Emigrantes, de Shaun Tan

Por Martín Cristal

No soy de aquí ni soy de allá

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Shaun Tan (Australia, 1974) es narrador e ilustrador. Tiene ya varios títulos en su haber, aunque estoy seguro de que, como yo, muchos lectores de otras partes del mundo lo descubrieron después de que La cosa perdida ganara el Óscar a mejor corto de animación en 2010. Dicho corto adapta un libro homónimo de Tan; dura sólo 15 minutos y puede verse en YouTube.

Antes, en 2006, Tan publicó en su país otro libro, en el que había invertido cuatro años de investigación, desarrollo y dibujo: se trata de Emigrantes, una historieta sin palabras —fronteriza entre la novela gráfica y el libro-álbum— acerca de la dura experiencia de verse forzado a vivir en una tierra que no es aquella en la que se ha nacido.

La historia abarca tanto a los monstruos amenazantes (el hambre, la guerra, la persecución política, la censura) como el desgarro de la separación y la angustia de partir; las travesías; el exilio, que no se elige, sino que se padece; los afectos que se mantienen a la distancia; la supervivencia en el nuevo mundo, tan extraño, tan diferente, y que sin embargo, con tiempo y trabajo y amor, puede convertirse en un mundo cotidiano: un lugar nuevo al cual pertenecer.

Sus delicados dibujos —hechos con lápiz y lujo de detalles, en mediotonos de sepia— entretejen elementos realistas con otros de corte fantástico. Estos últimos son el gran acierto de Tan para salirse de los lugares comunes en los que suelen caer las historias de migraciones: le aportan al relato una cuota de extrañamiento que convierte al lector en un migrante más.

Así, en esa tierra nueva en la que desembarca el protagonista, van apareciendo muchas cosas, comidas, y también costumbres que no sólo le resultan raras a él: también son por completo desconocidas para nosotros que leemos. El autor incluso se inventa todo un alfabeto —algo a medio camino entre el cirílico y el griego, en ocasiones más cerca del puro jeroglífico—, por lo que carteles, libros y diarios nos resultan ilegibles. Con esta sutil estrategia, nuestra experiencia y la del migrante del libro se hermanan en el descubrimiento de las rarezas del país anfitrión.

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Si uno se abstrae de los elementos fantásticos que Tan incorpora a su relato visual, reconoce que el resto de su imaginería —el tipo de vestimenta, de equipajes, de medios de transporte— proviene de un momento histórico preciso: el de los grandes movimientos migratorios que tuvieron lugar a fines del siglo XIX y principios del XX. Dicha característica le da al libro la cohesión visual que podría tener un antiguo álbum de fotos con la historia de nuestros abuelos o bisabuelos.

Sin embargo, esa referencia histórica concreta no debe hacernos olvidar que el tema de la migración forzosa sigue siendo rabiosamente actual. Basta pensar en la situación de los refugiados sirios en la Europa de hoy para releer este libro a la luz de una violencia que se renueva sin cesar y cumple su misión de siempre: sojuzgar, perseguir, expulsar y despertar en nosotros, una y otra vez, los mismos viejos temores.

Emigrantes de Shaun Tan es la clase de libros que la taxonomía del mercado editorial clasifica bajo el rótulo “infantojuvenil”, un poco porque el autor ya tiene antecedentes en ese campo y otro poco porque finalmente en algún estante hay que poner estos libros mixtos, aunque no se sepa bien en cuál. Y si bien es cierto que el estante de libros para niños le queda cómodo a esta edición debido a su gran formato (31 x 23 cm), tras haber leído su relato visual es fácil darse cuenta de que el tratamiento que el autor le ha dado es tan maduro que excede ese campo delimitado por las fichas bibliográficas. Más aún: esta obra de Tan es particularmente recomendable para adultos, por la calidad de su ejecución artística, que cualquiera podrá apreciar, pero sobre todo por la indudable capacidad del autor para conmoverlos también a ellos.

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Emigrantes, de Shaun Tan. Historieta/Libro-álbum. Calibroscopio-Bárbara Fiore Editora, 2013. 128 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 3 de diciembre de 2015).

