Noche caliente, de Lee Child

Por Martín Cristal

Noche de calor en la ciudad

Hace unos años, Ricardo Piglia señalaba que las traducciones hechas en la Argentina habían producido “efectos en la escritura propia, nacional”. Como ejemplos presentaba (entre otros) los casos de Las palmeras salvajes de William Faulkner y Otra vuelta de tuerca de Henry James: en sus países de origen —decía Piglia—, esos libros son considerados menores dentro de la obra completa de Faulkner o James, pero debido a esas traducciones —de Jorge Luis Borges y José Bianco, respectivamente—, las cuales impulsaron la circulación de esos escritores entre nosotros, hoy ambas novelas son consideradas como centrales por los lectores argentinos. Según Piglia, esas traducciones locales “rompen los esquemas jerárquicos” y establecen otro orden para “textos que no están, en su origen, en el canon”.

Creo que algo similar sucederá con Noche caliente, primera traducción/edición de Lee Child hecha en la Argentina. Traduce Aldo Giacometti; la edición —que, para un best-seller popular como Child, uno esperaría de un grupo multinacional— llega en abril gracias a la editorial independiente Blatt & Ríos.

 

¿Quién es Lee Child?

No es —ni quiere ser— Faulkner o James. Lee Child (Inglaterra, 1954) es un maestro del thriller; su verdadero nombre es Jim Grant y durante años trabajó en una cadena de televisión. Cuando perdió ese trabajo empezó a escribir, imponiéndose el seudónimo y también el rédito comercial. Lo logró desde Zona peligrosa (Killing Floor; 1997), primera novela de su personaje Jack Reacher: un ex policía militar devenido en vagabundo al que —en un comienzo a lo Rambo— lo detienen al pasar por un pueblito rural. ¿Merodeo? No: lo acusan de un crimen…

Child vive en Nueva York, tiene una colección de bajos eléctricos vintage y usa dos computadoras: una para navegar por internet y la otra solo para escribir. Su estilo es seco, con diálogos cortantes. La intriga vibra, la acción fluye: la velocidad del texto fogonea el disfrute del lector. Child sin duda sabe cómo generar suspenso. Con esa fórmula, Child ya vendió millones de copias de sus 21 títulos de Reacher. Entretenimiento puro, cuya masividad aumentó al pasar al cine.

 

Jack Reacher, del papel a la pantalla

Reacher, el personaje, nació en 1960, en una base militar en Berlín. Hijo de un marine norteamericano y una francesa, fue criado con rigor en distintas bases. En novelas recientes —como Personal (2014)— ya lleva casi 20 años retirado del ejército y sigue recorriendo su país, tras haber conocido el resto del mundo cuando estaba de servicio.

Verdadero imán para los problemas, confía plenamente en sus aptitudes físicas, sobre todo para el combate (no así para correr o manejar). Tiene un gran poder de observación; acepta demasiado rápido sus primeras hipótesis, sí, pero eso suele funcionarle. Viaja sin equipaje en ómnibus de larga distancia. Apenas lleva un cepillo de dientes, su identificación y la tarjeta del cajero. Cafeinómano, vive de ahorros, changas y de lo que les quita a los contrincantes vencidos (su “botín de guerra”).

Es, además, un ropero: casi dos metros y cien kilos. O sea, nada parecido a Tom Cruise (excepto por su arrogancia). Sin embargo, ahí está el maderamen de Tom protagonizando Jack Reacher (Christopher McQuarrie, 2012), película basada en el noveno libro de Child: Un disparo (One shot; 2005). Hubo fans que, furiosos, abrieron una página de Facebook titulada Tom Cruise no es Jack Reacher; ahí —además de criticar el tamañito de Tom— cada uno propone su casting ideal.

Salvando ese “detalle”, la película resulta atrapante. No así la siguiente, Jack Reacher: Never Go Back (Edward Zwick, 2016, basada en la novela homónima de 2013), que carece de ritmo y donde a Cruise se lo ve más recauchutado que nunca.

Una curiosidad: en ambas películas hay cameos de Child.



Noche caliente

Donde Reacher no falla, es en los libros. Esta primera edición argentina, con prólogo de Elvio Gandolfo (lector entusiasta de Child), presenta dos novelas breves, publicadas originalmente como material extra (bonus material) en ediciones de bolsillo.

