Lo mejor que leí en 2014

Por Martín Cristal

Van en orden alfabético de autores; esto no es un ranking. Figura el link a la correspondiente reseña, si es que la hubo en este blog. Aquí están los libros que más disfruté leer en 2014:
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Shakespeare-Bill-Bryson-RBAShakespeare
de Bill Bryson
(biografía)

Muy ameno, y útil
para poder confeccionar
esta infografía sobre el Bardo

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Una-breve-historia-de-casi-todo-Bill-BrysonUna breve historia de casi todo
de Bill Bryson
(divulgación científica)
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Catalogo-de-formas-Nicolas-CabralCatálogo de formas
de Nicolás Cabral
(novela breve)
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Mark-Z-Danielewski-La-casa-de-hojasLa casa de hojas
de Mark Z. Danielewski
(novela)
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Selected-Stories-Philip-K-DickRelatos selectos de Philip K. Dick
(Selected Stories of Philip K. Dick)
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Desciende-Moises-William-FaulknerDesciende, Moisés
de William Faulkner
(relatos)

De este libro salió el
epígrafe inicial de Mil surcos
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El-animal-no-domesticado-Laura-Garcia-del-CastanoEl animal no domesticado
de Laura García del Castaño
(poesía)
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Milton-Hatoum-Dos-hermanos-Beatriz-Viterbo-Editora-OKDos hermanos
de Milton Hatoum
(novela)
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Jorge-Ibarguengoitia-Las-MuertasLas muertas
de Jorge Ibargüengoitia
(novela)
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Francisco-Ide-Wolleter-Poemas-para-Michael-JordanPoemas para Michael Jordan
de Francisco Ide Wolleter

Se puede leer online
o descargar desde aquí
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Annie-Leonard-La-historia-de-las-cosasLa historia de las cosas
de Annie Leonard
(ensayo de política ambiental)
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Padgett-Powell-El-sentido-interrogativoEl sentido interrogativo. ¿Una novela?
de Padgett Powell
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El-Numero-Thomas-Ott-Edicion-argentinaEl número 73304-23-4153-6-96-8
de Thomas Ott
(historieta)
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Amos-Oz-Contra-el-fanatismo-SiruelaContra el fanatismo
de Amos Oz
(ensayos)
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Kurt-Vonnegut-Barbazul-Plaza-y-JanesBarbazul
de Kurt Vonnegut
(novela)
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[Ver lo mejor de 2013 | 2012 | 2011 | 2010 | 2009]

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El sentido interrogativo, de Padgett Powell

Por Martín Cristal

¿Me repite la pregunta?

Padgett-Powell-El-sentido-interrogativo¿Escuchaste hablar de Padgett Powell, un escritor nacido en Florida, en 1952? ¿Me creerías si te dijera que yo sí sabía algo de él antes de descubrir El sentido interrogativo, un libro suyo que, salvo por el título, se compone exclusivamente de preguntas? ¿Te parecerá relevante que eso que sabía sobre él sólo fuesen ciertas recomendaciones para escritores, entre las que Powell sostiene que la escritura siempre debería “1) estar viva; 2) ser sorprendente; 3) obedecer principios de economía, brío, etcétera; 4) valer la pena (usualmente en términos de que ‘haya algo en juego’); 5) pagar (es decir, resolverse)”? Ahora bien, ¿dirías, a priori, que esas premisas son apropiadas para juzgar un libro tan raro como El sentido interrogativo? ¿Vas a seguir leyendo para informarte un poco más antes de contestar la pregunta anterior?

Sabiendo tan poco sobre Powell, ¿hubieras levantado, como yo, su libro entre todos los de la librería? ¿Hubiera incentivado tu curiosidad el descubrir que sólo contiene preguntas, o te hubiera parecido una idea con cierta gracia aunque facilona, de esas que quizás te sacan una sonrisa condescendiente? ¿O tal vez te decantarías por la cómoda posición intermedia de “todo depende de qué tan bien esté hecho”?

¿Te dije ya que el libro también tiene, como subtítulo, una pregunta, y que esa pregunta es “¿una novela?”, de manera que —aunque no afirme que esto sea una novela— Powell anima al lector a considerar dicha posibilidad, e incluso lo lleva a pensar qué carajo es una novela hoy? ¿No es hora de que dejemos de usar la etiqueta “novela” para cualquier libro que no sepamos en qué género empaquetarlo, visto que, si seguimos así, el término “novela” cada día significará menos, hasta que finalmente ya no designe nada en particular? ¿Por qué no llamar a este libro —y a los de David Markson (tan de moda), o a los famosos Me acuerdo de Joe Brainard y de Georges Perec— sencillamente “catálogos”? ¿Votarías a favor de un nombre así en un congreso de literatura donde se discutiera el tema? Si no, ¿qué nombre propondrías?