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Fun Home, de Alison Bechdel

Por Martín Cristal

A la sombra de un padre en flor

Para captar el espíritu de Fun Home: Una familia tragicómica, puede que convenga enfocarse primero en la viñeta que, ampliada, cubre las tapas de la edición castellana de esta historieta creada por Alison Bechdel (Pennsylvania, 1960). Es el perfil de una casona antigua: flotando sobre la hiedra de sus muros, Bechdel dibujó las siluetas de su cinco habitantes. Una familia, sí, aunque desintegrada: cada miembro está cerca del otro pero aislado en un micromundo personal, delimitado por un grueso círculo que Bechdel trazó alrededor de cada silueta. Así la autora nos sugiere que las 234 páginas que siguen serán un microscopio con el cual estudiar en detalle a esos especímenes.
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De esas siluetas, la del padre se encuentra, significativamente, dibujada sobre los cimientos del hogar. La historieta de Bechdel se basa ante todo en la exploración de esa figura paterna, y desenreda desde ahí toda la lógica relacional de una familia que es la de la propia autora: estamos ante una pieza de autoficción, unas “memorias gráficas”, más trágicas que cómicas, y tan sensibles como sinceras.

Lo que se quiere sacar del sótano, entonces, es a ese padre: su homosexualidad reprimida, su muerte dudosa. Estos aspectos serán cruciales en la vida de Alison, la narradora: su maduración y el descubrimiento de su propia orientación sexual irán ocupando de a poco el centro de su retrato familiar (cuyo capítulo dedicado al negocio de los Bechdel inevitablemente recordará la serie Six Feet Under).

La inspección de los recuerdos es serena e implacable. La voz del texto —que habita en los márgenes de las viñetas más que en los globos de diálogo— es honda y reflexiva, prolija y mesurada, como las dos tintas de sus dibujos. En la evocación de los detalles (muchas veces señalados con flechas) hay una búsqueda de la fidelidad tan honesta como la relectura a conciencia que Alison hace de su diario infantil.

La atmósfera asfixiante de un pueblo chico y la tiranía del perfeccionismo estético de su padre —“un alquimista de la apariencia, un erudito de la imagen externa”— irán empujando a Alison a alejarse de esa casa y ese pueblo, para encontrarse consigo misma en la gran ciudad. Paradójicamente, solo la distancia en el tiempo y el espacio permitirán que ella se aproxime a su padre, a su comprensión.

Bechdel construye su historieta sobre un entramado de citas literarias. No faltan Proust ni Wilde; tampoco Joyce, Fitzgerald, Hemingway ni referencias a otras obras que tratan directamente la cuestión del género y las elecciones sexuales. Dichas citas encauzan muchas de las reflexiones de Bechdel, y establecen lazos entre su obra —uno de los 100 libros del año 2006, según The New York Times— y las de aquellos prestigiosos precursores narrativos.

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Fun Home. Una familia tragicómica, de Alison Bechdel. Historieta. Mondadori, Reservoir Books, 2008. 234 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, el nuevo suplemento de Cultura de La Voz (Córdoba, 5 de julio de 2012).

Asterios Polyp, de David Mazzucchelli

Por Martín Cristal

Rescate emocional de un arquitecto

Conocía el trabajo de David Mazzucchelli por su famosa Batman año uno, quizás la más elogiada entre sus historietas de superhéroes. Lo que no sospechaba era que este mismo dibujante fuera a salir alguna vez del universo fantástico de esos semidioses que usan la ropa apretada y los calzoncillos por fuera, para instalar su imaginario entre personajes mortales y corrientes. Y menos todavía que, tras dos décadas de lenta mudanza (que incluyen una adaptación de Ciudad de cristal, de Paul Auster), fuera capaz de alcanzar un grado tan alto de sutileza y sensibilidad narrativas como el que consigue en Asterios Polyp, una “novela gráfica” —mejor digamos historieta— publicada en Estados Unidos en 2009 y traducida al castellano en 2010 por la editorial española Sins Entido.