En la primera, “Noche caliente” (High Heat), Reacher tiene 16 años. Llega a Nueva York justo en la noche del Gran Apagón de 1977. La ciudad es peligrosa pero Reacher también: aunque todavía no es militar, su fortaleza y su temperamento ya están forjados. Encontrará chicas, mafiosos, un asesino serial y hasta una pelea en el CBGB, donde esa noche tocan Los Ramones.

En “Guerras pequeñas” (Small Wars), Reacher tiene 29, ya es policía militar e investiga un crimen. La identidad del asesino se nos muestra de entrada: es Joe Reacher, el hermano de Jack (central en la primera novela de la saga). ¿Lo descubrirá Jack? Aquí también aparece la sargento Neagley, ladera de Reacher en la recomendable Mala suerte (Bad Luck and Trouble, 2007).

Para los amantes del género negro, este libro arde. Traducirlo y editarlo en forma independiente motiva una lectura distinta y eleva su valor en el contexto deprimido de la industria editorial argentina. Adivino que el grupo editorial que tiene los derechos del resto de Child, aprovechará la repercusión de esta iniciativa y mandará desde España otros títulos de Reacher (que aquí hoy sólo se consiguen en saldos o por internet). Mientras tanto, para muchos lectores argentinos, Noche caliente se volverá la entrada principal a un nuevo y entretenido universo de ficción.

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Noche caliente. Dos historias de Jack Reacher, por Lee Child. Blatt & Ríos, 2017. Nouvelles, 216 páginas. Prólogo de Elvio Gandolfo; traducción de Aldo Giacometti. Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 23 de abril de 2017).

Lo mejor que leí en 2016

Por Martín Cristal

bestlibros2016

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2016:

  • Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich [leer reseña].
  • The Volturno Poems, de Francisco Bitar.
  • El ciclo de vida de los objetos de software [The Lifecycle of Software Objects], de Ted Chiang.
  • Cero K, de Don DeLillo [leer reseña].
  • Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez [leer reseña].
  • El increíble Springer, de Damián González Bertolino [leer reseña].
  • Sueños de trenes, de Denis Johnson [leer reseña].
  • La maestra rural, de Luciano Lamberti.
  • La rueda celeste [The Lathe of Heaven], de Ursula K. Le Guin [leer reseña].
  • The paper menagerie [El zoo de papel], de Ken Liu (lectura en curso, ya casi).
  • Maniobras de evasión, de Pedro Mairal.
  • Aquí, de Richard McGuire [leer reseña].
  • Después de Mao. Narrativa china actual, antología de Miguel Ángel Petrecca [leer reseña].
  • Arrugas, de Paco Roca [leer reseña].
  • 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana, antología de de Pepe Rojo y BEF [leer reseña].

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El increíble Springer, de Damián González Bertolino

Por Martín Cristal

Remembranza de una amistad gigante

el-increible-springer-gonzalez-bertolino-entropia“Por ese entonces Punta del Este era un lugar muy diferente del que es ahora”. Esa época es el verano de 1957, cuando Gastón Springer se convirtió en “el increíble Springer”.

El status de creíble (de verosímil) es una de las metas de cualquier escritor de ficciones: más allá de cuán extraña o fantasiosa sea la anécdota a narrar, se busca suspender por un rato la incredulidad del lector/espectador mediante el desarrollo de una lógica interna, propia del relato en curso. En El increíble Springer, Damián González Bertolino no sólo hace creíble el cambio que (paradójicamente) volverá “increíble” al pequeño y débil Gastón —logrando que lo real se acerque a lo fantástico—, sino que además le da entidad verdadera al entorno de una niñez que no es la suya: el autor nació en Punta del Este, sí, pero en 1980.

La infancia de su nouvelle es entonces la de una generación anterior, con autos descapotables, una ciudad que todavía es un pueblo y con playas que todavía no están abarrotadas de turistas argentinos (si bien desde los médanos se puede espiar a una joven y muy deseable Mirtha Legrand en traje de baño). Lo que para su narrador es una remembranza, para el autor —quien le dedica el texto a su padre— es un ejercicio de la imaginación.

Con nostalgia ficcional, esa imaginación dicta que el hijo de un pescador, que acompaña a su padre en bicicleta para repartir la mercadería de cada día, conozca al hijo de unos inmigrantes franceses. El lazo entre ellos será el de esas amistades automáticas que surgen entre niños de seis años, y que en los adultos son más difíciles de forjar. De hecho, cuando crezcan —los dos, pero en particular Gastón Springer— esa lealtad será puesta a prueba.