Padgett-PowellAl leer a Powell, ¿responderías cada pregunta antes de pasar a la siguiente, o te dejarías llevar por el ritmo de su concatenación sin detenerte a reflexionar más que en algunas? ¿Te das cuenta de que, si las respondieras todas, el resultado podría ser también una novela, muy distinta de la conformada por las respuestas de otro lector? ¿No se parecería a un test proyectivo, a un retrato hablado como el que Marcel Proust esperaba obtener con su célebre cuestionario? Quizás Powell sí tuvo en mente a Proust, pero ¿habrá sopesado otros antecedentes posibles, como por ejemplo El libro de las preguntas, de Gregory Stock? ¿Habrá escuchado además The Question Jar Show, el álbum de esos conciertos de Mike Doughty en los que el público metía papelitos con preguntas en un frasco para que el ex vocalista de Soul Coughing, entre tema y tema, las contestase todas, incluso las más absurdas, que son las que más hacen reír a la gente?

¿Te sorprendería que un libro así pueda hacerte reír, no sólo por la variedad con que Powell formula las preguntas, sino también por su alternancia entre profundidad existencial y trivialidad deliberada? ¿Te gustaría leer algunos ejemplos del propio Powell? Si las entrecomillo y las destaco, ¿entenderás que las que siguen son preguntas de él, y no mías?:

“¿Sigue utilizándose en alta mar el semáforo de banderas o tal vez ha caído en desuso con la llegada de la era digital? ¿Te sentirías aliviado por el resto de tus días si te exonerasen de una grave acusación o acaso te sentirías mancillado para siempre? ¿Entiendes exactamente por qué es humorística la frase ‘Es tan divertido que me olvidé de reír’? ¿Verías las cosas de otro modo si notases que estas preguntas están locas por ti? ¿Y que tal vez, en cierta medida, son independientes de mí? ¿Que en realidad son como unas zombies del sentido interrogativo? ”.

Entonces, ¿qué te parece? ¿Te desilusionaría ahora que te dijera que, por ser un libro hecho en España, no será fácil que lo consigas en Córdoba? ¿Y que, por lo mismo, la traducción puede ser un poco molesta? Así y todo, ¿no valdría la pena buscarlo, dado el entusiasmo de esta humilde recomendación? ¿Es válido hacer una reseña así, y no me refiero al hecho de que esté íntegramente formada por preguntas, sino al de que trate de emular el estilo con que está escrito el mismo libro que comenta? ¿Resulta útil para el lector de la reseña? ¿Quién lee esta reseña? ¿La leyó completa hasta acá o fue salteándose partes cuando ya entendió “cuál era el chiste”? ¿Haría lo mismo con el libro de Powell? ¿Lo usaría como oráculo? ¿Lo leería en voz alta con su pareja, arriesgándose a descubrir mil desavenencias entre ambos? ¿Lo sacaría en reuniones sociales, obligando a sus invitados a contestar lo que el azar designase para cada uno? ¿Te daría miedo leer un libro como éste? ¿Cómo estás hoy?

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El sentido interrogativo. ¿Una novela?, de Padgett Powell. Alpha Decay, 2012. 160 páginas. Recomendamos este libro en “Ciudad X”, La Voz (Córdoba, 5 de junio de 2014).

Las playas del espacio, de Richard Matheson

Por Martín Cristal

Richard-Matheson-Las-Playas-Del-EspacioHay quienes no han escuchado un disco de Bob Dylan en su vida pero conocen sus canciones —al menos las más famosas— gracias a versiones hechas por otros músicos. Covers: ése parece ser el caso de Richard Matheson, un escritor de imaginación fértil para la ciencia ficción, la fantasía y el terror, del que conocemos muchas de sus historias indirectamente, por adaptaciones de todo tipo, algunas más afortunadas que otras.

Matheson murió el mes pasado, a los ochenta y siete años. Lo único que había leído de él era quizás su obra más famosa, Soy leyenda, llevada al cine varias veces (la última de ellas, con Will Smith en Niles-Brown-Soy-Leyenda-Historietael papel de Robert Neville; me gustó más la primera mitad de la peli que la segunda). Pero no llegué a la novela por ese cover cinematográfico, sino por otro anterior: una adaptación para historieta, hecha por Steve Niles y Elman Brown. Como historieta resulta demasiado dependiente del texto original: lo transcribe largamente en algunas páginas. Sin embargo, y por eso mismo, resulta interesante si uno quiere acercarse al texto pero no lo consigue en librerías, como era mi caso. Creo que así como el Drácula de Stoker daba en el centro de los terrores de la época victoriana, Soy leyenda consiguió actualizar al vampiro al envolverlo con los renovados terrores del siglo XX: la soledad y la alienación, las epidemias globales, la autodestrucción del género humano y el tema del fin del mundo (o de la humanidad, más presente que nunca tras la invención de la bomba atómica).