El arquitecto Asterios Polyp anda cerca de sus cincuenta años. Es un profesor universitario exigente, aunque ninguno de sus proyectos se haya construido jamás. Soberbio y racional a más no poder —hasta sus globos de diálogo son rectangulares—, tiene tendencia a encajarlo todo en el molde de algún sistema dual. Su presente se parece mucho a su departamento en Nueva York, en el que alguna vez imperó el diseño y el orden, pero que ahora es regido por el caos y la suciedad. Cuando de repente ese departamento se incendia, la vida de Asterios insiste en su paralelismo. Durante la emergencia, el arquitecto alcanza a elegir sólo tres cosas para llevarse consigo. Su huida no será sólo escaleras abajo, hacia la calle: Asterios también aprovechará el impulso para escapar de la gran ciudad.

Lo anterior resume menos del 10% inicial de esta historieta de 340 páginas. ¿Adónde va Polyp? ¿Por qué eligió llevarse esos objetos, qué hará con ellos? ¿De quién es esa voz que nos describe su personalidad y su vida? La narrativa no lineal de Mazzucchelli se toma su tiempo pero no deja preguntas sin responder, en lo que a la larga compone el minucioso estudio de un personaje tan singular como su propio nombre.

Dicha exploración se lleva a cabo con una variada (y envidiable) batería de recursos expresivos. Por ejemplo: la puesta en página, libre y lírica, que varía para cada momento de la acción pero también para la expresión de conceptos abstractos o teóricos; el estilo del dibujo, que no sólo representa lo real en su exterioridad, sino que además indica diferencias de personalidad o cambios de ánimo; el manejo de la tipografía, devuelta al viejo y básico concepto de entenderla como “la voz” de un texto (en este caso, la voz de cada personaje). O el uso del color: dominan las combinaciones de cian y magenta, en especial en los flashbacks; en el presente de Asterios también se suma el amarillo, al principio sólo cuando tiene algo concreto que decirnos —algo como “alarma”, “fuego”, o “sueño”—, y luego aumentando su frecuencia para demarcar la nueva vida del personaje y acentuar su cambio de entorno.

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Se suele etiquetar como “novela de aprendizaje” (bildungsroman) a aquellas en las que la peripecia ofrece al protagonista la oportunidad de una maduración personal, su paso a la adultez. Si Asterios Polyp no se ajusta a esa categoría se debe a la avanzada edad del personaje central, la cual nos obligaría a hablar de una novela de re-aprendizaje. En pos de su redención personal, Asterios no sólo deja atrás la ciudad de Nueva York: también abandona al hombre que alguna vez fue, para reencontrarse con otro Asterios posible. La obra de Mazzucchelli está atravesada por la sombra de ese hipotético “otro yo” que se nos parecería bastante pero que podría vivir una vida enteramente distinta de la nuestra.

Más allá de ese rasgo temático y por sobre todas las cosas, la historia de Asterios Polyp es la del descenso al infierno alojado en la mente, el corazón y el vientre de un arquitecto. Asterios toma la valiente decisión de bajar y enfrentar ese infierno personal. No como bajó Dante, obligado por un leopardo y guiado por Virgilio, sino como lo hizo Orfeo: guiado por su arte y en busca de lo que más quería en la vida.

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Asterios Polyp, de David Mazzucchelli. Historieta. Pantheon Books, 2009. En castellano: Sins Entido, 2010. Esta reseña se publicó en el suplemento “Vos” de La Voz del Interior el 8 de octubre de 2011.

Lo mejor que leí en 2009 (3/3)

Por Martín Cristal

Tercera y última parte de los libros que más disfruté leer en 2009:
[Leer Primera parte]
[Leer Segunda parte]

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En busca del tiempo perdido:
Por el camino de Swann
, de Marcel Proust

Texto a audio (TTS). Novela.

Mi deseo de probar la tecnología de “Texto a audio” (TTS) me llevó a hacer el experimento de escuchar en mi reproductor de mp3 este clásico que había relegado por otras lecturas. Los preparativos de la experiencia, aquí; los apuntes sobre la experiencia, aquí; y algunas relaciones de la experiencia y el texto proustiano, aquí.