El estilo tiene un aire de literatura norteamericana. Es reposado pero constante, sin apresuramientos ni dilaciones, en un tono de confidencia amable, sólido en su madurez de adulto que rememora, o que repite un relato que ya ha pulido de reflexiones innecesarias. La atmósfera de aquel pasado no se le impone al lector con detalles abrumadores, sino que lo va ganando de a poco con pinceladas impresionistas. Crece, sin prisa y sin pausa, como la mancha de sudor en la camisa de ese padre que pedalea.

el-increible-springer-gonzalez-bertolino-estuarioEl increíble Springer funciona bien como relato independiente, tal como lo reeditó el sello argentino Entropía, si bien originalmente se publicó como parte de un díptico, que mereció el Premio Nacional de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental” en 2009.

En esa edición inicial, su lado B era el relato “Threesomes”, donde Punta del Este se parece mucho más a la que conocemos —o imaginamos— los argentinos: su historia transcurre en los noventa, en el club de golf (escenario que en el relato sobre Springer también aparece, aunque de pasada). Tres mujeres juegan y un caddie las sigue; entre esas cuatro figuras construidas en tercera persona, se van destilando una decrepitud que linda con la locura, miserias sociales, hipocresías, la necesidad de cuidar las apariencias y otras preocupaciones —a veces irrisorias— de la gente de dinero o con aspiraciones de figurar.

Vale la pena asomarse también a esa versión “completa” (desde 2014 se consigue por Estuario Editora). En ella, ambos relatos se apuntalan por los cruces que generan un escenario común y dos épocas muy diferentes.

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El increíble Springer, de Damián González Bertolino. Nouvelle. Entropía, 2015. 102 páginas. (También en edición uruguaya, como díptico junto al relato “Threesomes”. Estuario Editora, 2014). Recomendamos este libro en “Número Cero”, La Voz (Córdoba, 30 de octubre de 2016).

Lo mejor que leí en 2015

Por Martín Cristal

CRISTAL-LoMejorQueLeiEn2015

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2015:

  • Polvo de pared, de Carol Bensimon (relatos) [leer reseña].
  • El adversario, de Emmanuel Carrère (novela/no ficción) [leer reseña].
  • Desgracia, de J. M. Coetzee (novela).
  • Obra completa de Joaquín O. Gianuzzi (poesía).
  • Sumisión, de Michel Houellebecq (novela).
  • Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy (novela) [leer reseña].
  • Sobre el bloqueo del escritor, de Victoria Nelson (tratado) [leer reseña].
  • El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (adapt. escénica de la novela).
  • Poesía civil, de Sergio Raimondi.
  • Felices los felices, de Yasmina Reza (novela) [leer reseña].
  • Las redes invisibles, de Sebastián Robles (relatos) [leer reseña].
  • Distancia de rescate, de Samanta Schweblin (novela breve).
  • Emigrantes, de Shaun Tan (historieta/libro-álbum) [leer reseña].
  • Perla, de Roberto Videla (novela breve).
  • Las clases de Hebe Uhart, de Liliana Villanueva (ensayos).

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Catálogo de formas, de Nicolás Cabral

Por Martín Cristal

La arquitectura de la ficción

Nicolas-Cabral-Catalogo-de-formasNicolás Cabral (Córdoba, 1975) es hijo de exiliados argentinos en México DF. Formado como arquitecto, edita desde hace años una exquisita revista de artes, La Tempestad. Recientemente fue incluido en México20, una antología que reúne a 20 escritores mexicanos menores de 40 años (orientada al mercado internacional, la versión en inglés de dicha antología —polémica, como todas las de su calibre— fue presentada en la London Book Fair del corriente año).

La primera novela de Cabral se titula Catálogo de formas, lo que parece poner el foco sobre los aspectos formales del texto. Éstos son, sin duda, destacables, pero antes de relevarlos hay que decir que la novela también presenta un contenido de interés: Cabral ficcionaliza sobre hechos reales, tomados de la vida de un famoso arquitecto mexicano.

El Arquitecto primero predica la funcionalidad racional del modernismo, pero misteriosamente —o quizás sólo por el peso de sucesivas influencias— se va decantando por construcciones caprichosas, de utilidad incierta, enclavadas en medio de la selva. “Deseo, paralelamente, el equilibrio de las formas y el estallido orgiástico, la eficiencia y el derroche. ¿Hay solución, geometría de las pasiones?”, se pregunta el protagonista.

