Una opinión sobre el caso Kodama vs. Katchadjian

Por Martín Cristal

Asumo que el lector ya sabe del caso Kodama-Katchadjian; me ahorro recapitularlo. Si desconoce los pormenores, puede leer primero la carta pública que los resume. Ahí también podrá solicitar el desprocesamiento de Pablo Katchadjian, tal como —a la fecha— ya lo han hecho más de 2800 personas, incluyendo a muchas personalidades de la literatura.

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El señor K ante la ley

Entiendo que en El Aleph engordado de Pablo Katchadjian no hay plagio: hay intervención, y declarada desde el título (también dentro del libro). Katchadjian no busca hacer pasar por suyo lo ajeno. Y la cortísima tirada desestima todo ánimo de lucro. Kodama sólo busca un castigo ejemplar: atemorizar a cualquiera que pretenda tocar a “su” Borges. Una “propiedad” muy redituable.

En las redes sociales detecto argumentos laterales que posponen el asunto central y desvían la discusión hacia minucias inconducentes. Hay quienes dicen que lo que hizo Katchadjian:

  1. “No es un experimento”, sino “una pelotudez / un chiste / una estupidez hipster”.
  2. “No es vanguardismo”, sino “un gesto repetido / la reinvención de la pólvora / algo que se hacía hace casi cien años”.
  3. “Es pura autopromoción, lo calculó todo desde un principio”.
  4. “Es un truco fácil: yo mismo/a también hubiera podido hacerlo”.

(Esto se dice incluso sin haber leído el texto. Pero bueno: concedamos que un experimento formal también vale por lo que produce su mera descripción).

Yo pienso lo siguiente:

De 1) OK, es tu opinión sincera sobre el texto pero, ¿qué tiene que ver eso con una demanda penal? ¿Por “bromista” lo voy a prohibir, a perseguir, a embargarle los bienes? ¿No tiene que existir ese texto? ¿No puede cada lector juzgarlo tan libremente como vos sin que por eso deba ser eliminado de la faz de la Tierra, o —peor— censurado de antemano con métodos profilácticos (“esto no debe hacerse”)?

De 2) ¿Y? ¿No hay gente que sigue pintando en caballete, tocando el clavicordio o los tambores africanos, cazando? ¿Voy a evitar los juegos formales sólo porque los vanguardistas usaron varios en su momento? Además, si tan viejos y conocidos son esos juegos, ¿por qué tanto escándalo? Ah, sí: por dinero.

De 3) Qué fácil. ¿Imprimió 200 ejemplares en 2009 y se sentó a esperar la persecución desproporcionada de Kodama? ¿A tal punto controla Katchadjian (o cualquier escritor) las consecuencias externas que derivan de sus textos? Esos cálculos, ¿incluyeron un presupuesto de 80.000 pesos de embargo en la campaña de autopromoción y él dijo “sí, fundamos a la familia y vamos para adelante con esto”? Katchadjian ya era un autor con obra, críticas en medios nacionales y traducciones en el extranjero antes de la demanda de 2011; pero vos no lo conocías, y ésa es la medida de todo, ¿no?

De 4) Por supuesto, la potencia de las mejores ideas reside precisamente en su sencillez, parece que cualquiera podría hacerlo… Pero vos no lo hiciste, ¿o sí?

Jorge-Luis-Borges-con-el-bigote-de-Pablo-Katchadjian

El eje de la cuestión, lo que hay que discutir a fondo, es en qué despropósito se ha transformado la Ley de Propiedad Intelectual, acá y en el mundo. No apoyar a Katchadjian es preferir la ley tal como está: favoreciendo a corporaciones que pichulean a escritores, artistas y otros creadores; o beneficiando durante lapsos desproporcionados a los herederos, que traban la circulación de las ideas, retrasan su entrada en el dominio público y afectan la fluida renovación de la literatura.

Adherir al desprocesamiento de Katchadjian es enviar un mensaje a los poderes judicial y legislativo para que se revise la Ley 11.723. No para desactivar su regulación, pero sí para acercarla —si no a las prácticas actuales de circulación de las ideas (impulsadas por la era digital)— al menos a prácticas artísticas largamente establecidas desde el siglo XX, pero que todavía son ignoradas por dicha ley y sus ejecutores: el remix, el sampling, el collage, la intervención y cualquier otro trabajo con “bloques de información reconocibles” que sean algo más grandes que “mil palabras” o “tantos compases”.