El famoso estilo de Proust —minucioso y dilatado, prolijo, lleno de meandros y digresiones— queda a contrapelo de lo que la mayoría de los escritores de mi edad hace hoy. Y aunque es cierto que a veces harta (sobre todo cuando el tema de tal o cuál parte no nos importa demasiado: qué me importan a mí todos los detalles arquitectónicos de la iglesia de San Hilario en Combray, por ejemplo), en otras ocasiones, cuando trata alguna debilidad humana o pinta la forma de ser de un personaje, me resultó paradójicamente refrescante leer a un autor que hace justo lo que hoy nadie hace (o lo que en general no se hace, porque algunos autores sí escriben con períodos largos, sin miedo a las subordinadas o parentéticas: en Argentina, Juan José Saer lo hacía, y Alan Pauls lo hace; en México, me dicen, Daniel Sada también se anima).

Cabe reflexionar entonces si un escritor debe amoldarse al gusto de su época en aras de ser un hombre de su tiempo o, por el contrario, rebelarse contra ese gusto para ser personal, cualquiera sea su suerte a partir de esa decisión. Estimo más lo segundo, aunque en cierto porcentaje no deba descuidarse del todo lo primero.

Proust también resulta un maestro del símil: los párrafos más convincentes están organizados para establecer un paralelo. Se detiene mucho en el paisaje, quizás demasiado para nuestro gusto contemporáneo (“a nadie le interesa más el paisaje”, dice —palabras más o menos— Jorge Barón Biza en El desierto y su semilla).

En la segunda parte, el amor de Swann se hace más dramático cuando aparece el ingrediente de los celos. La mayor incidencia de lo social (que obliga al texto a discurrir por los puteríos de los salones parisinos) hizo que esta parte me interesase menos que la pureza de la primera parte, donde el narrador evoca Combray y su infancia. El comienzo de la tercera parte —donde el narrador juega a adivinar cómo son las ciudades que desconoce a partir de lo que le sugieren sus nombres— me recordó a Shakespeare y su famoso “¿Qué hay en un nombre?” (Romeo y Julieta).

En general, este tomo gira en torno de la evocación de un pasado irrecuperable y el funcionamiento de la memoria; la infancia; los usos sociales de la clase alta francesa de fin de siglo XIX y principios del XX; el contraste entre la vida en París y la de provincia; el paisaje; interesantes pasajes sobre la lectura, la escritura y otras artes (sobre todo pintura y música); y reflexiones minuciosas sobre la naturaleza de los seres humanos, ya sean generales o particularizadas a través de un personaje. Una novela que lo contiene todo, y que nos permite entrar y salir de ella mientras llevamos adelante otras lecturas.

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Tratado de los vientos, de Gastón Sironi

Viento de fondo, 2007. Poesía.

Un autor de Córdoba, ¿puede escribir sobre los mares y las naves que los surcan y —especialmente— sobre los vientos que impulsan o desbaratan a esas naves? Gastón Sironi (1967) sí puede. Un aire marino recorre los versos de este Tratado. Aunque para el poeta las imágenes no provengan sólo de los océanos, sino también de los lagos serranos, para nosotros la mayor parte de la lectura transcurrió en el mar… Hay sal, hay mástiles y amarras, hay un olor a motor dos tiempos, hay algo que desborda o amaina…

Destaca la prolija enumeración poética de los vientos del mundo, cuyos nombres no repito aquí para no robarle sorpresa a esos versos. ¿Cómo nombrar al viento? Y sin embargo, cuántos vientos se pueden nombrar… Algunos nombres nos resultan conocidos; otros los sabíamos y los habíamos olvidado. Y otros resultan extraños, pero todos ellos se escuchan de una forma nueva al ser engarzados en la cadencia del poema —dan ganas de leer en voz alta—, y también al ampliarse su significado mediante la incorporación lírica de las etimologías.

Cabe destacar lo exquisito de la edición: formato horizontal y tapas duras; páginas de guarda negras; papel color marfil; una clásica y elegante Garamond en buen cuerpo; la mayoría de los poemas en cajas justificadas, con diagonales separando los versos; y el cuidado de interiores que todo libro merece y la mayoría no tiene.