En buena medida, el autor consigue la difuminación entre lo real y lo ficcional gracias a la estrategia narrativa de no designar a los personajes con nombres propios, sino por el arquetipo que los representa. Al protagonista lo llama el Arquitecto; otros personajes son, por ejemplo, el Doctor, el Pintor, el Albañil… Esto recuerda a Trabajos del reino, de Yuri Herrera (también por la coincidencia de la editorial, la española Periférica). Con una salvedad importante: en la novela de Herrera, los personajes-arquetipo —el Rey, el Artista y demás— no remiten a ninguna persona real en particular; la novela de Cabral, en cambio, estaría más cerca del roman à clef (la “novela en clave”), como se conoce a aquellas obras en las que los personajes se basan en personas reales que pueden ser descubiertas por el lector, si éste cuenta con un juego de referencias apropiado.

¿Conviene que esta reseña devele esa “clave” central que decodificaría la novela? Tanto la contratapa como la obra en sí se cuidan de mencionar en sus respectivos textos al arquitecto real en cuya vida se basa este libro. La mayoría de los lectores-no-avisados sólo tendrían como pista inicial cierta escalera que aparece en la tapa (la pureza formal de esa escalera se realza por la foto, tomada por otro cordobés radicado en México, Ramiro Chaves).

"Casa O'Gorman". Ramiro Chaves, 2014

Ese “secreteo del referente” busca que la lectura se oriente hacia los propios procedimientos de la novela, y no hacia el universo exterior al libro. La intención me parece elogiable; por eso lamento tener que dar al traste con esas sutilezas, en aras de comunicar cabalmente el interés que suscita el libro.

Y es que una faceta importante de ese interés surge de que el Arquitecto de Cabral esté basado en —aquí viene la traición— el emblemático Juan O’Gorman. El mismo autor lo certifica en unas notas finales que revelan sus fuentes (y que señalan en Cabral una honradez que la ficción no le exige a nadie).

Más allá de esto, lo que eleva a la novela sobre los meros hechos verificables por la documentación histórica es su transposición imaginativa y, sobre todo, la forma de (re)presentarle esos hechos al lector. Si puede establecerse un paralelismo entre una disciplina material como la Arquitectura y una inmaterial como la Literatura, se puede decir entonces que Cabral ha logrado mimetizar esta primera novela suya con algunos aspectos de la obra del propio O’Gorman.

Por ejemplo, lo primero que se detecta es la síntesis y el control en la construcción formal del texto: la austera regularidad del fraseo, la condensación de sentidos y la rigurosa extensión de los capítulos (todos de dos páginas). Esto coincide con la síntesis y el rigor que el mismo O’Gorman mostraba en sus obras iniciales.

Otro aspecto comparable es que la “arquitectura” del libro remita al mosaico: los capítulos presentan una ruptura cronológica, que hace que “el ojo” del lector arme la historia; esta fragmentación también se basa en la alternancia de distintos puntos de vista (no de voces: el texto está más cerca del unísono que de la variación de registros. Se reconoce quién habla en cada capítulo mediante otras pistas diseminadas en el texto, lo cual constituye uno de los deleites de la lectura). Si recordamos que una de las obras de O’Gorman es el gran mural de mosaicos que distingue a la Biblioteca de la UNAM, se comprende lo pertinente de esta forma elegida por Cabral para componer su novela.

Biblioteca de la UNAM. Fuente: Flickr de sguardojos

Toda esta mímesis formal es uno de los principales atractivos del libro. Catálogo de formas puede interesarles no sólo a arquitectos que quieran disfrutar de un enfoque ficcional sobre la vida de O’Gorman, sino también a otros lectores que quieran asomarse a una narración breve y sustancial —muy pulida, de forma tan abierta como rigurosa— sobre la batalla de autoconocimiento que libra cualquier artista que sepa cuestionar sus propias ideas acerca de la disciplina a la que ha decidido dedicarle la vida entera.

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Catálogo de formas, de Nicolás Cabral. Nouvelle. Periférica, 2014, 104 páginas. Recomendé este libro en “Ciudad X”, del diario La Voz del Interior (cuyo manual de estilo insiste en cambiarme las X por J cuando escribo “mexicanos” o “mexicanas”). Córdoba, 4 de junio de 2015.

Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy y Diego Ontivero

Por Martín Cristal

Los cazafantasmas

Larraquy-Ontivero-Informe-Ectoplasma-animalRoque Larraquy se desmarca de las expectativas que siempre genera una muy buena primera novela —como sin duda lo fue La comemadre, su debut narrativo de 2010— mediante la publicación de un segundo libro que no pueda encajarse fácilmente en ese mismo género… o en cualquier otro. Un buen intento de evitar las (inevitables) comparaciones.

Su flamante Informe sobre ectoplasma animal consta de 23 episodios brevísimos cuyo punto en común más evidente con La comemadre es el retorno a la exploración ficcional del ámbito científico de principios del siglo XX (que en esta ocasión se prolonga hasta la década del cincuenta). En la ingenuidad entusiasta de esas investigaciones primigenias —en ese no saber si lo que se estudia hoy tendrá, algún día, estatuto de ciencia, o aplicaciones prácticas relevantes—, hay una cantera muy rica para la imaginación narrativa, algo que Larraquy sabe aprovechar.

La narración en presente le otorga inmediatez a una acción que se enfoca —en las dos primeras partes del libro— en la recolección de un módico zoológico de aparecidos: son espectros de animales muertos, “un residuo matérico inscripto en el éter”, que puede registrarse mediante una novedosa técnica, todavía en desarrollo: la ectografía. Con ella es posible captar el “ectoplasma” animal, y luego sugerir las más diversas conclusiones respecto de cada uno de esos registros.

Los episodios del catálogo espectral de Larraquy funcionan en dos direcciones: presentan una historia fantasmagórica que luego el registro ectográfico vendrá a interpretar; o bien, a la inversa, describen primero una ectografia, cuyo resultado el lector comprenderá mejor al conocer el contexto en que se obtuvo la toma.

La tercera parte de este informe propone una trama mínima en torno al intento de desarrollar la técnica ectográfica por parte de una típica sociedad (pseudo)científica: caballeros honorables que buscan sistematizar sus observaciones en pos de convertir su afición común en una ciencia hecha y derecha (lo otro que buscan, claro, es credibilidad y apoyo económico). La convicción de los científicos de Larraquy a veces parece más basada en la fe que en la razón, y muchas veces provoca una sonrisa. Su fascinación por ver lo que usualmente no puede verse, recuerda el asombro de Hans Castorp —en La montaña mágica de Thomas Mann (1924)— al ver el esqueleto de su primo Joachim (y los huesos de su propia mano) en una “moderna” radiografía.

Diego-Ontivero-TrilobitesEl texto íntegro abarca apenas 55 páginas, que se complementan bien con las ilustraciones de Diego Ontivero: 23 composiciones geométricas de colores desaturados —cuando no en blanco y negro—, posiblemente realizadas con algún programa de dibujo vectorial (Ontivero es diseñador gráfico). Figurativas o abstractas, apelan a sintéticas vistas frontales o con perspectivas isométricas, y a la elogiable estrategia de sugerir antes que explicar. Destaca la de un trilobites, mezcla de fósil y móvil colgante.

En un dibujo mucho más antiguo (un grabado en realidad), Goya inscribió aquello de que “el sueño de la razón produce monstruos”. En este informe, el monstruo provisto por la razón —por la ciencia, como sucede desde Frankenstein— toma la forma evanescente de un espectro mixto, un residuo fantasmal que en su más mínimo contacto con el hombre parece capaz de alterarlo, excitando su violencia intrínseca. Todo el orden moral humano queda en cuestión cuando nuestra bestialidad puede atribuirse a algo invisible, incontrolable, que nos atraviesa. El epílogo de este Informe sobre ectoplasma animal funciona como contraste para esta percepción. ¿Somos más de lo que se ve de nosotros? Aun si así fuera, los hombres ya hemos establecido las penitencias que les corresponden a todas “nuestras” malas acciones.

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Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy (texto) y Diego Ontivero (ilustraciones). Nouvelle ilustrada. Eterna Cadencia, 2014. 88 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 8 de mayo de 2014).

Perpetua en Eribea: novela de ciencia ficción, online

Leer el primer episodio
Uno es lo que come, dicen. Y también podría decirse que uno escribe lo que lee. Desde que me entró el berretín de volver a leer ciencia ficción, me empezó a dar vueltas en la cabeza una idea para una novela breve del género.

Encaré el texto con un seudónimo. No para ocultarme tras él, sino para separar bien este proyecto genérico de la tetralogía novelística que empecé con Las ostras (obras realistas, en las que todavía trabajo, y que no tienen nada que ver con la CF). Me pareció divertido seguir el modelo de John Banville/Benjamin Black (salvando las distancias, claro): el primero escribe literatura sin condicionamientos de género, mientras que su alias sí se enmarca en uno.
Y todos saben que los dos son el mismo, y no hay escándalo por eso.