Soy-Leyenda-Comic
Un par de meses antes de la muerte de Matheson, en la liquidación de una hermosa biblioteca privada —la crónica del asunto se puede leer aquí—, conseguí un libro con cuentos suyos: Las playas del espacio. Trece cuentos publicados originalmente en 1957 como The Shores of Space, aquí en edición de Sudamericana (colección Nebulae, de 1978). Confieso que lo había dejado para después, debajo de una pila de Ballards, Dicks y Vonneguts conseguidos a buen precio en ese misma compra. Y no por jerarquizar de entrada a Matheson como un autor menor frente a aquellos otros (grandes) nombres, sino porque la edición, barata, trae una letra minúscula, que no invitaba mucho a leer.

Sin embargo, durante un fin de semana volví a abrirlo, y ya no pude más que devorarlo. El libro ofrece una variedad de historias de género equiparable a la de series como La dimensión desconocida (The Twilight Zone, a la que Matheson proveyó de guiones para algunos de sus capítulos). Hay alienígenas informes y hambrientos, invasores infiltrados entre nosotros, monstruos fúnebres, vampiros vocacionales, robots de pelea, muñecos antropomorfos, angustias apocalípticas y supervivencias postapocalípticas, viajes en el tiempo, pasadizos a otras dimensiones…

El disparador de cada uno de los cuentos, sin spoilers, puede leerse aquí (también el texto íntegro de uno de los mejores relatos del libro, “Hijo de sangre”,  aunque lamentablemente transcripto sin sus puntos y aparte). Me limito entonces a algunos comentarios generales:

“Acero” es otra historia de Matheson famosa por un cover: el cuento ofreció la idea inicial para la peli Gigantes de acero (Real Steel, 2011). Sólo la idea: la historia original de Matheson no tiene mucho más que ver con el guión de la peli protagonizada por Hugh Jackman. De hecho, si se soslaya el tema de los robots, el cuento está más lejos del blockbuster para niños que de los boxeadores heroicos de Jack London. En cierto momento, incluso se lee (en lo que para mí es una abierta referencia a un famoso cuento de London):

—¿Y con qué vamos a comer?

—Después de la pelea estaremos bien provistos —prometió Kelly—. Te pagaré un bistec bien grande.

• “El oficio de escribir” puede leerse literalmente pero también simbólicamente, con la escritura de ficciones como forma de superar la soledad y las grandes catástrofes de la vida y de la historia.

• El planteo de “El invasor” se basa en que el protagonista, David, no pueda creerle a su esposa Ann lo que el carpintero José sí le creyó a su mujer María: que había quedado embarazada del aire, sin haber practicado el coito con nadie (o, al menos, no con él). Hay que reconocer que la reacción de David es la más creíble de las dos, aunque la credulidad de José haya cambiado el curso de la historia mundial… Por supuesto, el ser que Ann carga en sus entrañas no parece que quiera redimir a la humanidad; más bien, todo lo contrario.

Es interesante comprobar que la idea que sostiene a este y otros cuentos del volumen suele presentarse como su resolución, su sorpresa final (el misterio develado); vale decir que el cuento no se construye sobre la idea en sí, sino sobre un corolario de ella. Lo que se desarrollan primero son las consecuencias de la idea, la cual se revelará —más o menos llanamente— hacia el final.

• “El compañero de juegos” me recordó —por el tema— a un cuento de Pablo Dema, “Jimmy”, incluido en la antología de narradores de Córdoba Diez bajistas.

• “El niño curioso”: para mí el mejor cuento del libro. Como el autor es Matheson, uno espera la resolución sobrenatural o fantástica para eso que en principio parece un episodio de Alzheimer acelerado, sufrido por una especie de Pete Campbell a mediados de los años cincuenta. Así como en “Acero”, si uno abstrae los robots, lo que queda es un cuento de Jack London, aquí, si se omite el giro genérico, el sustrato restante podría ser tranquilamente un cuento de John Cheever.

Richard-Matheson-200pxLa sensación general que deja el libro es la de un abanico imaginativo desplegado a todo el ancho del espectro genérico de la fantasía y la ciencia ficción. Reina la idea. Una de las cosas que la narrativa debería hacer siempre —según sostiene Padgett Powell—, es garpar. No cabe duda que estos cuentos de Richard Matheson buscan eso: pagar, recompensar al lector, ofrecerle una resolución. La gran mayoría lo consigue, en especial si el lector colabora con una cuota de amor por las vertientes más clásicas de estos géneros.