Después de leer el libro de Sironi, descubrí su blog, Viento de fondo.

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Jimmy Corrigan, el chico más listo
del mundo
, de Chris Ware

Planeta-De Agostini, 2003. Historieta.

Una gran historieta, y una gran historia, también. Ware es un narrador extraordinario. Algunas razones concretas para afirmarlo, aquí.
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Una mujer en Jerusalem,
de A. B. Yehoshúa

Anagrama, 2008. Novela.

Atentado suicida en Jerusalem; entre las víctimas, una mujer. Pasan días sin que nadie reclame su cuerpo y no lleva otra identificación que un recibo de sueldo. Un periodista inescrupuloso decide hacer una nota criticando a la empresa en que esta mujer trabajaba. ¿Cómo no notaron su ausencia en tanto tiempo? El dueño de la empresa, preocupado por su reputación, le encarga al director de recursos humanos que averigüe cómo ha sido posible una cosa así, quién era la mujer, en qué puesto trabajaba, qué se puede hacer para responder a esa nota de prensa, cómo podrían compensar semejante descuido… y todo lo antes posible.

En esta parábola, con una fuerte carga moral que hubiéramos preferido quizás más matizada, Yehoshúa (1936) parte de la situación del Israel contemporáneo, presa del terror y la violencia, para explorar la responsabilidad social de las empresas en la vida actual —las cuales a veces suplantan el rol del núcleo familiar— y también la frialdad en su trato a los trabajadores, por más que para ellos exista un departamento “de personal” al que, cosméticamente, se haya renombrado “de recursos humanos”.

El director de esa área, de quien nunca sabemos el nombre (sólo el cargo), se vuelve el protagonista de una historia que transita por dos tópicos: primero, el misterio, la intriga; y después, el viaje, en el que este hombre —improvisado detective y viajero— aprenderá a ganarse el valor de la palabra “humano” que ostentaba su cargo, para así comprender mejor su trabajo y también las circunstancias de su problemática vida familiar.

Lamento el título cambiado para la versión en castellano, Una mujer en Jerusalén (no soporto la castellanización de “Jerusalem”, como tampoco ver escrito “México” con J, error en el que yo también supe caer antes de vivir por allá). El título original en hebreo es Shlijutó shel ha-memuné al mashavei ehosh: La misión del director de recursos humanos. Se entiende que el reemplazo se deba a que es un título que podría desorientar la clasificación del libro en librerías —un misleading title que podría llevar a esta novela al estante de los libros de management—, pero nos hace perder el doble sentido que Yehoshúa quiere que descubramos en esa frase.

Aquí termina la serie de los mejores libros que leí en 2009. Una síntesis —¡y ahora nos lo dice!— salió en el especial “Lecturas de 2009” de la revista digital HermanoCerdo.

Queremos tanto a Jimmy

por Martín Cristal

La mejor novela que leí en lo que va del año es una historieta: Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo (Jimmy Corrigan, The Smartest Kid On Earth, de Chris Ware; 2000). Digo que es una “novela” y también que es una “historieta” para no tener que recurrir al molesto rótulo de “novela gráfica”, aunque quizás éste sería el que, justamente, graficaría mejor el caso.

Me gustan las historietas (me gusta todo lo que viene a narrarme algo). En algunos casos las admiro por la invención de la trama; en otros por la calidad del dibujo; si ando con suerte, me cautivan las dos cosas (y si esos dos aspectos cautivantes además provienen de una misma persona, directamente me prosterno ante semejante manifestación de talento). En general me interesan, me divierten o me entretienen; pero conmoverme con una historieta, sólo me había pasado hasta ahora con una sola: Maus, de Art Spiegelman (1991). Lo atribuyo —sólo en parte— a que la obra maestra de Spiegelman tiene el terrible telón de fondo de la shoá, lo que hace que algunas de sus situaciones me hayan resultado particularmente estremecedoras. También, claro, a que no he leído tantas historietas como quisiera.