Mi nom de guerre es Ari Epstein (a quien se puede seguir por Facebook).
La novela se llama Perpetua en Eribea. Se publicará por entregas,
todos los miércoles, en el website de PALP Series.

Acá ya se puede leer el primer episodio.

Ojalá les guste.

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La ilustración es del gran maestro Burda (Alejandro Burdisio), que tuvo la gentileza de hacerla especialmente para esta novela.

Los últimos, de Katja Lange-Müller

Por Martín Cristal

Alquimia narrativa

Los-ultimos-Katja-Lange-MullerLa esencia del proceso de impresión creado por Gutemberg —la composición manual del texto acomodando bloques móviles de tipografía— se mantuvo relativamente intacta durante más de quinientos años. Tras la linotipia y la posterior composición “en frío”, llegó la progresiva informatización del rubro, y con esto, el fin de un viejo modo de hacer las cosas.

Sabemos que hoy Alemania es sinónimo de excelencia en lo referente a esta industria pero, ¿cómo puede haber sido una imprenta pequeña en la Berlín Oriental a fines de los setenta? Al entrar en la de Udo Posbich, por ejemplo, veríamos que todavía hay “cajistas” componiendo textos con caracteres grabados en plomo. Conviven con la linotipia, pero su trabajo manual persiste: Posbich puede cobrarlo más caro por la destreza y el tiempo que requiere. Para sus empleados es insalubre, pero de la salud y la jubilación de éstos ya se encargará el omnipresente Estado.

En esa sórdida atmósfera —donde mandan la rutina, el tedio y la falta de perspectivas individuales— nos sumerge Katja Lange-Müller (Berlín Oriental, 1951) desde las primeras páginas de Los últimos (nouvelle subtitulada Registros de la imprenta de Udo Posbich). Un trabajo decadente donde coinciden la triste narradora —una cajista novata— y otros tres empleados: son “los últimos” en ganarse el pan con el viejo oficio de Gutemberg antes de ser arrasados por la tecnología y la historia.

Los últimos de un oficio y de una era. Pero ese futuro inevitable que el lector avista desde el principio es sólo una finta narrativa, un camuflaje para las verdaderas historias que Lange-Müller nos tiene reservadas. Porque en realidad esas historias provienen del pasado: en los cinco capítulos de esta nouvelle magistralmente concisa, se nos resume un hecho crucial en la vida de estos cuatro imprenteros freaks, incluida la solitaria narradora, cuyos compañeros llaman “la morada elefanta manca”. El primero en sincerarse será Fritz, con el cuerpo marcado por la añoranza de un hermano; por boca de terceros lo conoceremos todo sobre Manfred, que sabe escuchar a las máquinas; y leyendo cartas ajenas entenderemos mejor a Willi, cuyo furioso desahogo quiere ser leído entre líneas (porque, como Spinetta, Willi también ha descubierto que “hay una armonía / donde no se lee / donde el papel / quedó en blanco”).

Los últimos es precisa y compacta en su disección del fracaso individual y colectivo. Los lectores ya sabemos que ese Muro de Berlín caerá y, con él, también el agobio del control estatal en la Alemania del Este; sabemos también que antes algunos habrán logrado cruzar las fronteras, y que algún día el nuevo soporte del texto será (ya es) electrónico. En el soporte que sea, este texto seguirá ofreciendo las experiencias pretéritas de cuatro “últimos” que supieron formar textos con sus manos. Un ramo de almas mustias, plantas solitarias que hace rato han perdido todas sus flores. Contándonos sus vidas, Katja Lange-Müller demuestra que es una alquimista narrativa capaz de transformar pasados de plomo en historias de oro.

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Los últimos, de Katja Lange-Müller. Nouvelle. Adriana Hidalgo Editora, 2007. 114 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 14 de noviembre de 2013).

August Eschenburg y Risas peligrosas, de Steven Millhauser

Por Martín Cristal

Instrumentos de precisión fantástica

Steven-Millhauser

Puede que hoy sea más rápido ubicar a Steven Millhauser (Nueva York, 1943) por ser el autor del relato en el que se basó la película El ilusionista que por trabajos anteriores como su novela Martin Dressler —ganadora del Pulitzer— o el tríptico Pequeños reinos (ambos libros publicados en castellano por la editorial Andrés Bello). Si se lo busca actualmente por las librerías argentinas, pueden encontrarse al menos dos obras más: la novela breve August Eschenburg (Interzona, 2005) y los cuentos de Risas peligrosas (Circe, 2010).