Dejen escribir en paz. Déjennos leer en paz. Ya decidiremos los lectores si el texto es interesante o no, si es valioso o no, si es literatura o no. Si incluso antes de escribir ya vamos a autocensurarnos, nuestra literatura se empantanará: retardataria, tenderá hacia formas congeladas o contenidos archisabidos. Se atrofiará, y el vencedor será el aburrimiento total.
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Esta opinión se publicó en el suplemento “Ciudad X” de La Voz el 2 de julio de 2015.

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PD. Algunos materiales complementarios
sobre la creación y el copyright

Copyright Early History (con subtítulos en español):

Everything is a Remix (con subtítulos en español)

RIP: A Remix Manifesto (con subtítulos en español)

Lawrence Lessig at TED: “Laws that choke creativity”(con subtítulos en español)

Lo mejor que leí en 2011

Por Martín Cristal

Este año, visto que ya escribí (o preparé) mis comentarios sobre casi todos los libros que más disfruté leer, simplifico el ya tradicional post presentando sólo las tapas con los links a las correspondientes reseñas. Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Estos son los libros que más disfruté leer en 2011:

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Fiebre de guerra,
de J. G. Ballard
Por dentro todo está permitido,
de Jorge Baron Biza
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Me acuerdo,
de Joe Brainard
Ubik,
de Philip K. Dick
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Un canto pisano,
de Sam Hamill
Qué hacer,
de Pablo Katchadjian
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Chronic City,
de Jonathan Lethem
Asterios Polyp,
de David Mazzucchelli
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Las batallas en el desierto,
de José Emilio Pacheco
Contraluz,
de Thomas Pynchon
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Siempre juntos y otros cuentos,
de Rodrigo Rey Rosa
Lint,
de Chris Ware
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[Ver lo mejor de 2010 | 2009]

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En el ciclo “Las lecturas de 2011” de la revista digital Hermano Cerdo,
se puede leer una síntesis de la impresión que me causó cada uno de estos libros.

Qué hacer, de Pablo Katchadjian

Por Martín Cristal

El siguiente es el libro que recomendamos en el Nº 11 de la revista Ciudad X (mayo de 2011).

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Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) tiene un bigote tan excéntrico como algunas de sus obras: El Aleph engordado —una intervención sobre el cuento de Borges— o El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, cuyo título explica la operación aplicada a los versos de Hernández (si se busca “Katchadjian” en YouTube aparece la lectura que hizo de varios fragmentos de esa obra en un festival de poesía).

En Qué hacer, la divertida nouvelle de Katchadjian, un narrador innominado y su inseparable compañero Alberto son docentes en una universidad inglesa. Están dando clase cuando un alumno —de dos metros y medio de altura— “se acerca a Alberto, lo agarra y empieza a metérselo en la boca”. Es un principio de enrarecimiento que se acentuará cuando el autor, condensando en capítulos cortos la lógica de los sueños recurrentes, haga y rehaga ésta y otras escenas igual de disparatadas, variando siempre una misma serie reducida de acciones y elementos: alumnos gigantescos, universidades inglesas, ochocientos bebedores de vino, una campera con capucha, una isla lejana, muñequitos, trapos viejos… A veces pasamos de una variación a otra sin más nexo que un “de pronto aparecemos en”.

Remake permanente de sí mismo, el libro se vuelve un memotest onírico: las mismas figuras, remezcladas y vueltas a poner boca abajo, se van revelando en distinto orden; intentamos recordar dónde hemos leído antes esas acciones, pero enseguida nos rendimos al encanto de su nueva (y absurda) recontextualización. La combinatoria expuesta resulta tan estimulante como la aparición, cada tanto, de algún elemento nuevo, el cual se sumará a los que ya circulan por esta calesita de los sueños.

Los experimentos deben ser breves: demostrado el punto, ¿para qué seguir? Katchadjian detiene su revival surrealista a las 96 páginas de este libro ligero, el cual toma su título de una obra de Lenin, aunque —tal como diría Alberto, levantando un dedo acusador— hacer eso no sea más que alardear.

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Qué hacer, de Pablo Katchadjian. Novela. Bajo la luna, 2010.