Jimmy Corrigan no cuenta con un trasfondo así ni se centra en esos “grandes temas” nacionales o históricos; y sin embargo, con su maestría formal y su sensibilidad en la construcción de un personaje querible y vulnerable, Ware terminó conmoviéndome tanto o más que Spiegelman con Maus. (Esta comparación quizás sea improcedente para el arte de la historieta, pero no lo es para mi historia como lector de historietas).

De una breve escena inicial —absurda, perfecta, tragicómica y triste—, situada durante la niñez de Jimmy, pasamos en rápida elipsis a su adultez. Un trabajo alienante, un departamento solitario, una madre que lo asfixia con llamados telefónicos y un padre ausente son los bordes de la existencia de este tímido y retraído Jimmy, de treinta y seis años (aunque aparenta más). La ciudad de Chicago es el entorno que poco a poco irá cobrando importancia para la narración, la cual arranca de verdad cuando Jimmy recibe una carta de su padre y tiene que volar para reencontrarse con él en la pequeña localidad de Waukosha.

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Podríamos hablar del dibujo, preciso, de líneas cerradas, claro y sintético (muy distinto al que Ware despliega cuando no hace historietas); o de los textos, que presentan momentos de gran lirismo (“y a pesar del imborrable consuelo de esos dedos agrietados acariciando su pelo…”) o aparecen sólo en la forma de nexos gigantes (“luego”, “pero”, “y así”…) que articulan los dibujos y trabajan en un mismo nivel con la sintaxis de éstos. Sin embargo, si se quiere elogiar en forma unificada el trabajo logrado por Ware, habrá que generalizar un poco y decir que el principal rasgo de Jimmy Corrigan es la manera inteligente de confiarle ese conjunto al lector, o mejor dicho: la manera de confiar en que el lector es inteligente.

Nada de ponernos la papa en la boca. Esta historieta no nos regala nada: hay sorpresivos saltos cronológicos; hay un juego de entradas y salidas entre el mundo real y el mundo interior de Corrigan, puertas vaivén cuyas bisagras no siempre advertimos a tiempo; hay símbolos recurrentes —los duraznos, un pajarito, un caballito de juguete— que poco a poco se van cargando de significados posibles, nunca unívocos; hay mensajes cifrados; hay referencias que se nos presentan por adelantado y cobrarán sentido varias páginas después; hay escenarios que se nos muestran en forma de figuritas; hay juguetes para recortar, plegar y armar en 3D; hay complejos diagramas que dan cuenta de la genealogía completa de la familia Corrigan; y hay mucho, pero mucho más.

La sumatoria de estas variadas estrategias visuales hacen de Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo una verdadera joya que demuestra —para quien precise esa demostración— las posibilidades expresivas de este arte. Esto no es un mero storyboard para cine, sino una tremenda historieta: a todas las estrategias mencionadas hay que sumarle además el layout de cada página —la disposición de los cuadritos—, que va variando de acuerdo a lo que haya que contar sin caer jamás en el caos. Cada página es una unidad en sí misma. No hay una retícula fija sobre la que va sucediendo la historia, sino una gramática visual rica y variada, meticulosa, a veces enfocada en transmitir los hechos de la historia y a veces en expresar los sentimientos o fantasías interiores del ojeroso Jimmy, mientras éste va reconstruyendo la historia de su familia.

Es justamente toda la familia Corrigan la que termina como gran protagonista de esta historieta, reafirmando aquello de que muchas veces lo que una autor narra es en el fondo una novela familiar: la suya. El propio Ware vivió una situación similar a la de Jimmy con su propio padre durante la realización de esta obra. La historieta de Ware se extiende por las vidas de cinco generaciones de Corrigans, a lo largo de 386 páginas dibujadas en un lapso de siete años.

A Ware —se nota— le importan de verdad sus personajes. Los estima, y no subestima a los lectores. Ambas cosas son menos frecuentes de lo que uno quisiera, y dignas de agradecerse. Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo es una obra maestra que sorprende y conmueve al contar una historia personal de un modo personal. A nada más alto puede aspirar un narrador.

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