Steven-Millhauser-August-Eschenburg Millhauser sitúa muchas de sus historias en el salto del siglo XIX al XX. El fervor cientificista y los recursos técnicos de esa época le permiten imaginar toda clase de invenciones de corte steampunk (como se le llama a la corriente de la ciencia ficción cuyo imaginario se despliega desde esa “era del vapor”). August Eschenburg, por ejemplo, es la historia de un alemán de esos años que sobresale por la construcción de muñecos mecánicos, autómatas capaces de movimientos cada vez más delicados. Su habilidad sorprende al público,
al menos mientras éste no se distrae con las otras novedades que ofrece la época. Con bella precisión, Millhauser nos hace meditar sobre las diferencias entre arte y artesanía, sobre lo efímero del interés social dispensado a ciertas prácticas, sobre el gusto estético como una construcción colectiva y mutante, prisionera de su tiempo, y también sobre la amenaza permanente del fracaso y el sinsentido vital. El libro integra la colección Línea C, dirigida por Marcelo Cohen, quien también se ocupó de traducirlo.

Steven-Millhauser-Risas-PeligrosasSi bien es más reciente, Risas peligrosas quizás sea más difícil de conseguir. Abre con “El ratón y el gato”, un cuento muy distinto del resto; en él, Millhauser le inyecta un hálito reflexivo a las habituales rencillas entre Tom y Jerry. La Parte II, “Actos de desaparición”, reúne cuatro historias que transcurren en la actualidad. La más memorable es “La desaparición de Elaine Coleman”. Apartado del triste y ominoso sentido histórico que la palabra “desaparición” tiene en la Argentina, el cuento propone que la presencia de los otros es una construcción de la que todos somos responsables: nuestra pertinaz indiferencia podría erosionar la existencia de una persona. También se destacan el cuento que titula al conjunto, donde la potencia de la risa es explorada como una moda pasajera entre adolescentes, y el impecable “Historia de un trastorno”, que desnuda lo inútil del lenguaje para dar cuenta de la profunda vastedad de lo real, un poco como lo hacía el Funes borgeano.

Borges y también Calvino sobrevuelan la Parte III, “Arquitecturas imposibles”. La pueblan los extremos de lo enorme (cúpulas que cubren ciudades enteras, o torres babélicas construidas por varias generaciones de obreros)[*] y de lo pequeño (las obras infinitesimales del maestro miniaturista de un antiguo reino, o los ínfimos detalles que cuidan unos “duplicadores” que, a diario, reproducen los cambios de una ciudad entera en otra cercana e idéntica).

La última parte, “Historias heréticas”, vuelve al siglo XIX y a personajes como Eschenburg: miembros de una Sociedad Histórica que intentan conservar cada bagatela del presente en aras de su futuro estudio; un precursor del cine que no consigue el movimiento mediante la fotografía, sino con la pintura; un grupo de científicos que intenta perfeccionar una máquina que reproduzca hasta las sensaciones táctiles más finas…

Es el amor por los detalles lo que caracteriza la prosa de Steven Millhauser. Esa atención por lo preciso y lo exacto incluso se vuelve su tema en aquellos relatos donde los personajes destilan una obsesión similar por la minucia trabajada y pulida hasta la locura, aunque luego descubran que sus empresas conducen a callejones sin salida.

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Risas peligrosas, de Steven Millhauser. Relatos. Circe, 2010. 288 páginas. | August Eschenburg, de Steven Millhauser. Nouvelle. Interzona (Línea C), 2005. 98 páginas. | Con una versión más corta de esta reseña, recomendamos ambos libros en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 6 de junio de 2013).

 

[*] Este cuento, “La torre”, nos recordó inevitablemente a otro cuento de Ted Chiang, “La torre de Babilonia” , el cual preferimos sobre el de Millhauser.

Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco

Por Martín Cristal

El siguiente es el libro que recomendamos en el Nº 15 de la revista Ciudad X (septiembre de 2011).

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“Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante, porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual”. Esto piensa Carlos, el protagonista, en un pasaje crucial de Las batallas en el desierto. En ese momento, Carlos es un chico de ocho o diez años; ahora es el hombre mayor que nos narra aquella historia, y hay que reconocer que su memoria del México de fines de los cuarenta es nítida y consistente.

