo para dejar claro que Marita no puede saber con certeza si el alumno que huele a colonia Colbert y acaba de entrar al baño es Baragli). El diálogo de Biasutto y Marita en el café es muy bueno para conocerlos mejor a ambos, aunque algunos sobreentendidos de dos personas que conversan frente a frente no hayan sido considerados.

Lo mejor del libro: el ambiente de la escuela, su correlato con la atmósfera marcial del país y la sutileza con que se insertan las marcas de época (el frente curvo de los camiones militares Mercedes Benz 1114; la extinguida gaseosa Tab, que Marita pide en el bar) o los rasgos ideológicos de los personajes (“Hay tan lindas carreras para que siga una mujer”, le dice Biasutto a Marita cuando ella le cuenta que no sabe bien qué podría estudiar).

PD. Nombrar a cierto colegio cordobés (que está en la esquina de Duarte Quirós y Obispo Trejo) justo en el último párrafo de la novela es una señal de mal gusto; cualquiera que —como yo— haya hecho la secundaria en el Manuel Belgrano no puede dejar de lamentar un desliz así en una buena novela como ésta.
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Ciencias morales, de Martín Kohan. Barcelona. Anagrama, 2007.