Remebranza vívida de una ciudad y una infancia perdidas, esta novela corta de José Emilio Pacheco (1939) es un exitoso intento de volver a ser niño —como quería Korczak— para batallar otra vez en el desierto de un patio de escuela. También es una forma de volver a enamorarse por primera vez. El primer amor es lo que congrega los recuerdos de Carlos, una memoria urbana hecha de nombres de autos, anuncios comerciales o la “Obsesión” por un bolero. Muchos de estos indicios son reconocibles como marcas de época; otros se centran en la demarcación de lo local: más que el tiempo, nos señalan el espacio de la Ciudad de México. También se infiltran las antiguas (las persistentes) moralinas, las diferencias de clase y de origen: entre capitalinos y provincianos, o entre mexicanos y extranjeros.

La prosa es impecable, viva prueba de que, para tener ritmo, las frases cortas y secas no son la única opción disponible; la variedad sintáctica puede ser mucho más efectiva. Lo que hay que manejar es la cadencia, y Pacheco (Premio Cervantes en 2009) la domina como el reconocido poeta que es. Incluso las enumeraciones —de películas, de revistas, de programas de radio— suenan perfectas en el orden que el autor les asigna. No es entonces sólo la brevedad de esta novela la que puede llevarnos a leerla en lo que duran una tarde y dos cafés, sino la hipnosis producida por el depurado oficio de un poeta que, esta vez, eligió narrar. Pacheco no nos cuenta una historia de amor ambientada en los años cuarenta del DF; nos cuenta los cuarenta y el DF, condensados en una historia de amor. Eso hace de Las batallas en el desierto una gran novela corta, y no un muy buen cuento largo.

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Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. Novela. Tusquets, 2010.
(Publicada originalmente en 1981).

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PD1. .

PD 1. Sobre esta novela, recomiendo leer también este texto reciente de Eduardo Huchín Sosa.

PD 2. De yapa: un perfecto fanmade video de Gabriella Pérez para “Las batallas” de Café Tacvba, canción basada en la novela. El video está armado con escenas de la película Mariana, Mariana (Alberto Isaac, 1987), que también se basa en el texto de Pacheco.

Qué hacer, de Pablo Katchadjian

Por Martín Cristal

El siguiente es el libro que recomendamos en el Nº 11 de la revista Ciudad X (mayo de 2011).

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Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) tiene un bigote tan excéntrico como algunas de sus obras: El Aleph engordado —una intervención sobre el cuento de Borges— o El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, cuyo título explica la operación aplicada a los versos de Hernández (si se busca “Katchadjian” en YouTube aparece la lectura que hizo de varios fragmentos de esa obra en un festival de poesía).

En Qué hacer, la divertida nouvelle de Katchadjian, un narrador innominado y su inseparable compañero Alberto son docentes en una universidad inglesa. Están dando clase cuando un alumno —de dos metros y medio de altura— “se acerca a Alberto, lo agarra y empieza a metérselo en la boca”. Es un principio de enrarecimiento que se acentuará cuando el autor, condensando en capítulos cortos la lógica de los sueños recurrentes, haga y rehaga ésta y otras escenas igual de disparatadas, variando siempre una misma serie reducida de acciones y elementos: alumnos gigantescos, universidades inglesas, ochocientos bebedores de vino, una campera con capucha, una isla lejana, muñequitos, trapos viejos… A veces pasamos de una variación a otra sin más nexo que un “de pronto aparecemos en”.

Remake permanente de sí mismo, el libro se vuelve un memotest onírico: las mismas figuras, remezcladas y vueltas a poner boca abajo, se van revelando en distinto orden; intentamos recordar dónde hemos leído antes esas acciones, pero enseguida nos rendimos al encanto de su nueva (y absurda) recontextualización. La combinatoria expuesta resulta tan estimulante como la aparición, cada tanto, de algún elemento nuevo, el cual se sumará a los que ya circulan por esta calesita de los sueños.

Los experimentos deben ser breves: demostrado el punto, ¿para qué seguir? Katchadjian detiene su revival surrealista a las 96 páginas de este libro ligero, el cual toma su título de una obra de Lenin, aunque —tal como diría Alberto, levantando un dedo acusador— hacer eso no sea más que alardear.

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Qué hacer, de Pablo Katchadjian. Novela. Bajo la luna, 2010.